Una dulce venganza
Estábamos esa noche en el baile de las fiestas de mi pueblo,
yo pasé la mirada por todo el salón para ver si se encontraban algunas de mis
amigas del pueblo, cuando veo que mi marido me hace un gesto de enojado y sale a
toda prisa rumbo a la entrada del salón y toma la acera dirigiéndose al parqueo.
Caminé rápidamente detrás de Gerardo. El estaba furioso aunque a decir verdad
jamás sabía cuando no lo estaba.
- Por favor, detente! - le grité cuando cuando vi que no lo
alcanzaría.
- Déjame! - dijo sin voltear la cara siquiera.
- Te juro que no te entiendo, no sé que te hizo molestarte!
dije desesperada.
Entonces volteó y me miró francamente enojado.
- Crees que no me di cuenta? Vi como le coqueteabas al marido
de Mercedes. Te comportaste como una cualquiera.
En nuestros veinticinco años de casados aún no podía entender
la causa de sus celos constantes. Yo prácticamente había modificado todos mis
hábitos con tal de complacerlo. Ya no usaba las minifaldas ni las blusas
ajustadas para evitar que se sintiera incómodo, había dejado de culiar con mi
yerno después de que nació mi nieto, ya no salía a reuniones de escuela donde al
final me cogía un vecino, en fin, ahora sólo mi marido me culiaba y nunca estaba
contento. Casi no veía a mis amigas e incluso había dejado de trabajar pero nada
parecía ser suficiente. Siempre encontraba motivos para sus reproches. Su enojo
esta noche no tenia razón y yo ya estaba harta.
- Pues si quieres estar así, lo siento, ya no voy a aguantar
esto - dije furiosa y dispuesta a dar por terminada la discusión. Me di la
vuelta y regresé a las fiestas de mi pueblo. El pareció vacilar pero finalmente
se dirigió al auto y partió rumbo a la casa.
Entré de nuevo donde estaban mis primas a punto de llorar.
Marisela se me acercó y me pregunto:
- Van mal las cosas no?
- Ya estoy harta de esta situación, pero no voy a ceder esta
vez. Si quiere que nos separemos, ni modo, lo único que pienso es en el futuro
de mis hijos – dije tratando de parecer controlada.
Me colé entre las parejas que bailaban y me dirigí a la
barra, pedía cualquier cosa y me dispuse a olvidarme de mis problemas. Estuve
varias horas y aproximadamente a la una de la mañana me dispuse a salir a buscar
un taxi.
Esperé algunos minutos y me arrepentí de no llevar suéter esa
noche. El frío comenzaba a encarnizarse. De pronto alguien puso una mano en mi
hombro.
-Te podemos llevar? - pregunto una voz masculina.
Volteé y ahí estaba un hombre alto que había visto en las
fiestas y a su lado otro tipo que parecía bastante pasado de copas.
No suelo aceptar ese tipo de ofrecimientos pero el frío y la
ausencia de taxis me hizo aceptar de inmediato.
Se presentaron. El tipo alto se llamaba Enrique y el otro,
mas bajo de estatura pero más guapo también se llamaba Juan. Le dije mi nombre:
Haydee.
Subimos a un auto color cobre y les di las indicaciones para
ir a mi casa. De platica en platica comencé a hablar de mis problemas y de
repente me vi llorando.
Ellos parecían muy comprensivos y de repente me di cuenta de
que no quería estar en mi casa y verme con el idiota de mi marido.
- Me podrían llevar a un hotel? - pregunté sin ninguna
intención pero al parecer ellos le dieron otra interpretación.
Al llegar me bajé y les di las gracias pero para mi sorpresa
se bajaron también y esperaron hasta que el portero abrió la puerta. Lo tomé
como un gesto de gentileza.
Cuando el portero me preguntó para cuantas personas era el
cuarto, uno de mis nuevos amigos se adelantó y dijo "Para tres"
Lo miré sorprendida y por un momento pasó por mi cabeza la
idea de decir que no, que solo para una persona pero una parte de mi se negó a
hacerlo, solo sonreí y miré al portero que parecía mas sorprendido que yo.
