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Arakarina (02: La búsqueda de un pintor)

Publicado por el Wednesday, March 11th, 2009 a las 12:00 am

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Cuentos crueles. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.

ARAKARINA II

La búsqueda de un pintor

 

VII

- Se trata de lo siguiente- Le dijo muy solemne Julio – Tengo
pensado traer a la ciudad a un pintor que aquí es desconocido, su nombre es
Virgilio-

- ¿Conozco obra de él?

- No creo, es decir, no estoy seguro de sí la obra que dicen
que es de él lo sea. Toma ese número de código postal, escribe cuanto antes,
establece comunicación, investiga quién es. La única pintura que he vendido de
él la compró tu señora madre, es la que colocó al fondo de su micro museo que
tiene en el sótano de tu casa.

VIII

Helena se trasladó de Monterrey a la Ciudad de México, donde
seguramente encontraría mayor información. Fue el primer viaje que realizaba
sola. Nunca sintió libertad mayor, ahí se vistió y se condujo como realmente le
placía. En sólo dos días, tres hombres le propusieron matrimonio en serio. Se
rió como tantas veces. Pensó seriamente en llegar dándole un beso a Julio, pues
seguro que conseguir ese permiso no había sido cosa fácil.

Redactó la carta:

"ESTIMADO VIRGILIO.-


Hemos tenido contacto con obra suya y nos ha resultado de
gran atractivo e interés, por lo cual quisiéramos concertar una cita en la
cual tratar la posibilidad de que se muestre una retrospectiva de su obra en
la ciudad de Monterrey, México. Tenemos pocas noticias de su identidad, y la
única referencia que conservamos de usted y de su trabajo es un óleo
titulado "MI VERDADERO ROSTRO", el cual forma parte de la colección
particular de una servidora, por lo que la referencia es buena. Espero
atienda esta invitación y se comunique por vía telefónica o fax al número
324 32 45, con atención al Lic. Julio M. o su servidora Srta. Helena M.


GALERÍA DE ARTE ATENAS

Valladolid 123, Barrio Antiguo

Monterrey, N.L., México."

Por otra parte, las investigaciones trajeron pocas pistas de
su personaje, y las pocas encontradas hablaban de una persona excéntrica,
extravagante, iconoclasta nata, pervertida. En total fueron tres los datos
encontrados.

El primero era una nota de un diario que mencionaba que un
hombre de mediana edad, 35 o 40 años había sido arrestado por practicarse una
masturbación frente a una obra titulada "Objetivo del deseo No. III" a cinco
minutos de cerrar las puertas del Centro Cultural Maya, el pobre fue sorprendido
con las manos en la masa, o mejor dicho sus genitales, y el problema fue que una
mujer pecó de beata al salir corriendo y gritando del lugar, exclamando "Un
loco, un mañoso". El pobre hombre no tuvo manera de escapar, pues por más que
juró su inocencia, el lugar estaba poblado de cámaras de vídeo.

El caso fue muy discutido por que el hombre ofreció como
prueba dentro del juicio una muestra fotográfica de la retrospectiva que ahí se
presentaba, en la cual abundaban las escenas sexuales, fetichistas, casi
afrodisíacas, por lo que, después de una acalorada discusión, se le dio la razón
al hombre, ninguna mujer "Casta y Honesta, de conducta proba" según refiere el
propio código penal, iría a ver semejante exposición, además que el hombre alegó
estar en un estado de inconsciente pasión cuando lo hizo.

Una vez absuelto vino el detalle chistoso. El hombre decía
que, en vista de la inexistencia del delito, le fueran entregadas las cintas de
vídeo "Quiero enviarlas a los concursos de T.V." dijo con cinismo.

Aún así la opinión pública consideraba que era prudente
anunciar a la entrada del Museo que la obra podría resultar ofensiva a la moral
y buenas costumbres. La foto que había originado todo el incidente no pudo ser
publicada entera en el diario, pues era de una mujer que pendía colgada con
sogas de sus brazos, mirando hacia arriba, con una esperanza suprema, pero a su
vez miraba hacia abajo con infinito deseo, y sus ojos no sabían si dirigirse al
creador o a las sogas que cortaba con unas breves navajas de afeitar que llevaba
en cada mano. Por la posición de las piernas se veía dispuesta con toda
franqueza a caer en lo que fuera a caer, pues estaba tachado con una franja
negra el área que ocuparía su sexo y aquello en que fuera a caer, evidentemente
un falo. Nuevamente veía esos rostros característicos, esa mueca en la boca que
parecía decir todas esas cosas que hacen a los hombres eyacular, la mirada
perdida pero firme en su deseo, los pechos estaban sujetos con un corpiño de
cuero, los pezones se alzaban parados como picahielos.

La segunda pista fue el testimonio de la directora del Centro
Cultural Maya, que al ver que Helena era una mujer tan guapa, y sobre todo tan
joven, preguntando por el pintor, se mostró necia y subjetiva, es decir celosa.
Helena pensó que lógicamente la directora había tenido tratos más allá de lo
profesional con Virgilio.

Conforme charlaban fueron ampliando su confianza, la cual
surgió casi automática al momento en que la directora se percató que poco o nada
sabía Helena del artista, era una de esas confianzas convenencieras en la cual
una se hace la suavecita para obtener información y la otra se hace la simpática
para darla en el sentido que se le antoja. En este último caso se percibió
cierto toque de venganza en la opinión de la directora.

Hay que aclarar que la directora tenía unos veintisiete años,
de tez morena, con una cadera estrecha que contrastaba con unos inmensos pechos,
los cuales portaba con plena conciencia del alboroto que podrían causar,
centrando su coqueteo en ellos, su cara era más bien grande y tosca, de amplia
nariz y boca, con una mandíbula enorme. Sin duda lo aparatoso de sus senos había
sido la indemnización que Dios le había dado por esa cara tan amplia y carente
de exquisitez. Ella sabía todo eso, que su cara era grande, pero que nadie le
vería la cara. Había aprendido a usar aquello en vez de dárselas de íntegra e
intentar ocultarlas para ser valorada por su real persona, por sus ideas, por
sus actos. Era inteligente, y sus pechos eran un señuelo que bien podrían
distraer al enemigo lo suficiente para que ella pudiese atacar si lo deseaba,
aunque esta ventaja disminuía si el enemigo de turno era mujer.

