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Moldeando a Silvia (06)

Publicado por el Wednesday, March 11th, 2009 a las 12:00 am

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Mejores dividendos

Cuentos crueles. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.

ADVERTENCIA

Esta obra contiene escenas de sexo no consensuado, sadismo,
humillación, dominio y está orientada a lectores adultos. Si este tipo de
cosas no son de su agrado o de algún modo hieren su sensibilidad deje de leer
AHORA, después podría ser tarde. Por supuesto todas las escenas aquí narradas
son de absoluta ficción y es voluntad del autor que nunca lleguen a ser
reales. Cualquier comentario será bienvenido. (Absténganse de mandarme
ficheros adjuntos porque NUNCA los abro)


POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO

XIII

 

LUCHANDO POR LA LIBERTAD

Le costó un esfuerzo enorme decidirse a despertar. Se
sentía amodorrada, agotada; era consciente de estar en su cama, pero también
de que habían sucedido cosas horribles, cosas que no se atrevía a afrontar
despierta. Estuvo un rato dando vueltas intentando volver a dormirse, cerrarse
a la realidad.

Lo primero que vio al abrir los ojos fueron las botas
fucsia colocadas en el suelo, aquellas botas de prostituta, y le entraron
ganas de volver a cerrarlos. En el acto regresó a su memoria toda la noche
pasada, el modo en que Juan y Benito la habían levantado del suelo y traído
hasta su casa. Jorge también los había acompañado y le había dicho por el
camino que le concedían el día libre, no tendría que aparecer por el trabajo
pues comprendían que debía estar exhausta. ¡Cuánta magnanimidad! Después, la
habían soltado como un fardo a la entrada de su apartamento y ella tuvo que
arrastrarse por sí misma hasta la cama, y que buscar a tientas la caja de
somníferos.

Volvió la vista hacia el despertador. Eran las doce de la
mañana. Tenía que haber dormido casi diez horas. Fue al baño y se dio una
larga ducha. Esta vez, a diferencia de la anterior, no encontró ninguna marca
en su cuerpo que delatara los excesos sufridos; su mente, en cambio, apenas se
atrevía a sacarlos a la luz. La ducha le sentó bien, le hizo volver a sentirse
humana, limpia, y con un gesto de rabia arrojó a la basura la ropa de la cama.
No quería volver a dormir nunca más sobre aquellas sábanas.

Se hizo un café, y el primer sorbo que dio acabó de traerla
del todo al mundo de los vivos. El terror se le enredó en el estómago. ¡Había
sido una estúpida! Lo que aquella gente quería no era mangonear Publicidad
Setién, era obvio, lo que intentaban era convertirla en una especie de esclava
sexual. Desde el principio todos los signos lo habían indicado, aunque…
¿Cómo podían pretender algo así en estos tiempos? En realidad, no era extraño
que le hubiera costado trabajo decidirse a aceptar una posibilidad tan
descabellada. Pero no era momento de entregarse a autoindulgencias. Las cosas
habían ido demasiado lejos y no sabía por cuánto tiempo sería capaz de
resistir algo así; los perjuicios psicológicos podían llegar a ser
inimaginables. ¡Tenía que luchar! Ya no se trataba de la empresa, ni de su
reputación, probablemente ambas cosas estuvieran ya perdidas; tenía que luchar
por su vida. Porque era su vida lo que estaba en juego, no le cabía esperar
piedad de aquel atajo de sádicos.

Dejó la taza vacía en el fregadero y volvió a sentarse
junto a la mesa de la cocina. Tenía que pensar, pensar y sobre todo actuar con
rapidez. Se le antojaba evidente que, de una manera u otra, tendría que
renunciar a algo, que su vida entera tendría que cambiar en los próximos
meses. Una cosa había que estaba clara: Tenía que buscar ayuda, que atreverse
a confiar en alguien, aquello excedía lo que era capaz de afrontar por sí
misma; además, le costaba un esfuerzo ímprobo controlar el miedo, serenarse lo
suficiente para pensar con lucidez. Era ayuda, sobre todo, lo que más le urgía
encontrar.

