Sadomaso | Tus Relatos Calientes - Part 3
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Laura busca su límite

Laura busca su límite (20)

Ella estaba preparada. Al fin llegaba el
día.

Laura había probado poco a poco cada
vez más, pero su naturaleza era insaciable.
Quería en esta ocasión conocer sus límites.

Su marido había sido quien la impulsara
a probar cada vez más. Él le creaba las necesidades.

Al principio de su matrimonio ellos pasaban
días y días encerrados probándose uno al otro, siempre
sintiendo nuevas caricias; y lo que en un principio era sencillo, se fue volviendo
para los dos una necesidad de buscar cosas nuevas.

Le habían ordenado el día anterior
aplicarse un enema con agua fría para lavar bien sus intestinos y después
se metió a la tina a darse un largo baño, era principios de verano
y el calor era fuerte.

Había recibido un paquete con un mensajero
con lo que debería de llevar puesto. Así, a las 7 de la tarde
se preparó meticulosamente para lo que le esperaba.

Se puso un par de medias blancas con ligas
a los muslos, una tanga pequeña también en blanco transparente
y un brasier en juego. Sobre esto llevaba un camisón también blanco
en tela satinada con filos negros que le ajustaba marcando bien su esbelta silueta,
era bastante corto y cubría solamente la mitad de sus muslos. Tenía
diminutos tirantes. El toque final lo daban unas zapatillas blancas.
Lucía muy atractiva. Con su cabello dorado suelto, ojos verdes, piel
bronceada, hermosas piernas bien torneadas, muslos marcados, pechos medianos
y firmes y nalgas redondas que se marcaban bien con el camisón que llevaba
puesto.

El chofer que pasó a buscarla tenía
la orden de mantenerla con los ojos vendados; así, en cuanto ella subió
al coche le vendó los ojos.

A Laura le gustaba ser sodomizada y en alguna
ocasión hasta tuvo una doble penetración. Pero esto iba a ser
diferente.

La puerta se abrió y fue conducida a
un salón amplio donde había varios artefactos colocados en las
paredes, una mesa redonda giratoria como de un metro de diámetro con
correas fijas en la superficie, una plancha acojinada rectangular con una inclinación
de unos 45 grados con correas en las 4 patas y una mesita con consoladores de
diferentes tipos y
tamaños y varios pares de pinzas. Del techo colgaban argollas para sujetar.

La esperaban en el salón 4 hombres de
entre 35 y 45 años.
Laura estaba muy nerviosa, deseaba experiencias nuevas pero no tenía
ni idea a qué iba ni con quién. Todo fue un misterio y así
ella lo aceptó.

Al llegar le ofrecieron algo de beber, no supo
que fue, pero comenzó a sentirse más relajada, mientras los cuatro
hombres comenzaron a acariciarla.

Empezaron a tocarle los pechos sobre el brasier
transparente y el camisón que dejaban ver la protuberancia de sus pezones.
Unos pezones bien formados y grandes que con las caricias que le estaban dando
comenzaron a ponerse duros.
También le empezaron a meter las manos debajo del camisón, tocándole
los muslos y subiendo poco a poco.

Las manos de los hombres recorrían todo
su cuerpo, sintió como traspasaban su tanga y le acariciaban el clítoris
y labios, igual sintió como un dedo penetraba suavemente su ano.
Laura se fue entregando a las caricias, se sentía muy excitada, no podía
ver nada, pero las caricias la hacían ponerse cada vez más mojada.

Notó que algo comentaban los hombres
y de pronto se detuvieron las caricias.
La desvistieron y su hermoso cuerpo quedó sólo con las medias
y los tacones.
Le ordenaron abrir completamente las piernas, cosa que ella hizo, pero todavía
ellos forzaron un poco más hasta lograr unos 5 ó 6 centímetros
extras.
Le amarraron los tobillos a una barra metálica con las piernas completamente
abiertas, con lo que le era imposible ni tratar de juntar las rodillas.

De igual manera, le amarraron las muñecas
a otra barra que tenía unas cuerdas largas de cada lado, para dar la
altura que fuera necesaria. Las cuerdas de la barra las pasaron a través
de las argollas que estaban colocadas en el techo y las tensaron, dejando a
Laura con los brazos en alto y el cuerpo completamente estirado.

En esta posición quedaba toda su intimidad
expuesta e indefensa. Quedaba totalmente a merced de sus 4 verdugos. Con todo
esto, ella se sentía muy excitada y sólo trataba de adivinar qué
seguiría.

Oyó unos ruidos en el salón y
de pronto sin más ni más sintió como el primer golpe llegaba
a su piel, uno de los hombres había tomado la fusta y comenzó
a darle a Laura golpecitos firmes pero suaves en el interior de los muslos y
en las redondas nalgas.

Otro de los hombres comenzó a tocar
sus pechos y a morder los pezones. Cada vez más fuerte. Después
de esto, le colocó unas pinzas que presionaban sus pezones, con la idea
de que Laura fuera poco a poco saboreando el dolor.

El tercero y cuarto hombre estaban tocando
toda la intimidad de Laura; metiendo y sacando sus dedos del ano y vagina, chupando,
jalando y sobando su clítoris y labios internos y externos, que en esta
posición quedaban completamente expuestos y eran muy notorios.
Sentía gran placer que se combinaba deliciosamente con el dolor bien
medido que le estaban proporcionando.

Ella nunca había tenido una experiencia
de éste tipo. Ni conocía la sensación de dolor aunada al
placer.

Estaba completamente mojada y con sus jugos
se le mojaba la parte interna de los muslos. A este punto, los 4 hombres estaban
completamente listos con sus grandes y duras protuberancias que querían
salir de sus pantalones. Comenzaron a desvestirse y quedaron totalmente desnudos
con las grandes vergas completamente paradas.

Sintió Laura que las cuerdas que tensaban
sus brazos comenzaron a bajar, permitiéndole quedar inclinada hacia el
frente donde una mano le agarraba la cabeza y se la posicionaba, encontrándose
su boca con la herramienta grande y dura que la estaba esperando.
Ella comenzó a mamar con gran placer.

También sintió algo frío
que le untaban en la entrada del culo y abriéndole las nalgas comenzó
a sentir una gran presión; al mismo tiempo, sintió una lengua
caliente y húmeda que la acariciaba y presionaba queriendo penetrar en
su vagina.
El cuarto hombre cambió las pinzas de los pezones por unas con más
presión, Laura sintió dolor y dió un pequeño grito;
sin embargo, con tantas manos tocándola de tan diferentes maneras el
dolor se le hacía intenso pero soportable y la excitaba cada vez más.

La presión en el culo cada vez era mayor
y sentía cómo se estaba dilatando su interior. La estaba penetrando
un tapón anal. De pronto sintió un dolor que la sorprendió
cuando unas
pinzas se agarraban de sus labios externos, dejando totalmente abierta la entrada
de su vagina, pues comenzaron a tensar las pinzas sujetas a un cordón
que amarraron a cada uno de los extremos de la barra que sujetaba sus piernas.

Ya sin nada que bloqueara la entrada a la vagina
uno de los hombres tomó un consolador de la mesita de junto, eligió
el más grande, de unos 25 cms. de largo y 16 de grosor, con vibración.

Laura sintió primero como la lengua
húmeda tocaba nuevamente su clítoris y entraba y salía
de su vagina acompañada de pequeñas mordidas y buscando penetrar
cada vez más. Estas caricias aunadas al dolor de sus pezones, el tapón
anal que le estaban metiendo y sacando por el culo que aún no penetraba
completo dado al gran tamaño de éste, ella mamando la verga y
todos sus sentidos exacerbados, la mantenían verdaderamente caliente.

De pronto comenzó a sentir una gran
presión en su vagina y con gran excitación fue aceptando el gran
consolador que le estaban metiendo. Al principio estaba aún bastante
cerrada en su interior, pero con gran habilidad el hombre que la estaba masturbando
fue logrando abrirla poco a poco y ella sentía enormes oleadas de placer.
Cuando tenía el consolador totalmente encajado, el hombre que lo controlaba
decidió encenderlo, provocando en Laura una sensación demasiado
intensa, que le era difícil soportar.

Ya con la parte interior de sus muslos y nalgas
bastante sensibles y enrojecidos por los golpes recibios, las piernas totalmente
abiertas, las pinzas tensando sus labios vaginales que la dejaban completamente
abierta, con el consolador vibrando entrando y saliendo de su interior, con
pinzas en los pezones, mamando verga, las manos atadas, el tapón anal
que al fin la penetraba completa con su enorme diámetro que comenzaba
en 12 cms. e iba aumentando hasta alcanzar los 16 cms. y 17 cms. de largo, Laura
se sentía que no podía más.

Al momento sintió una descarga eléctrica
que la sacudió y la hacía tomar conciencia nuevamente. Las pinzas
en los pezones y labios estaban conectadas a una fuente de corriente. Laura
se daba cuanta realmente de su situación. Era la esclava de los cuatro
hombres y tenía que aceptar lo que ellos decidieran hacer con ella. Estaba
totalmente imposibilitada de renunciar desde el momento mismo que había
llegado a esta casa.

Sus verdugos le advirtieron en ese momento
que ella tenía que hacer que ellos se corrieran uno a uno en su boca,
por turnos de no más de 10 minutos cada uno. Si en este tiempo ella no
lograba hacer que se corrieran la iban a castigar aplicándole una descarga
de toques por cada minuto adicional que ella no lo lograra.

Ella pensó que le iba a ser difícil
lograrlo en este tiempo, ya que al tener las manos atadas, sólo podía
disponer de su habilidad de mamadora.

Comenzó con el hombre que la estaba
masturbando con el vibrador, él metió nuevamente su gran instrumento
en la boca de ella y comenzó a cogersela. Laura se esforzó en
hacer un gran trabajo, otra vez lo recibió con gran placer en su boca,
lo metió hasta su garganta, comenzó a meterlo y sacarlo aplicando
más presión en la punta, lamiéndolo, succionando y deseosa
de poder tocar y acariciar las bolas y la base.

Por supuesto que los hombres que pusieron las
reglas no tenían ninguna intención de terminar rápidamente.
En verdad estaban gozando de la mujer que tenían para ellos y de su propio
placer que querían prolongar lo más posible.

El tiempo voló para Laura y de pronto
sintió otra descarga en pezones y labios. Eran intensos; sin embargo,
ella estaba preparada y dispuesta a dejarse llevar hasta donde ellos quisieran
sin quejarse ni objetar, pero el dolor la hizo recordar que no sólo era
placer, sino que seguiría siendo castigada si no cumplía a tiempo
con su tarea.

El dolor que sentía Laura iba acompañado
de una gran excitación, ella pensaba en cómo lucía y que
estaba totalmente expuesta en vagina, nalgas, culo, pechos y boca delante de
4 hombres que ella ni siquiera había visto y que podían hacer
con ella lo que quisieran para hacerla conoce y llegar a sus límites.
Ése había sido el acuerdo que ella había aceptado días
antes y que ahora era una realidad que estaba viviendo intensamente.

Al fin, el primer hombre se corrió y
un chorro de semen inundó la boca y garganta de ella, tragó toda
la leche y le ordenaron que tenía que dejarlo completamente limpio. Así
es que con su lengua fue limpiándolo y succionándolo hasta dejarlo
nuevamente listo.

Con el vibrador entrando y saliendo de su vagina
sentía grandes deseos de correrse, pero le habían advertido que
no le estaba permitido. Cuando se le ocurrió decirlo a sus verdugos éstos
le dijeron que sería severamente castigada por el sólo hecho de
pensar hacerlo sin su permiso.

Al momento que se colocó frente a ella
el segundo hombre para cogersela por la boca, le sacaron el vibrador de la vagina.
Ella comenzó a chupar, succionar, lamer y acariciar de la mejor manera
posible el nuevo miembro que parecía aún más grande que
el anterior, pues le parecía más difícil aguantarlo adentro
de su boca, no le parecía más largo, pero sí más
grueso y bloqueaba su garganta.

Estaba haciendo un gran esfuerzo por tragárselo
hasta la garganta sin ahogarse, cuando de pronto sintió un golpe firme
con una pala plana en plena entrada de vagina y clítoris que la hizo
brincar de sorpresa y dolor. A este primer golpe le sucedieron muchos más
y le dejaban la entrada vaginal y clítoris con una gran sensibilidad
y adoloridos, pero la respuesta de su cuerpo fue que se le empezó a poner
el clítoris duro; señal inequívoca de su gran excitación;
sin embargo, después de unos 30 golpes comenzó a pensar que no
podía aguantar más. Cada uno le parecía más inaguantable
que el anterior y comenzó a suplicar que no le dieran más, pero
se le olvidó que tenía frente a ella una tarea que cumplir con
tiempo limitado y de pronto sintió nuevamente los toques en pezones y
labios que le recordaron su estado de esclava total sin opción de renunciar
a nada.

Se esforzó y concentró en hacer
correrse al hombre frente a ella, pero de pronto sintió otra descarga
eléctrica y al mismo tiempo un chorro de semen le azotaba la cara y boca.
Al igual que con el hombre anterior, ella tuvo que asegurarse de dejarlo completamente
limpio.

Con el tercer hombre tuvo más suerte,
logró terminar antes del tiempo establecido y no tuvo sorpresas de castigos,
además detuvieron los golpes que le estimulaban el clítoris y
le permitía relajarse un poco para no correrse.

El cuarto hombre fue otra sorpresa, en esta
ocasión le ordenaron a Laura sentarse en una silla que ellos le acercaron.
Ella tenía las piernas totalmente abiertas y ellos le ayudaron
poco a poco a bajar, hasta que fue sintiendo cómo a medida que ella se
acomodaba para sentarse una gran verga metálica quería penetrar
en su interior, ella ya estaba totalmente abierta y sin embargo no podía
lograr que entrara la inmensa verga que estaba firmemente sujetada a la silla.

Laura les sugirió entonces que cambiaran
ese castigo. Pero los hombres no estaban dispuestos a hacerlo, habían
hecho un acuerdo y ellos la iban a forzar a cumplir.
Después de muchos intentos sin éxito por clavarla en la gran verga,
la levantaron nuevamente y sacaron de su culo el tapón anal, frotaron
su clítoris duro y mojado y comenzaron a sentarla nuevamente en la gran
verga metálica que con mucha excitación ahora sí lograba
meter completamente en su cavidad, y para sorpresa de ella comenzó a
moverse en su interior con fuertes vibraciones.

