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Sexo Oral

Cristina

Cristina (33)

Cristina.

Siempre me pasa lo mismo, digo que bajo a tomar un café y al
final me lío hasta las tantas, la pobre de mi mujer ya está acostumbrada y claro
ya le da la risa cada vez que le digo que bajo un ratito.

El caso es que esa noche me encontraba bastante eufórico
necesitaba salir a tomar unas copas, fumar unos porros y vacilar con alguna que
otra chica.

La noche ya empezó fuerte, generalmente tomamos algún que
otro carajillo tranquilos y a eso de la una nos tomamos la primera copa ,pero
esta noche no fue así, fuimos al bareto de siempre y empezamos a tomar unas
piscinas de cervezas junto a chupitos de agua ardiente por lo que cuando nos
dimos cuenta ya estábamos vociferando y cantando.

Me había levantado para pedir otra ronda, y debido al
balanceo que llevaba tropecé con una chica menuda de pelo rizado, al pedirle
disculpas ella se dio la vuelta y sorpresa, era Cristina, fue una ex novia que
tuve en la universidad que por diversos motivos la relación no cuajó. Estaba más
delgada de lo normal, pero conservaba los rasgos orientales que siempre me
atrajeron de ella y sobre todo la mirada que tenia con esos ojos verdes que
parecía que te la quería chupar allí mismo, nunca tuvo muchas tetas pero si un
buen culo y la muy cabrona besaba que tenias la sensación que te estaba
devorando. Todo esto estaba pasando por mi cabeza, mientras la saludaba y le
decía lo mucho que hacia que no nos veíamos, hacia mas de tres años y eso que la
ciudad donde vivo es bastante pequeña, y claro entre el estado que me
encontraba, bastante animado y viéndola a ella el calentón era bastante notorio,
por lo que ella se percató y acercando sus labios a mi oreja y pegando todo su
cuerpo contra el mío de forma que mi polla se apoyaba en su ombligo, me cito
para dentro de una hora en otro sitio, con el fin de ser discretos. Ya que sabía
que me había casado hace poco. Pedí otro ronda y al sentarme de nuevo no hacia
mas que pensar en el momento que la tuviera entre mis brazos.

Diciendo a los amigos que me tenia que ir que le habia dicho
a mi mujer que sólo había bajado un ratito, me dirigí hacia el sitio concertado.
Yo no conocia el sitio, pero si la zona donde me había dicho, al entrar comprobé
que se trataba de un pub-café bastante oscuro lleno de mesas y donde ponia
música de los 70.Pensé que había llegado demasiado pronto así que me dirigí a la
barra y me pedí como siempre mi Dyc con Cola, al hacer el amago de ir apagarlo
la camarera que por cierto estaba cachondísima y solo bestía una minifalda a
rallas que dejaba entrever sus nalgas y un sujetador negro que le levantaba las
tetas hacia arriba, se acerco agachándose poniéndome casi las tetas en la cara y
sonriéndome me dijo que ya la había pagado aquella chica del fondo.

Se trataba de Cristina, que se encontraba en una mesa en la
esquina del local bastante escondida. Me acerque hasta la mesa y al llegar me
dirigí directamente a darle un muerdo, ella me correspondio sacando su lengua y
entrelazándola con la mia, al acabar me pidio que me sentase y sacando un porro
del bolso me dijo " porque no te lo fumas y te relajas un poco", que más podía
pedir, pues eso es lo que yo aún no sabía.

Me encontraba sentado con la cabeza hacia arriba y fumándome
el porro, sabía que Cris me estaba diciendo algo al oído pero sinceramente no me
estaba enterando de nada solo sentía que me encontraba cojonudo en ese sitio
oscuro y con la música a todo volumen, fue la camarera la que hizo que
despertara de mi atontamiento cuando al acercarse le guiño el ojo a Cris, fue
entonces cuando me dí cuenta que me había sacado la polla del pantalón y me la
estaba pajeando, sabía que no la podían ver porque estaba muy oscuro, de
inmediato se metió un hielo pequeño en la boca se agacho y empezó a hacerme una
mamada jugando en su boca con su hielo y mi capullo, notaba como poco a poco se
iba derritiendo el hielo y como mi polla se iba hinchando cada vez mas hasta el
punto de reventar pero antes de que me corriese sacó su boca y me besó
entregándome el trozo de hielo que quedaba y así permanecimos hasta que el hielo
se derritió completamente. Se volvió a agachar y con su lengua fría me lamío los
huevos para seguir hasta mi capullo y volver a chuparmela a un ritmo
desenfrenado la excitación estaba llegando al máximo eche mi cabeza hacia atrás
y deje que mi leche se descargara en toda su boca, primero un chorro y luego
otro, ella seguía no quería desperdiciar nada ni que me cayese nada al pantalón.

Cuando ya estaba otra vez volviendo en mi, siento un beso en
mis labios al que correspondo y que luego me dice " espero que te haya gustado
el ambiente del pub".

Abro los ojos y veo el culo de la camarera bamboneandose y
guiñándome un ojo.

Saludos cordiales, comentarios al correo.

 

Resumen del relato:
    Coincidir con una vieja amiga me reporto una nueva experiencia y conocer un sitio nuevo.

Mi profesora de matematicas

Mi profesora de matematicas (33)

Mi profesora de matemáticas

Esta ahí sentada, frente a mi, la miro de vez en cuando.

"Lo entiendes Simón" y le muestra el problema de matemáticas.

"Si claro… Que asado mas delicioso me haría contigo, o
quizás me haría una sopita" y asiento.

La miro los dedos, desea cogerla la mano y comérmelos uno a
uno. Deseo tumbarla sobre la mesa y follarmela antes de devorarla.

Toco su mano, ¡que piel mas suave!

"Que deliciosa va a estar, juro que cataré esta pieza" pienso

Observo lo carnoso de su labio superior, ¡Uhmmmm, que manjar
mas delicioso!.

La miro y pienso en innumerables formas de cocinar a esta
Gretel / Caperucita roja.

Se tiene que marchar, mientras bajan las escaleras, desde el
despachito de la segunda planta, observo su culito apretado que pide a gritos un
mordisco.

Hoy llego tarde a clase y Soraya se ofrece a llevarme a donde
sea en su coche en coche. En aquel Citroen la atacare y disfrutare de su boca,
sus deditos, sus senos, su piel, su cuello, su culo,….

Pero la sorpresa me la llevo yo.

El coche se detiene en un descampado.

"Sácate la polla" me ordena

Se quita el cinturón de seguridad, se agacha hasta la altura
de mi miembro erecto. Me mira y sonríe. Comienza con dulces lametadas mientras
lleva el ritmo con la mano derecha. No tardo en pasar de gourmet a merienda, mi
pene aparece y desaparece dentro de su boca.

Pronto eyaculo. Ella se reincorpora y me besa, me pregunto
como sabia de mis intenciones mientras ella arranca el coche y retoma la marcha.

 

Resumen del relato:
    Deseaba devorarla pero fue ella la que me comio a mi.