Repentinamente, sonó el telefoniyo y se echó por encima el
albornoz del baño antes de descolgar. Era un repartidor de "El Corte Inglés",
que venía a traerle un vestido que había comprado hacía poco. En el acto se le
vino a la memoria que era esa tarde la coronación de Rita. Lo último que le
apetecía era tener que asistir a la estúpida fiesta, pero se había
comprometido y ya no había más remedio. Un instante después estaba desdoblando
sobre la cama el hermoso vestido blanco que había elegido para la ocasión.
Quizás, si no estuviera tan cansada, si no tuviera tantas cosas que hacer,
hasta le hubiera venido bien olvidarse por unas horas de su privadísimo
desastre, vivir tal y como lo había hecho siempre.

Bien, la fiesta era a las ocho. Tenía tiempo de buscar un
detective en las páginas amarillas, almorzar en cualquier sitio, y después ir
a verlo. Estuvo un rato llamando por teléfono a distintas agencias, sin
conseguir que ninguna le diera cita antes de las siete, momento en el que
tenía que empezar a arreglarse. Finalmente, hacia las dos de la tarde, una voz
masculina aceptó darle hora para las cinco, y ella aceptó con satisfacción.

Tal y como tenía previsto, a las cinco menos diez y con la
hamburguesa dándole vueltas en el estómago estaba en la Calle Barquillo. Había
comido sin hambre en un Mc Donald próximo, pensando en la entrevista y sin
lograr decidir cuánto debía contar al investigador privado.

El portero la hizo pasar y ella tomó el ascensor con toda
normalidad. Iba correcta aunque informalmente vestida, había hecho caso omiso
de la orden de Jorge de no salir sin las botas fucsia; después de todo no iba
a verla nadie de la empresa y, aunque se las hubiera puesto, después habrían
sido totalmente incompatibles con el vestido de noche que llevaría a la fiesta
¿Qué importaba empezar a arriesgarse desde una horas antes?

La agencia estaba ubicada en un piso del bloque y un hombre
gordo, que se presentó a sí mismo como Gerardo Villanueva, le abrió la puerta
casi instantáneamente. Enseguida estuvo sentada ante él, en su despacho y sin
saber por dónde empezar.

—Me llamo Silvia Setién —logró articular al fin—, dirijo la
empresa de mi padre y me están haciendo chantaje…

Mal que bien, como pudo, fue contándole a don Gerardo la
manera en que se había metido en todo aquel embrollo. Al llegar a la parte en
que ella robaba el reportaje de Alberto titubeó, pero fue capaz de seguir. Eso
sí, más adelante decidió que no era necesario decir nada de Jorge, ni del
terrible episodio de la noche pasada. Bastaba con que supiera que Alberto la
había chantajeado con lo del plagio y con fotos comprometedoras, que la había
forzado a seguir acostándose con él.

El detective escuchó la historia con escepticismo, haciendo
preguntas aquí y allá, pero sin tomarse demasiado interés. Cuando Silvia dejó
de hablar su consejo fue tajante:

—Acuda a la policía.

Silvia protestó. No quería confesar lo del plagio, no
quería que se divulgara cierto material comprometedor, necesitaba resolver
aquello con la mayor discreción posible.

¾ Mire, señorita —respondió don
Gerardo—, el plagio es un delito, y el chantaje otro aún mayor. Debe
comprender que no puedo hacer nada por usted porque no tengo caso. Hay
agencias (desde luego no la nuestra), compañeros de profesión que estarían
dispuestos a usar medios… llamémoslos expeditivos para recuperar el material
comprometedor, pero ¿Cómo se deshace un acta en el Registro de la propiedad
intelectual? Créame, acuda a la policía y confiéselo todo, es lo mejor que
puede hacer.

Todavía estuvo un rato más remoloneando, dando vueltas,
pero el detective no modificó su dictamen. Al final acabó rogándole que se
callara. Él mismo se movía por los límites de la ilegalidad. La ley lo
obligaba a denunciar hechos delictivos si le parecían dignos de crédito.

