Category Archives: Textos de risa

Textos de risa

La bruja

La bruja (5)

Cuando me enteré de que la
chica con la que me había acostado, amiga íntima de mi novia,
era una bruja, no supe cómo reaccionar; me dio miedo, terror, y
ese miedo pudo más que mi amor, así que, craso error, amenacé
con descubrirla, delatarla, aunque no sabía bien a quién.

Estábamos en su casa, acabábamos
de hacer el amor, y sus profundos ojos negros me estaban mirando fijamente
cuando yo estaba de los nervios; su cuerpo desnudo sobre la cama, su melena
negra azabache desparramada por la almohada, sus pechos erguidos y desafiantes,
todo hacía que perdiera la cabeza por ella, pero estaba tan asustado
que no me paré a pensar en lo que estaba diciendo.

Entonces, mientras me estaba vistiendo,
Esther se concentró, me miró, apuntó su dedito hacia
mí, y antes de que me pudiera dar cuenta, me encontraba dentro de
una jaula de un tamaño que apenas me mantenía encogido. Me
revolví, gesticulé, grité, pero solo provoqué
que ella volviera a apuntar su dedo, y me vi rápidamente fuertemente
atado y amordazado. Me explicó que la única forma de controlarme
es cuando estuviésemos juntos, a escasos metros, por lo cual ya
nunca se separaría de mí, por mucho que yo protestase; ya
podía ir olvidándome de todo, de mi novia, de mi familia,
de mis estudios, de mi vida, y que a partir de ese día solo viviría
por servirla, adorarla y darle placer. La verdad es que estaba en sus manos,
ya que con un movimiento de su dedo podía hacer de mí lo
que quisiese; me había puesto una mordaza en un instante, a lo mismo
que las ataduras, y la jaula, algo más grande no le había
costado ni un segundo.

La jaula desapareció en un
visto y no visto, y mi mordaza desapareció también; fui levantado
por una fuerza desconocida, levitado unos centímetros y acercado
a la cama donde Esther estaba echada, desnuda y acariciándose el
sexo. Mi cabeza fue llevada hacia su entrepierna, y aunque yo quería
girarla, aquella fuerza me lo impedía, con lo que mi cara quedó
perfectamente encajada. Entonces, aunque seguía mi cuerpo elevado
en el aire, la fuerza que me mantenía la cabeza desapareció,
pero sin un momento para relajarme, las manos de Esther me la cogieron
y la apretaron contra su sexo ávido de placer.

Mi nariz se enterró en el
bien recortado monte de Venus, mientras mis labios se pegaban como una
ventosa a sus labios vaginales, pero mi lengua se negó a dar el
placer que la bruja buscaba. Agarrándome por los pabellones auditivos,
aplastó más mi cara en su coño, instándome
a que le proporcionara lo que buscaba, pero como yo me negaba, conjuró
una nueva treta; yo sentí como si una lengua saliese de su propio
coño, se enroscara a mi lengua y la atrajese hacia el interior de
la gruta. Cuando mi lengua entró en su coño, la extraña
forma que me la tenía atrapada la guió hacia las zonas que
excitaban a Esther, así que le hice una mamada dirigida que le llevó
rápidamente al placer. Se corrió abundantemente, en mi boca,
e incluso la forma que tenía atrapada mi lengua introdujo sus flujos
en mi boca, empujándolos hacia mi garganta a medida que emanaban,
obligándome a tragarlos. Una vez satisfecha, soltó mi cabeza
y con su dedo me envió, a un metro de altura del suelo, a un rincón
de la habitación. Volvió a amordazarme. Se pasó un
buen rato pensando, cavilando, caminando de un lado a otro de la estancia,
meditabunda, mirándome de vez en cuando, una veces con ternura,
otras con curiosidad; finalmente se paró delante mío y me
dijo que le había estado dando vueltas a cómo me iba a tener
siempre cerca, ya que para tenerme siempre el control sobre mi debía
estar siempre a menos de dos metros de mí y encontró la mejor
solución, tanto para arreglar aquella situación como para
obtener un extra de placer durante todo el día. Me sacó de
la jaula una vez más, me mantuvo desatado, de pie, pero inmóvil,
y concentrándose, lanzó su dedo contra mí. Cuando,
lo hizo un escalofrío recorrió mi cuerpo, y al momento todo
cambió; yo podía ver la habitación, pero lo hacía
como si estuviese tumbado en el suelo. Veía el techo, pero me sentía
el cuerpo extraño, siguiendo en la inmovilidad en la que antes estaba.

Esther se acercó a mí,
la vi agacharse y agarrarme. ¿Podía subirme como si fuera
un folio? Entonces pensé en qué me había convertido,
y para que tuviera plena consciencia de mi situación, me llevó
hasta un espejo. No, no podía ser, no podía creérmelo;
Esther, sosteniendo en sus manos, mostraba al espejo unas braguitas de
algodón blanco, del tipo pantaloncito corto, aparentemente normal,
pero que yo supe que era yo mismo. Ya no tenía dudas de que estaba
completamente en sus manos, que no tenía escapatoria, y de que nadie
en el mundo sabría nunca de mi paradero. La bruja entonces se dispuso
a ponerse las braguitas; yo noté como si abarcara sus piernas con
mis brazos, y sentí cómo sus muslos se deslizaban por mis
biceps, acercándose su culo más y más a mi cara. Cuando
las tuvo puestas, sentía mi nariz entre sus nalgas, con la punta
apoyada en su botón rosado, mis ojos cegados por los glúteos
y mi boca pegada a su sexo. No era una sensación de dolor sino de
bienestar, cosa de la que me sorprendí; acaso una cierta sensación
de ahogo, no, no de ahogo, sino de algo que me llenaba, como una máscara.
Cuando empezó a caminar sentía sus nalgas sobando mi cara
y sus labios vaginales restregarse en mi boca, pero tampoco era una mala
sensación.

Pero cuando se sentó todo
cambió; mi cara se vio aplastada con una fuerza inusitada, mi nariz
a punto de explotar apretada contra su ano, y mi boca quedando totalmente
introducida entre los labios de su sexo. De aquella forma no podía
ni respirar, la cabeza a reventar y mi vida en sus manos, o mejor dicho,
en su culo. Traté en vano de buscar una posición más
cómoda, pero, ¿cómo hacerlo siendo una braguita inerte?.
Entonces oí la voz de Esther; ¡me estaba hablando con la mente!.
Me decía cómo me encontraba así, y le dije, no sé
cómo, que me ahogaba. Entonces noté como todo mi ser se introducía
entre sus nalgas; lo que en realidad estaba haciendo es que se metía
las bragas por el culo, oprimiendo todo mi cuerpo entre sus glúteos,
pero de esa manera encontraba un resquicio para respirar, aunque la sensación
de agobio y presión persistían.

Conseguí decirle mentalmente
que así ya podía respirar, con lo cual se reclinó
en el sofá en el que estaba sentada y cogió el teléfono;
fue entonces cuando su plan destrozó por completo mi vida. Llamó
a mi novia Marisa, y no sé cómo, cuando empezó a hablar
era mi voz la que salía de su garganta; yo me alarmé, quise
impedirlo, pero, ¿cómo hacerlo?. No había manera de
evitar que Esther hiciese lo que le diese la gana, así que traté
de llorar cuando oía cómo la bruja le decía a Marisa,
con mi voz, como si fuese yo, que ya no volvería a verme, que me
había enamorado de una extranjera y que desaparecería para
siempre de la ciudad y de su vida. Esther pudo notar cómo sus flamantes
braguitas humanas se mojaban, debido a mis lágrimas, y eso la excitó.

Esther notó algo que nunca
había sentido; a pesar de que sus poderes la habían acompañado
toda la vida, no había tenido la necesidad de usarlos para su provecho,
pero al pararse a pensarlo, únicamente lo sentía conmigo.
Decidió que seguiría su vida normal, pero con un pequeño
cambio en su placer.

Se reclinó cómodamente
en el sofá, se estiró la braguita, o sea, a mí, de
manera que mi nariz quedaba justo entre sus labios vaginales, y comenzó
a acariciarse, empujando mi nariz dentro de su coño, excitándose
y mojándose. Mi boca quedaba libre para poder respirar, pero mi
nariz se llenaba de jugos, y cuando se corrió, mi cara quedó
empapada.

Una vez saciada se dedicó
a hacer pruebas conmigo; se quitó las braguitas y las dejó
sobre una mesa; primero me convirtió en jarrón, y al echarme
agua me sentí totalmente mojado, pero introdujo dos rosas por la
boca, haciéndolo a la vez en mi culo. Me sentía humillado,
mojado y penetrado. Luego me convirtió en vela, que al encenderla
me llenaba el cuerpo de cera, en lámpara que me quemaba todo el
cuerpo y en consolador, que al introducírselo en su coño
todo mi cuerpo quedó dentro de ella.

Después me convirtió
en sofá, y justo cuando lo iba a probar, llamaron a la puerta; era
Marisa, desecha en un mar de lágrimas. Esther la acompañó
y se sentaron en el sofá (yo); el culo de mi novia quedó
sobre mi cara y Esther se acomodó en mi estómago. Mi novia
le contó la conversación que ella creía haber tenido
conmigo y su amiga la escuchó con atención, como si no supiese
nada del tema.

A continuación sucedió
algo que me llenó de rabia, aunque me excitó también;
Esther comenzó a acariciar a Marisa, susurrándole palabras
de cariño al oído, dándole pequeños besos en
el cuello, y mi novia se dejó llevar, sin duda afectada por el duro
golpe que acababa de sufrir. Así que se relajó y se entregó
a las caricias de su amiga, retozando con ella, deleitándose con
largos morreos y magreos de tetas; eso sí, era Esther la que llevaba
la iniciativa, y Marisa se dejaba hacer, pero noté como la braguita
de mi novia se mojaba a marchas forzadas, así como el coño
de Esther, ahora desnudo.

