Sadomaso | Tus Relatos Calientes
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La siesta

La siesta (20)

PREAMBULO

Ante todo hay que decir que lo que vais a leer en esta serie
no es otra cosa que narrativa. Me resisto a llamarlo literatura. Que nadie vea
en ella un paralelismo con los auténticos retazos de mi existencia. Eso sí, las
personas, lugares, hechos y circunstancias son reales… o casi; y no siempre
relacionados conmigo.

I.- LA SIESTA

Comencé a escribir estas notas pasadas solo unas horas desde
la entrada en el nuevo milenio. Llevaba algún tiempo pensando hacerlo, pero
nunca acababa de decidirme. Experiencia en contar historias no me falta
precisamente; escribo relatos gore desde noviembre del 97. Finalmente me he
puesto manos a la obra cuando tengo la impresión de que mi vida tal como hasta
ahora la conozco se va a encarrilar ¿definitivamente?. A esta hora todavía no
conozco el desenlace.

Empiezo… Ya sé que es un tópico y todo eso pero no concibo
contar partes de mi propia historia personal sin antes decir quien y como soy.
Debéis saber que todo el mundo me conoce por mi segundo topónimo, Inés. Paso por
poco de la treintena y estoy casada; no tengo hijos. Soy funcionaria y ocupo un
alto cargo en la administración. Vivo en una casa adosada en una urbanización
del área metropolitana de la ciudad de Valencia, pero nací en un pueblo muy
pequeño, la última en una familia bastante numerosa. Mis padres, católicos
practicantes, me educaron dentro de una moral muy estricta, pero tuve la inmensa
suerte de mantener una inmejorable y rica relación con mi hermano mayor y
padrino, sacerdote ultrapostconciliar y muy rojillo, que contrapesó los excesos
de mis padres enseñándome el valor del libre albedrío con respecto a los
principios de la solidaridad y respeto a los demás. Debo reconocer sin embargo
que tengo una conciencia bastante laxa en lo referente al sexo, lo que unido a
la natural curiosidad de los Géminis y a su innata capacidad seductora me ha
llevado, y espero que me lleve todavía, a situaciones y experiencias poco
comunes; y muy estimulantes, al menos para mí.

Mi vida no tiene nada de interesante desde un punto de vista
común. A esos seres corrientes no van destinadas estos retazos de mi vida,
aunque me lean, y yo les agradezco profundamente que lo hagan. Procuraré
contestar todos los mensajes que tengan a bien enviarme, aunque me insulten. Yo
solo intento interesar a ciertas personas, fundamentalmente mujeres, que
comparten conmigo una forma, “poco convencional” según una buena amiga, de
entender el sexo.

Desde que tengo uso de razón recuerdo haber tenido y alentado
fantasías y ensoñaciones con chicas en ropa interior colgadas de ganchos
jamoneros (sic) a las que miden las costillas y otras apetitosas partes de sus
cuerpos con látigos de diferentes pesos y medidas. ¿El porqué de esa vena sado?
No lo sé. Y en realidad no me importa. No tengo antecedentes de malos tratos. Mi
infancia fue feliz y como ya he dicho carezco del sentimiento de culpa inherente
a la visión religiosa del sexo. Sin embargo siempre he sido sumamente discreta
en manifestar mi lado oculto y he tenido la fortuna de no ser nunca la que ha
dado el primer paso. Bueno, casi nunca. Pero puedo decir sin ambages que detesto
la violencia no consentida y que jamás hice daño a nadie en contra de su
libérrima voluntad.

Si no hay causa ambiental justificada para mí, llamémosle,
perversión, tampoco la causa genética lo explica. El único antecedente plausible
es un pariente muy lejano de mi abuela que mató a un hombre en defensa propia
por un asunto de riego. Y fue absuelto.

Así que esta es, de forma mas o menos cronológica, la pequeña
e insignificante crónica de mis paseos en el lado oscuro, o salvaje como decía
Lou Reed, lo más apasionante con mucho de lo que llevo de vida. Y un añadido
final: todo lo que aquí se cuenta es cierto por difícil que cueste de creer. Por
respeto y precaución emplearé nombres ficticios o iniciales, pero todas las
personas que aparecen en estos relatos existen y están, creo, vivitas y
coleando.

Esta es la primera entrega de la historia. Todo comenzó
cuando iba a cumplir los quince años. Yo estaba entonces interna en el colegio
de Las Paulas. Ya era una moza alta y delgada, con largas y bien torneadas
piernas, cintura de avispa, caderas evidentes y trasero pito, sin ser ni mucho
menos culona. Baste decir que mis actuales medidas son unas envidiables
85/60/91. No soy una belleza pero tengo una cara ligeramente alargada y muy
resultona, aunque por entonces tenía algo de complejo de narizotas. Mis cabellos
eran largos y rizados, de color castaño muy claro. Hasta hace cuatro días se
tornasolaban a pelirrojos desde la primavera hasta bien entrado el otoño. Aunque
nunca ha sido una opinión unánime, me parece que me fallan un poco las tetas,
muy turgentes y bonitas, con unos pezoncitos menudos y oscuros, pero ay, un
tanto escasas para mi gusto. Si ahora son pequeñas, entonces eran minúsculas,
quizás debido a que la regla me vino un poco tardía, casi a los dieciséis. De
todas formas no puedo quejarme, ni tampoco lo hacía por aquel entonces. Ya
apuntaba a lo que ahora soy: una tía muy buena. Tenía que ir siempre quitándome
los tíos de encima.

Una muchachita de mi edad y yo compartíamos la amistad de
Marifrancis, una valenciana de nuestra clase. Laurita que así se llamaba no
estaba tan proporcionadamente desarrollada como yo. De vientre para arriba era
casi una niña, con muy poco pecho y sin cintura, pero de ahí abajo ya era
prácticamente una mujer, con unas piernas gruesas y molluditas y un culito un
poco fondón. Ese año fuimos invitadas por Marifrancis, bastante más fea que
nosotras pero más mujer, a pasar las pascuas a su tierra. Allí como en todas
partes chicos y chicas corretean y hacen manitas durante el día en el campo o en
la playa, hasta la hora de la disco en que se magrean de verdad. Después, los
más precoces pegan un par de insípidos polvos. Y así se pasan tres días mas la
propina de San Vicente.

Laurita y yo éramos forasteras y aunque se podía decir
perfectamente que éramos dos chicas boom; bueno, yo mas que ella, por la razón
que fuera no teníamos pareja. A mí me la traía floja puesto que ni entonces ni
ahora me van demasiado los tíos, pero Laurita se aburría, a ratos soberanamente,
hasta la hora del bailoteo en que siempre encontraba algún zagal para darse el
lote y dejarlo tirado después. La tercera tarde de picnic, sea porque nos veía
un tanto apagadas, sea porque le había dado un calentón y quería achucharse de
verdad con su novio y buscaba una coartada, Marifrancis nos invitó a su chalet
familiar vecino, y ese día deshabitado, con el pretexto de que sus padres le
habían pedido un libro olvidado. Entramos en la casa y con cara de complicidad
nos rogó que esperáramos un rato en la habitación de su hermano situada en la
planta baja, tras lo cual subió con su pareja al piso de arriba a aliviarse. El
cuarto estaba enteramente decorado con pasquines de películas, ya que la familia
tenía una gran amistad con los propietarios de un cine cercano. Escenas de
westerns, musicales, terror, SF: Grupo Salvaje, Río Bravo, Blade Runner, Alien,
My Fair Lady, El resplandor, Muerte en Venecia… empapelaban totalmente las
paredes y daban un ambiente acogedor al exiguo aposento. Como no teníamos nada
mejor que hacer recorrimos el cuarto reconociéndolas. Nos paramos ante dos
escenas de Historia de “O”. Laurita dijo:

- Mi hermana mayor dice que en esta peli las chicas se besan
y son azotadas. Y ponen cara de gusto. No entiendo, si no es pecado.

- ¿Porqué no es pecado?, pregunté extrañada.

- Franquimir nunca lo ha nombrado en sus charlas, contestó.

Don Francisco Miralles, Franquimir, era el confesor y pater
de Las Paulas, un cura trentino que acostumbraba a reunir a “las mayores” en los
ejercicios espirituales de cuaresma, y tronaba contra los desmanes del sexo y la
concupiscencia. Para él quizá el lesbianismo era un mal menor e identificaba la
homosexualidad exclusivamente con la mariconería. Para mí era una cuestión de
opinión y sentido común, dijera lo que dijese ese cura pelirrojo y gritón. De
todas formas no pude menos que comprobar que había conciencias todavía mas laxas
que la mía.

Al rato bajaron los amantes, acalorados y rojos como tomates
y nos reintegramos al grupo.

Después de esto Laurita y yo nos hicimos muy amigas. Cuatro
meses después mis padres la invitaron unos días al pueblo. Una cálida tarde
estábamos en bikini, haciendo la siesta en el desván, mi sitio favorito, por lo
discreto. Para llegar hasta él hay que hacer bastante ruido. Por entonces me
masturbaba regularmente fantaseando con mis hermanas mayores desnudas y
apaleadas. Como no tenían pudor de mostrarse ante mí sin ropa, yo no podía menos
que reparar en los bonitos pechos de Feli, las redondas nalgas de Lucy, o el
vientre redondo y graciosamente abombado de Trini. Aunque siguiendo la moda se
depilaban escrupulosamente, yo siempre me las imaginaba con los sobacos repletos
de pelos enmarañados y vellos púbicos salvajes. Visualizarlas convulsionándose
por la tortura me producía orgasmos casi instantáneos apenas al tocar mi vulva.

Y es que siempre he sentido atracción por las axilas de las
mujeres, sobre todo cuando están mas o menos pobladas de vello. Quizá la causa
se deba a un incidente con la chacha cuando yo tenía 5 años. Entré en su cuarto
y se estaba cambiando de bragas. Vi su vello púbico. No lo había visto nunca,
así que entonces lo confundí con sus axilas. Cuando años mas tarde vi desnudas a
mis hermanas mayores les conté inocentemente la confusión. Estuvieron riéndose
de mí durante mucho tiempo. Desde entonces me atraen extraordinariamente los
sobacos peludos. No sé si seré un bicho raro pero pienso que son algo muy
erótico y sexy. Me gustaría que a mis lectoras que les suceda lo mismo me
escriban diciéndomelo para no sentirme tan sola.

Sin embargo, cuando desencadenaba esos pensamientos lúbricos
a costa de mis hermanas me asaltaba una cierta percepción de culpa. A pesar de
que solo les devolvía mentalmente las barrabasadas que me hacían por ser la
pequeña de la casa, algo me decía que no estaba bien. Es quizá el único
sentimiento pecaminoso que he tenido en mi vida, lo que por entonces añadía mas
morbo al asunto, y más excitación claro.

No podíamos dormir por culpa del calor. Hablábamos sin parar.
En un momento dado Laurita, mirando el viguerío del techo como si disimulara me
preguntó: ¿recuerdas en Pascua, en la habitación del hermano de Marifrancis?
¿Aquella película, Historia de “O”? Pues mi hermana me ha contado que los santos
que sufren suplicio a causa de su fe también gozan con el dolor. ¿Tu te lo
crees?

A pesar de que mi hermano el cura me había hablado de los
componentes sexuales y orgiásticos de determinadas actitudes presuntamente pías
y del éxtasis religioso, aunque a esas edades no acabas de digerirlo, yo daba
por sentado que en mis sueños las víctimas del tormento sufrían, y que la única
que gozaba era yo, así que contesté:

- Yo no, desde luego.

¿Porqué no lo probamos? Estamos solas. ¿No te apetece?

Laurita no era mi tipo desde luego. Demasiado cría; pero la
perspectiva de que quizás se dejara azotar me puso algo caliente. Así que
accedí, aunque no sabía a ciencia cierta por donde iba a salir. Laurita se
incorporó:

- Inés, ¿sabes como murió Santa Irene de Lesbos?

- Ni idea, contesté.

- Los romanos le quemaron los pechos primero, y después la
acuchillaron. Mientras lo hacían cantaba gloria al señor sonriendo. Quiero jugar
a ser Santa Irene. Enciende esa vela de la mesilla.

Tomé la palmatoria y la encendí. Mientras lo hacía se quitó
la parte de arriba del bikini. Le habían crecido un poco las tetitas desde
abril. Se sentó en la cama. Yo estaba enfrente, en la otra, con la vela
encendida en mi mano. Ella sacó pecho diciendo:

- Acerca la llama hasta que te diga basta.

- ¿Estas loca? Dije sin demasiada convicción pues estaba
deseando hacerlo.

- Haz lo que te digo.

Puse la llama a unos 10 centímetros, a la altura de su pezón
derecho. La fui acercando todo lo lentamente que permitía mi pulso, casi
temblando por culpa de la emoción. Cuando el fuego estuvo a unos 3 centímetros y
el calor empezaba a hacer sus efectos Laurita empezó a gemir. Simultáneamente el
mugrón empezó a erectar. Se puso del tamaño de una canica. Yo iba acercando la
llama, mas y más. Ya casi rozaba la oscura piel cuando Laurita dijo basta. Lo
hizo jadeando, y no precisamente de dolor.

- Ahora a la otra.

Acerqué la palmatoria a la otra mama. Ya tenía el pezón
hinchado. Repetí la operación. Yo estaba ya bastante excitada, mas por la
agitación que por el deseo pero este no estaba ni mucho menos ausente. Esta vez
la llama casi tocó su pezón cuando pidió que parara. Respirando
entrecortadamentre me dijo.

- Por favor, humedécemelos con tus labios que me queman
mucho.

Lo estaba deseando puesto que intuía que me iba a gustar.
Introduje su pezoncito en mi boca y comencé a chuparlo y a lamerlo. Levanté la
vista y vi la cara de mi amiga, anhelante de placer. Yo ya estaba mojada pues me
gustaba mucho más de lo que había imaginado. Sentir esa piel un poco rugosa y
palpitante en mi lengua me electrizaba. Estuve un buen rato chupeteando ambos
pechos hasta que Laurita me separó.

- Quiero lamer los tuyos. Y me quitó el suje del bikini y me
lamió las tetillas. Entonces era yo la que jadeaba. De repente paró.

- Vamos a hacer otra cosa.

Me cabreó un poco que hubiera terminado tan pronto, pero
quedé a la espera de su iniciativa.

- Vamos a hacer el martirio de Santa Quiteria de
Constantinopla. ¿Sabes lo que le hicieron los turcos? Como no quería abjurar de
su fe los jenízaros la desnudaron y le arrancaron la carne a pedazos con unas
tenazas. Yo haré de mártir ¿me dejas? ¿Qué podríamos usar?

- Te dejo, contesté. A ver que encontramos.