Silvia se sintió decepcionada, pero no se lo tomó mal.
Después de todo ya se temía que un detective no podría ayudarla. Un abogado
sin embargo… Un abogado podría informarla de las consecuencias que tendría
una denuncia por plagio. Le era muy necesario saber eso, antes de decidir el
próximo paso. A pesar de todo estaba contenta, estaba luchando con las armas
de que disponía, estaba en la dirección correcta y esclavizar a alguien, en
estos tiempos, tenía que ser imposible. Más pronto o más tarde hallaría un
camino que minimizara los daños.

Pagó diez mil pesetas a don Gerardo por la consulta y salió
de allí. En la misma Calle Barquillo encontró una tienda de ordenadores y
compró un juego de última generación para Quique; era su cumpleaños y
recordaba haber sido un poco dura con él el día que fue a verla. No era
momento de ganarse nuevos enemigos, era de enemigos, precisamente, de lo que
andaba sobrada.

************

 

 

A pesar de ser muy amplio, el despacho de Alberto rebosaba
de gente. Estaban allí Jorge, Carmen, Juan, Benito, y otros siete hombres que
completaban la lista de despedidos que hiciera Silvia. Acababan de ver el
vídeo de la noche anterior y todos sonreían, bromeaban, y hasta pedían cita
para "despachar" con la directora. Todos estaban contentísimos, salvo Alberto;
él, parecía preocupado y se mantenía aparte del jolgorio. Cuando consideró que
ya habían tenido suficientes celebraciones levantó la voz por encima del
murmullo:

— Todos estamos muy alegres por lo de ayer, yo también lo
estoy; pero una cosa os digo: eso fue ayer. Hasta ahora Silvia había estado a
la espera de acontecimientos y sin saber qué carta quedarse, hoy eso ya es
historia. Debe estar destrozada, pero no es ninguna tonta y lo que hemos hecho
ha sido lisa y llanamente mostrarle nuestras cartas, obligarla a combatir.


¿Qué intentas decir? —Preguntó Jorge, al que la
experiencia había enseñado a tener en consideración las opiniones de su
amigo.

Intento decir que, al margen de las apariencias, nunca
hemos corrido peligro tan grave de que se nos escape. Va a empezar a
buscar salidas como una loca y, si le damos tiempo, hallará alguna, se
dispondrá a hacer sacrificios.


Un silencio denso cayó sobre la reunión. Nadie sabía como
responder a Alberto, nadie salvo Carmen que ocupaba uno de los escasos
sillones, y que ya había estado barajando esas hipótesis:

¾ ¿Y cómo sabemos que es tan
dura? ¿Quién nos dice que ahora mismo no está tirada en su cama, llorando y
aterrorizada de nuestras órdenes?

¾ Hay una manera de saberlo
—respondió Alberto—. Si esta tarde aparece por la fiesta para la que está
citada, si no lleva sus botas, eso querrá decir, inequívocamente, que está
entera y dispuesta para la lucha. Por cierto —continuó con una sonrisa
maliciosa—, no os he comentado que me he hecho socio del club de hípica y que
tengo intención de aparecer por la fiesta.

Una vez más Jorge volvió a admirar a su amigo; tenía un
sentido de la previsión que lo dejaba pasmado. A pesar de ello, él era un
hombre eminentemente práctico y no veía con claridad qué camino debían seguir.

¾ Eso está muy bien pero, si
llega a ir ¿qué hacemos? —Preguntó.

¾ En mi opinión, asista o no a
la fiesta, sólo nos queda una opción: No darle tiempo, golpearla
psicológicamente de una manera tan brutal que ni siquiera conciba la idea de
la rebelión. Si cometiera algún error adicional, si nos diera algo más
consistente, más sólido con que amenazarla, entonces podríamos permitirnos
actuar con más lentitud, con mucha mayor crueldad. En realidad, sería lo más
deseable.

