Carlos y Laura se sentían felices a bordo del pequeño yate
que los había acercado a esa isla en el medio del caribe. Desde hacía dos
semanas atrás, no cesaban de sorprenderse. Sus vidas, sus rostros mismos habían
cambiado.
Todo había comenzado quince días atrás, respondiendo un email
en la PC, Carlos había resultado ganador de un pasaje con estadía en las
paradisíacas playas del caribe. El nombre de la isla y el de la cadena de
hoteles auspiciantes del evento se habían escapado rápido de su cabeza al ver
las fotos de las playas y leer las comodidades del hotel.
En cuanto bajaron del yate, un pintoresco carro al más puro
estilo chino, ruedas grandes y tirado por dos personas, se ocupó de trasladarlos
al complejo. Carlos no cesaba de sorprenderse al darse cuenta que quienes los
estaban trasladando no eran ni mas ni menos que dos bellas mujeres, bastante
sueltas de ropa por cierto. En ese momento pensó que se trataba de una costumbre
local y se dejó llevar por la agradable idea. En su mente recordaba las páginas
de Internet relacionadas con las mujeres sumisas, a las que solía acceder
siempre que tenía tiempo, y todo tipo de fantasías corría por su cabeza.
Abrazando mas fuerte a su mujer aun y viendo que ella también miraba con
curiosidad el carruaje, la besó y partieron hacia el alojamiento.
A lo lejos, un castillo que podía haber sido perfectamente
extraído de un cuento medieval, rodeado de un bellísimo parque, lo atraía aun
mas. A medida que se iban acercando observaban mas y mas los detalles de la
construcción y se entusiasmaban con el paradisíaco lugar.
Una vez que llegaron a la puerta, les asignaron la
habitación. Viendo que aun les quedaba un tiempo de luz, se dedicaron a pasear
por lo que restaba de esa tarde por las playas, observando la cálida y dorada
puesta de sol sobre el mar. Era tan pequeña la isla que podían darse el lujo de
mirar amanecer y atardecer sobre el mar en el mismo día con solo caminar unos
cuantos cientos de metros.
Cuando volvieron al hotel, una elegante invitación los
esperaba sobre sus almohadas. Era un sobre de un color rojo profundo. En su
interior guardaba una tarjeta muy elegante invitándolos a la cena de gala en
bienvenida al complejo. Carlos y Laura sonrieron, se abrazaron sin poder
contener tanta alegría y felicidad y mientras se hacían arrumacos uno al otro,
se prometieron vestirse como nunca para esa ocasión.
Una hora y media después, ambos bajaban por la escalinata de
mármol del complejo en busca del salón púrpura donde se llevaba a cabo la
recepción. Allí se sorprendieron al ver otras 12 parejas que, vestidas tan
elegantes como ellos, compartían la recepción en el mismo salón. Carlos no era
una persona a la que le fuera fácil ganarse amistades con gente desconocida,
razón por la que se sentó en la mesa que tenían reservada y aguardó.
Después de un pequeño show musical y las palabras de
bienvenida del dueño del hotel, los mozos comenzaron a servir champagne en cada
una de las mesas. Pese a estar sin haber probado bocado desde el mediodía, la
pareja no pudo resistir la tentación de brindar, y chocando sus copas se
desearon una estadía muy feliz uno al otro. La entrada se hizo esperar un rato.
Mientras tanto, los mozos continuaban llenándoles las copas cada vez que las
veían vaciarse. Luego de eso, vino una entrada de fiambres y frutas. Cuando
terminaron la entrada, los mozos sirvieron delicioso vino tinto en las copas que
estaban especialmente preparadas. Carlos y Laura no dejaron de probarlo, y pese
a que parecía un vino suave, era bastante alcohólico y subía rápidamente hacia
sus cabezas.
El plato principal fue un delicioso manjar de langosta y
frutos de mar que terminó de completar una inolvidable velada. Para los postres,
Carlos y Laura estaban ya algo bebidos. Habían perdido sus inhibiciones y se
sentían muy a gusto en el lugar.
De repente, una pareja se acercó a la mesa y los saludó.
Cortésmente Carlos les dio la mano a cada uno mientras Laura era algo mas
efusiva con besos en sus mejillas y una sonrisa en su rostro.
