Erase una vez una chica que se sentía sola y estaba harta de
enfrentarse con estúpidos tíos algo creídos y superficiales. Era verano, ella
tenía 30 años y ya quería encontrar al hombre de sus sueños...
Ya que no había forma "normal" de encontrarle, decidió probar
un juego que su compañía de teléfono acababa de lanzar al mercado para sus
usuarios. Se llamaba Chat a 2. Era divertido, te dabas de alta con un nick, le
dabas unos datos sobre ti y mandando un mensaje de texto, te proporcionaban una
cita virtual. La chica pidió esta cita 3 o 4 veces y siempre le resultaron tipo
impresentables y aburridos, hasta que un sábado por la tarde la maquina le
presentó un nick... una palabra inglesa que en castellano significa Niebla. Se
quedó sorprendida y empezó con las preguntas típicas: de donde eres, edad, a que
te dedicas, aficiones. El chico era encantador, algo más joven que ella, vivía
lejos y muchas de sus aficiones le encantaban a ella también.
Se quedaron mandándose mensajes durante un par de horas,
hasta que el se fue a trabajar y se despidió de ella. Ella no quiso terminar la
conversación así, así que marcó su numero y estableció el primer contacto de
voz. Tenía una voz cálida y era muy divertido.
Los días pasaron y los dos seguían en contacto; el ya se
había apoderado inconscientemente del corazón de ella y de sus pensamientos. Se
habían enviado fotos, pero ya poco importaba el aspecto que él podía tener: ella
sin saberlo estaba colada por ese chico misterioso.
Hablaban y se escribían todos los días ya varias veces al
día. Se había convertido en una necesidad para los dos y, tanto para el uno como
para la otra, pasaban las horas esperando el momento de llamarse.
Una noche ella se fue al cine con una amiga y al salir de la
sala encendió el móvil... inmediatamente ella supuso que era él. Efectivamente.
Era un mensaje con solo dos letras "TQ". Su corazón dio un salto y se lo enseñó
a su amiga con una sonrisa de oreja a oreja. Le contestó "yo tb TQ".
Al día siguiente ella venció la timidez y se lo dijo, ya no
lo escribió, sino lo pronunció y se sintió en las nubes tan solo confesándole lo
que sentía.
A los pocos días ella recibió sus fotos: la suerte quiso que
el chico fuese atractivo... moreno, alto, atlético... aunque algo la dejaba
perpleja y al mismo tiempo la asustaba: tenía un fondo de locura en sus ojos.
Pero a ella ya no le importaba, le quería y le atraía. Él por su parte también
había recibido la foto de ella y decía gustarle. Ahora solo faltaba conseguir
verse y estar juntos unos días.
Se escribían. Él era un poeta y escribía cosas preciosas
dedicándoselas a ella. Poesías que ella enseñaba con orgullo y que ponían los
dientes largos a las amigas envidiosas.
Llegó el mes de octubre y él desapareció. Se quedó 3 días sin
dar señales, sin llamar, sin contestar a los mensajes. Ella se extrañó y pensó
que, ya que era motero, tenía que haberle pasado algo.
En esos días tampoco ella había tenido el tiempo para estar
pendiente del teléfono: la habían enviado a una conferencia de tres días y no
podía estar pendiente del móvil. Seguía preguntándose por su chico misterioso y
lo que sentía por el se hacía cada hora más claro. Al terminar la conferencia,
los organizadores dieron una fiesta de despedida en una de las mejores
discotecas de la zona. Ella fue y bailó hasta las 3 de la madrugada, cuando se
metió en el coche y encendió el móvil... un mensaje. Por fin, había vuelto a
escribirle. Pero estaba en el hospital, había tenido un accidente de moto.
Estaba bien ya, pero no le dejaban salir aun. Intentó llamarle inmediatamente,
pero lógicamente el móvil estaba apagado. Apenas pudo dormir aquella noche
pensando en el y en que podía haberle perdido sin antes conocerle.
Al día siguiente volvieron a establecer el contacto.
A la semana salió del hospital.
Al poco tiempo ella voló donde él.