Aquello fue música para los oídos de Jorge, precisamente lo
que él quería, poder empezar a arrastrar a su furcia particular por todas las
humillaciones imaginables. Asintió encantado e hizo su propuesta:

¾ Mañana, dentro de la política
de "mantenerla ocupada", podríamos hacer que se acostara con Pedro, el
guionista. No estaba entre los despedidos pero es muy buen compañero y le
vendría bien un esparcimiento.

Alberto dio su conformidad. Pedro era un cuarentón muy
tímido, con bastante tripa y poquísimo éxito con las mujeres. Proporcionarle a
Silvia era un acto de caridad, ofrecerle un polvo magnífico, además de algo
muy humillante que hacerle a ella. A pesar de eso había algo que no acababa de
convencerle: Si le daban a Silvia tantas palizas tan seguidas iban a quemarla
antes de haber empezado. Causarle daño como para mantenerla aterrada pero sin
destruirla iba a ser un equilibrio muy difícil de lograr; ojalá surgiera
pronto otra estrategia que pudiera aplicarse. En ese momento, otro hecho
relacionado se le vino a la memoria y lo puso en conocimiento de sus
compañeros:

¾ Ah, olvidaba decíroslo, a
primera hora dieron los del Ron Maracagua el visto bueno a la segunda fase de
la campaña. Mañana empezarán a colocarse los nuevos carteles.

La carcajada fue casi general y los comentarios de la
concurrencia llegaron casi a ahogar su voz. Esta genérica locuacidad le hizo
reparar en otro asunto no menos delicado. Esperó un poco a que disminuyera el
jaleo y expuso lo más eficazmente que pudo el motivo de su inquietud.

¾ Quiero insistir en que no nos
dejemos llevar por el triunfalismo. Nada de lo que sucede debe salir de ésta
habitación. Hasta ahora lo único que sabe el resto de la plantilla es que
tenemos bajo control a Silvia, pero no los motivos; eso debe seguir así. Hemos
diseminado demasiados indicios para que hagan sus hipótesis. Divulgar a
destiempo lo que tenemos puede propiciar que se nos escape. Si todo sale bien,
ya más adelante la compartiremos todo lo que nos apetezca. No nos precipitemos
y cualquiera lo desee podrá pronto follarla.

Los concurrentes aceptaron guardar el secreto de muy buena
gana.

 

***********

 

Silvia pulsó desesperada el claxon. Al final se había
retrasado arreglándose y para colmo iba y cogía un atasco. Eso sí, el retraso
había merecido la pena; el vestido le caía como un guante. La falda,
ceñidísima, le llegaba por debajo de la rodilla, pero tenía una de esas rajas
laterales cuyo efecto ella solía administrar tan sabiamente. La parte alta
tenía un gran escote trasero que le dejaba descubierta la espalda, y la tela
era muy ligera, con una bella caída y unos calados que le daban elegancia
además de picardía. Era la clase de vestido que pocas chicas podían ponerse.
Había disimulado su palidez con un discreto colorete y la sombra de ojos le
había quedado tan perfecta como el rojo de sus labios. Todo de ensueño, salvo
sus recuerdos y el maldito atasco.

Al fin la caravana de coches se puso en marcha y ella se
desvió, lanzó el suyo hacia el sudeste para bordear la Casa de Campo. La
suerte le sonrió, el tráfico era fluido, y media hora después embocaba el
carril del club.

El edificio era grande, de dos plantas, rematadas por un
bonito tejado rojo a dos aguas. Lo rodeaba una amplia parcela cercada en la
cual se ubicaban las caballerizas y las distintas dependencias. El edificio
albergaba un gimnasio, discoteca, peluquería y toda una variada gama de
ofertas de ocio; no obstante, nada de eso le interesaba ahora. La fiesta
empezaba en el salón principal y era allí donde le urgía llegar; eran las ocho
y diez.