- Mira, él es un tipo realmente hermoso, pero peligroso. Está
enfermo. Te mira siempre como si fueras la primera mujer que ha visto en su
vida. Eso puede halagar en un momento dado, pero así mira a todas, y siempre
anda en sus propios asuntos. Se cree poeta, pero no lo es. Tiene talento para
pintar, eso no lo discute nadie, pero los temas siempre son enfermizos,
malsanos. – Decía la directora con un aire de experiencia – Otra cosa, te va a
pedir algunos caprichos. Si de repente te llega un telegrama que te dice que
compres una casa para él, da por hecho tu exposición… –

- ¿Una casa?- preguntó Helena extrañada

- No te preocupes, en eso es inocente, te envía en el
telegrama un giro por el importe de cualquier casa-

- ¿Para qué quiere una casa?-

- Detesta los hoteles, gusta de tener su propio espacio, así
puede meter a su alcoba a quien le dé la gana, y desde luego, hacer lo que se le
antoje con quien entre. No me sorprendería que encontraran cadáveres en alguno
de los patios de sus casas, de hecho tiene una casita en cada sitio donde
expone. Es de dinero. La moraleja es que nunca vayas a su casa. Podría atarte, o
darte una paliza.

- ¿A ti te dio una paliza?-

- Podría decirse que sí, la tercera vez que le vi. Toma nota
de lo que te digo, nunca le sigas, no le hagas caso de lo que dice, él maneja
ideas que tal vez son prácticas para su manera de vivir, pero no para la
nuestra, es muy persuasivo, es alevoso, te puede estafar, no le dejes hablar,
que vaya a lo suyo, a pintar, cuidado con lo que te da de beber o fumar, ten a
la mano una tumba, un bongo grande, créeme lo que digo, te ahorrarás muchos
disgustos si sigues mis indicaciones.

- ¿Dónde queda la casa que compró aquí?-

- No te sugiero que vayas, de hecho no ha de habitar nadie
allí, pero si insistes, está en Calle Revueltas 302, está cerrada, tal vez el
exterior te diga algo.

- ¿Te pregunto una cosa?- ella asintió – ¿Porqué no seguiste
tú ninguna de las indicaciones que me dices?

- Supongo que nadie me las dijo a tiempo-

- Te veo.

La tercera y última pista fue la casa.

Estaba el pasto del jardín muy elevado, lo que indicaba que
estaba abandonada. Helena se preguntó si, al volver a esta ciudad, el pintor
Virgilio se daría a la tarea de cortar toda esa yerba. La casa tenía un portal
al frente, oxidado, en uno de sus extremos estaba un montículo de arena que
hacía que el barandal llegara a una altura de un metro, lo que hacía muy fácil
ir al otro lado y husmear más de cerca la casa, fisgonear por las ventanas,
etc., el montículo de arena tenía unas emparejadas en zigzag, tal cual si
alguien hubiese subido a la pequeña montaña para luego borrar las huellas con
una rama seca de árbol que estaba ahí, junto al montículo.

Eran las seis de la tarde y Helena miró a ambos lados de la
acera y encontró que no venía nadie. Se alzó por la arena y dio un salto al otro
lado. Había un caminito por entre la yerba, lo que podía indicar que alguien
entraba de vez en cuando a la casa, se cercioró que estuviera en su cinturón el
aplicador de gas lacrimógeno que cargó por consejo de Julio, "Es una ciudad
peligrosa" le había advertido. Las plantas despedían un olor muy vivo. Se acercó
a los cristales y alcanzaba a ver en el interior una guarida decorada un tanto
rara pero agradable. Tenía sus sillones, su cama, su mesa, no tenía focos ni
ningún aparato eléctrico, se observaba relativamente limpio para el tiempo en
que supuestamente estaba abandonada. Nada que aportara mayor información.

Entonces vio algo que no creía: en lo que sería la puerta del
patio de atrás, a la salida de la cocina, había una entrada para mascotas, lo
suficientemente grande para poder entrar. Se agachó y como una serpiente se
deslizó hacia adentro. Su sorpresa fue muy grande, pues no sólo no estaba tan
sucio, sino que el suelo llegaba a limites muy altos de impecabilidad, brillaba
tanto el piso de madera como el de mosaico, lo único realmente sucio eran las
ventanas, las cuales estaban terregosas por demás, lo cual viéndolas bien, se
daba uno cuenta que habían sido manchadas a propósito con arena y pegamento, la
intención era sin duda que apareciera como abandonada pero en realidad fuera
visitada por alguien como mansión de descanso de vez en cuando.

Se dio cuenta que los muros estaban llenos de trazo a lápiz,
animales, campos, figuras extrañas, y una gran cantidad de desnudos que
viéndolos bien no eran obscenos, parecían mas bien habitar con una armonía
insospechada objetos y figuras, de las cuales algunas se miraban con una dulzura
extrema, había una en especial en la que una mujer cargaba su hijo, la ternura
se sentía escapar de ese muro, pues visto desde donde fuera la cara de la mujer
parecía mirar desde arriba, así como lo ve uno cuando apenas ha abierto los ojos
y ve a su madre como la efigie más linda y cercana a la perfección, y del bebé
casi podía olerse el aroma de su cabecita, daban ganas de tomarle su pequeña
mano. más allá estaban dibujados una jauría de perros a los cuales sólo les
faltaba ladrar, un par de ellos copulaban y esto se veía normal.

Había dentro de esa casa cascadas, ríos, y en el techo,
pintado de azul, el firmamento, a manera que Helena creyó que había anochecido y
hubieran volado con una bomba la capa de concreto de arriba, abajo de esa noche
artificial estaba una cama redonda, casi tan amplia como la de ella, había
estado todo el día vagando, por lo que se lleno de alegría y se aventó sobre la
cama tendida de rojo, era suave y dura a la vez, rebotó varias veces, retozó un
rato sobre la camota como un pescado luchando por volver al cauce del río, como
un hipopótamo en una charca de lodo, como una mosca suicida cayendo en una
telaraña.