Era una tarde de noviembre, cuando, nerviosa y asustada,
recogió su maleta y salió por la puerta del aeropuerto y se encontró con él. Era
muy distinto al moreno que ella había visto en las fotos, pero poco le
importaba. Su corazón iba a mil. El accidente había dejado sus huellas. Había
perdido por lo menos 10 kg, estaba muy pálido y lo peor: se había dejado los
dientes en el casco. Solo le quedaban los colmillos.
Se miraron, se sonrieron, se abrazaron. Ella se inclinó a
acariciar la cabeza de la perra, que fielmente le acompañaba y que le meneaba la
cola como si la conociera desde siempre. Se cogieron de la mano y se fueron.
Subieron al coche que una amiga había cortésmente prestado y se fueron hacia el
centro de la ciudad, donde él vivía. Conducía como un loco... no paraba de hacer
bromas, quizás para romper el hielo y hacer que ella se sintiera más a gusto.
Era divertido. Llegaron a la casa y soltaron las maletas.
Se fueron al centro donde habían quedado con una compañera de
el para que las dos chicas se conocieran y para tomar churros con chocolate.
Sentados en la mesa, mientras él charlaba con la amiga, ella no dejaba de mirar
al chico ya no tan misterioso y volvió a sentirse atraída por el. El no paraba
de decirle a la amiga que ya que la tenía allí, no la dejaría escapar. La cogió
de la mano y ella se sintió bien. Relajada. Le encantó esa sensación que el
contacto con su piel le proporcionaba. Era agradable, cálido, acogedor,
aterciopelado, se sentía en casa. Entonces ella sintió, por primera vez, lo que
acababa de leer en el libro que estaba leyendo entonces (Brida, de Paulo
Coelho), sintió que estaba delante de "su otra parte".
Se despidieron de la amiga y se fueron a comprar algo para
cenar. Llegaron a un centro comercial donde el super estaba en la planta de
arriba. Cogieron una cesta y subieron a la escalera mecánica. En la escalera él
puso su brazo alrededor de los hombros de ella, le dijo algo, ella se quedó
mirándole y él la besó suavemente en los labios. Fue el beso más lindo que ella
recibió en toda su vida.
Muchas cosas pasaron desde entonces: el bajó donde ella, ella
volvió a subir a verle; hablaron de casarse; el dejó un trabajo peligroso por
ella. Siguieron separados 5 meses. Cada vez que se separaban era como morirse.
No podían aguantar la distancia. Solo querían estar juntos, poco importaba el
lugar, solo necesitaban estar juntos. Así decidieron vivir juntos y ser felices.
El dejó su ciudad y se mudó donde ella. Ella había encontrado
un estudio, muy pequeño para alquilar, donde empezar con el. El empezó a
trabajar en la empresa donde ella... en otro edificio pero a pocos metros de la
mesa de ella.
Pero, al venir de dos mundos distintos, los roces, las
discusiones, los malentendidos, los problemas entre los dos no tardaron en
llegar. Qué pena! Pero seguían enamorados. Compartieron sus vidas durante poco
más de un año. Cada uno intentando solucionar los problemas que cada día se iban
haciendo más grandes. Se querían con todo el alma, pero no funcionaban ya.
A pesar de cómo ella se sentía ya, no quería tirar la toalla.
Pero el, una mañana antes de ir al trabajo, le dijo que lo quería dejar. Lo
típico, por lo menos durante un tiempo.
Desde aquella mañana sus vidas se han dividido. Han pasado
miles de cosas, ella ha conocido mucha gente, y seguramente el también. Los dos
siguen en contacto, casi diario, bajo las miradas poco amistosas de las amigas
de ella. Se siguen viendo, de vez en cuando toman café, muy a menudo chatean.
Aparentemente son buenos amigos, pero hay algo que no se dicen. Hay algo de lo
que no hablan ya nunca: de sus sentimientos. Ella ha vuelto a ser la que era
antes de conocerle: una persona fría y arisca, que huye el contacto con sus
símiles. Se ha jurado no volver a sufrir jamás por amor.
Ha pasado casi un año desde este punto final, pero ese
juramento ya se ha ido al olvido: hay otro hombre en el corazón de ella.
Esperemos que tenga más suerte.
Moraleja: el amor sigue siendo bonito hasta cuando te
hace sufrir. No le cierres las puertas.