Una fila de quince o veinte coches se acumulaba en la
entrada, y Silvia tuvo que detener el suyo. Un portero negro, con chaleco y
corbata de pajarita, iba solicitando el carnet de socio a los que llegaban, y
era el que ocasionaba tapón. Maldijo por lo bajo. Cuando llegó al paso nivel,
el negro se le acercó pero ella le dijo desabridamente:

¾ Soy una socia antigua,
imbécil, abre que me están esperando.

El pobre hombre se apresuró a subir la valla. El parking
era enorme, así que no tuvo problema en encontrar dónde dejar el coche.
Segundos después entraba en el salón principal, un poco incómoda por tener que
llevar en la mano el Cd Rom que pensaba regalarle a Quique. Aquella era una de
las fiestas a la que, en condiciones normales, jamás dejaría de ir. Los
asistentes pertenecían a las clases más selectas, los hombres iban de smoking,
y por todas partes se respiraba la elegancia, el bienestar del que adoraba
rodearse. Instintivamente buscó la figura de Pablo, mozo de sus sueños, pero
fue incapaz de distinguirlo entre tanto smoking. A quien sí vio fue a Rita,
que estaba radiante con su traje blanco, hermoso como el de una novia. Sintió
la mordedura de los celos, pero tenía asumido que no debía exteriorizarlos. Se
acercó a ella a saludarla, pensando que Pablo no podía estar lejos, ni tampoco
Quique, desgraciadamente; pero al menos así tendría ocasión de deshacerse del
Cd. No llevaba bolso, ni por supuesto bolsillo en el que meterlo.

¾ Oh, chica, estás preciosa
—dijo con voz hipócritamente dulce, al tiempo que estampaba en las mejillas de
Rita dos sonoros besos— No imaginas lo contenta que estoy por ti. Te mereces
ser la reina.

— Nada, querida, tú también estás guapísima —respondió
Rita, con el tono almibarado que reservaba para esos casos— Ya temía que me
fuera a dejar abandonada mi dama de honor. Verás como el año que viene te toca
a ti —le susurró al oído.

Tal como esperaba, allí al lado estaba Pablo, con una
sonrisa orgullosa y más guapo que nunca dentro de su traje. Rita podía tener
ventaja, pero ya encontraría ella manera de revertir la situación. También,
naturalmente, estaba Quique; se acercó a él le dio un abrazo y ofreciéndole
estaba ya el dichoso Cd cuando se quedó petrificada ¿Qué hacía allí Alberto
Sagasta? ¿Cómo lo habían dejado entrar? Sin poder evitarlo se estremeció y los
ojos se le humedecieron. Él también la había visto y se acercó enseguida hasta
ella.

¾ Oh, querida ¡qué maravillosa
coincidencia! Me he hecho socio hace sólo unos días y lo último que esperaba
era encontrarme aquí con mi jefa. Por cierto, llevas unos zapatos preciosos, y
mucho más adecuados que los que te regaló Jorge; te vistes con una armonía que
subyuga.

Silvia se puso tan encarnada como las botas que había
dejado tiradas a los pies de su cama. Sintió ganas de vomitar, de dejar que
fluyeran sus lágrimas, pero Quique estaba allí con ellos, estaban rodeados de
gente, hizo un esfuerzo sobrehumano por guardar la compostura.

¾ Nada, nada —contestó
titubeando— Una hace lo que puede por estar presentable.

¾ ¿Presentable? Eso es poco,
pero si pareces un hada salida de un cuento —dijo Alberto con soltura—.
Disculpa la inoportunidad pero hay un asunto de trabajo que me gustaría
comentarte ¿Podríamos ir a algún lugar tranquilo? Prometo que seré brevísimo
¿Nos disculpas un segundo? —preguntó, mirando esta vez a Quique.