En el desván había de todo pero no se me ocurrió que
artilugio podía servir. Laurita lo encontró.

- Mira, allí están los palos de la estufa. Eso servirá.

Se refería a unas largas pinzas que se utilizan para mover
los troncos. Estaban sucias pero eran ideales. Las limpié con un trapo y le
pregunté.

- ¿Cómo lo hacemos?

- Yo me tiendo en la cama. A Santa Quiteria la ataron en un
potro pero no tenemos, dijo riendo. Tu me pellizcas con las tenazas hasta que yo
te diga ¿vale?

Y dicho esto se quitó la parte baja del bikini mostrando su
vello púbico rojizo y se tendió levantando los brazos y asiéndose a los
barrotes. Nunca antes se había desnudado totalmente ante mí a pesar de habernos
duchado juntas y con otras chicas miles de veces. Sentí envidia por sus sobacos
tan peludos y por su cabellera bajoventral tan abundante, sobre todo para
nuestra edad. Entonces y ahora, siempre, he sido de pelo ralo.

- Empieza por mi tripa.

En mis fantasías sado siempre se había usado el látigo. A
partir de ese momento se incorporaron los alicates a mis sueños. Al acercar el
instrumento al vientre redondo y blando de Laurita me invadió una sensación de
mareo y una opresión interior como nunca había experimentado antes. Mi vagina ya
había empapado mi braga. Los apéndices metálicos pellizcaron las carnes y se
cerraron. Laurita disfrutaba cerrando los ojos. Le estaba haciendo daño pero
seguía aguantando. Cuando me hizo parar tenía una gran señal rojiza. No se
pondría un dos piezas en una temporada.

- Ahora en el pecho.

No lo pensé dos veces. Estaba a cien. Le aprisioné su seno en
su costado. Me costó porque con lo pequeñas que las tenía apenas había carne.
Aquí aguantó menos pero su cara denotaba una gran satisfacción. Repetí el,
teóricamente, suplicio, en su muslo y… en su peludito monte de Venus, donde
apreté y apreté sin que hiciera gesto alguno de detenerme. Cuando me hizo parar
había vello en las tenazas.

- Ya vale de esto, dijo jadeando y sudando. Vamos a descansar
un poco. Ven. Aquí, a mi lado.

Yo me tumbé junto a ella. Tomó mi mano y la puso sobre su
regazo. Yo notaba la mojadina de su vulva. Además la tenía hinchada.
Permanecimos así un buen rato. Gustosamente me hubiera abalanzado sobre ella a
volver a sorberle las tetas pero no me atreví y preferí dejarla a ver por donde
salía. Finalmente dobló su rostro hacia mí y me dijo:

- ¿Te apetece seguir jugando? Asentí con la cabeza.

- Vamos a representar lo que los calvinistas hicieron a Santa
Eduvigis de Basilea.

- ¿Qué le hicieron?

- Le clavaron un gancho en su sexo y con él la desgarraron
haciendo salir sus entrañas.

Que asco, pensé. ¿Por donde me saldrá esta ahora?

- Vamos a coger un colgador del armario. Me lo metes dentro y
estiras despacio hacia arriba ¿Te parece?

- Pero Laura. Puedo hacerte mucho daño sin querer, repliqué.

- Tu no te preocupes y hazlo.

Tomé una palomilla cuyo garfio terminara en una bolita; la
mas limpia y nueva. Le quité el polvo y giré el gancho metálico. Santa Eduvigis,
es decir Laurita, se abrió de piernas. Me acerqué a su sexo. Nunca había visto
uno tan cerca. Se veía perfectamente el himen virginal Con toda la delicadeza
que pude introduje la punta metálica en su vagina. Empecé a presionar hacia su
vientre pero paré.

- ¿Porqué no sigues? Lo estabas haciendo muy bien.

- No puedo. Tengo miedo.

- Está bien. Tu mantén el ganchito dentro y yo estiraré.

Dicho y hecho. Yo mantuve con mi mano el garfio en su
agujerito y ella tomó ambos extremos con sus manos y empezó a estirar. La rajita
de hizo alargada deformándose. Chorreaba y sus labios externos estaban gordos.
Laurita gemía. ¿Cuántas veces en esta vida habré recordado su cara de
satisfacción, hasta llegar a obsesionarme?. De repente paró y sus jadeos se
convirtieron casi en gritos. Soltó el colgador. Lo saqué inmediatamente mientras
ella era presa de convulsiones. Se había corrido. Cuando paró me di cuenta de
que sangraba un poco.

- Lauri, no te asustes pero te sale un pelín de sangre.

- Chúpala, por favor. No quiero manchar las sábanas.

Me puse en posición y lamí su coñito. Apenas sangraba pero
aquello sabía a gloria. Como pude puse mi dedo en mi clítoris, separando el
elástico de la braga del bikini. Entre la emoción y el deseo apenas acertaba a
masajearlo, pero aún así estaba a punto de correrme. Me faltaba ya muy poco pero
Laurita se me adelantó. Su cuerpo entero dio un salto y se arqueó; su sexo se
escapó de mi boca. Ante mis ojos el orgasmo la hizo presa de una serie de
bruscos espasmos y estertores que fueron remitiendo en violencia hasta quedar
quieta sobre el lecho, totalmente exhausta, empapada en sudor.

Quedé inmóvil, sobrecogida por lo que había visto. No tuve
tiempo de reaccionar. Se oyó el ruido de una puerta y oí la voz de mi madre:

- Ya estamos aquí.

Saltó de la cama buscando su dos piezas. Yo me volví a poner
mi pechero. Pusimos todo en su lugar y nos acostamos fingiendo dormir. Nos vino
justo.

- ¿Aún estáis durmiendo gandulas? ¡Venga, a merendar!

Esa noche no podíamos conciliar el sueño. Hablábamos bajito
porque al desván se entraba a través de una habitación donde dormían mi hermana
P y su marido. Conversábamos sobre cosas que nada tenían que ver con lo que
habíamos hecho. Tras unos minutos de silencio Laurita me preguntó:

- ¿Lo has pasado bien esta tarde?

- Sí, contesté lacónicamente.

- Me parece que debe ser pecado, diga lo que diga Franquimir.

- Eso creo yo también, mentí.

- Nos tendremos que confesar.

No contesté por no seguir mintiendo. Desde luego yo no
pensaba hacerlo.

- ¿Volverías a hacerlo? Me preguntó.

- Desde luego. Siempre que tu quisieras.

- Yo también. La próxima vez yo seré San Sebastián.

Tardé en contestar. Sabía a que se refería. Ya me la
imaginaba atada a un árbol mientras yo le hincaba largas agujas de lana en sus
blandas carnes. Empecé a ponerme caliente. Iba a pasar a su cama pero oí a mi
cuñado levantarse para hacer pis. Cuando volvió Laurita respiraba rítmica y
suavemente. Estaba dormida. No me atreví a masturbarme por miedo a que me oyeran
ya que estaba tan excitada que quizás no pudiera sofocar mis reacciones. Al
final me dormí. Estuve soñando toda la noche con torturarla, impresionada por
esa última sugerencia suya.

Desgraciadamente ya no hubo nuevas ocasiones de quedarnos a
solas, ni en casa ni en cualquier otro sitio. Laurita se fue a los tres días. Yo
seguí durante una larguísima temporada viéndola en mis fantasías atada a un
árbol; desnuda; con sus molludas y blancas carnes ensartadas.

Mi cuerpo ya sabía lo que era tener una buena corrida desde
que dominé el arte del onanismo. Comencé a masturbarme a los doce años, después
de una clara noche de luna llena en Verano. Yo dormía en el desván en la cama
vecina a la de mi hermana Lucy. Me desperté al oír unos leves suspiros. Sin
apenas moverme y con los ojos entrecerrados vi como ella movía los dedos dentro
de sus bragas. Después practiqué y practiqué mientras calentaba mis carnes con
mi imaginación hasta que un día lo conseguí. Pues bien, jamás pude imaginar que
se pudiera gozar un clímax como el de Laurita. Desde ese día he sentido
verdadera obsesión por disfrutar algo parecido. Eso me ha llevado por un camino
iniciático en el que esta primera experiencia tuvo mucho que ver. A pesar del
paso de los años y de mis estimulantes experiencias sigue viva en mí la cara de
inmenso placer de Laurita.

Cuando me reenganché en octubre Laurita ya no estaba en el
Colegio. Su padre había sido trasladado a Barcelona en septiembre, mas
concretamente a Vic. Allí había un colegio de Dominicas y allí acabaría su vida
escolar. Volví a verla hace pocos años, con ocasión de una de esas celebraciones
de antiguas alumnas donde nos adulamos falsamente unas a otras con eso de: “que
bien que te conservas”; “estas guapísima” etc. etc. Vivía en la zona de Sarriá,
y ejercía de ama de casa de alto standing, de esas que recogen a los niños del
colegio con un 4×4 y que tiene una segunda casa para findes y vacaciones en la
Costa Brava, en la parte baja de Llafranc, junto al puerto deportivo. Estaba
bastante más buena de lo que se podía esperar con su tipo de adolescente. Hacía
fitness; masajes todos los días y liposucción cada 2 años, y se había instalado
sendos implantes de silicona en sus antaño escasas prominencias mamarias. En
ningún instante despertó en mí ni una micra de deseo. Mas bien me hizo recordar
los hechos que posteriormente me acontecieron relacionados indirectamente por
nuestro encuentro.

POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO

 

Resumen del relato:
    Iniciacion al sexo oscuro por dos adolescentes en una tórrida tarde de verano. Tendra continuidad esa busqueda en la autora.

Necesito contar lo que me pasó

Necesito contar lo que me pasó (20)

Mi nombre es Anisa, tengo 24 años y aunque no sea una belleza se puede decir
q soy bastante atractiva. Un atractivo que me llevo a ser el objetivo de tres
sádicos q me violaron durante un fin de semana. Esto ocurrió hace unos 8 meses y
hasta ahora solo se lo he contado a una persona, una chica q conocí chateando y
q me ha ayudado bastante, pero he llegado al limite, estoy destrozada, hundida,
necesito q alguien q haya pasado por lo mismo me diga como lo ha superado,
necesito que me contéis vuestra historia y como pudisteis olvidarla porque yo
soy incapaz.

A continuación os relato lo ocurrido.

Estoy estudiando en Madrid y vivo en un apartamento sola. Todo empezó un
viernes que estaba bastante agobiada con los exámenes, eran los finales y para
distraerme me decidí a salir sola de fiesta y quizá tontear un poco. Me había
tomado tres copas cuando me fije en un chico, bastante guapo, nos pusimos a
hablar, era muy majo y me inspiraba confianza. Me tome otra copa con él,
empezamos a tontear….yo estaba un poco borracha y me propuso ir a su chalet en
las afueras. No sé por q lo hice, quizá tenia ganas de hacer una locura pero
acepte su propuesta.

Montamos en el coche, al poco me quede dormida, no me entere de nada, cuando
desperté ya estábamos en el garaje de su casa, fuimos a su habitación y seguimos
jugando. Comencé a desnudarme y de repente entraron dos amigos suyos en la
habitación, intente taparme pero se me echaron encima enseguida, estaba
aterrada, se reían de mi diciendo q vaya putita habían conseguido, q cuando
acabaran no iba a poder ni caminar…

Me agarraron entre los tres y me ataron boca abajo en X a la cama, la
pusieron en el medio de la habitación según ellos para que se las pudiera chupar
con comodidad y me acabaron de desnudar. YO no paraba de llorar, sabia q me iban
a violar y tenia muchísimo miedo.

"Joder si lleva hasta las bragas de marca, será pija la putita esta, ya
veréis como después de esto se le quita la tontería a la niña"."Zorra tienes las
tetas un poco pequeñas, ¿no te a dado papi dinero para operarte? Pero tranquila,
parece q tienes un culito muy estrecho, te han follado alguna vez por ahí?"

Al oír eso comencé a gritar de terror, nunca lo había probado pero sabia por
amigas q dolía bastante. "Zorra cállate, no te vale de nada gritar" al momento
me amordazaron con mis propias bragas. "Relájate y disfruta que tenemos todo el
fin de semana por delante, esta noche vamos a empezar por tu culito" "Te lo
vamos a romper con nuestra pollas, ya veras como te gusta" "Sabes lo q es esto,
niñata? una cámara de video, vamos a grabar tu violación y si nos denuncias…
pues ya sabes…seguro q a tus padres y amigos les hace mucha ilusión verte
comiendo mi polla"

A pesar del tiempo q ha pasado parece q me este ocurriendo ahora mismo.
Recuerdo sus palabras y sus caras riéndose de mí. Me cuesta demasiado recordar
todo lo ocurrido.

Los tres se ponen en frente de mi y se desnudan, veo sus pollas, y me
paralizo de miedo, una de ellas es demasiado grande, se q me puede desgarrar la
vagina con eso, pienso en mi culo e intento gritar pero las bragas me lo
impiden. EL chico q me gustaba se sube a la cama, no le puedo ver pero se lo q
me va a hacer. Noto como escupe en mi culo, me pongo en tensión, intento cerrar
las piernas pero no puedo."Chicos traer un par de almohadas para levantarle el
culo a esta zorra" "Tranquila, primero te voy a meter un dedo, pero no creas q
te voy a dilatar poco a poco, luego ira mi polla, y eso si te dolerá de
verdad…."Tenso los glúteos evitando q entre, pero da igual, noto su dedo poco
a poco dentro de mi, me duele pero intento relajarme.

"Joder, que ojete mas estrecho, chicos tenemos aquí un culito virgen, iros
preparando que hay trabajo" Saca el dedo y me vuelve a escupir, noto su polla a
la entrada, lloro de desesperación, el de la cámara se coloca delante diciendo q
quiere grabar mi cara de dolor cuando me reviente. Empieza a empujar, siento un
intenso dolor, me muevo desesperada pero le da igual, creo que me va a partir en
dos, noto como a cada centímetro q mete su polla me desgarra por dentro. Me la
ha metido entera sin darme tiempo a dilatar, creo q me voy a desmayar de dolor
cuando de repente la saca." Te ha gustado? maldita zorra me has manchado la
polla de sangre, vas a saber lo q es bueno"

De repente me la mete de golpe, entera, la noto en los intestinos y comienza
a moverse a lo loco, me viola a lo bestia, cada vez desliza mejor debido a la
sangre. La saca, espera que se me cierre el agujero y me la vuelve a clavar con
fuerza. Por mi cabeza solo pasa la idea de que me van a matar, de morir
desangrada. Cada vez se mueve con mas fuerza, los minutos son interminables,
hasta que le oigo gemir mientras se corre metiendomela hasta el fondo. "zorrita
mira como me las has puesto, vas a tener que limpiarla"

Lo siento pero no puedo seguir, es demasiado para mi recordar todo aquello.
Espero tener fuerzas otro dia para seguir porque lo cierto es que necesito
hablar de ello.

