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Atardecer junto al Mediterráneo

Atardecer junto al Mediterráneo (29)

Una tarde del verano pasado, como todas las tardes de todos
los domingos de verano desde hace muchos años, subí al tren en Plaí§a Catalunya y
me acerqué a la playa nudista de Sant Pol. Busqué mi lugar de siempre, donde ya
estaban los mismos vecinos de siempre. Extendí la toalla como siempre y, como
siempre, fui a darme un chapuzón en un mar que estaba tan tranquilo como
siempre. Como siempre, me adentré en el mar y desde allí, como siempre, di un
vistazo a toda la playa. En ese momento reparé que en la zona de rocas, a la que
tan solo se puede acceder desde el mar, había dos mulatas preciosas, dos
travestís sin duda ninguna, que estaban tumbadas desnudas al sol.

Dando un rodeo, salí del agua junto a ellas y al momento
reconocí a Marcela. Me acerqué, me presenté y les pregunté si podía hacerles
compañía, a lo que accedieron entre sonrisas. Fui a buscar la toalla, me hice un
sitio entre las dos y comenzamos a charlar. La amiga parecía divertida, pero
Marcela estaba prodigiosamente empalmada y yo no podía quitar la vista de encima
de aquella columna oscura y brillante por el aceite de coco, que apuntaba
amenazadora al cielo como un misil de largo alcance. Con aquella visión empecé a
tener mucho calor, así que aunque todavía no me había secado, decidí volver a
bañarme. Antes de entrar en el agua, me agaché en la orilla para mojarme la
cara, cuando oí un silbido a mis espaldas y un piropo dedicado a mi culo.
Intenté serenarme un poco nadando en el mar, sin embargo, todos mis esfuerzos
fueron en vano, en cuanto llegué nuevamente a mi sitio y me rocé la polla con la
toalla, empezó a enderezarse instantáneamente.

Cuando me tumbé entre las dos, vi que la amiga también había
decidido unirse al sindicato de erecciones, así que cuando estuvimos los tres
juntos sobre nuestras toallas, por un instante se pudo ver nuevamente a las tres
torres gemelas alzándose desafiantes junto al mar. Marcela, sin decir palabra,
me puso un buen chorro de aceite de coco en la polla, la cogió con las manos y
empezó a masajearla con dulzura. La amiga se levantó, situándose delante de mi
se arrodilló, de tal forma que su polla oscura, rígida y maciza, entro en mi
boca y empezó a moverse follándome sin parar, mientras yo le masajeaba los
huevos chorreantes de sudor. Para tener un mejor equilibrio me aferré con las
manos a sus nalgas lustrosas y empecé a masajearlas hasta que mis dedos
resbalaron hasta la frontera de su culito abierto. Ella cogió mi cabeza y me
ayudó, acompañando el movimiento de balanceo. Mientras tanto, Marcela se estiró
sobre las toallas y se metió casi toda mi polla en su boca. Succionando con
maestría y habilidad, me separó las piernas con su mano, lanzó sobre mis huevos
otro chorro de aceite y comenzó a masajearlos en círculos que se fueron
ampliando. Su mano llegó hasta mi ano, empapado de aceite y sudor, y deslizó uno
de sus dedos, que se coló dentro sin esfuerzo. Metió un dedo y después otro
hasta que tuve tres entrando y saliendo de mi culo.

El sol se estaba poniendo sobre el mar, sin embargo aún
calentaba. Estaba a punto de correrme y tenía un calor insoportable. El sudor de
la amiga de Marcela, se deslizaba por su vientre, empapaba su vello púbico y
caía sobre mi cara en gruesas gotas. El aroma de aquella polla mulata, bañada en
su propio sudor y mi saliva, deslizándose entre mis labios y sobre mi lengua,
golpeando el paladar rítmicamente, era embriagador. Marcela se incorporó, me
levantó las piernas que quedaron atrapadas bajo los brazos de su amiga. Apoyó el
inicio de su desmesurado pollón contra mi ano y presionó con suavidad. Su verga,
dura, ardiente y rígida como una viga de acero al rojo comenzó a abrirse paso
dentro de mí. Por un momento sentí un dolor y un escozor indescriptibles
mientras mi cuerpo se abría, desgarrándose, dejándose penetrar. Pero, el dolor
fue momentáneo, en seguida sentí una oleada de placer celestial cuando pude
notar como su tranca inexorable entraba una y otra vez en mis entrañas y sus
huevos golpeaban contra mi culo.

Ensartado por la boca y el culo, notaba como la polla de
Marcela penetraba profundamente en mi interior mientras me asfixiaba de placer
tragándome la polla de su amiga. Todo lo que podía ver si levantaba la vista
eran un par de enormes pechos siliconados, bañados de transpiración, lanzando
sobre mi cara una lluvia de sudor. Tenía la sensación de que con la fuerza con
la que embestía, y el tamaño descomunal de su tranca, en cualquier momento
podría partirme en dos. Mi polla, sin ninguna ayuda, también estaba a punto de
explotar, sentía como si estuviese reteniendo la lava de un volcán a punto de
estallar. No obstante, no quería correrme tan rápido, así que aparté con
suavidad a la amiga. Me incorporé, puse a Marcela a cuatro patas, tomé el bote
de aceite de coco y empecé a jugar con su ano para preparar la introducción de
mi polla. Ella tomó su propia verga dura como el acero y empapada en el aceite
que se deslizaba desde su culo y empezó a acariciársela. Era un visión divina,
delante de mí, sobre sus piernas musculadas, sus nalgas, dos órbitas perfectas
de piel morena, entre ellas se podía ver su ano, abierto de par en par, y
debajo, tras unos huevazos inmensos que formaban una esfera oscura, la mano de
Marcela deslizándose a lo largo de su columna de brillante azabache. Me apoyé en
su culo, y después de un par de intentos conseguí que se deslizará dentro sin
esfuerzo y empecé a arremeter con pasión.

La amiga, que había seguido mi movimiento, se situó detrás de
mí y a su vez empezó a embestirme a mí. Al sentir que me volvían a encular, sin
poder contenerme, me corrí dentro del culo de Marcela. Y cuando aún no había
acabado de salir toda mi leche, la amiga se corrió dentro de mi culo. Marcela al
oír nuestros gemidos, también descargó su semen sobre las toallas. En su
orgasmo, pude sentir los espasmos de su ano sobre mi polla, exprimiendo los
últimos restos de placer de mi cuerpo. Estuvimos aún unos minutos unidos los
tres, sin decir una palabra, mientras nuestras pollas se deshinchaban dentro de
los otros. Después nos dimos un baño, nos vestimos y fuimos a cenar a la terraza
de un restaurante de Caldetes. Aquella noche decidimos pasarla los tres juntos
en el Hotel Colón. Pero esa es otra historia, sin duda mucho más excitante.

 

Resumen del relato:

    Despertar al placer (Travestismo)

    Despertar al placer (Travestismo) (29)

    Siempre me a gustado travestirme, desde mi infancia como un
    juego, la excitación de descubrir lo prohibido en mi adolescencia y el despertar
    al placer durante mi joven vida adulta.

    Lo que les relato en estas líneas son los comienzos de ese
    sinuoso camino de mi adolescencia, en donde descubrí el inmenso placer que
    recibía al vestirme con ropitas de mujer.

    Esas largas horas recorriendo los cajones en busca de ropa de
    mis hermanas o de mi madre, de probarse, arreglarse maquilarse y que terminaban
    en el tremendo gozo de una masturbación vestida de mujer.