Mientras esto sucedía, el cuarto hombre
en su boca gozaba de las deliciosa mamadas de Laura, y ella recordó que
se tenía que apurar si no quería más descargas en pezones
y labios, pero ya era tarde, en eso estaba, cuando recibió nuevamente
la descarga, pero esta vez, el hombre que la impartía gozaba haciendo
el castigo más largo para ella. Laura gritó esta vez y se retorció
y siguió mamando hasta que el hombre en su boca terminó casi ahogándola
con la gran cantidad de leche y la tremenda verga que tenía, la más
grande de todos, verdaderamente descomunal, con lo que dejaba a Laura con un
fuerte dolor de maxilares, por forzar demasiado para abrir y poderlo aceptar.

Cuando terminó de limpiar al cuarto
hombre, la tomaron de la cintura y la levantaron nuevamente, sintió un
gran alivio pues la gran verga metálica la estaba llevando al borde para
correrse y sabía que si lo hacía sería nuevamente castigada.

Pero su alivio duró muy poco, pues la
levantaron y sacaron la gran verga de la vagina y se dio cuenta que le esperaba
un reto mayor. Esta vez sus verdugos querían probar la capacidad de ella
por el orificio trasero.

La inclinaron hacia el frente y sintió
primero unos dedos húmedos que la penetraban, quizá dos ó
tal vez tres, que luchaban por entrar en su culo, presionaban y giraban dentro
de ella, esforzándose por llegar lo más adentro posible. Después
otros dedos se metieron también en ella, y entre las dos manos empezaron
a tensar su entrada, queriendo hacerla más grande, jalando cada mano
en diferente dirección.

También sintió dedos entrando
y saliendo de su vagina, jalando, sobando, acariciando su clítoris y
labios internos y externos y jugando con sus pechos.

Laura enloquecía de placer y pedía
más y más. Esta entrega de su cuerpo era algo que ella siempre
había deseado, que jugaran sin límites con su cuerpo, con sus
orificios, sin medida, sin respeto y a éstas alturas sin reservas ni
vergüenza de ella.

Los hombres notaron que ella estaba en un estado
de excitación máximo y decidieron que era el momento de llevarla
otra vez al límite.

Sacaron sus manos del culo de ella y comenzaron
a sentarla en la gran verga metálica. Ella nunca había recibido
algo tan grande ni por vagina ni por culo, y si le había sido tan difícil

por la vagina, estaba preocupada de pensar si iba a ser capaz de comerse semejante
herramienta por su orificio trasero.

Como de cualquier manera no tenía alternativa
decidió que era mejor relajarse y tratar lo mejor posible de aceptar
lo que le esperaba.

Los hombres encendieron la verga metálica
y ella comenzó a sentir como penetraba poco a poco en su ano. Ellos la
iban sentando y levantando para permitir que ella se abriera y se excitara lo
suficiente para que no le fuera tan doloroso y lograra aceptarlo todo, al mismo
tiempo sentía cómo los hombres que la trabajaban en clítoris,
vagina y pechos seguían acariciándola, sobándola y mordiéndola
con gran maestría.

Laura se sentía tan caliente como nunca
en su vida, a la vez que el dolor en su culo se intensificaba cada vez más,
mientras más avanzaba la penetración con la gran verga metálica.

Ella jadeaba, gritaba, y ya no podía
más, estaba a punto de correrse y no le era permitido, ella enloquecía
de dolor y placer y los hombres seguían manejándola con un movimiento
hacia arriba y abajo penetrándola cada vez más.

Cuando estaba casi totalmente encajada, la
dejaron caer sentada y ella quedó con la verga metálica totalmente
clavada en su culo. La hizo gritar un intenso dolor, que se le confundió
al momento de sentir otra vez la corriente eléctrica en pezones y vagina.
Creyó que esto era más de lo que ella jamás imaginó
pudiera soportar.

Sin embargo, ésta parte de la prueba
había terminado. Le quitaron las pinzas de pezones y labios y le desamarraron
las muñecas y los pies. La ayudaron a levantarse poco a poco y se fue
liberando de la enorme verga que la atravesaba.

Era un gran momento de descanso y moviendo
sus manos y piernas se sintió más relajada.
Con todo lo que le habían hecho sentía que su cuerpo estaba al
nivel máximo de sensibilidad. Aunque era evidente su alto grado de excitación,
ella se preguntaba temerosa, qué nuevas experiencias probaría
esta noche.

Y en efecto, la estaba esperando otra difícil
prueba.

Ahora la condujeron hacia la plancha rectangular
y angosta y la acostaron boca abajo, con el culo más en alto y totalmente
abierto y amarraron sus tobillos a las patas de la plancha, quedando con las
piernas bien abiertas aunque no totalmente tensas.

Ellos buscaban que ella sintiera lo más
posible, para eso estaban ahí, así es que en esta posición
le fueron metiendo cubos de hielo por el culo y vagina y así lograron
que ella estuviera cerrada nuevamente.

El frío del hielo la sorprendió
y le dio una agradable sensación que nunca había sentido, a la
vez que el hielo cumplía con el propósito de cerrar sus orificios.

Ellos limpiaron el agua que salía y
escurría de su culo y vagina, y aprovecharon para dejarla totalmente
limpia otra vez.

Ya que estaba lista, se colocó uno de
los hombres debajo de ella y la penetró con su hermosa herramienta dura
y gruesa, mientras otro de ellos comenzó a meter su lengua por el culo.
El tercero se colocó a la altura de su cabeza y le indicó que
comenzara a mamar nuevamente su verga erecta.

Ella sintió gran placer y el hombre
que le chupaba el culo, ahora también le metía y sacaba los dedos
que de vez en cuando también forzaban la entrada de la vagina, donde
se encontraban con la otra gran verga.

Esta sensación de manos y vergas tenía
loca a Laura otra vez y nuevamente ella pedía más y más.

El hombre que chupaba su culo decidió
meterle su dura herramienta, la más grande de todas y ella comenzó
a sentir como poco a poco la abría esta inmensa espada caliente que aunque
le provocaba dolor ella deseaba aceptar completa.

El dolor desapareció y solo quedó
el placer. Empezó a acostumbrarse a esta sensación y al movimiento
de los hombres entrando y saliendo de su boca, vagina y culo, pero faltaba el
cuarto hombre y él también estaba listo y dispuesto a gozar de
Laura.

En este momento él se unió al
hombre que la penetraba por el culo y comenzó a forzar la entrada vaginal
de ella que ya estaba ocupada por la otra gran verga. Aún así,
poco a poco fue abriendo camino en el interior de la vagina.

Ella se sentía tan llena de vergas,
que pensó que la iban a reventar, era doloroso, pero acompañado
de una excitación en este momento indescriptible.

Chupaba y succionaba con más fuerza
la verga que tenía en la boca, sentía una locura dentro de ella,
sensaciones jamás imaginadas. Jadeaba, gritaba, gemía, suplicaba.
No sabía como entregar más de ella al placer y a estos hombres
que la hacían enloquecer como nunca imaginó.

Así pasaron un gran rato cambiando posiciones,
hasta que se le permitió a ella correrse, en el mejor momento, pues le
era imposible aguantar más.

Fue un orgasmo intenso y prolongado acompañado
de fuertes espasmos en el ano y vagina.

Con las fuertes contracciones de ella, los
cuatro hombres también se corrieron.
Recibió con gran placer toda la leche de ellos por todo su cuerpo; en
la boca, culo, vagina, toda ella se encontraba llena de semen, sudor y sus propios
jugos vaginales.

Se sintió muy cansada y pensó
que ya iba a poder descansar, que tal vez ya su noche había terminado,
pero se equivocó.

Estaba inmersa en su agotamiento y sus pensamientos,
cuando sintió que le desamarraban los tobillos todavía sujetos
a la plancha.
Era una mujer, que la conducía a darle una ducha y dejarla nuevamente
lista.
Sin quitarle la venda de los ojos le lavó la cara que tenia toda escurrida
de semen, le frotó los pechos con los pezones duros, sensibles y adoloridos
por las pinzas y le jabonó todos sus orificios, ya adoloridos, con gran
habilidad.

Con el baño, sin la lubricación
de semen y jugos vaginales ella volvía a quedar bastante cerrada.

La mujer la condujo a la mesa redonda giratoria
del tamaño suficiente para que Laura apoyara sólo desde el cuello
hasta las nalgas. Quedaba con la cabeza semi colgada hacia atrás y las
rodillas dobladas hacia arriba.

En esta posición le sujetó los
pies abiertos, de manera que nuevamente quedaba totalmente abierta y para ser
usada al capricho de todos.

Ahora le dejaban las manos libres, pero aunque
tenía cierto movimiento en las caderas, no podía levantarse ya
que le sujetaron el cuello a la mesa con un collar.
Escuchó, ya en esta posición que la mujer le ordenaba que la chupara.

A Laura nunca le pasó por la cabeza
la posibilidad de ésta situación. Ella nunca lo había deseado,
y en las ocasiones en que su marido Luis se lo había sugerido ella siempre
rechazó esta posibilidad.

Conociendo su indefensa posición Laura
trató de obedecer pero al primer contacto de su lengua con la vagina
de la mujer, ella se negó a seguir.

La mujer giró entonces la mesa y comenzó
a jugar con el cuerpo de Laura. Empezó a chuparle el clítoris,
a morderle los labios, a meter los dedos profundamente en la vagina de ella.
Pellizcaba y jalaba con fuerza de sus pezones, metía la lengua por su
culo, lo fue abriendo suavemente y le metió 2 dedos y luego 3. Giraba
los dedos dentro de ella.
Laura comenzó a sentirse muy excitada y agradecida con la mujer por el
placer tan grande que le estaba proporcionando.

Entonces, ella misma, sin darse cuenta cómo,
se ofreció para chuparle la vagina y clítoris y hacerla gozar
en reciprocidad.

Era una sensación totalmente extraña
y desconocida para Laura. Ella enloquecía mamando vergas, pero nunca
había probado con una mujer.
La mujer, igual que ella no tenía bello, así es que era cómodo
morder, chupar, meter la lengua. Laura comenzó a darle verdadero placer
a esta mujer.

Mientras tanto, los hombres tomaban una ducha
y un pequeño descanso.
Platicaban y planeaban entre ellos, donde Laura alcanzaba a oír el murmullo,
pero ellos tenían a la vista lo que ella hacía.

La mujer se separó de Laura y se acercó
a la mesita. Laura sintió algo grande, duro y frío que presionaba
la entrada de su mojada vagina. No acertaba a adivinar qué era. Parecía
un consolador muy grande, pero su textura y frío la hacían dudar.

La mujer que la estaba masturbando había
preparado dos grandes pepinos bien fríos, uno más grueso que el
otro. Aunque Laura estaba muy mojada y algo abierta por los dedos que la penetraban,
no lograba aceptar en su interior ésta gran verga verde que trataba de
penetrarla.

La mujer comenzó a chupar y morder el
clítoris de Laura y a meter y sacar rítmicamente el pepino haciendo
más presión cada vez. La sensación de frío de esta
verga hacía a Laura sentirse más y más deseosa y caliente.
Poco a poco la mujer fue logrando abrirla lo suficiente y meterlo casi en su
totalidad.

Ahora tomó el segundo pepino con la
mano izquierda mientras que tres dedos de la derecha los introducía,
mojados de saliva, en el culo de Laura.

Era una sensación deliciosa para Laura.
Físicamente estaba totalmente entregada y mentalmente ella deseaba más,
pues sabía que le estaba preparando el culo para algo más.
Al sentir la mujer el culo de Laura suficientemente abierto retiró los
dedos y comenzó a meterle el segundo pepino, que era más grueso
que el primero.

Con gran habilidad la mujer comenzó
a chuparle el clítoris y a hacerle presión en el ano y a meter
y sacar la gran verga de la vagina.
Al fin entre quejidos de dolor y de placer Laura comenzó a comerse la
gran verga por su orificio trasero.

Esta noche Laura había vividos las más
intensas y desconocidas sensaciones de su vida. Placer y dolor extremos que
nunca imaginó que pudieran llegar a excitarla a estos niveles.
Le habían sabido aplicar las dosis suficientes de dolor al punto de casi
lograr quebrantar su voluntad y hacerla llegar a los límites, pero de
pronto todo cambiaba y le daban a su cuerpo el placer más inimaginable
que ella jamás pensó que podía existir.

Justamente se encontraba en un momento de quebranto de voluntad, cuando escuchó
a los hombres acercarse hacia ella.

Le ordenaron nuevamente que tenía que
mamarle a todos sus ya limpias, descansadas y bien paradas herramientas, pero
ahora contaba con las manos y la boca, y para sorpresa de Laura, tenía
que adivinar cuál era la de Luis, su marido, que todo el tiempo había
estado ahí y era uno de sus cuatro verdugos.

Así fue como sucedió, todo había
sido planeado por Luis. Él deseaba satisfacer todas las locuras y fantasías
que Laura tenía, que él había creado en la mente y el cuerpo
de ella.
Pues así, ahora ella tenía que reconocer el gran instrumento de
su marido, de lo contrario, recibiría 30 cuerazos con un cinturón.

Mientras ella mamaba y se esforzaba con boca
y manos por reconocer a su marido, los demás hombres mordían y
jalaban sus pezones y su clítoris, sacaron los pepinos que ya dejaban
a Laura lista para lo que le esperaba, y en su lugar fueron metiendo sus hermosas
vergas duras.

Laura sintió el delicioso calor de una
de ellas penetrando su culo. Era una sensación deliciosa, pues el dolor
que le causaba el gran pepino terminó de inmediato y ésta era
adecuada al tamaño de su orificio trasero.

Aunque Laura se esforzaba y trataba de concentrarse,
no lograba adivinar cuál era la de Luis.
El tiempo se le acabó y era el momento de cumplirle el castigo.
Le desataron la correa del cuello y de los tobillos. La bajaron de la mesa y
obligaron a agacharse sobre su estómago en un pequeño taburete
con las piernas abiertas.