Se paró de un salto y pensó "Parecen haber respetado el orden
de Virgilio, quienquiera que sea, quien viene aquí reconoce que no puede hacer
mucho por mejorar el estilo de esta casa". Levantó el colchón a ver si
encontraba algo prohibido, pero no había nada debajo. Se volvió a recostar y
extendió su brazo derecho y abrió un cajón del buró. Sacó una carpeta de papel
grueso, era un portafolio y álbum de fotos a la vez, y contenía bocetos de
pinturas, estaban un par de flores que emergían en una tierra árida, y sin
embargo eran hermosas, y en sus raíces se entrelazaban y consumían mutuamente,
las raíces eran un par de tubérculos con formas humanas, y el trance era sexual.

Había una nota en una hoja arrancada de una agenda que decía
"Sábado 27 de agosto de 1993. He leído la definición. De haber sabido que eso
significa ser sadista. El diccionario dice: Que practica cualquiera de los actos
referidos en las obras de Gillaume Apollinare (Marqués de Sade), no es eso lo
que me preocupa, me altera el hecho de que lo definan así, cualquiera de los
actos referidos en sus obras, y queda bien claro cuales, que son casi todos en
los que el sufrimiento y la vejación se vuelven intensidad sexual para una de
las partes o ambas. ¿Yo en cambio que expectativas tengo?. Me imagino:
Virgilismo: Afición por practicar la esencialidad de las obras referidas por
dicho autor. Lo malo es que siento no haber sido comprendido del todo. Mi sexo
va más allá del cuerpo, ¿cómo explicarles a ciencia cierta?. Veo que las
relaciones de las personas no se borran, se te olvidan los sabores, los olores,
se te olvida lo que has dicho o pensado, pero las experiencias con la gente,
esas quedan en tu cuerpo inscritas, imborrables, tan claras y nítidas que no
había porqué existir gente sola, basta mirarse al espejo, ahí están todos, ahí
está la vida palpitando, la eterna presencia, la compañía constante, y yo como
figura mítica, haciendo fábula en la mente de los demás, con hambre terrible de
ser más sorprendido de lo que sorprendo, ¿hasta donde alcanza mi visión, donde
cruza el umbral de lo que ya definitivamente se debe ignorar?, Mi conclusión es
que vivo, y que el Virgilismo nunca se sucederá, pues para ello se tendría que
ser yo mismo, e imponer mi ser en todos es una tiranía, sin embargo, compartirme
con todo mundo es la muestra de humildad más grande que me puedo permitir, la
que me causa más gozo, la insana cacería de vivencias, carne, nexo."

Helena se quedó meditando en ello, no sonaba mal, pero había
algo que no concordaba. ¿Todos esos teoremas no serían pretextos para justificar
un libertinaje? Y si así lo fuera, ¿Acaso los ideales no son eso, justificantes
del actuar?, Y hubiera continuado pensando a no ser por que se le resbalaron
unas fotos instantáneas. Las vio de cabeza al suelo, eran polaroid instantáneas.

En su cabeza proceso los datos e hizo una mueca, seguramente
eran sexuales, después de todo las cámaras instantáneas permiten eso, tomar
fotos de lo que sea sin tener que rendirle cuentas al tipo del estudio de
revelado e impresión, además con la ventaja de que serían capturas del tiempo en
el acto. Se inclinó y las tomo en su mano, jugó a levantarlas con los ojos
cerrados, girarlas y abrir los ojos una vez que estuvieran frente a su cara. Sus
pupilas se abrieron como las lentes de la propia cámara, se le dibujó una
sonrisa y balbuceó "Pero que puta". Era la directora del centro cultural,
completamente desnuda y atada a esa cama en la que ahora estaba ella recostada,
no parecía que las ataduras le incomodaran tanto, de hecho no tenía mordazas ni
cubre ojos, sin embargo no se veía que pidiera auxilio, más bien tenía rostro de
cordero suicida que anhela la muerte en vísperas de un cielo. La única tortura
aparente en esa foto era el aplazamiento de la ejecución.

Tenía sus enormes tetas sujetas con un cinto y sus pezones
estaban pintados con marcas de labial carmesí, y terriblemente parados. En medio
de esas montañas estaba atrapada una rosa de Castilla, la cual estaba
aprisionada entre carne y carne, sujeta a su vez con la presión ejercida por el
cinto. Helena recapacitó que había subestimado el tamaño de aquellos senos que,
vestidos, se veían minúsculos en comparación con lo que ahora presenciaba.
Fácilmente se disparaban a veinticinco centímetros sobre el nivel del tórax, que
ya es decir algo. Definitivamente el cinto estaba hecho para eso, pues tendría
un ancho de unos trece centímetros. La rosa emergía de un tallo de diez
centímetros sobre el dulce terreno en el que estaba sembrada, lo que contando
con los veinticinco de las tetas, hablamos de un tallo de treinta y cinco
centímetros. A esa distancia las rosas tienen espinas, si es que no se les han
arrancado. Un hilo de sangre muy pequeño en el fondo del cañón formado por los
dos pechos sugería que habían sido arrancadas algunas de las espinas, pero no
todas. El sexo de la directora, que también aparecía en la toma, estaba en un
estado de desastrosa excitación, casi podía olerse. Lo hinchado de éste dejaba
al descubierto que le habían sucedido ya muchas cosas antes de la foto.

La siguiente foto era ya un acercamiento. Sobre la rosa
estaba posada la cabeza de un miembro viril tieso, uniforme, de unos dieciséis
centímetros de cilindraje, con sus respectivas venas y una pelambrera cerrada y
oscura, el cual aun desde la foto irradiaba tal energía que podía escucharse el
silbido como de un címbalo en plena vibración. La mirada de la directora era un
espectáculo aparte, pues miraba el falo como si fuera el inicio y fin de su
vida, y ahora si parecía que pedía ayuda, pero para tener aquel instrumento en
su poder.