-Bienvenidos.- les dijo Roberto
-Supongo que es tu primer crucero a esta isla.- agrego
-Si, es nuestro primer crucero, y no podemos creer lo que
estamos viviendo aun.- respondió Carlos
-Tranquilo amigo, solo es el primer día. Todavía te restan 20
mas.-
-¿Saben? Por un momento pensé que eso de estar en una isla 21
días iba a ser muy aburrido.- comentó Laura
-No creas. Hay muchas formas de divertirse en este lugar.- le
respondió Patricia, la mujer de Roberto.
-A mi lo que mas me apasiona es el casino del castillo.-
agregó
-¿Tienen casino aquí?- interrumpió Carlos con un brillo en
los ojos
-El mejor.- le contestó Roberto
-Es un casino temático especial, eso lo hace aun mas
atractivo.- agregó Patricia
-A Carlos le encanta jugar en los casinos, por eso no le
traje mucho dinero... o lo terminaría perdiendo todo.- rió Laura
Todos rieron con la ocurrencia de Laura, pero pronto las
luces de la pista de baile se encendieron y el sonido estridente de la música
interrumpió la conversación. Carlos y Laura se miraron uno a otro y salieron a
bailar. Se sentían muy felices y trataban de no despertarse de ese sueño
maravilloso. Por fin, cuando se cansaron de tanto moverse, volvieron a la mesa.
Los mozos habían levantado toda la vajilla y solo un sobre color morado
desentonaba con el color pastel del mantel. Carlos estiró su mano y al darlo
vuelta vio su nombre grabado en el frente. Inmediatamente lo abrió y encontró
una ficha de casino por valor de $100, una carta de invitación a su nombre, y un
pequeño librito con el reglamento del casino. Guardó todo en sus bolsillos y
tomó las manos de Laura besándolas.
-Sos como un chiquilín.- le dijo ella colgándose de su cuello
y besándolo apasionadamente
Se sonrieron y estuvieron un rato mas allí en la oscuridad
mirándose y besándose. De repente, la música se detuvo y las luces comenzaron a
encenderse lentamente. Los dos, como un par de chicos que los pescan en plena
diablura, se sentaron mejor, acomodaron sus ropas mientras esperaban el discurso
del hombre que se había subido al escenario fuera breve.
-Buenas noches señores y señoras.- recitó
-Seré muy breve porque sé que así lo quieren.-
-Declaro abierto nuestro casino.- agregó
-Recuerden que en este casino especial donde se entra
solamente en pareja En el libro que les entregaron pueden conocer mas acerca de
las reglas. Hemos pasado varios años investigando y armándolo. Todos los años
varias parejas lo disfrutan en plenitud. Este año, estamos seguros que a todos
les va a encantar. Bienvenidos.- terminó diciendo y luego, rápidamente se bajó
del escenario
La cara de Carlos, de repente, se llenó de dudas. Era su
debilidad, pero no quería arruinar la noche de ella. La miró a Laura y ella lo
miró a el. Ella sabía lo mucho que quería ir al casino, pero obligarla a ella a
entrar y aburrirse no era su idea. Sin embargo, ella lo miró con mucho amor, y
tomándolo de las mejillas le dio un beso sobre los labios.
-Por supuesto que voy contigo, cielo.- le dijo
-Pero... te vas a aburrir.- protestó él
-¡Dejate de pavadas! ¡Estamos de vacaciones!- le dijo ella
tomándolo del brazo
Caminaron juntos tomados del brazo hasta la pesada cortina de
terciopelo negro que daba paso por ese pasillo al salón del casino. En la
entrada, un asistente les preguntó quien de ellos iba a jugar. Laura respondió
de inmediato señalando a Carlos. El hombre tomó un sello rojo y tomando
delicadamente la mano de Laura se lo imprimió sobre el reverso de su mano
derecha. Allí nomás al entrar vieron a Roberto y Patricia sentados a un lado de
una mesa de ruleta. Carlos se acercó y saludó a Roberto mientras Laura hacía lo
mismo con Patricia. Al menos Laura no se iba a aburrir tanto.
-¿Quien de los dos juega? - preguntó Patricia
Laura le extendió la mano sonriendo y mostrándole su sello.
Patricia lo miró y también sonrió. Luego se acercó a ella y le susurró:
-Espero que lo disfrutes tanto como yo.- le dijo mostrándole
también su sello
Por un momento Laura quedó algo confundida. ¿No había sido
ella la que había dicho lo mucho que disfrutaba el casino? ¿Como podía
disfrutarlo si jugaba Roberto?. Se decidió a prestarles atención y no perderles
pisada.
