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Arakarina (03: Ella se casa)

Publicado por el Wednesday, March 11th, 2009 a las 12:00 am

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Cuentos crueles. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.

ARAKARINA III

Ella se casa

X

El telegrama llegó. Se programó todo, e inclusive Helena se
encargó de conseguir la casa y los muebles, aunque dejó pendiente su acomodo. La
elección no le fue del todo difícil, pues se orientó con el recuerdo de aquella
casa del pintor en la que ya había estado, preocupándose de que la cama fuera
grande y que hubiera un closet. Los gastos fueron cubiertos en su totalidad por
Virgilio. Ella aún no escuchaba su voz, pues la cita fue concertada con Julio, y
su rostro tampoco lo conocía. Sabía de memoria su intimidad, pero su cara la
ignoraba por completo. Tenía su cabello y su mirada atrapada en un bosquejo de
papel, pero nada más.

El portafolio era un secreto de ella, nadie lo había visto.
Sus días en la Ciudad de México también eran un secreto. No sabía qué esperar de
la llegada del pintor, quien se le figuraba como una esperanza desagradable.

Las cosas habían cambiado para Helena en sólo tres días que
había estado ausente. Su madre estaba repentinamente más alegre y entusiasmada,
además de que parecía estar menos castrante que nunca, dejándola salir aunque no
arreglara los pisos ni sacudiera el interminable librero, aunque no hiciera todo
el aseo que regularmente hacía. Era muy extraño, encima la dejaba ir cada vez
más rato con Julio, en quien era evidente que su madre confiaba absolutamente.
Eso le molestaba en el sentido de que su madre la dejaba salir no por que ella
fuese confiable, sino porque seguramente Julio sabría que era lo más conveniente
para ella. Lo malo era que en la mayoría de los casos Julio efectivamente tenía
la razón respecto de qué era lo que en verdad le convenía, por esto, el coraje
no era con él, sino con el hecho de que su mamá tuviera razón.

Poco después vio el trasfondo de todo aquello, la mirada de
Julio había cambiado también, pues la miraba siempre absorto, siempre totalmente
embebido, y Helena sentía su ego totalmente saciado. Sus obsesiones de fealdad
se venían abajo ante tales miradas.

No tardó mucho en que esa relación de trabajo se convirtiera
en una especie de amor. Ciertamente hacían una bonita pareja, aunque sí
despertaba un poco la curiosidad que él fuera mayor que ella por buenos once
años, y luciera mucho más maduro, sin embargo, Helena no se imaginaba a sí misma
a lado de un muchacho de diecisiete o dieciocho años, insulsos en su mayoría,
siempre con los bolsillos vacíos y con la cabeza hueca de ideas.

La tarde en que supo que las cosas cambiarían hacía un tiempo
nublado, y por más prisa que se dieron para acondicionar el local con unas
nuevas figurillas de barro negro la lluvia les ganó, y la noche también.
Cerraron la galería y se quedaron en el umbral de la puerta esperando que pasara
un taxi. Ahí apoltronados, bajo el silencio que hace el ruido constante, Julio
no se contuvo más y le dijo que no podía esperar por más tiempo, que tenía que
decírselo, y se lo dijo "Te quiero, deseo que formemos una pareja", lo dijo con
tanto miedo de verse rechazado, él que siempre sabía el orden de las cosas, el
estratega, el frío, no acertaba a estar seguro de su futuro con ella.

Helena se enterneció al ver su terror, en ver como
tartamudeaba y se convertía en un tonto, eso le dio buena espina en ese momento,
adoró la inseguridad del hombre más seguro del planeta, y lo hizo bajo un
proceso mental muy veloz y seguramente inconsciente, las cosas sobre las cuales
uno tiene seguridad son sujetas absolutas de nuestra voluntad y nuestros
designios, y por consecuencia están condenadas a obedecer nuestro capricho, son
cosas muertas en su voluntad propia, vivas en la nuestra, para este caso, Helena
no hubiera considerado la proposición de Julio si éste no hubiese temido en la
forma que lo hizo.

