Mi amigo se enamoró de los pechos de mi mujer (14)
Hace ya bastante tiempo, entablamos relación con un matrimonio, dos chicos
estupendos con los que compartíamos algunas salidas: ir al cine, … tomar unas
copas …. El, Jaime, era un chico alto, sanote, algo más joven que yo, muy
atractivo físicamente y con un comporta- miento noble, leal y sin dobleces ni
envidias. Ella, Sylvia, tenía las mismas cualidades mora-les y de comportamiento
pero, en el físico, contrastaba notablemente. Era rubia, no muy alta, menuda,
pero redondita, con dos pechitos que eran poco más que dos limones y un culito
pequeño, redondo y respingón. Era como una muñeca, pero también muy atractiva y
que inspiraba un sentimiento muy particular de querer acariciarla, mitad por
ternura y mitad por deseo.
Se querían con locura. Se llevaban estupendamente bien y no había entre ellos
ninguna incomprensión, salvo que, según me confesó Jaime un día, había una
pequeñita laguna: Por culpa de que el tenía un pene demasiado grande y ella una
vagina pequeña, muchas veces, al intentar penetrarla, le causaba algo de dolor y
acababan haciéndose, mutuamente, una paja. Además, -me dijo- la pasión fuerte me
la provocan los pechos y caderas más grandes y ro-tundos que los de Sylvia. En
una ocasión se le escapó decir: -"Así como los que tiene tu mu-jer.-
Aquel verano, un sábado noche, habíamos quedado en cenar juntos para celebrar
que se ha-bían comprado coche nuevo.
Estaba yo, esperando que Mª Carmen terminara de arreglarse para salir,
sentado en el salón de casa, tomando una cerveza y cuando ella apareció casi me
atragante, al verla tan hermosa, bellísima, maquillada y vestida con un vestido
negro, ceñido que, aunque ya se lo había puesto algunas veces, nunca le ví un
escote tan espectacular que le hacían los dos pequeños tirantes y aquel
sujetador que le recogían las tetas, dejando ver la parte superior y el
canalillo que sugerían multitud de pensamientos eróticos.
En aquel momento cruzó por mi mente el recuerdo de Jaime y lo que, en aquella
ocasión, me había confesado sobre su predilección sobre los pechos y caderas
rotundos y le dije: -"Con ese escote vas a causar estragos"-
-"Me he puesto este vestido – me contestó- porque Sylvia me ha dicho que ella
iba a ir de blanco y, si yo me ponía este negro, haríamos un bello contraste.
Además no creo que vaya exageradamente provocativa pero, si dices eso, me echo
un echarpe por los hombros."
-"No seas tonta – le respondí – Te lo he dicho adrede. Vas muy bien y,
además, hace calor. Vámonos.
Fuimos a reunirnos con ellos. Al saludarnos, cuando Jaime besó a Mª Carmen,
notamos los tres el gran impacto que le causó aquel escote y aquellas tetas
esplendidas y exclamó:-"Me deja impresionado lo guapísima que estás o, con
permiso de estos dos te diría que estas "bue- nísima".
Reímos todos y yo también requebré a Sylvia diciéndole que estaba preciosa
con aquel ves-tido. Era verdad; era muy liviano, casi transparente y, como al
tener el pecho pequeño, no lle-vaba sujetador, se le notaban las tetitas y los
pezones. Parecía una muñeca.
Nos llevaron al restaurante en el que habían reservado mesa. Cenamos muy
bien, con exce-lentes vinos y champán en el postre. En amigable camaradería,
charlamos, reímos e hicimos
Todo tipo de comentarios que, conforme aquellos vinos surtían efecto, eran
cada vez un poco mas subidos de tono.
Al terminar la cena, para corresponderles, les invitamos nosotros a una Sala
de Fiestas que estaba junto al restaurante y en la que hacían un espectáculo
erótico. Nos sentamos en el di-ván de una mesa bien situada, pedimos unos
cubatas y contemplamos el pase de las atraccio-nes. Entre el vino, el champán, y
los cuba libres, lo que ocurría en la pista nos sugería comen-tarios cada vez
más procaces y de más alto contenido erótico.
Yo ya había observado en el restaurante que la mirada de Jaime se posaba, de
vez en cuan-do, en el escote de Mª Carmen, pero, ahora lo hacía más a menudo y
con más insistencia y mirada verdaderamente ávida. El ambiente se iba caldeando
más y más y, a lo que hablaba-mos, se unía que las manos, sobre todo las de
Jaime, cuando se posaban en el brazo o en la mano, ya no se retiraban tan rápido
como antes; se dejaban más tiempo, como no queriendo dejar el contacto.
