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El Don (1)

Publicado por el Wednesday, March 11th, 2009 a las 12:00 am

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Cuentos crueles. Relatos malvados. Historias malignas. Narrativa inteligente fuera de las normas morales.

La casa no era muy grande. Una más entre las muchas de
aquella urbanización a las afueras. Pero era agradable a la vista. El lugar
tampoco estaba mal. Parecía tranquilo. A pesar de ser media mañana, no se veía
un gran movimiento de gente.

Me acerqué a la puerta principal, sin dejar de asombrarme de
lo hermosa que podía ser una casa si se decoraba sin demasiadas pretensiones.
Pero mi trabajo allí no era admirar la belleza del entorno, sino otra muy
distinta. Tomando una gran bocanada de aire, no porque necesitara hacer acopio
de valor, sino porque me gusta respirar el aire puro cuando me alejo de la
ciudad, llamé a la puerta.

Al cabo de unos momentos, un ojo apareció ante la mirilla,
escudriñándome. Con un apagado grito de reconocimiento y de sorpresa, la puerta
se abrió mostrando a una morena ama de casa, rondando la treintena de años, que
vestía un chándal azul y llevaba una toalla en la mano. Su pelo estaba mojado.
Sus ojos reflejaban la misma sorpresa que su voz no había podido ocultar a
través de la puerta.

- ¡Carlos! Dios mío. ¿Que haces aquí?

Con una sonrisa, me encogí de hombros.

- Pasaba por aquí, y se me ocurrió entrar a hacerte una
visita.

- Pero… pero… – apenas podía articular ninguna palabra –
¿Como se te ha ocurrido venir sin avisar?

- Estaba en la ciudad por un asunto de negocios. He terminado
pronto y he pensado en venir a veros – su rostro mostró una leve sombra de
culpabilidad cuando notó el énfasis que había puesto en la palabra "veros" – Y
por lo visto no he venido en buen momento. Llevo cinco minutos en la puerta y
todavía no me has invitado a entrar.

- No seas tonto – dijo apartándose a un lado para dejarme
pasar – Lo que ocurre es que me he quedado tan sorprendida que hasta se me ha
olvidado ser cortés. Pasa, ya sabes que estas en tu casa.

Cerró la puerta y me dio un beso de bienvenida en la mejilla.
Al hacerlo, pude comprobar que la chaqueta del chándal apenas estaba abrochada.
La parte superior se abrió cuando se movió para besarme. No llevaba sujetador.
Su seno parecía firme y muy apetecible. Ella, al darse cuenta de que la estaba
mirando, se sonrojó y subió la cremallera.

- ¿Te apetece tomar algo?

- Apenas hace un rato que he almorzado. Pero gracias de todas
formas.

Se la veía nerviosa. Apenas sabía que decir o que hacer.
Dudaba entre darme la mala noticia en el recibidor, o esperar a que estuviéramos
en el salón. Finalmente, decidió esperar.

- Pasa al salón y siéntate en el sofá. Yo subiré a ponerme
algo más decente y bajaré en seguida. Si cambias de idea, la cocina está al
fondo. En la nevera encontrarás refrescos fríos. Sírvete tú mismo.

La miré mientras desaparecía escaleras arriba. A pesar de que
un chándal no puede considerarse una prenda demasiado erótica, la verdad es que
el que ella llevaba era muy ajustada. Su trasero no estaba nada mal llenando
completamente la tela que lo recubría. Era firme y parecía duro. Por lo visto
seguía realizando ejercicio físico todos los días. Probablemente, acababa de
llegar de correr y se había duchado apenas hacía unos minutos.

Entré en el salón. No era demasiado grande, o tal vez era un
efecto óptico producido por la gran cantidad de muebles que estaban distribuidos
por toda la habitación, entre los que destacaban tres sofás, dispuestos en forma
de "U", con una pequeña mesa en el centro. Hacía las veces de salón y sala de
estar al mismo tiempo.