Dos mujeres: dos bocas

Dos mujeres: dos bocas (33)

DOS MUJERES: DOS BOCAS

Durante todos estos años he encontrado sumisas de todo tipo y condición. Incluso
he encontrado mujeres que pretendían serlo y quedaron solo en el intento. A
veces he encontrado mujeres que entendían su sumisión de manera totalmente
diferente a la mía. Esta es la historia de dos de las mujeres que utilice,
todavía no tengo claro si fueron mis sumisas o no… pero la utilizaba de todas
formas. Esta historia (como la mayoría de las que escribo) es totalmente
verídica.

—-

BARCELONA 1999

Desde el primer día tuve claro que lo único que querías es
ser utilizada, o mejor dicho, sentirte auténticamente utilizada porque ser
utilizada ya lo eras diariamente en tu trabajo, en tu casa, en la calle, frente
a una sociedad estereotipada. Tu sentido de la utilización iba mas allá del
diario y conocido. Tu necesitabas que alguien te humillase sin conocer demasiado
el motivo. Esporádicamente, al salir del trabajo, venias a mi piso, simplemente
te arrodillabas (sin quitarte ni una sola prenda de ropa), abrías tu boca y
recibías una descarga de semen por tu rostro y tu lengua que en parte tragabas y
en parte limpiabas con una toalla. Después me dabas las gracias y tras ese breve
paréntesis cuyo motivo yo me esforzaba en diseccionar, volvías a tu casa, con
los tuyos. Segura y poderosa.

Nunca me dijiste como te llamabas, simplemente me enviabas un
mensaje al móvil y me decías: "a tal hora iré", si yo te contestaba
negativamente los mensajes finalizaba, si yo te contestaba afirmativamente tu
llegabas puntual, cerrabas la puerta, te arrodillabas y esperabas tu descarga de
semen. Te gustaba que te insultase mientras utilizaba tu boca para masturbarme,
no me mirabas a los ojos, simplemente esperabas. Con el paso de los días
comprendí que nunca te ibas a quitar la ropa, que nunca sabría tu nombre ni tu
condición. Tampoco necesitaba saberlos. Yo solo necesitaba tu boca y tu mi
capacidad de humillarte. Una vez me había corrido te metías mi polla en tu boca
y me limpiabas hasta la ultima gota. Succionabas con autentica devoción, como si
te fuese la vida en ello. Lo único que me pedías es que estuviese limpio. No
debías pedírmelo, mi higiene es en todo momento tan escrupulosa como mi
discreción. Pero entendía porque me lo pedías.

A pesar de ser un momento humillante querías que fuese tu
momento humillante. Hecho a tu medida. Tuvimos muchos encuentros, yo diría que
mas de veinte y menos de cincuenta. Nunca supe tu nombre. Debías tener alrededor
de cuarenta años, no eras guapa pero tampoco fea, aunque a mi eso no me
importaba demasiado, yo solo quería tu boca. Una boca maravillosa. Chupabas con
autentica vocación, cada día mejor, controlabas mis reacciones y las analizabas
para darme el máximo placer (y al tiempo sentirte la puta mas profesional de
todas) y cuando veías que estaba próximo a correrme abrías la boca, sacabas tu
lengua y cerrabas los ojos. Solo me pedías que no te manchase la ropa o el pelo.
Me encantaba ver mi leche salir disparada y estrellarse contra ti cada vez de
manera diferente, unas veces en los labios y parte de la nariz, otras veces
salía disparada por encima de ti y apenas te manchaba la frente y algo del pelo,
alguna vez te caía en los ojos cerrados (y era yo quien debía limpiarte), en las
mejillas, dentro de la boca.

Tu siempre esperabas esa sensación de algo caliente cayéndote
brevemente en la cara. El sabor de mi semen (del semen en general) no te atraía
pero lo saboreabas (e incluso tragabas) igualmente porque eso te hacia sentirte
mas sucia. Mas zorra. Mas utilizada. Una vez que me había corrido me limpiabas
la polla con tu lengua, después te limpiabas la cara con la toalla que yo había
depositado en una silla junto a la puerta y te marchabas diciendo simplemente
"hasta la próxima". Excepto la última vez que te vi, en esa ocasión no dijiste
nada. Simplemente te marchaste. Y fue cuando supe que no volverías a aparecer.
Nunca mas. Las cosas suceden así, de la misma forma que no te pregunte porque
viniste no te pregunté porque desapareciste. Viniste a mi porque sabias que era
discreto y te fuiste sin decir nada porque sabias que no volvería a llamarte.
Quiero imaginar que eres feliz. A tu manera. Y quiero imaginar que esa felicidad
(o no) nada tiene que ver con que dejaras de venir a recibir tu dosis diaria de
humillación en forma de semen. Fue una cosa que sentías que tenias que hacer y
la hiciste. Y me alegro de ello.

Después de ti no encontré otra mujer que me pidiese (o me
ofreciese, todavía no lo tengo claro) lo mismo. Tres meses después de
desaparecer encontré en internet a otra buena mamona. Nos citamos en plena noche
cerca de un campo de fútbol repleto de prostitutas. Era difícil confundirla con
una de las prostitutas porque no había sido dotada de sus espectaculares cuerpos
ni tampoco ella vestía indumentaria provocativa alguna, pero pese a ello algún
que otro coche se detuvo a su lado para pedirle el precio.

Cuando yo llegue ella simplemente subió al coche sin decir ni
media (tal y como habíamos quedado) y nos dirigimos a un descampado. A
continuación me hizo una de las mejores mamadas de mi vida, utilizaba la lengua
sabiamente, abría la boca y bajaba lentamente hasta la base de mi polla dando
imperceptibles mordisquitos al hacerlo, volvía a subir mientras me movía la
polla con la otra mano o me masajeaba los huevos. Era todo una experta. A veces
cuanto menos saben mas me gustan.

Prefiero la espontaneidad a la profesionalidad. No obstante
aquella mamona desconocida era una profesional que me estaba gustando demasiado
así que no tarde tampoco mucho en darle su recompensa en forma de una abundante
corrida. Cuando acabó me miró y abrió la boca enseñándome mi leche en su lengua
(al tiempo que me manchaba la camisa). Yo asentí, ella trago mi leche y después
y la devolví al lugar donde la había recogido sin mediar tampoco palabra alguna.
Nunca mas supe de aquella mujer. Sabía que estaba casada y que había tenido
algún esporádico contacto extramatrimonial que rozaba la sumisión. Pero nunca
volví a saber de ella. A veces sucede.

Crees que no va a suceder y desaparece o crees que va a
desparecer y entonces se vuelve a ofrecer a ti. Tampoco le doy demasiada
importancia a eso. Me limito a disfrutar del momento. Con el paso de los años he
descubierto que siempre debes aceptar lo que te viene y utilizarlo de la mejor
manera posible. ¿Soy un tipo afortunado? Algunos pensarán que si, otros que no.
Todo es cuestión de puntos de vista. A mi me es indiferente el punto de vista de
todas aquellas personas que no sea yo o las mujeres a las que he utilizado. Los
espectadores están aquí, leyendo mis relatos y respeto sus opiniones, pero sean
las que sean no harán que me comporte de manera diferente.