Acabó el espectáculo; atenuaron las luces y sonó la música de baile. Sylvia y
Jaime se le-vantaron y se perdieron, enlazados, en la pista.
Nos quedamos solos Mª Carmen y yo. Le pasé el brazo sobre los hombros; se
recostó so-bre y le pregunté –"¿Qué tal estás?. Te noto algo rara." –"Sí – me
respondió – Entre las con-versaciones que estamos teniendo y que Jaime está
mirándome el pecho continuamente, la verdad es que cada vez estoy más nerviosa y
excitada y no sé en que puede acabar todo esto."
-" Ya te dije – le contesté – que ese escote iba a hacer estragos, porque
sabía que a Jaime le atraen los pechos y caderas como las tuyas y debe estar
poniéndose cachondo perdido. Tu no te preocupes, déjate llevar y vive el
momento."
La besé en la mejilla; le acaricié en los brazos desnudos y callados
estuvimos hasta que re-gresaron nuestros amigos.
-"¿No bailáis?". Preguntó Jaime.
Mª Carmen contestó: "A éste (por mí) no le apetece y como además mucho no le
gusta… Entonces le habló Sylvia: Yo también estoy cansada. Baila con Jaime que
yo me quedo aquí sentada."
Jaime le tendió la mano. Mª Carmen se levantó y enlazados se fueron a bailar.
Sylvia se sentó a mi lado. Estaba sofocada; se lo dije, achacándolo al calor
y ella me res-pondió: -"No es solo el calor. Es que no sé lo que le pasa a Jaime
que está supercachondo y la verdad es que, por bailar conmigo, nunca se había
puesto en ese estado. Fíjate, tal como están bailando de apretados, tiene que
notarle Mª Carmen el pene ya que lo tiene completa-mente en erección y duro como
una piedra.
Miré y, efectivamente, no solo bailaban completamente pegados, uno junto al
otro, sino que las manos de él iban acariciándole y, sobre todo, aquellas
caderas que debían estar volviendo-le loco.
Le dije: "Mira Sylvia. Yo creo que se ido poniendo así de cachondo por culpa
de lo que he-mos bebido y de los pechos y caderas de Mª Carmen. Continuamente
los está mirando cada vez con más pasión.
-"Sí – me contestó – ya me he dado cuenta y seguro de que tienes razón y será
eso, porque sé que le atraen mucho ese tipo de pechos y caderas como los que
tiene tu mujer. Una vez – me insinuó que podía operarme del pecho para tener
alguna talla más, pero a mí me da mie-do.
-"No digas tonterías – continué yo -. Esos pechitos que tienes, tan duritos y
con esos pezones que se notan a través del vestido, son una verdadera tentación
para cualquier hombre. Yo mismo estoy pensando toda la noche en lo delicioso que
sería acariciártelos y besarte en los pezones.
-"Calla, por favor. Como sigas diciéndome cosas así me vas a poner fuera de
mi y comple-tamente excitada".
Callamos. Le rodeé los hombros con mi brazo, la atraje hacia mí y, muy
suavemente, le acaricié la cintura que, con aquel vestido tan sutil, parecía que
le tocaba la misma piel. Subí la mano hasta sus pechos y al rozar sus pezones
noté que se encrespaban y que su cuerpo se estremecía todo. Seguí rozando su
vestido hasta que mi mano se posó sobre su muslo y su-biendo hasta su
entrepierna note su vello púbico a través del vestido y de sus braguitas.
A la vez que acariciaba aquel cuerpo tembloroso, con los ojos entornados
miraba hacia la pista donde Mª Carmen y Jaime seguían abrazados, bamboleando sus
cuerpos al compás de la lenta música, sin mover apenas los pies del suelo y las
manos de él explorando los mara-villosos rincones que tenía el cuerpo de mi
mujer. Contemplando aquello, mi excitación su-bió bastante más.
Al fín volvieron a la mesa. Iban ardiendo; la mirada algo perdida y cierto
nerviosismo al hablar. Además, él que, por cierto, al no llevar chaqueta, no
podía disimular el gran bulto de su entrepierna, continuó llevando enlazada por
la cintura y, sin soltarla, se sentaron. Yo tam-poco separé mis manos de los
hombros y de los muslos de Sylvia. Ya ninguno disimulába-mos lo que cada uno
sentía.