Cuando finalmente llegaron a su
placer, Marisa le confesó a su amiga que se había sentido
muy bien, que le daba las gracias, pero que sentía confusa, que
necesitaba pensar. Su amiga se quedó con una sonrisa en los labios,
satisfecha de su manipulación en nuestras vidas, pero quería
hacer a Marisa suya, sin contarle nunca lo que había hecho conmigo.
Volvió a convertirme en braguitas y se acostó.

A la mañana siguiente se
despertó pronto, para ir a clase; yo estaba dolorido, cansado, y
aunque había pensado en que todo era un sueño, pronto salí
de mi error. Al levantarse, lo primero que hizo fue ir al aseo, y se sentó
en la taza sin quitarme de su cuerpo; comenzó a mear y toda la orina
fue a para a mi garganta, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Me
ahogaba, mi garganta esta a punto de estallar, y además ella tiraba
de su braguita, metiéndome dentro de su coño, con lo cual,
si no es porque la meada no fue muy larga, hubiera muerto.

Se metió en la ducha y fue
entonces cuando se deshizo de mí; cuando estaba en el suelo de la
bañera, me convirtió en una persona normal, aunque atado,
y estuvo duchándome durante un rato, sentada sobre mi pecho, frotando
mi cara con una esponja, y es que me aseguró que la mayor parte
de mi vida la iba a pasar pegada a su culo, aunque, si me portaba bien,
podría tener algunos privilegios.

Me puso a prueba; tras la ducha,
y mientras se vestía, me dejó en mi forma natural y me mandó
a prepararle el desayuno; me dio la espalda y se metió en el cuarto,
dejándome en la duda de salir corriendo o doblegarme a ella. Lo
mejor sería seguirle el juego, y esperar a que se confiara en su
dominio, no fuese que fallara en la primera ocasión y endureciese
mi esclavitud.

Le preparé el café
y cuando apareció en el salón estaba a medio vestir; llevaba
puesto el pantalón y la blusa, pero ésta abierta, mostrando
sus pechos. Me dijo que me pusiera a cuatro patas y se sentó sobre
mi lomo, y mientras desayunaba me contaba las ventajas de entregarme totalmente
a ella. Si así lo hacía, podría seguir disfrutando
de Marisa, ya que estaba segura de hacerla suya. Aguanté.

Una vez dispuesta, me convirtió
esta vez en sujetador, y me colocó en su pecho; yo sentía
sus dos tetas en mis manos, y mi cara entre ambas. Cuando me abrochó,
mi cara se aplastó contra su pecho, terminó de abrocharse
su blusa y salió de casa para ir a clase. Mientras caminaba, sus
pechos se movía y balanceaban al ritmo del paso, y mis manos no
podían sostener aquellos volúmenes que además estrujaban
mi cabeza entre ellos.

La mañana se pasó
entre clase y clase, y la mayor parte del tiempo estuve dormitando entre
sus senos, solamente sobresaltado cuando, entre clases, ella se levantaba,
salía al pasillo, fumaba un pitillo o iba al aseo.

Por la tarde, después de
comer, momento en el cual me había devuelto mi forma y le serví
la comida, nos fuimos de paseo, de compras, y el resto de la tarde la pasó
estudiando, y yo, un rato humano haciendo su colada, limpiando la casa,
un rato como consolador, alojado en su interior, luchando por poder respirar.

Pasaron tres días hasta que
volví a ver a Marisa; habían quedado aquella noche de viernes
para salir y bailar un ratito. Esther me llevaba de braguitas, así
que de entrada no pude verla. La bruja debía estar bastante contenta
conmigo, porque se dirigió al aseo, me quitó de su cuerpo
y me convirtió en un librito de bolsillo muy fino. Cuando regresó
al lado de Marisa, me mostró como algo que se había encontrado
en el aseo; fue cuando pude contemplar el rostro de mi amada, aunque nada
podía decirle, y le pidió que se lo guardara, ya que Marisa
llevaba pantalones. Mi novia me metió en uno de sus bolsillos traseros
y quedé aplastado entre su nalga y la tela del pantalón;
a pesar de estar tan incómodo, sobre todo cuando se sentó
un rato y me aplastó completamente, un sentir de felicidad me llenó
por estar cerca suyo.

Cuando se despidieron Esther le
pidió el librito a mi novia, y cuando llegamos a casa mi bruja me
sonrió con benevolencia, diciéndome que si en todo la obedecía
y me portaba bien podría disfrutar de muchas veladas en manos de
Marisa.

La vida transcurrió de esa
manera varias semanas, y hacía ya una que Esther había propuesto
a mi novia irse a vivir con ella. Pero aún debía pasar una
prueba bastante dura; un día se trajo a un amigo a casa para follárselo,
y tras los preparativos y juegos, él fue a penetrarla; entonces
Esther abrió el cajón donde yo estaba en forma de condón.
Me puso en la polla de su amante, y a la vez pude sentir como esa polla
me entraba por el culo y por la boca al unísono, rellenándome
como a un pavo por Navidad. Entonces agarró por las caderas a Esther,
apretó y yo me metí dentro de la bruja una vez más,
pero enculado y con la boca llena; el espacio era mucho más limitado,
ya que todo mi cuerpo quedaba entre la polla del amante y las paredes vaginales
del coño de mi dueña.

Cuando se corrió, por supuesto
toda la leche penetró tanto en mi culo como en mi boca, y cuando
la polla se encogió, yo lo hice como una pasa; mi terror acudió
cuando el hombre se fue al aseo, se quitó el condón y lo
tiró al water. Meó sobre él (yo) y se dispuso a tirar
de la cadena en el momento en que aparecía Esther y le dijo que
no lo hiciera, porque estaba rota, que ya lo recogería ella todo
por la mañana. Una vez que el hombre se fue de la casa, mi dueña
me rescató medio ahogado, me devolvió la forma humana pero
me dejó atado y lleno de semen y orina, metiéndome debajo
de la cama.

Dos días después mi
novia, aunque ya no podía llamarla así, apareció en
casa de Esther con su equipaje, dispuesta a quedarse a vivir allí,
y aceptando la relación con la bruja; mientras Marisa colocaba sus
cosas en el armario, Esther se/me quitó las bragas y me convirtió
en consolador, dejándome encima de la mesilla para más tarde.
No tardaron mucho en retozar sobre la cama, ya que Esther agarró
a Marisa por la cintura y la arrastró sobre el colchón. Cuando
se abrazaron en la cama, yo estaba encima de la mesilla, erguido, contemplando
como Esther acariciaba el sexo rasurado de mi novia mientras le mordisqueaba
los pezones; la pasión se desbordaba por los límites de la
cama, el calor subía hacia el techo en forma de nube condensada
y los sexos y bocas era volcanes en plena erupción.

Ahora era Marisa la que se encontraba
sentada a horcajadas sobre Esther, restregando su coño sobre las
tetas de su amiga mientras ésta, acariciándole el culito,
le comía las tetas sin parar, recorriendo toda la extensión
de los globos con su lengua, mordiendo levemente sus pezones. El coño
de mi novia era un hervidero de vapores, de jugos, de placer, y Esther,
notando ese placer sobre su propio pecho, la apartó a un lado, la
tendió boca arriba en el lecho, abrió sus piernas y, poniéndose
entre ellas, le prodigó una lamida que parecía que iba a
terminar con su vida.

Cuando la bruja me cogió
de la mesilla sentí como si unas enormes manos asieran todo mi cuerpo
a la vez, y aunque ella no presionara lo más mínimo sobre
el supuesto ser inanimado, yo sentí una presión bastante
fuerte. Mi novia ya estaba a cuatro patas sobre la cama, con su culo en
pompa y su sexo ofrecido al invasor que le iba a llevar al séptimo
cielo. Esther se dirigió a mi, diciéndome que me portara
bien, y acto seguido me apoyó sobre el coño de Marisa, presionó
levemente y mi cuerpo se fue adentrando en la gruta del sexo de Marisa.

La sensación de entrar allí
me impresionó fuertemente, era como si me metiera en una de esas
tripas de los monstruos que vemos en la tele, pero aquello era real; hacía
calor, mucho calor, todo estaba húmedo y la estrechez del cubículo
me hacía apretarme contra mi mismo. Mi posición era la de
firmes, con las manos pegadas al cuerpo, y como siempre, sin poder moverme,
y cada vez que Esther me introducía y sacaba del coño de
mi propia novia, mi cara, mi pecho, mis piernas, todo mi ser se rozaba
con las paredes vaginales de mi Marisa.

Estuvieron un buen rato así,
y cuando me sacó medio ahogado, se giró Esther, dejando derrotada
a Marisa, y me conjuró para convertirme en arnés, con la
misma disposición que antes, pero con correas. Se colocó
detrás de mi novia y la poseyó durante largo rato, haciéndome
penetrar en su coño, y a mi manera, me hacía a la idea de
que yo mismo le hacía el amor.

A partir de entonces casi nunca
volví a tener la forma humana, pero sí tenía una u
otra forma según el humor de mi dueña; cuando me quería
premiar me convertía en consolador o en braguitas, que algunas veces
se ponía Marisa, pero cuando no me portaba bien, me convertía
en taza de wáter, en condón o en zapato. Ellas vivieron juntas
por un tiempo, y cuando se separaron, nunca más volví a ver
a Marisa.

 

Resumen del relato:
    Enrollarse con una bruja puede traer complicaciones cuando además ésta tiene muchos poderes y mucho carácter.