Gracias a Dios sigo siendo Amo.

¿Te atreves?


POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO

 

Resumen del relato:
    Al salir del trabajo, venias a mi piso, simplemente te arrodillabas (sin quitarte ni una sola prenda de ropa), abrías tu boca y recibías una descarga de semen por tu rostro y tu lengua.

Arturo, el profesor de latín

Arturo, el profesor de latín (33)

ARTURO, EL PROFESOR DE LATíN

El día amaneció nublado y frío. Me desperecé en la cama, aún
sin levantarme, suspirando resignada ante la jornada de trabajo que me esperaba
con los niños…que bueno, no son tan niños, andan rondando los 16 y 17 años,
pero yo les llamo así. Soy una recién estrenada profesora de biología en un
instituto (apenas ha pasado más de un año desde que aprobé las oposiciones).

Me levanté de la cama y me dirigí bostezando hacía el baño.
Abrí el grifo de la ducha, me desnudé y me metí en la bañera. El agua caliente
me despertó del todo y para cuando acabé, mis habituales ganas de ponerme el
mundo por montera volvían a ser las de siempre. Luego, como todas las mañanas,
me pasé más de media hora de reloj eligiendo lo que me iba a poner de ropa…
con lo cual no me dio tiempo a desayunar. Ay, Señor, soy incorregible: desde que
empecé a trabajar, las veces que he desayunado en casa se podrían contar con los
dedos de una mano.

Bajé al garaje, me instalé en el coche y salí, tomando la
dirección del instituto, que dista de mi casa unos 4 kilómetros. Para cuando
llegué tenía el tiempo pegado a los talones, así que entré como un huracán en la
sala de profesores, saludé efusivamente, pero sin pararme, a los pocos
compañeros que aún estaban allí y me dirigí a mi taquilla. Al abrirla y sacar
los libros de texto, un papel minúsculo, un post-it amarillo, cayó al suelo.
Había escrito un pequeño texto:

"BUENOS DíAS, PRINCESA".

Ya estábamos. Todos los días lo mismo. Y lo peor es que, al
estar escrito a ordenador no podía saber quién lo había escrito (soy una experta
en grafología) , así que, como siempre, lo arrugué entre mis dedos y cuando
salí, lo tiré en la papelera más cercana a la puerta. Subí las escaleras hasta
el segundo piso, me paré delante de mi aula y miré por el espejo de la puerta.
Los "niños" estaban todos muy revueltos aquella mañana. "Será por el tiempo",
pensé, "y encima parece que va a soplar el viento de levante". Respiré
hondo mientras agarraba el pomo de la puerta y lo accionaba, empujando hacia
dentro. De mi garganta salió un "buenos días" que me pareció demasiado
cantarino, pero hizo efecto en mis alumnos porque el barullo cesó de repente, y
para cuando alcancé mi mesa, sobre la tarima, solo se oía el eco de mis tacones.

Me dispuse a dar comienzo a mi clase. Extraje de mi cartera
de cuero marrón todos los papelorios y alcé la vista. Mis alumnos me observaban
expectantes…




" Vaya, cómo estáis hoy…¿ha pasado algo que yo no
sepa?"

" No, nada… es que no tenemos muchas ganas de dar
clase hoy"- me respondió un muchacho de la tercera fila.

" Pues no sabéis cuánto lo siento, pero…yo no puedo
hacer nada, chicos!".




Caras de desaprobación. Joder. Empecé con mal pie.

Les pregunté si se habían estado mirando el segundo tema y
ante su negación, suspiré (que más sonó a bufido) y empecé a explicarles algo
sobre los artrópodos, cuando tocaron a la puerta de la clase. El corazón (y
otras cosas…)
me comenzó a latir con fuerza: era Arturo, el profesor de
latín, un hombre joven de unos 30 años, con el pelo castaño claro y una cara
bastante anodina, la verdad. No me explico cómo es que desde que entré a aquel
centro ese hombre no se me iba de la cabeza. Me tenía calada hasta los huesos…
y sus ojos, tenía unos ojos capaces de parar al mundo de un solo vistazo.

Me miraba a través del cristal con cara seria y temí que
hubiera pasado algo. Levanté la mano para hacer un gesto e invitarle a pasar al
aula, pero el negó con la cabeza, me señaló con un dedo y repitió mi gesto. Era
yo quien debía salir, fuera lo que fuera, los alumnos no debían enterarse.

Así que me levanté, incité a mis alumnos a leer el segundo
tema el libro de texto y salí del aula. En lo primero en que me fijé de Arturo
fue que llevaba puestos aquellos vaqueros que le quedaban como un guante, bien
ajustados a su estupenda anatomía, y tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas
para controlarme un poco. Recuerdo que pensé durante unos segundos lo mucho que
necesitaba tener una relación sexual, y es que, desde que dejé a mi ex novio (me
puso los cuernos con una de sus compañeras de trabajo mientras yo estaba
estudiando para mis oposiciones), no me había acostado con nadie, y de eso hacía
ya casi 7 largos meses.

Al cerrar la puerta, e espaldas a él, vi en el reflejo del
cristal de la puerta cómo me hacía un repaso con la vista, mirándome de arriba
abajo. Eso me hizo sentirme segura e mí misma. Y no es que en general no lo sea,
lo que pasa es que con ese hombre siempre perdí los papeles, hasta me sudaban
las manos y no podía evitar ponerme hecha un manojo de nervios cada vez que me
dirigía la palabra.

Lo dicho, que me tenía calada hasta los huesos. En el bote.







"¿Y bien, Arturo? ¿Qué pasa?".

"Aquí no podemos hablar, mejor vamos a la sala
e profesores".







Por el camino traté de sonsacarle alguna información sobre su
misteriosa conducta, pero no me dijo nada. No parecía importante ya que parecía
relajado, sonriente, así que no me alarmé.

Al llegar, Arturo cerró la puerta con llave y me pidió que me
sentara. Así lo hice. Me acomodé en el sofá mientras él preparaba unos cafés.
Dicen que el café incita a la reflexión y a los temas serios. Luego se acercó y
se sentó a mi lado.







" Ana, me he dado cuenta de que recibes una
serie de notas todas las mañanas en tu taquilla".







Palidecí. Aquello no me lo esperaba. La cuestión de las
"notitas" no se la había comentado a nadie y sin embargo, él lo sabía. Se
había dado cuenta
. ¿Qué pasa, se dedicaba a revisar las papeleras?.

Opté que lo mejor sería dejarle hablar… pero para mi
sorpresa no lo hizo.







"¿ Y qué sabes tú de eso?… Joder, Arturo, ¿me
has sacado de una clase para hablar de este tema!?".







Hice un amago de levantarme pero no lo hice. El profesor de
latín era…huuuummmm…..Señor, cuánto deseaba a aquel hombre!!! Para colmo
estaba allí, a solas con él, sintiendo su respiración, su olor… Y esa
necesidad me traicionó, porque al pronunciar mis palabras lo hice en un tono de
orgullo ofendido, pero luego le miré y se me vinieron todos los esquemas abajo.
Le sonreí…







" Si, Ana… me traes loco, estoy harto y
necesito… Ana…"







¡¡Y me beso!! ¡¡Arturo me beso!!…o sea que el de las notas
era él!!!