Helena se encontró de repente envuelta en un atractivo
bochorno. Lo que sabía de sexo lo había adquirido de dos o tres películas
pornográficas que había visto en su cuarto. Sin embargo, le quedaba claro que en
tales filmes los participantes eran actores, y no es que los actores no cojan de
verdad, pues es obvio que se penetran en la realidad, sino que la sensación de
ver en trance sexual a gente digamos más asequible despierta un morbo mayor, es
como ver haciendo el sexo a la vecina, la proximidad abruma. Pasaba lo mismo,
por una causa las fotos hicieron un efecto constrictor en su plexo, y se sabía
mala por verlas, pero era incapaz de dejar de hacerlo. Pero si la mujer que
estaba ahí atada había hablado con ella apenas hace una hora. El sexo le parecía
más extravagante de lo que ya le resultaba, su virginidad en definitiva se
sentaba en un banquillo de cara a la pared.

La tercera y última foto era la captura del falo por aquella
boca de directora ansiosa. Helena las vio con algo de pena, y pensó "Vaya cosas
que aprende uno, basta con salir un poco a la calle".

En el portafolio de papel se encontraba una última nota que
decía. "Nada extraño se avecina en nuestras vidas. Siempre surge aquello que uno
desea. La Lámpara Maravillosa que concede los deseos es la noche, basta con que
camines un poco por ella, no surgirá lo que te hace daño, sino lo que te hace
feliz. Uno nunca se da cuenta de cosas que no quiere, lo desagradable y
sorpresivo es el deseo oculto hecho de barro. Desde que soy un intimista me he
visto rodeado de perversos. ¿Hay quien se asusta con lo que ve o escucha?, Si
fuera demasiado para él nunca lo hubiera visto u oído. Es el secreto de la
diversidad. Quedan todos invitados al placer y virtud por igual. Tan amor es el
beso donde quiera que se da." Y al reverso de la hoja estaba una especie de
autorretrato, compuesto del dibujo de una cabellera amplia y salvaje, y el
dibujo de una mirada que parecía viva, clavándose en quien la viera, sonriendo,
proponiendo, perdonando de antemano cualquier juicio. No había más trazos, no
hacían falta.

Hurgó en más cajones y no encontró casi nada, botes de
aceite, espejos, peines con cabellos pelirrojos y largos enredados en los
dientes, cuadernos sin anotaciones, lápices, sogas, varios perfumes de hombre y
mujer, etc. "Quienquiera que entre aquí no tiene la más mínima intención de
llevarse nada" supuso. Ella en cambio agarró el portafolio de papel, guardo las
cosas que había encontrado en él y se lo echó bajo el brazo. Miró a la ventana y
el sol comenzaba a decir adiós. Ella estimó apropiado irse de una vez.

Se arrastró por la portezuela de la mascota, torciéndose un
poco para caber con todo y portafolio. Se desempolvó un poco la falda y se
encaminó al pasillo para dar a la calle. Se detuvo de súbito, una chica estaba
brincándose en ese preciso momento el barandal. Helena retrocedió tumbando con
ello una botella que estaba en el suelo. La chica, que iba en pleno salto cuando
la botella sonó, cayo revirando su vista al fondo del pasillo. Helena
aterrorizada se deslizó de nuevo por la entrada de mascotas, con una rapidez
igualada únicamente por un verdadero perro. Con el corazón palpitando al máximo.
Pensaba en que seguramente había sido vista, la chica saltó tan rápido y alzó su
mirada tan inmediatamente que seguramente la había atrapado. El problema de todo
aquello era que llevaba el portafolio. Si tan sólo no lo hubiera tomado
explicaría que husmeaba nada más, pero con él en las manos era poco más que una
raterilla enfermiza y cachonda, además no podía devolverlo, pues con tantas
arrastradas el papel blanco de la portada ya tenía perfectamente dibujadas sus
terregosas huellas.

Corrió de puntillas hasta la recámara principal y se metió en
el guardarropa, el cual tenía puertas de rejilla, y la prisa no le había dado
para cerciorarse que una de las rejillas estaba caída, lo que daba un agujero de
2.5 centímetros de posibilidad de ser descubierta. Cerró de todas formas la
portezuela y se acurrucó a un lado, para evitar ser vista de inmediato. Calmó su
respiración a tal grado que podría presumirse que era estudiante de yoga
avanzado.

Afortunadamente el sol hizo sus despedidas con mucha prisa y
la casa estaba prácticamente en penumbras. La chica entró, llevaba una falda muy
larga y separada del cuerpo, aun así sus caderas dibujaban un poco el calzoncito
que llevaba, pues sus nalgas eran un tanto inusuales para una mujer de tez tan
blanca, mas bien eran las nalgas de una negra, paradas en extremo, voluminosas,
su blusa era de manga larga, sus pechos eran pequeños. La cara era un tanto
infantil, de labios muy delgados la boca y la nariz chiquita y respingada, sus
ojazos contrastaban enormemente con la simpleza del resto de su rostro, eran
grandes, expresivos, soñadores, con unas pestañas largas y oscuras, sus cejas
eran un par de cimitarras viradas al revés. Seguramente tenía ascendencia árabe,
aunque mestiza. Caminaba lentamente. Se sacó de dos patadas sus zapatos de tacón
y se estiró. Miró su reloj. El cabello rojo era, a decir de algunas pecas,
natural.

Helena estaba asustada y encerrada, meditando en que, si la
chica se había quitado los zapatos, seguramente se quedaría un rato más allí,
quizá toda la noche, ella no podría salir hasta que ella se fuera. Se podía
deducir que esa casa le era familiar, pues al igual que ella, la chica había
entrado por la portezuela de la mascota, con esa falda, esa blusa y tacones,
mínimo se hubiera empolvado un poco, sin embargo no llevaba una sola partícula
de polvo. Mas se acurrucó Helena en su rincón, sin perder huella de los
movimientos de la mujer.

