Raquel e Inés, la maestra
y la alumna, estaban dejando en mí sensaciones de todo tipo. No
pretendía nada más que desear que aquella historia no acabara
nunca. Temía pellizcarme o despertar de esos sueños que a
veces se tienen para descubrir que lo que me ocurría no era real;
pero lo era y lo mejor de todo, disfrutaba de dos mujeres a la que unían
lazos de sangre, pero que eran muy diferentes y no sólo en la edad
y en el cuerpo. Quizás por ello, me sentía el protagonista
exclusivo. Yo era el centro de atención, el personaje invitado,
y como tal debía dejarme guiar como aquel convidado al que se agasaja
cortésmente por los anfitriones cuando es llamado a una casa.
Los que conocen la primera parte
sabrán que después de gozar del sexo de Raquel y de su escultural
cuerpo, me centraba exclusivamente ya en su tía Inés. Sin
embargo con Raquel esto era imposible. No se conformaba con mostrarse inactiva;
aunque jamás molestaba; es más, deseaba agradar. Por eso
me sorprendió que ella fuera la encargada de retirar la ropa interior
a su tía cuando yo se lo había pedido a ésta y más
aún, que se dedicara mientras yo disfrutaba del sexo de ella de
acariciar con sus manos las grandes ubres de su tía, que ya de por
sí ofrecían sus inmensos pezones totalmente erectos.
Raquel de pié por detrás
de su tía y yo en cuclillas por delante, intentábamos disfrutar
al máximo del cuerpo que nos ofrecía Inés. Nuestras
manos adquirían ahora protagonismo, ella en su pecho y las mías
penetrando una y otra vez en su clítoris totalmente húmedo
y excitado. Inés parecía estar inmersa en un clímax
que hacía que ya no pusiera reparos a dejarse llevar. De nuevo Raquel
tomó la iniciativa y me pidió que quería ver mi lengua
en el coño de su tía de la misma manera que la había
sentido en el suyo. Para ello se sentó en el respaldo de la cama,
retiró la almohada e invitó a Inés a situarse en su
regazo totalmente tendida, quedando parte de su espalda y su cabeza a la
altura del ombligo de su sobrina. La invitación ante tal estampa,
no podía ser rechazada. Abrí de piernas a Inés y solicité
la ayuda de Raquel para sujetar en alto las mismas. Inés totalmente
extasiada y con las manos aprovechó la pequeña incorporación
de Raquel para rodearla con sus brazos a modo de sujeción mientras
su cabeza y hombros seguían descansando en el regazo de ésta.
Me tumbé frente al coño peludo de Inés. En posición
fetal me encontraba listo para enfrentarme al manjar que se me ofrecía.
Con mis dedos, retiré parte del vello púbico para iniciar
mi recorrido. Al primer contacto denoté restos del flujo vaginal
o lefa que a modo de hilillos pululaban por todo su coño y que empecé
a absorber a base de lengüetazos. Los leves gemidos de Inés
eran el único sonido en la sala. Alcé la vista y pude observar
como disfrutaba. Mis manos que descansaban en su cadera al ir en busca
de sus pezones me obligaron a tenderme en el resto de la cama. Me daba
de golpes con el respaldo inferior pero no me importaba. "¡¡¡A
que te gusta gordi!!! ¡¡¡Venga mi vida, córrete!!!",
exclamaba Raquel a una Inés que le contestaba jadeando al grito
de "uhmm, ahhhhhh" que al escucharlo yo, servía para dar
vida a mi lengua cansada ya de tanto movimiento y que, no obstante, asumió
un último esfuerzo en alas de lograr de Inés el orgasmo vaginal
que frenéticamente yo buscaba en ella. Un orgasmo que llegó
finalmente acompañado por ritmos pélvicos cuyo vaivén
a mí me costaba controlar, en mi deseo de saborear el jugo salado
que ahora en mi boca se ofrecía. La sensación que hubo de
obtener finalmente la mujer, debería ser para ella algo jamás
experimentado y que su soltería, motivada por la mala suerte ante
la pérdida de su novio, los tabúes morales de la época
o ambas razones, le habían impedido experimentar en su juventud.
