La verdad es que nunca he sido nada devota. Pero debo
reconocer que la Semana Santa vallisoletana compunge mis vísceras, tanto, que
creo que todas ellas se concentran en un solo centímetro cuadrado de mi cuerpo,
apelmazadas las unas con las otras...
Creer, creer... pues es que "creo" no creer en nada que no
sea en mi misma y los que quiero, pero cuando las cosas se me tuercen me
sorprendo hablando sola y rogando a no se quien ni qué un poquitito de ayuda...
Claro esto tampoco debería extrañarme, durante una parte mi
vida, en la cual era una esponja, me han dado de desayunar oraciones cantadas,
entre hábitos y miradas de control, he comido compartiendo mesa con el pecado
amenazante, he cenado con la conciencia aclamándome una confesión con el único
"padre" que en mi infancia conocí, y por las noches dormitaba inquieta, soñando
con el cielo lleno de angelitos regordetes que de repente eran decapitados por
bichos rojos con cuernos y tridentes que aparecían como monstruos entre
llamas...
En fin, que en el momento que salí del orfanato descubrí un
mundo en que nadie era ángel o diablo, donde no existían los buenos y los malos,
donde el pan se ganaba trabajando y nadie cuidaba de ti. Me di cuenta que el
mejor amigo del hombre era él mismo... con las mismas, podía llegar a ser su
peor enemigo.
Entonces, a mis 18 años, comprendí que todo era una fábula a
la que no se había dado la correcta interpretación, que realmente era una
enseñanza de vida, de respeto, de amor, palabras que no necesitaban ser
predicadas por nadie sino que deberían nacer del corazón... y deje de creer en
seres divinos, que podían con el mundo y manejaban los hilos, que premiaban o
condenaban, seres a los que poder acusar de mi destino...
Desde el momento que salí de esa fría institución, inicié con
pasos firmes un trayecto para dar forma a mi vida.
En Valladolid, una preciosa ciudad, solemne, a cuyos nativos
hay que tomarse un tiempo para conocer, apareció Manolo. Me pareció algo seco,
como decirlo... el carácter castellano (y que no se me ofenda nadie, que me case
con él eh...) en principio es un poco "hostil".
Manolo era hijo de familia de elevada clase social, muy
beato, pertenecía a la cofradía encargada del sermón de las Siete Palabras.
Con su aspecto refinado sentía que me espiaba, con miradas
distraídas, mientras limpiaba y cocinaba. Sus pupilas se dilataban, convirtiendo
sus habituales ojos marinos en casi, negro azabache, cuando los enfocaba hacia
mis jóvenes muslos redondeados.
Oculto siempre detrás de libros me parecía no conocer sus
labios, y su voz medio enmudecida, solo pronunciaba monosílabos secos y
distantes.
Ni guapo ni feo, ni alto ni bajo. Su presencia solo me
inquietaba por miradas que yo interpretaba lascivas a pesar de estar disfrazadas
de indiferencia y disimulo.
En la casa de sus padres estuve trabajando 4 años de mi vida,
atendiendo las necesidades domésticas como me habían enseñado las monjas. En esa
inmensa casa habilitaron un pequeño cuartito para mi, allí guardaba mis escasa
pertenencias, mi uniforme de trabajo y los pocos recuerdos de amigas de la
infancia. En mi juventud, poca maleta llevaba a mis espaldas, sin saber de mis
orígenes y con una infancia bastante impersonal, el espacio de mi memoria
albergaba capacidad para cada cosa nueva que me pudiera ocurrir.
Quizá por eso, descubrí que me estaba convirtiendo en un ser
muy observador. Sin despreciar ningún detalle asomaba mi cabecita por la ventana
para ver encuentros y desencuentros de personas que se saludaban, paseaban,
discutían, trabajaban, e hilando cada fotografía construía historias, que a mi
me parecían, completamente verosímiles y fundamento de la realidad,
En mi día libre, salía en solitario a pasear, miraba
escaparates y me sentaba en los bancos de los parques, añorando, principalmente,
no tener una amiga con la que cuchichear y soñar despierta. Compraba un paquete
de pipas y pasaba las horas muertas con la mirada perdida en el horizonte,
mientras, los minutos transcurrían y la arena que rodeaba mis humildes zapatos
se cubría de pisadas, grandes y chicas de un día más a mis espaldas.
Hoy, parece que todo eso queda lejos. En la calle lluviosa
bajo el paraguas la envejecida mano de Manolo se entrelaza con mis dedos. Siento
su emoción por la presión contenida que ejerce sobre mi piel. Parece que el
cielo llora, empapa la calle como también lo hacen los espíritus que se agolpan
a cada lado de la vía. Un silencio sepulcral se apodera de está ciudad que un
día me pareció hostil y hoy adoro... "las siete Palabras! Que bonito título para
un sermón... Es tan bucólico todo lo que lo rodea que por un momento quiero
volver a creer en los angelitos regordetes (similares a los que pintaba Miguel
Angel), en un salvador del mundo creador de la vida...