La pelirroja tendría acaso dieciocho años, era casi tan joven
como ella que tenía diecinueve. ¿Y si le explicara? Tal vez entendería y le
perdonara su atrevimiento, después de todo tampoco era su casa, al igual era una
intrusa. Pero el portafolio. Seguro los cabellos en los peines eran de ella,
seguro lo demás también era de ella, inclusive las notas y los bocetos, y las
fotos, la diferencia de intrusa a intrusa es que ella no sabía respetar y
robaba, mientras que la mujer había aprendido a valorar la casa como era, sin
hacer daño. Tal vez ese año de edad que parecía separarles sí hacía una gran
diferencia. Helena se sintió como una niña mala, pero luego pensó que se trataba
de una lección. Sin embargo, Julio llamaría al Hotel en la noche, no la
encontraría, insistiría durante toda la noche, se percataría de su ausencia,
¿Qué mentira le diría?. Que se enfadó con los del hotel y se cambió de lugar.

Lo bueno de que la chica estuviera relacionada con la casa es
que sabría que en ese closet no había nada, lo que aseguraba que su escondite
era seguro. Sin embargo sus movimientos eran tan estudiados, seguramente se
sabía observada. En una mesita había velas pequeñas y mientras la mujer encendía
dos de ellas, reviraba en dirección del closet.

La pelirroja comenzó a caminar con solemnidad casi sacerdotal
en dirección del closet, con una seguridad lenta e inusitada. Se puso las manos
a su espalda y comenzó a caminar como un policía, tomó un paraguas que estaba
debajo de una mesilla y lo sujeto de la correa, luego lo comenzó a girar como si
fuese una macana. Siguió avanzando. Se oyó un golpe seco, como si alguien
estuviera brincando la cerca, se oyó otro golpe más. La mujer se detuvo, tomó en
su mano el paraguas y lo golpeó sobre la palma de su mano, esbozó una sonrisa.
Se escucharon pasos por el pasillo.

La chica se abalanzó sobre una flor que traía en una pequeña
bolsa, una margarita, y se puso de rodillas en una de las esquinas de la
recámara. Sacudió su cabeza y el cabello se alborotó silvestre, la escena era
total, una adolescente con cara de pícara indecisa en el amor, cortando pétalos
a su margarita, esperando por su príncipe azul, o sus príncipes azules.

Dos jóvenes se metieron por la entrada de las mascotas. Uno
era de corte mas bien latino, cabello negro y cejas pobladas, ojos negros, nariz
larga y labios abultados, en su cuello se dibujaba una gran manzana. Sus brazos
estaban cubiertos de vello, era mas bien delgaducho, y un poco bajito. El otro
era enteramente ario, de cabello rubio y ondulado, el chico parecía uno de esos
surfers que abundan en California, blancos, bronceados, altos, de mirada pequeña
y nariz y boca afiladas. Su cuello era fuerte, y debió tener problemas para
introducir semejante espalda por la entrada de mascotas. No se sabía cuál, pero
uno de ellos olía fuertemente a perfume barato.

- Pero qué hermosura- Dijo el latino – ¿Llevas mucho tiempo
aquí?-

- Claro que no-

- ¿Y el amigo?- volvió a intervenir el de cabello negro, el
otro parecía mas bien expectante.

- Sumido en sus cosas, ya sabes. Siempre está atareadísimo.-

- Es un pendejo-

- ¿Que te hace pensar que te voy a dejar que te expreses así
de él? Es en muchos aspectos superior a ti. Cierto que es un poco tonto por
creer que me puede formar a su imagen y semejanza, que me puede controlar en
todo, pero es agudo en los negocios, tiene un sentido del humor refinado, está
destinado a ser grande, tú siempre serás el mismo, y yo haré de él una eminencia
en todo y cuanto incursione.

- No te comprendo. ¿Por qué casarse con él?, desiste ahora
que hay tiempo. No te comprendo.

- ¿Estas queriendo decir que me quieres comprender? No te
creo. Quizá él sea mucho más listo que tú, él en tu lugar se callaría la boca y
aprovecharía esta mujer que tiene enfrente.

- Tienes razón. No me importa ser más listo que él. Me basta
y sobra con saber que tu verga preferida es ésta- Se comenzó en el acto a
desabrochar los botones del pantalón, dejando salir un pene ancho y largo,
perfectamente parado, regordete en su parte inferior como el vientre de un
lagarto, con su dorso curvo como el de un yogui, de una cabeza fina y cortante.
Ella no movió un sólo dedo para alcanzarla, como dejando entre duda si realmente
deseaba esa cosa. Al contrario se puso a deshojar la margarita. Llegó el momento
en que él quedó totalmente desnudo.

Por la rendija, Helena podía apreciar que de todos los
músculos del latino, el mejor era ese robusto y extraño pene. Nunca en su vida
había visto un falo real. Los conocía por las charlas de las compañeras del
colegio, que lo narraban como un ser mítico, quimérico. Le había visto una vez
en alguna película pornográfica que había rentado, y por última vez lo había
presenciado en las fotos de Virgilio, pero de verdad nunca lo había visto. Le
pareció tan imponente, pensó en los gorilas, pensó en las miradas de la
directora del centro cultural, en todo aquello. No podía dejar de verlo, ese
cuerpo desnudo, flaco, lleno de vello, con semejante instrumento que le
resultaba casi hipnótico. Su mente que había hablado sin cesar durante todo
aquel rato, guardó un silencio absoluto al ver el falo brillante, en un mutis
nirvánico.

Tanto se absorbió en tal imagen que no notó que el otro
individuo se había desnudado también. El californiano era un músculo viviente,
con cada uno de sus rebordes perfectamente dibujados, tan así que bien había
podido posar para clases de anatomía, y decir "este es el
esternocleidomastoideo" y ponerlo a tintinear a voluntad. Lampiño o quizá
depilado se erigía como una estatua viva de mármol. Rodin hubiera delirado
viendo ese cuerpo. Como no todo podía ser perfecto, el miembro del hombre de
mármol era pequeño en tamaño, mas no así en grosor. Eso sí, el menudo pene no se
amilanaba ante nada, de roca al fin y al cabo.