Comencé a separar las piernas lentamente. Estaba tan excitada
que me daba igual estar en un colegio público. Quería ser follada por ese
hombre. Sentí mis pezones hinchados y deseosos de ser succionados, y eso me hizo
estremecer. Arturo, aún besándome y a ciegas, buscó con su mano mi sexo, que
empezó a acariciar por encima de la tela el pantalón. En ese momento supe que no
podría detenerme. Metí mi mano derecha entre mis piernas y comencé a acariciarme
el vello púbico, tratando de abrirle camino a la mano de Arturo mientras la
izquierda subía y bajaba por mis pechos. Había olvidado por completo a mis
alumnos… En ese momento yo solo era una hembra en celo esperando el momento en
que aquel macho se decidiera a hacerme suya.

Empezó a meterme la lengua en la boca y yo le respondí
enseguida besando su cuello y su oreja, y metiendo mi lengua en ella. Entonces
él comenzó a desabrochar mi blusa y a quitarme el sujetador. Yo también le quité
la camiseta, y para ello tuvimos que separarnos unos instantes, a fin que
sacársela por la cabeza un poco aparatosamente, lo que nos hizo reír, liberando
un poco la tensión. De repente había desaparecido nuestro distanciamiento y
respeto profesional…

Entonces Arturo me cogió la mano y la condujo hacía su pene
mientras que la suya acariciaba mi latente sexo, que seguía aprisionado en mis
vaqueros. Yo saqué a duras penas su verga y me asombré ante semejante tamaño:
¡¡¡ en mi vida había visto y mucho menos tocado una polla de ese calibre!!!.
Acto seguido, me empezó a masturbar. Me estremecí de placer, notando cómo se
arqueaba mi cuerpo cuando aceleró el movimiento de meter y sacar su dedo en mi
coño, completamente mojado ya por sus jugos, hasta que me corrí con un débil
gemido…

Después me deslicé por el sofá, un poco atontada por la
sensación y tomé entre mis dedos su glande, sintiendo su suavidad, solo
deslizando mis dedos sobre aquella cabecita. Las manos de Arturo se posaron
sobre mi cabello, acariciándolo suavemente, como dándome a entender que era yo
quien tenía el control.








"Me excita mucho cuando una mujer sabe lo que
quiere y lo que le gusta y sabe apreciarlo" – me susurró al
oído.








Yo no le quitaba la vista a su pene, sentí verdadera
adoración hacia aquel apéndice.

Luego me lo metí lentamente en la boca, pasando mi lengua por
el glande y por su diámetro, y comencé a mover lenta y rítmicamente su prepucio
hacia adelante y hacia atrás, sintiéndolo crecer dentro de mi boca, su textura,
su calor, su suavidad y su continuo crecimiento… Arturo comenzó a gemir y eso
me excitó más todavía, noté cómo él cerraba los puños, cogiéndome entre sus
dedos mechones de pelo, y supe que le estaba gustando, así que lo hice más
rápido… pero paré pronto, porque deseaba descubrir los entresijos de aquel
pene, recorrer hasta su último rinconcito con mis labios.

Así que mientras con mis labios acompasaba el movimiento del
prepucio ocultando y mostrando la cabeza de su erecto pene dentro de mi boca,
con una mano le acariciaba los testículos muy muy suavemente. Me gustó tanto su
forma, que me saqué el pene de la boca durante unos segundos para poder meterme
los testículos en la boca, sentir su forma ovalada entre mis dientes, juguetear
un poco con ellos masajeandolos con mi lengua, llenandome la boca con sus
huevos.

Después volví a mi tarea con su verga, sacandola y
metiendomela y sintiendo su prepucio. Mi mano regresó a los testículos,
abarcándolos, deslizando la mano desde la base del pene, haciendo contacto con
toda la palma y recorriéndolo por debajo, en su raíz hasta llegar a la parte más
baja de los testículos, frótalos en movimientos redondos por debajo de ellos
iniciando desde allí hasta terminar lo más profundo que puede hasta tocar el
inicio de las nalgas.

Comencé despacio, suave pero pronto mis caricias se
convirtieron en intensas y rápidas.

Su calor me llegaba a través de mis labios e hizo que mi
ardor se incrementara cuando lo besé por toda la polla, desde la cabeza hasta la
base, y sentí su vello púbico haciendome cosquillas en la nariz, conteniendo mis
ganas de morderle la pelvis…y sus testículos ardían, estaban muy calientes,
más incluso que el pene.

Entonces Arturo me dijo que parara porque si no se correría.
Nos miramos y nos sobraron las palabras. Nos vestimos lo más rapidamente que
pudimos y salimos del recinto del instituto, casi corriendo a su coche, y nos
dirigimos hacia su casa, que estaba dentro de la ciudad, mucho mas cerca que la
mía.

Y menos mal que era soltero y que vivía solo. No salimos de
su casa durante 2 días completos, dándonos de baja en el instituto "por
enfermedad"… pero mereció la pena.

Aquel fue mi primer maratón sexual.

Quizás algún día lo cuente…

ALIENA DEL VALLE.

 

Resumen del relato:
    De cómo una mamada en la sala de profesores fue el inicio de mi primer maratón de sexo.

De compras con Darío

De compras con Darío (33)

DE COMPRAS CON DARíO

No, yo no soy ningún putón, aunque admito que a veces lo
parezco. Qué le vamos a hacer.

Todo comenzó por una discusión tonta. Estábamos Teresina,
Marcos, Darío y yo el otro día tomándonos un café en mi casa, charlando de cosas
sin importancia, cuando no sé ni cómo, surgió el tema de la ropa. Tengo que
decir en mi alegato que yo soy muy mía para estas cosas, vamos, que trapo que me
gusta, trapo que me pongo. Normalmente a todos les gusta cómo suelo vestir, y yo
encantada, claro. Pero aquel día Darío se me reveló. Me miró fijamente a los
ojos – cosa que me derrite, ese chico tiene unos ojos que claman al cielo- y me
soltó que a veces me pasaba "un poco" con mis "modelitos". Evidentemente su
comentario no me sentó nada bien, pero procuré no dárselo a entender, solo me
limité a sonreír, preguntándole…



"¿¡Pero a que me sientan bien!?".

"No, si eso no se puede discutir,
pero…"

"¡¡Pero nada!! Otro cafelito?" – le
pregunté con una de mis mejores sonrisas -.



Y así fue como me lo quité de encima. O al menos eso creía
yo, porque cuando se nos hizo tarde, como siempre pasa, y Teresina se marchó a
la Universidad y Marcos al cine con su nueva conquista, Darío me volvió a sacar
el tema de la ropa y a cuestionar mis gustos a la hora de vestir. Aquello se
convirtió en un tira y afloja, hasta que él me propuso que fuéramos juntos de
compras, propuesta que me extrañó bastante pero que no me atreví a rehusar,
porque Darío me gustaba mucho (y me gusta!), así que quedamos al día siguiente
por la tarde en un conocido centro comercial, y nos despedimos.