Con poquita autoridad que hubiera utilizado Julio se hubiera
visto rechazado, pues Helena hubiera visto seriamente amenazada su libertad más
indispensable. El miedo era la duda, la falta de seguridad, es decir, la
prerrogativa de aceptar o no, la voluntad era de Helena. Eso era el éxito, la
voluntad era de ella. Sólo por eso aceptó. Además ya tenía ganas de probar el
sabor de los labios, los cuales le temblaban de ansia, cosa que ella disfrazó de
frío aprovechando que una ventisca los mojó levemente. Cuando sus labios se
juntaron Helena puso todo su empeño en esos breves centímetros cuadrados de su
boca, descubriendo su vocación de besadora, pues, pese a que nunca lo había
hecho, intuía perfectamente cómo hacerlo, pegando húmedamente toda la boca, y
hubiera metido su lengua en los dientes de él si no supiera que Julio era
sumamente curioso y le daría por investigar el origen de esos besos en su mente,
en eso era prejuicioso, de manera que aprovechó aquel momento para cobrarse los
besos que le hacían falta a esa edad. Si por Helena hubiera sido se habría
dejado hacer el amor en el umbral de la galería, pero poco se tocaron, si acaso
la cintura, el cuello. El Taxi llegó.

- Te veo mañana, debemos ver lo de la renta de esa casa-

XI

Los contrastes eran arrebatadores. Mientras que en la galería
se presumía de una separación del pasado presente y futuro, donde los valores
entraban en un ficticio remolino, donde todo obedecía al momentáneo capricho,
donde todo era vanguardia, en casa de la Sra. Imelda Monteverde se presenciaba
una ceremonia de carácter tradicionalista por demás, los padres de Julio
Mendizábal acudían a su compromiso generacional a solicitar la mano de la que
sería la esposa de su primogénito, en medio de un delicado refinamiento, todo
muy propio, la novia sentada junto a su madre más recatada que nunca y el novio
atrás de sus padres. En un vistazo real, Julio lucía ridículo en sus treinta
años tras sus padres esperando que ellos hicieran la labor de pedir para su
vástago la mujer que ha de ser su esposa. En fin, una ceremonia bastante cursi,
sin embargo llenaba de gusto a Helena, quien disfrutaba que las cosas fueran
llevadas de esa manera, a la vez que eso dejaba claro que tendría un pie fuera
de la casa de su madre, que ya se acabaría esa cascada de mandatos y designios,
que esa época era ya parte del pasado, y sólo el futuro importaba.

Veía a Julio y estaba segura de que él la quería. La duda que
sentía respecto a todo lo que sucedía era tan callada que no se la pronunciaba a
sí misma, y prefería pensar que las cosas marcharían bien, que Julio era un buen
hombre y que la apoyaría en todos sus proyectos. Se sintió curiosamente libre,
incólume, limpia.

La boda se celebró con gran pompa. Los invitados fueron en su
totalidad unos desconocidos para Helena, entre clientes, familiares de Julio,
amigos personales de su madre, todos sin excepción le tenían buena voluntad,
pero nadie la conocía. Estaba rodeada de trescientas gentes y sin embargo estaba
casi completamente sola, todos deseosos de arrojar su novio al techo, de bailar
con la novia, de atrapar su liga, de incitar al beso, pero nadie le sonaba
familiar. Helena tomó las cosas por el lado amable, se sintió verdaderamente
feliz de saber que era la novia, con su vestido de novia precioso, con adornos
con perlas naturales, con escote y cintilla, con su corona, estaba segura de que
aquella iglesia y aquel salón no habían presenciado una novia tan bella en mucho
tiempo. Esa noche admiró enormemente a Julio, pues era él quien hacía posible
aquello de estar unida, de recibir un apellido, de vestirse de blanco, de vivir
aquel hechizo, era quien estaba deseoso de tenerla. La fiesta pasó tan
intensamente para Helena que se le hizo que las seis horas que duró fueron las
mas breves de su vida.

Camino al hotel se recostó sobre el hombro de Julio y miraba
la rosa de Castilla que estaba sobre el asiento y recordaba las fotos de
Virgilio, a su vez se preguntaba ¿Como sería esa noche?. De hecho estaba
bastante excitada por que se había tomado unos cuantos brindis, que no llegaban
a figura de ninguna manera, pero dada la falta de costumbre de beber la habían
puesto un poco ebria. Miraba la rosa y sonreía discretamente, esa noche sería su
turno de probar todo aquello que ya venía pensando desde hacía tiempo. Desde que
se fijó la fecha de la boda ella no despegaba su cabeza de la idea de su primera
noche, incluso evadía un poco a Julio, pues le resultaba tan atractivo que
hubiera querido que la poseyera antes de la boda.