    En cuanto la casa quedaba vacía, mi transformación daba
    inicio. Primero siempre empezaba revisando la ropa de mi hermana mayor, era mi
    colección preferida. Siempre tenia Tops ajustaditos, minifaldas, Lencería de
    primer nivel, zapatos tacones alto, vestidos provocadores, etc. Ella era alguien
    muy bella físicamente y sexualmente activa por lo cual le encantaba calentar a
    los hombres vistiéndose provocativamente, afición que yo comparto con ella.

    Recuerdo algunos conjuntos celebres, como vestirme de
    colegiala usando la ropa de mi hermana pequeña, la cual me quedaba ajustadita y
    sexy, o vestirme de putita usando ropa de mi hermana mayor como tacones,
    minifalda , tanga y tops con transparencia. La excitación que sentía al rozar mi
    pene con esa ropa que llevaba puesta me daban una erección inmediata, la cual
    calmaba con una frenética masturbación que manchaba toda la ropa que usaba (La
    cual lavaba después, por supuesto).

    Con un poco de tiempo empecé a maquillarme, depilarme los
    sectores en los que tenia bello (soy prácticamente lampiña por naturaleza) y
    practicar poses y gestos característicos de las mujeres. Como la altanería y la
    fuerza que proyectaba mi madre, la inocencia y la dulzura de mi hermana menor o
    la sexualidad y seducción que proyectaba mi hermana mayor. Fui sintiéndome cada
    día un poquito mas mujer, mis juegos sexuales se extendían y empecé a explora un
    mundo nuevo a través del estimulo anal. Me excitaba muchísimo la idea de poder
    chuparle la verga a un hombre, escucharlo gemir, saber que le estoy dando placer
    y sentir como explota de gozo entre mis labios y me regala toda esa leche para
    mi. Pero sin embargo me preguntaba si sentiría el mismo placer al ser penetrada
    por un hombre y empecé a estimular mi anito para ver como respondía.

    Como dije, se abrió un nuevo mundo ante mi. Primero empecé a
    penétrame con mis propios dedos, pasaba horas “acariciándome” el agujerito y
    sintiendo el placer que esto me proporcionaba, después de un tiempo quería mas.
    NECESITABA mas, me empecé a penetrar con objetos de mayor tamaño. Pasaba
    secciones increíbles donde, vestidita de puta, me penetraba con objetos
    similares al pene, gemía de placer y por mi cabeza pasaban miles de fantasías:
    Con hombres desconocidos de grandes vergas, con compañeros a los cuales había
    visto masturbarse (y luchado el deseo por mamarles esas ricas pijas en ese
    momento, aunque no resistí mucho) amigos/as de Internet que me excitaban
    contándome sus fantasías o hasta mi propio padre, por el cual siempre e tenido
    un fuerte deseo sexual oculto.

    Me imaginaba siendo seducida, seduciendo, siendo forzada,
    sintiendo como me manosean o como me penetran con una brutalidad animal para
    estallar en un gozo infinito, o sintiendo a dos machos de grandes proporciones
    uno tratando de partirme mi culito y otro inundándome la boca de leche. Con
    estas fantasía sentía un placer inmenso y me penetraba de distintas formas ,
    suave y cariñosamente simulando el acto de hacer el amor, o desgarradora y
    brutalmente como si hubiera calentado a alguien a tal punto que no se pudo
    contener y me viola sin ningún recaudo.

    Así transcurrió parte de mi adolescencia, desbordada por lo
    nuevo y excitante de el mundo que descubría cada día. Llegué a sentirme mujer, a
    satisfacer mis ardientes deseos o a encontrar un inmenso apoyo en gente como mis
    amigos/as o mi hermana mayor. La cual comprendió a la perfección mi naturaleza y
    con al que vivo ahora, para sentirme mujer las 24hrs. Pero esas son otras
    historias que les contare mas adelante. Por ahora, hasta luego

    P.D.: Si quieren escribirme para comentarme algo, preguntarme o simplemente
    para conversar escríbanme a esta dirección.
    POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO

     

    Resumen del relato:
      Mis comienzos por un camino sinuoso y confuso, pero lleno de gozo.

    Era una de esas noches tórridas de verano

    Era una de esas noches tórridas de verano (29)

    Me había ido a dormir temprano,
    la barahúnda, los golpes y las maldiciones que acompañan al camión
    de la basura me despertaron. Cuando levanté la mano y toqué mi
    frente, me di cuenta de que estaba empapada, mis cabellos bañados, liándose
    entre ellos en formas caprichosas sobre mis ojos como hiedra sobre la pared.
    Mi piel calada, engomada a las sábanas convertía la cama en algo
    angustiosamente acuoso. Era una de esas noches de verano en Barcelona singularmente
    tropicales, cuando las paredes arden, transpiran y su aliento cálido
    devora el aire del interior de las viviendas. Me asomé a la ventana buscando
    un poco de aire fresco, mojando de sudor un alféizar que no había
    conocido ni la humedad del agua ni la proximidad de una bayeta desde que me
    había trasladado hacía un año. El camión había
    desaparecido llevándose con él a la pequeña horda de tártaros
    dementes que lo alimentaba. De él tan solo quedaba un eco de cachiporrazos
    y un motor que se alejaba, un rumor sordo disipándose en el interior
    de las callejas de Ciutat Vella.

    Asomado a la ventana miraba sin ver la calle desierta, alumbrada por la luz
    pajiza de las bombillas de sodio de las farolas, adormecido por el ronroneo
    del tráfico en el Paral·lel, cuando un repiqueteo presuroso interrumpió
    mis ensoñaciones. Por un extremo de la calle aparecieron un par de travestís
    cabrioleando con prisa por una de las aceras, encaramadas en equilibrio inestable
    sobre brillantes zapatos con finos tacones de aguja. Lucían vestidos
    de vivos colores, terminados en escuetas minifaldas que, incluso en la distancia,
    realzaban apeteciblemente la rotundidad de sus culitos. Uno de ellos, una “mulatona”
    azabache de melena dorada, debía medir cerca de un metro noventa, tenía
    una hechura espléndida y bajo sus musculadas piernas de defensa central,
    los tacones se clavaban con poderío sobre el cemento de la acera. La
    otra travestí, que casi quedaba oculta bajo la sombra de su colega, mediría
    poco más de uno setenta, sin embargo, realzado por el blanco de su vestido,
    su cuerpo era la esencia concentrada y purificada de la lascivia. Me desvelé
    instantáneamente y desde la altura en que me encontraba me sentí
    fascinado por la perfecta cadencia de sus nalgas bamboleándose a uno
    y otro lado con frenesí, intentando mantener el paso, casi volando sobre
    la acera.

    Sin dudarlo, de un solo salto, desde la ventana entré en el dormitorio,
    me puse una camiseta de algodón, unos tejanos viejos, cogí la
    cartera y las llaves de casa y bajé trotando las enormes y solitarias
    escaleras hacia la puerta de entrada principal. En el silencio de la noche me
    asustaba oír el estruendo de mis propios pasos saltando los escalones
    de dos en dos. Intenté alcanzar a la pareja antes de que llegaran a la
    Ronda Sant Antoni. Quería tantearlas con alguna ocurrencia, preguntarles
    si estaban dispuestas a acompañarme a mi apartamento – por supuesto,
    si mi presupuesto me lo permitía -, y, quien sabe, si no llegábamos
    a un acuerdo, quizá obtener uno o dos besos de regalo. Sin embargo, no
    había descendido lo suficientemente rápido. La calle estaba tan
    yerma y muda como antes. Cuando llegué hasta la esquina, ellas habían
    desaparecido. Supuse que tenían que haber cogido un taxi y estarían
    yendo hacia una conocida discoteca del centro de Barcelona, preparadas para
    iniciar la velada.