Tengo que decir que, a pesar de todas las espectativas, no me
hice muchas ilusiones con aquella cita, que n era cita ni era nada. Ambos
necesitábamos comprarnos ropa y solo íbamos a ir juntos, en fin, hasta quizás
podríamos cenar y todo después, pero no era seguro.

Al día siguiente fue todo un dilema arreglarme, así que harta
de andar probándome medio armario, opté por una minifalda vaquera de talle bajo,
una camiseta con un hombro al descubierto y unas simples sandalias, para ir
cómoda. Nada del otro mundo. Ni siquiera me maquillé, total, no podía engañarme
a mí misma pensando que aquello era una cita y, además, si me arreglaba como
para salir un sábado por la noche, quizás Darío se alarmara pensando que yo
trataba de seducirle vistiéndome solo para él. No, era mejor ir como todos los
días. Y si él esperaba algo más, pues que sufriera.

Cuando llegué vi que Darío estaba bastante nervioso, como si
no supiera dónde meterse, y eso me agradó bastante. Nunca antes habíamos estado
solos, quiero decir, que nos conocemos desde hace relativamente poco tiempo y
siempre hemos estado rodeados de amigos. Y al verle nervioso pensé que el hecho
de haber quedado a solas conmigo le había puesto así y eso me halagó.

No hablamos demasiado, bueno, al menos yo no hablé demasiado
y no por falta de ganas, sino porque él no paraba de contarme cosas sobre sí
mismo, aturdiéndome con tanta información que no me daba tiempo a digerir. Peor
al fin llegamos a la galería de las tiendas de ropa. En un principio entramos en
varias, pero nada nos convencía el todo y lo que si nos gustaba, era demasiado
caro. Solo yo adquirí un conjunto de ropa interior bastante sexi de "Woman´s
secret". Si, ya sé: no debí de haberlo comprado precisamente delante de él, pero
tampoco es que fuera un delito, vaya. Un poco e provocación no le vendría mal al
chico. Además, solo lo escogí, me lo probé y lo compré, ni siquiera se lo enseñé
con él puesto para que me diera su opinión ni nada de eso. Yo… yo solo se lo
enseñé. El pobre ni se atrevió a tocarlo, claro, y yo conseguí mi doble
objetivo: comprobar su reacción para asegurarme de que yo le gustaba y, en caso
afirmativo, hacer que volara su imaginación.

Al cabo de unas horas entramos en una tienda que pareció
gustarnos a los dos. Estaba muy bien y era enorme. Había una sección para
hombre, otra para mujer y otra para niños. Como yo ya había comprado algo, no
fue necesario echarlo a suertes: iríamos primero a la sección masculina. Y lo
peor es que no podía escaquearme a la sección femenina porque hubiera quedado
fatal, así que me dediqué a hacer como que buscaba algo interesante para él, a
modo de simulacro de ocupación, ya que a lo que realmente me estaba dedicando
era a sopesar la magnitud de la entrepierna de Darío.

Llevaba unos ajustados pantalones chinos de un marrón muy
claro, por lo que se le notaba bastante el paquete. La tela de esa zona estaba
casi tensa y el su pene parecía bailar dentro de ella. Comencé a imaginarme
cosas… y me puse mala malísima, tan caliente que noté cómo me humedecía.
Incluso llegué a ponerme de mal humor, porque necesitaba a Darío, quería estar
con él enseguida, y no tener que andar pasando por el protocolo de la conquista
que estábamos iniciando aquella tarde. Yo quería sexo y lo quería ya, ¿cómo
podría sentirme ante la idea de tener que esperar hasta solo Dios sabía cuándo!?
Sentí que tendría que lanzarme. Ya no podía más.

En esto estaba pensando cuando Darío sacó con una exclamación
unos pantalones de un perchero. Me acerqué a él mientras me los enseñaba y,
dándole mi aprobación, aproveché la oportunidad para olerle. Eso es algo que me
excita mucho, el olor de los hombres. Y el olor de Darío, una extraña mezcla
entre perfume masculino y sudor, me acabó por convencer de que había llegado el
momento. Luego no sé lo que él llegaría a pensar de mí, pero no me importaba. El
día anterior ya me había dicho bastante en lo referente a mi ropa, ¿no?… en la
vida hay que correr el riesgo, es lo que hay.

Se metió en uno de los probadores y ahí se quedó un rato
hasta que, asomando la cabeza por entre la cortina del probador, me llamó para
que viera cómo le quedaban. Me acerqué y abrí un poco la cortina para mirar
hacia dentro.



"Una talla menos, Darío, creo que esos te
están un poco anchos" – fue mi veredicto-.



Fui a buscar otros pantalones y cuando regresé no me lo pensé
dos veces: me metí en el probador de sopetón, sin avisar. í‰l ya se había quitado
los pantalones, que había colgado en una percha de la pared, y me miró
asombrado, pero no dijo nada, gracias al Cielo, porque yo estaba muy cortada a
pesar de mi cara dura. Antes siempre habían sido los chicos los que se me habían
insinuado, pero siempre hay una primera vez para todo, pensé.

Nos miramos durante unos instantes a los ojos y le sonreí
tontamente. Me sentía como si el corazón se me fuera a salir por la boca, pero
él pareció comprenderme y decidió facilitar la situación.



"¿Me los vas a poner tu? – y me guiñó un
ojo -.

"Ya que te empeñas…".



Hay que aprovechar las oportunidades.

Me agaché para poder ponerle los pantalones, tratando de
concentrarme en mi tarea y procurar no mirarle el bulto de la entrepierna, medio
oculto por los faldones de la camisa tan larga que llevaba, pero me fue
imposble: Darío no llevaba calzoncillos, ni boxers, ni slips ni nada que se
parezca. Su considerable polla estaba haciendo acto de presencia por debajo de
la tela, creciendo a ojos vistas. Me di cuenta de reojo, claro, no le miré
directamente porque sabía que él me estaba mirando. Lo que sí hice fue buscar
por todas partes – el suelo, la banqueta que tenía a mis espaldas – los
calzoncillos, pero ni rastro.

Entonces le miré.

Levanté la vista hacia su cara y le miré.



" Darío…"

" Si…?

" Y eso que la lanzada a la hora e vestir
era yo".

" Bueno, verás.. me gusta sentir el roce de
la tela, jajajaja!!!"



Y diciendo esto, sin dejar de reír nerviosamente, me cogió de
las axilas y con un breve impulso me sentó en la banqueta del probador y
arrodillándose, con sus manos en mi cintura, me besó.

Había llegado el momento.

Le pasé los brazos alrededor del cuello, sorprendida pero
satisfecha, y sobre todo, muy excitada. Sentí con un estremecimiento cómo sus
manos fueron descendiendo lentamente hasta mis desnudos muslos y cómo iniciaban
una exploración hacia arriba, con los dedos totalmente extendidos y levantándome
la falda a su paso, sin pudor alguno. Movía las manos tan lentamente que me dio
la sensación de poder sentir cada partícula de piel, y eso me desesperó del
todo. Me retorcí sobre mi misma, apretándole más contra mí, con unas ánsias que
ni yo misma me conocía hasta entonces. Hice amago de bajar los brazos y así
liberarme de las braguitas, pero Darío me lo impidió. Sus labios se separaron de
los míos para mirarme fijamente a los ojos con su rostro a escasos centímetros
del mío.