Todavía con los ojos vendados Laura
fue castigada personalmente por Luis, quien hasta había apostado que
su mujer sí sería capaz de reconocerlo, como ella siempre le había
dicho. Le propinó 30 cuerazos en las nalgas y piernas.

Después de esto, fue llevada a una cama
amplia, donde al fin pudo recostarse.
Estaba adolorida de todas sus partes y con las nalgas y piernas enrojecidas,
pero nuevamente estaba muy excitada.

Los mismos cinturonzazos la habían hecho
excitarse más, sobre todo cuando la punta del cinturón rozaba
su entrada vaginal, cosa que Luis hizo con gran frecuencia e intención.
Ya en la cama, uno de los hombres se acostó y los otros clavaron a Laura
en la verga.
Luis quedó parado frente a ella con su gran instrumento en su boca y
así comenzaron a excitarla, manosearla, a hacer que se mojara y pidiera
más.

Le metían los dedos por el ano, entraban
y salían y cambiaban posiciones, chupaban su culo y frotaban su clítoris.

Cuando Laura empezó a pedir con desesperación
que se la cogieran por el culo, se colocó uno de ellos y la penetró,
ella sintió delicioso y comenzó a moverse rítmicamente
al paso de ellos, de pronto sintió una gran presión en su orificio
trasero ya ocupado, cada vez más intensa y con gran dolor, casi insoportable,
y comenzó a pedir que se detuvieran, pero no estaban dispuestos a hacerle
caso, ésta era la prueba final para ella y la iban a forzar a vivirla,
para esto la habían preparado por tantas horas.

El cuarto hombre siguió presionando
fuertemente la entrada de su culo, hasta que al fin logró penetrarla
también.

Estaba siendo cogida por cuatro grandes vergas;
una en la boca, que era la de Luis, él siempre la había querido
ver así; otra estaba clavada en su vagina y dos por el culo, y una mujer
frotaba y pellizcaba sus pezones y su clítoris.

Ahora sí sentía que iba a reventar
su culo, sentía gran dolor y un tremendo placer.
Con todas estas sensaciones y caricias ya no pudo aguantar más y se corrió
con una intensidad como nunca en su vida sintiendo grandes contracciones vaginales
y anales y una oleada obscura pasaba por su cabeza, su respiración era
tremendamente agitada, estaba toda sudada, su vagina empapada al igual que su
culo y no quería que su intenso orgasmo terminara.

Sin embargo, los hombres no se corrieron, así
es que Laura seguía recibiendo vergas por todas partes.

Agotada como estaba tenía que seguir
respondiendo con su boca y caderas al movimiento rítmico de los 4 hombres,
así la mantuvieron por un largo rato otra vez, hasta que se excitó
tanto que deseaba volver a venirse.

Con las caricias y pellizcos de su clítoris
y todos penetrándola, alcanzó otro orgasmo de la misma intensidad
que el anterior. Después de tantas horas de ser cogida y usada de tan
diferentes maneras, en estos momentos ya enloquecía y gritaba de placer
y movía su cuerpo frenéticamente recibiendo y dando todo lo que
podía.

En esta ocasión sus espasmos hicieron
que los hombres se corrieran en su ano, vagina y boca, quedando totalmente abierta,
llena de semen y escurriendo por todos sus orificios.
Finalmente, le ordenaron que tenía que masturbar a la otra mujer hasta
hacer que se viniera.
Sin poner ninguna objeción, se aplicó intensamente y cumplió
con su tarea con gran habilidad, chupándole y mordiéndole el clítoris,
metiendo y sacando los dedos al mismo tiempo en su culo y vagina, succionando
sus labios, metiendo su lengua por ano y vagina, tocando los pezones, jalándolos
y pellizcándolos.

Así, hasta que la mujer se corrió
intensamente, agradeciendo a Laura su gran dedicación para complacerla.

Se quedó profundamente dormida por espacio
de 12 horas, cuando despertó empezaba a anochecer y estaba en su cama
acostada.
Cuando logró abrir los ojos Luis le dijo "¡Qué putita
eres Laurita, me encantas!".
Y así fue como Luis le dio a Laura el mejor regalo de su vida, un regalo
que nunca iban a olvidar.

Ella aprendió a conocer y manejar el
placer más intenso acompañado de dolor intenso. Estuvo por renunciar
varias veces, pero finalmente logró conocer sus límites y saciar
su necesidad de ser cogida en todas las formas inimaginables por 4 hombres,
3 de los cuales nunca vio.

 

Resumen del relato:
    Era insaciable, y quería llegar a la línea del límite entre el dolor y placer.

Sueños Imposibles

Sueños Imposibles (20)

Estimados amigos-as , el relato que os voy a narrar gira en torno a lo harta
que me tienen mis vecinos. Bueno , en concreto, mis dos vecinitas, la madre y la
hija y de lo que yo me imaginaria que las haría si las tuviera delante mía.

Como ya os acordareis en mi otro relato, no me ando por las ramas y si creo
que alguien de mi familia, como fueron antaño mis hijas, se merecen una buena
tunda, no me corto. Pero claro, el problema estriba en esta ocasión que no se
trata de mis niñas, sino de las vecinitas de la puerta de enfrente a la nuestra.

Se que la relación de vecinos es difícil y que es hasta lógico que surjan
desavenencias, como en todo bloque de vecinos, pero es que de la Marisol y de
Eva, estoy hasta el…Por eso, cuando estoy de mal humor por algo que me molesta
de ellas, imagino que las propino una buena azotaina.

Ya no solo son mal educadas, contestonas e imbeciles. Parece que a esa mujer
y a su hija el marido no las sabe atar en corto, el cornudo de él. Todo el día
voceando a través del patio de vecinos, poniendo la música bacaladera a toda
pastilla, no barren el rellano cuando la corresponde y si pudiera, se quedaría
con toda la cacharrería que la presto día si, día también.

Por eso os voy a contar lo que las haría si pudiera, porque así me desahogo,
si nos os importa.

Me imagino que me toca ser la presidenta de la asociación de vecinos este
año. En el orden del día, figura como tema principal la decisión por parte de la
Junta de vecinos de su posible expulsión de nuestro bloque de pisos, por el
comportamiento antisocial de Marisol Galván y de su hija, Eva Durantez Galván.(
los nombres y apellidos son inventados, no fuera a ser que estas personas
aludidas frecuentaran nuestras mismas aficiones). El pobre marido me daría pena,
bastante tiene con lo que lleva encima de la cabeza.

Durante la reunión, los vecinos me habrían dado plenos poderes para actuar
como yo pensase que era correcto, para poner en vereda a "esas"dos. Yo
presidiría la reunión, en la que estarían presentes todos los vecinos
propietarios y expondría las acusaciones delante de las aludidas. Ellas claro
están, protestarían. Yo severa como la que más, gritaría más que ellas hasta
conseguir que se asustasen de veras por el cariz que tomaban los
acontecimientos. Las dos, temerosas de que en menos de 10 días tuvieran que
abandonar el piso, rogarían e implorarían que reconsideráramos nuestra actitud y
que no fuésemos tan severos, que cambiarían de actitud y toda esa parafernalia
de suplicas.

Como en el fondo no soy tan mala del todo, les indicaría de forma severa que
se merecen por lo menos una lección y que si no se quisieran ver en menos que
canta un gallo con las maletas en la calle, tendrían que recibir un duro
correctivo, a la vez que humillante: una buena tunda de azotes para cada una. El
marido, harto de la "víbora de su mujer " y de la malcriada de su niña, moviera
la cabeza, asintiendo afirmativamente. Ellas aceptaron ya con la vergí¼enza
reflejada en su rostro. Los demás vecinos tomaron el castigo como justo. Para
Eva, la más joven, aun alumna de la ESO, una buena azotaina propinada por mi
sobre mis rodillas y para la madre, aun de muy buen ver y de unos 40 años de
edad, una buena tanda de correazos infringidos a dos cada uno por cada vecino (
porque con casi todos tuvo problemas) allá presente, es decir, quince vecinos
por dos, igual a 30 correazos sobre su trasero al aire.

Yo , henchida de satisfacción , viendo como el anterior orgullo de mis
vecinas ya pasó a la historia, coloco mi silla en el medio de la sala. Ordeno
con voz autoritaria que Eva comparezca ante mi presencia. La chica, de pelo
rojizo cortito, vestiría con blusas y pantalones vaquero negros. Inmediatamente,
la ordenaría que se bajara los pantalones y se tendiera sobre mis rodillas. Eso
haría y en un instante, la tengo sobre mi. En un principio, su ropa interior
blanca de algodón no me molestaría y la chica pasaría menos vergí¼enza.
Comenzaría a azotarla vigorosamente, pues el castigo no es "baladí". Lloraría,
se retorcería y pediría perdón. Descanso un poco las mano y la bajo de un tirón
sus braguitas y se las quedo a mitad de muslo, pues es algo ancha de caderas,
para seguir azotándola hasta que la mano ya me duele más a mi que a su trasero
bien rojo. A la vez que la azoto, miro de reojo a su madre, que permanece de pie
, presenciando asustada el castigo de su hija , mientras mira a su marido ,
implorando un perdón que no va a tener.

Eva se levanta frotándose el trasero y gimoteando como una niña pequeña. Los
azotes han sido fuertes, pero pienso que no para tanto , por lo que , cuando
ésta ya tenia subida las bragas, la di dos fuertes azotazos extras, por idiota y
quejita. Eva se froto el trasero con vehemencia, se subió los pantalones con
sumo cuidado, pues eran de pata estrecha y la rozar con su culo, a buen seguro
la escocería.

Me dirijo a la madre, una cuarentona de también anchas caderas y grandes
senos y la ordeno que se acerque hacia mi. Sin que lo espere , la doy un bofetón
y la indico que apoye las manos sobre el respaldo de mi silla. Ella obedece
sorprendida aun por el bofetón y se agacha para cumplir lo por mi indicado. La
levanto las faldas y la bajo las bragas de color negro muy despacito para que
aun sintiera más vergí¼enza. Pronto su cara de color tomate iba a estar como su
culo,: rojo,¡ pero rojo, rojo!. Su marido colabora. El será el que empiece.
Repito que contra el no teníamos nada. El bueno de Andrés se quita el cinto y en
un instante lo descarga con gran fuerza sobre el culo de su mujer, que salta a
cada azote que la da. Ya dos marcas rojas se otean sobre el dolorido a buen
seguro trasero. Andrés la propino un tercero, sin duda la rabia y la frustración
de estos años salían a la luz.

Así el castigo duro hasta los treinta y un azotes de rigor,. Yo misma la di
los dos ultimo y os juro, que si mi sueño se cumpliría, tendría ese culo
asqueroso al rojo vivo y los lloros por cada correazo, se oirían hasta en
Mostoles.

En fin, este seria mi sueño. Que bonito sería que todos nos llevásemos
estupendamente y que para zanjar nuestros diferencias de vecinos, recurriéramos
a las azotainas, ¿ no creéis?.

ARANTXA- septiembre del 2001

MI CORREO ES : POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO y
no me importa que le publiqueis.; un beso Alvaro

 

Resumen del relato:
    Una vecina harta de sus “vecinitas”, toma cartas en el asunto.

Azotaina casera

Azotaina casera (20)

Si, ya se lo que pensareis. Diréis que soy una antigua, una mujer de las de
antes, pero no tolero ni toleraré que mis tres hijas, por muy mayores que se
crean, a pesar de no tener la menor mas de 14 años, se me subieran al “guindo”
como suele decirse coloquialmente. Antes , me ocupe de la mayor y a pesar de que
supere los 19, no creo que no se lo tuviera merecido una buena zurra; la
castigue por irresponsable y por encubridora. Si dejaba salir algún sábado que
otro a las más pequeñas con Aurora, la mayor, era porque pensaba que ésta última
era lo suficientemente responsable y mayorcita para cuidar de ellas; pero no fue
así. Con la promesa de llevarlas la cine, mis tres hijas salieron y aunque
preocupaba como cualquiera otra madre, estando como están los tiempos de locos,
confié en que irían a ver la última película de Russell Crowne. Di a Aurora las
llaves de mi coche- solo tenemos uno en casa y soy divorciada- y se fueron tan
contentas como vinieron. Alegres pero no por la película en si, sino porque las
dos pequeñas venían borrachas. En cuanto abrieron la puerta lo supe.¡Menudo
alboroto, menudas risotadas!. Incluso me llamaron gorda sin venir a cuento
porque las interrumpí el paso para irse a sus cuartos. La mayor no había bebido,
pero en cuanto me acerque a recriminarla, percibí que olía a colonia de tío que
tiraba para atrás. Eso, y que llevaba la pintura de los labios toda corrida. No
me aguante y la di un buen sopapo. Ni se inmuto. La ordene que nos esperara en
la salita de estar y que yo me llevaba a sus dos hermanas al lavabo, para
introducirlas las cabezas en el grifo de la ducha fría. Ella me miro y me
obedeció. A las otras dos las agarre por los pelos e hice lo que pensaba.
Enseguida espabilaron, pues seguramente su travesura no paso de tomarse dos
chatos de vino, pero era lo suficiente como para reprenderlas con dureza.

Regrese a la salita de estar y allí me esperaba Aurora. Sabían que estaba muy
enfadada y que sus traseros lo iban a sentir, pues no era la primera vez ni
sería la última que las propine una buena tunda. Sin rechistar, las ordene que
se quitaran los pantalones y a Arancha la falda. Obedecieron sin rechistar. Sus
ojos reflejaban temor. Las tres se quedaron en braguitas. Me senté en una de las
sillas del cuarto de estar y cogí a Azucena, la más pequeña, del pelo y la tire
sobre mis rodillas, Me molestaba su cazadora vaquera y se la quite. Con su
camisetita de marca y en bragas comencé a azotarla. Al principio no lloraba,
pero a medida que aumente la intensidad de la azotaína, comenzó a retorcerse .
Sus hermanas miraban la escena con piedad, pues sabían que serian la siguientes.
Al azotaína se prolongo por unos minutos, que a mi pequeña la parecerían horas.
Pero no me importaba, debían de aprender un poco de disciplina. No la baje sus
bragas rosas, pues sabia que estas no la estaban sirviendo de protección para la
tunda que estaba recibiendo su culo. El pelo moreno en forma de bucle le caía a
la cara, como sus lagrimas caían al suelo, resbalando o sus mejillas. Ahora cada
azote escocia más y gruñía y pedía perdón, a la vez que gimoteaba. Tenia su
trasero ardiendo cuando la dije que podía incorporarse. La rojez de su pompis se
confundía con el color de su ropita interior. Era una buena zurra.