    Desalentado, volví a subir a casa pensando que debía sosegarme
    lo suficiente para poder volver a dormir. Quizá miraría la televisión,
    quizá jugaría con el ordenador, o me abandonaría a la casi-vida
    virtual, o quizá escucharía algo de música y, casi con
    toda seguridad, me masturbaría con desesperación, en fin cualquier
    cosa que me serenase. Pero, mientras subía sudando los inacabables peldaños
    de la escalera, tramo tras tramo, la visión del delicioso balanceo del
    culito de la travestí más pequeña no abandonaba mi sobrecalentado
    cerebro. Cuando abrí la puerta de mi apartamento y volví a sumergirme
    en el viciado aire caliente que parecía abrasarlo todo, lo decidí:
    iría a follar con él esa noche, costase lo que costase. Sin pensarlo
    busqué las llaves del coche, fui al “parking” y me dirigí
    al “Di-ver-ti-do”, acelerando al máximo, sin respetar ningún
    semáforo, intenté llegar antes que su taxi.

    Al entrar en el local, en la penumbra interrumpida por las luces multicolores
    no pude distinguir ni la melena vikinga de la grandullona ni a su apetitosa
    acompañante. Era la una y media de la madrugada y otras doce o trece
    travestís estaban ya en la sala, meneando con salero sus lindas posaderas
    al son pegadizo de la música de sevillanas. No obstante, lo excitante
    que pudiese resultar la imagen, yo ya había hecho mi elección
    esa noche. Puesto que podía tardar en aparecer, resolví sentarme
    frente a la barra y a pedir una cerveza. Después de la primera cerveza
    y su consiguiente ración de ritmos andaluces, vino una segunda acompañada
    esta vez por los grandes éxitos de los años setenta, y después
    una tercera, adornada con ritmos caribeños, pero, después de las
    tres cervezas y la mixtura de ritmos cargantes, mi princesita seguía
    sin aparecer.

    Estaba ya descorazonado, pensando en “desahogar mi lujuria” en compañía
    de cualquier otro de los travestís que pululaban por el local, cuando
    ella entró en la discoteca. Tan solo abrir la puerta, debió darse
    cuenta de mi interés, ya que dio un rodeo para pasar junto a mi. Al pasar,
    me miró sonriendo y rozó mi pierna de una forma muy discreta.
    Mi polla comenzada ya a alborotarse con alegría dentro de mis calzoncillos.
    Los otros clientes de la barra, que a esa hora ya estaba abarrotada, parecían
    no haberse dado cuenta, concentrados en tararear el último éxito
    de Enrique Iglesias.

    En un segundo pase, la menudita todavía se acercó por detrás
    y me pellizcó el muslo. Era la invitación que necesitaba. Cuando
    la miré mientras se alejaba, ella me hizo un gesto inequívoco
    con la cabeza para que la esperase fuera. Llamé la atención del
    camarero lanzándole un beso con los labios, pagué la cuenta y
    salí tras ella. Una vez en la calle, entré en mi coche y, al ponerlo
    en marcha, ella se coló por la puerta del acompañante. Con solo
    mirar sus ojos supe que aquella noche no habría ternura, que no habría
    un beso en la frente, ni un mimo, ni una caricia. Supe que ella me perdería
    en un océano de vicio, sin una brizna de dulzura.

    Bianca – este, era su nombre -, cuando ya habíamos abandonado la calle
    Tusset y volábamos hacia mi apartamento, desabotonó la parte superior
    de su vestido, de modo que pude admirar sus pechitos. Parecían de una
    chiquilla de trece o catorce años y me hicieron recordar los tiempos
    del colegio, cuando jugueteaba con tetitas muy parecidas. Mientras meditaba
    sobre esto, su mano se deslizó hasta mis muslos, buscando un modo de
    abrir la enrevesada botonera de los tejanos. Allí, mientras conducía
    de forma delirante mi coche, sacó mi polla, se inclinó sobre ella
    y comenzó a acariciarla con su boca y lengua. La lengua era de terciopelo,
    lamía con tanta suavidad, y su boca estaba tan caliente que en un momento
    me sumergí en un mar de sensaciones. Delante de mis ojos, entre los faros
    traseros de los otros coches, las luces de los semáforos y las imposibles
    motitos de los repartidores de pizza a domicilio, comenzaron a centellear nuevas
    lucecitas. Empecé a sentir una serie de pequeñas descargas eléctricas
    y mi polla comenzó a alzarse aparatosamente. Ella me miró a la
    cara y sonrió con picardía, yo cerré los ojos para permitirle
    que siguiera, al tiempo que mi pie presionaba el acelerador, y la sensación
    que tuve cuando volvió a chupar me hizo pedirle que parara antes de que
    me corriera en su boca allí mismo o acabáramos con la mitad de
    la flota móvil de “Tele-Pizza”.

    No sé si fueron mis súplicas entrecortadas o la visión
    fugaz de su propia vida lo que hizo que estuviese de acuerdo. A partir de ese
    momento, y mientras cruzábamos la Gran Vía a más de noventa
    kilómetros por hora, empezó a acariciar mi pene con suavidad,
    conduciéndome a una sensación más relajada. Cuando entramos
    como una exhalación en las angostas calles de la Ciutat Vella, aún
    no había conseguido reducir lo suficiente la velocidad como para afrontar
    el primer giro con garantías suficientes de salir con vida, así
    que pisé con fuerza el freno y las ruedas aullaron sobre el asfalto caliente.
    Busqué un hueco donde estacionar, con tanta fortuna que dejé el
    coche aparcado en el único paso cebra del barrio.

    Abandoné el coche en aquel lugar, sin preocuparme del futuro próximo.
    Subimos a mi piso y en cuanto cerré la puerta la tomé entre mis
    brazos, y la besé en los labios. Su lengua se movía con maestría,
    y sus manos, dotadas cada una de ellas de voluntad propia, se paseaban sobre
    mi cuerpo con violencia. Me cogió por el pelo y estiró mi cabeza
    hacia abajo, llevándola a su entrepierna. Me coloqué de rodillas,
    levanté su faldita retirando con dificultad la diminuta braguita que
    llevaba y pude comprobar por su pene oscuro en erección y la pequeña
    mancha que había dejado en la tela de la braga que ella estaba tan excitada
    como yo. Sentí el calor del pene desnudo de Bianca y toda la dureza de
    ese palo cerca de mi cara. El aroma salado y acre a sexo que despedía
    era embriagador.

    Tomé su rabo con toda la delicadeza de que fui capaz y comencé
    a acariciarlo con los labios y la lengua: primero con el extremo de la lengua,
    la punta del pene y el meato, con un movimiento circular, muy, muy pequeño…después
    me deslicé con mi lengua hasta el pliegue del prepucio, recorriéndolo
    también en círculos… todo muy lentamente. En ese momento
    Bianca se apoyaba contra la puerta de entrada, gemía ruidosamente y continuaba
    estirándome el pelo con tanta fuerza que los ojos se me llenaron de lágrimas.
    Descendí con la lengua ensalivada por el balano hasta llegar a sus testículos
    perfectos, aterciopelados y redondos. En ese momento abandoné la delicadeza
    anterior y de un solo golpe, introduje su polla en mi boca hasta que su vello
    púbico, teñido de rubio, golpeó contra mi nariz, sintiendo
    ese sabor y ese olor que tanto me gustan.