Espero vuestros e-mails. (POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO)

 

Resumen del relato:
    Un viernes decidi salir sola de fiesta, me tome unas copas… y acabe en un chalet a merced de tres sádicos que me retuvieron todo el fin de semana.

Alas de gaviota

Alas de gaviota (20)

No me interesan demasiado los hombres. A excepción de mi marido claro. En
general son egoístas, desconsiderados, ególatras y soberbios. Además, las tres
cuartas partes de ellos no saben hacer el amor correctamente a una mujer, y el
90 % de ese cuarto restante está constituido por maricas y psicópatas en
potencia. Por lo que queda no, vale demasiado la pena arriesgarse, a no ser que
seas una curiosa impenitente.. como yo. Así que yo tras casi dos años de
relación solo había sido infiel a mi chico con el pobre Felipe. La historia que
voy a contaros se refiere a la segunda vez que lo he engañado con un hombre.
Habrá mas, desde luego, pero de esta siempre lo lamentaré.

Ocurrió cerca de mi hogar natal, en un precioso pueblo colgado al oeste de
los puertos de Beceite, donde una de mis hermanas ejerce de veterinaria. Yo he
ido -y sigo yendo- muy a menudo por allí puesto que su familia es encantadora y
me encuentro como en mi casa, además de que me pilla relativamente cerca, a unas
dos horas de camino por uno de los paisajes más hermosos del País Valenciano.
Por esa época me estaba haciendo el animo de empezar a anunciar a mi numerosa
familia que iba a contraer matrimonio formal; por la iglesia, como está mandado,
y con mi padrino el sacerdote de oficiante. Aunque sabían que desde la muerte de
mi madre vivíamos en la misma casa, no dudaban que J y yo oficializaríamos
nuestra relación un día u otro. Todos los míos adoraban a mi novio.

Llegué un viernes a eso de las 2 del mediodía; sola, puesto que mi noviete
tenía mucho trabajo ese finde. Aparqué en la replaza junto a la casa del médico,
detrás de un increíble Mercedes 300 SL color plata. Es uno de los coches más
bellos que se han fabricado nunca. Las puertas se abren hacia arriba por lo que
también se le conoce como gaviota. No pude menos que quedarme un rato extasiada
contemplándolo. Al subir al piso se me tiró la chiquillería al cuello mientras
en el salón junto al vestíbulo charlaban mi hermana y mi cuñado con un joven de
abundante pelo oscuro, muy alto y de porte desaliñado pero atractivo. Llevaba un
jersey de cuello alto y uno de esos pantalones de aventura, muy anchos y con
bolsillos en el lateral de los muslos. Cuando mis sobrinos me dejaron saludé a
los mayores. No pude menos que comentar:

- ¿Habéis visto esa maravilla que hay aparcada abajo?

Mi cuñado riéndose contestó:

- Aquí tienes al amo. Y nos presentó: Inés; Héctor.

Nos dimos un protocolario beso.

- Te habrá costado un gran esfuerzo conseguirlo. Solo quedan unos 2000 mas o
menos en todo el mundo, y casi todos en USA.

- Vaya, esta entiende mas de coches que tu, dijo Héctor riéndose y mirando a
mi cuñado.

- Es verdad, es verdad, asintió este.

- En realidad no me costó ningún esfuerzo. Lo heredé de mi abuelo que era del
cuerpo diplomático. Es uno de los tres que hay en España. Tan solo lo mantengo,
que ya es. Lo llevo cada cinco años a Sindelfingen a la ITV para vehículos
clásicos de la Mercedes. Me cuesta un riñón pero está como nuevo. ¿Te gustaría
probarlo?

Era una oferta muy tentadora para una enamorada de los coches en general y de
este en particular. Además, el tío estaba bueno. Como me vio dudar dijo:

- Anímate mujer. Esta gaviota no pica.

Presenté una torpe excusa:

- Pero es tarde. Vamos a comer y hay que preparar la mesa.

Mi hermana que es mujer se dio perfecta cuenta de que aparte del coche el tío
me iba y por respeto a mi novio había tenido cerrada la boca, pero ante tamaña
tontería tuvo que intervenir:

- Aún falta casi una hora porque el tío Devuelto (apelativo cariñoso al
hermano soltero de su marido) esta todavía en Tortosa. Tenéis (en plural) algo
de tiempo.

Era una invitación para no quedar mal: ves pero sin propasarte. Para eso te
llevas la carabina. Yo lo estaba deseando, pero mucho más por conducir esa joya
que por el tío. Por pura coquetería me lamenté el no haber conducido hasta aquí
con falda, pero bueno; vaqueros ajustados y camiseta sin sujetador tampoco
estaba mal.

- Venga, vamos hasta Morella. ¿Vienes?, dije a mi cuñado.

- Paso, contestó. El tío no había captado la indirecta de su mujer.

Bajamos a la calle, levanté la puerta como si fuera una pluma y me senté en
un duro asiento de cuero rojo de aspecto impecable. Lo puse en marcha y manejé
esa joya mecánica por las curvas y contracurvas de Torremiró. Héctor no me
quitaba ojo. A la vuelta me preguntó.

- ¿Vienes por aquí a menudo?

- Bastante. Estoy muy a gusto aquí. Suele venir otra de mis hermanas; quizás
la conozcas.

- No creo ¿Cuantos días estarás aquí?

- Me voy el domingo por la tarde

- Entonces quizás quieras cenar conmigo mañana.

Me sentí halagada pero no estaba muy segura de acceder; nada segura en
realidad. Sabía que mi hermana no juzgaría porque vivía y dejaba vivir. Ni
siquiera tendría una mala cara pero… ¡qué puñetas! Solo era una cena. Acepté.

- Mañana a las ocho ¿de acuerdo?

Volvimos a tiempo de comer. Estabamos en la sobremesa. Los niños habían
abandonado la mesa. Tomábamos café. Pregunté con aire de despiste:

- ¿Héctor es de fiar?

Mi cuñado contestó: Es un mozo muy serio ¿Porqué lo dices?

- He quedado con él para cenar mañana, dije sin aparentar emoción. No volvió
a hablarse del asunto.

Siempre llevo en el equipaje una mini de cuero negro y unas medias a juego.
Mi hermana me prestó una camisa de punto negra bastante ceñida. Con un plumífero
negro iba de moderna por la vida. Fallaba la ropa interior, de algodón blanco.
Decidí no prescindir del suje, mas por respeto a mi hermana que por propia
convicción. Sin embargo, cuando bajaba las escaleras me desabroché la camisa dos
botones mas de la cuenta. Parecía estar pidiendo guerra. Desde luego la iba a
tener.

Me esperaba de pie junto al mercedes.

- Estás guapísima.

El tío llevaba la misma ropa que cuando le conocí. Me chocó pero no le di mas
importancia. Me abrió la puerta del coche. Al sentarme en una posición tan
agachada propia de los deportivos mostré mis bragas sin quererlo. Me estiré la
falda todo lo que dio de sí. El coche arrancó y en el cruce enfiló por la
carretera hacia el norte. A unos diez kilómetros aminoró la marcha y entró en un
camino de tierra.

- ¿A dónde vamos? Pregunté.

- Es una sorpresa, contestó.

Pobre coche, pensaba yo sin pizca de miedo. Siempre he sabido defenderme.

A los cien metros mas o menos el firme pasó a ser un magnífico asfalto. Es
para despistar, me aclaró. Todavía recorrimos un par de kilómetros por el camino
entre montañas hasta llegar a una especie de iluminado complejo de edificios
rurales perfectamente conservados, con un gran jardín central. Aparcamos frente
al que sin duda era la residencia.

- ¿Este es el restaurante?

- No, esta es mi casa. Salió, me abrió la puerta, y salí del coche
airosamente sin exhibición alguna esta vez. Entramos en un gran vestíbulo con
unas escaleras. La casa estaba caldeada.

- Es por aquí. Penetramos en una amplia estancia con una mesa alargada con
velitas, preparada como en las películas, un comensal en cada extremo. Al lado,
franqueada por dos enormes sillones con orejeras, una chimenea encendida. Todo
impecable, cálido y acogedor. Me ofreció un dry martini.

- Voy a ver como anda el asado. Y desapareció por un lateral.

Tras una cena opípara nos sentamos frente al fuego a tomar el café. Charlamos
y charlamos. En ese ambiente íntimo y grato nos confesamos nuestros compromisos
respectivos y algunas, no muchas, interioridades. í‰l tenía una novia formal en
Barcelona que trabajaba en la Caixa. Unos fines de semana venía ella. Otros la
visitaba él. Hacía alguna escapada entre semana, casi siempre causadas por sus
negocios de exportación de aceite. Ella debería haber estado hoy aquí pero la
enfermedad de su padre lo había impedido.

- Siento la circunstancia pero me alegro enormemente de que no haya venido,
dijo Héctor.

A pesar de estar muy sobria le provoqué: ¿Pretendes seducirme?

- Has podido comprobar que no lo intentado ni por asomo.

Era cierto. Apenas habíamos bebido; medio martini y un par de copas de Mí¶et.
Sin insistir en ello ni una sola vez. Muy separados en la mesa. Dos sillones
frente al fuego en lugar de sofá. Héctor continuó.

- No sé si coincides conmigo en que una vez has empezado a hacer el amor en
la forma clásica da casi lo mismo con quien lo hagas: besos, caricias, algún
mordisquito, el mete-saca. No; no me interesa seducir por seducir. Mi novia es
muy atractiva y lo hace muy bien, y me satisface enormemente. Hay otras formas
de sexo promiscuo que sí me interesan. No tienen nada que ver con la forma
convencional, independientemente de la persona con la que la practiques. De
hecho con cada una, o uno, resulta muy distinto.

- ¿Hay otras formas? Dije inocentemente.

- Claro que las hay.

Inmediatamente lo capté. Al igual que cuando mi hermana A se puso seria me
entró la nube por mi mente y una ligera opresión en mi pecho.

¿A qué otras formas te refieres?

No lo sé. Dímelo tú

Hice acopio de valor:

¿Un poco de sado por ejemplo?

- Por ejemplo, asintió.

Como vió que esperaba sus explicaciones continuó:

- Cuando traigo a alguien aquí procuro platicar. La mente es el órgano sexual
por excelencia. Como ves todo esto propicia un clima de diálogo íntimo. Por la
conversación obtengo a veces lo que deseo.

- Has hablado de personas y no de mujeres. ¿Significa…?

No me dejó terminar:

- Sí. Para eso da lo mismo, el género es indiferente.

Yo no estaba de acuerdo en absoluto, pero era igual. Estaba picada por la
curiosidad, así que continué:

- ¿Y que has visto en mí que te haga suponer que soy una candidata?

Quedó unos segundos callado, mirándome. Sonrió.

- Hasta que has hecho esta pregunta nada de nada. Ahora estoy seguro.

¿Porqué, si puede saberse? inquirí tontamente.

- Porque todos los que no quieren o no son capaces de hacerlo, me piden que
los lleve a casa o cambian de conversación.

Jamás hubiera sospechado que un hombre llegara a turbarme. ¿Sería el
ambiente? ¿El recuerdo del placer incompleto con mi, hasta el momento, única
tortura? De golpe me asaltaron las dudas. ¿Sería yo sin saberlo una masoquista,
o peor, una sumisa? ¿Y si era él la víctima, como me veía yo azotando su pene o
hincándole un palo por su asqueroso trasero? ¿Aceptaría su velada propuesta o
saldría pitando de allí? Casi sin darme cuenta contesté.

- Touché. Pero eso no significa nada. Soy curiosa por naturaleza.

En ese momento, a pesar de mi azoramiento interior, estaba fascinada por el
giro de los acontecimientos. Pensaba seguir adelante sin comprometerme demasiado
pero mi natural inclinación hacia las tinieblas podía jugarme una mala pasada…
¿o buena?

- Ven, te enseñaré algo. Se levantó y le seguí. Nos metimos por la puerta por
la que había salido a vigilar la cena. Daba a un pequeño distribuidor. Otra
puerta llevaba a una escalera que bajaba hacia el sótano. Era la bodega. Apoyó
la mano en uno de los estantes y de repente, ¡zas! se abrió como en las
películas dejando a la vista otra puerta, pero blindada, de apertura con clave.
Tecleó la musiquilla de “Encuentros en la tercera fase” Metió una llave y el
postigo se abrió, iluminándose simultáneamente una amplia estancia.

Era una sala cuadrada de generosas dimensiones con una hermosa bóveda de
ladrillo y paredes también del mismo material. La luz era casi cegadora. El piso
de tarima de madera. Por todas partes cuerdas y grilletes. El mobiliario: un
antiguo diván; un gran artefacto de madera en forma de aspa que parecía
articulado; una minifragua humeante; un barreño enorme, como un tonel muy ancho;
algunas sillas extrañas, una de ellas parecida a una silla eléctrica, algunas
brillantes cadenas y poleas, y una de las paredes ocupada enteramente por unos
estantes de madera con profusión de látigos, varas y otros artilugios no
precisamente de bricolaje; una cámara de tortura de diseño, vaya.

Quedé anonadada sin atreverme a entrar a pesar de que me estaba cediendo el
paso. Esa turbación acompañada de sensación de ahogo que experimento desde niña
cuando fantaseo viéndome ante una situación sexualmente inexplorada, de alto
voltaje y sobrecogedoramente excitante me embargó de golpe. Sabía que si entraba
estaba perdida pero… entré. Era demasiado estimulante. Y lo hice dispuesta a
todo. Me dirigí a curiosear hacia el tonel. Estaba lleno de un líquido viscoso.

- Es aceite de oliva virgen tibio. Exactamente a 38º. El mejor bálsamo que
existe.

- ¿Y eso? Dije señalando la cruz de madera.

í‰l estaba detrás de mí. Por respuesta me tomó por la cintura. Estábamos junto
al diván Luis XV. Acercó su boca a mi oído:

- Quítate la camisa. Y se sentó mirándome.

Estaba frente a él. Por un momento dudé. Era un tío. Un miserable tío,
pero… me lancé a lo desconocido. Me desabotoné la camisa lentamente, la saqué
de la falda y me la quité.

- Dóblala con cuidado y déjala aquí, dijo señalando el lado vacío del canapé.
Ahora quítate la falda y deposítala en el mismo sitio.

Hice lo que me pidió. Fui a desprenderme del sujetador pero lo impidió.

- Así esta bien. Descálzate y deja las medias.