Con la mediana actué de la misma forma. Comencé suavemente hasta que mi mano
comenzó a acelerar. Arancha tenia el culito más grande que su hermana y por ello
tuve que repartir los azotes por más superficie. Del bamboleo de su trasero al
recibir los azotes, su braguitas blancas salpicadas de arbolitos con frutas, se
la iban metiendo por su culete y parecía que la época de cosecha había llegado y
yo, con la fuerza de mis azotes, hacia que se le cayeran los frutos dibujados en
su ropa interior. Por lo tanto tampoco la quede con el culo al aire y seguí con
el castigo con sus bragas puestas. Me dolía la mano ya y pare. A pesar de ser un
poco más mayor que la más pequeña, Azucena, está lloro más. Se levanto y sus
ojos vidriosos me pidieron perdón, pero me dio igual. La agarre por su pelo
rubio y la puse junto a su hermana. La mano me escocia, por lo cual elegí que
azotaría a Aurora con el cinto de mi pantalón vaquero. Cuando me le vio quitar
palideció y aunque protesto tímidamente, chito. Debía de ser más dura con ella
para que diera ejemplo a sus hermanas y así sería. La ordene que se quitara la
blusa- no seria que la fuera a estropear, pues cara me costo y en bragas- bueno,
más bien en medio tanga, pues ambos cachetes de su trasero estaban casi al aire-
y sujetador blanco, se quedo. La dije que se tumbar boca abajo sobre los brazos
del sillón del cuarto de estar. Obedeció. No me lo pensé dos veces y empecé con
4 buenos zurriagazos. Al principio gimoteaba y al cuarto berreaba, pero no me
importaba y la pegue tres cintazos mas. Me acerque a comprobar que estaban muy
bien dados. Ya había señales de sus marcas en su culo. De un tirón la baje sus
mini braguitas y la calenté el trasero con 30 correazos más. Allí pare el
castigo. Su culo estaba surcado por rayas de un color rojo muy vivo y me pareció
suficiente. Se que soy antigua, pero ¿que hubieran hecho ustedes en mi lugar?.
Soy divorciada y si no hay un hombre que ponga disciplina en esta casa, yo lo
haré por los dos.

 

Resumen del relato:
    Una madre cansasada de la desobedencia de sus hijas, toma cartas el en asunto.

La semana de Sara

La semana de Sara (20)

Sara tenía las medidas de una modelo y los ojos más penetrantes que he visto
en mucho tiempo. Comencé a seguirla un lunes, después de que mi compañera me
hubiera mandado a freír espárragos. Nunca imaginé que aquello cambiaría mi vida.

Aquel lunes no averigí¼é gran cosa. No fui más allá de las escaleras del
metro. La blusa de Sara dejaba entrever la blancura de su piel, delicada como un
lienzo. Sus altos tacones resonaban en el pavimento, y yo no podía apartar la
vista de ellos. Me hipnotizaban. Tenía ganas de lamerle los tobillos y ascender
por la pierna hasta las nalgas, de rodillas, mientras ella me abofeteaba sin
parar. Aquella fantasía mantuvo mi pene erecto los quince minutos que la seguí,
y al llegar a casa, en la habitación de mi madre, me masturbé tres veces
seguidas.

El martes me atreví a bajar con ella las escaleras del metro y pude fijarme
en la línea que cogía. Pero no entré en el metro tras ella.

El miércoles sí me decidí. No la perdí de vista e incluso me senté en el
sillón de al lado. Desde allí, seguí contemplando sus tacones y sus tobillos.

Sara por supuesto no me conocía. Ignoraba que en el quinto, en la otra punta,
un chico de quince años se masturbaba cada día en su felpudo. No podía saberlo.
Por eso elegí el sitio de al lado. Para oler su perfume y correrme en el
asiento.

Cuando Sara abandonó el metro, yo permanecí sentado, con los pantalones
húmedos y los ojos muy abiertos. Frente a mí, una vieja me miraba con asco. Sólo
estábamos ella y yo en el vagón. No sé por qué lo hice. Me bajé los pantalones y
le enseñé la polla flácida, blanca como un heladito de crema. La vieja gritó y
trató de alcanzar su bastón, pero yo la golpeé con el puño en el rostro. No sé
por qué lo hice. Se desplomó en el suelo. Supongo que recuperaría el sentido al
final del trayecto.

El jueves seguí a Sara hasta un pomposo edificio de la zona alta de la
ciudad. Había muchos monumentos, zonas verdes y fuentes. Sara entró en el
edificio, abriendo ella misma la puerta. Aquello me extrañó.

El viernes esperé a la entrada a que alguien me abriese la puerta. Un señor
de unos cuarenta años salió a toda velocidad. Como cada día, a las diez de la
mañana, todos corrían mucho. Yo siempre hacía novillos en la escuela. Entré en
el edificio y busqué en todos los buzones el nombre de Sara. Ni rastro.
Entonces, tomé una determinación.

El sábado me levanté a las seis de la mañana. No quería sorpresas. Caminé
hasta el metro, me bajé en la zona alta y esperé a que alguien me abriera de
nuevo el portal. Siempre he pensado que era raro que no hubiera portero. Los
porteros son necesarios para que gente como yo no deambule a sus anchas.
Permanecí en el primer piso, esperando a que Sara apareciera. A veces tenía que
subir al segundo o bajar, para ahorrarme el dar explicaciones. Claro que era, y
soy, un chico simpático. Un chico de quince años, bien parecido, agradable
cuando no me encuentro con la mirada de una vieja retrógrada. Siempre me
engomino antes de salir de casa. Mamá dice que me parezco a Christopher Reeve.
No tengo los ojos azules. Los míos son verdes.

Así que pronto, a las dos horas, sentí el taconeo inconfundible de Sara. Todo
resultó como había planeado. Me suele pasar, no sé por qué. Sara se dirigió al
ascensor. Sara y su falda de cuero y su blusa de seda y su sombrero veraniego y
sus zapatos de tacón de aguja, afilados como un cuchillo. Comencé a subir las
escaleras a toda prisa.

Pasó del primero y del segundo, pasó también del tercero, y del cuarto. Yo
subía, conteniendo la respiración. El ascensor se detuvo en el quinto. Desde las
escaleras, la observé como abría la cerradura del quinto F, y cerraba la puerta.

Quince minutos después, un hombre de levita llamó al timbre.

Treinta minutos después se oyó el restallido de un látigo.

Me acerqué al quinto F, y pegué la oreja a la puerta. Me llegaron cosas
curiosas, cosas malas.

-¡Puerco, de rodillas!

-Sí, mi Ama.

-Lame el plato, vamos. ¡Lame el plato!

Y más golpes.

No sé cuánto rato permanecí en aquella posición, con la oreja pegada a la
puerta y masturbándome. Supongo que debí perder el sentido del tiempo porque
cuando abrí los ojos, Sara estaba ante mí con una extraña sonrisa en el rostro.
Resultaba fascinante. No sabéis cómo. Caí de rodillas y le supliqué que me
dejara ser su esclavo. No sé por qué lo hice. Pero quería ladrar como un perro.
Estaba rabioso y tenían que azotarme.

Quedamos para el domingo.

Salí con ella de la mano. A fin de cuentas, vivíamos en la misma casa. Sara
me dijo que había depositado grandes esperanzas en mí. Que me había concedido el
honor de permitirme ser su esclavo particular. Ella me moldearía a su voluntad.
Eso me dijo.

Sabéis, mi novia y Sara eran tan diferentes que aún me sorprendo de mis
propias elecciones. De niño, un psicólogo amigo de mi padre le dijo que poseía
una mentalidad demasiado abierta para mi edad. Resulta curioso.

Entramos en el pomposo edificio y seguí a Sara hasta su puerta. Al entrar, me
dijo que me dirigiera a la cocina. Para mi sorpresa, estaba repleta de
maquinaria de tortura, látigos, poleas, cintos, fustas, clavos, grilletes,
pinzas… un verdadero fortín.

En aquel momento, Sara apareció, blandiendo un látigo extremadamente grueso.
Se había dejado únicamente las bragas y las medias y esos tremendos tacones de
aguja.

-Arrodíllate –ordenó.

Yo me arrodillé. Y ella alzó el látigo y lo dejó caer sobre mí, fuerte.

Yo lo agarré con las manos. Recuerdo que Sara se sonrojó un poco. Recuerdo
que se sonrojó aún más cuando me levanté y le pasé el látigo por el cuello.
Recuerdo que estaba roja como un tomate. No podía respirar.

No sé por qué lo hice. Se me da bien, eso es todo. Fue mi primer asesinato.
Desde entonces ya ha corrido el tiempo. Sigo en la brecha. Al principio sólo
eran mujeres, pero después también me ocupé de los hombres. Busco a personas
seguras de sí mismas, seguras en el rol que tienen cada día. Me gusta entrar en
sus vidas y someterme a sus caprichos y aportar luego una nueva perspectiva.

 

Resumen del relato:
    Un chico sigue a una mujer durante una semana, tras haber sido dejado por su novia. Descubre cosas interesantes sobre sí mismo.

Sumisión en pareja

Sumisión en pareja (20)

Hola: Me llamo Fidel y tengo 42 años. Aunque en mi vida no me falta de nada,
pues tengo un trabajo estable y una mujer maravillosa, a ella no le agradan mis
gustos sexuales, que no son otros que el hacer el papel de amo y ella el de una
sumisa esclava. Así que de mutuo acuerdo, cuatro o seis veces al año, me
convierto en un auténtico amo "master", unas veces (las menos) pagando a
prostitutas, y si surge la ocasión, a otras personas personas con mis mismos
gustos, y que por tanto no cobran.

Precisamente, unos de estos casos es el que os voy a relatar: Para contactar
con alguna de estas personas, generalmente lo hago bien a través de "Internet" o
por medio de las líneas telefónicas eróticas.

Fue mediante una de éstas, por la que conocí a Carlos, un hombre de 39 años,
de 1,78 de estatura, calvicie incipiente y 76 kilos, a quien le apetecía ser
esclavo. He de decir que yo no soy "gay" y que a Carlos le ocurría lo mismo, lo
que pasaba era que, según me explicó, le excitaba sobremanera verse sometido a
otro hombre, pero me de decidí a someterlo cuando me confesó que a su mujer
también le gustaba ser sometida por un hombre, que nunca lo había hecho y que
quería probar.

Como anticipo, le ordené que realizara determinadas acciones durante una
semana y que al finalizar este período de tiempo le llamaría para ver qué tal lo
había pasado.

Cuando contacté por teléfono con él, me confesó que se había excitado
sobremanera, siguiendo mis órdenes: El primer día, salir sin calzoncillos a la
calle; el segundo, ir al trabajo con un aro testicular; el tercero, llevar
puesto un tanga de su mujer; el cuarto, masturbarse en el baño de su trabajo; el
quinto, llevar toda la tarde un sujetador de su esposa; y el sexto, follarla por
el culo y que le rasurara la zona zona genital y anal.

Congratulado por su obediencia aparente, le ofrecí entonces mi propuesta: Si
el físico de su mujer me agradaba, estaba dispuesto a desplazarme a su ciudad
(distante 400 kms.) y realizar una sesión con ambos, quedando claro que yo iba a
ser su amo y señor, previo pacto de ciertos límites. Al instante, me describió a
su esposa: 38 años, 1,62, 56 kilos, 85 de pecho, 76 de cintura y 92 de cadera,
rubia de media melena y pelo rizo. En ese momento, le comuniqué que le llamaría
por la noche, para quedar un día. Esa tarde, le di la noticia a mi mujer, la
cual me recomendó que tuviera cuidado con los extraños, pero que por otro
motivo, no tuviera ningún reparo en asistir a la cita.

Así pues, esa noche llamé a Carlos, quedando con él ese sábado en una
céntrica cafetería de su ciudad a las doce de la mañana. Ese viernes, por la
tarde, emprendí viaje llegando a la ciudad de mis futuros esclavos al anochecer
y me alojé en un hostal. A la mañana siguiente localicé fácilmente la cafetería
y entré en ella treinta minutos antes de la hora estipulada, fijándome en la
gente que entraba e imaginando en cómo sería el físico de la pareja. Diez
minutos antes de las doce, entraron un hombre y una mujer, ambos atractivos, que
coincidían con el físico que me habían descrito por teléfono. Como yo les había
dado el mío: Pelo corto, moreno, con barba cuidada, 1,73 y 70 kilos, y como
tenía encima de la mesa, un diario de mi ciudad, enseguida se acercaron y se
sentaron.

Tras las presentaciones (ella se llamaba Laura), quedamos en continuar con el
plan previsto, fijando unos límites que sorprendentemente para mí, fueron
bastante altos, dada su inexperiencia aparente.

Acto seguido, comencé a interpretar mi papel de amo: Ordené a Carlos que en
el baño de la cafetería, se quitara sus calzoncillos y se pusiera las bragas que
llevaba puestas su mujer en ese momento. A ésta, le insté a que se las quitara
(llevaba una falda negra por encima de la rodilla, con un suéter gris y botas de
fieltro negras y él un traje gris) allí mismo, en la mesa y se las diera a su
esposo. Con gran azoramiento, y un ligero contoneo de su cuerpo, para que no se
notara demasiado lo que estaba haciendo, Laura obedeció, entregándole sus bragas
a su marido, quien fue al baño, regresando al rato.

A continuación, fuimos a otra cafetería a tomar un aperitivo y luego comimos
en un restaurante, y al acabar, mis esclavos me llevaron a su casa, que era un
piso grande con cuatro habitaciones, un gran salón y dos baños, con una
espaciosa cocina. Una vez dentro de la vivienda, les mandé que me enseñaran si
tenían algún material, mostrándome dos consoladores, uno vaginal y otro anal, un
aro testicular, unas bolas chinas y otras anales así como una fusta de cuero
negra. De una pequeña mochila que portaba, saqué dos pares de esposas, cuerdas,
cordeles, dos antifaces opacos, dos collares de cuero con cuatro argollas cada
uno, cuatro muñequeras de cuero con argollas, y cuatro tobilleras de idéntico
material, así como dos cinturones de cuero, también con argollas, ocho pinzas y
cuatro pesas de 50 gramos cada una.