Sus ojos eran puro fuego.

Me alcé ligeramente para que me él pudiera deslizarme las
bragas hasta los tobillos y con ambas manos en mis rodillas, sin dejar de
mirarme me abrió de piernas.

Mi sexo estaba totalmente húmedo, casi mojado. Noté cómo mis
fluidos sexuales resbalaban por la parte baja de mi coño, como si quisieran
alcanzar las llanuras de mi culo, sintiendo cómo me latía, tan cálido, tan
ardiente, que no pude evitar soltar un gemido que parecía llevar atrapado en mi
garganta desde tiempos inmemoriables. Darío me instó a aguardar silencio porque
como nos oyera alguien y nos descubriera así…mejor ni pensarlo.

No podría explicar bien cómo me sentía. Yo era un amasijo de
nervios y excitación a punto de estallar. Eché la cabeza hacia atrás y la apoyé
en la pared, con los ojos cerrados, tratando de relajarme un poco para poder
sentir mejor a Darío. Tenía la sensación de ser la cazadora cazada, ridícula en
mi recién estrenado papel de sumisa (normalmente era yo la lanzada en el sexo y
estaba acostumbrada a dictar las normas), me decepcionó un poco que Darío se
pusiera tan marimandón al hacerme callar, pero… la verdad es que eso, todo
eso, fue como un aliciente para mí. Me sentí protegida, como si no tuviera miedo
de que nos descubrieran porque, en tal caso, sabía que Darío daría la cara por
los dos.

Se había quedado quieto, como alerta, escuchando para
comprobar si alguien se acercaba, pero solo se oía el trajín de las
dependientas, el entrechocar de perchas contra el cristal de los mostradores y
las típicas conversaciones mezcladas con el ir y venir de los demás clientes.

Me fui relajando poco a poco, mi respiración volvió a
adquirir su ritmo habitual. Solo nos separábamos de aquella realidad, del resto
del mundo, por una simple cortina, que entre otras coas podía ser corrida en
cualquier momento por algún cliente despistado. Entonces noté la presión de las
manos de Darío en mis rodillas, indicándome que se estaba inclinando hacia mi
sexo. Abrí los ojos y bajé la cabeza, justo para ver cómo él, con los ojos
cerrados, se aproximaba a mi entrepierna y hundía su nariz en mi.

Suspiré.

Allí estaba yo, sentada con las piernas abiertas, en uno de
los probadores de la posiblemente más conocida tienda de ropa de este país, con
el chico que tanto me gustaba arrodillado ante mí y con su cara hundida en mi
coño. Bueno, tampoco es que fuera el sueño de mi vida, pero la cosa estaba muy
bien.

Sentí los labios de Darío sobre los míos (pero los de
abajo…) y cómo su lengua comenzaba a lamer mi hinchado clítoris. Fue algo tan
intenso que me llevé la mano extendida a la boca y la tuve que morder para no
gritar. Me dio unos cuantos lametazos y aplicó su enorme boca sobre mi para
succionar – bastante ruidosamente, por cierto, aunque ya me daba lo mismo – mis
jugos. Después se concentró en mi clítoris y con la punta de la lengua lo
acarició, rodeándolo y volviéndome loca. Parecía un enorme animal sediento que
hubiera hallado un oasis en mi sexo. Esa fue la sensación que me dio cuando le
miré. í‰l comenzó a chuparme más deprisa hasta que me corrí en toda su cara, y
para cuando abrí los ojos y me vi en el espejo que tenía enfrente (de hecho,
había dos espejos dentro del probador) no me reconocí.

Veía el culo de Darío abierto en toda su extensión, con su
hermoso pene y sus velludos huevos colgando y con un dulce vaivén insinuante, a
los lados mis piernas totalmente abiertas y encrespadas, la falda enrollada en
la cintura y una mueca en la cara, de deseo reprimido por gritar, apunto de
ponerme a llorar de placer, y me sentí extraña, como atrapada en aquel cuerpo,
porque aquel sentimiento de placer era incorpóreo. Si, un placer que provenía de
mi sexo, que me proporcionaba mi cuerpo, pero es que me sentí tan llena con
aquel orgasmo que no cabía en mi propio cuerpo, en aquella cárcel de huesos y
piel.

Entonces Darío levantó la cabeza y se apoyó sobre mi pecho.
Yo le abracé exhausta y deslicé mi mano derecha hasta su cuello, notándolo un
poco húmedo de sudor, pero cuando alcancé la barbilla mis dedos se humedecieron
con algo que no solo era sudor, sino mis propios jugos que se le deslizaban
desde sus comisuras.

Con manos temblorosas le obligué a mirarme… y le besé en
los labios, lamiendo de su boca, de sus comisuras y de su barbilla mis propios
fluidos.

 

Fue entonces, no antes ni después, sino justo en aquel
preciso instante, cuando comprendí que me había enamorado de Darío.

Aliena del Valle.

 

Resumen del relato:
    Me lamió entera, en los probadores de una conocida tienda de ropa, mientras yo veía reflejado en el espejo su hermoso pene y sus velludos huevos colgando…

Mamadas de Oficina (1)

Mamadas de Oficina (1) (33)

Bueno este es mi primer relato a ver como me sale espero sea
de su agrado… y para que me salga mejor les voy a contar algo que me paso hace
poco…

Sucede que estaba en mi trabajo ya caida la noche, era un
viernes en el cual todos los compañeros dando cierta hora de la noche salen
corriendo de la oficina para irse a tomar a algun bar o algun antro de la
ciudad, como vivimos en una ciudad fronteriza con EUA pues los antros se llenan
de gringuitas y las noches son muy interesantes. Pero ese dia como muchos antes
acostumbraba a quedarme en la pc adelantando trabajo o simplemente platicando
por el Messenger con amigas del trabajo o de la escuela, ese dia solamente
encontre a una compañera del trabajo la cual me entablo platica y comenzamos
comentando cosas del trabajo, lo normal, sin darnos cuenta empezamos a subirle
de tono a la platica y sin querer nos calentamos a tal grado que yo sentia que
mi pene iba a estallar bajo mi pantalon, y por lo que ella me contaba estaba
casi igual o peor la cosa del otro lado de la pantalla, ella es una compañera
del trabajo a la que llamare Cintya su esposo es un chavo que no tiene trabajo
fijo por lo cual los dias como los viernes o fines de semana se pierde con sus
camaradas para ir a tomar hasta perderse por toda la noche, ella me sugirio
llegar a su casa a lo cual no me hice del rogar y corri con las llaves de mi
carro hacia el estacionamiento de la oficina…