Afortunadamente eso no había ocurrido, sin embargo su mente
ya se había hecho la idea de lo que sería su noche de bodas, de hecho apenas
ayer su madre le había dado las indicaciones más torpes que pudieran darse a una
hija respecto de lo que debe ser una noche de bodas "No goces tanto, pensará que
eres una cualquiera" le había dicho Doña Imelda, y Helena pensó "Lo que quiero
es gozar como una cualquiera, como una mosca muerta y sentirme a gusto de
hacerlo, por eso me caso, para ser de alguien que me respete y me quiera todo el
tiempo, y que dé la vida por tenerme siempre, cuyo pavor supremo sea el miedo a
perderme".

Miraba la rosa, recordó en flashback su deseo de noche de
bodas, tal y como sucedió en su sueño "Caminarían al Hotel y el empleado de la
recepción dejaría las llaves de la habitación sobre el mostrador y antes de que
Julio alcanzara a tomarlas ella las cogería y le dirigiría a su esposo una
sonrisa picara y él la correspondería y entendería que el deseo de ser penetrada
era el mismo que él tenía de penetrar. Con la llave en la mano se adelantaría
para que su esposo la viera andar y se percatara de la mujercita que iba a
tomar, que le mirara las caderas, que mirara sus pasos, los cuales serían por si
mismos una danza de celo, ella voltearía una y diez veces más para cerciorarse
que su esposo va fiel detrás de ella, deleitándose con el juego y ella riendo
con dulzura y rabia, poniéndolo firme con sólo mirarle. Con todo, Julio
descubriría el tesoro de dicha que había encontrado, pues dejándola ser ella
podía vaciar sobre él todos los placeres del mundo, pues para ello contaba con
gran ingenio y una voracidad que estaba callada para todos hasta ahora. Se
detendría en la puerta y esperaría a que llegara Julio y ahí le enfrentaría, le
miraría el cuello y su barba afeitada perfectamente, azul su piel, y analizaría
en cada cana y en cada cabello la destreza que se necesitaría para hacerla
mujer. Le miraría a los ojos y le pediría el precio de entrada y él le pagaría
con una mirada de águila soberana y tierna, el precio estaría pagado con el
fruncir del entrecejo.

Al entrar se abalanzaría sobre ella y comenzaría a tocarle el
cuerpo aun con el miedo de que los invitados los siguieran, pero al escuchar el
clic del botón del seguro de la puerta sabrían que estaban solos y que entonces
sí se valía de todo. Julio la colocaría frente al espejo y le diría, – Mira ese
rostro, no volverás a verlo jamás, es el rostro de la infancia, de la inocencia,
esta noche se convertirá en el rostro de una mujer, de un ave del paraíso, de un
espíritu compartido-. Helena supuso lo que serían sus expresiones: Yo mirare mi
cara y será una cosa muy tierna, le diré adiós a mi antiguo rostro, a mi antigua
piel y le pediré perdón, le explicaré de mi camino, de mis metas, de mis sueños,
de la necesidad de nuestra separación en este momento de mi vida.

Julio me tomará de la nuca y me diría – Tienes derecho a
besarle, descubrirás que ese rostro del ayer es un amigo de siempre, que nunca
te deja, que está ahí cuando ríes curiosa al ver los animales, el cielo, la
inmensidad del mar, que estará ahí en nuestros hijos cuando los veamos y
pensemos en cuánto les amamos y lo lindos que son, que estará seguramente ahí
cuando necesites de esa ligereza que da la inocencia. En fin, será la alegría de
saber que ese será tu ángel- . Yo lloraré de darme cuenta de la cantidad tan
inmensa de amor que la vida me prodiga al ser mujer y niña siempre, de tener un
compañero, de tener también un ángel, y me inclinaré cuan despacio pueda para
alcanzar a ver lo más posible aquella mirada de cordero, luego besaré el espejo
y diré adiós, daré la espalda y me encontraré frente a mi marido, él se acercará
y me tomará del talle, me besará en la boca y luego en los ojos aun húmedos,
secándolos, yo me reiré por lo tonta que he sido al ser tan sentimental y le
besaré más profundamente, me irá quitando lentamente el blanquísimo vestido y me
dejará desnuda estando él aun vestido, me acariciará los pechos, la cintura, la
nuca, las axilas, la entrepierna, las caderas, y me descubrirá como un nuevo
motivo de su fe, y yo estableceré el compromiso de ser su fiel guerrero,
empecinada en sus fines, en su dicha. Me morderá el cuello, me mirará con
codicia, me regalaré generosa.

