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Encuentro de Javier

Publicado por el Wednesday, March 11th, 2009 a las 12:00 am

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Cuentos crueles. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.
Les envió mi último relato. Abajo posee la fecha. Mi nick más conocido y entre parentésis mi nombre.Agradezco publiquen nick y seudónimo. He visto que los mails no los colocan por cuestiones de privacidad y me parece adecuado.
Un saludo
Lucía Schaffer
Encuentro de Javier

Ana
miró el reloj por enésima vez esa tarde. El reloj que parecía estar
inmóvil con las manecillas conjuradas a no desplazarse. Esa tarde
estaba un poco más inquieta de lo habitual. Revisó sus papeles, envió
unos correos electrónicos pendientes, realizó un par de llamadas. Todas
actividades que culminaban con su día laboral .Un largo día con una
decena de actividades de diferente importancia y complejidad.
Otra
vez la mirada en el reloj. Era la hora de salir del trabajo y tras no
tener de otras cosas que ocuparse por ese día se puso su abrigo negro,
sus guantes y enredó la bufanda en su cuello. Deseó que hubiera sido
verano y que no tanta ropa cubriera su cuerpo. Se colgó la cartera
cruzando el pecho de manera más informal .Saludó y salió. Caminó
lentamente hacia la parada del ómnibus mientras se deleitaba con la
luna creciente en el cielo despejado y plagado de estrellas. Había
bastante gente en la calle, gente que procuraba huir a sus hogares, con
esposas, amantes, hijos y perros. Ana prefirió deleitarse con su
caminata respirando el aire gélido y nocturno de la noche de Junio.
El
ómnibus demoró unos minutos en llegar y al subir se ubicó en una
ventana. Encendió su radio y escuchó un poco de Fernando Delgadillo. Se
deleitó con su poesía, deseo estar por su país para oírlo en vivo algún
día. Cerró los ojos y durmió unos minutos .Cuando los entreabrió
-alguien- desde el corredor la miraba atentamente. Respiró
profundamente y esbozó una sonrisa leve. Tarareaba para sus adentros”
de tus labios que hoy presentes como ausentes me han llevado a
recordar…”. Ya no pudo conciliar el sueño breve y subrepticio ni
concentrarse en lo que estaba soñando. Unos minutos más tarde había
llegado a su destino. Descendió mientras el extraño la seguía mirando.
Le puso en su mano un papel.

- Llámame si quedes.

Ana
sonrió. No dijo una palabra. La noche seguía helada aunque ya no se
divisaba la niebla de antes. Caminó un poco. En la esquina de Andes y
18 de Julio estaba él esperándola como habían quedado. Lo miraba desde
lejos mientras se acercaba. Se sonreía y pensaba en su piel, su ropa,
en el deseo. Él no sonreía, pero si la miraba. Con una mirada de niño,
con sus manos en la campera, con sus botas. Esa mirada mostraba un
deseo adolescente, un deseo febril quizás.
Al llegar a su lado él
sonrió .Una breve y tierna sonrisa. Ella, una sonrisa diferente. Algo
más clara, algo más tierna, algo más tímida. Puso esa cara que dicen
que tiene de pícara. Él la besó en los labios apenas. Un diminuto beso.
Un exquisito beso. Caminaron, hablaron mientras iban a un barcito
pequeño que queda por ahí nomás a tomar algo. Entraron. Por suerte
había poca gente en ese miércoles. Poca luz, buena música. Especial
para dejarse llevar y perderse en sus ojos. La charla como la música
por supuesto discurrió por libros, amantes, deseos. Los dedos de él
hacían excursiones a las manos de Ana, jugaban con sus dedos, hacían
cosquillas en sus palmas. Las manos de ella recorrían las de Javier,
descubrían cada marca, cada lunar, cada línea. Él decía que hacía
inventarios.Ella los hacía cabalmente. Él decía desearla. Ella lo
deseaba hasta sus huesos. Él la deseaba hasta sus huesos pero su
timidez le impedía decirlo a gritos. No importaba. Ana sabía sus deseos
y los suyos como para los dos.
A las una de la mañana el bar estaba
lleno de gente. Mucha gente para el gusto de los dos. Volvieron al
ritual de los abrigos, las bufandas y salieron. Volvieron a caminar por
las callecitas montevideanas, por la calle Soriano, por su soledad a
esas horas. Al pasar por frente un hotel él la miro y le dijo vamos.
Ella asintió y luego la habitación los recibió. Se besaron. Como ella
deseaba hace horas, hace días, hace años. Las manos de Javier en su
pelo, en su cuello. Sus dedos exploradores. Sus manos fueron
despojándola del abrigo, de la bufanda. Javier le dijo:

- Es UD muy hermosa.