La chica entró en un trance automático. Los tipos comenzaron
a caminar alrededor de la cama como si fueran lobos. Ninguno de los dos
necesitaba friccionarse de ninguna manera su falo para que estos estuvieran en
pie de guerra. Ella comenzó a embriagarse ante semejante danza, y se comenzó a
quitar la ropa, quedando de a rato completamente desnuda, con sus pechitos
puntiagudos al frente, como dos pequeños y brillantes trompos. Sus caderas
estaban en perfecto desarrollo, amplias, flamantes, y su sexo yacía pequeño bajo
un reducido montículo de vello. Las piernas eran dos columnas fuertes y
vigorosas. En cada tobillo portaba unas cadenillas de oro. Sobre la cintura
había otra cadena. Se recostó a lo largo de la cama y los tipos dejaron de girar
como satélites, abrieron un cajón y sacaron de ahí un par de cirios, los
encendieron y los pusieron en unos agujeros que estaban dispuestos para ese
efecto en la pared. Helena entendió entonces la rareza de aquellos hoyos de los
muros, pues se había extrañado de verlos ahí y debajo encontrar una breve
montaña de cera.

Para ese momento Helena ya se había "resignado" a que tendría
que esperar a que todo aquello terminara. Estaba asustada, pero segura de que lo
último que traían ganas aquel trío era de buscar intrusos, parecían bastante
enfocados a otras cosas. Visto de otra manera estaba divertida, pues lo furtivo
le parecía excitante, de otra manera no le hubieran permitido espiar desde tan
buen punto, hubieran querido que entregara algo a cambio. Ahí todo era
tranquilo, estaba sentada en un banquillo que yacía ahí arrumbado, en una
posición cómoda, con la cabeza a la altura justa de una rendija, bajo la
iluminación perfecta para ocultarla, dado que provenía del fondo y de lo alto,
por lo que las fisuras de las tablillas serían camufladas por la sombra misma de
la luz. Era un espectáculo brutal al cual no tenía ningún derecho de entrar. Y
ahí estaba fisgoneando, conteniendo la respiración y su propio ruido.
Afortunadamente la hierba elevada servía de nido a infinidad de grillos, los
cuales hacían una música tan ensordecedora como para que su exhalar e inhalar no
fueran detectados.

Volviendo a nuestros amigos. La pelirroja abrió su compás a
todo lo que daban sus piernas, dejando al descubierto una flor de sonrojados
labios que a la luz de las velas aparecía naranja. El hombre de mármol se
inclino sobre sus piernas y casi ceremonialmente bajó su boca a la vulva de la
chica y comenzó a restregar su lengua larga por cada pétalo de aquella flor,
ahora lento ahora con violencia, lo que hacía que la mujer se retorciera de
placer, moviendo sus caderas como una odalisca, para repentinamente levitar en
un violento estertor que iba seguido de lamentos que no hablaban de dolor, sino
de flaqueza, de imposibilidad de resistirse a estar siendo devorada viva, el
drama del botón que se convierte en flor se representaba maravillosamente ahí,
entre sus piernas.

Apenas si acabaron los sismos de la chica, el californiano se
aplicó de nuevo a chuparle con fruición el sexo húmedo y exhausto, y claro se
veía que el californiano bebía los jugos del placer de la dama, jugando su
lengua con ellos, extendiéndolos hasta el cerrado ano que husmeaba curioso por
ahí cerca y decidió ver qué pasaba, de rato, la chica estaba diciendo toda sarta
de descripciones que resumían todas las vergas que había recibido en su vida. El
hombre de roca, que tenía volando la cadera a razón de levantar desde las
rodillas el cuerpo de la chica, y concentrado únicamente en demoler con la
lengua las murallas de aquel ano, alzó la cabeza para dejar escuchar por vez
primera su voz – !Cállala!- fue lo que dijo.

Helena, que no había perdido detalle de aquel banquete, había
puesto ya muy mojada su pantaleta, y con discreción se rozaba muy vagamente el
sexo, pues sus genitales en una hábil mentira le decían a su cerebro que sentían
dolor, a lo que ella atendía a mitigarlo con poner la mano encima de su calzón,
no frotándose ni metiéndose los dedos, sino sólo colocando la mano encima,
amainando el dolor que en forma camaleónica se transformaba en gozo. Abrió en
extremo la boca cuando vio en que consistía "callar a alguien". El latino que
había estado meneando su trasero cerca de la cara de la pelirroja y dejándose
tocar las nalgas y dejándose jalar los cabellos de donde quiera que ella
desease, se agacho más aún, como si fuera a defecar sobre la chica, acto seguido
con la mano derecha, y en especial con sus dedos centrales, hizo una horquilla,
para voltear el tronco de su falo y ponerlo en dirección vertical al suelo. Como
es de esperarse el suelo no era tal, sino la infinita boca de la pelirroja que
recibía la enorme verga entre su paladar y su lengua, la que se movía como una
flama juguetona, tiñendo de mojado toda aquella carne dura. A Helena le parecía
tener ante sus ojos la representación mímica de una máquina de coser, en la cual
la pelirroja era la máquina y el latino la aguja que se adentraba una y otra vez
en el delicioso mecanismo.

Helena no dejó de sorprenderse, pues honestamente creía que
las felaciones eran actos reservados a las actrices pornográficas, las cuales lo
hacían sólo por el dinero que ganarían al hacerlo. En lo personal encontraba
repugnante aquella práctica, no la imaginaba excitante, y el verlo en vivo la
ubicaba en un punto de incertidumbre sin paralelo, pues no dejaba de
cuestionarse la interminable lista de actos que no cabían en su catálogo de
placeres y que sin embargo están ahí, en el mundo, en el deseo de seres humanos
como en los de cualquiera.