No tenía sed, pero me levanté y fui a la buscar algo en la
nevera, más que nada para pasar el rato mientras esperaba. Al cabo de unos
minutos de volver al salón, la escuché bajar las escaleras. Entró y se sentó
justo enfrente de mí. Comenzamos una conversación de circunstancias. Me preguntó
sobre el motivo de mi visita a la ciudad y se interesó por mis negocios. Seguía
nerviosa. Tenía las manos cruzadas y apoyadas sobre las piernas. No dejaba de
frotárselas para secarse el sudor. Mientras hablábamos de tonterías y esperaba a
que se decidiera a contarme lo que yo ya sabía, me entretuve mirando la ropa que
había elegido.

Llevaba falda. No demasiado larga, pero tampoco era una
minifalda. No llevaba medias. No se había molestado en ponérselas para estar en
casa. Me decepcioné un poco, puesto que unas medias, sobre todo si son negras,
cubriendo las piernas de una mujer, son el mejor afrodisíaco que conozco. A
pesar de todo, sus piernas eran preciosas. El ejercicio diario les sentaba
divinamente. En la parte de arriba llevaba un suéter de lana, no demasiado
grueso. Ya no hacía el calor del verano, pero era media mañana y el sol lucía en
la calle. El suéter, como casi todas las prendas que la había visto vestir en
las pocas veces que nos habíamos encontrado, era muy ajustado. Sus pechos
resaltaban bajo el amarillo de la lana atrayendo continuamente mi mirada. Ella
lo sabía, y eso la hacía sentir aún más incómoda y nerviosa

Finalmente se decidió a contarme la verdad

- Carlos, no sé porqué todavía no me has preguntado por
Pedro, pero antes de que lo hagas, he de decirte algo. Hemos tenido ciertos…
problemas y nos hemos separado. Esta misma semana lo he echado de casa. Las
cosas han ido deteriorándose entre nosotros en los últimos meses. Ya no éramos
la pareja feliz que tú conociste. Ya sabes lo dominante que es Pedro. Al fin y
al cabo, fuisteis compañeros de universidad y muchas veces os habéis reído de su
carácter en aquellos tiempos. Pues no ha mejorado desde entonces. Le gustaba
obligarme a… hacer cosas contra mi voluntad, y yo no soy el juguete de nadie.
Mi vida era casi un infierno. Hasta que ya no he podido soportarlo mas

Un incómodo silenció siguió a sus palabras. Poco después de
comenzar a hablar había bajado la mirada hacia el suelo y seguía con los ojos
fijos en ninguna parte. Pedro era mi mejor amigo, aunque apenas nos veíamos un
par de veces al año, y ella me estaba diciendo que era un pervertido. Se sentía
muy incómoda. Podía sentirlo, pero nada de lo que yo dijera la haría sentirse
mejor.

Aunque tampoco era esa mi intención.

- No te sientas mal, Carmen. Ya lo sabía.

- ¿¿Lo sabias?? Pero, ¿como…?

- Esta misma mañana he estado hablando con él.

- ¿Y porque no…?

- Es una historia un poco larga. Tranquilízate y déjame
contártela, por favor.

Podía ver la irritación en su cara. Se sentía como si le
hubiese estado tomando el pelo.

- … y te habrá pedido que hables conmigo para que le
perdone, ¿no?

El tono de irritación en su voz era patente.

- No exactamente. Por favor, déjame acabar de hablar.

Se levantó del sofá, furiosa.

- Mira Carlos, no sé lo que te habrá contado, pero nuestros
problemas no son asunto de nadie más que de nosotros. Tú no puedes comprenderlo.
Eres hombre y supongo que te pondrás de su lado, y no estoy dispuesta a…

- Carmen – mi voz era suave – siéntate, por favor – y al
mismo tiempo "empujé" con mi mente.

Su rostro me miró confuso durante un instante, y luego se
sentó.