Entonces Sylvia habló así: -"Se me ha ocurrido una idea, a ver que os parece.
Tenemos en casa una botella de champán que llevamos mucho tiempo guardando para
una ocasión espe-cial y como no se nos va a presentar ninguna mejor que ésta, os
propongo vayamos a casa, nos la bebemos y acabamos allí la velada. Incluso os
podéis quedar a dormir.
Nos pareció estupendo; nos levantamos y nos fuimos.
Al llegar, mientras ellas se acicalaban en los aseos, Jaime y yo nos
instalamos en el salón y, después de sacra la botella de champán y las copas,
nos sentamos en dos sofás colocados en ángulo. Abrió la botella, llenó las copas
y esperamos. Cuando llegaron, sin saber el por qué y de una forma de lo más
natural, Mª Carmen se sentó en el sofá de Jaime y Sylvia en el mío.
Brindamos. Juntamos las copas, después las cuatro caras; nos besamos todos y
bebimos.
Sacó Jaime una baraja y propuso un juego que consistía en hacer cuatro
montones con las cartas y que cada uno de nosotros elegía uno y el que sacare la
carta más alta le impondría al que sacase la más baja una penitencia, que podría
consistir en quitarse alguna prenda o hacer-le algo a algún otro.
Como todos seguíamos muy calientes, aceptamos sin rechistar y con entusiasmo.
Comenzó el juego. Conforme avanzaba los comentarios eran más procaces, el
ambiente se iba caldeando, nos íbamos poniendo más y más cachondos y el sexo
flotaba en toda la habi-tación. En una ocasión Jaime, que había ganado, le pidió
a Mª Carmen, que había perdido, que tenía que dejarse que yo le quitase el
sujetador. Lo hice y, al sentirse libres de aquella cárcel que los oprimía, sus
pechos saltaron gozosos y se mostraron en toda se esplendidez.
Miré a Jaime y pensé que iba a marearse.
En justa venganza, cuando fui yo el que ganó le dije a Jaime que le quitase
el sujetador a Sylvia (yo ya sabía que no llevaba, pues la había estado
acariciando en la sala de fiestas). Al decirlo ella le exigí que se bajase los
tirantes del vestido, dejando éste en la cintura y al aire aquellas tetitas que
me produjeron un fuerte deseo de acariciar y de besar aquellas fresitas
Tiesas que parecían sus pezones.
Seguimos. Mª Carmen que, como los demás, estaba ya completamente sumergida en
aquel ambiente de lujuria y de deseos contenidos, cuando le tocó su turno, me
pidió que le quitase a Sylvia "la prenda más húmeda que lleve". Al sacarle sus
braguitas, blancas como su vestido, nos mostró su "rajita", coronada por un
pubis cubierto de un vello rubio.
A continuación fui yo el que le dije a Mª Carmen que tenía que quitarle los
pantalones a Jaime (no sabíamos que al llegar a casa e ir al baño, como estaba
excitado y el boxer le mo-lestaba, se lo había quitado y no llevaba nada debajo
del pantalón). Desabrochó el botón, bajó la cremallera y, al tirar de la prenda
hacia abajo, saltó, como un auténtico muelle, el pene, grande, grueso, tieso,
erecto y duro como una roca.
Mª Carmen, agarrando todavía el pantalón con manos temblorosas,, miraba con
ojos llenos de asombro, aquella espléndida "herramienta"que, aunque ya la había
sentido pegada a su vientre, cuando bailaron, no imaginó que era de aquel tamaño
y de aquella turgencia. Admi-rando aquello su vagina debió recibir una oleada de
calores y fluidos vaginales, de tanto deseo como la debió de invadir. Eso es lo
que yo pensé y también recordé el chochito de Sylvia y el por qué de sus
problemas de penetración.
Al fin vino el climax del juego cuando Sylvia, al ganar y perder Jaime tuvo
la idea "diabó-lica" de pedirle, como prenda, que acariciase los pechos de Mª
Carmen un tiempo mínimo de 25 segundos.
Jaime, sin pantalón y con aquella inmensa verga apuntando hacia arriba, se
giró, pasó sus manos por debajo de los brazos de ella, que le había dado la
espalda, y empezó a sobar aque-llas hermosas tetas que le tenían obsesionado.
