Oda de las amigas – amantes
Oda de las amigas – amantes (15)
Elena y Gloria se precian de ser las amigas más íntimas de la
ciudad. No es raro en absoluto verlas pasear juntas, con las manos entrelazadas,
a cualquier hora del día, y si es verano, de la noche. En el barrio todo el
mundo las conoce y las saluda cuando pasan. ¿Y quién no lo haría al ver su
belleza?
Gloria es la más alta. Tiene la piel ligeramente morena, sin
duda por el aire de la sierra, donde va a pasar todos los fines de semana con
sus padres. Una hermosa mata de cabello rizado, que parece trigo tostado, le cae
hasta media espalda. El cuerpo parece una estatua de Venus, perfecto y
proporcionado. Es curioso que ella se empeñe en vestir ropajes que escondan su
natural belleza. Lo que nada podría ocultar es la inocencia y la timidez que
destilan sus ojos.
Elena (o Helena) es más voluptuosa. En sus escasos 160
centímetros, no hay pausa ni se pueden contar sin marearse, la sucesión de sus
curvas. Se viste de un modo muy provocador, con tops y pantalones para sordos
(porque se pueden leer los labios). Su frescura la hace aun más deseable: parece
una flor eternamente floreciente. Y ¿qué podría decir de sus labios? Son
carnosos y de un rojo insultante, incluso sin maquillar. Al verlos deseas de
inmediato ser uno de los chupachups o piruletas que tan a menudo saborea,
mientras clava en quien la mira una mirada libidinosa.
Esta divina pareja, si ya por separado quita el hipo
cualquiera de ellas, juntas son una mezcla explosiva, pura dinamita. Cuando se
sienten observadas por algún "macho" en celo, juntan sus cuerpos y empiezan a
rozarse, sin parar de mirar a su pobre víctima. Los delicados dedos de Helena
buscan los pezones de Gloria por encima de la blusa. Gloria, en permanente
estado de excitación, cierra los ojos y suspira, de un modo tan sugerente que
hasta las piedras se conmueven. Tiernos besos en el cuello van aumentando su
atrevimiento hasta convertirse en los mordiscos de una leona, que no permitirá
que nadie toque a su presa. Y Gloria no puede pensar en otra cosa que en el
placer.
Sólo reza para que su amiga-amante no termine nunca de
acariciarla. Helena ha recorrido tantas veces ese cuerpo, que conoce incluso
mejor que su dueña dónde hay que tocarlo, cómo y cuando, para que los sentidos
de su amiga se empapen de sensaciones. Pero no lo hace. Ella le pertenece y la
obliga a pagar un alto precio a cambio de sus cuidados. Gloria está frustrada,
quiere más y más.
Nunca estará satisfecha ni saciada. Quiere que Helena la
posea por completo, y le abre las puertas de par en par. Desabrocha su atuendo y
muestra, despojada de todo pudor, sus atributos. Helena sonríe: ha caído en la
red que tan hábilmente le preparó. Con mucha calma, lo cual excita y angustia a
Gloria a partes iguales, se hace con el objeto de su deseo. Los pechos de Gloria
casi gritan desesperados por sentir el contacto de la suave piel. Sólo quieren
eso, un simple roce que siempre llega tarde y que a veces incluso les es negado.
Pero no hoy. Un pellizco en cada uno, medido para que sea lo suficientemente
fuerte para sacar a Gloria de su trance hedonista y recordarle a quién debe
tanto gozo, y una sonrisa malévola, casi diabólica. Los gemidos no se dan tregua
ya unos a otros.
Y sin avisar los labios de Helena sorprenden a su víctima. En
una armonía perfecta de besos y caricias, la boca de Helena se deleita en el
manjar de los pechos de Gloria. Está confusa: nunca hubiera aspirado a tanto.
Quiere decir algo, pero ni las palabras salen ni sabe qué decir. Helena no le da
tiempo a adaptarse a la nueva sensación y con un movimiento felino hunde su mano
derecha en el pubis de su amiga. Es una caverna húmeda que quiere explorar. Es
demasiado para Gloria. Va a estallar en jadeos, pero Helena sella sus labios con
los suyos. Su lengua compite con sus dedos en la labor de extraer todo el placer
(y otros líquidos afines) de las profundidades de Gloria. Pero no es sólo una
búsqueda física. En realidad sus espíritus se están fundiendo en las dos caras
de la misma moneda: el tributo de Afrodita.
La sangre de ambas recorre sus cuerpos como fuegos
artificiales y no hay punto en su cuerpo que no se vea invadido, anegado y
sometido por el placer.
Por fin Gloria se siente consciente de la situación y de la
plenitud de su unión. Sus deseos de ser poseída se unen a los de poseer, tan
fuertes como los otros pero dormidos hasta ese momento. Un ademán torpe logra
acercar, sin separar sus labios del néctar del deseo que mana la boca de Helena,
sus manos al cuerpo de su amiga, ahora parte de un mismo cuerpo. Son inexpertas
en estas lides, pero demuestran su capacidad de aprender en poco tiempo. En unos
instantes pueden competir en habilidad con los sutiles dedos de Helena, y entre
las dos tocan la más hermosa melodía en el arpa de sus almas.
La pudicia y el recelo han sido vencidos por completo. Nuevos
reyes se alzan en el trono de sus corazones: voluptuosidad y anhelo. Y si
deciden retirarse de la vista del resto de los mortales, no es por vergí¼enza,
sino porque no desean una interrupción en la danza de sus caricias, besos y
abrazos.
¡Yo os alabo, Gloria gloriosa y Helena, a la que nunca nadie
podrá someter al yugo del amor sino su adorada Gloria! Y aunque sé bien que
jamás podré aspirar a poseeros en la realidad, sabed que en mis sueños, mi mente
y mis escritos, haréis lo que yo ordene. No os preocupéis, que os pagaré bien
esa prenda vuestra: con la fama imperecedera, cuyo valor no puede calcularse, y
con muchos millones de suspiros, moneda de curso legal entre los amores
platónicos.
- Helena y Gloria son más que amigas. Se sienten parte de un único ser. Y además son las musas de mis arrebatos eróticos. Quiero cantarlas a ellas, cuya arrebatada y arrebatadora pasión ha provocado no pocos estragos.
admin :: nov.04.2011 :: Lésbicos :: No Comments »