El muchacho asintió con la cabeza y los miró alejarse hacia
la sala de juegos recreativos. Aquello era muy extraño. Enrique era un tipo
observador y le había parecido rarísima la aparición de aquel empleado de
Silvia, y más rara aún la reacción que ella había tenido. ¡Pero si parecía que
hubiera visto a un fantasma, si había estado a punto de llorar! Allí pasaba
algo. Para colmo lo de los zapatos ¿qué tenían que ver? ¡Si se había puesto
roja hasta las cejas cuando habló de ellos! Y la manera tan brusca de
llevársela… ¿Habría estado Silvia enrollada con ese vejestorio?
Definitivamente había gato encerrado. Él sabía que esas cosas están mal pero
¿no era natural que quisiera enterarse? Contiguos al salón de juegos estaban
los servicios de caballeros y sabía que allí había un respiradero, una rejilla
a través de la cual podía oírse cuánto se dijera en el otro lado. La tentación
era demasiado fuerte. Con todo el disimulo de que fue capaz se dirigió a los
servicios.

En cuanto Alberto cerró la puerta tras ellos Silvia dejó
que afloraran sus lágrimas ¿En ningún sitio iban a dejarla en paz? Quería
gritar, patalear, arañar a ese hijo de puta, y sólo el saber lo cerca que
estaba la gente le hacía negarse el desahogo de hacerlo. A punto estaba de
empezar a chillarle cuando él la desarmó con un tono casi dulce:

¾ Ay, pequeña ¿Qué vamos a hacer
contigo? Ayer te decimos que te pongas las botas y sólo hoy te encuentro aquí
de esta forma ¿te das cuenta de que me dejas muy pocas opciones? Las botas
eran una prueba de sumisión. Sí, ya sé que no casan con el traje; las cosas
eran tan sencillas como pedir permiso ¿Crees que no lo habríamos comprendido?
¿Crees que no entendemos que una chica de tu edad ha de divertirse? Ahora ya
no tiene remedio y me has colocado en el triste deber de exigirte una prueba
de tu sometimiento.

¾ ¡Cerdo! Eres un cerdo, sois
todos un atajo de cabrones —Estalló Silvia, incapaz de contenerse.

Alberto hizo un gesto de impotencia, tras el cual respondió
con cinismo:

¾ Ah, querida ¿todavía no has
entendido que esa actitud no te conduce a nada? Mira, te las vas a ingeniar
para atraer a esta habitación a tu amigo Enrique, y le vas a hacer una mamada.
Eso demostrará tu lealtad a nuestro pequeño pacto y quedaremos tan amigos como
siempre; no me negarás que es sencillo.

¾ Eso ni lo sueñes, hijo de
puta; este es mi ambiente, ni loca voy a chupársela a ese imbécil.

¾ Bueno, como prefieras
—contestó Alberto encogiéndose de hombros — Yo te voy a esperar diez minutos
en los servicios de caballeros. Si no estás allí con la boca llena de esperma
en ese tiempo iré a la pantalla panorámica y sustituiré la cinta que hay en el
vídeo por esta otra que grabamos anoche —dijo extrayendo una del bolsillo del
smoking— Tú decides. Creo que encenderán la pantalla en el momento de la
coronación. A tus amigos les encantará el espectáculo.

A Silvia le dio un mareo tan grande que tuvo que sentarse.
¿Aquella cinta puesta en la pantalla panorámica? ¿En aquel salón lleno de
gente? Antes muerta. Eso no podía ser. Empezó a balbucear súplicas hacia
Alberto, pero él se dio la vuelta y se marchó. Ya al lado de la puerta
sencillamente le dijo: "Disculpa un momento que tengo que ir al baño" y al
instante siguiente se había ido.

¿Qué hacer? ¿Buscar a Quique? Y si lo encontraba… ¿Con
qué pretexto atraerlo hasta allí? Todo aquello era demasiado sórdido, tenía
que estar soñando. Pero no, por mucho que se pellizcaba no acababa de
despertarse. Tenía que salir urgentemente a buscar a Quique. Aquello no podían
filmarlo, no tendría un después, no les daba material; ceder a lo que Alberto
exigía era la manera de minimizar el daño ¿Por qué sus opciones eran siempre
tan amargas? Además había otra cosa: No importaba mucho si lo contaba ¿Quién
iba a creer que Silvia Setién se la había chupado? Sólo conseguiría quedar
como un estúpido. Repentinamente se sintió afortunada ¡qué casualidad! Quique,
con su aspecto desgarbado a pesar del smoking, estaba entrando en la
habitación. Se secó las lágrimas como pudo y esbozó una sonrisa nerviosa que
quería parecer amable.