Afortunadamente no llevaba pantys sino unas preciosas calzas de seda negra
rematadas por unos elásticos de fantasía, pero no pegaban con mi ropa interior
mucho más cómoda que sexy, pero eso ya no me importaba. La sala estaba muy bien
acondicionada pero no para que de repente me entraran los calores. Empecé a
notar como transpiraba mi cuerpo entero, esperando con una mezcla de angustia y
ansia los acontecimientos, para mí ya inevitables… e irrenunciables. Se
levantó y a su vez se quitó el jersey dejando ver su peludo torso desnudo. Lo
dobló y lo depositó en el sofá. Se despojó de su pantalón, y de sus calcetines,
quedándose con una especie de slip de cuero negro. Un pene mas que correcto
asomaba por una de las ingles fuera del calzoncillo, incapaz de mantener en su
sitio su dotado órgano. Por eso usaba pantalones amplios. De haber llevado
vaqueros ceñidos sería un escándalo.

Dios mío, pensé ¿qué voy a hacer ahora? No me dio tiempo a pensar. Me tomó
del brazo con firmeza y me condujo hasta el aparato que había despertado mi
curiosidad. Me puso de espaldas a él apoyando por separado cada uno de mis pies
en unos salientes de cada brazo inferior. Asió mis tobillos a unos grilletes
acolchados. Después hizo lo mismo con mis muñecas alzando mis brazos. Yo me
dejaba hacer presa del deseo y de la emoción aún a sabiendas que de nuevo iba a
ser la víctima torturada. Lo deseé. ¿Qué hubiera sucedido si hubiera sido yo el
verdugo de un hombre? No lo sé. Así que allí estaba yo a la espera del tormento.

Héctor se puso a mi lado y accionó una especie de polea. El potro y yo con el
se inclinó unos 60º. Yo me encontraba relativamente cómoda con los pies
apoyados. Se plantó ante mí. Su cabeza a la altura de la mía. Sin decir ni mu me
levantó el sujetador por encima de mis pechos. Paseó sus dedos por mis pezones,
para después acariciar mi cuerpo hacia abajo por mi estómago y mi abdomen hasta
llegar a mis bragas. Tomó el elástico con una mano y me las bajó lo justo para
que mi sexo totalmente depilado quedara a su vista, ligeramente entreabierto por
la posición de mis piernas. Me preguntó:

- ¿Desde cuando te rasuras el coño?

- A mi novio le gusta, mentí, casi balbuceando por la turbación que sentía.
En realidad nunca antes lo había hecho hasta mi experiencia con Ch. Desde
entonces tengo casi obsesión por la depilación, tanto del pubis como de las
axilas.

- Lástima, respondió. Por el color de tus cabellos debes tenerlos bonitos ahí
abajo, me decía mientras pasaba el dorso de sus dedos por mi monte de Venus liso
y suave.

Yo me veía a mi misma y alucinaba. Aquí estaba yo, amarrada, desnuda, de
palique con un tío que, mientras, me tocaba las tetas y el higo, dejándome hacer
y esperando saber lo que pensaba hacer conmigo, ¡y deseando que lo hiciera ya!

Bien Inés. Basta de charla. Llegados a este punto tengo que preguntarte
¿quieres seguir? Tómate el tiempo que quieras.

No tuve fuerzas para hablar. Por supuesto que quería seguir pero ninguna voz
salía de mi boca por culpa de la sensación de opresión y aturdimiento que
sentía. Moví la cabeza de arriba abajo asintiendo, varias veces, para que no
tuviera duda.

- Lo sabía. Sabía que tú eras distinta. Nos vamos a divertir, dijo
susurrándome al oído.

Vi como se acercaba a la fragua. La acercó hasta mí. Varios báculos metálicos
con mangos de madera descansaban con los extremos dentro de las brasas
humeantes. Sacó uno de ellos, el mas fino. Su punta era una pequeña S. Estaba al
rojo blanco. Lo acercó a mi cara. Gemí. Estaba aterrada.

- Te voy a marcar, para que siempre te acuerdes de que una noche me
perteneciste.

Yo era incapaz de articular palabra. Quería gritar, pedirle, suplicarle, que
no me quemara la cara, pero no podía hacerlo. Afortunadamente no era esa su
intención. Desvió la varita hacia mi axila derecha. Cerré los ojos.

El alarido que dí retumbó en toda la sala. Olí mi propia carne chamuscada. Me
puse a sollozar de forma inconsolable. ¿Porqué tenía que pasar por esto? ¿Qué
tenía de placentero? ¿Qué clase de monstruo era yo?

Héctor me aplicó sobre la llaga su dedo untado en aceite, de forma suave y
lasciva. Cuando el dolor remitió le miré. Pude ver su sádico deseo reflejado en
su cara, pero mucho más en su polla; erecta; abriéndose paso todavía mas por la
junta de la ingle del ineficaz calzón. ¿Qué me esperaba?

- Quiero dejarlo. Por favor, llévame a casa.

Por toda respuesta fue al armario y tomó una fina daga, de reluciente hoja
puntiaguda.

- Ya no es posible cielo.

Puso la punta en mi tripa, justo debajo del ombligo, y lo hundió; lo
suficiente para hacerme daño pero no herirme. Fue bajando el vértice sin aflojar
la presión. Yo no lo veía pero lo sentía. Si continuaba por mi rajita me
lastimaría de verdad.

- Por favor, no sigas, imploré.

Justo al caer en la abertura cedió el empuje. La hoja buscó mis bragas
sujetas en mis muslos y las sajó limpiamente. Buscó mi cuello. Hincó la punta
debajo de la mandíbula haciéndome subir la cabeza. Yo ya lloraba amargamente. Lo
estaba pasando mal. Suplicaba y sollozaba a la vez.

- Por favor, por favor.

Héctor se mostraba duro e inflexible. El agudo estilete se paseó hacia uno de
mis hombros y cortó el tirante del sostén. Después el otro. Me pinchó los
sobacos, los pezones, las mamas, siempre lo justo, suficiente para hacerme
sufrir sin atravesar mi epidermis. Pasó el arma blanca por debajo del suje entre
mis tetas y estiró. El corpiño cayó. Estaba a su merced: desnuda, humillada,
amarrada y muerta de miedo frente a él.

- Por favor, basta, déjame, te lo ruego.

Yo no gozaba en absoluto. Quería dejarlo. ¿De verdad quería hacerlo? Mi
verdugo dejó el puñal y tomó mi pecho derecho con su mano sobándomelo. Se acercó
a mí rozando su pecho peludo contra mis tetas, paseando su boca entreabierta por
mi cuello, mientras su mano se posaba sobre mi vulva, buscando con su dedo medio
su interior. Acarició mi clítoris al tiempo que me besaba. Yo cerré los labios
negándome. No estaba recibiendo el placer esperado; ¿o sí? ¿No era esto lo que
había buscado? ¿Me rebelaba contra mi actitud sumisa? ¿Mis lloriqueos,
respondían a un real arrepentimiento por lo que estaba ocurriendo, o formaban
parte de mi rol de esclava? ¿Hubiera abandonado realmente de haberlo consentido
mi verdugo o me alegraba de su crueldad implacable? Por lo que fuere, la
situación pudo mas y me empecé a mojar. Mientras sus dedos acariciaban mi sexo
yo ya casi jadeaba. Me besó los pechos y su mano rebuscaba en mi interior. Con
su dedo pulgar masajeaba mi clítoris y sus dedos índice primero, y medio
después, se hundían en mi cavidad vaginal. Sin cesar de besarme y acariciarme
introdujo un tercer dedo. Yo estaba ya muy lubricada. El cabrón sabía lo que
hacía. Mi cueva se dilataba. Yo respiraba pesadamente. Mi pecho parecía que iba
a estallar. Nuestras lenguas se enroscaron. Su cuarto dedo penetró en mi cueva.
Mordió mis pezones hasta hacerme daño. Por primera vez el dolor me gustó. Estaba
a punto de correrme. Notaba su enorme verga rozando mis piernas. Su sabio pulgar
frotaba y amasaba, apretando y aflojando. ¡Que bien lo hacía el hijo de puta! Me
fui de golpe, dando gritos espasmódicos. El tío a la primera señal del orgasmo
dejó de masajearme y metió el quinto dedo por mi distendida vagina, abriéndola
todavía mas, hasta hacer penetrar todo su puño, hurgando mis entrañas,
arrodillándose y mordiendo mi vientre.

De no haber esperado a que alcanzara el clímax por otros métodos, con ello
quizás no se hubiera producido. Solo con la penetración no me corro. Nunca había
tenido orgasmos vaginales. Hasta mucho después no sabía nada de mi punto G. Mi
primer fist fucking vaginal sin práctica previa ni preparación era demasiado. Yo
no lo conocía salvo por los cómics de Manara, pero Héctor sabía lo que se hacía
y esperó al momento oportuno. Al hacerlo mezclado con las sacudidas de la
corrida esa monstruosidad multiplicó mi placer. Mantuvo su brazo dentro de mí
hasta que los efectos del orgasmo remitieron. Cuando apreció mis gestos de dolor
lo retiró y me dio su mano empapada por mi néctar para que la lamiera.

- Chúpala. Estas esencias son tuyas. Esto te delata, perra ramera.

Volví mi cara negándome. Entonces usó mi cuerpo como toalla, restregando su
mano por él. En vano porque toda mi piel estaba perlada de gotitas de sudor.
Cuando se cansó de usarlo se frotó su pene para secar su palma. ¿Para que lo
hacía? Muy pronto lo comprendí.

Se dirigió al armario de estantes y tomó un látigo enrollado, un flagelo
largo, de cuero marrón trenzado, como el de Indiana Jones. No pude menos que
estremecerme.

- Pensaba azotarte con una fusta, por eso te he atado a esa cruz, pero veo
que te va la marcha. Así que lo haré con esto para satisfacerte. Debo cambiarte
de sitio, dijo mostrándomelo. Yo estaba inerme y a su merced, esperando lo que
quisiera hacerme. En esos momentos me sentía su esclava.

Lo depositó en el suelo y me aflojó los cierres de los tobillos primero, y de
las muñecas después. Apenas podía tenerme erguida. Me tomó por detrás de la
cintura manteniéndome y me guió hasta un lugar despejado. Allí dos cadenas
colgaban a la altura de mi cabeza.

- ¿Puedes aguantar de pie?

Moví la cabeza asintiendo. Volvió a ceñir mis muñecas a cada brazalete del
extremo de cada cadena. Estaban forrados por un blando acolchado y no harían
herida alguna. Accionó una polea en la pared y las cadenillas subieron
lentamente. Quedé con los pies bien apoyados pero mis brazos y mi cuerpo estaban
tensos.

- Así esta mejor. Verás, este juguete necesita espacio. Se usa así. En su
mano derecha sostenía el látigo enroscado. Hizo un movimiento y el bucle se
deshizo dejándolo caer y extendiéndolo en toda su longitud. Lo lanzó contra la
pared de ladrillo y cuando la punta la alcanzó tiró atrás. El latigazo restalló
fuertemente dejando visiblemente la marca del cuero en el paño de ladrillo. Era
un experto el canalla. Por poco me desmayo. Era terrorífico. Llorando supliqué
de nuevo:

- No, por favor no. Ten piedad. No lo hagas. Héctor siguió impertérrito:

- Acojona, ¿eh? Tomó la punta poniéndomela en las narices. Mira, tiene unas
protuberancias duras. Cuando quieres que el latigazo se arrastre acariciando la
piel, la quema dejando un surco, pero no sangra porque se cauterizan los vasos
sanguíneos. En cambio si quieres que el trallazo se concentre en un punto hace
un agujero en la carne. Una vez alquilé a una masoca rusa muy marchosa. Casi le
desollé el vello del coño. En otra ocasión un amigo mío por poco se queda sin
pezón.

Aquello formaba parte de la representación. El amo humilla y atemoriza a su
víctima que sumisamente acepta su destino. Yo era la víctima, y escuchaba
empavorecida las palabras de mi verdugo.

- Aunque no lo mereces voy a tener una deferencia contigo. ¿Dónde quieres que
te azote, delante o detrás?

- No lo hagas. Por favor, te lo ruego, no lo hagas. Gimoteaba y sollozaba mas
que hablaba.

- Si no contestas lo haré según mis preferencias. Y ya puedes imaginar cuales
son. Tus tiesas tetitas, tu tripita y tu coñito peladito son toda un tentación.

- En la espalda, en la espalda.

-¡Que pena!, exclamó. Y desapareció de mi vista

Vino la tensa espera. Yo nunca había pensado en nada parecido. Ni en mis más
remotos sueños yo había sido azotada de la forma que iba a padecer. No me
consideraba todavía ninguna masoca sumisa y todavía recordaba con desagrado mis
incidentes con Felipe y mi hermana, pero aquí estaba. Oí un zumbido y después el
trallazo. El golpe me lanzó adelante convulsionando mi cuerpo. Me abrasó la
espalda. Lo que salió por mi boca no fue un grito ni un lamento. Era un espasmo
gutural. Mis piernas flojearon y solo me sostuve porque tenía los brazos
amarrados. Volvió a sonar el látigo y mis nalgas se encendieron. Mi cuerpo se
puso tenso cuando el tercer chasquido me atravesó. Increíblemente yo no soltaba
ni un grito ni un lamento ni nada parecido. Cuatro latigazos mas y me desvanecí.
No sé si el canalla de Héctor siguió azotándome mientras pendía como un pingajo.
Me desperté con un fuerte olor. Era amoniaco. Mis muslos y mis piernas estaban
húmedas. Me había orinado. Mi verdugo me desató. Yo apenas me sostenía.

- ¿Lo has pasado bien, eh, zorra?

No tenía fuerzas ni ganas de contestar. Fue una experiencia horrible. No
podía concebir como esto podría gustarle a alguien. Como podía gustarme a mí.

- Vas a venir ahora conmigo, ordenó. Te llevaré al barreño. Te gustará, ya
veras.

Intentó ayudarme tomando mi brazo pero me negué, dándole un manotazo. A duras
penas llegué hasta el tonel y aunque solo tenía ganas de salir de allí obedecí a
mi amo. Levanté trabajosamente mi pierna. Casi me caigo. Tuve que aceptar su
ayuda. Una vez de pie ya dentro, medias incluidas, el viscoso líquido casi
rozaba mis doloridas nalgas. Me puse de rodillas y apoyé mis brazos en el borde,
dejando que el aceite me cubriera. En verdad que era un bálsamo increíble . Así
estuve sola lo que me parecieron tan solo unos segundos, pues enseguida sentí a
Héctor detrás de mí. Cerré los ojos rogando en silencio porque todo hubiera
terminado. Pero no era así. Me dí perfecta cuanta cuando me tomó por la cintura
y me levantó. Su gran verga erguida rozó mi castigada espalda al incorporarme.