- Hace unos días me llamó. Me dijo que le habías echado de
casa y me dio su versión de los hechos. Tienes razón. Pedro siempre ha sido un
poco raro en cuanto a sus gustos, pero no más que la mayoría de los hombres. El
problema es que tú eres demasiado dominante, demasiado independiente, y
demasiado feminista. Dices que Pedro es tiránico, pero la verdad es que no lo es
más que tú. La única diferencia es que Pedro intenta aprovechar vuestro
matrimonio al máximo. A él le gustaría que en algunos momentos fueras sumisa y
obediente, sobre todo en el terreno sexual, pero a ti no te gusta ese papel de
esclava que debes de jugar de vez en cuando y aborreces la idea de dejarle
mandar completamente. De ahí vienen todos vuestros problemas. Dos personalidades
dominantes chocan una contra la otra y acaban reventando un matrimonio. Pedro
todavía te quiere, y quiere volver a vivir contigo. Tienes razón en una cosa. Me
ha pedido que hablara contigo, para ver si te hacía cambiar de idea, y yo le he
asegurado que iba a conseguirlo.

- Pierdes el tiempo. No pienso dejar que él, ni nadie, domine
mi vida. No voy a dejar que…

- Sí que vas a hacerlo, porque no tienes elección.

Mis palabras fueron tajantes, causando el efecto que yo
esperaba. Pude advertir en su mirada la duda sobre lo que yo intentaba decir,
pero no le di tiempo a preguntar.

- Verás, Carmen. Tengo un pequeño secreto que no conoce mucha
gente, y los que lo conocen no se lo pueden contar a nadie. Cuando era pequeño,
mis padres me dejaban siempre hacer lo que yo quería: comer dulces, ver la
televisión hasta tarde, y nunca me castigaban por nada que yo hiciera. Yo creía
que todos los padres del mundo hacían lo mismo, hasta que me di cuenta de que no
ocurría así con mi hermana, a la que le hacían acatar las normas continuamente.
Un día, cuando yo tenía 12 años, una profesora del colegio me suspendió. La odié
tanto que solo quería dejarla en ridículo. De repente, sin más, se desnudó
completamente delante de toda la clase. La expulsaron ese mismo día. Después de
mucho pensar y atar cabos, y de realizar unos cuantos experimentos con mi propia
familia, descubrí que había nacido con algo especial. En las películas o las
novelas de ciencia ficción lo llamarían "un poder" especial. Yo prefiero
llamarlo un don. Ese don me permite controlar los deseos de los demás, sus
sentimientos, sus emociones, sus pensamientos. Puedo dominar la mente de la
gente, dominar su voluntad. Y sin ningún esfuerzo.

Su rostro iba mostrando una continua variedad de emociones.
Primero miedo, después incredulidad, y al final de nuevo temor, aunque esta vez
por mi salud mental.

- Solo se lo he contado a mis mejores amigos, y usando sobre
ellos mi don, me he asegurado de que no se lo puedan contar a nadie. Pedro es
uno de ellos. Cuando me llamó, me pidió un pequeño favor. No solo quería que
hablara contigo, sino que usara mi don para hacerte cambiar un poco tu actitud
hacia algunas cosas. Lo hago algunas veces a petición de mis amigos. No vas a
ser la primera esposa a la que le aplique el "tratamiento".

Su mirada seguía mostrando temor, cada vez más profundamente.
Aunque mayor aún que su temor por mi cordura, era su incredulidad.

- Puedo ver en tu cara que no me crees, y sin embargo,
todavía no te has dado cuenta de que no puedes moverte del sofá – su mirada
cambió a un terror extremo cuando se dio cuenta de que estaba en lo cierto – Te
he "sugerido" mentalmente que por mucho miedo que tuvieras, no te levantaras, ni
gritaras. Ni siquiera puedes hablar mientras lo esté haciendo yo. No me gusta
que me interrumpan – mi sonrisa no parecía tranquilizarla.