    Bianca se apartó de mí bruscamente y me pidió que la dejase
    ir al baño. Cuando se lo mostré me ordenó que me arrodillase
    delante suyo, mientras ella se situaba de pie frente a mí. Con las dos
    manos apuntó hacia mi su polla erecta y mientras la miraba boquiabierto
    empezó a orinar sobre mí en un gracioso arco dorado. Aquello me
    encantó. En un tiempo eterno sentí las gotas doradas de lluvia
    resbalar por mi cara, mi pecho, sobre mi vientre y mi propia verga. Cuando hubo
    acabado volví a lamer su polla, limpiando con la lengua las últimas
    gotas bruñidas que resbalaban sobre aquel tubo ardiente. A continuación
    me ordenó:
    ¡Date la vuelta, la frente en el suelo, las manos en la espalda y las
    palmas hacia arriba!
    Hice lo que me pedía y quedé con la frente sobre las baldosas
    calientes del cuarto de baño, encharcadas por los meados de Bianca. Noté
    el calor acuoso de su lengua sobre mis nalgas. Podía sentir como se paseaba
    con lentitud y la humedad de su saliva. En pequeños círculos descendió
    hasta mi culo e introdujo la lengua con facilidad, una y otra vez, follándome
    sin piedad con ella. En un momento se separó y masajeó el esfínter,
    preparándolo, luego introdujo un dedo poco a poco con movimientos circulares,
    lubricándolo con su saliva. Aquel dedo entraba y salía con una
    suavidad celestial. Mi agujero se fue relajando, y en muy poco tiempo permitió
    el paso de dos dedos.

    Yo humedecí mis dedos con saliva y me lubriqué la polla con ellos.
    Cuando noté que su nabo intentaba abrirse paso dentro de mi culo comencé
    a acariciarme el capullo, sentía entrar su verga con suavidad y mi culo
    se abría ante la invasión sin oponer mucha resistencia. Miré
    hacia atrás y contemplé una escena gloriosa: el cuerpo moreno
    y delicado de Bianca, bañado en sudor, se arqueaba hacia atrás,
    de forma que proyectaba hacia adelante aquel rabo fogoso, que yo notaba desaparecer
    rítmicamente entre mis glúteos. Sus manos se apoyaban y acariciaban
    mis costados, mi vientre y mis nalgas. Dirigí mi mano libre hacia atrás
    y agarré sus cojones, que golpeaban mis nalgas cuando su polla alcanzaba
    la máxima profundidad.

    Bianca poco a poco aumentó el ritmo, el ímpetu de sus envites,
    la fuerza con que sus manos golpeaban mis nalgas que estaban en carne viva,
    y el volumen de sus gemidos, que ya se debían oír en toda Ciutat
    Vella. Con una potencia sobrehumana empujaba mi cuerpo que se deslizaba con
    las piernas muy abiertas sobre las baldosas orinadas. Yo seguía masajeando
    mi polla, aguantando aquella embestida feroz, y ya estaba a punto de explotar
    y descargar catarata de semen cuando Bianca, aullando, clavó sus uñas
    en mis nalgas, y sentí las convulsiones de su corrida en mis entrañas.
    Se quedó de rodillas, con el culo apoyado en sus talones, la cabeza gacha,
    totalmente extenuada, y con cara de haber dado todo lo que tenía dentro.
    Yo aún tenía munición en la recámara y la retención
    había sido excesiva. No podía continuar resistiendo. A pesar de
    mis esfuerzos me corrí con salvajismo. El chorro de semen se disparó
    contra mi pierna, se deslizó y, finalmente, se mezcló con los
    orines del suelo. Las contracciones de mi orgasmo estrangularon rítmicamente
    la polla de Bianca dentro de mi ano y pude escuchar un suave gemido cuando esas
    convulsiones exprimieron las últimas gotas de leche de su polla.

     

    Resumen del relato:
      Una noche de mucho calor en Barcelona, tras despertarse, ve a dos travestis con los que tendrá una excitante experiencia.

    Bianca

    Bianca (29)

    Aquella era, sin duda, otra noche perdida.
    Una cena más con mis amigos había
    acabado demasiado pronto. Remontaba sin prisa las calles del Eixample de
    Barcelona. Era un paseo agradable en una noche de primavera. Al cruzar la
    Diagonal, el tumulto de los asiduos a las salas de fiestas de la calle
    Aribau me desvió por una pequeña calle hacia Tuset. En el camino
    las luces
    de neón de una pequeña discoteca me llamaron la atención,
    decidí tomar una
    copa y escuchar algo de música antes de continuar mi paseo. El conserje
    me
    cobró un precio ridículo que incluía una consumición
    y me abrió la puerta.

    Al abrir la puerta me zambullí en un
    mar de cuerpos sumergidos en humo de
    cigarrillos y música de sevillanas. Del lavabo de señoras, salían
    y entraban
    chicas cruzando una puerta perennemente abierta. Atraído por su descaro
    me
    detuve a observarlas. Estudiaban sus imágenes en el espejo, se pintaban,
    reían sin dejar de charlar entre ellas, hablaban con otras personas mediante
    sus teléfonos móviles, bailaban, admiraban su propia gloria frente
    al
    espejo. Una de ellas levantó la taza del urinario y comenzó a
    orinar de pie.
    Sorprendido, buceé entre los cuerpos hasta la barra y aullando para hacerme
    oír pedí una cerveza.

    Mientras esperaba que el camarero acabase de
    discutir con alguien en el otro
    extremo del muro de clientes, una mano me rozó el hombro y una voz me
    saludó
    desde detrás. Cuando me giré, una mirada diabólica y celestial
    me traspasó,
    proyectada desde el brillo letal de unos ojos de pantera que me deslumbraban
    escondidos bajo el alero infinito de unas pestañas interminables. Me
    despertó la sonrisa de unos labios oscuros y brillantes, entre los cuales
    unos dientes perfectos iluminaban el interior de una boca deliciosa.
    Finalmente, la aparición me habló con una voz profunda y acariciadora.
    El
    corazón se disparó dentro de mi pecho.

    Comenzamos a charlar. Se llamaba Bianca, era
    una travestí sudafricana. Solía
    trabajar en espectáculos de variedades fuera de la ciudad. Aquella noche,
    afortunadamente, estaba en Barcelona. Mientras hablaba, arrullándome
    con la
    dulzura de su timbre y empujada por el público que abarrotaba el local,
    se
    aproximó tanto a mi que su perfume y el aroma de su piel me inundaron.
    El
    recuerdo de esa sensación aún hoy me embriaga. Aquella fragancia
    excitante
    era tan poderosa que ha sido capaz de traspasar los paredes del tiempo para
    llegar hasta mí una y otra vez.

    Su conversación era chispeante y amena,
    su castellano era prácticamente
    perfecto. Parecía conocer a mucha gente del mundo del espectáculo.
    Las
    anécdotas se sucedían unas otras y sus ocurrencias eran insólitas.
    Era una
    delicia oírla, no podía para de reír y escucharla. Estuvimos
    más de tres
    horas unidos el uno al otro en aquella barra mientras el camarero, que en un
    primer momento me había parecido un cretino antipático, nos invitaba
    y se
    unía a la conversación.

    En un momento dado se hizo el silencio y nos
    besamos dulcemente. Decidimos
    ir a su casa que estaba no muy lejos, en Gracia. En el camino no podía
    dejar
    de mirarla, ella solo caminaba y diría que danzaba junto a mi. Su falda
    blanca, balanceándose al ritmo de sus caderas, era capaz de hipnotizarme.
    Al
    llegar al edificio y mientras subía una estrecha escalera tras ella pude
    admirar el culebreo admirable de sus piernas de bailarina sobre sus tacones
    de aguja color de plata.