- No Héctor, no por favor. Déjame descansar. Te lo ruego.

- Apoya tus manos en el borde y ábrete de piernas, fue su respuesta.

Sumisamente obedecí. í‰l era mas alto que yo pero mis piernas eran muy largas.
Cogiendo mis muslos me colocó en posición. Yo estaba toda untada y él también.
Cuando sentí su miembro paseándose entre mis nalgas no hizo falta imaginar
demasiado.

- Voy a follarte por el culo, cerda.

Puso la punta sobre mi ano auxiliado por su pulgar que apretaba sobre su
glande. A pesar de su tamaño gracias al aceitado mi esfínter cedió abriéndose.
El duro taladro presionó entonces hacia el interior atravesándolo limpiamente.
Una vez la cabeza dentro dio un empujón brutal metiéndolo todo dentro. Dí un
grito de horror inmenso.

Yo ya había practicado el sexo anal con mi novio. Me introducía el pene con
delicadeza, a veces sin ayuda de ningún lubrificante. Si no me dolía seguíamos.
Entonces se movía dulcemente mientras yo masajeaba mi clítoris. El placer se me
desplazaba a mi esfínter cuando este se dilataba y cerraba al paso de la corona
de la polla. Me corría y el orgasmo abarcaba todo mi bajovientre. Pero ser
sodomizada como lo estaba siendo era algo muy distinto. Era atroz. El salvaje
daba embestidas feroces tomándome de las caderas o agarrándome de los cabellos.
Sentía mi interior lleno como cuando tienes ganas de cagar. Su polla llegaba a
ocupar todo mi recto en cada embestida. Volví a llorar.

Aquello duró bastante. No puedo recordar en que momento ocurrió pero el dolor
se fue dulcificando hasta acabar por desaparecer. Cada arremetida la sentía,
diferente, distinta. Empecé a jadear en lugar de llorar.

- Gozas, ¿eh, perra?

No puedo negarlo. Me estaba gustando. Incluso el roce de la piel de Héctor
sobre mi torso y mis culos había dejado de ser algo doloroso para convertirse en
placentero. Me puse el dedo sobre mi vulva para acariciarme.

Me dejó tirada. Mis entrañas se llenaron de líquido caliente y mi enculador
cesó dando grititos, mas corrido que el gallo de la pasión, cayendo de rodillas
y salpicándolo todo de aceite. Después de todo lo que me había hecho pasar se
comportó como todos los machitos de mierda. Salí del barreño llorando. Sin saber
donde estaba, casi de milagro puesto que aquello parecía una pista de patinaje;
encontré la ducha y todavía con las medias puestas dejé que el agua caliente
arrastrara los líquidos incrustados en todo mi cuerpo.

Perdí la noción del tiempo. Cuando ya tenía los dedos arrugados salí con
cuidado, me quité y tiré por el inodoro mis lindas medias negras. Tomé una
toalla y me sequé como pude, ya que me raspaba en mis magulladas pieles. Salí y
tomé mis ropas. Héctor todavía estaba enceitado y traspuesto. Sí que había
disfrutado a mi costa el hijo de puta. Subí desnuda y me vestí frente a la
chimenea, aunque sin bragas seguía sintiéndome igual de desvalida. Lloré
amargamente los casi veinte minutos que tardó el cabrón en subir. Dejé de llorar
instantáneamente cuando apareció.

- Llévame a casa.

Salimos en silencio y subimos al Mercedes. Sin abrir la boca en todo el
trayecto me condujo hasta la misma puerta de entrada. Abrí la puerta levadiza y
abandoné el coche. Cuando me disponía a cerrarla me alargó un paquete envuelto
en papel de regalo del Corte Inglés.

- Toma. Creo que es tu talla. Tiene ticket de compra. Puedes devolverlo o
cambiarlo.

Era ropa interior, claro. Se la tiré a la cara con tal fuerza que le dio en
el pómulo. Bajé el portón de un golpazo y me metí en casa de mi hermana
llorando.

Estuve en el vestíbulo hasta que se me secaron las lágrimas. Por nada del
mundo quería que me viesen así. Yo dormía con mis sobrinas y no podía permitirme
ese lujo. Esa noche apenas pude dormir. Estaba indignada, mas conmigo misma que
con ese cerdo. Además, me asaltó un pánico irracional a haber contraído el sida.
Al día siguiente tuve que hacer maravillas para parecer fresca y contenta:

- ¿Qué tal anoche?

- Bien. Me gusta mas su coche.

Ya no hubo mas comentarios.

Tuve que pretextar una inesperada enfermedad de mi anciana tata para
esconderme en mi pueblo durante unos días, hasta que me desaparecieran las
señales. Allí encontré la tranquilidad que tanto necesitaba Había aprovechado el
primer día de ausencia para hacerme en Tarragona las prueba del sida. Salió
negativa, claro. Al volver a casa me prometí abandonar ese tipo de experiencias
con desconocidos, por siempre jamás ¿jamas?

Eso, como decía Kipling, eso ya es otra historia.

POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO

 

Resumen del relato:
    La segunda vez que engaña a su chico… y no será la última.

Perrita

Perrita (20)

Me gustaria dejar el relato de su propia experiencia en boca de mi esclava,
espero q ella sepa agradarme a mi y atodo el q pueda leerla con sus palabras:

Mi inicio a la sumision fue como el de tantas otras, un jefe apuesto y con
caracter dominante, un polvo con el que me llevo a las nubes, un dia una
regañina donde yo siempre le pedia perdon, un dia despues de la misma ibamos a
follar y el medio en broma medio en serio me daba unos azotes, despues me hacia
suplicar que me follase, asi poco a poco me fui enganchando hasta el limite de
no ser capaz de negarle casi nada de lo que me pedia. Asi termine viviendo con
el, anillada y siendo su secretaria en el trabajo y su criada sumisa en casa,
donde dicho sea de paso recibia a otras sumisas a las que daba el mismo trato q
a mi, eso me hacia sentir fatal, pero todo cambio un buen dia….

Ese dia yo me atrevi a reprocharle q tratase a otras igual que a mi, que las
follase igual, que las exhibiese, que las utilizase o azotase en la misma forma.
el me dio una bofetada que asumi dado mi grado de histerismo, me tire a sus pies
y le suplique me perdonase, el me dijo.

- mira llegados a este punto tenemos dos posibilidades, una que yo me salga
con la mia eso quiere decir que abandonas mi casa ahora mismo y vuelves a ser mi
eficiente secretaria, entonces si que tu trato no se distinguira en nada del
resto o dos que realmente desees un trato distinto entonces tu te sales con
la tuya, ahora bien te advierto que eso solo sera posible si tu sumision fuese
real y para siempre, el modo en que tu me demuestras eso seria tu prueba,
pero…. de verdad te digo que no te recomiendo esto.

A estas alturas yo no paraba de llorar, por nada del mundo queria marcharme,
pero tampoco podia ni imaginar que me esperaba. esa noche la pase atada en el
centro del salon, tirada en el suelo y con un enorme plug insertado en mi ano,
para que reflexionase como el me dijo, a la mañana siguiente mi decision era
firme.

-¿y bien?

-amo, deseo ser suya con todas las consecuencias, por favor, permitamelo.

-te adverti q no era ningun juego, estas segura?

-si, amo por favor, no hay nada q desee mas.

Este fue el pequeño preambulo q me llevo a mi actual situacion, como el me
dijo queria una perrita faldera a la q tener en casa.

Para empezar mis pechos fueron operados, los hicieron enormes, en
principio, aunque alguna vez yo acaricie la idea de operarlos, nunca pense en
ellos tan grandes, me parecia vulgar, pero una vez puestos y pensando en que eso
agradaba a mi amo me senti muy orgullosa de ellos. despues fueron mis anillos se
me anillaron los pezones y los labios del coño en estos se colocaron dos anillos
en cada uno.

-esto ha sido la parte facil esclava, de verdad quieres ser especial para
mi?..

-si de verdad amo, no me arrepiento en nada de mi decision…

-muy bien continuemos pues…

Un dia fui llevada a una peluqueria, alli me depilaron por completo, coño,
axilas, cejas y por ultimo y lo mas doloroso y vergonzoso para mi, mi cabellera,
mi hermosa melena rubia a la q tantas horas y tantos piropos habian dedicado.
una lagrima cayo por mis mejillas.

-esa cabellera esclava solo es una demostracion de orgullo y de lo unico que
mi perrita se puede sentir orgullosa es de no tener ningun orgullo, entiendes?.

Entre lagrimas asenti…

-bien creo q he llegado a tu limite, te doy un mes de vacaciones y cuando tu
pelo haya crecido algo vuelves a la empresa….

-nooooooo!, por favor amo quiero ser suya solo suya…

-muy bien tu lo has elegido, seguid…

La peluquera abrio unas ampollas q extendio por las zonas q me habian
rasurado, con esto nunca jamas volvera a crecerte pelo en ellas me dijo. estaria
asi sin pelo para siempre. cuando me levante y me vi en el espejo con mis
enormes tetas, mis anillos y sin ningun pelo me di cuenta, mi amo me habia
reducido a una cosa para follar. pero no termino ahi.

Despues fui marcada al rojo con la palabra "perrita" escrita en mi nalga y
por ultimo y lo que ya marcaria para siempre mi existencia… me fueron
seccionados los tendones de las rodillas, desde entonces solo puedo gatear esa
es mi forma normal de desplazamiento, mi amo siempre me tiene en casa me usa a
su antojo y cuando trae a otra no duda en decirle q esa cosa tetuda y pelada que
gatea junto a ellos es la mejor esclava que existe y que nunca la abandonara, la
usara y castigara mientras viva… en el fondo creo y sobretodo espero q mi amo
nunca prescinda de mi.

 

Resumen del relato:
    El deseo de agradar a su amo la llevo a una situación tan lamentable como placentera para ella.

Descubriendo mi lado sado (2: Entrenando a Pilar)

Descubriendo mi lado sado (2: Entrenando a Pilar) (20)

Aquella noche acordamos los límites
en que se desarrollaría, en adelante, nuestra relación y
debo decir que eran pocos.

Antes de que se fuera a su casa
tuve el placer de ponerla rojas las nalgas a azotes y utilizarla un par
de veces.

Pero la prueba de si estaba decidida
a seguir iba a ser al día siguiente.

Habíamos quedado después
del trabajo y yo la había dado instrucciones muy precisas.

Y a las seis en punto llegué
y mi esclava me estaba esperando; me había obedecido.

Para cualquier transeúnte
éramos una pareja de profesionales que charlaban tranquilamente,
si hubieran oído la conversación habrían cambiado
de opinión rápidamente.

Tal y como la había ordenado
llevaba un correcto traje chaqueta que con el portafolios la daba un aire
sumamente ejecutivo.

-Hola perra, ¿has seguido
mis instrucciones?.

-Si, amo.

-¿llevas ropa interior?

-No amo.

-¿Las bolas chinas?

-Las he llevado todo el día,
amo.

-Estarás muy caliente, perra.

-Si amo, me he corrido seis veces.

-Bueno, no te di permiso para correrte,
veremos de castigarte después. Ahora vamos a comprar un collar y
una correa para mi perra.

Luego averiguaría que poner
el collar a una esclava se suele hacer después de su entrenamiento,
pero me excitaba sobremanera y quería hacerlo cuanto antes.

Era excitante verla caminar y saber
que no llevaba ninguna ropa interior y que las bolas chinas iban chocando
en su interior. Llegamos a una tienda de artículos para animales
y entramos, solo la dependienta (una señora de unos treinta y tantos
normal y corriente) y otro cliente al que atendía en aquel momento.

Tenían los collares en un
expositor y nos pusimos a mirarlos, los había de todas clases
y era difícil escoger pero me llamaba la atención uno de
cuero rojo de unos dos dedos de ancho, muy sencillo así que lo saqué
del expositor y me quedé mirándolo cuando oí la voz
de la dependienta detrás de mi.

-Dependerá del tamaño
del perro, si es un perro grande ese no es adecuado pues podría
romperse.

El otro cliente se había
marchado yo, Pilar miraba como hipnotizada el collar y se me ocurrió
una idea para humillarla.

-Bueno, en realidad es para esta
perrita – dije señalándola – no creo que tire mucho de él.

La dependienta ni se inmutó.

-No, si está bien educada
¿lleva mucho tiempo de entrenamiento?

-Estamos casi empezando.

-¿Y que tal se porta?

-No es muy mala.

Colocó el collar en el cuello
de Pilar y enganchó una cadena. Era excitante. Hizo ademán
como de tocarla las tetas y me miró.

-¿Me permite?

-Por favor, a su disposición…

Desabrochó la blusa
y masajeó apreciativamente sus tetas.

-Vaya, la de cosas que haría
yo con este par de tetas. Y estos pezones están pidiendo unas pinzas…

-Bueno, no tengo inconveniente
en hacer un par de cosas pero después tenemos que irnos.

Se acercó a la puerta y
dio la vuelta al cartel de abierto, después nos guió a la
trastienda. Yo estaba excitadísimo y la entregué la cadena
de Pilar.

-Gracias querido, vamos a ver que
tal se porta.

Se sentó en un taburete,
se alzó las faldas y dejó al descubierto un coño grande
cubierto de una mata de pelos negrísimos.

-Cómemelo perra.

Y de un tirón acercó
la cara de Pilar a su entrepierna. Pilar en primera instancia se resistió
un poco pero un buen palmetazo en su culo la devolvió a la obediencia.
Agachada metió su cara entre las piernas y oí como empezaba
a lamer.

Yo ya no podía mas, me la
saqué, alcé las faldas de Pilar, saqué las bolas chinas
de su coño y empecé a bombearla por detrás,
cada empujón clavaba mas su boca en el coño de la otra mujer
que gemía de gusto.

-Que bien lo chupa, así,
así, sigue, mas, sigueeeeeeeee.

Y se corrió en la boca de
mi perra mientras yo hacia lo mismo en el coño.

Pilar alzó la cara y ella
con otro tirón la acercó a la suya y la dio un beso profundo
y húmedo en los labios.

-Muy bien perrita, muy bien, se
nota que has comido muchos conejos.

Yo retomé el control y la
quité la cadena de las manos.

-Lávate la cara bollera,
se te ha corrido el rimel.

Obediente Pilar se dirigió
hacia un pequeño lavabo y comenzó a lavarse.

-Querido, es una perra de maravilla

-Tiene amo.

-Jajaja, ya lo veo –rebuscó
en su bolso y me alargó una tarjeta- tengo una pareja de esclavos,
macho y hembra, si te apetece cruzarla no dejes de llamarme.

Pilar volvió de lavarse,
Juana que era como se llamaba la dependienta, la dio un par de palmetazos
cariñosos en las bamboleantes tetas y la quitó el collar
y la cadena.