- Como te iba diciendo, algunos de mis amigos me han pedido
que "reprograme" un poco a sus novias y a sus esposas para hacerlas mas
complacientes con ellos. Podría haberme hecho rico si les hubiera cobrado, pero
no necesito el dinero. Tan solo les pido un favor a cambio.

La miré detenidamente, esta vez sin miedo a que se diera
cuenta de que lo estaba haciendo. Su temor había llegado al punto máximo al que
yo le había permitido. No quería que la invadiera el pánico, así que había
impuesto unos límites a sus sentimientos. El temor no pasaría de un grado
aceptable. Ahora, al alcanzar ese punto, el temor se estaba convirtiendo en
deseo. Todavía no había eliminado su voluntad, así que ella era consciente de
todo, incluyendo el que no era más que un juguete en mis manos.

- Verás, todos mis amigos saben que yo podría acostarme con
sus mujeres en el momento en que quisiera, simplemente usando mi don. Pero tiene
mas morbo hacerlo cuando ellos lo saben. Así que a cambio de vuestra obediencia,
yo puedo disponer de vosotras siempre que me apetezca. Un trato muy morboso para
mí. Pedro también ha consentido en ese pequeño favor, así que tengo su permiso
para hacer lo que quiera contigo, siempre y cuando esta noche tú lo vuelvas a
aceptar en casa, a él y a sus insignificantes manías. Y, naturalmente, vas a
hacerlo.

Momentáneamente, interrumpí el bloqueo sobre ella para que
pudiera hablar.

- ¿Po…porque me haces esto?

- La verdad es que no necesito un motivo. Es cierto que
también utilizo mi don con mucha otra gente, todos los días y a todas horas,
para hacer mi vida más fácil. Pero desde que era pequeño he valorado en mucho la
amistad. No puedo dejar colgado a un amigo. Normalmente no suelo explicarle a
nadie mis motivos, pero en tu caso, he querido hacer una excepción. Pedro es mi
mejor amigo, y a pesar de que tu y yo tan solo nos henos visto cuatro o cinco
veces, he llegado a cogerte cierto aprecio. Verás, el que lo sepas no implica
absolutamente nada, porque dentro de un rato no recordarás nada de esta visita,
ni de lo que te he contado. Cuando termine contigo, no serás más que una
obediente ama de casa, cuyo mayor deseo en esta vida será el de hacer feliz a su
marido de cualquier forma que él le pida. Serás sumisa y obediente, callada y
trabajadora, y una tigresa en la cama, siempre que él te lo pida. No vivirás más
que por él y para él. Y por encima de sus deseos, tan solo valorarás los míos.
Aparte de eso, no existirá nada más en tu vida.

- N…no puedes hacerme esto.

- Querida… ya lo estoy haciendo.

Me había cansado de hablar. Era cierto que nunca les daba
explicaciones a mis víctimas. No me divertía. Así que decidí pasar a la acción.
Era un juego interesante el obligarla a hacer cosas sin robarle del todo su
voluntad. Sus intentos de resistencia reflejaban la fuerza de carácter que
siempre había tenido, y hacían más divertido mi "trabajo".

- Levántate – ordené.

Lo hizo sin dudar, aunque su mirada no reflejaba más que
odio. Notaba un creciente deseo sexual hacia mí, pero sabía que era impuesto e
intentaba luchar contra él.

- ¿Sigues yendo al gimnasio, como antes?

- Si – no podía evitar responderme

- ¿Todos los días?

- Casi todos

- Ya lo veo. ¿Y crees que tanto ejercicio mejora tu figura?

- Si – el odio en sus palabras y en sus ojos crecía al mismo
ritmo que su deseo por mí.

- ¿Que partes de tu cuerpo cuidas más?

- Las piernas y los pechos.

- Me gustan tus piernas. Enséñamelas.