La Picha Gayola y sus Amigos (1)

La Picha Gayola y sus Amigos (1) (5)

La Picha Gayola y sus Amigos.(I)

Gayola, es una picha joven, inquieta e impulsiva no es de
gran estatura, ya que mide alrededor de 17 cm pero tiene una complexión fuerte
que le permite tener un gran fondo y a la vez hacer pequeños exprints si hay que
salir por huevos. Sus huevos no son grandes pero si redonditos y con poco pelo
pues siempre se preocupa de afeitarse cada mañana. Gayola es bastante presumido
y es costumbre dél salir descapullado y mirando a los coñitos por encima de los
huevos. Sin embargo, tiene una personalidad bastante cambiante y a veces se
recluye durante días sin producir ningún espasmo lo que hace que los coñitos que
no le conocen bien acaben hasta el chocho de sus niñerias.

Su mejor amigo se llama Alemanita, se trata de un amigo de la
infancia y se conocen de toda la vida, de vez en cuando se lo montan juntos en
alguna corrida que otra y siempre son fieles uno a otro porque lo que mas
valoran, los dos , es el concepto de la amistad.

Alemanita, es bisexual igual le da echarle una mano a Gayola
que le mete un dedo a algún coñito que se presente, aunque como su amigo Gayola
ninguno de los dos desprecia la colita de un buen culo. Alemanita tiene una
personalidad tranquila y siempre esta dispuesta a cualquier corrida que se le
presente, e incluso cuando no se le presenta, lo que le ha traído algún disgusto
que otro con algún culo.

Tanto Gayola como Alemanita tienen una vieja amiga que se
llama Panocha, Panocha es un coñito joven no totalmente rasurado pero que
siempre que lo ven se encuentra perfectamente acicalado. Su clítoris sobresale
un poco lo que hace que cuando se pone los tangas lo maya marcando, Panocha,
siempre dice que le gusta que se le note para que puedan comérselo a gusto y no
tengan que meter la lengua hasta el fondo de su cueva para lo calizarlo. La
personalidad de Panocha es insaciable pues según le han dicho algún que otro
ginecólogo tiene lo que se denomina mojadez intensiva, es decir, que se
encuentra las veinticuatro horas empapada, la medicación que le han dado es de
cuatro orgasmos diarios, a ella no le parece algo por lo que preocuparse pues
según dice no le afecta a sus relaciones.

Los tres viven juntos, y la voz cantante la lleva Gayola lo
que le ha proporcionado alguna que otra pelea con Panocha pero al final todo se
acaba arreglando ya que Alemanita suele interceder y al final entre que Panocha
se hace un orgasmo y gayola se corre pues como que quedan las cosas como un mar
de jugos y hasta la próxima pelea.

Panocha tiene una prima hermana lejana que de vez en cuando
viene a visitarlos ya que disfruta mucho con la compañía de los tres, su nombre
es Morritos, el único problema que tiene es que nunca para de hablar hasta que
le meten algo para comer. A Gayola le encanta su compañía y mas cuando Morritos
le hace caricias chupandole el capullo. Gayola siempre ha pensado, y así se lo
ha hecho saber a su amigo Alemanita, que un día debían de planear algo para que
entre los dos pudiesen correrse dentro de ella, claro que primero deberían
consultárselo a Panocha no vaya a ser que se seque y luego no haya quien la
folle.

Saludos cordiales, si tiene alguna idea para cualquier
aventura de la Picha Gayola ya saben mándemela por correo.

 

Resumen del relato:
    La Presentacion de Gayola, Alemanita, Panocha y Morritos.

Como follan los ministros

Como follan los ministros (5)

COMO FOLLAN LOS MINISTROS

Un ministro es un hombre con traje normalmente oscuro, con
corbata, dependiendo la gama de colores según sean de derecha o izquierda, que
le han dado una cartera, de piel, con su nombre gravado y, que están en el curso
escolar que determine el jefe, normalmente elegido a dedo hasta que el susodicho
quiera.

Pero ellos también follan

Se lo aseguro

Y no determinando que país se trate, eso ya queda para
ustedes, que son muy, pero que muy listas, vamos a explicarles las técnicas
sexuales que utilizarían, siempre en ese supuesto, los distintos ministros según
a que ministerio dependa.

Y si alguno se molesta

Pues que se joda

Ahí vamos;

El de Hacienda

El ministro de hacienda siempre te contabilizará el polvo, lo
que cuesta el IVA, y te descontará el IRPF según lo que hayas funcionado.

Utilizaran siempre la tarjeta visa, que pasaran por tu coño,
eso sí, Visa oro, sin hacerte ningún tipo de bonificación.

Si el saldo de los polvos ha sido positivo, o sea si se ha
sentido satisfecho, al final del año te devolverán su dinero, si por el
contrario, has hecho saltos de cama, has tenido infidelidades, y el se siente
como el más cornudo del universo, entonces al hacer la declaración de la renta
sexual, te dará un positivo que no podrás pagar ni aunque hagas horas
extraordinarias a felaciones .

El de Agricultura y pesca;

Y como hay que tener contentos a todos. Carne y pescado,
serán de los que igual les va uno que otro, sin olvidar regar bien el huerto,
donde crecen sus hortalizas mas preciadas, sean berenjenas, pepinos.. o
pimientos del Padrón, de las que siempre alardeará delante de los otros
ministros y en menosprecio tuyo.

El de ciencia y Tecnología;

Sería el de 0,07%. éste dedicará ese 0,07 de tus relaciones
con él, a compartirlo con otras muchas, ¡ porque hay que ser solidario!. Así que
de éste, no te creas que te será fiel, tu tampoco lo serás por supuesto, que hay
muchos ministros y hay que repartirse.

También aplicará las nuevas tecnologías siendo adicto al
cibersexo, y en toda la robótica del computador. Que tu realizaras desde tu
domicilio particular y en horas de su trabajo, en horario de oficina. .

Serán chateros compulsivos en salas de ligue, y quedaran con
las mismas, fines de semana que alternaran contigo, por lo del 0,07%… ¡ ya
sabes. ! Hay que ser solidario.

Vigilaran muy de cerca la pornografía, y las pelis porno que
verán de forma continuada, para saber como va el negocio, uniéndose a esta
practicas con los de cultura.

El de asuntos Exteriores

No aplicaran jamás la "ley de extranjería", follando por
igual con todas aquellas que se le presenten, por aquello de tener buenas
relaciones con el exterior.

Se harán amigos de tus amigas, que también compartirán en
fiestas esto sí muy "chic"realizando polvos ídem , (ver relato de las
clases de polvos).

Dados entonces a las relaciones multitudinarias u orgías
compartidas.

¡Ya saben!, Eso que al principio uno folla con otra y al
final no sabes por donde te están metiendo.

Tengan en cuenta que, todas las que no sean "su parienta
serán extranjeras", no aplicándoles la ley. antes mencionada.

El de Sanidad y Consumo;

Será el que siempre llevara en esa maleta que le ha dado el
jefe, una lupa, una luz azul, si no lean el de las ladillas y lo entenderán,
procurando que sus relaciones sean extremadamente asépticas, sin riesgos de
infecciones, pero como ustedes tienen el coño "mas limpio que un patena", no les
ha de preocupar, Si dado el caso, se produjera algún pequeño intento de entrada
de un bichito u enfermedad, ellos les darán los medicamentos necesarios, que mas
tarde les descontará el de hacienda…. Ver el de hacienda.

Visitaran tiendas de sex-shop, donde compraran todas las
novedades, por lo del consumo y para probar su eficacia. Si se los encuentran,
hagan como que no los han visto..será mejor para ustedes , porque ellos nunca
visitan ese tipo de tiendas..

El de interior

Se meterán en sus profundidades más livianas, practicando por
igual sexo vaginal, anal y cunnilingus, todo muy profundo, todo muy interno…

Escudriñaran dentro de su pensamiento mas íntimo para saber
lo que piensan pero como ustedes saben disimular muy bien y se tiene la lección
aprendida mentirán "como cosacas" y ellos, no se enteraran de nada .Como casi
siempre.

El de defensa

Aplicaran de forma militar los preservativos, espermicidas,"
la píldora del día de después" aunque usted este en la menopausia. Y tendrán una
actitud hacia usted de respeto, normalmente siempre le llamara de" usted",
no llegando nunca a decir su nombre en momentos de intimidad. Así, que no se
moleste en decir eso de:

-¡Cariño!…. Lámame por mi nombre.. que piense que estas
conmigo.

Porque no lo hará, y si te pones en plan chuleta encima
quizás te envíe en in portaaviones a no se que país lejano.

El de Fomento

Te llevara de viaje, posiblemente en un tren que va muy
deprisa, y allí te follara a toda velocidad, ¡ quizás no te enteres!. También es
posible que te regale un piso en Marbella, o una finca en Matalascañas, para que
vayas de pesca con el del agricultura,… ¡Y es que son de comprensivos… ! .

El de justicia

Los polvos siempre serán con dolo, premeditación y alevosía,
que aplicaran con entera rectitud y por igual, equitativamente entre tu y tus
amigas.

Como lo de la justicia es lento, no te preocupes, porque para
cuando salga el juicio, tu le habrás puesto un par de querellas, y posiblemente
andes liado, con el del Interior, porque tú eres muy profunda de pensamiento y
no te va nada la mediocridad. Y es que "la jodienda no tiene enmienda ", y ellos
aplicaran la enésima enmienda, con la ayuda del grupo mixto.

El de cultura y deporte

Ya habrás compartido con el Nuevas Tecnologías, y con él
mismo, la pelis porno, y te sentirás muy instruida en estos menesteres, así que
compartirás con ellos los polvos al aire libre, en canchas de tenis, o de
básquet.

Te invitaran al palco del estadio de fútbol más bonito, y
adquirirás contactos muy beneficiosos con futbolistas que ganan" una pasta
gansa
", que ya te hará falta para pagar al de Hacienda que seguirá con su
tarjeta vida pasándola por el coño y sin descuentos. .