Mientras Carlos cambiaba su ficha de $100 y algunos billetes
mas al crupier de la mesa, Roberto ya había apostado. La bola giraba enloquecida
en la ruleta y después de un suspenso intenso cayó en el numero 7. Roberto
sonrió a Carlos mientras el crupier le barría toda su apuesta. Había perdido.
Carlos miró las fichas de Roberto y vio que solo les quedaban unas pocas mas.
Sin embargo Roberto no parecía inmutarse y en la siguiente vuelta, volvió a
apostar todas sus fichas. Para cuando el tirador gritó el "¡¡no va masss!!", el
ya no tenía mas fichas en su poder. La bola comenzó a girar nuevamente en un
ruidoso y rutinario movimiento que fue cambiando de cadencia hasta que en un
desenlace cayó en el 36.
Sorprendido, Carlos vio como el crupier barría nuevamente las
fichas de su amigo. Por un momento se lamentó de que apenas había empezado y ya
su amigo estaba derrotado. Pero la mirada de seguridad de Roberto lo confundió.
Mientras Carlos jugaba bastante conservadoramente las pocas fichas que había
sacado, Roberto chasqueó sus dedos. Patricia lo miró a los ojos, y casi de
inmediato se llevó las manos a la espalda y comenzó a contorsionarse. Un rato
mas tarde llevaba en sus manos su sostén de encaje negro y se lo alcanzaba a
Roberto.
-¡La banca ofrece 5 fichas por la prenda!- anunció el crupier
-¿Alguien da mas?- preguntó
-¿Alguien da mas?- repitió
-Vendido a la banca por 5 fichas.- cerró finalmente dejando
la prenda a un costado
Carlos y Laura miraban sorprendidos la escena. Carlos no
podía apartar la vista de los pezones de Patricia, que ahora se dibujaban
claramente detrás de su vestido blanco. Laura por su lado sentía algo que nunca
había sentido. Se había sorprendido al principio, pero el solo imaginarse en esa
situación la había humedecido tremendamente. Cuando las miradas de ambos se
juntaron los ojos de los dos brillaban con una picardía visible. El ruido de la
bola rodando dentro de la ruleta los interrumpió. Había salido el 22. Roberto
nuevamente había perdido todo y Carlos apenas recuperaba dos fichas de las ocho
que había apostado en total. Había ganado por una apuesta a una línea.
Patricia y Roberto se miraron y casi sin mediar palabras ella
tomó la falda de su vestido y comenzó a subirla. Carlos miraba las piernas
perfectas de Patricia y también miraba la mirada impasible de Roberto. Al rato
vio que la mano de Patricia arrastraba algo negro hacia abajo. Enseguida se dio
cuenta que eran las bombachas de su reciente amiga y una erección brutal creció
entre sus piernas al imaginarla desnuda debajo de su suave vestido de fiesta.
Cuando se agachó y lo apoyó sobre la mesa comenzó una nueva subasta. Esta vez la
prenda se la llevó otro huésped del hotel, un moreno grandote sentado a un lado
de Carlos. Después de tomar la prenda en sus manos la estiró, y buscando la
parte delantera la acarició entre su índice y su pulgar, como saboreando su
humedad. Sonriendo y ante la cara sorprendida de Carlos, se la acercó a él para
que probara entre sus dedos. Carlos la tomó entre sus dedos y no pudo creer lo
húmeda que se sentía. Luego la devolvió a su nuevo dueño, quien la llevó a sus
narices para luego guardarla.
Con las 15 nuevas fichas Roberto continuaba sus apuestas.
Mientras tanto Carlos, tratando de reponerse, continuaba con su estrategia
conservadora. Había colocado tres fichas en una calle en el 36,35 y 34, pero la
mano de Laura posándose suavemente sobre la de él las llevó a un pleno al 34.
Carlos levantó la vista sorprendido cuando anunciaron que no se podía apostar
mas por esa bola. Los ojos de Laura brillaban como nunca, y su mirada algo
avergonzada parecía suplicarle que tomara mas riesgos en el futuro.
La bola rodó y cayó sobre el 2. El crupier nuevamente barrió
con todas las fichas sobre la mesa sin pagar a nadie y los ojos de Laura
brillaron mas aun. A Carlos solo le quedaban 2 fichas. Con una sonrisa pícara
chasqueó los dedos. Laura sintió el sonido y una sensación desconocida hizo que
su cuerpo hirviera. Tan rápida y seductoramente como pudo se quitó el sostén
blanco y lo entregó en mano a Carlos que lo apoyó a la vista de todos sobre la
mesa. Laura sentía el frío del aire acondicionado sobre sus pezones y como estos
se endurecían rápidamente, quizás a causa de la temperatura o quizás por culpa
de los nervios y la excitación. Su vestido hacía poco por disimular sus timbres
erectos. Todos la miraban, y cuanto mas la miraban, mas nerviosa y mas húmeda se
ponía. Con gesto serio Carlos se la acercó al pagador.