Sylvia y yo contamos los segundos, 1 – 2 – 3. No pufdo aguantar los 25. Con los
ojos cargados de deseo, siguió magreándole los pechos y empezó a besarle el
cuello y las orejas. Le bajo la mano al pubis y, al empezar a acariciarlo, las
piernas de ella iban abriéndose, poco a poco, ofreciendo aquel coño encendido de
deseo a aquella mano que lo sobaba con fruición.
Mientras, en el otro sofá, mirando embobados el espectáculo que nos ofrecía
la otra pareja, Sylvia y yo llegamos a unos altos índices de excitación. Se
encontraba ella sentada, con las piernas encima del sofá, apoyada su espalda
sobre mi pecho. Yo le sobaba sus tetitas que pro-ducían en mí un sentimiento muy
particular; cogía sus pezones entre mis dedos, besaba su cuello y mi otra mano
jugueteaba con el vello rubio y suave de su pubis. Cuando abrió sus piernas y
bajé mi mano hasta su "rajita", estaba toda tan empapada que se lo dije: "Tienes
el chochito todo chorreando."- Sí – me contestó – y eso que cuando hemos venido
me he cam-biado porque ya lo tenía completamente mojado. Es que estoy muy
cachonda.
Mirando a la otra pareja vimos que estaban haciendo un auténtico 69. Ella
estaba completa-mente tendida en el sofá, con el cuerpo ligeramente arqueado de
cintura para abajo para que los labios y la lengua de Jaime pudieran penetrar y
chupar mejor aquella "almeja" palpitante.
Yo miraba embobado y, el contemplar aquello me produjo una extraña sensación.
Pensaba en el placer que sentiría aquel coño, que yo había chupado tantas veces,
con otra boca distinta y otra excitación diferente y mi cuerpo se estremecía de
deseo y de placer. Ella, por su parte, con una mano le manoseaba los huevos; con
la otra tenía agarrada la gran verga y bajándole el escroto, dejando al
descubierto todo el "capullo" chupaba con los labios y con la lengua ya que no
le cabía en la boca.
Sylvia, que toda excitada también miraba la escena, me dijo: – "Fíjate en lo
que le está
Haciendo Jaime a tu mujer. A mí nunca me ha hecho "eso" y jamás he sentido
una lengua en mi "rajita". Solo de pensarlo me corro.
Besándola, le pedí que se girase (para así poder yo seguir viendo el
espectáculo del otro sofá) y colocí ndola boca abajo le acaricié su culito menudo
y respingón y, cuando abrió las piernas le posé la punta de la lengua en el
"agujerito", respondiendo con un estremecimiento y un gritito de placer. Bajé la
lengua a su chochito; se la pase varias veces por sus labios, an-tes de
metérsela dentro, mientras mis labios succionaban su clítoris. Ella jadeaba,
gritaba y se retorcía de gusto.
La otra pareja, a la que yo veía perfectamente, ya estaban follando
salvajemente. La enor-me polla de Jaime bombeaba, una y otra vez, entrando y
saliendo completamente del coño de Mª Carmen, que ya se había adaptado
completamente a aquel tamaño, mientras los cojones le golpeaban en el culo a
cada embestida.
Yo miraba, a la vez que seguía chupándole el chochito a Sylvia y escuchaba
los gemidos y ayes de Mª Carmen cada vez que era penetrada. Aquellos sonidos me
transmitían sus orgas-mos y el grandísimo placer que debía estar sintiendo. Me
parecía que yo mismo lo sentía y mi excitación subió de tal manera que no pude
resistir más. Puse a Sylvia boca arriba, apoyó sus piernas en mis hombros y metí
mi polla en aquel chochito que estaba cachondísimo; mis manos acariciaban sus
tetitas, la follaba y se corría una y otra vez. Yo aguantaba, sintiendo el
placer que me proporcionaba aquel coñito humedecido de tanta corrida y el ver y
oir la felici-dad de mi mujer con aquel "polvazo" que se estaba echando y que
alguna vez debía de haber soñado.
Aguanté hasta que un grito más fuerte me hizo comprender que, al sentir en el
coño la le-che caliente y los espasmos del pijo de Jaime que se corría, Mª
Carmen sentía el orgasmo más fuerte, Me dejé llevar y me corrí dentro de Sylvia
con un intenso placer.
Estábamos ya los cuatro derrengados. Nos sentamos juntos, en el mismo sofá y,
todavía con la respiración entrecortada, nos besamos y, recogiendo las ropas nos
fuimos a nuestras habitaciones, desnudos, con mis brazos rodeando los hombros de
Mª Carmen y el suyo en mi cintura.