Antes de entrar al cuarto, ya sabía lo que iba a suceder. Sin
embargo nunca había estado en una situación así y no sabia como comportarme,
quería tener la experiencia de ser culiada por dos hombres a la vez.
- Estas nerviosa? me pregunto Enrique.
- No sé que hago aquí - dije realmente confundida.
- No te preocupes, solo es una pequeña venganza para el
idiota de tu marido.
Esas fueron las palabras mágicas. No lo pensé más y me
dispuse a disfrutar mi venganza.
Juan me abrazó por detrás rodeando mi cintura y me besó el
cuello.
-Eres exquisita, no entiendo como tu marido puede
desperdiciar semejante cuerpo, te calculo que tienes unos treinta años
-No, tengo más.
-¿Cuántos?
-Cuarenta y cinco.
-No los aparentas, estás muy preciosa y bien conservada.¿No
tienes hijos acaso?
-Sí, tengo cuatro hijos.
-Pero tu cuerpo está bien entero, tus tetas están preciosas y
duritas todavía, ¿Te las mama poco tu marido?
-Pruébalas y me dices si las usa mi marido¡
El deseo comenzó a apoderase de mí. El otro chico vino frente
a mí y comenzó a acariciar mis senos por encima de la blusa. Luego se apretó
contra mí y entre los dos comenzaron a acariciar todo mi cuerpo.
Algo dentro de mí comenzó a ceder y sin prejuicios comencé a
acariciarlos metiendo la mano debajo de sus ropas.
- Parece que empiezas a disfrutarlo verdad? La venganza es
dulce no? dijo Juan sabiendo perfectamente lo que pasaba por mi cabeza.
No dije nada. Me concentré en acariciar por encima de sus
pantalones los bultos de carne que crecían sin limite. Poco a poco, Enrique
comenzó a levantar mi falda y mientras con una mano acariciaba mis senos, con la
otra deslizaba mi panty a lo largo de mis muslos. Moví mis caderas para
facilitarle la tarea. Sus manos parecían ávidas de recorrerme, me sacó
suavemente mi tanga dejando libre toda la entrada de mi vagina.
Hacía mucho que no me sentía deseada, me prometí mentalmente
que les haría pasar una noche inolvidable.
- Pueden hacerme lo que quieran - dije - Esta noche soy suya.
- De verdad eres nuestra? dijo el chico alto - Porque de ser
así, te advertimos que te vamos a usar en serio.
Me di cuenta de que la forma en que usara las palabras iba a
hacer las cosas más fáciles o más difíciles para todos.
- Es verdad, digamos que es mi forma de agradecerles su
comprensión - Dije sabiendo que era como darles luz verde.
Una mano se deslizó por mis nalgas hundiendo los dedos entre
ellas. Gemí de placer mientras una boca recorría mis senos ahora desnudos.
Sentía como si docenas de manos estrujaran mi piel. Iban de mi espalda a mis
senos, de mis pies a mis nalgas y de ahí a mis labios y a mis oídos haciendo que
mi piel se estremeciera volviéndome loca de placer.
Lentamente me fui dejando caer hasta que estuve acostada en
el piso apenas vestida con la falda de color azul y la blusa que, desabotonada
mostraba mis senos al aire como invitando a adueñarse de ellos.
Me revolqué en el piso mientras las manos de mis nuevos
amigos se dieran gusto con mi cuerpo.
De mis labios solo salían gemidos y grititos de placer pero
ellos decían todo tipo de inmoralidades.
- Que buen culo!
- Mamita, tu marido no sabe lo que tiene en casa!
Cada exclamación era como un dardo que me inyectaba una dosis
de una lujuria desconocida para mí. Sabían como despertar mis fantasías.
No sé en que momento me vi acariciando con la boca sus sexos
erectos.