Sinceramente era tanta la calentura del momento que
nisiquiera me acorde de sacar unos cuantos condones de mi locker, los cuales
tengo para casos de emergencias, pero aun asi tome camino a su casa con el pene
como soldado listo para la batalla, al llegar toque la puerta algo tembloroso
por los nervios y cuando abrio ahi estba ella, con un baby doll rojo que dejaba
ver un par de pezones que ya aparentaban estar duros no se si por lo exitada de
la platica por el chat o por los nervios de ser sorprendidos por su marido..
total sin decirme nada me tomo de la mano y me guio hacia dentro de la casa y me
guio hasta un pequeño comedor en el cual se sento en una silla abrio las piernas
dejando ver una pequeña tanga de encaje que dejaba transparentar una mata de
bellos pubicos bien rasuraditos que formaban una linea delgada como mostrando el
camino hacia sus labios vaginales, ella me tomo por el cinturon y jalo de el
hasta tener mi bulto a la altura de su cara, con gran habilidad de mujer casada
saco mi pene de su prision el cual babeaba por lo exitado que me encontraba en
ese momento, y con una sonrisa picara me dijo, "que rico, me gusta cuando vienen
con dulcecito de mas" terminando de decirlo recorrio con su lengua el capullo de
mi pene limpiandolo de los liquidos lubricantes que de el salian.

Y empezo a darle leves lenguetazos como si fuese una gatita
tomando un poco de leche, asi estuvo durante un rato hasta que no soporto mas y
lo metio completamente dentro de su boca yo por lo exitado empece a mover la
cadera como si estuviera follando su boca, a lo que ella saco mi miembro de su
boca y me hizo un gesto de enojada reclamandome que si lo hacia de nuevo la
ahogaria, lo cual me hizo enfurecer por que no me gusta que me pongan pretextos
y sin decir nada la tome de la cara y la diriji hacia mi miembro y ella abrio de
nuevo su boca recibiendo aquel miembro hasta lo mas profundo de su garganta, era
impresionante ver aquella escena de como entraba y salia mi pene de aquella boca
y por la mente imaginaba a su marido llegando mas noche y besando a su mujer…
lo cual me dio risa en ese momento y me animo mas a terminar mi tarea ese dia, a
lo cual empece a meter unas pequeñas arremetidas en esa boquita, ella me miraba
desde ese angulo solo haciendo sus ojos hasta arriba como si estuviera siendo
regañada por alguien, lo cual me exito mas ya que ella tenia una cara angelical
para los 25 años que tiene.

Segui bombeando hasta que senti como una descarga de semen se
aproximaba a salir de mis huevos y empece a acelerar el bombeo, lo cual le dio
la señal de que esto ya iba a terminar, asi es que cuando ya no soporte mas
saque mi pene de su boca y le tome una mano y la dirigi hacia mi miembro
haciendo que me mansturbara y con la otra mano le apretaba las mejillas para que
abriera la boca lo cual no fue necesario forzarla ya que ella abrio
completamente su boca y saco la lengua como esperando un dulce muy deseado…
las descargas de semen hicieron que parte cayera en su cara callendo sobre uno
de sus ojos y la mayor parte dentro de su boca a lo cual con uno de sus dedos
recogio el semen que cayo sobre su rostro y lo llevo hacia su boca haciendo un
gesto de niña travieza… y terminando de hacer esto abrio su boca mostrandome
que el semen habia desaparecido… de ahi tomo mi mano y me dijo ahora sigo
yo…

pero eso se los contare en la segunda parte… espero que me
critiquen mi relato para saber que tal me salio… Saludos!!!

 

Resumen del relato:
    Nos empezamos a calentar por messenger y termino dandome unas mamadas mientras su marido estaba tomando.

El ardor de lo cercano

El ardor de lo cercano (33)

Debemos poner un nombre al protagonista de esta historia, y
como no me viene ninguno original a la mente, podemos dejarlo en Pedro. Eso si,
Pedro es aún un chaval en plena adolescencia, que está harto de tener que
camuflar los granos para poder ligar los fines de semana en bares de mala
muerte, donde un montón de chicas que pretenden aparentar más edad de la que
tienen, acostumbran a visitar. Son ese tipo de crías que a Pedro nunca le han
llamado la atención, ridículas con minifaldas que apenas dejan entrever
escualidas piernas, y con botas y plataformas que no ayudan a estilizar ni su
andar ni su figura.
Cuando Pedro iba con sus amigos a esos bares, siempre acababa centrando su
atención en camareras de veintimuchos, y en ocasiones, hasta treintañeras.
Incluso un día se sorprendió a si mismo, mirando con ojos libidinosos a una
madre que enseñaba a su niño de 4 años, que no debía de entrar en esos antros de
alcohol y lujuria hasta que fuese mucho mayor.
Hoy es sábado, y Pedro se ha quedado solo en casa, porque sus padres han ido
como cada mañana, a hacer las compras con el objetivo de acumular víveres para
el resto de la semana. Y no será por lo que come Pedro, porque el chico está un
poco en los huesos, después del tirón que ha empezado a producir su cuerpo, para
alcanzar la musculatura tipo en un chico adulto.

La verdad, es que ayer Viernes Pedro no tuvo suerte en su
salida. Sus amigos le empujaron a intentarlo con una mulatilla que le dio
largas, y durante la noche, tuvo ciertos sueños húmedos que giraban todos
entorno a ella. Era guapa, si, pero Pedro no pensaba que le hubiese podido
enseñar nada en caso de haber triunfado en su tentativa de caza. Así las cosas,
Pedro estaba más caliente que la sopa que hacía su madre. Estaba a punto de
poner una cinta en el video que tenía en su habitación "Virgenes en el punto de
mira", se titulaba, o algo así. Ya se frotaba las manos, iba a poder cascársela
sin tener que preocuparse de que nadie fuera a entrar en la habitación e
interrumpirle en el momento menos oportuno, y más embarazoso. Más de una vez su
madre le había pillado infraganti con las manos apretando duramente su pene,
dándole al manubrio… Incluso un día en el que se enfadó mucho, su madre hizo
que se tuviese que girar de golpe, y parte de su eyaculación se produjese sobre
la colcha de su cama. Pero hoy iba a ser diferente, una buena paja sin prisas y
sin molestias.

Estaba ya bajándose los calzoncillos, cuando sonó el timbre
de la puerta. Pedro pensó inicialmente en pasar de abrir, que cojones, nada
debía interrumpirle en esos momentos que prometían tanto. Pero de nuevo, el
timbre sonó un par de veces más. Enfadado y a regañadientes, Pedro se subió los
calzoncillos, y se puso a toda prisa unos vaqueros que tenía tirados sobre su
escritorio. La mirilla a través de la que observó quien podía haberle estropeado
su mejor momento del sábado, dejó que a sus ojos llegara la imagen de su vecina,
más bien, la mejor amiga de su madre. Margarita, que así se llamaba, es el tipo
de mujer por las que Pedro sentía admiración. Debía tener unos treinta y cinco o
treinta y seis años. Conservaba las facciones de una mujer joven, con un cuerpo
impresionante. Sus pechos siempre captaban la atención de cualquier hombre,
porque además, ella nunca los escondía. Sus piernas nunca se ocultaban, ya que
Margarita siempre iba o con faldas, o con vestidos que transparentaban las
esplendidas columnas, fornidas por el continuo ejercicio a las que eran
sometidas en su profesión, cartera en el pueblo.