Ana
sonrió. Le gustaba tanto como ese hombre le hablaba. Sus palabras, sus
sonidos, sus gustos, su pensamiento. Su boca. Esa boca con la que
soñaba más que seguido. Su boca, que degustaría lentamente como una
taza de frutillas con crema. Lo acariciaba. También Ana lo despojó
lentamente de su abrigo dejando su cuerpo tan deseoso a mano, para sus
manos. Su ropa ajustada, su torso firme, su vientre que tantas otras
mujeres tocaban con gusto, su cuello. Ahí ella quería convertirse en la
Condesa Drácula o en una de sus discípulas y perderse en él. Lo hizo.
Lo besó lentamente dejando que su lengua fuera el punto de contacto con
su piel. La deslizó. Mojó su cuello. Lo lamió mientras escuchaba los
gemidos de su boca. Lo besó. Sin prisas y con todo el deseo del mundo.
Dejó que su lengua se apropiara de la suya. Jugó, tocó, mordió sus
labios suavemente. Lo miró. Lo volvió a desear, aunque nunca había
dejado de hacerlo. Dejó que sus manos bucearan en su remera y tocaran
su piel. La tibieza de esta era abrumadora, su suavidad enloquecedora.
Él hizo lo mismo y palpó la piel suave de la espalda, el sujetador
cubriendo sus senos. Los palpó, los delimitó. A pesar de sus manos no
cabían en ellas. Sintió los pezones duros, la excitación palpable y
exquisita de su cuerpo. Su respiración intranquila y agitada. La siguió
desnudando. Ahora desabrocho su pantalón, lo dejó caer, tocó su cola.
Vio el esbozo de su vulva. Deslizó un dedo por ella, sólo rozándola.
Ana respiró profundamente, gimió, dijo algo que él no quiso descifrar.
Volvió a sus nalgas, las rodeó con sus manos. La apretó contra sí. Ella
sintió su miembro duro, palpitante y tibio. Le quitó el pantalón, lo
acarició. Lo miró, miro sus ojos cerrados, su boca mordida por sus
dientes. El gesto de placer, el placer corpóreo. La mano de Ana tocó la
piel de sus genitales, tibios, qué tibios y duros. Deliciosos pensó sin
haberlos probado aún. Cerraba y abría los ojos intermitentemente. Se
deleitaba con la visión y con lo que imaginaba a la vez en una
secuencia de milésimas de segundo.
Javier terminó de desnudarla
.Quitó su sujetador blanco dejando sus senos al alcance total de su
lengua y manos. Sus faros en la tormenta, los faros que lo haría igual
naufragar en sus costas. El sexo de Ana, tan pequeño y deslumbrante.
Sus dedos lo descubrieron húmedo, suave, casi que aterciopelado. La
acostó en la cama, la besó, la acarició, y dejó que su lengua fuera a
su vulva. Con sus dedos abría suavemente los labios, descubría el telón
de su sexo. Vislumbraba el clítoris hinchado y altivo. Sus labios
menores rosados y cálidos. La masajeó lenta y pausadamente. Caricias y
dedos. Juegos de penetración y salida. Juegos de masajes, masajes. Con
los gemidos de fondo musical, con sus deseos queriéndole gritar lo que
la deseaba. Su boca ahora tomó contacto con la vulva. La lamió, la
recorrió, la inventarió. Aquel detalle que no había visto en ninguna.
Aquella cosa que hacía única a la vulva de Ana. Lamió, saboreó, de
arriba a abajo, de abajo a arriba, con trazos que la dejaron inerme. La
boca de Javier se llenaba de jugos, de secreciones. El placer sabía
exquisito en Ana. Único , dulce, como una narcótico para la mente.
La
miró. La miró extasiado. Su cara rendida de placer, su carita colorada
fruto de la excitación que había pasado. El orgasmo devastador que