-¿los envuelvo para regalo?……

Nos dirigimos a su casa, cuando llegamos allí ella subió primero pues debía
prepararse conforme a las instrucciones que yo le había dado.

Yo mientras tanto me fui a tomar un café y estuve pensando como iba a
desarrollar la sesión pues, a decir verdad, tendría que improvisar por mi falta
de experiencia.

Al cabo de media hora subí a su casa y encontré la puerta como había ordenado 
sin cerrar, empujé y Pilar estaba esperándome tal y como la había ordenado:
De rodillas en el hall, totalmente desnuda salvo por los zapatos de aguja, un
delantal, una cinta blanca al pelo que hacia las veces de cofia, el collar de
perro en el cuello y una bandeja en las manos.

Sobre la bandeja descansaban sus tetas y una fusta….

Me acerqué a ella y poniéndome a su lateral me saqué la polla del pantalón y
comencé a follarla por la boca, con una mano la sujetaba del pelo y con la otra
empecé a acariciar sus tetas, pellizqué sus pezones y cogí la fusta.

Seguí follándola mientras pasaba la fusta sin azotarla por sus hermosas nalgas y
comencé a hablar.

-Bueno querida, vas a recibir seis azotes como castigo por haberte corrido sin
permiso de tu amo…

La levanté tirándola del pelo y con pequeños golpecitos de la fusta la fui
guiando delante de mi.

Era hermoso ver moverse su culo haciendo equilibrios por los tacones y sus tetas
ofrecidas en la bandeja.

Al pasar por la cocina vi el lugar ideal para atarla y la ordené parar y traer,
en la bandeja, unas cuerdas.

Ella marchó y volvió enseguida con las cuerdas en la bandeja.

Tenia una mesa auxiliar plegable de cocina bastante adecuada, la hice doblarse
sobre ella de forma que por un lado sus dos agujeros quedaban totalmente
expuestos y por el otro colgaban su cabeza y sus tetas.

La até brazos y pies a las patas de la mesa y me coloqué frente a ella.

-No te voy a amordazar porque si sueltas el mas mínimo sonido doblaré la ración
de azotes.¿Comprendes?.

-Si amo, gracias amo por castigar a su perra.

-Bien, después de los azotes te voy a dar por el culo, como eres una guarra no
habrás tenido la precaución de limpiarte el ano con una lavativa ¿verdad?.

-No amo, soy una guarra.

-No hay problema, me la limpiarás con la boca porque pienso ir directamente de
tu culo a tu boca y correrme en ella.

-Gracias amo.

-Vamos allá.

Y me puse detrás y descargué el primer fustazo. Pilar se arqueó pero no dijo
nada, ni un gemido, una deliciosa marca roja trasversal quedó marcada en sus
nalgas. Así descargue la fusta cinco veces y a la sexta cambié el sentido de los
azotes y golpeé su coño abierto y rezumante.

Pero ni así chilló, tan solo un pequeño gemido y una violenta sacudida que
recorrió todo su cuerpo me indicó que la había dolido de veras. Entonces avancé
y la sodomicé de un solo golpe.

Estaba sumamente excitado y a la cuarta o quinta embestida noté que me iba a
correr por lo que cumplí mi promesa, sucia de sangre y heces se la saqué del
culo y se la metí en la boca hasta tocar sus amígdalas. Salvo una pequeña arcada
inicial se portó de maravilla y con los labios y la lengua me la dejó brillante,
tragándose además el semen de mi corrida que vertí en ella.

-Muy bien perrita, ha estado muy bien, ahora te quedarás así mientras voy a
fumarme un cigarrillo.

Y me fui a sentar al salón dejándola allí atada, chorreando y con el culo como
un tomate.

Había estado muy bien….

Cuando acabé el cigarrillo volví y allí estaba, por supuesto, la palmeé las
nalgas y la un par de golpecitos juguetones con la fusta en las tetas. La
desaté, la até la cuerda al collar y la obligué a ponerse a cuatro patas.

-Como una perrita obediente, pero te falta la cola…hum…. vamos a ver…

Si, en un escobero había un  plumero de plumas negras. Lo saqué y se lo
enseñé.

-Esto puede hacer muy bien de cola por ahora. Póntelo
-¿Cómo amo?
-Pues metiéndote el mango por el culo imbécil.

Obediente se separó las nalgas con una mano e introdujo el mango del plumero con
la otra.

-¿Verdad que estas contenta?
-Si amo
-Pues que se te note, mueve la cola.

Y así recorrimos el pasillo con ella sujeta por la correa delante de mí y
meneando el culazo para mover el plumero.

(Continuará) (POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO)

 

Resumen del relato:
    Continua probando a su esclava, dandola ordenes que no puede desobedecer.

Laura busca su límite

Laura busca su límite (20)

Ella estaba preparada. Al fin llegaba el
día.

Laura había probado poco a poco cada
vez más, pero su naturaleza era insaciable.
Quería en esta ocasión conocer sus límites.

Su marido había sido quien la impulsara
a probar cada vez más. Él le creaba las necesidades.

Al principio de su matrimonio ellos pasaban
días y días encerrados probándose uno al otro, siempre
sintiendo nuevas caricias; y lo que en un principio era sencillo, se fue volviendo
para los dos una necesidad de buscar cosas nuevas.

Le habían ordenado el día anterior
aplicarse un enema con agua fría para lavar bien sus intestinos y después
se metió a la tina a darse un largo baño, era principios de verano
y el calor era fuerte.

Había recibido un paquete con un mensajero
con lo que debería de llevar puesto. Así, a las 7 de la tarde
se preparó meticulosamente para lo que le esperaba.

Se puso un par de medias blancas con ligas
a los muslos, una tanga pequeña también en blanco transparente
y un brasier en juego. Sobre esto llevaba un camisón también blanco
en tela satinada con filos negros que le ajustaba marcando bien su esbelta silueta,
era bastante corto y cubría solamente la mitad de sus muslos. Tenía
diminutos tirantes. El toque final lo daban unas zapatillas blancas.
Lucía muy atractiva. Con su cabello dorado suelto, ojos verdes, piel
bronceada, hermosas piernas bien torneadas, muslos marcados, pechos medianos
y firmes y nalgas redondas que se marcaban bien con el camisón que llevaba
puesto.

El chofer que pasó a buscarla tenía
la orden de mantenerla con los ojos vendados; así, en cuanto ella subió
al coche le vendó los ojos.

A Laura le gustaba ser sodomizada y en alguna
ocasión hasta tuvo una doble penetración. Pero esto iba a ser
diferente.

La puerta se abrió y fue conducida a
un salón amplio donde había varios artefactos colocados en las
paredes, una mesa redonda giratoria como de un metro de diámetro con
correas fijas en la superficie, una plancha acojinada rectangular con una inclinación
de unos 45 grados con correas en las 4 patas y una mesita con consoladores de
diferentes tipos y
tamaños y varios pares de pinzas. Del techo colgaban argollas para sujetar.

La esperaban en el salón 4 hombres de
entre 35 y 45 años.
Laura estaba muy nerviosa, deseaba experiencias nuevas pero no tenía
ni idea a qué iba ni con quién. Todo fue un misterio y así
ella lo aceptó.

Al llegar le ofrecieron algo de beber, no supo
que fue, pero comenzó a sentirse más relajada, mientras los cuatro
hombres comenzaron a acariciarla.

Empezaron a tocarle los pechos sobre el brasier
transparente y el camisón que dejaban ver la protuberancia de sus pezones.
Unos pezones bien formados y grandes que con las caricias que le estaban dando
comenzaron a ponerse duros.
También le empezaron a meter las manos debajo del camisón, tocándole
los muslos y subiendo poco a poco.

Las manos de los hombres recorrían todo
su cuerpo, sintió como traspasaban su tanga y le acariciaban el clítoris
y labios, igual sintió como un dedo penetraba suavemente su ano.
Laura se fue entregando a las caricias, se sentía muy excitada, no podía
ver nada, pero las caricias la hacían ponerse cada vez más mojada.

Notó que algo comentaban los hombres
y de pronto se detuvieron las caricias.
La desvistieron y su hermoso cuerpo quedó sólo con las medias
y los tacones.
Le ordenaron abrir completamente las piernas, cosa que ella hizo, pero todavía
ellos forzaron un poco más hasta lograr unos 5 ó 6 centímetros
extras.
Le amarraron los tobillos a una barra metálica con las piernas completamente
abiertas, con lo que le era imposible ni tratar de juntar las rodillas.

De igual manera, le amarraron las muñecas
a otra barra que tenía unas cuerdas largas de cada lado, para dar la
altura que fuera necesaria. Las cuerdas de la barra las pasaron a través
de las argollas que estaban colocadas en el techo y las tensaron, dejando a
Laura con los brazos en alto y el cuerpo completamente estirado.

En esta posición quedaba toda su intimidad
expuesta e indefensa. Quedaba totalmente a merced de sus 4 verdugos. Con todo
esto, ella se sentía muy excitada y sólo trataba de adivinar qué
seguiría.

Oyó unos ruidos en el salón y
de pronto sin más ni más sintió como el primer golpe llegaba
a su piel, uno de los hombres había tomado la fusta y comenzó
a darle a Laura golpecitos firmes pero suaves en el interior de los muslos y
en las redondas nalgas.

Otro de los hombres comenzó a tocar
sus pechos y a morder los pezones. Cada vez más fuerte. Después
de esto, le colocó unas pinzas que presionaban sus pezones, con la idea
de que Laura fuera poco a poco saboreando el dolor.

El tercero y cuarto hombre estaban tocando
toda la intimidad de Laura; metiendo y sacando sus dedos del ano y vagina, chupando,
jalando y sobando su clítoris y labios internos y externos, que en esta
posición quedaban completamente expuestos y eran muy notorios.
Sentía gran placer que se combinaba deliciosamente con el dolor bien
medido que le estaban proporcionando.

Ella nunca había tenido una experiencia
de éste tipo. Ni conocía la sensación de dolor aunada al
placer.

Estaba completamente mojada y con sus jugos
se le mojaba la parte interna de los muslos. A este punto, los 4 hombres estaban
completamente listos con sus grandes y duras protuberancias que querían
salir de sus pantalones. Comenzaron a desvestirse y quedaron totalmente desnudos
con las grandes vergas completamente paradas.

Sintió Laura que las cuerdas que tensaban
sus brazos comenzaron a bajar, permitiéndole quedar inclinada hacia el
frente donde una mano le agarraba la cabeza y se la posicionaba, encontrándose
su boca con la herramienta grande y dura que la estaba esperando.
Ella comenzó a mamar con gran placer.

También sintió algo frío
que le untaban en la entrada del culo y abriéndole las nalgas comenzó
a sentir una gran presión; al mismo tiempo, sintió una lengua
caliente y húmeda que la acariciaba y presionaba queriendo penetrar en
su vagina.
El cuarto hombre cambió las pinzas de los pezones por unas con más
presión, Laura sintió dolor y dió un pequeño grito;
sin embargo, con tantas manos tocándola de tan diferentes maneras el
dolor se le hacía intenso pero soportable y la excitaba cada vez más.

La presión en el culo cada vez era mayor
y sentía cómo se estaba dilatando su interior. La estaba penetrando
un tapón anal. De pronto sintió un dolor que la sorprendió
cuando unas
pinzas se agarraban de sus labios externos, dejando totalmente abierta la entrada
de su vagina, pues comenzaron a tensar las pinzas sujetas a un cordón
que amarraron a cada uno de los extremos de la barra que sujetaba sus piernas.

Ya sin nada que bloqueara la entrada a la vagina
uno de los hombres tomó un consolador de la mesita de junto, eligió
el más grande, de unos 25 cms. de largo y 16 de grosor, con vibración.

Laura sintió primero como la lengua
húmeda tocaba nuevamente su clítoris y entraba y salía
de su vagina acompañada de pequeñas mordidas y buscando penetrar
cada vez más. Estas caricias aunadas al dolor de sus pezones, el tapón
anal que le estaban metiendo y sacando por el culo que aún no penetraba
completo dado al gran tamaño de éste, ella mamando la verga y
todos sus sentidos exacerbados, la mantenían verdaderamente caliente.

De pronto comenzó a sentir una gran
presión en su vagina y con gran excitación fue aceptando el gran
consolador que le estaban metiendo. Al principio estaba aún bastante
cerrada en su interior, pero con gran habilidad el hombre que la estaba masturbando
fue logrando abrirla poco a poco y ella sentía enormes oleadas de placer.
Cuando tenía el consolador totalmente encajado, el hombre que lo controlaba
decidió encenderlo, provocando en Laura una sensación demasiado
intensa, que le era difícil soportar.

Ya con la parte interior de sus muslos y nalgas
bastante sensibles y enrojecidos por los golpes recibios, las piernas totalmente
abiertas, las pinzas tensando sus labios vaginales que la dejaban completamente
abierta, con el consolador vibrando entrando y saliendo de su interior, con
pinzas en los pezones, mamando verga, las manos atadas, el tapón anal
que al fin la penetraba completa con su enorme diámetro que comenzaba
en 12 cms. e iba aumentando hasta alcanzar los 16 cms. y 17 cms. de largo, Laura
se sentía que no podía más.

Al momento sintió una descarga eléctrica
que la sacudió y la hacía tomar conciencia nuevamente. Las pinzas
en los pezones y labios estaban conectadas a una fuente de corriente. Laura
se daba cuanta realmente de su situación. Era la esclava de los cuatro
hombres y tenía que aceptar lo que ellos decidieran hacer con ella. Estaba
totalmente imposibilitada de renunciar desde el momento mismo que había
llegado a esta casa.

Sus verdugos le advirtieron en ese momento
que ella tenía que hacer que ellos se corrieran uno a uno en su boca,
por turnos de no más de 10 minutos cada uno. Si en este tiempo ella no
lograba hacer que se corrieran la iban a castigar aplicándole una descarga
de toques por cada minuto adicional que ella no lo lograra.

Ella pensó que le iba a ser difícil
lograrlo en este tiempo, ya que al tener las manos atadas, sólo podía
disponer de su habilidad de mamadora.

Comenzó con el hombre que la estaba
masturbando con el vibrador, él metió nuevamente su gran instrumento
en la boca de ella y comenzó a cogersela. Laura se esforzó en
hacer un gran trabajo, otra vez lo recibió con gran placer en su boca,
lo metió hasta su garganta, comenzó a meterlo y sacarlo aplicando
más presión en la punta, lamiéndolo, succionando y deseosa
de poder tocar y acariciar las bolas y la base.

Por supuesto que los hombres que pusieron las
reglas no tenían ninguna intención de terminar rápidamente.
En verdad estaban gozando de la mujer que tenían para ellos y de su propio
placer que querían prolongar lo más posible.