Ante tal panorama, Pedro pareció olvidar el "problema" que
para él había supuesto la interrupción del timbre, y abrió apresuradamente.
– "No está tu madre, Pedro?" – pregunto Margarita.

– "No, ha salido a comprar con mi padre" – respondió él,
esperando que su respuesta no hiciese que Margarita volviese sobre si misma y
regresase a su casa.

– "Te importa que mire la medida de las cortinas que puso tu
madre la semana pasada en tu habitación?. Es que voy a poner unas idénticas en
la de mi Paula" (su hija de 6 años)".

Por la mente de Pedro relampageó la imagen de Margarita en su
propia habitación!. No había duda de que responder.

– "no claro, pasa y tu misma. Tengo la habitación un poco
desordenada, espero que no te importe".

Pedro cerró la puerta tras de si, y no pudo evitar seguir a
Margarita con su mirada clavada en sus espléndidas nalgas. Incluso hizo ademán
de tocarlas, y suspiró al ver que un parón dado por MArgarita, no se debía a que
se hubiese dado cuenta de ello, sino por cruzarse con la tapa de la cinta de
video, tirada en el suelo. Por suerte para Pedro, era una tapa de cinta virgen,
y no reflejaba el contenido de ésta.

Margarita, que solo llevaba una falda vieja de estar por
casa, corta, muy corta, y una blusa que permitía adivinar sin mucho esfuerzo,
que no llevaba sujetador, se acercó a las cortinas. Pedro, pensó al verla
inclinarse y marcar más su hermoso trasero contra la falda, que no podía
quedarse parado teniendo a una mujer como esa en su habitación. Se acercó por
detrás, y haciendo un gesto de ir a tocar la cortina que miraba Margarita, rozó
con su entrepierna el culo de ella.

– "A mi no es que me gusten demasiado " – dijo mientras
notaba que sus facciones se calentaban hasta casi quemar. Estaba sorprendido de
que Margarita no se hubiese apartado ante el contacto.

– "Pues a mi me encantan" – susurró Margarita mirando de
reojo la cara de Pedro, al mismo tiempo que dejaba aflorar una risa picarona.

Pedro acercó su mano a la blusa de su vecina. De perdidos al
río. Si hasta ese momento su pene, que alcanzaba una dureza desconocida por él
mismo en ese momento, no había provocado que Margarita le diese un bofetón, su
mano no iba a privarse de rozar los pezones de ella. Se sorprendió al notar un
suspiro por su parte, cuando su dedo rozó ingenuamente la punta de aquella
preciosa colina. Margarita se giró de golpe, y miró directamente al chico. Pedro
pensó en ese momento que su calentón había acabado, y que iba a tener suerte si
su madre no se enteraba de este capítulo. Pero se equivocaba. Margarita, sonrió
y se puso de rodillas ante él, mientras le bajaba los pantalones con una
delicadeza sorprendente.

Pedro, que hasta el momento había sido muy valiente, comenzó
a dejar salir palabras entrecortadas de su boca, sin sentido alguno… como
queriendo preguntar lo que su mente no dudaba que iba a tener lugar.

– "Como has crecido desde que os mudasteis aquí" – comentaba
Margarita mientras sus manos ya habían contactado con el pene de Pedro. Eran
unas manos cálidas, que conocían muy bien que debían hacer ante tal miembro.
Pedro no era virgen, pero sus corridas con mujeres, se reducían a un par de
noches en un descampado con una compañera de clase, y tales eyaculaciones no
eran recordadas de manera muy especial, por la incomodidad, y por la falta de
experiencia que en aquellos momentos tenía. Pedro miraba el techo de la
habitación con ojos perdidos. Notaba que quien manejaba su pene, era alguien que
sabía muy bien lo que hacía.

Cada movimiento, cada presión, parecían medidos al milímetro
para causar un placer desconocido por él hasta entonces. Mientras, Margarita se
acariciaba los pechos con la otra mano. en ningún momento dejó que éstos
surgieran a la luz, o que Pedro pudiera ni tan solo intuir como brillaban a la
luz de la habitación. Pero a Pedro no le preocupaba mucho eso. El placer que
sentía era tal, que únicamente podía dejar hacer a su vecina. Cuando notó
humedad sobre su capullo, tuvo que bajar la vista para dar credito a lo que
suponía que estaba pasando. Margarita comía a sus pies, y comía a las mil
maravillas el pene de Pedro. Como por un automatismo hasta ese momento
desconocido, Pedro llevó sus dos manos a la larga cabellera de Margarita, y
presionando suavemente, comenzó a acompañar los movimientos de vaiven que la
cabeza de aquella mujer protagonizaban. Tenía miedo a correrse en cualquier
momento, porque la lengua de su vecina estaba recorriendo las partes más
sensibles de su falo, y aunque no le gustaba reconocerlo, él aún no dominaba,
por su falta de experiencia, el control de la eyaculación como sería deseable.
Tampoco se le podía ser un gigolo con dieciseis años, se había dicho a si mismo
más de una vez.

Pero a Margarita parecía no importarle que poco a poco, su lengua fuese notando
un sabor amargo proveniente de la punta de aquel juguete que tenía en su boca.
Sabía que estaba a punto de causar el mayor placer de su vida a un chaval que
conocía casi de siempre, y eso hacía que ella misma sintiese como su clítoris
cada vez más duro, al contacto con los dedos de su mano libre, fuese a ser el
elemento que la llevase a un orgasmo que desde que tuvo a la niña, no había
podido volver a tener con su marido.

Notaba como Pedro empujaba tímidamente su cabeza hacía atrás
conforme el agrio sabor se hacía más notable, pero ella desistia de sacarse la
polla de la boca. Eso estropearía su corrida, que estaba tan o más cercana a la
de Pedro.

Un grito recorrió todo el piso, y Pedro no pudo aguantar más. Soltó toda la
lecha que llevaba acumulada desde que la noche anterior la mulata le había
calentado. No podía creerlo. su vecina, estaba tragándoselo todo al mismo tiempo
que gemía y se retorcía acuncliyada de placer. Pedro apenas pudo alcanzar a
entrever un poco de vello púbico de Margarita, que parecía querer ocultarle
todos sus secretos al chico. Pero le daba igual, se estaba quedando más seco de
lo que ninguna de sus masturbaciones le habían dejado nunca. Por la barbilla de
Margarita caían regueros de semen, mientras ésta miraba con cara complacida al
joven. Se levantó, y sin limpiarse, le dió un beso en la mejilla.

– "Creo que pondré otras cortinas. A mi tampoco acaban de
parecerme tan bonitas como en la tienda, con tu madre. Dile que he venido" –

Margarita abrió la puerta y salió hacia su casa tal como
había venido. Pedro, erguido con su pene ya flácido, no sabía si todo aquello
había ocurrido de verdad o no. Lo que si tenía claro, es que ya no necesitaba
ver la película que había puesto en el video.

 

Resumen del relato:
    Cuando las hormonas de un joven, dominan su razón.