Despacio él se inclinaría y me comenzaría a besar el vientre
y éste temblaría, comenzaría él a prepararme, besando mi sexo, mojándolo con su
lengua, haciéndome sentir toda clase de cosas, sentir mi cuerpo invadido por un
ejército de hormigas de tibias y sistemáticas patas, y la dicha me retumbará del
vientre a la cabeza y de ésta a los pies, mi sexo se hinchará y comenzará a
segregar miel de abeja. Él se alzará y me cargará hasta la cama, apagará la luz
y dejará una lámpara que dé una iluminación cálida y cercana. Me sentaré sobre
mis rodillas encima del colchón y le diré que se acerque, él lo hará y me mirará
como un bandido, y las cosas comenzarán a írsenos de las manos y pasarán a manos
del inmenso orden de las cosas, donde cada sexo intuye su propia manera de
actuar, de darse.

Lo encontraré bello, metido en su ropa formal pero le diré
que ya no hace falta que la formalidad venga disfrazada de empaque, que me
resulta formal su compromiso, que me parece valiente y confiable que se haya
casado para el resto de sus días, le quitaré lo formal, la camisa, el pantalón,
y veré el bulto que encierra en su calzón, lo tentaré sobre la tela, plantearé
mis dudas, ¿Cómo será ya que esté libre de ese molesto calzón, cual es su
tamaño, su grosor, su textura? Oleré su pecho, besaré sus manos fuertes, le
besaré el plexo y luego le quitaré la trusa, su pene saldrá seguramente de un
salto y eso me dará risa, lo miraré, lo tocaré hasta que me harte de conocerlo,
lo besaré y no perderé detalle de como es, me aprenderé cada fibra que tenga,
cada línea, su forma será ley para mi cuerpo, él me alzará y me besará los
pezones, continuará besándome el sexo con verdadero gusto y yo me pondré muy
alegre, luego me va a penetrar, despacio, lentamente, dejando que mi propia
excitación vaya sugiriendo la penetración total.

Él tomará el control de la situación y se meterá como un
ladrón, rompiendo mi himen, dándome la forma de su cuerpo, haciendo a su imagen
y semejanza mi placer, y despacio me seguirá penetrando hasta que el dolor
desaparezca y surja el gozo. Entonces reconoceré su potestad y él reconocerá la
mía y la entrega será total, y así será, me tomará en todas las posiciones que
desee, y yo obedeceré el impulso de mi cuerpo que será el suyo. Nos miraremos a
la cara y jadearemos intensamente, y cuando sospeche que va a depositar en mi
todo su semen me entregaré a un orgasmo con forma de su sonrisa, de tal manera
que perdamos el conocimiento por una eternidad. Luego querré que nos quedemos
dormidos y juntos. Habré hecho el amor, lo habré practicado con grandeza, seré
todo lo que soñó dentro de un cuerpo, seré su música, seré enteramente buena."

- Hemos llegado-

- Es un precioso lugar-

- Vaya que sí, costó un dineral-

Julio le dijo a Helena que esperara, regresó con las llaves
en la mano – Habitación seis-

XII

Al día siguiente tomaron un avión rumbo a Cancún, Helena
caminaba con dificultad con una gran maleta sobre su hombro, Julio traía las
otras dos. "No podemos esperar al imbécil del botones" dijo él.

Sobrevolaban las nubes y Helena despertó a Julio para
sugerirle se cambiaran de asientos, ya que, si él dormía, de poco o nada le
servía la ventanilla – Claro que sí cariñito- le dijo.

Helena miraba las nubes con éxtasis, tan blancas, y sobre
ellas, pegada casi al cristal, veía la luminosidad del reflejo del sol en las
inmensas bolas de algodón que era el revés del firmamento, y por dentro del
vidrio otro reflejo, el de su mirada, buscando en medio de tanto cielo el ángel
de su guarda, el que auxilia.

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