Una vez en el salón, indiqué a Laura que se sentara en un sofá, haciendo yo
otro tanto a su lado y ordené a Carlos que se desnudara lentamente, dejando
puestas únicamente las bragas de su mujer; mientras obedecía, separé las piernas
de la mujer y le toqué con los dedos en su sexo, que se encontraba caliente pero
seco.

Cuando el hombre se hallaba ya desnudo, exceptuando las bragas, a través de
las cuales se observaba una ligera erección, indiqué a Laura que se quitara el
suéter, dejando al descubierto un sujetador blanco sin corchetes. Entonces,
coloqué a mi esclava el collar y las muñequeras y a continuación hice lo mismo
con Carlos, poniéndole también a él las tobilleras. Por mi parte, me desnudé
quedándome con un tanga de cuero negro que ya traía puesto. A continuación,
coloqué las manos del hombre a su espalda y las sujeté a las muñequeras con unas
esposas poniéndole también el cinturón. Luego, le mandé ponerse de rodillas, y
en esa posición, coloqué a Laura a la altura de su cara, ordenando al hombre que
por debajo de su falda, le lamiera su sexo, cosa que él hizo con evidente
satisfacción, mientras su pene sobresalía por la parte superior de las bragas.
Al cabo de unos minutos en que la mujer se puso colorada y la punta de sus
pezones, duros, observables a través de la tela del sujetador, la retiré del
arrodillado esclavo y le mandé quitarse la falda y el sostén; cuando lo hizo,
quedando sólo con las medias y las botas, le puse y el cinturón y le anulé la
visión con el antifaz opaco, mientras con una correa le inmovilizaba los brazos
a la altura de los hombros, anudando las muñequeras al collar, posición que le
elevaba un poco los turgentes senos.

A continuación, y dejando a Laura de pié, en medio del salón, a ciegas,
retiré las bragas a Carlos, colocándole el aro testicular. A él, anudé el cordel
y tirando fuerte del mismo, se lo pasé por su culo, anudándoselo al cinturón por
su espalda y luego volviéndolo a pasaro por eno y a lo largo de su erecto pene,
lo pasé por el meato, dando la vuelta otra vez por el ano y subiéndolo al
cinturón esta vez por el estómago. De esta manera, si su pene crecía, el cordel
le tiraría y se la clavaría en el meato. Acto seguido, me acerqué a su mujer y
le empecé a chupar los pezones. Cuando al poco rato, estaban ya duros y erectos,
coloqué en cada uno una pinza, lo que le provocó un respingo y un gemido casi
inaudible, tras lo que volví a chupárselos, lo que inmediatamente desencadenó un
endurecimiento de los mismos. Mientras tanto, Carlos se contoneaba de pié,
debido a la fuerte erección que sufría y que hacía que el cordel se clavara en
su meato. Para bajarle un poco la erección, le golpeé dos veces con la fusta en
sus nalgas, y a continuación, me serví una copa de brandy, contemplando a mis
dos esclavos de pié, inermes ante mí.

Después de tomar un sorbo del licor, ofrecí uno a Carlos e hice tragar otro a
Laura; mientras con una mano le sostenía la copa, con la otra, le rocé sus
labios mayores, notándolos completamente mojados, lo que aproveché para,
poniéndome de rodillas, chuparle el clítoris y luego mordisquearlo suavemente,
provocando que cerrara un poco las piernas, a lo que respondí con dos azotes en
la parte interna de sus muslos al mismo tiempo que le ordenaba que abriera bien
las piernas, cosa que hizo inmediatamente, tras lo cual, coloqué en cada uno de
sus labios mayores una pinza y al mismo tiempo, colgué sendas pesas de las
pinzas que oprimían sus pezones, lo que hizo que diera dos pasos hacia atrás,
pero como ya esperaba esta reacción le azoté con la fusta en sus nalgas
mandándola que se colocara como al principio.

Todas estas maniobras provocaban contracciones en le cuerpo de Carlos, debido
a la compresión de su meato por parte del cordel, el cual cada vez se le clavaba
más, por lo que opté por cortar el cordel, lo que provocó que su pene erecto, se
empinara aún más. A continuación, le tapé los ojos con el antifaz y le azoté con
la fusta dos veces en cada nalga.

Acto seguido, acerqué a Laura a donde estaba Carlos y arrodillándola a sus
pies le conduje su boca al pene de su marido y entonces le ordené:

"¡¡Chúpala!!"

La mujer obedeció y comenzó a pasar primero la lengua por la punta del
glande, luego se metió la polla en la boca, toda entera, para sacarla lentamente
y con la punta de la lengua introducírsela un poco en el dilatado meato, para a
continuación, lamerle todo el miembro hasta su base.

Carlos gemía de placer con la chupada de su mujer, así que como yo también me
estaba excitando, opté por ponerme al lado de mi esclavo y cogiendo la cabeza de
la mujer, me quité el tanga e hice que chupara mi polla, al mismo tiempo que con
una mano y obedeciendo a un impulso, comencé a apretar el pene de Carlos y a
masturbarle con lentitud pero con firmeza.

Tras unos pocos movimientos, noté que iba a eyacular, por lo que cesé en mi
manipulación y le conduje al sofá ordenándole que se arrodillara a sus pies. En
esa posición, hice que Laura le lamiera su culo, humedeciéndoselo con saliva al
mismo tiempo. Poniéndome unos guantes y cogiendo en una mano las bolas anales,
aparté a mi esclava y primero le introduje en su ano un dedo y luego otro, con
lo que su esfínter se dilató ligeramente, lo que aproveché para meterle en su
culo cuatro bolas, tras lo cual lo volví a colocar de pié. Acto seguido y como
su erección persistía, quité el antifaz a Laura y le mostré a su marido y cómo
le sujetaba a sus pezones dos pinzas. Como mi calentura continuaba y se
acentuaba, ordené a la mujer que se colocara de rodillas en el sofá e indiqué a
Carlos que le humedeciera su culo con su saliva, cosa que hizo al instante.
Cuando su ano estaba bien mojado y medianamente dilatado debido a que Carlos le
introducía de vez en cuando la punta de su lengua, lo aparté y con un fuerte
impulso metí mi polla en su culo, follándolo fuerte y salvajemente, mientras con
una mano la azotaba en las nalgas y con la otra tiraba de su pelo hacia atrás.

Al cabo de unos instantes, me corrí en el interior de mi esclava, retirando
mi polla e hice que con su lengua, Carlos me la limpiara. A continuación, apuré
el resto de mi copa y me dediqué a pensar en el "próximo ejercicio" con mi
pareja de esclavos, durante aquella tarde.

Continuará……………………………

 

Resumen del relato:
    Narración de las experiencias de un amo que esclaviza a una pareja de casados en su domicilio, siendo los esclavos novatos.

Soy una puta

Soy una puta (20)

Soy una puta, no es una forma de hablar, en realidad trabajo como puta a
tiempo parcial, tres días en semana de martes a jueves y quizá algún sábado si
me avisan con anticipación, estos días es cuando el mercado es mas activo.

En realidad soy estudiante, estudiante de 4° de arquitectura, no voy
demasiado mal, en los últimos cuatro años he logrado pasar, sin asignaturas
pendientes los tres primeros cursos y ya estoy en la recta final, en dos o tres
años habré logrado terminar la carrera y ….

Lo de puta es para pagar parte de los estudios y poder vivir sin estrecheces,
no soy una niña de papa y eso se nota.

No soy una puta callejera, tengo mi lugar en un conocido hotel madrileño
donde paran ejecutivos en sus viajes de negocio, el puesto me cuesta un poco de
dinero y alguna que otra mamada al jefe de seguridad del hotel y el director del
mismo para que me dejen trabajar sin tener problemas, pero así es la vida para
ganar dinero hay que invertir.

A parte de lo anterior me permito el lujo de ser selectiva con mis clientes ,
no estoy mal o al menos eso opinan mis clientes, soy bastante alta, descalza
1,78, me mantengo en forma y prácticamente no tengo un kilo de más, bueno unos
pocos donde tienen que estar, en unos pechos que más de una me envidian. Tengo
una cara simpática, hablo correctamente tres idiomas a parte del castellano y me
precio de tener una conversación agradable, aunque eso a muchos de mis clientes
les da igual.

Bueno, lo que yo quería contaros es algo diferente. Os quiero contar lo que
me sucedió hace cosa de un año y que refleja los riesgos que entraña este
oficio, por algunos llamado el más viejo del mundo.

La semana había estado bastante floja estaba a jueves y la renta del
apartamento estaba a punto de caer como todos los meses, ni que decir tiene que
a mi apartamento jamas he llevado a ninguno de mis clientes normalmente les
atiendo en sus habitaciones en el propio hotel.

No es que no tenga ahorros, pero son para una emergencia. Bueno a lo que iba,
estaba en la cafetería del hotel tomando un café cuando un “ejecutivo agresivo”
de los que tanto pululan por el hotel se acerco a mi.

Hola, ¿estas sola o esperas a alguien?

Como siempre pretendía llevarme a la cama gratis, pero ya voy teniendo
experiencia, así que le conté que podíamos pasar una buena noche por unas 60.000
pelas o lo que es lo mismo por unos 360 euros.

El ejecutivo estaba bastante bien, con un precioso traje Armani, unos zapatos
italianos y un Rolex, de los de verdad no de los “trolex” que llevan muchos.

Me comento que se llamaba Carlos y que era dueño de una fabrica de alta
tecnología en Zaragoza, de donde había llegado el día anterior.

Tras decirme que estaba conforme con el precio, me contó que, a parte de
pasar una buena noche, los dos según él, quería que le acompañara a tomar una
copa a casa de un cliente en la Moraleja. No suelo salir del hotel, salvo en
algunos casos a cenar a alguno de los restaurantes que se encuentran próximos al
propio hotel y así se lo dije, el me indico que lo entendía y que estaba
dispuesto a pagarme las molestias redondeando el precio hasta 100.000. me pidió
un momento para sacar el dinero del cajero automático que estaba en el vestíbulo
del propio hotel y al poco tiempo le tenia de regreso con un sobre que me
entrego, como no me gusta andar por la calle con tanto dinero encima, nunca se
sabe, le entregue el sobre a Paco, el recepcionista de noche, que me lo guardo
en mi caja de seguridad del hotel tras darme el recibo correspondiente. Paco es
un buen chico, quizá tendría que llamarle chica, muy honrado, nunca he tenido un
solo problema con él.

Bajamos al Parking del hotel donde tenia su coche, desgraciadamente con las
nuevas matriculas es imposible de saber de donde es coche pero me grabe la
matricula en la cabeza, de poco me serviría pero son manías que coges con el
paso del tiempo. El coche, un precioso Porche 911 Targa de color gris
metalizado, parecía volar bajo por la Castellana y después por la carretera de
Burgos hasta llegar a la Moraleja, en el camino poso su mano en mi pierna como
por descuido y comenzó lo que debería haberme puesto sobre aviso.

Introdujo la mano bajo mi falda hasta llegar a las bragas, como siempre
llevaba medias, de las de verdad no pantis, con un bonito liguero a juego con el
sujetador negro.

¿Te importa quitártelas?, me da mucho morbo saber que no las llevas. – me
dijo sin cambiar la entonación de voz –

No, en absoluto. – respondí mientras me las sacaba haciendo algunas
acrobacias en el asiento del coche-

Una vez quitadas, las mantuve un momento en la mano sin saber exactamente que
hacer con ellas, hasta que él alargo su mano y las tomo, abrió su ventanilla y
sin mirar las lanzo fuera del coche. Me quede cortada sin saber que hacer, no es
que no hubiera pagado para poder tirar las bragas, las había pagado y bastante
bien, pero es que me resultaría difícil encontrar unas que fueran bien al resto
del conjunto de ropa interior que llevaba puesto, pero preferí callar.

Una vez en la Moraleja, perdí mi sentido de la orientación como es bastante
habitual y tras conducir durante unos 20 minutos por varias calles de las que en
la noche no puede ver sus nombres, se detuvo frente a una cancela de hierro
forjado, abriendo la ventanilla saco la mano para apretar el botón de un vídeo
portero.

El señor Manuel Lebrija, por favor.

¿A quien tengo que anunciar? – le respondieron –

Carlos Córdoba, me espera.

Si señor, pase por favor.

Las puertas se abrieron, como en las películas y Carlos comenzó a conducir su
Porche por una avenida flanqueada de arboles que no permitían ver gran cosa
excepto la propia avenida. Detuvo el coche frente a la entrada de la casa, muy
modesta en comparación con el parque que acabamos de pasar. Descendió del coche
y tras abrirme la puerta me ofreció su brazo para dirigirnos a la casa.

Todo lo modesta que era la casa por fuera se trasformo en un palacio al
entrar en ella, si bien discreta y con buen gusto, de decoración entiendo os lo
puedo asegurar, el coste debía haber sido de muchos millones, cuadros y detalle
por todos lados decían que el propietario no debía ser un hombre pobre.

Nos pasaron rápidamente a lo que yo definiría como biblioteca, con una
preciosa chimenea donde ardía un fuego magnifico, en la sala ya estaban dos
hombres y una mujer de unos 40 años, todos con aspecto de no haber trabajado
mucho físicamente, es decir muy bien conservados.

Buenas noches Carlos, me alegra que al final vinieras. – comento uno de
ellos – veo que vienes acompañado, ¿nos presentas a tu amiga?.

Se produjeron las presentaciones mientras me ofrecían una copa que rechace
pero acepte un agua mineral con una rodaja de limón.

Transcurrieron unos minutos en que se hablo de todas esas cosas
intranscendentes de las que se habla en una reunión social, mientras yo
permanecía con las piernas muy juntas para evitar dar un espectáculo.

Y de repente comenzó la función, no estaba preparada, realmente no esperaba
que sucediera nada parecido y me cogió totalmente desprevenida.

El hombre que nos había dado la bienvenida, prácticamente sin cambiar el tono
de voz me miro y …

Bueno señorita, le importaría desnudarse.