Diviso al pregonero, que ha recogido del Palacio Arzobispal
la voz que la fe expectante espera escuchar.
... La verdad... no sé porque motivo me sorprendí ayer en la
Iglesia de Santiago Apóstol visitando el "Cristo entre dos ladrones". Una
fuerza, me guió hasta allí y mis ojos se cruzaron con los de la talla...
83 años de vida, una vida revuelta, ajetreada e inquieta, que
me ha llenado de satisfacciones.... Ahora soy yo la que aprieto con fuerza los
dedos huesudos y angulosos de mi amado, que víctima de la artrosis se aleja
mucho de la mano recia que conocí aquella Semana Santa de hace 61 años...
Llovía al igual que lo hace hoy. Entonces mi melena era
sedosa, y no se recogía en un blanquecino moño a la altura de mi nuca, sino que
ondulada caía por mis hombros, dándome un toque especialmente femenino que
siempre impresionaba.
Sola, a esta altura de la calle, donde ahora hay un mercado y
antes solo existía una tienda de arreglos textiles, me ocultaba bajo un
paraguas, observando, silenciosa, como la gente acudía acompañada por sus
padres, parejas, hijos, a tan solemne acto. Ese día yo no me fijaba en el cristo
que paseaba lánguido entre todos nosotros, tampoco en los dos ladrones, (Gestas
y Dimás) que a su lado a aparecían... solo me llenaba de autocompasión al verme
allí sin nadie con quien estrechar mi brazo...
Lágrimas resbalaban por mis mejillas, hasta que en el camino
encontraron un obstáculo que no fueron capaces de esquivar. Manolo, que parece
que puedo verle la cara, extendía su dedo índice por mi carrillo cortando el
paso a mi tristeza...
Nada en ese momento pudo aliviarme tanto, no tenía manera de
agradecerle el estar allí a mi lado, envolviendo con su brazo mis hombros. No
tenía nada que darle para compensar su buen corazón ,nada más que mi sonrisa...
No sé que paso, ni que impulsos se desataron en ese momento,
pero de nuevo sus ojos marinos se dilataban, abriendo la entrada, no solo a su
pasión, sino mucho más adentro, a ese lugar al que solo pueden llegar alguno de
los privilegiados...
Permanecimos quietos, deje mi cabeza reposar sobre su hombro
y así permanecimos un buen rato, mientras la humedad de un cielo gris se colaba
por nuestros cuerpos, yo sentí algo que me hacía desear que el mundo se
parara...
Al terminar, me invitó a tomar un chocolate. Ese día me
enseño sus labios, sonrosados, bonachones, parecían acolchados. Sobre el tablero
de la mesa entrelazaba sus dedos con los mios y el silencio, como es propio en
la Semana Santa Vallisoletana, volvía a ser el protagonista...
Nuestras miradas estaban vidriosas y sentí mis mejillas
ardientes. Tímidas no encontraba palabras que pronunciar. Todavía me parece ver
los pantalones y chaleco rojo que llevaba Manolo aquel día. Era el día en que
había salido la cofradía de las Siete Palabras, pero él estaba en tratamiento
médico por una mala caída sucedida unos dias atrás y no pudo participar...
La lluvia estaba imparable, sin una conversación muy fluída,
solo eran nuestras miradas las que parecían manejar un idioma que ninguno de los
dos controlábamos. Mi estomago se poblaba de gusanitos inquietos que me hacían
cosquillas, y cuando su mano se entrelazó, como lo hace hoy en está calle,
parece que todos ellos descendieron precipitadamente en un expedición hacia mi
vientre y mis extremidades inferiores...
En uno de los tortuosos callejones del casco su cuerpo cercó
el mío, y mientras su mano envolvía mi nuca, sentí el calor de su pasión juvenil
fundirse con mis vírgenes labios. Los ojos se me cerraron automáticos, y en esos
instantes, vi imágenes que mamporreaban mi cabeza, el padre Justo con el dedo
instigador hablando de pecados carnales, a las hermanas rezando el rosario,
fueron segundos de ángeles y demonios paseando en un pelea territorial por mi
pensamiento, hasta que, su mano, medio temblorosa, aterrizo en uno de mis
pechos...
Hice un amago de resistirme, pero de forma instantánea
recordé mis verdaderas creencias, y pensé en tan bonita fábula llamada "Biblia"
en la que los personajes no guardan más que moralejas que hay que saber
descifrar...
De repente, no veía iconos ni símbolos castigadores, solo
sentía una húmeda lengua juguetona agitándose en mi interior, rozando con
suavidad y cariño la mía. Mis músculos flaquearon, después de 19 años, por
primera vez, interprete aquello como una muestra de amor, de cariño... Las
caricias se manifestaban en mi, como una coraza que te protege y te acuna...