Ya en nuestro dormitorio la abracé, la besé en la boca y acariciando sus
tetas (que habían sido, indirectamente, las causantes de todo lo ocurrido
aquella noche), le besé los dos pezo-nes con cariño y pasamos al baño.
En la bañera dejamos que el agua corriera abundantemente sobre nuestros
cuerpos, Me pu-se gel en las manos y empecé a aplicárselo por todo el cuerpo,
sobándola a la vez muy suave y cariñosamente, sobre todo en aquel hermoso pecho
(que había sido la tentación irresistible para Jaime), en su vientre, sus
caderas, sus brazos, su culo, sus piernas y su coño, limpiando hasta la vagina
que aún conservaba restos del semen que allí depositó la polla de Jaime.
Sobando y sobando con aquella suavidad a la que ayudaba la espuma del gel,
poco a poco, iba subiendo en los dos una excitación que nos hacía rozarnos uno
contra el otro. Al secarla, con delicadeza, le pedí me explicase sus sensaciones
de aquella noche y ella, algo tímida y vergonzosa, a pesar de que yo la animaba
con mis caricias y mis palabras, fue detallándome las emociones que había ido
sintiendo. La primera el sentirse deseada, de nuevo, con aquella vehemencia y
notar que su cuerpo todavía despertaba pasiones y deseos tan fuertes. Las
cari-cias de Jaime en sus brazos, su espalda y sus caderas, la había
transportado a su juventud y sintió la misma turbación que la primera vez que
unas manos de hombre hurgaron en su cuer-po, despertándola al sexo. Al sentir su
pene, durísimo, contra su pubis, había vuelto a sentir, como entonces, que las
piernas le fallaban, que estaba embriagada mucho mas que con el al-cohol, y
había tenido que agarrarse a él, todavía con mas fuerza. Luego, cuando ya en la
casa, le hicimos que tirara de sus pantalones y apareció aquella polla como un
tronco quedó com-pletamente alelada y sin habla, al pensar lo que podría sentir
al tener todo "aquello" dentro de ella.
Al irme contando sus vivencias de aquella noche, volvía a revivir todo lo que
había senti-do y, a mí al escucharla, me hacía partícipe de todas aquellas
emociones y, en los dos, iba subiendo la excitación hasta unos niveles
insoportables. Puse mi mano en su coño y, nueva-mente estaba mojadísimo,
chorreando de deseo de nuevos placeres que se habían despertado al contarme todo
lo que le había ocurrido. A mí me ocurría lo mismo.
Me arrodillé en la bañera; cogí su culo con mis manos, la besé en el pubis y
ella, subiendo una pierna al borde de la bañera, me ofreció aquella "gruta del
amor", toda mojada y palpi-tante que pedía con ansia ser "comida".
Aplasté mi boca sobre su "raja, a la que la postura de pié hacía que se
proyectase hacia fue-ra. Chupé su clítoris metiéndomelo todo en la boca; metí la
lengua en la vagina y la punta al-canzó a lamer los rincones mas profundos a los
que nunca había llegado mi lengua, facilitado por la postura y porque ella se
abría todavía mas, al agacharse ligeramente y, cogiendo mi ca-beza, con sus dos
manos, la apretaba contra su chocho.
Al sentir mi lengua tan adentro y que no paraba de moverse, un temblor la
recorrió toda, dio un grito y empezó a correrse, una y otra vez, mejor dicho,
tuvo un orgasmo continuo que llenaba mi cara con los fluidos de sus corridas y
que me transportaron a un estado de borra-chera de amor, que me hacía chupar y
chupar de aquel maravilloso tesoro que mi mujer tenía entre las piernas.
No pude mas. La lleve a la cama y la penetré con tanta ansia que me dio la
impresión de que le metía también los cojones. Bombeé sobre su coño, con unas
entradas y salidas tan de-liciosas que me hacía gozar como nunca antes lo había
hecho y, enseguida, noté el chorro de fuego de mi semen que me recorrió la polla
y se depositó en el fondo de su coño
El orgasmo fue tan intenso que hizo que me quedase completamente sin fuerzas
y extenua-do, con la polla dentro, a la que sacudían unos espasmos de placer.
Besando y acariciando aquel precioso cuerpo de mujer, tuve la sensación de haber
conocido el Amor con mayúscu-las. Así nos quedamos dormidos.
Resumen del relato:
Mi primer intercambio que facilitó el que mi amigo se prendo de las tetas de mi mujer. Fué fabuloso.
admin :: oct.18.2011 ::
Intercambios ::
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