-¿Primera prenda?- preguntó el pagador
-Si ¿porque?-
-Porque son muy requeridas.- le aclaró
-La banca da 7 fichas por la prenda ¿quien da mas?-
Varias personas levantaron la vista y sonrieron, para luego
mirarla a Laura. Apretó su traspirada mano sobre la muñeca de Carlos mientras
dos hombres ofertaban por su sostén. Finalmente, un hombre, justo delante de
ella en la mesa ofreció 12 fichas por la prenda y se la llevo. Laura no sabía
donde meterse, su cara le ardía de la vergüenza, mientras su cuerpo vibraba de
solo pensar su prenda en manos de ese hombre que no le quitaba los ojos de
encima.
Laura y Carlos continuaron jugando con las fichas nuevas.
Carlos apostando y Laura desde atrás preparada para darle lo que él pidiera.
Delante de ellos Roberto y Patricia habían dejado de apostar y bebían un
delicioso trago largo, como esperándolos.
Carlos siguió apostando y en dos vueltas perdió todas las
fichas. Laura observaba al crupier barrer todas las fichas y sabía lo que eso
significaba. Totalmente tensa pero excitada esperó el chasquido de los dedos de
Carlos. Su hombre no se hizo esperar mucho y chasqueó sus dedos disparando
litros de adrenalina y excitación en su cuerpo. Laura lo miró a los ojos
sonriéndole y subió lentamente sus manos por sus muslos. Su vestido, de un
delicado color verde agua era de falda larga, típicamente un vestido de noche.
Laura, ante los ojos atentos de todos metió su mano por el profundo tajo que
dejaba adivinar sus magníficas piernas y las dejó completamente a la vista
mientras con sus dedos corría su bombacha por sus muslos hacia abajo. Por un
momento se sintió la mas puta de todas las prostitutas, pero cuando vio los ojos
de Carlos brillando, clavados en su cuerpo, una nueva corriente de calor la
recorrió obligándola a morderse el labio inferior. Tomándola con delicadeza
entre sus dedos bien cuidados, sosteniéndola con sus uñas de color carmín, se la
entregó sobre la mano extendida de su pareja. Unos minutos después, el pagador
atravesaba su rastrillo sobre el paño de la mesa y barría con todas las
apuestas. Sus dedos ágiles acomodaban las fichas perdidas ruidosamente mientras
preparaba los escasos pagos que esa jugaba le demandaba.
Sin pensarlo dos veces Carlos seguía jugando. En pocos
segundos acabó las diez fichas y levantó la mirada a los ojos de Laura.
-¿Te divertís?- le preguntó sonriendo
Laura, un poco avergonzada admitió que si con su cabeza. Se
sentía desnuda. Aun cuando su vestido tapaba su piel, la ausencia de la ropa
interior la atormentaba. Bajó la vista al tapete de la mesa y pensó cual sería
el límite de todo esto. Justo en ese momento, un empleado del casino se acercó a
Carlos.
-¿Un catalogo, señor?- le preguntó
-Si... claro.... - aceptó Carlos sin entender muy bien de qué
se trataba al comienzo
En cuanto le entregaron el catalogo y lo abrió sus ojos
brillaron y una sonrisa maliciosa se dibujó en la cara de Carlos. Sin que Laura
lo pudiera ver hojeó el catálogo y comenzó a pensar en las muchísimas
posibilidades que ese casino brindaba. Laura miraba el rostro de su pareja y
sabía que algo muy intenso estaba por suceder. Por un momento pensó en
disculparse con Carlos, en decirle que no podría e irse, pero la curiosidad le
ganaba, y se quedó.