El de Medio Ambiente

Compartirás con el de deporte. Las salidas en barcos, para
ver los delfines y las tortugas de las que aprenderán sus costumbres sexuales,
pudiendo invitar al de agricultura y pesca..

Ya ves que, lo de los dúos se da mucho, y los trios o lo que
sean. Los polvos siempre respetando el medio ambiente que es lo que cuenta,
ecológicos y trangénicos con el beneplácito del respetable….. La naturaleza y
tal.

El de trabajo y Asuntos Sociales

Trabajaras las 8 horas, especiales para ninfomanías, y las 35
semanales que son las que te tocan y además esto lo harás gratis, por hay que
hacer obras sociales y ser solidaria. Si no te expones a un cierre de tus partes
intimas con regulación de empleo, o un despido voluntario de tus funciones, sin
ninguna clase de indemnización por las acciones prescritas .. Siempre te puedes
acoger al paro sexual o hacer una huelga para reclamar lo que te toca, que a
estas alturas y con tanto trabajo te lo tienes merecido.

El portavoz

Seria el "spiker", aquel que utilizaría como técnica sexual
el voyeurismo, explicando y comentando sus o tus experiencias sexuales " a
todo quisqui."

También seria el que a mitad de polvo, no calla, y todo el
rato te va diciendo: ¿ Que tal? ¿Estas bien? ¿Te has quedado bien ¿… Todo
ello, como fin de tener bien informados a los otros ministros.

El Presi

Utilizará siempre"la marcha atrás" en momentos de confusión,
y para no quedar mal, alternándola con "mirar hacia atrás, ¡ mire usted ¡, para
nada. Para atrás," ni para coger carrerilla", "a lo hecho, pecho" ", sobre todo
en asuntos comprometidos y en los que se ha de mojar.

Ya ves, que esto de los Ministerios es una tarea complicada y
¡cómo que no te va! Así que deja a los ministros, y quédate con aquellos penes
solitarios que siempre estarán dispuestos a entrar en tu vagina por un rato o
para siempre.

Y sino, ve tomando nota, porque aquí también se pueden
aplicar algunas variaciones según sea la tendencia política del momento, de
derechas o de izquierdas y como tu ya sabes que es lo que les gusta, pues¡ ale
¡:

Haz de tu voto un voto útil pero con conocimiento de causa.

Nota de la autora; Todo parecido con la realidad es pura
coincidencia..No me sean malpensados porque todo esta en su imaginación.

Viuda Negra,

 

Resumen del relato:
    Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, no me sean malpensados, porque todo esta en su imaginacion…

Carla (2)

Carla (2) (5)

LA SíšCUBO 6 Carla 2

"MENAGE í€ TROIS"

Decía Napoleón que la música es el ruido menos molesto.
Existen otras muchas definiciones sobre la música, pero yo me he quedado con la
del "Capitán Cañón". Consecuente con esa decisión comencé mis estudios sobre
música a temprana edad. Una vez supe que en el pentagrama existían nombres tan
bonitos como corcheas, semi corcheas, fusas, semi fusas, bemoles, sostenidos,
arpegios, allegros, allegretos y andantes con moto etc. intuí que había tomado
la decisión correcta.

Sin embargo, una duda terrible me asaltó, una duda lógica y
comprensible; me detuve a pensar antes de seguir adelante. La horrible duda que
se me planteaba era la del racismo. ¿Es racista la música? Al parecer si lo es.
El pentagrama tiene blancas y negras, lo cual me parece muy bien y hasta loable,
pero ¿por qué excluir a las mulatas, amarillas, cobrizas, rubias, morenas,
trigueñas si las hay que son una maravilla? Mi maestra de música me dijo que no
me preocupara, que ya lo entendería cuando fuera mayor. Lo que tenía que hacer
enseguida era decidirme por el instrumento de mis preferencias, teniendo en
cuenta mis grandes actitudes musicales.

El piano no me gustó. Esa dentadura blanca y negra tan larga
me dio repelús. Me habían hablado maravillas del órgano y visité la catedral de
Santiago… ¡¡Madre mía, que cosa más grande!! Me gustó mucho pero mi piso es
más pequeño y resultaría imposible meterlo dentro. El clavicordio tampoco me
gustó, muy antiguo. La pianola muy limitada y el organillo hay que darle al
manubrio si quieres que suene y luego te duele el brazo. La batería tiene
demasiados pucheros y te vuelves loco para saber que tartera has de aporrear y
al mismo tiempo darle patadas al bombo. Un lío.

Dejé los instrumentos de cuerda y percusión y decidí
comprobar instrumentos de viento. Con el trombón de varas hay que estirar
demasiado el brazo, con la tuba te puedes romper los dientes si tropiezas, con
la trompeta puedes reventarte la yugular soplando, con el saxofón te ahogas si
lleve y se llena de agua, la flauta demasiado delgada, y el trombón bajo
demasiado gordo, al final el empleado me dijo ¿Qué le parece un silbato? Es
pequeño y le cabe en el bolsillo… No, no me sirve, sólo tiene una nota.

Al final vi un instrumento no más de un palmo de largo, lleno
de agujeritos y con un botoncito en un extremo. Me pareció interesante y
pregunté que instrumento era aquel.

— Una armónica Honner cromática, alemana, muy buena, se la
recomiendo, al ser cromática puede interpretar toda clase de música.

— ¿Quiere decir?

— ¡¡Y tanto!! – exclamó convencidísimo –, incluso puede
hacerse usted mismo el acompañamiento.

— ¿Ah, sí? ¿Con qué? ¿Con el botoncito ese?

— No, con la lengua.

— Ah, pues estupendo, interesante instrumento, me lo llevo.

— ¿Se la envuelvo?.

— No, la llevaré en el bolsillo para practicar en cuanto
tenga una partitura.

Y así fue como empecé a tocar la armónica; tenía dos
partituras en casa, la Ópera Lina y la Ópera Carla y practiqué tanto que acabé
convirtiéndome en un virtuoso.

Las noticias, como los halcones peregrinos, vuelan a
increíble velocidad. El halcón peregrino puede desarrollar, en un picado
mortífero, los cuatrocientos kilómetros por hora, lo cual le convierte en la
fórmula uno de las aves. Bien, pues aunque parezca increíble, las noticias aún
vuelan más rápidas. No me lo explico, porque a mí, bajar en el ascensor, cruzar
la calle hasta el restaurante Mouriño, sentarme a la barra y pedir una cerveza,
me cuesta más de diez minutos y total sólo son, como mucho, cien metros de
distancia. Seguramente tengo algo de tortuga, y no digo caracol porque me da
grima pensar en los cuernos, aparte el hecho de que no soy hermafrodita.

Aquel día, cuando llegó Carla a las nueve, me fui a la
empresa a echar un vistazo. Pero primero le sacudí a Carla dos polvos
magistrales dejándola muy contenta. En la empresa estaba todo en orden. Pues
mejor. No hay que perder tiempo. Vámonos a casa que no hay tanto jaleo, se está
más tranquilo y tengo que leer las noticias y escribir algo, aunque sea poco. No
sé de qué voy a escribir pero ya se me ocurrirá algo. Las mujeres bonitas y bien
confeccionadas, por ejemplo, es un tema estupendo e inagotable. Escribir sobre
el movimiento de caderas de una mujer bien modelada puede ocupar un tomo entero
y no digamos nada del resto de la anatomía… todo el diccionario Espasa
incluidos los suplementos. Y con estas y otras ideas en el tarro, al llegar a
casa tuve que dejar el coche en el parking de Mouriño y decidí tomarme una
cerveza.

— Creo que te vas a meter en un lío de aúpa, amigo Toni – me
dijo Mouriño muy serio al servirme la cerveza – Yo que tu me lo pensaría bien.

— Pero ¿De qué me hablas, Rosendo? – pregunté con mi cara
más inocente – No tengo ni idea.

— Toni, muchacho, tu sabes que eres el amigo al que más
aprecio.

— Lo mismo te digo, Sendo.

— Pues por eso me permito darte un buen consejo, que además
es gratis, deshazte de Carla antes de que tengas que lamentarlo, Lina es una
buena muchacha con la que deberías casarte sin perder más tiempo.

— Pues ya que lo dices, mañana voy a conocer a sus padres.

— Me alegro ¿pedirás su mano?

— ¿Si la tengo toda entera, por qué sólo una mano?, además,
eso ya no se estila, Mouriño, eres más antiguo que rascarse.

— ¿Quieres decir que ya no te casas?

— No he dicho eso, pero no hay que apresurarse.

— Claro, como ahora tienes también a Carla y tú sólo piensas
en lo que tienen las chicas guapas debajo de la falda.

— Son reminiscencias de nacimiento, supongo.

— Eres un cafre, Toni, no tienes remedio, pero recuerda lo
que te digo, antes de una semana la tendrás dentro de casa.

— ¿A quién, a Carla? Ya la tengo dentro de casa y bien que
cocina, por cierto.

— No es por ahí, ¿Verdad que ahora son muy amigas?

— ¿Y por qué no iban a serlo?

— Vale, vale, ya me lo dirás dentro de poco.

— ¿Es que tú sabes algo que yo no sepa?

— Lo que no sé lo intuyo; ni se curará la abuela ni su madre
volverá a tu casa, y si no, al tiempo.

Acabé la cerveza y me fui a casa pensativo. Eran las once
cuando entré en el piso. Primera sorpresa. Carla cocinando con tacón alto,
delantal y una toalla de turbante. Eso era todo y para mí una elegante forma de
vestirse.

— ¿Qué estás cocinando?, Huele muy bien – no hay manera de
darle un pellizco en las nalgas, son tan duras y redonditas como sandías.

— No me pellizques, nene, déjame acabar.

— Es que se me van las manos, preciosa.