Y era una autentica pena en una mujer de tan buen ver, incluso hoy en día
a pesar de sus años, a la que a buen seguro no le habrían
faltado hombres.
Raquel también era consciente
de ello, y mientras su tía extasiada permanecía tendida en
la cama aún en su regazo me solicitó acercarme para agradecérmelo
con un beso intenso que yo correspondí.
Desconozco el tiempo que llevaríamos
practicando sexo, pero a esas alturas de la tarde-noche un dolor leve,
fruto de la continua excitación aprisionaba mi zona testicular.
Acostumbrado a los polvos rutinarios, dónde después del típico
tonteo se pasa a la acción inmediata, estar aún sin haber
eyaculado, en mi pene, producían esa pequeña presión
testicular que desembocaba en dolor. Por ello solicité a Raquel
que me masturbara. A buen seguro si hubiese penetrado a cualquiera de ellas
dos en ese momento, me hubiese corrido inmediatamente y no era esa precisamente
mi intención, consciente además de que tenía que dar
goce a dos mujeres, algo que no temía porque habitualmente si la
otra persona me excita y no me produce inhibición cumplo bien, y
os puedo asegurar que esta vez no estaba inhibido.
A mi petición de masturbación,
Raquel, respondió diciéndome: "Cariño, campeón,
te voy a hacer algo mejor". Y sin más me hizo ponerme de rodillas
encima de la cama y se situó cual maja desnuda en el cuadro de Goya
a chupármela de forma frenética. Inés ya incorporada
al otro extremo de la cama observaba. "Más despacio Raquel
por favor", le dije, a lo que Raquel paró el ritmo y se recreó
en el morbo. Mi falo totalmente empalmado aceptaba placentero el jueguecito
que la lengua de Raquel ofrecía. Solicité a Inés que
participara masajeando mis testículos, a lo que esta accedió.
Correrme era cuestión de poco tiempo y así lo advertí
a Raquel quien, lejos de retirar su boca no sólo siguió con
su trabajo sino que acercó a su tía para entre ambas disfrutar
de mi leche. Mi goce fue bestial: la leche me brotaba inicialmente en la
boca de Raquel y una vez retirada ésta, en la cara y cuerpo de las
dos mujeres que había provocado en mí una de esas corridas
antológicas que solamente se logran de tiempo en tiempo. ¡Dios
cómo pude disfrutar aquello!
Las piernas me temblaban, aproveché
el hecho de que ambas mujeres se retiraron al cuarto de baño para
acompañarlas. Temía que eso fuera a ser el síntoma
de que todo había terminado; pero una vez más fue Raquel
la que insinuó que todavía quedaba follarlas. Yo seguía
alucinado. Raquel utilizaba el bidé, mientras tanto pedí
a Inés compartir caricias en el lavabo, lavándonos mutuamente.
Las caricias de Inés volvieron a reactivar mi pene que, al compartir
besos y caricias con ella ya de nuevo había mostrado su erección.
Las emociones para Inés no
habían acabado. El corte y las dudas iniciales de ésta al
comienzo de la tarde se tornaban ahora en todo lo contrario, se encontraba
más cómoda y había decidido tomar la iniciativa. Por
eso sin pensarlo me tomó del brazo y me llevó de nuevo a
la cama. Me abrazó, me tumbó en la cama y se entregó
a un beso tórrido de esos apasionados que a veces se dan las parejas
de enamorados que se reencuentran después de un tiempo de estar
ausentes. Y yo que me dejaba llevar. Inés estaba desconocida. Me
besaba intensamente de arriba abajo, por todo mi cuerpo. Su entrega en
el beso, tened por seguro que había reactivado mi libido de nuevo
y más cuando la boca de Inés volvió a tomar contacto
con mi pene. Levanté la mirada para observar el juego de ésta
en mi polla y lo que me encontré fue con sus grandes tetas moviéndose
de arriba abajo acompasando el movimiento de su cabeza en el juego con
mi polla. Cuál sería mi excitación que ni siquiera
me di cuenta del regreso de Raquel a la habitación. Me incorporé,
tome a Inés y comencé de nuevo a coger sus enormes pechos
a la vez que mi mano volvía a agarrar su peludo coño. Deseaba
taladrarla con mi polla. Me puse encima y sin dudarlo se la introduje.
