Compartiendo a mi mujer (02: Sexo en las Cíes)
Publicado por el Wednesday, March 11th, 2009 a las 12:00 am
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Vacaciones en las islas Cíes
Gracias por todos los comentarios que nos habéis mandado. De
manera que continuaré escribiendo la historia a partir del punto en donde dejé
la anterior. Espero que os guste. Igualmente podéis escribirnos lo que os parece
nuestra relación tanto a mí (xavialonso5@hotmail.com)
como a ella (POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO).
Estaremos encantados de saber de vosotros.
Después de saciarse mutuamente sobre la playa, ambos se
quedaron tumbados en la arena, descansando mientras el personal que había estado
contemplando la escena se iba marchando poco a poco hasta quedarme nuevamente
solo. Pero no se dedicaron a un nuevo asalto de placer, sino que ambos
recogieron las cosas y volvieron al camping.
Ya en el camping se hicieron las presentaciones de rigor.
Primero la normal, él la llevó hasta el grupo que formaban sus amigos y se la
presentó. Y luego la menos normal, después de haber estado follando a la vista
de todos supongo que lo que menos esperaba es que Vero viniese hasta mí y me
presentase como su marido. La verdad es que la cara de desconcierto del muchacho
fue bastante evidente y supongo que mayor fue todavía al vernos entrar en la
tienda (yo todavía no había saciado mi deseo) directos a entregarnos al placer
(supongo que era él quien esperaba volver a penetrar a mi mujer en la tienda).
Esa tarde discurrió normalmente y la pasamos como turistas
normales, visitando parte de la isla. Pero por la noche la cosa volvió a subir
de tono. Los italianos nos invitaron a una cena frugal que hacían. Eran tres
parejas y tres solteros. La velada fue bastante amena y divertida y la verdad es
que me estaba poniendo a mil viendo como el “amigo” de mi mujer la devoraba con
la mirada, solicitando de manera evidente sus atenciones. Además, nos habíamos
enterado que justo al día siguiente por la tarde se marchaban de vuelta a
Italia.
Al final las tres parejas se retiraron a “dormir”, por lo que
todos los demás dimos la fiesta por terminada. Nos retiramos a nuestras tiendas,
a excepción de Vero y su amigo, que se quedaron hablando a solas. Al rato, Vero
vino hasta la tienda y me dijo (con una amplia sonrisa) que iba a dar una vuelta
por el camino a ver si le bajaba un poco la bebida.
Era evidente la clase de paseo que iban a dar, así que,
nuevamente excitado, fui tras ellos en cuanto vi que desaparecían por el camino.
Estuve un rato siguiendo el camino, hasta que los vi a un lado del camino, sobre
una mesa de picnic para turistas. Me fui acercando con cuidado, observando la
escena mientras buscaba un buen sitio para mirar.
Vero estaba sobre la mesa, desnuda, tumbada boca arriba y con
las piernas abiertas disfrutaba con la cabeza de él entre las piernas. Conseguí
situarme muy cerca de ellos y gracias a la luz de la luna veía perfectamente
como jugaba entre sus muslos, como se incorporaba para besarle las tetas y como
su mano se movía rítmicamente entre los muslos de ella, (supongo que
penetrándola con los dedos mientras la besaba).
Estuvieron jugando un buen rato, hasta que Vero sucumbió a
los labios del italiano. La vi retorciéndose de placer, gimiendo, con las manos
sobre la cabeza de él, abriendo y cerrando los muslos.
Que decir tiene que para ese entonces, y aprovechando mi
soledad, ya tenía mi propia polla entre las manos, masturbándome lentamente con
el espectáculo que ofrecía mi mujer.
A continuación fue él quien se tumbó sobre la mesa, boca
arriba y dejando que los labios de mi mujer empezasen a jugar con su erecto
miembro. Vero movía la cabeza arriba y abajo lentamente, aumentando poco a poco
y yo hacía otro tanto con mi mano, masturbándome al mismo ritmo que veía hacerlo
a mi mujer.
No tardaron mucho en cambiar de posición. Vero se subió a la
mesa y se montó a horcajadas sobre su amante, dejándose caer lentamente sobre su
falo y penetrándose a medida que lo hacía.
Yo estaba a punto de estallar de excitación viendo como aquel
tremendo pene entraba y salía de la vagina de mi mujer. Viendo como ella movía
sus caderas adelante y atrás, imaginando como sus músculos vaginales se
aferraban a la polla de aquel semental. Pero quería aguantar, correrme justo
cuando ellos también lo hiciesen.
Los oía gemir dulcemente, la cara de él se incorporaba de vez
en cuando a besarle los pechos, su mano jugaba entre las nalgas de mi mujer,
podía ver como su dedo jugaba con la entrada del ano y como ella le dejaba
hacer.
No sé el tiempo que llevaba observándolos cuando me pareció
oír voces detrás de mí. Eran los otros dos italianos que también se habían
decidido a ver que hacía aquella pareja paseando a solas por la noche. Se
acercaron bastante a mí y, aunque se quedaron en el camino sin ocultarse, si no
me vieron todavía era porque estaban absortos (y excitados) contemplando como mi
mujer cabalgaba apasionadamente a su amigo.
Y así estuvieron, sin percatarse de mi presencia, hasta que
unos cinco minutos más tarde mi mujer empezó a dar síntomas de estar llegando a
un nuevo orgasmo. Moviéndose desesperadamente, subiendo y bajando, gritando de
placer. Fue entonces, cuando totalmente fuera de mí al ver a mi mujer
corriéndose no pude aguantar y lancé salvas de honor al arbusto tras el que me
ocultaba. Fue entonces cuando algún gemido me traicionó y los dos hombres se
sorprendieron de verme allí con la polla en la mano.
Aunque tampoco perdieron de vista a la pareja, al igual que
yo, viendo como él cada vez aumentaba más su ritmo (con mi mujer sobre él
moviéndose suavemente) y como sacando su verga con una mano consiguió correrse
fuera de Vero, apoyando su verga en su entrepierna y lanzando chorros de semen
sobre sus nalgas.
Debo reconocer que en aquel momento me sentí tremendamente
humillado y avergonzado. Mi mujer y su amigo los habían visto y por fuerza me vi
obligado a salir de mi escondite, con los pantalones por lo tobillos. Estaba
ridículo y Vero me lo hizo notar con esas carcajadas suyas que tanto me gustan.
Pero el ambiente se hizo más distendido mientras,
comiéndosela con los ojos con toda la lujuria del mundo se liaron unos porros y
allí mismo, sentados sobre la mesa, Vero completamente desnuda, tapada
únicamente con la camisa por los hombros, nos los fumamos, charlando de nuestros
gustos especiales y de lo que podíamos hacer aquella noche. Vero decidía. Eso lo
tenía bastante claro.
Es evidente que la velada (la última velada para ellos allí)
no acabó aquí, pero tampoco es plan de contarlo todo… de momento.
Espero que hayáis disfrutado leyendo tanto como Vero y yo lo
hemos hecho al recordarlo para vosotros.
Vero y Xavi
Turismo rural más allá de lo que conoces. Otra cosa.