— Quita la mano de ahí, me pones nerviosa y voy a
estropearlo todo por tu culpa, luego dirás que el bacalao a la gallega no está
en su punto.

— Tú si que estás en tu punto, encanto.

— Mejor que te lo parezca.

— ¿Quién te enseñó a cocinar?

— Mi madre, y ese libro que está ahí – miré el libro, más
viejo y manoseado que los pergaminos del Mar Muerto: Carmencita, la buena
cocinera. Pues vale.

— Por cierto ¿qué se sabe de tu abuela?

— No me muerdas el cuello, me pueden quedar marcas y Lina
sospecharía, no querrás eso, ¿verdad?

— Ya sabes que no.

— Claro, la quieres más que a mí – pura lógica femenina.

— No es cierto, os quiero igual a las dos

— Ya, entonces ¿no te sabrá mal que duerma en la habitación
de tu hija Ana?

— ¿Qué quieres decir? – me puse en guardia recordando las
palabras de Mouriño.

— Pues que si me quieres igual que a ella, podré dormir en
esa habitación ¿o no te parece bien? — A mí sí, pero no creo que Lina esté de
acuerdo.

— ¿Por qué no?

— Porque es la habitación de mi hija Ana.

— Pero tiene dos camas.

— Además, cuando tu abuela esté mejor regresará tu madre.

— Uy, mi abuela, tiene para rato.

— ¿Cómo es eso?

— Es muy viejecita, nene, compréndelo, mi madre no la puede
dejar sola así como así.

— Si, lo entiendo, pero algún día se curará, digo yo.

— Uy, puede tardar un año o más y, la verdad, si puedo
dormir aquí me ahorraría el alquiler del piso.

Se sentó en una silla, pelando ajos. Le separé los muslos, le
abrí la vulva con los dedos sin que protestara y pasé la lengua por su roja
herida lamiéndola de arriba abajo. En menos de un minuto tenía sus dedos
engarfiados en mi pelo gimiendo de placer. Si, creo que estará muy bien que
duerma en casa, pensaba yo mientras degustaba aquella apetitosa almeja.

Será macanudo que duerma en casa. Me encanta el marisco.

 

Resumen del relato:
    Historias del más alla y del más acá.

Carla (1)

Carla (1) (5)

LA SíšCUBO 4 Carla.

Yo tengo dos motivos poderosos para que Carla no se vaya
de casa. Primero, ya saben ustedes como está de mal el servicio doméstico y,
segundo y más importante, lo mismo que pasa con Lina pasa con Carla, cuando
está en casa una de las dos, o las dos, la abominable súcubo permanece en
silencio, motivo más que suficiente para no despedir a la muchacha, pues que
me permite trabajar tranquilo y sin insultos. Y cosa extraña, con María, la
madre de Carla, el ectoplasma de los demonios me insultaba a mansalva, era
un tormento tan insoportable como un discurso de Llamazares; es raro
¿verdad?, ¡¡Qué cosas!!.

Carla, como es casi natural, es mucho más joven que su
madre y también mucho más guapa. Se parece bastante en todo a Jody Foster.
Es pequeñita, rubia, de ojos azules como la miosotis y está muy bien
confeccionada. Sí, sí, me lo pueden creer, es como el traje de un buen
sastre, enseguida se nota que está echo a medida, pues Carla también. Y de
limpia no digamos, se pasa todo el día subida a la escalera limpiando cuanto
rincón encuentra poco de su gusto. Lo que yo no sabía es que mi despacho
tuviera tantos rincones.

A veces le tengo que llamar la atención porque se sube
tan alto que me da vértigo y siempre la vigilo por si trastabilla o resbala
en la escalera de aluminio al engancharse el tacón del zapato con la
minifalda. Tendré que acogerla en brazos para que no se haga morados en los
muslos o se le esmague una cúpula de Bizancio, horrible y doloroso accidente
que no quiero ni imaginar. De momento no se ha dado el caso, pero tengo que
estar muy cerca porque la juventud es muy atrevida.

Tampoco me había dado cuenta nunca de la facilidad con la
que rompo la punta de los lápices por las mañanas. Misteriosamente se me ha
estropeado el sacapuntas eléctrico lo cual me obliga a ir a la cocina cada
dos por tres porque allí están los cuchillos más afilados. Supongo que
también influye el olorcito tan alimenticio que sale de los pucheros en los
que cocina Carlita y mientras afilo los lápices para que no piense que soy
mudo de nacimiento hablamos de esto y de lo otro.

–¿Sabes algo de tu abuela? – le pregunté muy amable.

— Está muy pachucha la pobre y mamá muy asustada.

— ¿Y qué dicen los médicos?.

— Dicen que tiene muchos años y que la infección de
salmonella a su edad es muy peligrosa.

— Los médicos siempre exageran ¿sabes? Así se dan más
importancia, ya verás como se recuperará pronto.

— No lo creo, porque ahora, para mayor desgracia, se le
ha complicado con una neumonía.

— ¡¡Vaya por Dios!! Si que es mala suerte, ¿y tú novio
que dice?

— No tengo novio.

— ¡¡No es posible!! Una chica tan guapa como tú.

— Pues no tengo, tuve uno pero era un imbécil como todos
los jóvenes y nos separamos.

— Mujer, no todos los jóvenes serán imbéciles, digo yo.

— Pues lo parecen, y además no me gustan los jóvenes, a
mí me gustan los hombres mayores, tienen más educación.

— Cierto. La educación es imprescindible en estos casos
– aseveré seriamente — los hombres mayores tenemos una educación tremenda.

— Usted no es tan mayor, aunque si es muy educado y
simpático – y tras unos segundos – y además muy guapo.

— Gracias, ¿te parece?

— ¿Si me parece qué?

— Que soy guapo.

— ¿Quiere que le regale el oído otra vez?

— No, no, nada de eso, pero la juventud…

— ¡¡Bah, la juventud, menuda panda de borregos con
litrona!!

Les aconsejo que mientras afilan un lápiz no miren para
otra parte porque pueden tener un accidente, eso fue lo que me pasó a mí, me
hice un corté en un dedo y dije:

— ¡¡Ay, Dios mío!! — ella se giró y también dijo al ver
la sangre:

— ¡¡Ay Dios mío!!.

Se acercó a mi silla, se puso en cuclillas y me chupó el
dedo. Tuve que mirar dos veces porque a la primera no me di cuenta de que
las braguitas eran negras. Ya sé que es de mala educación pero tengo la
disculpa de que fue un reflejo condicionado por una duda razonable lo cual,
en un juicio, siempre sería un eximente; algo así como la locura temporal
provocada por un deseo irreprimible.

En cuclillas y con el dedo en la boca me miró con sus
preciosos ojos azules y les juro por mi vida que no supe qué hacer. De
momento opté por dejar el dedo en donde estaba. Como no sabía dónde poner la
otra mano le acaricié la mejilla. Se sacó el dedo de la boca.

— ¿Me encuentra bonita?

— Te encuentro preciosa, nena.

— ¿De verdad?

— Te lo juro, me pareces guapísima

— ¿A usted le gustan los niños?

— Sí, ya sé que eres muy joven, pero…

— No tanto, hace dos años que soy mayor de edad, ya se
lo dije, no me refería a eso.

— ¿Entonces a qué?

— A los bebés.

— No te entiendo.

— Vamos, no se haga el tonto que no tiene un pelo.

— ¿Es que quieres tener un niño?.

— Si fuera suyo no me importaría – dejé de acariciarle
la mejilla porque aquella muchachita me estaba liando y bastante me lío yo
solo. Un bebé era lo que me faltaba, biberones, pañales, llantos, meadas,
cagadas pero por si me quedaba alguna duda me suelta

– No tema, no se lo diré a Lina, además, me tomo la
pastilla.

— Ya, pero yo no.

Sonrió. Al final comentó:

— Hay que vendarlo ¿en donde está el botiquín?

— En el baño.

Arrastrándome por el dedo me llevó hasta el baño, lo puso
debajo del grifo y para cuando tuvo preparado venda y esparadrapo el dedo ya
no sangraba pero quieras que no tuve que dejar que me lo vendara

¿Le duele?

— No – respondí valientemente – casi nada.

— Tiene que ir con cuidado con ese cuchillo, corta como
una barbera.

— Lo sé, nenita.

— Ya te dije – el tuteo le salió redondo — que hace dos
años que soy mayor de edad.

— Eso si que es grave.

— ¿Te burlas de mí?

— Antes me cortaría el dedo en redondo.

–¡¡Venga ya, colega!! Me dijo mi madre que eras muy
guasón.

— En este caso no, trae el cuchillo y verás.

Sonó la carcajada espontánea y cristalina, guardó los
trebejos de curar y se quedó pensativa.

— ¿En qué piensas? – pregunté con la esperanza de que se
le ocurriera ducharse… No se le ocurrió. Por lo tanto me fui a mi despacho
muy ufano poniendo el despertador para que sonara quince minutos antes de
las dos y así largarme a tomar una cerveza con Mouriño.

Leí dos o tres noticias en Internet y anoté unos pocos
comentarios pero con tan mala fortuna que volvió a romperse la punta del
lápiz. Cuando pensaba regresar a la cocina para cortarme otra vez, entra
Carla para decirme que tenía que lavar las cortinas de mi despacho que
estaban muy sucias. Como yo era tan fuerte y alto — según dijo — podría
auparla mientras las descolgaba. Lo encontré muy natural, es lo que se suele
hacer para descolgar cortinas. Me puse a su espalda, la sujete por los
muslos con los dos brazos y le aupé hasta que tuve sus curvadas nalgas
pegadas a mis ojos.

— Me aprietas mucho, ponme a caballito sobre los
hombros.