había sufrido, su sonrisa. Javier estaba más excitado que antes, más
deseoso de penetrarla y dejarse amar. Ella quería recobrar el aliento y
comérselo a besos, hundir el pene en su boca, jugar con su lengua en su
espalda.
Así sucedió unos minutos más tarde. Ana se dedicó a
descubrir la piel de este hombre exquisito. Lo besó lentamente, tomó su
lengua para sí, recorrió su vientre con sus manos y dedos juguetones.
La espalda tensa como un arco, sus músculos. Lo escuchó gemir como un
pequeño con miedo de la oscuridad. Recorrió su cuerpo lleno de placer,
de placer de muchas otras mujeres que habían recorrido lo mismo que
ella. Su sexo, duro, su miembro, el placer para su boca, sus manos, las
manos que tanto deseaba. Lo recorrió hasta saborear casi todo su
cuerpo. Para lo último dejó su pene. Como la fruta, el postre más
deseado.
Colocó su boca en el glande, lo degustó, dejó que su lengua
lo recorriera haciendo círculos. Luego lo recorrió todo, todo su pene,
duro y exquisito. Lo sintió gemir, quejarse, pedir, y volver a pedir.
SU lengua se alejó del glande, recorrió el tronco, encalló en sus
testículos. Los exploró como si fuera una playa desierta. Uno, otro,
lengua, boca, manos. Volvió al recorrido inicial. Lo chupó y besó. Se
detuvo. Lo miró. Quería prolongar el placer de la vista, el placer de
la lengua, su placer y el de Javier. Se abrazaron y tocaron. Javier
volvió a sus senos, a su vulva, ella a su vientre y a su boca.
Javier
la miró y no le preguntó. Se puso encima de ella y jugó a penetrarla.
No lo hacía, sólo la rozaba. Su cuerpo se abalanzaba sobre ella. Sus
piernas abiertas, sus senos eternos y desafiantes, su sexo que lo
reclamaba. Elevó sus piernas a sus hombros, las acarició, llegó hasta
sus dedos, le hizo cosquillas a sus dedos, le provocó risas. La acercó,
calculó las distancias a su vulva. Se acercó más. Miró su pene. Teorizó
acerca de su dureza, de como estaba de excitado para sí. Llegó a
conclusiones sobre Ana, sobre su placer, sobre el suyo y el mutuo. Tomó
su pene en sus manos y suavemente lo dejó a tiro de su vulva. La miró y
ella cerró los ojos. La penetró. Sintió su vulva tibia, húmeda,
excitante y deseosa de él. Se movía entrando y saliendo. Moviendo sus
caderas, rozando su pene en su clítoris, mirando sus senos balancearse
por sus embestidas aún suaves. Le susurraba algunas palabras. Ana
gemía, abría y cerraba los ojos. Lo veía a Javier con ese placer que
sentía, gemir, buscar, moverse en ella. Lo veía tan exquisito, tan
rico. Quería hablar y llenar la habitación de palabras. Quería gritar y
pedirle que le hiciera mil cosas. Pero calló, disfrutó, gozó. De él y
su sexo. De él y sus palabras, de él y su placer. Dejó que sus manos
rozarán su cola, que presionaran a su interior, empujándolo a
penetrarla más y más. Javier entendía perfectamente los gestos y
posturas. Mordía sus senos alternativamente, los lamía, los
mordisqueaba. Le decía al oído lo que le haría. Ana apretaba sus
músculos perineales y lo retenía dentro de ella, lo capturaba. Javier
se quedaba quieto, como un niño atrapado y resollaba como un animal.
Ella lo soltaba y el volvía al sempiterno movimiento. Los juegos
seguían entre los dos. Los juegos que acababan en el semen tibio en los
senos de Ana, los juegos que daban el descanso para retomarlos más
tarde cuando ella se subiera a él y cabalgara mirándolo a los ojos.