Se subió la falda hacia arriba dándome una excelente visión
de sus piernas, sus muslos y de sus bragas. Eran blancas, muy prácticas, pero no
demasiado sexys.

- No, así no. Eso lo hubiera podido hacer yo mismo. Quiero
que me excites mientras me enseñas las piernas. Quiero que lo hagas como si
quisieras acostarte conmigo y me estuvieras enseñando la mercancía.

Su rostro se suavizó. El odio aún era patente en sus ojos,
pero el resto de su cara formó una sonrisa destinada a seducirme. Se bajó la
falda. Subió una de sus piernas sobre el sofá y comenzó a acariciarse el tobillo
mientras me miraba. Mi orden había sido muy clara. Tenía que excitarme, y así lo
estaba haciendo, a pesar del odio que sentía por mí en aquellos momentos y que
su rostro ya no podía reflejar porque su prioridad era la seducción. Siguió
acariciándose el tobillo un instante, después subió las caricias hacia la
pantorrilla. Era firme y bien torneada. Realmente debía de pasar mucho tiempo en
el gimnasio cuidando su cuerpo. Siguió con las caricias, pero esta vez hacia los
muslos. Al tiempo sus manos se deslizaban hacia arriba, también subía la falda,
aunque con cuidado de no enseñarme más que las piernas. A pesar de odiarlo,
conocía el juego de la seducción. Dejar lo más importante para el final hace el
juego más interesante.

- Sigue así. Sedúceme. Excítame y tal vez te deje disfrutar
de nuestro encuentro.

Se sentó de nuevo en el sofá. Abrió las piernas y siguió
acariciándoselas mientras me miraba con cara lasciva. El odio que la consumía
estaba desapareciendo bajo un torrente de pasión como nunca antes había
conocido. Estaba disfrutando de sus propias caricias tanto como yo de mirarla.

- Muy bien, Carmen. Ya que tanto disfrutas acariciándote,
hazlo ahora con el resto de tu cuerpo, comenzando por esos pechos que tanto te
gusta cuidar.

Sus manos reptaron rápidamente hacia sus prominentes senos,
acariciándolos sobre el suéter. Bajo los surcos tejidos en la lana, apareció uno
de sus pezones, y precisamente a él y a su hermano gemelo fue donde Carmen
dedicó sus mayores caricias, mientras no dejaba de mirarme en ningún momento, al
tiempo que abría y cerraba sus piernas varias veces.

- Te excita acariciarte delante de mí, ¿verdad?

No respondió. Abrió la boca para intentar decir algo, pero
sus palabras no llegaron a salir.

- ¿Verdad? – insistí

- S…S…sí

- No me sorprende. Es lo que te he sugerido mentalmente.
También te he sugerido que no podrás llegar a ningún orgasmo hasta que yo te lo
permita. Podrás disfrutar de tu cuerpo, y después del mío, pero no podrás llegar
al clímax si no te portas bien conmigo.

Una de sus manos había buceado por debajo del suéter y
acariciaba sus pechos desde allí, mientras que la otra se había deslizado por
debajo de su falda. Ya no le importaba que yo pudiera ver sus bragas, que
tampoco cubrían gran cosa puesto que se las había apartado a un lado para poder
acariciarse mejor. Con movimientos cada vez más frenéticos introducía sus dedos
en el interior de su cuerpo y los volvía a sacar, frotándolos sobre su clítoris
ya húmedo, y repitiendo de nuevo toda la operación. Muy a su pesar, comenzó a
jadear, siempre sin dejar de mirarme fijamente, como gesto de sumisión y de
sometimiento, puesto que todo lo que hacía era por mí y para mí.