¾ Ah, sigues aquí —dijo el
muchacho— me he cruzado con ese empleado tuyo y me dije: Silvia iba a darme un
regalo, me acercaré a recogerlo.

¾ Sí, llegas que ni caído del
cielo, estaba ya cansada de llevarlo en la mano —contestó ofreciéndole el Cd—.
Feliz cumpleaños.

Quique, que naturalmente lo había oído todo, había decidido
aparecer de inmediato para aprovechar el tiempo; pero eso sí, dispuesto a no
dar ninguna clase de facilidades. Eso lo haría más divertido.

¾ Oh, muchas gracias. Un juego
de ordenador ¿verdad? Eres una gran amiga.

¾ Y es sólo una parte…
—sugirió ella casi susurrando.

¾ ¿Una parte? —preguntó Quique
con fingida sorpresa.

¾ Sí, la otra es mucho más…
personal —continuó Silvia, dejándose caer de rodillas y empezando a
desabrocharle los botones de la bragueta. No sabía cuánto le quedaban de los
diez minutos y creía haber agotado el tiempo de los prolegómenos.

Quique se lo estaba pasando en grande. Que la señorita
Setién se viera obligada a hacer aquello era impensable, maravilloso. Tenía
una erección descomunal y sentía su pene abultando los slips; no obstante
quería alargar el juego lo más posible.


¡Pero chica! ¿Te has vuelto loca? ¡Puede entrar
alguien, nos puede ver el salón entero! Si quieres, más tarde buscamos
algún sitio tranquilo…


Silvia no estaba para dilaciones, le corría demasiada prisa
llegar al servicio de caballeros. Persiguió a Quique, de rodillas, varios
metros por la habitación y finalmente lo acorraló en un rincón. Entonces acabó
de sacarle la polla y se la comió ávidamente. Hacer aquello fue horrendo, pero
al menos duró poco. Veinte segundos después notó tensarse el cuerpo de
Enrique, y como la boca se le llenaba de un fluido amargo, viscoso. El
muchacho se sintió ligeramente avergonzado. Había resistido demasiado poco,
había eyaculado prontísimo (por segunda vez en unos minutos, la primera fue en
el váter mientras escuchaba) y apenas había tenido ocasión de disfrutar la
humillación de Silvia. Ella se levantó enseguida y salió disparada por la
puerta. El se sentó tranquilo a fumar un cigarrillo, aún le quedaba por oír el
segundo e interesante capítulo que iba a tener lugar en el cuarto de baño.

Dios Santo ¡La coronación iba a empezar! La gente se estaba
moviendo hasta sus asientos. Rita iba camino del escenario y ella debería
estar a su lado, pero tenía que entrar al servicio de caballeros. ¿Y qué iba a
pasar si alguien la saludaba, si la obligaban a hablar? Se derramaría o se
vería obligada a tragar la prueba que tanto le había dolido obtener. Casi
corrió histérica por el pasillo de los excusados. Miró hacia fuera; parecía
que no la miraba nadie. Giró el picaporte y entró.

Nunca había estado en aquel lugar y casi la sorprendió ver
la fila de urinarios. Tal y como esperaba Alberto estaba allí, fumando, y
dejado de caer sobre el poyete de la ventana. Se aproximó a él, nerviosísima y
abrió los labios, mostró a su torturador la literalidad con que había
cumplido. Él sonrió complacido, y ella se apresuró a escupir en el lavabo el
odioso contenido de su boca. Al hacerlo, se vio de refilón en el espejo y notó
que una gota de semen resbalaba desde el labio inferior hasta su barbilla. Se
apresuró a limpiársela con la mano, pero en el acto se sintió agarrada y se
volvió sorprendida hacia Alberto.