Uruguayita_mimosa ( Lucía Schaffer)

uruguayita_mimosa@hotmail.com

uruguayita@gmail.com

Junio 23, 2007

Montevideo, Uruguay

 

Turismo rural más allá de lo que conoces. Otra cosa.

posters, carteles, cine, nazismo, guerra civil, desnudo, hadas, alcohol.

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Les envió mi último relato. Abajo posee la fecha. Mi nick más conocido y entre parentésis mi nombre.Agradezco publiquen nick y seudónimo. He visto que los mails no los colocan por cuestiones de privacidad y me parece adecuado.
Un saludo
Lucía Schaffer
Encuentro de Javier

Ana
miró el reloj por enésima vez esa tarde. El reloj que parecía estar
inmóvil con las manecillas conjuradas a no desplazarse. Esa tarde
estaba un poco más inquieta de lo habitual. Revisó sus papeles, envió
unos correos electrónicos pendientes, realizó un par de llamadas. Todas
actividades que culminaban con su día laboral .Un largo día con una
decena de actividades de diferente importancia y complejidad.
Otra
vez la mirada en el reloj. Era la hora de salir del trabajo y tras no
tener de otras cosas que ocuparse por ese día se puso su abrigo negro,
sus guantes y enredó la bufanda en su cuello. Deseó que hubiera sido
verano y que no tanta ropa cubriera su cuerpo. Se colgó la cartera
cruzando el pecho de manera más informal .Saludó y salió. Caminó
lentamente hacia la parada del ómnibus mientras se deleitaba con la
luna creciente en el cielo despejado y plagado de estrellas. Había
bastante gente en la calle, gente que procuraba huir a sus hogares, con
esposas, amantes, hijos y perros. Ana prefirió deleitarse con su
caminata respirando el aire gélido y nocturno de la noche de Junio.
El
ómnibus demoró unos minutos en llegar y al subir se ubicó en una
ventana. Encendió su radio y escuchó un poco de Fernando Delgadillo. Se
deleitó con su poesía, deseo estar por su país para oírlo en vivo algún
día. Cerró los ojos y durmió unos minutos .Cuando los entreabrió
-alguien- desde el corredor la miraba atentamente. Respiró
profundamente y esbozó una sonrisa leve. Tarareaba para sus adentros”
de tus labios que hoy presentes como ausentes me han llevado a
recordar…”. Ya no pudo conciliar el sueño breve y subrepticio ni
concentrarse en lo que estaba soñando. Unos minutos más tarde había
llegado a su destino. Descendió mientras el extraño la seguía mirando.
Le puso en su mano un papel.

- Llámame si quedes.

Ana
sonrió. No dijo una palabra. La noche seguía helada aunque ya no se
divisaba la niebla de antes. Caminó un poco. En la esquina de Andes y
18 de Julio estaba él esperándola como habían quedado. Lo miraba desde
lejos mientras se acercaba. Se sonreía y pensaba en su piel, su ropa,
en el deseo. Él no sonreía, pero si la miraba. Con una mirada de niño,
con sus manos en la campera, con sus botas. Esa mirada mostraba un
deseo adolescente, un deseo febril quizás.
Al llegar a su lado él
sonrió .Una breve y tierna sonrisa. Ella, una sonrisa diferente. Algo
más clara, algo más tierna, algo más tímida. Puso esa cara que dicen
que tiene de pícara. Él la besó en los labios apenas. Un diminuto beso.
Un exquisito beso. Caminaron, hablaron mientras iban a un barcito
pequeño que queda por ahí nomás a tomar algo. Entraron. Por suerte
había poca gente en ese miércoles. Poca luz, buena música. Especial
para dejarse llevar y perderse en sus ojos. La charla como la música
por supuesto discurrió por libros, amantes, deseos. Los dedos de él
hacían excursiones a las manos de Ana, jugaban con sus dedos, hacían
cosquillas en sus palmas. Las manos de ella recorrían las de Javier,
descubrían cada marca, cada lunar, cada línea. Él decía que hacía
inventarios.Ella los hacía cabalmente. Él decía desearla. Ella lo
deseaba hasta sus huesos. Él la deseaba hasta sus huesos pero su
timidez le impedía decirlo a gritos. No importaba. Ana sabía sus deseos
y los suyos como para los dos.
A las una de la mañana el bar estaba
lleno de gente. Mucha gente para el gusto de los dos. Volvieron al
ritual de los abrigos, las bufandas y salieron. Volvieron a caminar por
las callecitas montevideanas, por la calle Soriano, por su soledad a
esas horas. Al pasar por frente un hotel él la miro y le dijo vamos.
Ella asintió y luego la habitación los recibió. Se besaron. Como ella
deseaba hace horas, hace días, hace años. Las manos de Javier en su
pelo, en su cuello. Sus dedos exploradores. Sus manos fueron
despojándola del abrigo, de la bufanda. Javier le dijo:

- Es UD muy hermosa.