- Dentro de un rato, cuando yo me vaya, tu vida cambiará por
completo. Desearás fervientemente a tu marido. Le llamarás y le pedirás que te
perdone y que vuelva a casa contigo cuanto antes. El deseo se apoderará de ti
cada vez que lo veas o pienses en él. Serás adicta al sexo con tu marido. Jamás
se te ocurrirá serle infiel con nadie que no sea yo, ni discutir cualquier
decisión que él tome. Serás sumisa y obediente. Tus mayores deseos en esta vida
serán obedecerle y servirle. La única forma en la que podrás ser feliz es
haciéndole feliz a él. Cuando hagas el amor, o practiques cualquier clase de
sexo, tu placer quedará supeditado al suyo. Jamás podrás disfrutar si él no lo
hace, y cuanto mayor sea su placer, mayor será el tuyo. Nunca llegarás al
orgasmo antes que él, excepto en el caso de que él te lo pida, pero siempre para
su propio gozo. Harás todo cuanto él te diga, incluso hacer el amor con otros
hombres o mujeres, siempre que sea a petición suya. Disfrutarás de todos los
juegos que él te proponga, e incluso estudiaras e inventarás nuevas formas de
darle placer. Se convertirá en el centro de tu vida. Se convertirá en toda tu
vida. Será tu único motivo para vivir.

A medida que escuchaba mis palabras, el ritmo de las caricias
iba aumentando. Sus jadeos eran más ruidosos y había mojado el sofá con sus
jugos sexuales. Podría haber estado toda la tarde masturbándose de aquella forma
sin llegar al orgasmo, porque yo se lo había prohibido, pero mi trabajo ya
estaba hecho.

- Y por encima de todo, por encima de tu marido y de tu
propia vida, estaré yo. Mi voluntad es suprema y mis deseos inapelables. Tu vida
será tu marido, excepto cuando yo quiera tenerte. Solo entonces dejarás de
pensar en él para someterte, con más pasión si cabe, a mis deseos.

Su rostro reflejaba un placer y una frustración extremos.
Deseaba llegar al clímax. ¡Necesitaba llegar!

- Y para demostrarte finalmente como será tu vida a partir de
esta noche, ahora vas a tener el orgasmo más fuerte y largo de toda tu vida.
Jamás en toda tu existencia habrás tenido un placer como el que vas a disfrutar,
y jamás volverás a tenerlo con nadie, incluyendo tu marido. Tan solo cuando yo
quiera podrás volver a disfrutar del extremo gozo que va a recorrer tu cuerpo…
YA.

Su cuerpo se estremeció varias veces con increíbles espasmos
de placer. Su mano seguía acariciando su sexo al ritmo de los espasmos.

- Más largo. Todavía disfrutas del placer del orgasmo. Más
placer. Y cada vez que recuerdes este orgasmo, lo relacionarás conmigo. Sabrás
que yo tuve mucho que ver con él, pero no sabrás exactamente como. Más placer.
Todavía más aún. Y secretamente, muy en tu interior, desearás fervientemente
volver a encontrar este placer como sea. Y sabrás que solo podrás volver a
tenerlo conmigo.

Las convulsiones seguían estremeciendo su cuerpo, que casi
sin fuerzas había caído tumbado sobre el sofá mientras seguía retorciéndose.
Poco a poco, fueron haciéndose más largos hasta desaparecer. Su cuerpo quedó
inmóvil. Su respiración era larga y cansada. No tenía fuerzas para moverse. Su
voluntad ya no existía. Su mente ya no era suya. Su sumisión era completa. Era
una mujer nueva, que solo vivía para su marido, y aquel había sido el primer
orgasmo de su nueva vida.

Me acerqué a ella y le acaricié el pelo. Estaba completamente
mojado. El esfuerzo del orgasmo había sido increíble. Sus ojos estaban medio
cerrados. Apenas tenía fuerzas para mantenerlos abiertos.

- Duerme, querida. Cuando despiertes no recordarás nada de mi
visita.

Sus ojos se cerraron del todo.

- Descansa querida. Descansa.

Su cabeza se relajó totalmente hacia un lado, cubierta por
sus cabellos, dando una imagen de total indefensión.

- Duerme…

Una cruzada literaria.

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