— Si, si, nena, lo que sea, el caso es limpiarlo todo
bien limpio — Les aseguro que para lo maciza que estaba pesaba muy poco, si
bien es cierto que en estos casos desarrollo más caballos de fuerza que una
locomotora de vapor, pero sin vapor, aunque ya hervía la caldera, sólo
faltaba el pitido de la máquina.

¡¡Madre mía, lo que hay que hacer para limpiar la casa!!
Ni se pueden imaginar el calorcito tan agradable que tuve en el cogote con
la muchacha esparrancada sobre mis hombros. Me hacia suaves cosquillas con
sus rizos que siempre son agradables y si no se lo creen pruébenlo y verán
como tengo razón. Acostumbro a rasurarme bien cuando me afeito y pese a todo
sus muslos eran mucho más satinados que mis mejillas, mucho más tibios,
mucho más bonitos y mucho más… bueno, dejémoslo ahí.

Intentado sujetarla bien, subí las manos despacio casi
hasta sus ingles pero ella dijo que la sujetara por la cintura porque temía
caerse hacia atrás. Con gran pesar elevé los brazos, pesar que desapareció
inmediatamente al tocar la carne tibia y meter el dedo medio en un pequeño
ombligo y con las dos manos le abarqué la cintura casi por completo. Pues sí
que tengo largos los dedos — me dije — a ver si me acuerdo de medirlos.

— Da un paso a la derecha.

— Sí, nena, no te des prisa.

— Otro pasito.

— Si, preciosa, tranquila, es temprano aún…

Cuando la cortina cayó al suelo me enfadé por no haberla
puesto veinte metros más larga.

— Ya puedes bajarme.

— Vamos a darnos un trotecito – comenté dando saltitos
alrededor del despacho — ¿No te gustan los caballitos?

Empezó a reírse sujetándose con las manos en mí cabeza.

— Tacatá, tacatá, tacatá – relinchaba yo dando saltitos
mientras ella reía – ¿Qué te parece?

— Me parece que si nos viera Lina nos mataba a los dos.

— Yo no pienso decírselo.

— Uy, ni yo tampoco, pero bájame, por favor.

La dejé en el sofá, pero ella me echó los brazos al
cuello susurrando:

— Hazme el amor, quiero que me la metas y me hagas
gozar.

— No puede ser Carla, puedo ser tu padre y aunque no
fuera así, eres muy niña.

— Déjate de chorradas, me has dicho que te gusto, tú
también me gustas a mí y mucho.

— Si, pero no tiene nada que ver, yo soy muy decente
y…

— ¡¡Anda ya, decente!! – exclamó desabrochándome el
cinturón. Me dejó en cueros en un minuto — acaba de una vez, que lo estás
deseando, menuda tranca de caballo, quiero sentirla dentro.

— Te he dicho que no puede ser, y delante de Lina ni se
te ocurra tutearme.

— No lo haré si me haces gozar con esta verga tan
hermosa, sino le diré que has intentado violarme.

Me quedé atónito. Estaba atrapado. Ya ven ustedes que me
resistí como Santa María Goretti, pero no hubo manera. Se me puso encima, y,
mordiéndome los labios la cogió con la mano y la llevó a su vagina. Sentí el
húmedo calor de su estuche recorriendo la verga cuando ella se dejó caer
despacio hasta que la tuvo enterrada por completo. Eso me pasaba por haberle
dado tantas confianzas y decirle cosas bonitas. Las chicas de hoy día casi
todas son muy expeditivas.

¿A ver, que hubieran hecho ustedes? Pues eso fue lo que
hice. A la fuerza ahorcan ¿no?. Y yo decía que Lina se desnudaba rápida,
pues Carla era un rayo. De modo que, sin darme cuenta, otra vez perdí todos
los botones de la camisa y no me quedó más remedio que llevarla en brazos
sujetándola por las duras nalgas hasta el dormitorio mientras pensaba en lo
bien que pintó Goya la Maja Desnuda. Si hubiera sido aquella preciosidad que
tenía en los brazos, el cuadro aún sería más famoso todavía.

Carla, cuando tiene a mi hermanito dentro, posee una
facilidad pasmosa para soltar uys y ays como si la estuvieran matando. Al
principio me sorprendí pero pronto me di cuenta que es su particular manera
de expresar lo bien que se siente y lo mucho que disfruta. Que si no había
nada en el mundo tan bueno como aquello, que si yo lo encontraba tan bueno
como ella…

— ¿Verdad que es buenísimo?

— Mujer, el suplicio de Tántalo no es, desde luego.

— Pues entonces quédate quieto, quiero que dure, ayyy
que bueno y que bien lo mueves, ¡¡Oh, nene, que delicia y que bien provisto
estás.

— Sí, me lo han traído de París, es muy elegante.

— ¿Verdad que es delicioso?

— A mí que me vas a decir, nena…

En cuanto sintió los algodonosos golpes del semen
batiendo en el fondo de su vagina contra su útero creí que se volvía loca.

— Que bueno, dios, dámela toda, toda, inúndame hasta el
ombligo, o cristo que bueno está, me corrooo, me corroooo, toma, tómalo
todo, cachondo mío, mi amor.

Y se quedó desmadejada entre mis brazos.

Incluso me dijo que podíamos hacerlo todos los días
mañana y tarde. Y yo pensando, esta ha creído que soy Sansón entre los
filisteos. Con dos en casa no necesito que me corten el pelo, quedaré para
el arrastre en un mes. No veas tu, mañana, tarde y noche, voy a tener que
enyesármela y tendré que tomar viagra en dosis masivas, vitaminas a
carretadas y ponches de huevo a litros.

A veces suelta uuuuuuyyyys que parece una loba aullando a
la Luna. Pero es tan cariñosa, tan melosa, tan espléndida en su entrega que
me dejó fascinado, pese a que suelta cada discurso hasta que se desborda que
ni Fidel Castro. En fin, que me había salido un fonógrafo parlante pero esta
vez dulce y apetitosa como el membrillo. Al final se quedó tan desmayada
como una muñeca de trapo. Que se le va a hacer, ustedes ya ven que yo hice
todo lo que pude por defender mi honestidad.

Ahora estoy convencido que Carla tiene atemorizada a la
súcubo, en esta ocasión ni siquiera se atrevió la bruja a realizar un
estropicio, quizá porque era de día y estaba dormida, aunque más bien creo
que el miedo la tiene paralizada. Ya veremos más adelante. Hemos decidido
ser muy prudentes, me lo juro por su abuela. Para empezar, me fui a tomar la
cerveza con Mouriño y allí me encontró Lina al regresar del banco. Hay que
estar en todo porque las mujeres son muy lagartas.

 

Resumen del relato:
    Historias del más allá y del más acá.

Meigas y brujas

Meigas y brujas (5)

LA SíšCUBO 3

MEIGAS Y BRUJAS.

¿Ustedes han visto alguna vez la Santa Compaña? ¿No? Pues yo
sí. Ahora que me acuerdo, ustedes no pueden verla porque no son gallegos y la
Santa Compaña es una procesión de ánimas del Purgatorio exclusivamente gallegas.
Es una comitiva temible y, aunque no es nacionalista, causa espanto verla.

Se pasean entre los pinos ululantes en noches de vendaval,
lóbregas y lluviosas; producen escalofríos de pánico con sus sábanas blancas que
ni la lluvia se atreve a mojar; llevan luces con llamas como los Fuegos de San
Telmo a las que ni el mismo Eolo conseguiría apagar por mucho que soplara;
chirrían sus cadenas de gruesos eslabones al arrastrarlas por la corredoiras
como si estuvieran oxidadas; las cadenas, no las corredoiras. En verdad que es
una visión dantesca. La Divina Comedia me hace pensar que algún afilador de
Orense debió explicarle la pavorosa visión a Dante Alighieri.

Lo mejor, cuando las ves, es llevar un crucifijo, pero si no
lo llevas debes hacer la cruz con dos dedos y besarlos mientras murmuras tres
veces: "Arrenégoche demo" (Reniego de ti demonio) pero sin que te oigan porque
te expones a que te den un golpe con los gruesos eslabones de las cadenas y
pueden dejarte en el sitio tan muerto como a mi amigo Necho al que le abrieron
la cabeza hasta las cervicales de un solo golpe. Los incrédulos dicen que se
cayó de un pino y se dio contra una piedra. Yo no lo creo, Necho, caída la
noche, nunca iba a buscar nidos para hacerse una tortilla porque no veía los
huevitos. Era muy trabajador Necho, pero ganaba tan poquito como si trabajara
limpiando las deposiciones del pajarito de un reloj de cuco. De ahí su afición a
los nidos.

Si tienes la mala suerte de que alguna alma en pena te mire
por los agujeros negros de la sábana, puede ocurrirte una desgracia horrible
como caérsete la paletilla y luego, una meiga, tiene que quitarte el mal de ojo
sentado en el suelo, los brazos alzados y las palmas unidas hasta que los dedos
medios marcan la diferencia de la paletilla caída, entonces, de un fuerte y seco
tirón hacia arriba pueden colocarte en su sitio el omóplato desplazado.
Terrible, créanme. La meiga que no sabe hacerlo puede dejarte tullido. Y eso es
lo más suave que te puede ocurrir.

Claro que las meigas son todas buenas y en muy raras
ocasiones se equivocan, no como las brujas que son todas malas como la que yo
tengo en casa que es una peste de arpía que sólo yo puedo ver. El día que logre
cazarla se va a enterar de lo que vale un exorcismo. Estas malas brujas pueden
aparecerse en diversas formas. A veces como un ectoplasma difuso, otras como un
espíritu invisible y maligno y las más de las veces como un insecto repugnante
imposible de matar ni con el insecticida más potente. Y siempre se aparecen a
las personas que odian. Sabido es que los mosquitos no pican, son las mosquitas
las que te chupan la sangre y aunque no me molesta que me la chupen, si me
molesta que me hagan ronchas y me den la tabarra continuamente como si
estuvieran perdidamente enamoradas de mí. De verdad, son una plaga.