Justo en ese momento, del otro lado de la mesa aparecía uno
de los mozos con una caja de madera lustrada encima de una mesa rodante. En
cuanto llegó a donde estaban Roberto y Patricia, se acercó a la mesa y quedó
esperando. Roberto hizo una señal y el hombre abrió la caja entregándosela con
las llaves, para luego retirarse. Los ojos de Patricia mostraron el asombro
inmediato al ver el contenido de la caja. Roberto, su dueño en este caso, había
elegido algo para ella. Parándose delante de ella comenzó a sacar las cosas de
adentro del maletín y a colocárselas a Patricia. Lo primero que le colocó fue un
grueso collar de cuero negro que cubrió el delicado cuello de la joven
ajustándose firmemente a su espalda. Inmediatamente después, Roberto le ordenó
estirar sus brazos. Con sus brazos al frente Patricia de dejó colocar dos
gruesas muñequeras que Roberto inmediatamente ancló a la argolla que colgaba de
su collar en su nuca. Por último Roberto sacó tres tramos de un tubo negro
metálico y comenzó a ensamblarlos juntos hasta lograr un caño de casi 1.20 de
largo. Tomando dos tobilleras de cuero tan gruesas y firmes como sus muñequeras,
se agachó y las ajustó fuertemente. Patricia seguía con su mirada lo que le
colocaba Roberto, pero mas allá de su rostro de asombro no emitió palabra. De
repente, en uno de sus tobillos sintió el sonido inequívoco de un mosquetón
cerrándose sobre él. Inmediatamente bajó la vista y se encontró con el caño de
1.20mts colocado en un extremo en una de sus piernas. La mano de Roberto
palmeaba la cara interna de su muslo a través del vestido mientras le señalaba
que abriera sus piernas. Patricia miró el largo de la barra y pensó que estaba
loco si creía que iba a poder abrirse tanto. Sin embargo, con la insistencia de
Roberto llegó a abrir sus piernas lo suficiente como para poder colocarlo.
Sin su ropa interior, con su deliciosa pierna a la vista de
todos hasta el muslo por el corte del vestido y sintiendo su sexo tan abierto
que el aire rozaba sus carnes interiores Patricia quedó a un lado de la mesa
observando como Roberto recogía las pocas fichas que le habían dado por el show.
De repente, el hombre que había ganado su bombacha levantó una ficha de 20 en su
mano haciéndole una seña a Roberto. Sin mirarla siquiera Roberto asintió y el
hombre se levantó acercándose a ellos. Patricia sintió un millón de hormigueos
en su vientre y sus rodillas que se aflojaban como manteca. La mirada del hombre
era perversa y llena de deseo. No quitaba sus ojos del tajo en su pierna
mientras se acercaba. Cuando estuvo al lado de ellos entregó la ficha en mano a
Roberto mientras posaba su mano sobre la rodilla de Patricia y recorría
lentamente sus muslos hacia arriba. Patricia comenzó a respirar mas agitada
mientras sentía el calor que le llenaba el cuerpo cuanto mas subían los dedos
del desconocido. Giró su mirada a la vista de Roberto, pero él giró la cara a la
mesa y continuó contando sus fichas. Los dedos del hombre de repente se
enrularon en el vello de su sexo y Patricia tembló como una hoja. Indefensa, sin
poder moverse, sintió los toscos dedos del hombre abrir su sexo y acariciarlo
suavemente, pringándose de su humedad viscosa y caliente. Patricia tuvo que
morderse los labios para no gemir mientras el hombre continuaba jugando con su
sexo. Sin saber cuanto tiempo mas se abusaría de ella Patricia cerró los ojos.
En ese momento, las manos del hombre subieron y pellizcaron fuertemente sus
pezones.
Patricia dio un pequeño grito que llamó la atención de todo
el salón, que se dio media vuelta para observarla. El rostro se le puso colorado
como un tomate y deseo que la tierra la tragara en ese mismo momento. El hombre
se inclinó y habló algo al oído de Roberto, que con una sonrisa asintió. Luego
de esto, el hombre se sentó en su lugar nuevamente y el juego continuó.
-¡Hagan juego señores!- se escuchó la voz
Un murmullo generalizado y el ruido de las fichas, que
comenzaban a moverse nuevamente rescató a Carlos de su shock. Había quedado
perplejo mirando lo que sucedía delante de sus ojos. Con su rostro tranquilo y
acariciando las nalgas de Patricia delante de todo el mundo Roberto le sonreía
mientas con la otra mano acomodaba sus fichas y hacia un par de apuestas mas.
Patricia, con sus ojos vidriosos de placer y la mirada perdida parecía disfrutar
de esa exhibición.
Laura le tocó el hombro a Carlos y le pidió subir a su
habitación. Se miraron a los ojos. Tenían mucho para hablar. Carlos jugó esa
ultima bola y luego, disculpándose con los presentes tomó de la cintura a Laura
llevándola por el pasillo de salida.