La pelirroja no soltaba las nalgas del latino y las alejaba y
acercaba según sus deseos. Desde el lugar en que Helena veía aquella escena se
podía apreciar el estiramiento de las comisuras de aquella boca, y ese subir y
bajar que emulaban el pica y saca de la máquina de coser en perfecto estado.
Efectivamente la chica se calló la boca, pues la lengua se ocupaba en remojar lo
suficiente aquel miembro. Sin embargo era como si las palabras que profería
fueran trasladadas a la boca del italiano, quien al callar la chica comenzó a
hablar y recitar un himno a la saciedad de su amiga, haciéndolo con la dicción y
finura de un poeta, usando su pecho al hablar, hablaba el corazón desde su pene
e inspirado por la mamada más voraz que él hubiera recibido. Helena pensó que la
pornografía era mucho más inferior a la realidad, pues en la película que ella
había visto los actores no gozaban ni la mitad de lo que este trío estaba
disfrutando, incluso ninguna de las piezas que salieron ahí se comparaban con la
reata de aquel latino.

La chica cayó en un nuevo sismo. El güero se alzó con su
salchicha tan roja que parecía que estaba sin pellejo. El latino sacó su pene de
donde lo había depositado. La pelirroja se incorporó y se empinó en cuatro
patas, el rubio se colocó en su cara y ella se metió en la boca el ancho pene,
lo mojó y lo frotaba con su mano, el tipo comenzó a temblar y ella se repegó el
falo en el cuello, frotando con una mano y haciendo un receptáculo transversal
con la otra, a manera que cuando de la fuente rubia comenzó a brotar el cálido
chorro de semen ella lo alcanzó a diseminar por su cuello y pecho, mientras el
mármol daba la apariencia de morirse, su fuente aún mojaba abundantemente.
Cuando cesó, éste cayó desfallecido y el pene se esfumó. Ella reía y se frotaba
el cuello con la lánguida textura del esperma, – Me imagino que mi cuello ha de
parecer el dorso de una verga descomunal, por eso lo froto, por eso lo prefiero
en el cuello y no en la boca- decía completamente ebria.

- Voy a penetrarte-

- Ya conoces nuestro trato-

- Por favor, déjame amarte como Dios manda.-

Ella alzó el rostro como cuestionándole al latino la forma en
que un Dios quisiera que penetraran a una mujer que no es la esposa. Él se calló
la boca, ella concluyó.

- Sabes que no, en eso soy firme, mi sexo será desflorado en
mi noche de bodas, por mi esposo-

- ¿A eso le llamas virginidad?-

- ¿Tú que sabes de virginidad imbécil?.

- Yo intenté, no me juzgues por eso.

- Espera. Quiero que me lo hagas y sujetarme del barrote del
closet.

- Como tú digas.

Avanzaron hacia el closet. Helena se petrificó de miedo y
accionó rápidamente los seguros interiores de las puertas, ¿Para qué diablos
tenía seguros interiores un closet, arriba y abajo?, No se lo explicaba, sin
embargo lo agradecía. Se quedó quieta, casi no se movía, no quería llamar la
atención. La chica se empinó junto a la puerta del closet y se sujetó de las
manivelas de las puertas, sonreía con malicia y su rostro quedó justo frente a
la rendija de 2.5 centímetros, justo frente a la cabeza de Helena que por pavor
no podía ni moverse. Toda esa humedad del coño pareció evaporarse en una sequía
misteriosa y su dedo pasó de su entrepierna a taparle los labios.

El latino se enfiló y procedió a adentrarse por el ano de la
pelirroja. Abriéndose paso soberanamente, abriéndole las caderas con las manos,
encallándola a voluntad, partiendo en dos el placer de la chica, la cual gemía
presa de un placer agresivo, mientras describía como en una oración la sensación
que le producía cada embiste, tal como si desease que alguien más, que alguien
oculto, fuera testigo de aquello que desde su posición, suponiendo que ese
alguien estuviese encerrado en el closet, no pudiera ver.

- ¿Me verás ya que estés casada?- preguntaba el latino
envuelto entre jadeos.

- Dalo por hecho-

- ¿Entonces me dejarás probar de ese coñito?

- Será tuyo. Ay si vieras qué rico se siente, te pondrías en
mi lugar.

- No gracias- dijo el latino, pero la pelirroja no lo decía
para él. Sino que escudriñaba por el interior de la rendija y se encontraba
mirada a mirada con Helena, la cual muda le decía que no, que no, y ella danzaba
sus pestañas y sus quejidos, moviendo su cadera con furia, sosteniendo la
mirada, provocando- Es que te sientes como un animal indefenso, lléname, hasta
el fondo, deberías probar- Mirando a Helena, quien estaba asustadísima,
encogiendo su ano sólo de imaginar la verga del italiano metiéndosele.

La pelirroja seguía con su juego de provocaciones, causando
el pavor de Helena. Sus miradas seguían separadas por escasos cincuenta
centímetros, entre ellas mediaban las indiscretas rejillas de la puerta del
closet.

- ¿Quieres un poco de coño?- Preguntó la chica al latino.

- Desde luego.- dijo éste, pensando que su amiga rompería
aquello que ella llamaba "nuestro trato"

- No lo tendrás. La única opción sería que en esta casa
estuviera otra mujer, entonces si te darías gusto penetrando un coño mojado y
sabroso. ¿Qué harías si otra mujer estuviera en esta casa?-

- Me la cojería en todas las formas posibles si eso te
agrada, le haría lo que me pidieras.

- Platícame cómo, tal vez y te consiga una algún día de
estos.

Helena había hecho de su cara una mueca que terminaba en unos
labios en círculos pronunciando una o de no, con una mirada suplicando piedad.
Sólo escuchaba lo que el latino decía, de cómo se cojería a "esa chica que algún
día le conseguirían", y pese a que el muchacho tenía talento para hacer oratoria
mientras follaba, todo le parecía horrendo y precipitado, ella también creía en
la virginidad, pero no estaba dispuesta a recibir en su sexo o en su ano
semejante bestia.

- Ya, llévame a la cama- Dijo la pelirroja- quiero ser tu
leona.