¿Cómo? – respondí con tono de sorpresa .

Carlos, que estaba a mi lado, se giro y sin mediar palabra me soltó una
bofetada de las que hacen época, el vaso con el agua salió disparado de mi mano
y choco contra el suelo rompiéndose.

No nos hagas tener que repetirte las cosas, ¡¡desnúdate!! – casi me grito.

No se que te has pensado, pero …. – comencé a decir, cuando nuevamente la
mano de Carlos me abofeteo –

¿Lo prefieres así?, a mi me da igual – dijo Carlos, mientras el resto de
sala simplemente miraba expectante –

Me levante de un salto y salí corriendo hacia la puerta, en un momento estaba
intentando abrir la puerta que para mi sorpresa estaba totalmente cerrada y el
pomo no respondía a mis intentos de abrirla.

Señorita, será mejor que dejemos las cosas claras, a partir de este momento
hará lo que se le pida, sin dilación y poniendo todo su empeño en
satisfacernos, en caso contrario se atendrá a las consecuencias. – dijo el que
yo había identificado como dueño de la casa –

Carlos se levanto y acercándose a mi me agarro de una mano, lanzándome al
centro de la habitación, mientras decía.

Vamos, puta de mierda, desnúdate de una vez, no pierdas más tiempo.

Por un momento permanecí pensando que hacer, mientras notaba como algo húmedo
se deslizaba por mi labio superior, acerque mi mano a la nariz y note que estaba
sangrando no copiosamente pero si sangrando.

Tome la decisión de hacer lo que me pedían para evitar nuevos golpes, no
sabia lo que podría pasar pero de seguro si no lo hacia podía terminar con algún
hueso roto y pense que hacer lo que me pedían seria el menor de los daños, no
podía sospechar como acabaría aquello.

Me quite el vestido de seda que llevaba y me quede en sujetador y las medias,
por alguna razón me sentí mas desnuda que nunca.

Quítese el sujetador, pero conserve las medias – hablo uno de ellos –

Obedecí lo mas rápidamente que pude, mientras observaba a la gente intentando
predecir que pasaría a continuación.

Chúpemela – hablo el que hasta ese momento se había mantenido calladito –

Limpiándome la sangre que caía de mi nariz me aproxime a él y me arrodille,
evitando mancharle los perfectamente planchados pantalones, le saque la polla se
la cogí con mi mano y comencé a chupar.

Ponga las manos en la espalda.

Como si fuera un muñeco de resorte, cruce rápidamente mis manos a la espalda
y continúe chupando, bajando y subiendo mi cabeza.

No lo sentí acercarse, pero alguien se había puesto a mi espalda y ato mis
manos con unas esposa metálicas, por un momento pense en levantarme, pero algo
en mi interior me dijo que lo mejor que podía hacer era seguir chupando.
Continúe durante un rato hasta que una mano se poso en mi cabeza y me apretó
contra su cuerpo haciendo chocar su polla contra mi garganta, mientras sentía
como se corría y su leche me entraba hasta dentro, me separe bruscamente hasta
caer al suelo al no poder hacer uso de mis manos, donde quede dando arcadas.

Bueno señorita la noche acaba de comenzar, ¿no tendrá usted prisa?. – unas
risas acompañaron esta ultima pregunta.

Unas manos me sujetaron por los sobacos obligándome a levantarme del suelo.
Las luces se habían apagado y alguien estaba encendiendo las velas que había en
la habitación.

Sujetándome por los hombros me presentaron ante la mujer, que miraba
insistentemente mis pechos. Tomo de una cubitera un par de hielos y comenzó a
posármelos en los pezones logrando que se pusiera, en respuesta al frío, duros
como nunca los había sentido. De uno de los bolsillos de su chaqueta tipo sastre
saco algo que no pude identificar, parecía una cadenita no demasiado gruesa, en
cada extremo había una pinza dentada. Sin casi darme tiempo a reaccionar puso
cada uno de los extremos en uno de mis pezones. La sorpresa casi me impide
sentir el dolor, pero un momento después comenzaba a sentir como los dientes
puntiagudos de las pinzas se clavaban en mi carne.

Ahhhh!, por favor …

¡Cállese!, nadie le ha dado permiso para hablar – dijo de forma imperativa
la mujer –

Tomando la cadena comenzó a tirar de ella, ya no era necesario que me
sujetaran por los hombros, comencé a seguirla como una perrita fiel por la
habitación, si me detenía o me retrasaba de su paso el dolor en mi pecho me
indicaba claramente que debía modificar mi velocidad.

Por favor, me duele, me duele mucho, … – comencé a decir, cuando un
fuerte tirón de la cadena me indico que debía estar callada -.

Abrieron la puerta de la habitación y alguien puso un antifaz que me impedía
ver sobre mis ojos, comencé a seguir a ciegas a la que comenzaba a identificar
como mi ama.

Caminamos durante un corto espacio de tiempo por la casa, hasta que por
alguna puerta me sacaron al jardín, note en mis pies desnudos la arena y el frío
del exterior en mi cuerpo desnudo.

Escuche el ruido que hacia una llave al descorrer un pestillo y nuevamente
camine para evitar el dolor en mis pezones. Escuche como se cerraba una puerta,
en la habitación hacia frío, y las voces de que estaban en ella retumbaban en
los muros de una forma especial que no supe identificar en ese momento.

Alguien, agarro mis muñecas y separa mis pies de una forma violenta, me
desplace hacia delante hasta que mi cabeza choco con la pared, o contra algo
mullido que se encontraba en la pared, en ese momento me di cuenta que del
porque del sonido tan peculiar, las paredes debían estar acolchadas para evitar
que el sonido saliera al exterior.

Sentí como alguien ataba uno de mis tobillos mediante una especie de
muñequera y después el otro, obligándome a separar un poco mas las piernas,
intente unirlas pero me fue imposible, las muñequeras o tobilleras estaban
unidas a algo rígido que me impedía unir mis piernas. Alguien me obligo a
girarme y quedarme de pies con las piernas dolorosamente separadas, nuevamente
tiraban de la cadena que unía mis pezones, pero en esta ocasión casi no podía
caminar para evitar el dolor de las pinzas al clavarse en la carne.

Comenzaba a estar en un estado como de soñolencia, parecía que las esas cosas
no me pasaban a mi, que era otra persona a la que le sucedía todo aquello. Ya
había decidido no hablar y únicamente me limitaba a emitir pequeños gemidos
cuando el dolor se acrecentaba.

De alguna forma me tumbaron encima de una mesa, un tablero o algo similar,
mis piernas se doblaban sobre el borde casi a la altura de mis nalgas, pero no
me era posible unirlas, las manos me fueron atadas a la pared u otro sitio
quedando igualmente paralelas al suelo, mientras mi cabeza que se salía de la
superficie donde estaba tumbada quedaba caída.

Note como un paño, toalla o semejante húmeda y muy caliente era depositada
sobre mi sexo, arquee mi espada al sentir el calor, momentos después algo frío y
untuoso era extendido por mi pubis, para a continuación sentir como una
maquinilla de afeitar pasaba por él eliminado todo rastro de vello.

Si esto era todo, bien, el vello crecerá y vale, pense.

Pasaba el tiempo y nadie se había acercado a mi, la posición cada vez era mas
dolorosa, el cuello me dolía, los pezones me dolían y el pubis me ardía de forma
importante sobre todo después de que me habían extendido algún tipo de crema por
mi monte de Venus.

De repente, algo tiro de mis piernas obligándome a levantarlas hasta doblarme
por la cintura, y casi levantar mi culo de la mesa donde estaba reposando.

Plas, plas, plas, comenzaron a azotar mi trasero con algo plano, algo como un
cinturón ancho que caía una y otra vez sobre mi culo, sobre mis muslos, comencé
a chillar.

Alguien tapo mi nariz y me obligo a abrir la boca para evitar asfixiarme,
momento en el cual introdujo una bola de algún material duro en mi boca y cerro
una especie de cinturón en mi cogote. Durante un momento apretó mi nariz sin
dejar entrar aire y sentí como me asfixiaba sin poder hacer entrar el suficiente
aire en mis pulmones, la mano se separo de mi nariz y una maravillosa bocanada
de aire inundo mis pulmones, había dejado de sangrar pero tenia un poco taponada
la nariz.

Comencé a sentir como entraban en mi, en la posición en la que estaba no
podía ni intentar impedir que me penetraran, las piernas muy separadas y
perpendiculares a la mesa, tenia expuesto mi sexo ante cualquier acción que
quisieran tomar. Me sentía seca muy seca, mientras comenzaba a entrar en mi.
Entro hasta el final sentía como sus huevos golpeaban contra mis nalgas en cada
uno de sus envite.

Esta seca como una lija – dijo una voz -, ya se acostumbrara y comenzara a
humedecerse, eso espero.

Una carcajada llego a mis oídos, mientras alguien comenzaba a tirar de la
cadena que sujetaba mis pezones. Sentía como emitía sonidos entre cortado casi
totalmente ahogados por la mordaza que me habían puesto.

Algo, comenzaba a abrirse paso por mi ano, no es que nunca hubiera hecho sexo
anal, pero siempre lo había hecho con preservativo y la lubricación de este
evitaba el dolor que me estaba produciendo la penetración en seco, mientras el
que me estaba tomando por el coño seguía bombeando sin parar.

Notaba como la cadena que sujetaba mis pezones estaba tensa y obligaba a mis
pechos a erguirse hacia el techo, de repente sentí una quemadura en uno de mis
pechos, comencé a retorcerme, pero al retorcerme los dientes de las pinzas se
clavaban mas profundamente en mis pezones. Mientras escuchaba voz de la mujer.

Mirar como se mueve, parece una lagartija, jajajajajaja

Lo que debía ser un cigarrillo se posaba una y otra vez en mis pechos, en un
lateral, bajo ellos, en uno o en otro sin un orden predeterminado.

El dolor producido por las quemaduras trasformo en soportable el que me
producía el ano al ser forzado por algo que era demasiado grueso hasta para ser
agarrado con una mano.

Debí desmayarme, cuando desperté me encontraba sobre el suelo, boca abajo,
intente mover las manos pero nuevamente las tenia atadas a la espalda, intente
cerrar las piernas pero continuaban sujetas y no me fue posible, por el
contrario tenia la boca libre, me habían quitado la mordaza y el antifaz que me
impedía ver.

Una mano tiro de mi cabello hasta que me obligo a arrodillarme, con las
rodillas separadas y las manos a la espalda. La luz de un foco me impedía ver lo
que se encontraba frente a mi, baje la vista hasta ver que las pinzas seguían
puestas en mis pezones, ya no sentía el dolor, pero unas pequeñas gotas de
sangre indicaban que seguían clavadas en ellos.

Alguien se acerco a mi, estaba desnudo, la fuerte luz que provenía de su
espalda me impedía diferenciar sus facciones. Su polla quedo a la altura de mi
boca, no decía nada pero por alguna razón sabia que es lo que quería, abrí mi
boca y la comencé a chupar, por un momento paso por mi cabeza morderla, morderla
hasta quedarme con ella en la boca y después escupirla, pero no lo hice, no
estaba dispuesta a pasar nuevamente por lo que había pasado.

Comencé a mover mi cabeza y a poner el mayor entusiasmo posible en la mamada,
hasta lograr que se corriera, según llenaba mi boca con su leche, una polla
sustituyo a la primera, seguí mamando, chupando, hasta que me dolió el cuello y
la mandíbula, pero cada vez que una polla escupía en mi boca otra la sustituía,
otra mas gruesa, mas delgada, mas larga, mas corta, no se cuantas, en algún
momento me pareció que en realidad era las mismas que se repetían, el semen
mezclado con mi saliva corría por la comisura de mis labios y resbalaba por mi
barbilla hasta caer sobre el pecho.

Deje caer mi barbilla hasta chocar con mi pecho, mientras sentía como un
liquido caliente caía sobre mi cara, mi espalda y una mano tiraba de mi pelo
para obligarme a levantar la cara y abrir la boca, me estaban meando, se estaban
meando encima de mi, sentía el calor y el olor del orín resbalar por mi cuerpo,
escurrirse entre mi pecho, entrar en mi boca.

Unos brazos pasaron bajo mis sobacos y me arrastraron por la habitación hasta
obligarme a poner nuevamente de pies, de alguna forma mis brazos subieron hacia
el techo obligándome a poner de puntillas y con la cintura casi flexionada.

No lo has hecho bien, puta, no lo has hecho bien y lo vas a lamentar. – una
voz que venia de mi espalda repetía estas palabras, mientras un cinturón, un
látigo o algo parecido caía una y otra vez sobre mi culo y mis muslos, todos
mis músculos me dolían como si mi cuerpo se fuera a desmembrar de un momento a
otro.

Debí perder el conocimiento, cuando lo recupere, me encontraba con el vientre
sobre lo que parecía ser un aparato de gimnasia, uno de esos que se llama
plinton o algo parecido, las piernas seguían separadas y notaba mis agujeros
perforados, por algo que me estaba dilatando al máximo, pero ya no me importaba,
mis brazos muy estirados y separados no me dejaban hacer caer mi cabeza, frente
a mis ojos tenia el coño de una mujer que me estaba meando, mientras decía

Bebe, puta, bebe

Y yo bebí, como si fuera el agua mas pura.

Una vez que había terminado, se acerco hasta dejar su sexo a la altura de mi
boca, mientras decía

Límpialo y dame placer, hasta que me corra puta.

Lo que tenia en mis agujeros comenzó a vibrar y yo comencé a chupar a lamer,
nunca antes lo había hecho, nunca me habían ido las chicas, pero tenia que
hacerlo bien, ¡tenia que complacerla!.

Nuevamente comenzaron a azotarme, a perforar mis agujeros, comenzaron a
meterme un liquido caliente por el culo que me provoco una terrible diarrea.

Me debí desmayar nuevamente y cuando desperté, me encontré tirada en el suelo
de una habitación a media luz, encima de una mugrienta colchoneta, con las manos
atadas a mi espalda, pero al menos con las piernas ya sueltas, me dolía
terriblemente todo el cuerpo, la espalda, las nalgas, y el dolor del ano se
hacia insoportable, tenia mucha sed. En una de las esquinas había un plato de
esos que se les pone a los perro y parecía tener agua, camine sobre mis
rodillas, me arrastre hasta llegar hasta el agua y meter mi boca en el plato.