    Cuando cerró la puerta del piso nos
    volvimos a besar con pasión. Sentía la
    dureza de su cuerpo perfectamente esculpido apretado contra mi. Su lengua
    vertía un veneno embriagador en mi boca. Sus labios se movían
    con maestría,
    ternura y lascivia. Mordió los míos suavemente, una y otra vez,
    cada vez con
    más intensidad. Aquel dolor tan suave contrastando con la húmeda
    calidez de
    su lengua inacabable me excitó. Mi miembro estaba cada vez más
    duro,
    comprimiéndose contra la goma elástica de mi ropa interior. Ella
    me
    desabrochó los pantalones y acarició el bulto inflamado que se
    expandió
    liberado. Mis manos se deslizaron sobre su espalda. El tacto de su piel
    tenía la calidad tersa y pulida de las manzanas nuevas. Las yemas de
    mis
    dedos no podían dejar de sentir ese contacto tibio una y otra vez.

    Se separó de mi, me tomó de la
    mano y fuimos a una pequeña habitación donde
    había una pequeña cama. Bianca se desembarazó de su vestido
    y de los
    sujetadores, los depositó en un sillón y se giró hacia
    mi. Mil sensaciones
    se despertaron en mi, temblando dulcemente ante la belleza de aquel cuerpo
    inmortal en todo su esplendor. En la tenue luz de aquella habitación,
    su
    piel brillaba oscura, contrastando con la blancura de sus braguitas y sus
    zapatos bruñidos. Sus pechos eran admirables, compactos, rotundos,
    definitivos. Los pezones se disparaban hacía mi afilados. Sus abdominales
    perfectamente delineados trazaban una senda irresistible hacia sus braguitas
    en cuyo abultamiento se adivinaba la tibieza de un pene exquisito. Sus
    piernas eran dos largas columnas divinamente torneadas acabadas en unos
    tobillos preciosos en los que se iniciaban los pies más bellos que un
    ser
    humano pueda poseer.

    Tanta belleza me abrumó. Me arrodillé
    frente a Bianca, la abracé y comencé a
    besar su cintura. Ella se apoyó contra el sillón en el que había
    dejado su
    ropa, me sonrió y me ofreció una de sus piernas. La tomé
    con las manos y la
    acerqué a mi. Besé su rodilla, apoyando con suavidad los labios.
    El mundo
    desapareció de mi vista. Solo podía concentrarme en cada centímetro
    de su
    piel. Su aroma seguía siendo una droga poderosa que me embriagaba. Descendí
    hasta su tobillo. Desabroché el zapato y se lo quité con suavidad.
    Aproximé
    los labios a aquel pie soberbio y lo besé. Su sabor, ligeramente más
    fuerte
    que el resto de su piel penetró como una puñalada en mi cerebro.
    Lamí su
    superficie deliciosa. Introduje entre mis labios apretados, uno a uno, cada
    uno de los dedos de su pie y los sorbí, simulando que cada uno de aquellos
    pequeños follaba mi boca. Mi lengua se deslizó encantada sobre
    su empeine,
    tocó con dulzura su planta, exploró todos los espacios y recovecos.
    Después
    tomé el otro pie y le dediqué el mismo tiempo y adoración.
    Estaba tan
    excitado que apenas podía pensar. Mi miembro, encarcelado en el slip,
    formaba un prominencia en cuyo extremo brillaba una mancha húmeda. Levanté
    la vista hacia ella. Sus ojos resplandecían. Sonrió, se inclinó
    suavemente y
    me volvió a besar.

    A continuación se dio la vuelta, se
    apoyó en el sillón, ofreciéndome la
    parte posterior de sus piernas y su culito levantado. Era una visión
    celestial. Dejé que mi boca gozase de la delicia de sus piernas
    maravillosas. Me deslicé sobre la curvatura firme de sus nalgas. Su piel
    era
    aún más delicada, tensa y deliciosa que en el resto de su cuerpo.
    Con la
    lengua aparté su tanga, separé sus nalgas y admiré la perfección
    de su culo.
    La piel, suave, se plegaba hacia su interior y solo una sombra de vello lo
    rodeaba. Un aroma discreto, dulce e intrigante emanaba exaltado por su
    excitación y un sutil sudor. Al rozar aquella superficie sensible con
    mi
    lengua, ella dio un respingo y escuché un gemido. Primero, repasé
    la
    superficie exterior con suaves toques, después me dejé arrastrar
    hacia el
    interior de aquel paraíso delicioso. A medida que mi lengua se encantaba
    con
    todos y cada uno de los pliegues de su ano, su palpitante esfínter se
    iba
    abriendo con dulzura. Mientras tanto mi mano acariciaba la superficie rugosa
    de sus testículos, los apretaba con suavidad, tiraba de ellos, y,
    finalmente, se perdía en la tersura de su miembro completamente erecto.
    Pequeñas gotas humedecían mis dedos cuando se aproximaban a su
    capullo.

    En el silencio de la habitación solo
    se podía oír mi respiración sofocada
    entre sus nalgas y sus suaves gemidos. En un momento dado apoyó su mano
    en
    mi cabeza y me dijo: “necesito follarte”. Me levanté, me quité
    los
    pantalones y ocupé su posición, apoyado en el respaldo del sillón,
    ofreciéndole mi culo. Bianca se arrodilló y me empezó a
    besar. Era una
    sensación penetrante y agradable. Se aproximó a mis nalgas y las
    abordó con
    su lengua y sus dientes. Forcé mi posición para que el acceso
    a mi culo
    quedase bien despejado. Entonces ella con las manos me separó las nalgas
    y
    siguió el trazado de mi canal con su lengua ensalivada. Notaba como su
    cabello me rozaba levemente las nalgas, y el calor de su aliento. Me
    deshacía de placer, electrizado pensando en su penetración, cuando
    llegó a
    mi ano. Lo rodeó con el apéndice jugoso de su lengua mojando toda
    la
    superficie. Empujó su lengua dentro del agujero y no pude reprimir un
    suspiro, mezcla de dolor y de placer.

    Noté como uno de sus dedos, cubierto
    de vaselina se deslizaba dentro de mi
    ano. Después, un ligero dolor cuando añadió un segundo
    dedo. Los deslizó
    alternativamente, de dentro a fuera y describiendo en pequeños círculos.
    Continuó añadiendo vaselina y trabajando con sus dedos hasta que
    ella
    decidió y yo aprecié que ya estaba bastante dilatado. Advertía
    mi culo
    extremadamente abierto y el extremo encendido de su polla deslizándose
    con
    dulzura en la entrada. Deseaba ser follado, codiciaba aquella adorable
    pollita que había visto por primera vez oculta tras la blonda de sus
    braguitas. Bianca me besó con dulzura en la nuca, empujó un poco
    e introdujo
    el glande. Se me escapó un lamento provocado más por el deleite
    que por una
    mínima sombra de dolor. Sentí su miembro deslizarse en mi interior
    hasta que
    su vello púbico rozó mis nalgas. Mi esfínter se estremeció.
    Clavó sus uñas
    en mis hombros y empezó a agitar sus caderas. Al principio lentamente,
    sacando sólo una fracción de su deliciosa pollita para aumentar
    en cada
    ocasión el ritmo y la amplitud de la embestida. Involuntariamente apretaba
    los músculos de mi esfínter para aprisionar su miembro. Mientras
    tanto, mi
    miembro, completamente excitado, aplastado contra su falda que había
    dejado
    en el respaldo del sillón estaba a punto de estallar. Cada vez que ella
    se
    movía dentro de mi, mi polla se deslizaba sobre la falda. El placer era
    indescriptible. No era capaz de pensar en nada, únicamente en las
    sensaciones que sentía: la polla de Bianca dentro de mi culo, deslizándose
    muy adentro, sus caderas y su vello púbico golpeando rítmicamente
    mis
    nalgas, el roce de sus durísimos pezones, su cabeza apoyada en mi espalda
    y
    sus manos pellizcando mis tetillas. Me despertó un gemido y unas palabras
    confusas en inglés. Supe que se había corrido dentro de mi. No
    pude resistir
    más, un momento antes del éxtasis más profundo de mi vida,
    sentí el calor
    del líquido seminal manando a borbotones de mi miembro.