El tiempo voló para Laura y de pronto
sintió otra descarga en pezones y labios. Eran intensos; sin embargo,
ella estaba preparada y dispuesta a dejarse llevar hasta donde ellos quisieran
sin quejarse ni objetar, pero el dolor la hizo recordar que no sólo era
placer, sino que seguiría siendo castigada si no cumplía a tiempo
con su tarea.

El dolor que sentía Laura iba acompañado
de una gran excitación, ella pensaba en cómo lucía y que
estaba totalmente expuesta en vagina, nalgas, culo, pechos y boca delante de
4 hombres que ella ni siquiera había visto y que podían hacer
con ella lo que quisieran para hacerla conoce y llegar a sus límites.
Ése había sido el acuerdo que ella había aceptado días
antes y que ahora era una realidad que estaba viviendo intensamente.

Al fin, el primer hombre se corrió y
un chorro de semen inundó la boca y garganta de ella, tragó toda
la leche y le ordenaron que tenía que dejarlo completamente limpio. Así
es que con su lengua fue limpiándolo y succionándolo hasta dejarlo
nuevamente listo.

Con el vibrador entrando y saliendo de su vagina
sentía grandes deseos de correrse, pero le habían advertido que
no le estaba permitido. Cuando se le ocurrió decirlo a sus verdugos éstos
le dijeron que sería severamente castigada por el sólo hecho de
pensar hacerlo sin su permiso.

Al momento que se colocó frente a ella
el segundo hombre para cogersela por la boca, le sacaron el vibrador de la vagina.
Ella comenzó a chupar, succionar, lamer y acariciar de la mejor manera
posible el nuevo miembro que parecía aún más grande que
el anterior, pues le parecía más difícil aguantarlo adentro
de su boca, no le parecía más largo, pero sí más
grueso y bloqueaba su garganta.

Estaba haciendo un gran esfuerzo por tragárselo
hasta la garganta sin ahogarse, cuando de pronto sintió un golpe firme
con una pala plana en plena entrada de vagina y clítoris que la hizo
brincar de sorpresa y dolor. A este primer golpe le sucedieron muchos más
y le dejaban la entrada vaginal y clítoris con una gran sensibilidad
y adoloridos, pero la respuesta de su cuerpo fue que se le empezó a poner
el clítoris duro; señal inequívoca de su gran excitación;
sin embargo, después de unos 30 golpes comenzó a pensar que no
podía aguantar más. Cada uno le parecía más inaguantable
que el anterior y comenzó a suplicar que no le dieran más, pero
se le olvidó que tenía frente a ella una tarea que cumplir con
tiempo limitado y de pronto sintió nuevamente los toques en pezones y
labios que le recordaron su estado de esclava total sin opción de renunciar
a nada.

Se esforzó y concentró en hacer
correrse al hombre frente a ella, pero de pronto sintió otra descarga
eléctrica y al mismo tiempo un chorro de semen le azotaba la cara y boca.
Al igual que con el hombre anterior, ella tuvo que asegurarse de dejarlo completamente
limpio.

Con el tercer hombre tuvo más suerte,
logró terminar antes del tiempo establecido y no tuvo sorpresas de castigos,
además detuvieron los golpes que le estimulaban el clítoris y
le permitía relajarse un poco para no correrse.

El cuarto hombre fue otra sorpresa, en esta
ocasión le ordenaron a Laura sentarse en una silla que ellos le acercaron.
Ella tenía las piernas totalmente abiertas y ellos le ayudaron
poco a poco a bajar, hasta que fue sintiendo cómo a medida que ella se
acomodaba para sentarse una gran verga metálica quería penetrar
en su interior, ella ya estaba totalmente abierta y sin embargo no podía
lograr que entrara la inmensa verga que estaba firmemente sujetada a la silla.

Laura les sugirió entonces que cambiaran
ese castigo. Pero los hombres no estaban dispuestos a hacerlo, habían
hecho un acuerdo y ellos la iban a forzar a cumplir.
Después de muchos intentos sin éxito por clavarla en la gran verga,
la levantaron nuevamente y sacaron de su culo el tapón anal, frotaron
su clítoris duro y mojado y comenzaron a sentarla nuevamente en la gran
verga metálica que con mucha excitación ahora sí lograba
meter completamente en su cavidad, y para sorpresa de ella comenzó a
moverse en su interior con fuertes vibraciones.

Mientras esto sucedía, el cuarto hombre
en su boca gozaba de las deliciosa mamadas de Laura, y ella recordó que
se tenía que apurar si no quería más descargas en pezones
y labios, pero ya era tarde, en eso estaba, cuando recibió nuevamente
la descarga, pero esta vez, el hombre que la impartía gozaba haciendo
el castigo más largo para ella. Laura gritó esta vez y se retorció
y siguió mamando hasta que el hombre en su boca terminó casi ahogándola
con la gran cantidad de leche y la tremenda verga que tenía, la más
grande de todos, verdaderamente descomunal, con lo que dejaba a Laura con un
fuerte dolor de maxilares, por forzar demasiado para abrir y poderlo aceptar.

Cuando terminó de limpiar al cuarto
hombre, la tomaron de la cintura y la levantaron nuevamente, sintió un
gran alivio pues la gran verga metálica la estaba llevando al borde para
correrse y sabía que si lo hacía sería nuevamente castigada.

Pero su alivio duró muy poco, pues la
levantaron y sacaron la gran verga de la vagina y se dio cuenta que le esperaba
un reto mayor. Esta vez sus verdugos querían probar la capacidad de ella
por el orificio trasero.

La inclinaron hacia el frente y sintió
primero unos dedos húmedos que la penetraban, quizá dos ó
tal vez tres, que luchaban por entrar en su culo, presionaban y giraban dentro
de ella, esforzándose por llegar lo más adentro posible. Después
otros dedos se metieron también en ella, y entre las dos manos empezaron
a tensar su entrada, queriendo hacerla más grande, jalando cada mano
en diferente dirección.

También sintió dedos entrando
y saliendo de su vagina, jalando, sobando, acariciando su clítoris y
labios internos y externos y jugando con sus pechos.

Laura enloquecía de placer y pedía
más y más. Esta entrega de su cuerpo era algo que ella siempre
había deseado, que jugaran sin límites con su cuerpo, con sus
orificios, sin medida, sin respeto y a éstas alturas sin reservas ni
vergüenza de ella.

Los hombres notaron que ella estaba en un estado
de excitación máximo y decidieron que era el momento de llevarla
otra vez al límite.

Sacaron sus manos del culo de ella y comenzaron
a sentarla en la gran verga metálica. Ella nunca había recibido
algo tan grande ni por vagina ni por culo, y si le había sido tan difícil

por la vagina, estaba preocupada de pensar si iba a ser capaz de comerse semejante
herramienta por su orificio trasero.

Como de cualquier manera no tenía alternativa
decidió que era mejor relajarse y tratar lo mejor posible de aceptar
lo que le esperaba.

Los hombres encendieron la verga metálica
y ella comenzó a sentir como penetraba poco a poco en su ano. Ellos la
iban sentando y levantando para permitir que ella se abriera y se excitara lo
suficiente para que no le fuera tan doloroso y lograra aceptarlo todo, al mismo
tiempo sentía cómo los hombres que la trabajaban en clítoris,
vagina y pechos seguían acariciándola, sobándola y mordiéndola
con gran maestría.

Laura se sentía tan caliente como nunca
en su vida, a la vez que el dolor en su culo se intensificaba cada vez más,
mientras más avanzaba la penetración con la gran verga metálica.

Ella jadeaba, gritaba, y ya no podía
más, estaba a punto de correrse y no le era permitido, ella enloquecía
de dolor y placer y los hombres seguían manejándola con un movimiento
hacia arriba y abajo penetrándola cada vez más.

Cuando estaba casi totalmente encajada, la
dejaron caer sentada y ella quedó con la verga metálica totalmente
clavada en su culo. La hizo gritar un intenso dolor, que se le confundió
al momento de sentir otra vez la corriente eléctrica en pezones y vagina.
Creyó que esto era más de lo que ella jamás imaginó
pudiera soportar.

Sin embargo, ésta parte de la prueba
había terminado. Le quitaron las pinzas de pezones y labios y le desamarraron
las muñecas y los pies. La ayudaron a levantarse poco a poco y se fue
liberando de la enorme verga que la atravesaba.

Era un gran momento de descanso y moviendo
sus manos y piernas se sintió más relajada.
Con todo lo que le habían hecho sentía que su cuerpo estaba al
nivel máximo de sensibilidad. Aunque era evidente su alto grado de excitación,
ella se preguntaba temerosa, qué nuevas experiencias probaría
esta noche.

Y en efecto, la estaba esperando otra difícil
prueba.

Ahora la condujeron hacia la plancha rectangular
y angosta y la acostaron boca abajo, con el culo más en alto y totalmente
abierto y amarraron sus tobillos a las patas de la plancha, quedando con las
piernas bien abiertas aunque no totalmente tensas.

Ellos buscaban que ella sintiera lo más
posible, para eso estaban ahí, así es que en esta posición
le fueron metiendo cubos de hielo por el culo y vagina y así lograron
que ella estuviera cerrada nuevamente.

El frío del hielo la sorprendió
y le dio una agradable sensación que nunca había sentido, a la
vez que el hielo cumplía con el propósito de cerrar sus orificios.

Ellos limpiaron el agua que salía y
escurría de su culo y vagina, y aprovecharon para dejarla totalmente
limpia otra vez.

Ya que estaba lista, se colocó uno de
los hombres debajo de ella y la penetró con su hermosa herramienta dura
y gruesa, mientras otro de ellos comenzó a meter su lengua por el culo.
El tercero se colocó a la altura de su cabeza y le indicó que
comenzara a mamar nuevamente su verga erecta.

Ella sintió gran placer y el hombre
que le chupaba el culo, ahora también le metía y sacaba los dedos
que de vez en cuando también forzaban la entrada de la vagina, donde
se encontraban con la otra gran verga.

Esta sensación de manos y vergas tenía
loca a Laura otra vez y nuevamente ella pedía más y más.

El hombre que chupaba su culo decidió
meterle su dura herramienta, la más grande de todas y ella comenzó
a sentir como poco a poco la abría esta inmensa espada caliente que aunque
le provocaba dolor ella deseaba aceptar completa.

El dolor desapareció y solo quedó
el placer. Empezó a acostumbrarse a esta sensación y al movimiento
de los hombres entrando y saliendo de su boca, vagina y culo, pero faltaba el
cuarto hombre y él también estaba listo y dispuesto a gozar de
Laura.

En este momento él se unió al
hombre que la penetraba por el culo y comenzó a forzar la entrada vaginal
de ella que ya estaba ocupada por la otra gran verga. Aún así,
poco a poco fue abriendo camino en el interior de la vagina.

Ella se sentía tan llena de vergas,
que pensó que la iban a reventar, era doloroso, pero acompañado
de una excitación en este momento indescriptible.

Chupaba y succionaba con más fuerza
la verga que tenía en la boca, sentía una locura dentro de ella,
sensaciones jamás imaginadas. Jadeaba, gritaba, gemía, suplicaba.
No sabía como entregar más de ella al placer y a estos hombres
que la hacían enloquecer como nunca imaginó.

Así pasaron un gran rato cambiando posiciones,
hasta que se le permitió a ella correrse, en el mejor momento, pues le
era imposible aguantar más.

Fue un orgasmo intenso y prolongado acompañado
de fuertes espasmos en el ano y vagina.

Con las fuertes contracciones de ella, los
cuatro hombres también se corrieron.
Recibió con gran placer toda la leche de ellos por todo su cuerpo; en
la boca, culo, vagina, toda ella se encontraba llena de semen, sudor y sus propios
jugos vaginales.

Se sintió muy cansada y pensó
que ya iba a poder descansar, que tal vez ya su noche había terminado,
pero se equivocó.

Estaba inmersa en su agotamiento y sus pensamientos,
cuando sintió que le desamarraban los tobillos todavía sujetos
a la plancha.
Era una mujer, que la conducía a darle una ducha y dejarla nuevamente
lista.
Sin quitarle la venda de los ojos le lavó la cara que tenia toda escurrida
de semen, le frotó los pechos con los pezones duros, sensibles y adoloridos
por las pinzas y le jabonó todos sus orificios, ya adoloridos, con gran
habilidad.

Con el baño, sin la lubricación
de semen y jugos vaginales ella volvía a quedar bastante cerrada.

La mujer la condujo a la mesa redonda giratoria
del tamaño suficiente para que Laura apoyara sólo desde el cuello
hasta las nalgas. Quedaba con la cabeza semi colgada hacia atrás y las
rodillas dobladas hacia arriba.

En esta posición le sujetó los
pies abiertos, de manera que nuevamente quedaba totalmente abierta y para ser
usada al capricho de todos.

Ahora le dejaban las manos libres, pero aunque
tenía cierto movimiento en las caderas, no podía levantarse ya
que le sujetaron el cuello a la mesa con un collar.
Escuchó, ya en esta posición que la mujer le ordenaba que la chupara.

A Laura nunca le pasó por la cabeza
la posibilidad de ésta situación. Ella nunca lo había deseado,
y en las ocasiones en que su marido Luis se lo había sugerido ella siempre
rechazó esta posibilidad.

Conociendo su indefensa posición Laura
trató de obedecer pero al primer contacto de su lengua con la vagina
de la mujer, ella se negó a seguir.

La mujer giró entonces la mesa y comenzó
a jugar con el cuerpo de Laura. Empezó a chuparle el clítoris,
a morderle los labios, a meter los dedos profundamente en la vagina de ella.
Pellizcaba y jalaba con fuerza de sus pezones, metía la lengua por su
culo, lo fue abriendo suavemente y le metió 2 dedos y luego 3. Giraba
los dedos dentro de ella.
Laura comenzó a sentirse muy excitada y agradecida con la mujer por el
placer tan grande que le estaba proporcionando.

Entonces, ella misma, sin darse cuenta cómo,
se ofreció para chuparle la vagina y clítoris y hacerla gozar
en reciprocidad.

Era una sensación totalmente extraña
y desconocida para Laura. Ella enloquecía mamando vergas, pero nunca
había probado con una mujer.
La mujer, igual que ella no tenía bello, así es que era cómodo
morder, chupar, meter la lengua. Laura comenzó a darle verdadero placer
a esta mujer.

Mientras tanto, los hombres tomaban una ducha
y un pequeño descanso.
Platicaban y planeaban entre ellos, donde Laura alcanzaba a oír el murmullo,
pero ellos tenían a la vista lo que ella hacía.