Me sentía como una perra, atada, dolorida, apaleada, al agacharme para beber
mis pezones rozaron el suelo y una puntada de dolor me sacudió todo el cuerpo, a
la tenue luz de la habitación los observe, estaban amoratados, y mis pechos
presentaban múltiples puntos rojos donde debían haber posado la brasa del
cigarrillo.

Como pude me arrastre de regreso a la colchoneta, me dormí o me desmaye,
cuando nuevamente me desperté junto a la cama había otro plato en este caso de
una mezcla de arroz y algunos trozos de carne, comí desesperadamente y bebí el
un poco mas de agua. Nuevamente me quede dormida.

¡Arriba!, ¡levántate puta de mierda!.

Alguien había abierto la puerta de la habitación y gritaba, al abrir los ojos
identifique a Carlos.

Me puse de rodillas para poder enderezarme, con las manos atadas en la
espalda es realmente complicado ponerse de pies. Me apoye en una de las paredes
mientras él se acercaba, de uno de sus bolsillos saco la cadena terminada en
pinzas que ya conocía.

¡no!, por favor, no me la pongas, prometo seguirte …

¡Cállate!, mas te vale cooperar o si no, … será peor.

Me quede muy quieta, apoyada contra la pared, mientras se acercaba tomaba mis
pezones y los manipulaba hasta lograr que se pusieran duros para ponerme
nuevamente las pinzas, el dolor se acrecentó pero me había propuesto no gemir.
Puede observar mejor la cadena si bien en cada extremo tenia una pinza, en la
mitad de ella tenia un aro. Saco del bolsillo una correa como las que se usan
con los perros y la engancho al aro que se encontraba a la mitad de la cadena
que unía mis pezones.

Date la vuelta – ordeno –

Si dudarlo por un instante me gire hasta quedar de cara a la pared, la cadena
y la correa colgaban de mi pecho produciéndome una mezcla de dolor y sensaciones
confusas.

Coloco sobre mis ojos el antifaz que me impedía ver y me ordeno arrodillarme
e inclinarme hasta dejar mi ano y me sexo al descubierto. Introdujo en mis
agujeros algo, grueso y largo, que me produjo nuevamente sensaciones
contrapuestas, por ultimo me puso un cinturón o algo parecido que pasaba entre
mis piernas y ligaba mi cintura, supongo que para evitar que se cayera lo que me
había metido, me ordeno levantarme y comenzó a tirar de la correa y por tanto de
mis pezones, ciega como iba seguía realmente a la cadena intentando mantener la
velocidad en la que me doliera menos.

Me ordeno pararme y arrodillarme, en estos momento yo lo único que quería era
hacer lo que me pidieran sin perder tiempo y evitar cualquier posible castigo.

La situación se repitió, por mi boca comenzaron a pasar diversas pollas, una
tras de otra, a las que sin que se me pidiera, comencé a chupar, mamar, lamer
hasta que una tras de otra descargaban en mi boca, sentía como el semen corría
por mis labios, escurría por mi garganta, por dentro y por fuera. Me dolía, el
cuello de mantener el movimiento, la mandíbula de tratar de evitar que por un
descuido mis dientes pudieran rozar alguna de las pollas y ello diera lugar a
cualquier tipo de castigo.

Me quitaron el cinturón que llevaba puesto y sacaron los objetos que me
habían introducido, una sensación extraña sustituyo a la de estar llena, pero
fue por poco tiempo de alguna forma me encontré siendo penetrada por todos mis
agujeros, se fueron turnando pero siempre tenia en mi interior a tres de ellos.

Nuevamente me ataron los tobillos pero esta vez incluso mas separados que en
la ocasión anterior, mis manos fueron atadas a algún sistema que les permitía
elevarlas del suelo, prácticamente de puntillas sobre el suelo, mientras mis
nalgas y muslos recibían una serie de golpes producidos por un cinturón, látigo
o algo parecido, de la cadena que unía mis pezones debieron colgar algo pesado
ya que permanecían permanentemente estirados con los dientes de las pinzas
clavándose dolorosamente.

Nuevamente debí perder el conocimiento, ya que me desperté en un rincón de la
habitación en posición fetal, estaba desnuda pero no estaba atada tenia
muñequeras y tobilleras puestas pero no estaban unidas, desde mi posición con
los ojos entre abierto pude por primera vez ver la sala, cuerdas y poleas
colgaban del techo, varias mesas con piezas de cuero para inmovilizar a los que
se encontraran sobre ella se encontraban en la sala, en una de las paredes había
una panoplia de látigos, correas y cadenas, en el extremo opuesto a donde me
encontraba estaban unos sillones de cuero frente a una mesa en la que se
encontraban varios vasos. No había nadie en la habitación, lentamente me puse de
pies y note que tenia algo introducido en mi ano, deslice la mano entre mis
piernas hasta sacarlo de donde se encontraba, era un consolador grueso, muy
grueso, al sacarlo un retortijón recorrió mis entrañas y un chorro de liquido
marrón salió manchándome las piernas y el suelo.

Medio en un sueño me acerque a la mesa y tome agua de la cubitera de hielos,
encima de una de las butacas había una especie de bata o chaqueta larga que me
puse y me dirigí a la puerta que se encontraba a mi derecha, con cuidado mire al
exterior, era de noche, el parque estaba cubierto de nieve. Salí y me puse a
correr hasta llegar a un muro que salte como pude.

No se realmente lo que paso, alguien me recogió vagando por un camino a punto
de morir de congelación, después de varias semanas me recupere físicamente no
dejo de tener pesadillas por las noches. La policía no localizo a nadie, ni la
casa donde pase por espacio de casi una semana y casi me vinieron a decir que
estaba un poco loca y que debía haberlo soñado todo.

He tardado cerca de seis meses en localizar a Carlos, un par de amigas,
también putas como yo, me han ayudado, después de una sesión de “cariños” ya
tengo la dirección exacta de la casa y los nombres de los otros dos hombre y de
la mujer. Carlos no podrá ser padre y a partir de hoy tendrá que hacer pipí
sentado, si es que antes no le han roto también el culo unos cuanto amigos
cariñosos de Paco, el recepcionista de noche del hotel.

Tengo intención de ir esta noche a la casa haber si encuentro alguno de mis
viejos “amigos” y hacerles pasar un buen rato, tan buenos como los que me
procuraron a mi.

Esta es una historia de ficción, no ha pasado nunca, que yo sepa, si teneis
algún comentario no dudeis en escribirme a
POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO
, un saludo.

Raul.

 

Resumen del relato:
    Tengo sexo por dinero, pero hay ocasiones que ni todo el dinero puede pagar lo que se espera que hagas.

Irene (I)

Irene (I) (20)

Muy poco antes de casarme, apenas un mes,
un ahijado mío, un poco mas joven que yo se me adelantó. Aclaro,
se bautizó a los 18 años. Como es normal hubo el consabido revuelo
pre-la-gran-fiesta-familiar que se avecinaba. Sergio, que así se llama
mi sobrino, hacía dos años que salía con Irene, una compañera
de estudios de económicas a la que conoció en un prestigioso centro
privado de Barcelona. Bueno, en realidad fueron dieciocho meses, pues hubo una
interrupción en su noviazgo que, felizmente, terminó en reconciliación
al principio del verano. Cuando llegó septiembre, apenas nueve semanas
desde que esta se produjo decidieron iniciar los trámites del casorio,
que fijaron para el quince de ese mismo mes.

Yo conocía a Irene desde los primeros
días de la relación. Desde que la formalizaron ella pasaba muchos
días -y noches- en la casa familiar. Ya sabes lo acogedora y liberal
que es T (mi hermana). Me encontraba con ella cada vez que iba por Barcelona.
El tener casi la misma edad facilitaba una corriente de confianza mutua que
ella no podía mantener con otros miembros de mi familia. Así que
puedo afirmar francamente que éramos amigas. Se sinceraba conmigo como
yo con ella… en lo posible por mi parte, claro. Cuando tuvo lugar la separación
lo sentí de veras. Apreciaba mucho a esa chica y consideraba que podía
hacer mucho bien a mi “fillol”, un tanto pasota y despreocupado con
todo, y también con ella, desde luego. Precisamente esa “cualidad”
me pareció ser la mayor causante de la ruptura. En parte sí lo
fue, pero solo en muy pequeña parte.

Tardé bastante tiempo en enterarme que
se habían reconciliado. De hecho estuve en casa de mi hermana para el
ferragosto y Sergio andaba solo por allí, sin rastro alguno que denotara
su vuelta con Irene, así que me extrañó que a finales de
mes me anunciaran el arreglo. Como no había tomado vacaciones durante
ese caluroso estío, ya que mi J no lo había hecho, harta de tanto
estajanovismo de mi novio, decidí no aguantar mas, lo dejé plantado
en su quehacer -imprescindible para él, por lo visto- y me fui a Barcelona
hasta la boda. Mi hermana y mi cuñado vivían en una gran casa
con piscina en Sant Cugat, ¡y por fin allí estaba Irene!. No había
tenido ningún contacto con ella desde que lo dejaron, lo cual me había
extrañado sobremanera y lo seguía haciendo. Mis llamadas siempre
tenían la misma contestación: “Este teléfono está
fuera de servicio temporalmente por orden del titular”. Ya he dicho que
atribuía a la dejadez y falta de atención de Sergio las motivos
del alejamiento, algo de lo que ella se quejaba amargamente muy a menudo. De
ahí mis vanos intentos de hablar con ella y consolarla ya que con mi
sobrino o sin él, era mi amiga. Así que cuando hubo ocasión
de estar a solas le manifesté mis agravios para con ella y su falta de
confianza, tanto cuando rompió como cuando se reconcilió, lo cual
me había dolido enormemente. A Irene se le saltaron las lágrimas
cuando me dijo que lo sentía muchísimo pero que tenía sus
razones, que no podía hablar en ese momento, pero que quería contármelo
todo con tranquilidad, lejos de la casa, así que quedamos para comer
un día que tenía la tarde libre.

Nos vimos a las tres en el Nostromo, un restaurante
muy acogedor y discreto muy cerca de la plaí§a Sant Jaume, que no cerraba
por las tardes. Después de comer me contó su historia:

Cuando hablamos por última vez aquel
fin de semana del pasado verano, recordarás que te contaba las últimas
trastadas que me había hecho Sergio. Ya sabes que he aguantado lo indecible.
Quizás debido a mi pasividad, que tanto me has reprochado, quizás
debido a un íntimo convencimiento de que la cosa cambiaría algún
día. El caso es que hace ahora mas o menos un año, poco después
de hablar contigo, la situación con Sergio empeoró. Nunca hasta
entonces había sufrido tantos desaires y desatenciones, y… esas cosas
van dejando poso y la paciencia acaba teniendo un límite. Conocí
a un chico que trabaja en el departamento de marketing de la empresa, una persona
amable y simpática que me hizo el centro de su atención, pero
con elegancia y clase, sin atosigarme lo mas mínimo. Además, tenía
dos cualidades: está muy bueno y… me hacía reír. Comíamos
juntos en el comedor de la empresa; nos veíamos tomando el cortado de
la mañana, y poco más, de momento. Una mañana fui a trabajar
especialmente seria, afectada por el último plantón de mi novio,
que se fue de vacaciones a Andorra sin decirme nada, a pesar de haber quedado
para cenar. Me tuve que enterar por tu hermana. Ese día me decidí
a aceptar una cita con mi pretendiente después del trabajo. Fue muy hábil.
Esa tarde-noche me hizo reír como nunca, tanto que me olvidé completamente
del bandarra de mi novio. Casi sin quererlo me encontré en su cama. Esa
noche me llevó al cielo como dicen los cursis. Tuve seis orgasmos. Al
día siguiente estaba radiante, feliz, saciada. Por la tarde tuve el bajón
cuando me encontré sola. Había rechazado verme de nuevo con él
porque quería ordenar mis sentimientos. Nunca hasta entonces me había
acostado con otro que no fuera Sergio… ¡y a la primera cita! Yo en realidad
no le quería y atribuía mi encamamiento al despecho, pero… hacerme
correr seis veces cuando con mi novio apenas los rozaba, y con suerte… Creo
que en el tiempo que llevo saliendo con él solo habré disfrutado
de una docena de orgasmos a lo sumo. Después de un año y casi
medio no me parece demasiado… ¿no te parece?

Me dejó de piedra, la verdad, así
que le manifesté mi incredulidad ante el hecho de que no lo hubiera plantado
mucho antes. Desde luego yo no lo hubiera soportado.

Ya sabes, le quiero mucho y soy muy muy pasiva.
Bueno, continúo contando:

Volví a salir con Robert, que así
se llama el otro. Discretamente pero bastante a menudo, dadas las oportunidades
que me ofrecía Sergio. En cada cita nos íbamos apresuradamente
a follar como locos. Me hacía virguerías. Alcanzaba el clímax
múltiples veces. Me enseñó el placer del sexo anal, cosa
que nunca le había consentido a mi novio. A medida que pasaban los días
se me hacía mas imprescindible. Cuando me acostaba con Sergio solíamos
terminar de mal humor. Como lo hacíamos casi siempre en su casa paterna,
a la mañana siguiente tu hermana lo notaba. Sabía que íbamos
a la deriva, lo que todavía me hacía sentir peor. No se puede
trastear con dos coches a la vez, así que tomé una decisión:
Me incliné por Robert a pesar de mis dudas sobre mis sentimientos hacia
él. Le conté a Sergio que había otra persona y iba a dejarlo.
Me pidió que reflexionara unos días, que lo pensara, pero me negué.
Aceptó mi decisión sin aspavientos ni dramas. Nos despedimos con
un beso. Me planté en casa de su madre para comunicarlo yo misma. Abracé
a tu hermana y me fui.

No te llamé porque me sentí incapaz
de mentirte respecto a los motivos verdaderos de dejar a tu sobrino, y no me
atreví a contarte la verdad.

A mi memoria vino el episodio de Héctor
, y me sentí muy solidaria con ella, así que le dije:

- Debiste hacerlo. Yo te hubiera comprendido.
Nunca te hubiera juzgado.