    Estuvimos muy quietos durante un buen rato.
    Notaba mi esfínter latir
    mientras el semen continuaba brotando de mí muy lentamente. Finalmente,
    ella
    se separó con suavidad de mi y yo del sillón. Tome su cara y la
    besé con
    ternura. Su boca, aún después de toda aquella excitación,
    seguía siendo
    fresca. Se abrazó a mi y volvimos a besarnos. Le pedí disculpas
    por las
    manchas en el vestido y me fui de su casa. A la noche siguiente volví
    a la
    misma discoteca, pero ella no apareció. Volví una semana después,
    y tampoco
    coincidimos. Seguí volviendo todos los fines de semana durante meses,
    pero
    no sé si por casualidad, o por su trabajo, ella no ha vuelto a aparecer.
    Desde entonces, cuando salgo con mis amigos alguna noche, siempre doy un
    paseo para ver si vuelvo a tener la fortuna de encontrarme con ella.

     

    Resumen del relato:
      Parecía una noche aburrida hasta que conoció en una discoteca a una travestí sudafricana muy bella que haría que su velada fuese totalmente apasionada y excitante.

    Marcela (I)

    Marcela (I) (29)

    Existen momentos que surgen insensatamente
    del olvido disgregando la imagen
    que nos hemos fabricado de nosotros mismos. Puede ser algo tan
    insignificante como un olor o un sabor que hemos experimentado en el pasado.

    Estos recuerdos dormidos emergen desde algún rincón nebuloso de
    nuestra
    memoria y nos confortan e iluminan nuestro camino como farolillos de
    verbena. La historia que voy a contar tuvo lugar hace muchos, muchos años,
    o
    al menos eso me parece a mí. En aquella época aún estaba
    realizando el
    servicio militar. Recuerdo que era una noche de domingo y que había salido
    a
    cenar con unos amigos. Después tenía que coger el coche, recorrer
    más de
    trescientos kilómetros y presentarme en el cuartel antes del toque de
    diana.

    La cena fue muy agradable y al salir acompañé a la gente a tomar
    una copa en
    un local, entonces de moda, en la parte alta de la ciudad.

    Teniendo que conducir más de tres horas en un SEAT 850 bastante tronado,
    decidí que lo mejor sería retirarse temprano, así que arranqué
    el coche y me
    dirigí a la entrada de la autopista más cercana. Aún no
    había recorrido ni
    cien metros, cuando, en una calle residencial de uno de los barrios más
    caros de Barcelona, encontré una doble fila de coches que circulaban
    muy
    despacio. No tenía más remedio que pasar por allí, supuse
    que no podría
    tardar mucho, me armé de paciencia y me situé detrás del
    último coche. Había
    avanzado apenas unos metros cuando advertí que a ambos lados de la calle
    había unas chicas espectaculares, prácticamente desnudas charlando
    con los
    conductores de algunos coches. Sus faldas eran tan cortas que por poco se
    agachasen podía ver sus culos perfectos. Me pareció extraño
    tratándose de un
    vecindario de tan alto nivel. De todas formas, era verano, había mucha
    gente
    de vacaciones y es posible que en aquel barrio no hubiese prácticamente
    ningún vecino.

    Observaba a las muchachas divertido cuando una de ellas me llamó la
    atención. Era una mulata soberbia, estaba algo apartada de las otras
    muchachas y la copa de un árbol la resguardaba de la luz de las farolas.
    Al
    pasar junto a ella la miré fijamente, ella miró hacia el interior
    del coche,
    pero no hizo ningún gesto por acercarme. Mi pulso se aceleró y
    empecé a
    experimentar un débil temblor nervioso. Continué circulando a
    la misma
    marcha lenta que hasta entonces, sin embargo, mi único pensamiento era
    adivinar como dar la vuelta para volver a ver aquella mulata deslumbrante.

    Al llegar al primer cruce, no dudé ni un instante, di la vuelta y volví
    por
    el mismo camino que había venido. Afortunadamente ella continuaba estando
    allí. Desde más distancia pude observarla mejor. Sin duda era
    una travestí,
    aunque sería más preciso decir que sin duda era una diosa travestí.
    Mi
    corazón se atropelló todavía más y la tiritona de
    manos apenas me permitía
    sujetar el volante.

    Cuando tuve la oportunidad de volver a dar la vuelta y circular por su lado
    de la acera ya no podía pensar con claridad. Nunca en mi vida había
    estado
    tan excitado. Al situarme por segunda vez junto a ella, abrí la puerta
    y la
    invité a entrar. Supongo que ella intentaría llegar a algún
    tipo de acuerdo
    económico. La verdad es que no lo sé, aunque la oía hablar,
    sus palabras no
    tenían ningún significado para mí. Afirmé con la
    cabeza, ella sonrió, entró
    y me pidió que arrancase. Me condujo hasta una calle vecina, tan despoblada
    como el resto del barrio. Bajé un poco la ventanilla y entonces la pude
    ver
    con tranquilidad. Era una verdadera preciosidad: su cabello resplandecía
    bajo la luz directa de una farola, su cabeza perfecta descansaba sobre un
    cuello bien torneado, y este se alzaba de unos hombros fornidos, todo el
    conjunto emanaba una gracia extraña que me atraía. Tiempo después
    me enteré
    de su nombre, Marcela, y la llegaría a conocer un poco mejor.

    En aquel momento me pareció que llevaba un perfume suave, pero quizá
    tan
    solo fuese el aroma de su piel mulata. Se giró hacía mi, sonrió
    y me
    preguntó que quería hacer. Yo no supe que responderle. Así
    que ella me
    preguntó si me gustaría chupársela. Aquella idea, que al
    escucharla me
    pareció algo extraña, mientras la miraba detenidamente, paso a
    parecerme
    absolutamente brillante. Marcela levantó un poco la falda descubriendo
    la
    gloria de muslos compactos y entonces, reventando unas braguitas
    semitransparentes de encaje, pude adivinar con toda claridad el mayor pollón
    que hubiese soñado en mi vida. Aún estando en reposo era tan aparatoso
    que
    aquella desdichada prenda no podía contenerlo, tendía la tela
    hasta casi
    desgarrarla, deformaba las gomas elásticas que lo aprisionaban y se escapaba
    por los lados.

    Había perdido el autocontrol y no podía resistirme, acerqué
    mi mano y
    acaricié aquella tela sufriente con mucha suavidad. Las yemas de mis
    dedos
    se sorprendieron con la húmeda calidez que despedía. Marcela se
    aproximó
    ligeramente y me besó, rozando apenas mis labios. Deposité la
    mano encima de
    su miembro y pude sentir como se movía, se enderezaba sin esfuerzo, apartaba
    la braguita y se asomaba al exterior. Ella se acomodó en el asiento y
    separó
    un poco más las piernas. Bajé la cabeza y besé el extremo
    de aquel pene
    ingente. Su prepucio, de una piel increíblemente suave, literalmente
    ardía,
    despedía el calor de los rayos de sol en las playas de Brasil. Con sólo
    aquel levísimo toque comenzó a aumentar de tamaño, hincharse
    y estirarse.