Ana
sonrió. Le gustaba tanto como ese hombre le hablaba. Sus palabras, sus
sonidos, sus gustos, su pensamiento. Su boca. Esa boca con la que
soñaba más que seguido. Su boca, que degustaría lentamente como una
taza de frutillas con crema. Lo acariciaba. También Ana lo despojó
lentamente de su abrigo dejando su cuerpo tan deseoso a mano, para sus
manos. Su ropa ajustada, su torso firme, su vientre que tantas otras
mujeres tocaban con gusto, su cuello. Ahí ella quería convertirse en la
Condesa Drácula o en una de sus discípulas y perderse en él. Lo hizo.
Lo besó lentamente dejando que su lengua fuera el punto de contacto con
su piel. La deslizó. Mojó su cuello. Lo lamió mientras escuchaba los
gemidos de su boca. Lo besó. Sin prisas y con todo el deseo del mundo.
Dejó que su lengua se apropiara de la suya. Jugó, tocó, mordió sus
labios suavemente. Lo miró. Lo volvió a desear, aunque nunca había
dejado de hacerlo. Dejó que sus manos bucearan en su remera y tocaran
su piel. La tibieza de esta era abrumadora, su suavidad enloquecedora.
Él hizo lo mismo y palpó la piel suave de la espalda, el sujetador
cubriendo sus senos. Los palpó, los delimitó. A pesar de sus manos no
cabían en ellas. Sintió los pezones duros, la excitación palpable y
exquisita de su cuerpo. Su respiración intranquila y agitada. La siguió
desnudando. Ahora desabrocho su pantalón, lo dejó caer, tocó su cola.
Vio el esbozo de su vulva. Deslizó un dedo por ella, sólo rozándola.
Ana respiró profundamente, gimió, dijo algo que él no quiso descifrar.
Volvió a sus nalgas, las rodeó con sus manos. La apretó contra sí. Ella
sintió su miembro duro, palpitante y tibio. Le quitó el pantalón, lo
acarició. Lo miró, miro sus ojos cerrados, su boca mordida por sus
dientes. El gesto de placer, el placer corpóreo. La mano de Ana tocó la
piel de sus genitales, tibios, qué tibios y duros. Deliciosos pensó sin
haberlos probado aún. Cerraba y abría los ojos intermitentemente. Se
deleitaba con la visión y con lo que imaginaba a la vez en una
secuencia de milésimas de segundo.
Javier terminó de desnudarla
.Quitó su sujetador blanco dejando sus senos al alcance total de su
lengua y manos. Sus faros en la tormenta, los faros que lo haría igual
naufragar en sus costas. El sexo de Ana, tan pequeño y deslumbrante.
Sus dedos lo descubrieron húmedo, suave, casi que aterciopelado. La
acostó en la cama, la besó, la acarició, y dejó que su lengua fuera a
su vulva. Con sus dedos abría suavemente los labios, descubría el telón
de su sexo. Vislumbraba el clítoris hinchado y altivo. Sus labios
menores rosados y cálidos. La masajeó lenta y pausadamente. Caricias y
dedos. Juegos de penetración y salida. Juegos de masajes, masajes. Con
los gemidos de fondo musical, con sus deseos queriéndole gritar lo que
la deseaba. Su boca ahora tomó contacto con la vulva. La lamió, la
recorrió, la inventarió. Aquel detalle que no había visto en ninguna.
Aquella cosa que hacía única a la vulva de Ana. Lamió, saboreó, de
arriba a abajo, de abajo a arriba, con trazos que la dejaron inerme. La
boca de Javier se llenaba de jugos, de secreciones. El placer sabía
exquisito en Ana. Único , dulce, como una narcótico para la mente.
La
miró. La miró extasiado. Su cara rendida de placer, su carita colorada
fruto de la excitación que había pasado. El orgasmo devastador que
había sufrido, su sonrisa. Javier estaba más excitado que antes, más
deseoso de penetrarla y dejarse amar. Ella quería recobrar el aliento y