Yo tengo una teoría respecto a las mosquitas. Creo que son
hembras muy feas a las que nadie es capaz de hacerles un favor metiéndoles una
buena verga en el coño, aunque esté más necesitado que un anacoreta con diez
años de soledad, porque no hay mosquito que se acerque a ellas y, por lo tanto,
su insatisfecha sexualidad las convierte en seres rabiosos peores que las mantis
religiosas que ya es decir. Sobre todo, no te dejan en paz si como yo, eres
guapo, tienes buena planta y encima eres muy inteligente que era lo que decían a
dúo mis dos abuelas; si lo decían ellas que tenían mucha experiencia por algo
sería, vamos, digo yo.

Por suerte tengo a Lina en casa que es una encantadora
meiguiña buena (de momento) y la bruja no se atreve a hablarme mientras ella
está a mi lado pero, como ya dije en mi relato anterior, nos hace toda clase de
perrerías para molestarnos. Sin ir más lejos, ayer noche mientras mi muñequita y
yo hablábamos en la cama cara a cara sobre el sexo de los ángeles procurando
darnos todo el gusto que tal discusión requería, se encendió la luz de repente.
A mí la luz no me molesta, al contrario, me encanta ver a mi princesita porque
es una preciosidad, pero a Lina sí.

— ¿Por qué enciendes la luz? – me preguntó, escondiendo sus
bellas facciones en mi cuello – Ya sabes que no me gusta, cariño.

Yo no podía decirle que no había sido yo, que la había
encendido el maldito ectoplasma porque ya me dirán ustedes como le digo que
tengo una bruja en casa, le puede dar un soponcio, es muy miedosa.

— Nena – le dije pensando a toda velocidad, atrayendo sus
nalgas con fuerza hacia mí – esa luz se apaga con el calor y tú y yo estamos
sudando.

Y de repente se apagó la luz.

— ¿Cómo lo has hecho, si tienes las dos manos ocupadas? – me
susurró al oído, apretando su sexo contra el mío hasta enterrarlo entero — ¿Qué
clase de truco utilizas?

— No es ningún truco, amor – y vuelta a pensar a toda
velocidad, mientras la verga le rozaba el útero – es culpa de la sinergia.

— ¿Quién es esa Sinergia? Y no me mientas, cariño.

— No te miento, mi amor, la sinergia no es una mujer.

— ¿Ah, no? ¿Entonces quien enciende y apagada la luz?

— Verás, la sinergia es una función que realizan dos
órganos…

— Mira, cariño, déjate de fisiología que te conozco y eres
capaz de tener otra bajo la cama.

Entonces no me quedó más remedio que exclamar en voz alta:

— ¡¡Sinergia, haz el favor de presentarte aquí ahora mismo!!

Increíble, oigan, la muy pendeja de la bruja va y enciende la
luz otra vez. Lo que faltaba pensé cabreado, pero no hay mal que por bien no
venga, porque mi princesita se abrazó a mí temblando como una vara verde y al
notar como temblaba también me entró a mí el tembleque. Noté su orgasmo
acariciándome el glande y no pude resistirlo y la inundé con violentos
borbotones. La luz se apagó y se encendió furiosamente un montón de veces. Pese
a estar muy ocupado recuerdo que pensé: Como me fundas las halógenas te machaco,
desgraciada.

Total, que a la maldita bruja le salió el tiro por la culata
y mi nena y yo nos fuimos a la ducha a refrescarnos. Miren si son desconfiadas
las muchachas que antes de salir de la habitación miró debajo de la cama. Al
comprobar que no estaba la Sinergia, me echó los brazos al cuello para besarme
muy apasionada, clavándome los firmes pitones en el tórax. No hay torero que
haya recibido dos pitonazos con más valentía y arrojo que yo. Que le voy a hacer
si uno ha nacido así de intrépido.

Pero no es tan fácil deshacerse de una bruja. Pese a que eché
el cerrojo, la canallesca ectoplasma entró en el baño igual que las sanciones de
Hacienda cuando no estás en casa, por debajo de la puerta. No supe que se había
infiltrado hasta media hora más tarde al romperse la mampara de plástico de la
ducha cuando más entretenido estaba comprobando el sabor del templo de Venus y
las esculturales columnas que lo sostienen. Otra canallada que no le voy a
perdonar en la vida. Lina cree que fue ella la causante del estropicio al
estirar de golpe las piernas porque le entró un hormigueo tan descomunal que la
dobló hacia atrás como una contorsionista y tuve que tragar rápido porque fue
muy abundante. De todas formas, mejor que lo crea, así me evito tener que
explicarle que vivimos con una fantasma en casa.

Cuando regresamos al dormitorio tomé la precaución de tapar
la parte inferior de la puerta con las toallas de baño. Como estaban húmedas
imaginé que le sería imposible filtrase. Pero ¡¡qué va!! A esta bandarra no hay
careta antigás que la detenga. Nos tapamos hasta las coronillas para no hacerle
caso por mucho que intentara molestarnos.

— Vamos a sudar la gota, cariño – me dijo, sofocada a los
dos minutos acariciándome la barra de gimnasia – y puede salirnos el sarampión.

— Yo ya lo he tenido ¿Tú no?

— Si, también – respondió, introduciendo la barra hasta la
mitad del templo — ¿Pero por qué nos tapamos tanto?

— Para que la sinergia no nos moleste, amorcito.

— Estas tú hecho una buena sinergia, cariño, me estás
ahogando.

Y, de pronto, oímos un ruido tremendo en el comedor, como si
el vecino del piso superior, que es muy gordo, se hubiera venido abajo.

— ¡¡Dios mío!! – exclamó asustada, sepultando hasta la raíz
a mi hermanito pequeño — ¿Qué ha sido eso?

— No sé – respondí, rizándole un pezón para infundirle
ánimos — no hagas caso, ya nos dirán algo.

— Tengo miedo, cariño.

— Pues no lo tengas que estoy yo aquí y además estamos bien
tapados.

— ¿Y si ha entrado un ladrón, cielo?

— No te preocupes, nena, mañana compraré una pistola a un
traficante amigo mío.

— Pero ¿es que no piensas hacer nada?

— ¿Y qué quieres que haga, además de lo que te hago?

— Mirar a ver que ha ocurrido, puede ser algo grave.

— Lo que haya ocurrido podemos verlo mañana, mi vida, ahora
puede apagarse la luz y tampoco vería nada ¿no lo comprendes? Anda, sigue
moviéndote.

— Pero ¿tú qué crees que ha pasado? – volvió a preguntar sin
hacerme caso.

— Seguramente – respondí paciente — ha cedido el piso y el
señor Ramón ha caído dentro de nuestro comedor, ya sabes lo gordo que es.

— Si hubiera sido eso estaría gritando.

— Puede haberse matado, mujer, por eso no grita.

— Pues yo, cariño, no podré disfrutarlo con un muerto en el
comedor.

Ustedes ya saben lo tozudas que son las mujeres. Al final, mi
hermanito tuvo que salir de su escondite y yo de la cama, coger el cuchillo más
grande de la cocina y acercarme al comedor sigilosamente. Estaba dispuesto a
traspasar de parte a parte al ectoplasma si me la encontraba. Llegué al comedor
de puntillas, abrí de golpe la puerta lanzando cuchilladas a diestra y siniestra
con tanta ferocidad que a poco más me degí¼ello. Encendí la luz y comprobé que el
carillón se había venido a tierra; todas sus tripas metálicas estaban esparcidas
por el suelo, hasta los legionarios romanos habían saltado de la esfera.
¡¡Maldita bruja!! ¿Dónde demonios te metes? ¡¡Da la cara si te atreves,
canalla!!. No se atrevió.

Dejé el cuchillo y regresé al lado de mí adorada muñeca.

— ¿Qué ha pasado, cariño?

— Nada, nena – respondí, escondiendo a mi hermanito otra vez
– se ha caído el carillón del comedor.

— ¿El que has comprado esta tarde?

— Sí, nena, el mismo, ya ves.

— Ya te dije que al cáncamo había que ponerle un taco porque
el reloj pesa demasiado, pero tú con tal de llevarme la contraria…

Tuve que cerrarle la boca con un beso porque no podía decirle
que lo había derribado la bruja para darme la noche. La luz volvió a apagarse
sola. Lina, temerosa, se apretó contra mí hermanito que se le hundió hasta la
matriz. Se hizo un silencio sofocado, se oyeron suaves gemidos, y, a poco, mi
princesita empezó a runrunear de nuevo como una gatita de lomo suave y sedoso.
Les aseguro por mi vida que era sedoso como la seda o más.

Estoy decidido a iniciarme en las artes del vudú espiritual a
ver si logro acabar con la maldita bruja de una vez. Ya les informaré de lo que
ocurra.

 

Resumen del relato:
    Historias del más allá y del más acá.

La timidez

La timidez (5)

LA TIMIDEZ

Yo he sufrido mucho por culpa de mi timidez; hasta tal punto
era tímido que si mi mujer no llega a decir por mí: "Si, Quiere", aún estaría
soltero. El cura que nos casaba me advirtió que debía decírselo yo y no me quedó
más remedio que acercarme a él y decirle al oído:

— Por favor, Don Cipriano, hágale caso o nos dan las uvas.
— Pero, usted ¿quiere o no quiere? – me susurró entre dientes.
— Supongo que sí – susurré yo también.
— ¿Qué pasa? – preguntó mi futura levantando la voz – ¿Es que estás
confesándote ahora?