¡Quieta, furcia! —Le dijo con dureza— Si te limpias ese
chorreón tendrás que conseguir otro antes de subir al estrado, y desde ya
te adelanto que yo no estoy disponible, no voy a ayudarte.


Ella volvió a quedarse pasmada. ¿Era posible que
pretendiera que saliera así entre la gente? Poco a poco la idea se fue
abriendo paso en su interior. Claro, era exactamente eso lo que pretendía.
Dejó caer los brazos sobre los costados y él aflojó la sujeción. Temblaba. Oía
el bullicio de fuera y, entremezclado con él, creía oír su nombre. La estaban
buscando. Rita tenía ya que haber subido al escenario y, como era lógico,
esperaba a su "dama", antes de descender las escalinatas.


Era tan fácil como pedir permiso —oyó que decía
Alberto—. Espero que hayas aprendido la lección.


Dios, para colmo ahora no podía ni ver si había alguien
mirando hacia la puerta. Cuánto más tardara en salir más se secaría la dichosa
gota, más transparente se volvería; pero la buscaban, estaban esperando por
ella… Con un golpe de determinación abrió y taconeó atropelladamente por el
pasillo. Sí, parecía que nadie se había fijado en de dónde salía. Todo el
mundo estaba ya sentado, y ella, sintiéndose blanco de mil miradas curiosas,
intentó serenar sus andares, parecer tranquila mientras se moría de ganas de
ocultarse tras las cortinas del lateral del escenario.

Para llenar el tiempo, la pantalla panorámica exhibía
carreras de caballos, saltos de obstáculos, extraídos de los éxitos obtenidos
por el club durante la temporada. Rita se movía de un lado a otro como una
leona enjaulada. Por un instante Silvia se había hecho la ilusión de besarla y
dejarle en la cara la porquería que llevaba en su propia barbilla. Nada más
verla supo que no iba a tener ocasión de nada de eso.


¿Pero se puede saber dónde te habías metido? Estamos
desesperados por tu culpa. —Le gritó Rita histérica.

Lo siento, chica, es que estaba indispuesta —balbuceó
compungida.

Indispuesta, indispuesta ¿Eres imbécil? Anda, cógeme la
cola y salgamos de una vez.


Silvia cogió la cola del vestido y, en compañía de las
otras damas salió al escenario. Por suerte, de momento nadie parecía notar
nada. Rita dio el breve discurso que abría propiamente la fiesta, y tras él se
dirigió a la escalinata. La gente se levantó de sus asientos dejando libre el
pasillo de butacas, por el que debía pasar la reina y su séquito. Silvia fue
tras ella, sujetando la tela blanca para que no rozara el suelo. Las piernas
le temblaban, se sentía fatal por no estar en el lugar de su amiga, y
terriblemente consciente de la hedionda humedad que le resbalaba del labio.
Habría querido que se la tragara la tierra, pero en lugar de eso se acabó la
escalera y casi dio un traspiés. Ante ella se abría aquella línea de caras
felices, bajo cuyas miradas iba a pasear su vergüenza. Enseguida vio a Pablo
en la hilera; sonreía encandilado mirando a Rita, como si fuera una visión
celestial. Por Dios ¿No era bastante que la hubieran elegido a ella? ¿Tenía
también que pisarle el chico que le gustaba? A esas alturas, en esa situación,
empezó a sospechar que quizás era así cómo debían ser las cosas, que quizás
era lo que Alberto la había llamado: sencillamente una furcia y que estaba
allí fuera de lugar. ¿Quién sino una furcia se pasearía con esperma
chorreándole por la cara? Pero… Oh, aún no había apurado del todo el cáliz
de la humillación: ¡Enrique estaba allí, al lado de Pablo! Enrique le decía
algo al oído, cuchicheaban, y después los dos la miraban al unísono ¡a ella!
Pablo con cara de sorpresa que poco a poco iba cambiando hacia el desprecio…

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