UNA COMIDA FAMILIAR
Me llamo Eduardo y tengo 32 años, los mismos que Marta, mi
mujer.
Era sábado y habíamos ido a comer a casa de mis suegros. Nos
reunimos mi mujer, su hermana Pilar mis suegros y yo. Acudimos a media mañana
para preparar la comida entre todos.
Ese día mi mujer y yo preparábamos unos aperitivos, mientras
que Pilar y su madre habían salido a comprar algo de carne. Mi suegro preparaba
la mesa en el jardín.
Marta movía el culo de un lado a otro mientras cortaba
rebanadas de pan. Llevaba un vestido de una pieza que se ceñía a su cuerpo y
permitía adivinar todas sus formas. El caso es que ese vaivén estaba
calentándome un poco, y mi polla comenzaba a despertar. Me arrimé a ella y pegué
mi paquete a su culo. Ella no dejaba de moverse a un lado y otro, y ahora
también arriba y abajo. Agarré sus tetas con ambas manos y comencé a pellizcar
sus pezones. Estábamos comenzando a excitarnos de verdad, sobre todo porque la
ventana de la cocina daba al jardín, y podíamos ver a mi suegro colocando los
platos. Si este se daba la vuelta podría vernos en plena faena.
En ese momento Marta se dio la vuelta y bajó mi cremallera.
Se agacho, sacó mi polla erecta y se la metió en la boca. Empezó a mover la
cabeza de adelante a atrás como una salvaje. La saliva resbalaba por su cara.
Subió un poco su vestido, aparto las bragas y se introdujo
dos dedos en el coño chorreante de flujos.
Comenzó a meter y sacar los dedos fuertemente. El ruido de
chapoteo indicaba lo mojada que estaba. De vez en cuando sacaba la mano de su
coño y metía los dedos en mi boca, para que saboreara su delicioso néctar.
Con la mano libre pajeaba mi polla y de vez en cuando
agarraba mis huevos, presionando con fuerza.
En pocos minutos ella se corrió con mi rabo en su boca.
Después se levantó y cogió un pequeño plato de postre. Agarró
mi polla y comenzó a masturbarme. Al cabo de pocos minutos, y justo cuando
comenzaba a correrme colocó el platito debajo de mi glande y acumulo mi
abundante descarga en él. Exprimió mi pene hasta que todo el semen estuvo en el
plato. Después se llevó el platito a la boca y sacando su lengua comenzó a
saborear su manjar. No contenta con esta maniobra, Marta cogió un cuchillo y
untó varias tostitas de pan con mi lefa. Luego las colocó en la bandeja de
aperitivos, junto con otras tostadas de paté y queso. Pensé que era una de sus
bromas, pero cogió la bandeja y la sacó a la mesa del jardín.
Al poco llegaron mi suegra y mi cuñada con la carne. A los 10
minutos ya estábamos todos en el jardín comenzando la comida. En una bandeja en
el medio de la mesa estaban las tres tostadas de pan untadas con mi semen, al
alcance de cualquiera de nosotros. La situación era algo tensa para mi, aunque
mi mujer estaba la mar de tranquila, con una sonrisa de oreja a oreja.
Marta empezó a comer aperitivos de la bandeja. Primero cogió
una de paté. Luego una de queso. Y por fin seleccionó una de las tostadas
repletas de lefa. Se la metió a la boca lentamente, y la saboreó, masticando
despacio. Me miró a los ojos con cara de vicio y abrió la boca. Pude ver mi
semen entre su lengua y sus dientes. Esta imagen me puso a mil. Pero todavía
quedaban dos tostadas peligrosas.
De repente mi suegra alargó su mano hasta la bandeja. Dudó un
poco y cogió una tostada de paté. Todos iban picando de aquí y de allí, pero yo
apenas podía comer, pensando en que sucedería si alguien distinto a Marta
probaba nuestros "aperitivos". Como respondiendo a mis súplicas, Marta cogió la
segunda tostada. En esta ocasión lamió la superficie del pan hasta dejarla
limpia y brillante, antes de comerse el resto.
Yo ya no podía más, y para evitar males mayores, ante la
mirada atónita de mi mujer, me metí en la boca la tercera tostada. Mastiqué
tranquilamente, saboreando el manjar. La verdad es que no me supo mal del todo.
Alguna vez había besado a Marta después de acabar en su boca, pero esto era
diferente. El sabor era muy intenso, pero no desagradable.
Después de acabar con la tostada, me relajé profundamente. Ya
no había peligro. Acabamos la comida y recogimos la mesa. En la cocina, mientras
metía los platos en el lavavajillas, se me acerco Pilar, mi cuñada, y me susurró
al oido:
-El próximo día tenéis que preparar más tostadas de esas, que
me he quedado con ganas de probarlas.
No pude responder. Me quedé de piedra. Pilar salió de la
cocina con una sonrisa dibujada en sus labios.
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