Don Cipriano tuvo un sobresalto, se le cayó el breviario,
intentamos recogerlo al mismo tiempo y fue tal el golpe que nos dimos en el
tarro que ya no recuerdo nada más hasta que le oí decir con voz de sufrimiento:

— Si hay alguien entre los presentes que conozca algún
motivo por el cual este matrimonio no deba celebrarse que hable ahora, o si no
que calle para siempre.

Había más de una docena de invitados que hubieran podido echarme un cable. Nadie
habló. Seguro que pensaron: "¿Cómo, y vamos a perdernos el convite? Ni hablar,
que hable el alcalde que está acostumbrado a los discursos"

Supongo que, después de tan sincera declaración, no pondrán en duda mi timidez,
sobre todo con las mujeres. Y si esto me ocurría pasados los treinta, imagínense
a mis dieciséis o diecisiete años, fecha en la que descubrí hasta que punto son
capaces de mentir las mujeres. Ocurrió así:

Mi primer amor se llamaba Chiruca y teníamos casi la misma edad; diecisiete
años. Era una preciosidad, no podía apartar mis ojos de su rostro ovalado en
forma de huevo, ni de sus ojos negros como el chapapote, su voz era tan suave y
cálida como el humo del agua hirviendo.

Paseábamos cogidos de la mano a la luz de las farolas, o por
el paseo marítimo, o por el malecón observando el balanceo de las barcas de los
pescadores e incluso bajo un paraguas si llovía, fenómeno atmosférico que en mi
tierra ocurre siete días a la semana.

Yo le componía poesías magníficas que le recitaba con voz
transida de amor mirando la Luna cuando no había nubes. Ella me correspondía con
el mismo platónico amor pues había visto unos zapatos en la calle Real que eran
una "ricura". En fin, que estábamos enamorados. Enamorados con ese primer amor
platónico que todos ustedes conocen. Pues bien, llevábamos así quince o veinte
días cuando transitando por una calle particularmente oscura me dice con voz
angustiada:

— ¡¡Uy, amor mío, que desgracia!!
— ¿Que te pasa, cariño? – pregunté más angustiado que ella, creyendo me
abandonaría para embarcarse hacia Filipinas.
— Se me ha caído una media… entremos en ese portal – susurró avergonzada.

Si la calle ya era oscura no les digo nada el portal…la
boca de un lobo, vamos.

— Toni, cariño ¿quieres subirme la media? – preguntó
temerosa de la oscuridad.
— Claro, mi amor – murmuré agachándome solícito.

Abarqué con la manos el tobillo; para mi sorpresa toqué la
caña de una bota. Claro, sólo miraba su cara. La oí murmurar cálidamente:

— Más arriba, Toni.

Recorrí la caña hasta tocar la carne desnuda y encontré el
elástico de una media calcetín que estiré con fuerza. De nuevo susurró:

— La vas a romper y es más arriba.

Aunque la calidez del muslo me impresionó no me extrañó que,
al ser una media, estuviera partida… continué la ascensión. No encontré rastro
de media alguna pero si un felpudo. Se me alteró la sístole. Y también la
diástole. La tensión arterial me subió hasta las orejas.

De momento, entretenido con el felpudo, no me di cuenta del
par de gordas mentiras que me había contado hasta que me dejó por otro que ya
había hecho la mili. Para entonces ya habían pasado otros veinte días. Este
suceso me hizo aún más tímido y desconfiado y tardé muchos años en acercarme a
una mujer.

Me transformé en un solitario y un buen día me dice un amigo de quien no puedo
sospechar me tenga inquina:

— Tú lo que necesitas es una mujer.
— Me han recomendado baños de mar – respondí nostálgico.

No me hizo caso y continuó:

— Te lo digo yo, lo que necesitas es una mujer, créeme, lo
que te sucede no es más que hastío. Tu vida es tan aburrida como la de un
anacoreta; trabajas demasiado y encima te preocupas de naderías…Estás enfermo
de soledad. Las féminas, amigo mío, son un regalo del cielo.

Suspiré con resignación, un enfermo es persona resignada. Con
voz plañidera pregunté:

— Entonces… ¿crees que tendré que casarme?
— ¡¡Mal pocado!! – exclamó, como si dijera ¡pobrecito! — Estás peor de lo que
creía… hoy ya nadie se casa, hombre.
— ¡¡Sopla!! – exclamé asombrado — ¿Qué me aconsejas, pues?
— Una compañera… ¿entiendes?. Debes procurarte una buena amiguita… Puedes
llevarla contigo a la playa y de esa forma practicas dos curas a la vez.

Ten por seguro de que eso solventará tu hastío y te curaras
definitivamente.

— Pero, querido amigo, ¿Dónde la encuentro? ¿Cómo la
convenzo? Tendré que indagar, hacer gestiones y después… seguirla, suspirar,
escribirle cartas… Demasiado esfuerzo para mi… ¿Qué te parece un anuncio por
televisión?
— No seas pazguato… ¿Es que no conoces a nadie?
Medité media hora.

–Conozco a Eufemia, la hija de la portera. Es muy servicial y se pasa el día
cantando.
— ¿Es una como un tonel?
— No tanto, pero sí…es robusta.
— ¿Alta como un ciprés?
— Más bajita, pero es fuerte, sí.
— Esta visto que no harás nada de provecho. Esas mujeres mastodonte ya no se
llevan. Debe ser una muchachita riente, alegre como unas campanillas, inquieta,
que te saque de tu tristeza. Pero, ahora que lo pienso, yo conozco a una
personita… Nada, nada, mañana espérame en la cafetería Rialto. Te presentaré a
Sarita… Te gustará.

La famosa Sara era una figurita pequeña como un bastón y tan delgada como un
silbido. Cuando entramos en la cafetería tuvo que esperar a que cesase la
corriente de aire provocada por un ventilador giratorio. En un aparte me comentó
mi amigo:

— Ya le he hablado de tu asunto y está completamente
decidida. Debes darle mil euros al mes…es una ganga.
— Es una ganga – repetí, más convencido de que era un saldo.
— Fíjate, cuarenta kilos de belleza y una campanilla por corazón. Es una mujer
de las de hoy… "peso mosca"
— ¡¡Jesús, María y José!! – exclamé admirado.

Y pedimos una botella de cava.

El primer día compre billetes por la mañana para el tren decidido a darme largos
baños de mar. La verdad es que no estaba muy seguro de cómo debía actuar, me
faltaba práctica… mis años de soledad… en fin. Mientras esperábamos en la
estación tuve tiempo de leer cuatro veces El Periódico de cabo a rabo. De pronto
comentó:

— Por supuesto, ya no me llamarás Sara.
— Naturalmente – respondí, convencido de tan imprescindible necesidad.
— Entonces ¿qué nombre me pondrás?
— ¿Sarita? – pregunté, admirado de mi gran inventiva.
— No, vamos a pensar….

Y estuvimos pensando hasta la hora de cenar. Al cabo, la excelente muchacha
resolvió.

— Me llamarás… Minita – comentó muy ufana – Y yo a ti, Minito.
— ¡¡Santo Dios!! – exclamé asombrado – ¡¡Cómo no se me habrá ocurrido antes!!

A renglón seguido me explicó que tenía un tremenda facilidad para poner motes
exóticos. A cierto muchacho que llevaba en un zapato una suela de veinte
centímetros para disimular su cojera, le apodaba "El Pillín de Siete Suelas" y
me juró por su madre que "todo el mundo" se había muerto de risa. Luego descubrí
que la manía de aquella joven era matar de risa a todo bicho viviente.

De pronto vino a sentarse en mis rodilla y se empeñó que le
hiciera un mimito.

¡¡Psch!! – pensé aburrido – hagámosle un mimito.

Y le hice un mimito.

De mi casa de la playa, situada en la montaña, lo que más le agradaba eran los
melocotones del huerto vecino. En el nuestro sólo probaba bellotitas de
eucalipto, hojas de laurel y capullitos de rosa. Quería entrar en todas las
fincas ajenas, quería teñir de color turquesa a un carnero y quería enjaular a
todos los pájaros que trinaban en la urbanización. Tenía una muletilla que
empezaba…

— Me tienes que comprar….

Una noche sentí sobre mi brazo el leve peso de la cabeza femenina y pensé:

— Es natural. Según las novelas los amantes acostumbran a
dormirse así.

Miré al techo para distraerme. Sara comenzó a decir:

— Tienes que comprarme un…

Se hizo un silencio corto…

— … un …
Se había dormido. En tal momento no la hubiera despertado yo ni por quinientos
euros. Pero no pasó mucho tiempo sin que, incomprensiblemente, la cabeza de Sara
aumentara en peso. Recuerdo que al principio había pensado: Con melena y todo no
llegará al kilo, lo que encontraba muy natural pues, como se sabe, la cabeza de
la mujer pesa menos que la del hombre. Pero al cabo de diez minutos cambié de
opinión.

— Estará cerca de los cuatro kilos – me dije.

Y diez minutos más tarde ya calculaba que no bajaría de una arroba. Me giré de
lado, pero el brazo aprisionado me dejó en la posición del zurdo que intenta
tirar una piedra. Cavilé profundamente llegando a la conclusión de que el cuerpo
humano ganaría en comodidad si sus extremidades pudieran desatornillarse. Me
distraje de mis cavilaciones al notar que la cabeza de Sara pesaba ya un par de
toneladas pero, de pronto, ¡Oh milagro! dejé de sentir aquel peso muerto. Ya no
tenía el brazo.

— Se acabó – me dije gozoso – ya soy manco.

Otro día acabaré de explicarles como acabó mi convivencia con Sara que terminó
por convencerme de que es mejor olvidarse de que existen las mujeres. Hoy no
tengo tiempo, me está esperando una joven a la que he prometido enseñarla a
montar a caballo. Le gusta mucho el tacatá del trote largo.

 

Resumen del relato:
    Es un mal asunto ser tímido.