Su coño dilató rápido y recibió reconfortado
mi polla. Noté la presencia de Raquel a la que besé en la
boca. De nuevo no se conformó con estar inactiva y sin pensárselo
y ante mi sorpresa con su mano empezó a acariciar los pezones de
su tía cuyos pechos con mi mete-saca se bamboleaban de arriba abajo.
Los gemidos de Inés hicieron que Raquel, de las caricias pasara
a los besos y, sin pensarlo, pasó a chuparle los pechos a su tía.
Ahora la protagonista era Inés que abierta de piernas frente a mí
recibía los movimientos de mi polla y por otro lado la boca de su
sobrina en sus pechos. Su goce quedaba demostrado en sus constantes gemidos.
No deseaba correrme aún sin
al menos cambiar la posición, pero no me iba a quedar más
remedio. Si paraba rompería el disfrute de Inés que a buen
seguro ya habría obtenido algún orgasmo.
"¡Me voy, me voy!",
exclamé. Noté mi leche brotar de nuevo de mi polla, esta
vez única y exclusivamente dentro de Inés, a la que extasiado
y sudoroso me abracé finalmente rendido.
Pregunté a Inés sobre
como se encontraba. No hizo falta que me contestara, su mirada lo decía
todo. Me miró y me empezó a acariciar el pelo y con un beso
me expresó su sentimiento.
Pasaron unos minutos en los cuales
Inés abandonó de nuevo la habitación para refugiarse
en el baño. Aproveché para charlar con Raquel sobre lo inesperado
de los acontecimientos que estabamos viviendo. Ella me reconoció
que para ella esto no era novedoso, aunque tampoco habitual. Había
llegado a compartir lecho cuando tenía novio con otra pareja amiga,
pero habitación nada más, no hicieron intercambio. Tampoco
pasaba de relaciones esporádicas dónde no siempre había
sexo. Con relación a su tía me comentó que la quería
mucho, que con ella tenía mucha confianza y que creía que
lo que estaba pasando esa noche las iba a hacer más amigas si cabe.
A la pregunta por mi parte sobre si era bisexual, me dijo riendo que no.
Me comentó que "las mujeres a veces solemos compartir caricias
y las hacemos mejor que los hombres, porque todas sabemos como hacer disfrutar.
Es raro la mujer sin complejos que alguna vez en la vida no haya mantenido
relaciones con otras mujeres". "Yo sin ir más lejos",
me dijo, "lo he hecho un par de veces. Una con una compañera
de clase en la excursión fin de curso y otra con una amiga triste
por un desengaño amoroso que vino a dormir una noche a mi casa algo
deprimida".
La conversación terminó
con besos tiernos. Ambos sabíamos que nos quedaba lo mejor a los
dos, pero preferimos dejarlo para otro día. Por hoy ya valía.
Ese encuentro llegó días después justo el día
de su marcha a Galicia; pero eso forma parte de otra historia. Hoy de Inés
sólo me queda su recuerdo y lo que me aportó su experiencia.
No la he vuelto a ver a pesar de vivir en la misma ciudad. Con Raquel he
mantenido conversaciones telefónicas de forma puntual. Espero volver
a verla este verano. Si se dan las condiciones ¿Quién dice
que no se pueda repetir esta historia?.