    Con el dedo aparte la tela para acabar de liberarlo. Formé un anillo
    ceñido
    con los labios, rodeando la punta, y los deslicé con toda la dulzura
    de que
    fui capaz, introduciéndome la polla en la boca.

    Recuerdo perfectamente aquel primer encuentro con su sabor: era delicioso,
    excitante, cálido, sutilmente salado. A medida que apartaba el prepucio
    con
    los labios apareció la tersa y delicada piel del capullo que se deslizó
    sobre mi lengua con suavidad. Con el dedo que apartaba la tela pude percibir
    que la polla de Marcela continuaba hinchándose sin interrupción,
    era una
    serpiente desenroscándose perezosa al sol. Comencé, con mucha
    lentitud a
    subir y bajar, envolviendo dentro de la boca aquel obelisco inflamado. Una y
    otra vez, con cada uno de los recorridos notaba como aumentaba su rigidez.

    En muy poco tiempo tomó la consistencia de una barra de acero y el capullo
    quedo completamente descubierto. Con la lengua rodeé la cabeza del miembro
    y
    entonces pude escuchar un levísimo gemido de Marcela. Me dediqué
    a pasear la
    lengua en círculos, con mimo sobre la sensible piel que forma el alero
    del
    capullo, como si se tratase una gustosa bola de helado que se deshiciese al
    contacto líquido y tibio de mi lengua.

    Después de deleitarme disfrutando de aquellos primeros movimientos de
    reconocimiento deslicé la lengua sobre el agujerito de la cabeza. Sorbí
    con
    deleite una pequeña gotita que se había formado. Lo abrí
    con mucho cuidado y
    apoyé con dulzura la lengua en el aquella pequeña abertura. Escuché
    un nuevo
    gemido. Marcela comenzó a acariciar mi nuca al tiempo que repetía:
    “así,
    así, muy bien papaíto”. Volví a rodear la polla con
    mis labios e intenté
    introducírmela entera, pero fue completamente imposible, cuando aún
    quedaba
    una porción considerable noté que si avanzaba un milímetro
    me ahogaría.

    Apoyé los dedos en el extremo libre de aquella columna de carne morena,
    al
    final pude sentir sus testículos que esperaban prietos como una bola
    de
    billar bajo la suave tela de la braguita. Empecé a subir y bajar mi boca
    alrededor del tronco incandescente. Me cautivó tanto la sensación
    de su pene
    resbalando dentro de mi boca, colmándola por completo, que estuve repasando
    el movimiento, dejándome follar por la boca, hasta que me di cuenta de
    que
    su polla estaba iniciando una pequeña serie de convulsiones.

    Me separé un momento y la miré. Marcela estaba sudando, tenía
    las mejillas
    encendidas y entre los labios jugosos entreabiertos asomaba la punta
    lustrosa de su lengua. En el mismo momento, ella también me miró
    y sonrió.

    Hablando en su simpático castellano con acento brasileño me dijo:
    “papaíto
    me estás haciendo disfrutar, pero me va a venir enseguida”. Me introduje
    un
    dedo en la boca, humedeciéndolo, y lo coloqué en la cabeza, envolví
    su
    prepucio por encima, cubriéndolo y después, moví el dedo
    imperceptiblemente
    en movimientos curvos. Ella descansaba apoyada en el reposacabezas del
    asiento, acerqué mi boca a la suya y la besé. Ella respondió
    a mi beso, sus
    labios se separaron. Su lengua se movía rápidamente y con maestría
    y pude
    beber el líquido embriagador de su saliva. Mientras tanto una de mis
    manos
    continuaba el masaje sobre el prepucio y la otra acariciaba sus testículos,
    apretándolos con ternura, estirando su piel, arañando su piel
    arrugada.

    Ella bajó totalmente el respaldo de su asiento, ofreciéndome todas
    las
    facilidades para poder disfrutando de su polla divina. Así que me aproximé
    y
    comencé a pasar la lengua a lo largo de toda de su longitud, desde el
    capullo hasta los huevos mientras que una mano acompañaba el movimiento
    por
    el lado inferior fluyendo con suavidad sobre mi saliva. Después la volví
    a
    tomar con los labios, la levanté ligeramente para que me fuese más
    cómodo e
    inicié nuevamente el movimiento de sube-baja pero haciendo un poco más
    de
    presión con la lengua y los labios. Con la mano cogí sus cojones
    y, al mismo
    tiempo que mi boca subía y bajaba, los apretaba y aflojaba la presión.
    En
    seguida, y sin dar ningún aviso previo, sentí unas convulsiones
    y mi boca se
    llenó de un líquido hirviente, denso, ligeramente salino. Brotó
    en tal
    cantidad que pensé que me iba a atragantar. Lo mantuve en la boca, mientras
    ella continuaba bombeando cada vez con menos potencia. Unos momentos después
    dejé que esos fascinantes y calientes néctares goteasen desde
    mi boca y
    resbalasen por su polla. A medida que perdía consistencia, continué
    chupando
    su polla con su leche.

    Marcela se levantó y me dio unas toallitas de papel con las que me limpié
    la
    boca y la cara. Ella, mientras tanto, secó su pollón, después
    me volvió a
    besar en los labios, devolvió su asiento a la posición vertical
    y comenzó la
    difícil tarea de volver a embutir toda la magnificencia de su trompa
    dentro
    de la prisión de aquellas exiguas braguitas. Le pregunté si quería
    que la
    volviese a dejar en la calle donde la había recogido, pero me dijo que
    por
    esa noche ya tenía suficiente, me pidió que la llevase a su casa.
    En el
    viaje se mostró simpática y ocurrente, con una forma de ser, que,
    a lo largo
    de los años, y en sucesivos encuentros me cautivaría.

     

    Resumen del relato:
      Nada mas verla se quedó prendado, era una mulata, una preciosidad, una diosa travestí, con la que perdería totalmente el control de sí mismo.

    Alejandra la travestí

    Alejandra la travestí (29)

    Esto me sucedió hace un par de semanas, luego de mucho tiempo sin ver a
    Adrián y Ricardo y sin tener otras relaciones me sentía bastante “necesitado” de
    sexo y decidí ir a la busca de algún travestí ya que siempre me atrajeron. Me
    dirigí a una zona de la Capital donde abundan y me detuve frente a uno que me
    atrajo por su gran tamaño, le pregunte si era activo y me dijo que si arreglamos
    el precio y fuimos a un hotel cercano.

    Cuando entramos a la habitación me quite la ropa el hizo lo propio y pude ver
    que si bien no era un superdotado estaba bastante bien, le practique sexo oral y
    luego el me penetro y se entretuvo un rato conmigo si bien no la pase mal no
    podría decirce que fue un encuentro estupendo. Luego el prendió el televisor y
    nos pusimos a ver una película porno donde 4 tipos se cogían a una rubia
    bastante bonita.

    No pude evitar el comentario sobre lo bien dotados que estaban los chicos y
    que bueno que era ser cogido por varios, el me pregunto si lo había hecho alguna
    vez y le dije que si, luego me comento que el tenia un amigo así de dotado y si
    me gustaría ir a su departamento para una fiestita pero que me tenia que
    aguantar que hicieran de todo conmigo a lo que conteste sin dudar que si.