No lo se. Entonces también tenía
mis dudas y estaba hecha un lío. Las primeras semanas, a pesar de que
una ruptura siempre es un trauma, fui feliz. No me fui a vivir con el porque
quería consolidar antes nuestra relación, así que seguí
en el piso con mi hermana. Sin embargo hacíamos el amor todos los días.
Los fines de semana eran agotadores. Acabábamos con la cama empapada
de nuestros fluidos corporales. Sin embargo… A medida que pasaban los días
empecé a acordarme de Sergio. Las primeras veces no le daba importancia
y apartaba fácilmente esos pensamiento. A los tres meses ya empecé
a echarlo de menos. Me di cuenta de cuanto lo quería y que mi único
lazo de unión con Robert era el sexo. Todo lo demás era vacío.
Empezaron a fallar los encuentros. El éxtasis era cada vez menos frecuente.
Poco a poco dejamos de follar todos los días. Poco a poco me hacía
reír menos. Poco a poco sentía ataques de melancolía. Poco
a poco se me hacía insoportable la ausencia de Sergio. No me preguntes
porqué, pero eso era lo que sentía. La cosa duró otro mes
hasta que… dejamos de vernos.

Con la soledad vino lo peor. A la falta de
mi amado vino a acompañarme el sentir desprecio por mí misma.
Me consideraba una cerda viciosa, una perra adúltera. Me sentía
culpable del mas horrendo de los crímenes: el crimen contra el amor.
Me di perfecta cuenta de lo mucho que le quería y que no podía
vivir sin él. Entonces me decidí a recuperarle de cualquier forma.

Me planté un día a la puerta
de su bufete. Siempre salía muy tarde pero le esperé. Bajó
solo por la gran escalera del edificio de oficinas. Cuando me vio quedó
inicialmente sorprendido. Después se me acercó aparentemente contento
y me dio un cálido beso en la mejilla. Sin mediar preámbulo le
pedí perdón. Le dije que le quería, que no podía
vivir sin su presencia. No hizo falta que le preguntara si aún sentía
algo por mí. Me lo dijo él. ¡Gracias a Dios!, pensé.
Nos abrazamos y así estuvimos un buen rato. Lloraba de felicidad. Llamó
a casa para avisar que no iba a cenar y nos fuimos a un hotel. Después
de follar cometí el error. Le confesé la verdadera razón
de haberlo dejado; el motivo de mi relación con Robert. Se lo conté
todo, con pelos y señales.

Irene se puso a llorar. Menos mal que estábamos
solas en el restaurante porque estaba de verdad muy afectada. La animé
como pude. Continuó entre hipos.

Le cambió la cara. Se puso serio como
nunca le había visto. Sin mediar palabra se levantó y se vistió.
Con los ojos en llanto le pedí, le rogué, le supliqué que
me comprendiera, que me perdonara, que haría cualquier cosa por conseguirlo,
lo que fuera, lo que quisiera. Tras un buen rato en silencio me pidió
tiempo para pensarlo: una semana. Después hablaríamos. Fue una
triste despedida.

No quiero decirte como pasé esos 7 días
para no aburrirte con mas de lo mismo. Llegado el día señalado,
el 20 de Junio a las 7 de la tarde, ambos llegamos puntuales a la cita. Está
bien, me dijo. Volvamos a intentarlo. Una vez dicho nos besamos en medio de
la Diagonal entre un millón de personas.

Las siguientes semanas fui enteramente feliz.
Sergio era mas atento de lo que podía considerarse normal. Hasta me enviaba
flores al trabajo. Pasábamos juntos todo nuestro tiempo libre, sin embargo…
algo rozaba en nuestra relación, algo se echaba en falta comparado con
nuestro noviazgo anterior… hasta que yo lo percibí y se lo dije:

- ¿por qué vamos siempre entre
semana a hoteles o a casa de amigos comunes y no vamos a tu casa como antes?.
Tengo muchas ganas de ver a tus padres -especialmente a T- y a tus hermanos.

- Porque no estoy seguro de ti, respondió.

Me dejó pasmada. La herida no estaba
cerrada del todo, pensé. Así que le dije:

- ¿Qué puedo hacer para convencerte
de que te quiero y que puedes fiarte de mí?

Irene volvió a llorar. Era un llanto
amargo. Tomé su mano intentando consolarla:

- No llores, mujer, que todo ha pasado ya.
Solo son recuerdos malos que se los llevó el tiempo.

Entre sollozos, continuó:

Sergio me preguntó hasta donde estaba
dispuesta a llegar para probar mi completo arrepentimiento.

- Haré lo que tú quieras, por
doloroso que sea.

- ¿De verdad harás lo que te
pida? Insistió.

- Si, si, lo que quieras, dije con las lágrimas
a punto de brotar.

Entonces me lo dijo. Me dijo exactamente lo
que quería que hiciese para rehabilitarme ante él.

- Tienes que ir a Villa S.

- ¿Villa S.? ¿dónde está
eso? Fue lo primero que se me ocurrió.

- Muy bien, iré donde tu quieras, pero…
¿puedo saber para qué quieres que vaya?

Entonces me lo aclaró todo. Villa S.
era -es- una residencia para mujeres. Había conocido su existencia a
través de su tío, uno de los socios fundadores del bufete donde
trabaja, al que por lo visto había contado lo de nuestra reconciliación
y sus dudas sobre mí. Sergio lo adora. Es como si fuera su padre. Este
mandaba allí a su mujer y a su hija cada año. Mas tarde comprenderás
el porqué. Bueno, continuo, me dijo que la estancia allí no era
fácil, pero que allí purgaría mi pecado (sic). Me volvió
a preguntar si estaba dispuesta a ir. Le dije que sí sin pensarlo.

- ¿Y contestaste que sí? ¿así,
sin indagar algo mas sobre aquello? No te entiendo, dije.

- Sí Inés, con temor pero lo
hice… por amor. No me importaba lo que me pasara si así recuperaba
a Sergio.

- Bueno, contesté resignada. ¿Y
que paso?

Por fin encontramos plaza libre la segunda
semana de julio, y gracias al tío de Sergio. Hice maravillas para conseguir
unos días de vacaciones. Tenía que “ingresar” el viernes
por la noche, así que salimos después del curro en coche. Imagínate,
sin escalas, y después de trabajar todo el día para que me dieran
esa semana y… con el aire acondicionado estropeado. Llegamos sobre la una
de la madrugada. La villa es un caserón enorme rodeado de árboles
y jardines, cerca de la autopista. Nos estaban esperando. Nos recibió
una señora mayor, de unos 65 años o más, Frau Hildegarda,
que nos hizo pasar a una pequeña salita de estilo árabe. Nos preguntó
si queríamos cenar. A pesar de no haber probado bocado rehusamos. Yo
solo quería una ducha y meterme en la cama, y mañana… ya veríamos
lo que pasaba. Me hicieron salir unos minutos para hablar a solas. Salieron
y me despedí de Sergio hasta el próximo sábado en que vendría
a recogerme, para ir juntos a disfrutar el resto de las vacaciones. Cuando quedé
sola Frau Hildegarda amablemente me condujo a mi habitación, pequeña
pero cálida, con un cuartito de baño completo y… un gran tocador
junto a la cama.

- Espero que estés cómoda. No
necesitarás la ropa de tu maleta. Ya te daremos lo que necesites. No
tenemos demasiadas reglas, ya lo verás. Solo la puntualidad y la obediencia.
Y algo importante: durante tu estancia aquí se te conocerá por
Ariadna. Sí, la del ovillo. ¿Te gusta? Bueno, hasta mañana,
felices sueños.

Y se marchó. ¿Ariadna? Sí.
Estaba bien. Cuando quedé por fin a solas me desnudé, me duché
y apenas me metí en la cama quedé dormida.

Me pareció que solo habían pasado
unos minutos cuando golpearon a la puerta. Aunque medio en sueños vi
a una chica rubia de unos 35-40 años que entró sin llamar. Solo
eran las seis de la mañana. Llevaba en sus manos una bata de seda blanca
y unos zapatos de tacón alto, negros, con cierre de hebilla, que dejó
sobre el taburete del tocador. Me dijo que esas eran mis ropas, y que a las
siete había que estar en el comedor. Y se fue.

Como es natural apuré el tiempo. Estaba
muerta de sueño. Pero a las siete estaba yo en el comedor. Así
y todo fui la última en llegar. Había once mujeres en una mesa
alargada, como monacal. Todas con batas como la mía, blancas tirando
a hueso. En la cabecera Frau Hildegarda en un sillón. A su derecha una
silla libre: era para mí. Esperé a una indicación suya
para sentarme.

- Un momento de atención, queridas.
Demos la bienvenida a Ariadna. Llegó ayer y estará con nosotras
por primera vez.

Me saludaron con una inclinación de
cabeza a las que correspondí. Frau Hildegarda bendijo la mesa y desayunamos.
Yo estaba muerta de hambre y me puse ciega de croissants, tostadas y todo eso.
Lo hacíamos en silencio, sin ese parloteo habitual en los desayunos multitudinarios.
En un momento la Frau hizo sonar una campanita y todas pararon de comer, incluso
yo. Con un gesto las sirvientas vaciaron la mesa.

- Bien queridas, ahora como es habitual con
las recién llegadas hagamos a Ariadna unas preguntas.(risitas)

- Veamos Ariadna ¿a tu prometido le
gustas mas cuando te maquillas?

- Sí, supongo que sí, contesté.

- ¿solo lo supones?

- Bueno, sí. Seguro que sí.

- ¿Mas que cuando vas al natural?

Me extrañaban esas preguntas. Sí,
contesté.

- ¿Porqué entonces no lo has
hecho esta mañana?

- (Perpleja) Bueno, él no está.

- ¿Y si apareciera por esa puerta? ¿estarías
preparada para él?

- (dudando) No sería la primera vez
que no me arreglo cuando lo veo, dije casi titubeando. Presentía que
tras aquello habría algo malo para mí.

Frau Hildegarda, mirando esta vez a las chicas:

- Aquí tenéis lo que tantas veces
digo. Por ahí se empieza. Una mujer que se precie siempre debe intentar
agradar a su hombre. Siempre debe estar preparada. De lo contrario… (hizo
un gesto desaprobatorio) Es evidente que nuestra Ariadna a preferido unos minutos
mas de sueño que ser una buena hembra para su señor, en este caso
su prometido. De alguna manera lo ha sacrificado a su egoísmo. (Mirándome
a mí) Me parece querida que este no es el camino, así que debemos
cumplir con nuestra misión por la que has querido venir con nos.

Se levantó y me tomó del brazo.

- Vamos al gimnasio.

Frau y yo íbamos delante, como dos buenas
amigas. El rebaño detrás. Yo seguía oyendo risitas y cuchicheos.
Atravesamos el vestíbulo y enfilamos por un corredor hasta que llegamos:
una sala grande muy iluminada… artificialmente, puesto que carecía
de ventanas. Pesas, aparatos, potros, y cosas así por todas partes. Barras
en las paredes. Tarima de madera. También había un biombo grande
que parecía ocultar algo. En el techo una estructura metálica
brillante, de la que colgaban anillas y… unas cadenas con muñequeras.
Allí me llevó Frau Hildegarda.

- Quítate la bata.

Allí no había aire acondicionado
pero mis sudores no eran por el calor. Me quité la bata y quedé
en ropa interior.

- Creí decirte anoche que no necesitarías
tu ropa, dijo suavemente.

Y quedó mirando con un gesto expectante.
Me quité las braguitas y el suje y quedé desnuda ante ella. Unas
sirvientas trajeron un gran sillón de mimbre para Frau y recogieron mi
ropa. La anciana se sentó en lugar preferente.

- Querida Ariadna, a tu prometido le gusta
el vello al natural, ¿verdad? dijo mirando mi pubis que en verdad estaba
un poco salvaje.

- No sé, nunca hemos hablado de eso.
Normalmente no lo llevo así sino mas recortado, pero he tenido mucho
trabajo últimamente y ni siquiera hemos ido a la playa, dije como disculpa.

Meneó la cabeza como diciendo: “Ariadna,
Ariadna, otra vez…”

- ¿Crees mas importante tu trabajo que
tu hombre, querida?

- No, pero…

- ¿Entonces? Me cortó.

- Lo siento muchísimo, acerté
a decir, ya que empezaba a ponerme muy nerviosa.

- Lo sientes… ya. Muy bien, siéntelo
pues.

- Dos sirvientas altas y fuertes me tomaron
por los brazos y ataron mis muñecas. Izaron de las cadenas y quedé
apoyándome apenas de puntillas en una posición muy incómoda,
y muy muy asustada.

- Por lo que veo tampoco tienes demasiado cuidado
con tus axilas. ¿O le gustan así a tu hombre?

- No, reconocí, le gustan lisas y depiladas.

- ¿Reconoces pues tu dejadez y desidia
para con tu novio, querida?

- Sí, así es, dije con mi cabeza
gacha, muerta de miedo.

Frau hizo un gesto y me pusieron un antifaz
de terciopelo y una mordaza.

A mí nunca me atrajo el sado. Ya te
lo comenté. Ni en sueños me he visto -ni mucho menos deseado-
en una situación como aquella. Empecé a entrever que era esa institución
y de que iba la cosa. No tardaron demasiado. Mi espalda se estremeció
con el primer fustazo, al que siguieron otros tantos, no se cuantos. Quise gritar
pero el bozal no me dejaba. Cada latigazo lo sentía como si me aserraran,
como si lijaran mi piel. Al fin paró aquello. Me desasieron.

- Llevad a Ariadna a descansar. Arregladla
y llevadla a la sala de convivencia a las once. Creo que será suficiente.

Y entre dos me llevaron casi a rastras a una
salita y me dejaron tirada en una cama.

Apenas podía moverme. La parte posterior
de mi cuerpo ardía, desde medio muslo hasta mis omoplatos. Al rato volvieron,
me aplicaron un bálsamo, me incorporaron y… me recortaron el vello
del sexo y depilaron mis axilas. Después me ducharon, peinaron y maquillaron.
A las once por mi propio pié entré en la salita llamada de convivencias.

Inés (POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO)

 

Resumen del relato:
    Le contaba a la tía de su novio como se habían distanciado y había conocido a otro y lo que tuvo que hacer para subsanar su desliz cometido.

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