La llevó a la cama y ella alzó el culo como lo hacen las
leonas, y se acomodó de tal manera que absolutamente toda la acción se viera
desde el closet, bajó, como quien no quiere la cosa, una de las velas y la puso
cerca de la intersección so pretexto de recibir el calorcillo del fuego en el
coño mientras era penetrada por el ano. Lo único que era cierto es que el
closet, que estaba a escasos tres metros de la cama, tenía una vista
privilegiada, y con la iluminación adecuada, podía servir de muestra de anatomía
en caso de que unos extraterrestres sintieran curiosidad acerca de qué es una
penetración anal. El latino comenzó a embestir con toda la furia que le daban
sus piernas y luego se impulsó como si fuera un barco que encalla en la arena y
éste estuviera cargado de leche hirviente, la cual al encallar comenzó a regarse
por toda la costa, haciéndola temblar de calor, sacudiéndose en una muerte
figurada, bajo los bramidos del mar que resonaban como aullidos de una fiera
extraña. Y en ese exhalar el latino dijo – Esto va por el amigo- Y siguió
encallando y derramando y sonando a tempestad.

Ya que se hubieron separado, la pelirroja le dijo al latino.
- Tú debes saber una cosa. No seré tuya nunca. No sabes ser dueño de nadie, tu
papel es de ladrón, como ahora, pero no más conmigo. Intuirías que me despido.

- No te comprendo-

- Se te olvida que no vienes aquí a comprenderme, vienes a
follarme-

Se fueron juntos el latino y la pelirroja. Dejaron tirado en
la cama al rubio. Todo cayó en silencio, a excepción de los ronquidos del ario.
Helena salió de puntillas, sin hacer ruido, el rubio esbozó una sonrisa y elevó
su voz – Ingrid, bésame ahora tú a mí- Pero por respuesta obtuvo el ruido de la
portezuela de la mascota.

 

IX

Ya en el aeropuerto se comunicaba con Julio.

- ¿Que encontraste?-

- Casi nada, uno que otro comentario, en realidad casi nada,
me dijeron que hay que ir buscándole una casa si es que queremos que exponga en
Monterrey, ah, y conseguir una tumba-

- ¿Una tumba?

- Si, es como un bongo gigantesco.

- Sé lo que es una tumba, lo que quiero decir es ¿Para qué
quiere un instrumento si es pintor, no músico?

- No lo sé.

- ¿No encontraste nada más?-

- No. Te noto inquieto, ¿Has averiguado algo por tu cuenta?

- Tal vez sí. Un cliente de la galería me dijo que a donde
sea que va Virgilio pasan cosas.

- ¿Que cosas?

- No me dijo.

- A mí me dijeron que tiene talento.

- ¿Enviaste la carta?

- Sí.

- Ni hablar, esa exposición se hace.

- Bueno, el crédito de esta llamada se está terminando-

- Te espero-

Dejó el auricular en su sitio y se fue a la sala 7 a esperar
su turno de abordaje. De las bocinas se escuchaba la voz omnipresente, tal cual
si Dios fuese una gigantesca sobrecargo, "Pasajeros con destino a Buenos Aires
favor de abordar el vuelo 232 de AeroMéxico", cruzó las piernas y pensó lo fácil
que sería tomar un avión así nada mas, y en unas cuantas horas estar en una
situación distinta, rodeada de otra gente, viendo panoramas nuevos. Los
pasajeros que iban a Buenos Aires se enfilaban rumbo a su avión. Una pareja
llamó la atención de Helena.

Era un hombre de unos treinta y cinco años, guapo en verdad,
con el cabello entrecano y mirada de águila experta, de porte refinado, llevaba
un cigarro que le daba un estilo muy propio. No vestía traje, mas bien iba a la
moda sport de Hugo Boss, saco y pantalón cómodo, una playera sin cuello, lentes
trasparentes, acaso con poco aumento. De risa sincera y voz varonil.

Un joven de veintitantos años se le acercó como se le acerca
uno a un ídolo y le extendió un libro "BAJO LA OSCURIDAD, TUS ARBORESCENCIAS",
por la portada se distinguía que era un libro de suspenso, de esos Best Sellers
potenciales. El hombre lo tomó en sus manos fuertes y firmes y con una pluma
Mont Blanc estampó un autógrafo sobre la página interior del libro.

Colgada de su espalda venía una dama pelirroja, de pechos
pequeños, de unas caderas impropias para una mujer tan blanca, de pómulos
gráciles, nariz pequeña, boca afilada, mirada soñadora. Se colgaba del hombre
verdaderamente enamorada, con ilusión, mirándole como algo inalcanzable pero
suyo. Ronroneaba a su lado, feliz como una gata preñada.

Se miraron, ella tranquila y ondulante, Helena tiesa,
suspendida. Quedaron frente a frente detenidas, tal cual si fueran amigas.

- Hola, ¿A donde partes?- le preguntó la pelirroja con una
voz dulcísima, aunque su entrecejo no dejaba de cortar el viento con todo su
filo, pues sus ojos se posaban en un portafolio raspado de papel que Helena
tenía en sus manos.

- A Monterrey. – Contestó Helena.

El hombre no interfirió, pero miraba con duda. Por fin el
señor se integró con ambas, y antes de que él preguntara, la pelirroja presentó
a Helena como alguien familiar.

- Oh, perdón amor, ella es Natalia. Natalia, él es Armando,
mi prometido.

- Mucho gusto- Dijo Armando estrechando con su mano sabia la
frágil mano de Helena.

- Ella es una buena mujer, aprendimos algunas cosas una
noche. Pero bueno, nos tenemos que marchar. ¿Intuirías que me despido?

- Supongo que si Ingrid-

- Por eso te quiero, supuse que no sabrías mi nombre, y lo
recuerdas perfectamente. Y ya sabes. El día que quieras conocer el mundo latino,
no dejes de avisarme.-

Helena se quedó un rato meditando. Ella era feliz.

"Pasajeros con destino a la ciudad de Monterrey y Houston,
Texas, favor de abordar el vuelo"

El vuelo. El vuelo se llevó a cabo en la mente de Helena.
Meditó en el placer, en la caricia, en la frontera que divide el gozar uno y el
hacer gozar a los demás, en el celo. Es curioso que partió hacía dos días de
Monterrey a México con tan sólo diecinueve años de edad, y ahora regresara mucho
más grande.

posters, carteles, cine, nazismo, guerra civil, desnudo, hadas, alcohol.

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