    Salimos del hotel y nos dirigimos hacia tigre mientras el hacia unas
    llamadas, cuando llegamos a la casa entramos y nos estaban esperando el amigo y
    3 travestíes mas, me quite la ropa ellos también y puede ver que dos de los
    travestíes estaban muy bien dotado pero el chico tenia una verga impresionante,
    luego supe que media 28cmx7cm comencé a practicarles sexo oral un poco a cada
    uno y luego de un rato empezaron a meterme sus dedos en mi ano con gel
    lubricante, uno de los travestíes se coloco detrás mío y de un envión metió su
    verga en mi ano comenzando a cabalgarme con muchas ganas mientras yo chupaba los
    demás penes así se fueron turnando hasta que le toco el turno al chico quien sin
    muchas vueltas me metió su tremenda verga en mi ano la cual no llegaba a entrar
    toda y sentía como tocaba fondo, cuando acabo sentía su leche salir por mi culo
    era impresionante la cantidad luego se masturbaron encima mío llenándome de
    leche. Después de ser cogido varias veces por todos la cosa estaba muy subida de
    tono y querían meterme una botella en el ano a lo cual me negué, entonces el
    chico se puso violento y me metió un terrible rodillazo en los testículos cuando
    me doble por el dolor me golpeo en la cara y caí en el piso entonces se sentó
    encima mío sobre mi pecho y comenzó a golpearme en la cara mientras los demás se
    reían entonces le rogué que no me golpeara el paro me tomo de los pelos , metió
    su verga en mi boca y comenzó a orinarme. Yo me sentía muy humillado luego se
    dio vuelta quedando atrás de mi cabeza y metió nuevamente su pene en mi boca
    pero esta vez empezó a empujar hasta lograr meterlo en mi garganta y comenzó a
    cogerme por la boca hasta que acabo . Luego me dieron vuelta y empezaron a
    meterme la botella en el ano a lo que ya no me negué por miedo, la introdujeron
    en su totalidad produciéndome un gran dolor, finalmente luego de cogerme varias
    veces mas y golpearme a su antojo me dejaron ir completamente humillado y
    lastimado por sus golpes.

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    Resumen del relato:

      La Sorpresa de Yvona (II)

      La Sorpresa de Yvona (II) (29)

      Hola, ya han pasado un par de meses
      desde mi primera experiencia con Yvona. Ayer la volví a llamar y
      me dio una especial fiesta de cumpleaños, ha sido uno de los mejores
      cumpleaños.. aunque sobra decir que hoy me dolía demasiado
      el culo como para sentarme a la bartola delante de esta mesa.

      La llamé por teléfono
      y allí estaba de nuevo, radiante de belleza como siempre. Llevaba
      un vestido azul claro de vinilo muy cortito y un tanga de vinilo negro,
      estaba fresca puesto que no le daba demasiado el calor el vinilo, porque
      en su apartamento tenía aire acondicionado. Estaba con sus otras
      amigas trans, la yugoslava y la española-italiana, que respondía
      al nombre de Mónica, aunque todos y todas la llamaban ” La
      Vicio “, ¿ por qué sería ?, pues sí, os
      lo podéis imaginar… porque Mónica era una viciosa de impresión,
      rubia al igual que Dragazniva, a la que la llamaban Draga para acortar
      un poco el nombre, era yugoslava. Ambas eran altísimas, medían
      1,80 las dos, así que eran de mi altura aproximadamente, aunque
      yo soy un poquito más alto. Las tres se sentaron a mi lado y también
      Dafne, la chilena de 23 años que compartía piso con ellas.
      Pusimos una peli y me contaron por encima que tenían pensado darme
      una buena fiesta de sexo y de vicio sin límites… para dar la bienvenida
      a mis recién estrenados 21 años. Me contaron entre carcajadas
      y una fría copa de gí¼isqui lo mucho que había satisfecho
      a Yvona la vez anterior, y que tenían oído que yo era un
      buen chupador de pollas, que lo hacía realmente bien… sonreí,
      y di las gracias.

      Mónica se acerco a mí
      y me comenzó a sobar el paquete que yo lógicamente ya tenía
      bastante abultado a través de mis vaqueros viejos recortados por
      la rodilla ahora que llegaba el calor. Comencé a morrearme con Mónica
      mientras sentía su mano en mi paquete e Yvona a la que tenía
      cogida con el otro brazo empezaba a desabrocharle el vestido y yo a Yvona…
      le bajé la cremallera de su vestido de vinilo y ella se lo terminó
      de quitar quedándose sólo con el tanga. Mónica me
      sacó la polla y comenzó a hacerme una mamada de impresión
      muy suavemente mientras yo hacía lo mismo inclinándome sobre
      el rabo de Yvona que llamaba mucho mi atención… y tenía
      delante a Draga de pie a la que también comencé a comerle
      el rabo, todas lo tenían inmenso, ninguna de las tres bajaba de
      los 20 centímetros. Me puse de rodillas y Mónica se puso
      encima de mí como si yo fuese un pony y me daba azotes en el culo.
      Draga me metía el consolador que me había autoregalado, era
      un pene de 25 cm por 6 de ancho, realístico, negro y con una ventosa
      para apoyarlo en el suelo, en la pared… me lo acababa de comprar en el
      sex-shop de al lado y lo estaba estrenando con estas tres bellezas… me
      pusieron la vibración al máximo para empezar a dilatarme
      el culito y las tres de pie. Yo me limité a ir devorando uno a uno
      aquellas preciosas pollas de mis amigas, me encantaba su sabor, su tacto
      y la sensación de apretarlas con mis labios, succionarlas lentamente
      de arriba a bajo, ayudándome de mi mano, recorriendo todos sus recovecos
      con mi lengua. Me había comprado un tanga de vinilo color verde
      manzana y lo tenía sosteniendo mi consolador… cuando me lo sacaron
      fue Yvona la primera en follarme en el sofá dándome la vuelta
      con las piernas abiertas . Dafne se subió encima de mí y
      en cuclillas me puso el coño en la boca… yo me limité a
      hacerlo lo mejor posible… los rabos de Draga y Mónica estaban
      a mi lado, así que mientras Yvona me destrozaba el culo… yo comía
      dos deliciosos rabos duros de mis nuevas amigas travestís. Y un
      rico coño de Dafne. Dafne tenía unas tetas de lo más
      normal si las comparamos con las de mis amigas trans, pero tenía
      dos bonitas lanzas a modo de piercing que realzaban su belleza.

      Fueron turnándose.. Dafne
      se pasó al sillón mientras se masturbaba viéndonos
      y una por una mis tres amigas especiales me fueron dejando el culo como
      un colador, me estuvieron dando por el culo una hora sin parar ni un momento
      turnándose unas con otras, hasta que de rodillas descargaron sus
      tres lechadas calientes en mi pecho… Mmm delicioso era sentir no sólo
      una sino tres abundantes descargas de semen en mi pecho… me lo extendí
      por todo mi pecho y me llevaron a la bañera donde también
      las tres me descargaron una buena ducha caliente en el pecho y Dafne prefirió
      hacerlo sobre mi cara… e incluso abrí la boca y su chorrito cayo
      en mi boca y tragué todo lo que pude aunque preferí dejarlo
      caer sobre mi lengua y mi pecho.

      Autor : POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO
      Nota del Autor: si hay alguna Transexual no operada, femenina y con buenos
      pecho que quiera disfrutar de un atractivo , juguetón, morboso y
      vicioso joven de 21 años que se ponga en contacto conmigo, también
      gente que me quiera dar su opinión sobre este relato. Saludos a
      tod@s

       

      Resumen del relato:
        Nuestro protagonista es agasajado en su cumpleaños por tres bellas travestís dispuestas a hacerle perder la cabeza.

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