comérselo a besos, hundir el pene en su boca, jugar con su lengua en su
espalda.
Así sucedió unos minutos más tarde. Ana se dedicó a
descubrir la piel de este hombre exquisito. Lo besó lentamente, tomó su
lengua para sí, recorrió su vientre con sus manos y dedos juguetones.
La espalda tensa como un arco, sus músculos. Lo escuchó gemir como un
pequeño con miedo de la oscuridad. Recorrió su cuerpo lleno de placer,
de placer de muchas otras mujeres que habían recorrido lo mismo que
ella. Su sexo, duro, su miembro, el placer para su boca, sus manos, las
manos que tanto deseaba. Lo recorrió hasta saborear casi todo su
cuerpo. Para lo último dejó su pene. Como la fruta, el postre más
deseado.
Colocó su boca en el glande, lo degustó, dejó que su lengua
lo recorriera haciendo círculos. Luego lo recorrió todo, todo su pene,
duro y exquisito. Lo sintió gemir, quejarse, pedir, y volver a pedir.
SU lengua se alejó del glande, recorrió el tronco, encalló en sus
testículos. Los exploró como si fuera una playa desierta. Uno, otro,
lengua, boca, manos. Volvió al recorrido inicial. Lo chupó y besó. Se
detuvo. Lo miró. Quería prolongar el placer de la vista, el placer de
la lengua, su placer y el de Javier. Se abrazaron y tocaron. Javier
volvió a sus senos, a su vulva, ella a su vientre y a su boca.
Javier
la miró y no le preguntó. Se puso encima de ella y jugó a penetrarla.
No lo hacía, sólo la rozaba. Su cuerpo se abalanzaba sobre ella. Sus
piernas abiertas, sus senos eternos y desafiantes, su sexo que lo
reclamaba. Elevó sus piernas a sus hombros, las acarició, llegó hasta
sus dedos, le hizo cosquillas a sus dedos, le provocó risas. La acercó,
calculó las distancias a su vulva. Se acercó más. Miró su pene. Teorizó
acerca de su dureza, de como estaba de excitado para sí. Llegó a
conclusiones sobre Ana, sobre su placer, sobre el suyo y el mutuo. Tomó
su pene en sus manos y suavemente lo dejó a tiro de su vulva. La miró y
ella cerró los ojos. La penetró. Sintió su vulva tibia, húmeda,
excitante y deseosa de él. Se movía entrando y saliendo. Moviendo sus
caderas, rozando su pene en su clítoris, mirando sus senos balancearse
por sus embestidas aún suaves. Le susurraba algunas palabras. Ana
gemía, abría y cerraba los ojos. Lo veía a Javier con ese placer que
sentía, gemir, buscar, moverse en ella. Lo veía tan exquisito, tan
rico. Quería hablar y llenar la habitación de palabras. Quería gritar y
pedirle que le hiciera mil cosas. Pero calló, disfrutó, gozó. De él y
su sexo. De él y sus palabras, de él y su placer. Dejó que sus manos
rozarán su cola, que presionaran a su interior, empujándolo a
penetrarla más y más. Javier entendía perfectamente los gestos y
posturas. Mordía sus senos alternativamente, los lamía, los
mordisqueaba. Le decía al oído lo que le haría. Ana apretaba sus
músculos perineales y lo retenía dentro de ella, lo capturaba. Javier
se quedaba quieto, como un niño atrapado y resollaba como un animal.
Ella lo soltaba y el volvía al sempiterno movimiento. Los juegos
seguían entre los dos. Los juegos que acababan en el semen tibio en los
senos de Ana, los juegos que daban el descanso para retomarlos más
tarde cuando ella se subiera a él y cabalgara mirándolo a los ojos.

Uruguayita_mimosa ( Lucía Schaffer)

uruguayita_mimosa@hotmail.com

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Junio 23, 2007

Montevideo, Uruguay

 

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