La mujer se separó de Laura y se acercó
a la mesita. Laura sintió algo grande, duro y frío que presionaba
la entrada de su mojada vagina. No acertaba a adivinar qué era. Parecía
un consolador muy grande, pero su textura y frío la hacían dudar.

La mujer que la estaba masturbando había
preparado dos grandes pepinos bien fríos, uno más grueso que el
otro. Aunque Laura estaba muy mojada y algo abierta por los dedos que la penetraban,
no lograba aceptar en su interior ésta gran verga verde que trataba de
penetrarla.

La mujer comenzó a chupar y morder el
clítoris de Laura y a meter y sacar rítmicamente el pepino haciendo
más presión cada vez. La sensación de frío de esta
verga hacía a Laura sentirse más y más deseosa y caliente.
Poco a poco la mujer fue logrando abrirla lo suficiente y meterlo casi en su
totalidad.

Ahora tomó el segundo pepino con la
mano izquierda mientras que tres dedos de la derecha los introducía,
mojados de saliva, en el culo de Laura.

Era una sensación deliciosa para Laura.
Físicamente estaba totalmente entregada y mentalmente ella deseaba más,
pues sabía que le estaba preparando el culo para algo más.
Al sentir la mujer el culo de Laura suficientemente abierto retiró los
dedos y comenzó a meterle el segundo pepino, que era más grueso
que el primero.

Con gran habilidad la mujer comenzó
a chuparle el clítoris y a hacerle presión en el ano y a meter
y sacar la gran verga de la vagina.
Al fin entre quejidos de dolor y de placer Laura comenzó a comerse la
gran verga por su orificio trasero.

Esta noche Laura había vividos las más
intensas y desconocidas sensaciones de su vida. Placer y dolor extremos que
nunca imaginó que pudieran llegar a excitarla a estos niveles.
Le habían sabido aplicar las dosis suficientes de dolor al punto de casi
lograr quebrantar su voluntad y hacerla llegar a los límites, pero de
pronto todo cambiaba y le daban a su cuerpo el placer más inimaginable
que ella jamás pensó que podía existir.

Justamente se encontraba en un momento de quebranto de voluntad, cuando escuchó
a los hombres acercarse hacia ella.

Le ordenaron nuevamente que tenía que
mamarle a todos sus ya limpias, descansadas y bien paradas herramientas, pero
ahora contaba con las manos y la boca, y para sorpresa de Laura, tenía
que adivinar cuál era la de Luis, su marido, que todo el tiempo había
estado ahí y era uno de sus cuatro verdugos.

Así fue como sucedió, todo había
sido planeado por Luis. Él deseaba satisfacer todas las locuras y fantasías
que Laura tenía, que él había creado en la mente y el cuerpo
de ella.
Pues así, ahora ella tenía que reconocer el gran instrumento de
su marido, de lo contrario, recibiría 30 cuerazos con un cinturón.

Mientras ella mamaba y se esforzaba con boca
y manos por reconocer a su marido, los demás hombres mordían y
jalaban sus pezones y su clítoris, sacaron los pepinos que ya dejaban
a Laura lista para lo que le esperaba, y en su lugar fueron metiendo sus hermosas
vergas duras.

Laura sintió el delicioso calor de una
de ellas penetrando su culo. Era una sensación deliciosa, pues el dolor
que le causaba el gran pepino terminó de inmediato y ésta era
adecuada al tamaño de su orificio trasero.

Aunque Laura se esforzaba y trataba de concentrarse,
no lograba adivinar cuál era la de Luis.
El tiempo se le acabó y era el momento de cumplirle el castigo.
Le desataron la correa del cuello y de los tobillos. La bajaron de la mesa y
obligaron a agacharse sobre su estómago en un pequeño taburete
con las piernas abiertas.

Todavía con los ojos vendados Laura
fue castigada personalmente por Luis, quien hasta había apostado que
su mujer sí sería capaz de reconocerlo, como ella siempre le había
dicho. Le propinó 30 cuerazos en las nalgas y piernas.

Después de esto, fue llevada a una cama
amplia, donde al fin pudo recostarse.
Estaba adolorida de todas sus partes y con las nalgas y piernas enrojecidas,
pero nuevamente estaba muy excitada.

Los mismos cinturonzazos la habían hecho
excitarse más, sobre todo cuando la punta del cinturón rozaba
su entrada vaginal, cosa que Luis hizo con gran frecuencia e intención.
Ya en la cama, uno de los hombres se acostó y los otros clavaron a Laura
en la verga.
Luis quedó parado frente a ella con su gran instrumento en su boca y
así comenzaron a excitarla, manosearla, a hacer que se mojara y pidiera
más.

Le metían los dedos por el ano, entraban
y salían y cambiaban posiciones, chupaban su culo y frotaban su clítoris.

Cuando Laura empezó a pedir con desesperación
que se la cogieran por el culo, se colocó uno de ellos y la penetró,
ella sintió delicioso y comenzó a moverse rítmicamente
al paso de ellos, de pronto sintió una gran presión en su orificio
trasero ya ocupado, cada vez más intensa y con gran dolor, casi insoportable,
y comenzó a pedir que se detuvieran, pero no estaban dispuestos a hacerle
caso, ésta era la prueba final para ella y la iban a forzar a vivirla,
para esto la habían preparado por tantas horas.

El cuarto hombre siguió presionando
fuertemente la entrada de su culo, hasta que al fin logró penetrarla
también.

Estaba siendo cogida por cuatro grandes vergas;
una en la boca, que era la de Luis, él siempre la había querido
ver así; otra estaba clavada en su vagina y dos por el culo, y una mujer
frotaba y pellizcaba sus pezones y su clítoris.

Ahora sí sentía que iba a reventar
su culo, sentía gran dolor y un tremendo placer.
Con todas estas sensaciones y caricias ya no pudo aguantar más y se corrió
con una intensidad como nunca en su vida sintiendo grandes contracciones vaginales
y anales y una oleada obscura pasaba por su cabeza, su respiración era
tremendamente agitada, estaba toda sudada, su vagina empapada al igual que su
culo y no quería que su intenso orgasmo terminara.

Sin embargo, los hombres no se corrieron, así
es que Laura seguía recibiendo vergas por todas partes.

Agotada como estaba tenía que seguir
respondiendo con su boca y caderas al movimiento rítmico de los 4 hombres,
así la mantuvieron por un largo rato otra vez, hasta que se excitó
tanto que deseaba volver a venirse.

Con las caricias y pellizcos de su clítoris
y todos penetrándola, alcanzó otro orgasmo de la misma intensidad
que el anterior. Después de tantas horas de ser cogida y usada de tan
diferentes maneras, en estos momentos ya enloquecía y gritaba de placer
y movía su cuerpo frenéticamente recibiendo y dando todo lo que
podía.

En esta ocasión sus espasmos hicieron
que los hombres se corrieran en su ano, vagina y boca, quedando totalmente abierta,
llena de semen y escurriendo por todos sus orificios.
Finalmente, le ordenaron que tenía que masturbar a la otra mujer hasta
hacer que se viniera.
Sin poner ninguna objeción, se aplicó intensamente y cumplió
con su tarea con gran habilidad, chupándole y mordiéndole el clítoris,
metiendo y sacando los dedos al mismo tiempo en su culo y vagina, succionando
sus labios, metiendo su lengua por ano y vagina, tocando los pezones, jalándolos
y pellizcándolos.

Así, hasta que la mujer se corrió
intensamente, agradeciendo a Laura su gran dedicación para complacerla.

Se quedó profundamente dormida por espacio
de 12 horas, cuando despertó empezaba a anochecer y estaba en su cama
acostada.
Cuando logró abrir los ojos Luis le dijo "¡Qué putita
eres Laurita, me encantas!".
Y así fue como Luis le dio a Laura el mejor regalo de su vida, un regalo
que nunca iban a olvidar.

Ella aprendió a conocer y manejar el
placer más intenso acompañado de dolor intenso. Estuvo por renunciar
varias veces, pero finalmente logró conocer sus límites y saciar
su necesidad de ser cogida en todas las formas inimaginables por 4 hombres,
3 de los cuales nunca vio.

 

Resumen del relato:
    Era insaciable, y quería llegar a la línea del límite entre el dolor y placer.

Sueños Imposibles

Sueños Imposibles (20)

Estimados amigos-as , el relato que os voy a narrar gira en torno a lo harta
que me tienen mis vecinos. Bueno , en concreto, mis dos vecinitas, la madre y la
hija y de lo que yo me imaginaria que las haría si las tuviera delante mía.

Como ya os acordareis en mi otro relato, no me ando por las ramas y si creo
que alguien de mi familia, como fueron antaño mis hijas, se merecen una buena
tunda, no me corto. Pero claro, el problema estriba en esta ocasión que no se
trata de mis niñas, sino de las vecinitas de la puerta de enfrente a la nuestra.

Se que la relación de vecinos es difícil y que es hasta lógico que surjan
desavenencias, como en todo bloque de vecinos, pero es que de la Marisol y de
Eva, estoy hasta el…Por eso, cuando estoy de mal humor por algo que me molesta
de ellas, imagino que las propino una buena azotaina.

Ya no solo son mal educadas, contestonas e imbeciles. Parece que a esa mujer
y a su hija el marido no las sabe atar en corto, el cornudo de él. Todo el día
voceando a través del patio de vecinos, poniendo la música bacaladera a toda
pastilla, no barren el rellano cuando la corresponde y si pudiera, se quedaría
con toda la cacharrería que la presto día si, día también.

Por eso os voy a contar lo que las haría si pudiera, porque así me desahogo,
si nos os importa.

Me imagino que me toca ser la presidenta de la asociación de vecinos este
año. En el orden del día, figura como tema principal la decisión por parte de la
Junta de vecinos de su posible expulsión de nuestro bloque de pisos, por el
comportamiento antisocial de Marisol Galván y de su hija, Eva Durantez Galván.(
los nombres y apellidos son inventados, no fuera a ser que estas personas
aludidas frecuentaran nuestras mismas aficiones). El pobre marido me daría pena,
bastante tiene con lo que lleva encima de la cabeza.

Durante la reunión, los vecinos me habrían dado plenos poderes para actuar
como yo pensase que era correcto, para poner en vereda a "esas"dos. Yo
presidiría la reunión, en la que estarían presentes todos los vecinos
propietarios y expondría las acusaciones delante de las aludidas. Ellas claro
están, protestarían. Yo severa como la que más, gritaría más que ellas hasta
conseguir que se asustasen de veras por el cariz que tomaban los
acontecimientos. Las dos, temerosas de que en menos de 10 días tuvieran que
abandonar el piso, rogarían e implorarían que reconsideráramos nuestra actitud y
que no fuésemos tan severos, que cambiarían de actitud y toda esa parafernalia
de suplicas.

Como en el fondo no soy tan mala del todo, les indicaría de forma severa que
se merecen por lo menos una lección y que si no se quisieran ver en menos que
canta un gallo con las maletas en la calle, tendrían que recibir un duro
correctivo, a la vez que humillante: una buena tunda de azotes para cada una. El
marido, harto de la "víbora de su mujer " y de la malcriada de su niña, moviera
la cabeza, asintiendo afirmativamente. Ellas aceptaron ya con la vergí¼enza
reflejada en su rostro. Los demás vecinos tomaron el castigo como justo. Para
Eva, la más joven, aun alumna de la ESO, una buena azotaina propinada por mi
sobre mis rodillas y para la madre, aun de muy buen ver y de unos 40 años de
edad, una buena tanda de correazos infringidos a dos cada uno por cada vecino (
porque con casi todos tuvo problemas) allá presente, es decir, quince vecinos
por dos, igual a 30 correazos sobre su trasero al aire.

Yo , henchida de satisfacción , viendo como el anterior orgullo de mis
vecinas ya pasó a la historia, coloco mi silla en el medio de la sala. Ordeno
con voz autoritaria que Eva comparezca ante mi presencia. La chica, de pelo
rojizo cortito, vestiría con blusas y pantalones vaquero negros. Inmediatamente,
la ordenaría que se bajara los pantalones y se tendiera sobre mis rodillas. Eso
haría y en un instante, la tengo sobre mi. En un principio, su ropa interior
blanca de algodón no me molestaría y la chica pasaría menos vergí¼enza.
Comenzaría a azotarla vigorosamente, pues el castigo no es "baladí". Lloraría,
se retorcería y pediría perdón. Descanso un poco las mano y la bajo de un tirón
sus braguitas y se las quedo a mitad de muslo, pues es algo ancha de caderas,
para seguir azotándola hasta que la mano ya me duele más a mi que a su trasero
bien rojo. A la vez que la azoto, miro de reojo a su madre, que permanece de pie
, presenciando asustada el castigo de su hija , mientras mira a su marido ,
implorando un perdón que no va a tener.

Eva se levanta frotándose el trasero y gimoteando como una niña pequeña. Los
azotes han sido fuertes, pero pienso que no para tanto , por lo que , cuando
ésta ya tenia subida las bragas, la di dos fuertes azotazos extras, por idiota y
quejita. Eva se froto el trasero con vehemencia, se subió los pantalones con
sumo cuidado, pues eran de pata estrecha y la rozar con su culo, a buen seguro
la escocería.

Me dirijo a la madre, una cuarentona de también anchas caderas y grandes
senos y la ordeno que se acerque hacia mi. Sin que lo espere , la doy un bofetón
y la indico que apoye las manos sobre el respaldo de mi silla. Ella obedece
sorprendida aun por el bofetón y se agacha para cumplir lo por mi indicado. La
levanto las faldas y la bajo las bragas de color negro muy despacito para que
aun sintiera más vergí¼enza. Pronto su cara de color tomate iba a estar como su
culo,: rojo,¡ pero rojo, rojo!. Su marido colabora. El será el que empiece.
Repito que contra el no teníamos nada. El bueno de Andrés se quita el cinto y en
un instante lo descarga con gran fuerza sobre el culo de su mujer, que salta a
cada azote que la da. Ya dos marcas rojas se otean sobre el dolorido a buen
seguro trasero. Andrés la propino un tercero, sin duda la rabia y la frustración
de estos años salían a la luz.

Así el castigo duro hasta los treinta y un azotes de rigor,. Yo misma la di
los dos ultimo y os juro, que si mi sueño se cumpliría, tendría ese culo
asqueroso al rojo vivo y los lloros por cada correazo, se oirían hasta en
Mostoles.

En fin, este seria mi sueño. Que bonito sería que todos nos llevásemos
estupendamente y que para zanjar nuestros diferencias de vecinos, recurriéramos
a las azotainas, ¿ no creéis?.

ARANTXA- septiembre del 2001

MI CORREO ES : POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO y
no me importa que le publiqueis.; un beso Alvaro

 

Resumen del relato:
    Una vecina harta de sus “vecinitas”, toma cartas en el asunto.

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