Estaba disfrutando como nunca el tener entre mis labios un
trozo de carne. Por primera vez me atreví a preguntar.
_ Les gusta como se las chupo?
- Si, eres una profesional!
- Me gusta hacer esto, pero mi esposo parece no darse cuenta.
- Mamita, con nosotros puedes aprovechar la oportunidad de
sentirte como una mamadora profesional!
- Quieren que sea su mamadora profesional?
- Sí!!
Mis palabras salían como nunca antes, quizá motivadas por las
vulgaridades que ellos decían de mí.
Vulgaridades que solo había escuchado en películas porno.
- Así mamita...cómete mi verga!
- Te vamos a coger como nunca!
- Tu marido debería ver esto!
Esto estaba poniéndose divertido.. Una vez que mis prejuicios
desaparecieron, comencé a disfrutar como una loca.
Después de unos minutos me levanté y me monté sobre la cara
de uno de ellos...comenzó a lamerme tan rico que sentí que me venía un orgasmo.
El otro se levanto y apuntó su arma hacia mi cara....abrí la boca ampliamente y
comencé a devorarlo.
Acaricié mis senos...me gustaba ver los pezones erectos.
Disfrutaba viendo sus manos acariciarlos...pellizcarlos y
hacer que los espasmos de gozo me llevaran cerca de las nubes.
Por fin el momento que había esperado llegó. Me hicieron
acostarme boca arriba y Juan se dispuso a penetrarme, me arrolló mi falda
dejando al aire toda mi mata de pelos y la entrada de mi vagina se veía bien
lubricada por mis jugos emanados de los orgasmos que había tenido hasta ese
momento.
Levanto mis piernas a la altura de sus hombros y metió su
estaca lentamente, me sentí transportada hasta las nubes....comenzó a bombear
cada vez más rápido mientras Enrique acariciaba mis senos.
Después de un rato Juan me desocupa la vagina y me pide que
me voltee. Tomándome por la cintura, Enrique me puso en cuatro patas. Levanté
mis nalgas y con las manos las separé, Enrique se colocó y pude constatar que
estaba mejor dotado, cuando me empujó su verga sentía donde me separaba los
pliegues de mi vagina centímetro a centímetro, me ocupó completamente, su mete y
saca era constante haciéndome olvidar por completo de mi marido, estaba
disfrutando plenamente de la sabrosa cogida que me estaban dando mis nuevos
amigos.
La enorme verga de Juan estaba a centímetros de mi rostro. La
lengüetee y traté de sincronizar mis movimientos para disfrutarlos al mismo
tiempo.
Pasó mucho tiempo y probé todas las posiciones con los dos
que solo había visto en películas o en alguna revista, todas las penetraciones
fueron vaginales, no permití ninguna anal, quería satisfacer completamente a mi
vagina. Tuve mas de un orgasmo y cuando ellos parecían estar satisfechos
acercaron ambos sus animales a mis pechos y descargaron todo su jugo, mi piel
moreno se puso blanca de su leche y la regué masajeándome mis tetas.
Permanecimos unos minutos acostados acariciándonos. Todo
parecía haber sido un sueño. No recordaba para nada a mi marido, lo que el hacía
tiempo no me hacía, mis amigos lo hicieron esa noche para satisfacción total
mía.
Miré el reloj, eran las cuatro de la mañana, consideré la
posibilidad de no volver mas a la casa pero finalmente decidí volver para el
bien de mis hijos y enfrentar a mi esposo. Me despedí de Juan y Enrique y le
agradecí profundamente por las horas de placer, tomé de nuevo un taxi para
dirigirme a mi casa, mi vagina estaba completamente satisfecha.
Cuando abrí la puerta de la casa dispuesta a una pelea me
recibió mi marido disculpándose y prometiendo que cambiaría. No supe si creerle
o no, al fin de cuentas, lo importante era que tenía los números telefónicos de
mis nuevos amigos y así los podría citar uno a uno para que volviéramos a
culiar.
Haydee