En ese callejón, como si fueran batidoras nuestras bocas se
fusionaron. Todo se convertía en humedad. La lluvía calaba nuestros huesos
mientras que el paraguas, medio abandonado, reposaba en las piernas de Manolo.
Los dos nos abandonamos a la química, a pesar de tener en
vena inculcado lo pecaminosos que resultaban esos actos. Por una vez me sentí
arder. Debajo de mi pudoroso vestido las bragas se me adherían a la piel, y
sentía como entre mis piernas brotaba un líquido que me ponía nerviosa.
Manolo se aferraba a mi cuerpo, sus manos, sin capacidad de
centrarse, recorrían nerviosas cada centímetro, agarrado a mis nalgas, sentía
resbalar por una comisura de sus labios parte saliva que no era capaz de
abarcar.... Cerca de mi vientre se tatuaba la dureza de ese sexo durante tantos
años escondido y avergonzado por la religión.
Desde una de las ventanas una señora nos grito e insultó....
corriendo de la mano salimos disparados hasta la casa, casi sin pronunciar
palabra y cabizbajos con los mofletes muy sonrosados. En cada uno de mis pasos,
sentía como mis muslos resbalaban a la perfección, impulsados por el lubricante
del que habían sido impregnados por mi sexo...
Al entrar en el hogar, no había nadie. Nuestras miradas de
nuevo comenzaron con su código secreto a lanzarse mensajes de aprobación, y en
minutos nos sorprendimos en la habitación de Manolo retozando sobre la cama.
Nunca nadie me había hablado de sexo, por mucho que se lo
cuente a veces a mis hijas se rien sin cesar pensando que exagero. Pero cierto
es que en mi educación, con monjas únicamente, solo se hacía referencias a lo
pecaminoso del placer carnal, pero nunca se profundizaba en qué era eso de
"placer carnal".
Sobre la cama de Manolo, sus manos se enrollaban a mis muslos
y ascendían lentamente hasta mis mojadas bragas, y yo, medio dubitativa me
debatía entre facilitar el trabajo o entorpecerlo...
En pocos minutos me encontraba con los botones desabrochados
y los pechos desnudos entre sus manos. Nunca tendré forma de describir esa
sensación. No se podía ser más inocente. Cubierta de besos por él me sentía
especial para alguien de forma exclusiva por una vez en mi vida. Cuando su boca
se agarró a mis pezones, estaba avergonzada, pero él parecía imparable. Sumergió
sus manos entre mi falda y sin mucho problema bajo mi ropa interior hasta
dejarla por las rodillas.
Por primera vez vi como sus ojos se clavaban en mi sexo, un
sexo muy lejano a lo que actualmente se estila, salvaje, inexplorado, cubierto
de un vello que cubría toda mi ignorancia. Negro como mi cabellera, en el que él
tardo segundos en enredar sus dedos... y menos aun, en sacarse un pene grueso y
duro que lentamente, mientras yo emitía aullidos de dolor, introducía en mi
cerrada y estrecha vagina...
Entre lagrimas de alegría, dolor y dudas, escuche su primer
jadeo, el primero de lo que posteriormente se convirtió en nuestra vida marital.
Tumbada sobre la cama medio desnuda perdí mi virginidad a los
19 años.
Manolo nunca ha sido muy comunicativo, es emotivo, sensible y
cariñoso... pero a su manera...
Hace 63 años, tal día como hoy, sobre esta hora correteábamos
huyendo de los gritos de las mujeres que nos veían retozar por las esquinas...
Hace 63 años, a estas horas, fue la primera vez que alguien me mostró su amor,
una caricia, un abrazo, un beso, una pasión...
No solo me acuerdo por el Sermón de las Siete Palabras, ni
porque fuera Semana Santa. Aquel día, ese algo, en el qué no creo, concibió el
mejor regalo que alguien me podía dar, para que a pesar de mi avanzada edad, y
una cabeza un poco perjudicada, no pueda olvidar en mi vida, el mayor vuelco de
mi corazón....
...Ese día una nueva célula pasaría a tener condición humana,
de nombre Dulce, mi hija mayor, que frente a mi, en la otra acera agita la mano
sonriente, con mis dos nietas a cada lado, mientras que el silencio de la
procesión de Valladolid llena mi alma... Giró mi cabeza y aprieto las arrugadas
manos de mi amante, entonces, siento como su cabeza se gira hacia mi, una
lagrima brota por mi mejilla y cariñoso su dedo la frena con una leve sonrisa
entre sus labios. Su brazo envuelve mis hombros y yo dejo la cabeza reposar
sobre el suyo... nuestras miradas se anudan, y de nuevo, en libertad, comienzan
con la comunicación que solo ellas conocen...