Antes que nada me presento, mi nombre es Giovanna, tengo 26
años, y si bien estoy soltera y sin apuro, hace ya un buen tiempo que mantengo
una relación, podríamos decir que clandestina, con un hombre casado, quince años
mayor que yo, un ejecutivo de la misma empresa en la que me desempeño como
auxiliar contable del departamento de contaduría.
Una rápida aunque precisa descripción de mi persona sería la
siguiente:
Morocha, ojos pardos, 1.65 de alto, cabello color negro
azabache largo y lacio, (me llega casi hasta la cola), delgada y de muy buen
físico, ya que soy una obsesiva practicante de Taebo, disciplina que me permite
cultivar un cuerpo ya acostumbrado a recibir los más floridos elogios.
No me considero una mujer fatal ni mucho menos, aunque si,
debo admitirlo, me encanta disfrutar del sexo libremente y sin prejuicios., todo
dentro de los cánones normales, por supuesto, nada de perversiones ni cosas
raras.
Bueno, el caso es que desde principios de año, mas o menos,
que me he convertido en una asidua lectora de .com, llegando incluso
a felicitar, mail mediante, a los autores de los relatos que más me han
impactado.
Sin importar que sean reales o simples fantasías, la
descripción detallada y minuciosa de los encuentros sexuales utilizando lenguaje
procaz y hasta vulgar, siempre me ha excitado.
Hasta les puedo asegurar que prefiero mil veces leer un buen
relato erótico que ver una película porno, y aquí he descubierto los relatos más
hermosos y excitantes que hubiese leído jamás; y lo mejor de todo es que están
escritos por personas comunes, como yo, que en algún momento viven una
experiencia única y reveladora que merece ser compartida con otras personas con
las mismas inquietudes y aficiones.
A mí me paso algo parecido. Si bien no soy un derroche de
fidelidad, permitiéndome algún que otro desliz de vez en cuándo, no estaba
preparada para lo que sucedió.
Pero antes de entrar de lleno en mi relato, quiero aclarar
que ya tenía preparado desde hacia rato uno anterior en donde contaba algunas de
las tantas experiencias que tuve a lo largo de mi vida, ya que, desde que debute
a los 16 en la fiesta de cumpleaños de una amiga, y no con mi noviecito de ese
momento, ¡sino con un mozo del servicio de lunch!, que no puedo prescindir de
las delicias de un buen polvo.
Me gusta coger, ¿y a quién no?, y de eso precisamente trata
el presente relato.
Aquel día, de hace tan solo un par de semanas atrás, el
gerente de la firma me encomendó un trabajo especial, elaborar un amplio y
detallado informe de los avances de la empresa durante el último año.
No era una tarea sencilla, lo sabía, por eso durante los
primeros días me quedaba hasta tarde en la oficina, hasta mucho después de mi
horario habitual, recopilando datos, revisando cuentas y cotejando diferentes
balances, todo con el fin de elaborar lo mejor posible aquel dichoso informe.
A los pocos días ya estaba exhausta.
Recuerdo que eran casi las nueve de la noche cuándo el timbre
del teléfono me apartó por un instante de la pantalla de la computadora.
Era Gustavo, mi novio. Su esposa había asistido a cierto
evento, por lo que él tenía un par de horas libres y quería verme.
-Lo siento Gustavo, yo también quiero verte pero estoy hasta
el cuello de papeles, mañana tengo que presentarle al gerente un informe
preliminar- me disculpe.
Era la tercera cita que posponíamos en una semana.
"Un día mas sin echarme un polvo", pensé.
Y es que entre ese trabajo y la prolongada abstinencia iba a
terminar enloqueciendo.
Y digo prolongada porque, para mí, mas de tres días sin
hacerlo ya es demasiado, la falta de pija me pone malhumorada e irascible, tanto
es así que los que me conocen bien ya con solo verme saben si estoy ó no mal
cogida.
Finalmente, y muy a mi pesar, quedamos para otro día.
A Gustavo no le gusto para nada mi desaire, pero, bueno, otra
cosa no podía hacer.
Colgué el teléfono, me saque los anteojos y prendí un
cigarrillo.
Me levanté de la silla en la cuál había estado sentada
durante las últimas cinco horas y me acerque a la ventana.
Necesitaba tomarme un descanso, por más breve que fuera.
Mi oficina esta en un décimo piso, de modo que, desde ella,
observaba los edificios de enfrente con absoluta claridad.
La gente que trabajaba en ellos parecía haberse ido hacia
rato, ya que en todas las oficinas las persianas estaban bajas y las luces
apagadas.
En todas menos en una. Allí, dos personas, un hombre y una
mujer, parecían estar discutiendo, lo digo por lo brusco de los gestos y
movimientos que realizaban.
No podía verlos bien pero él parecía estar recriminándole
algo.
Corrí hacia el escritorio, apague el cigarrillo y me puse de
nuevo los lentes, volviendo enseguida junto a la ventana.
Ahora la mujer intentaba salir de la oficina, pero él la
detenía reteniéndola de un brazo.
Aún así ella luchaba por liberarse hasta que, fuera de sí, el
tipo le pegó un cachetazo y de un revoleo la lanzó sobre el escritorio. Se tiró
encima de ella y la violó.
Estuve a punto de llamar a la policía cuándo me doy cuenta de
que las piernas de la supuesta víctima se aferran a la cintura de su victimario,
participando, ahora, activamente de la violenta posesión.
Al parecer le gustaba por la fuerza.
Aunque no es lo mío, no pude evitar excitarme, tanto que para
cuándo me doy cuenta ya estoy masturbándome.
Me hago una buena paja viéndolos coger en esa forma tan
impetuosa, tan arrebatada. Me imagino ser yo la que esta ahí tirada sobre el
escritorio, forzada por ese hombre de modos brusco y enérgicos, un perfecto
desconocido por le que, en algún instante, llegue a sentir una atracción casi
irresistible.
¡Cuánto necesitaba a Gustavo en ese momento!.
Ya estaba a punto de acabar cuándo, repentina e
inesperadamente, la puerta de la oficina se abre.
Por acto reflejo saco la mano y me acomodo la falda del
tailleur.
-¡Uy!, disculpe, creí que ya no había nadie- se disculpo el
empleado de la limpieza al darse cuenta de mi presencia.
-Esta bien, no hay problema- repuse tratando de recomponerme.
-Paso mas tarde- me informo presto ya a retirarse.
No sé porque, pero lo detuve.
-No, esta bien, haga su trabajo que a mí no me molesta- las
palabras surgieron espontáneamente de entre mis labios.
-¿Esta segura?- pregunto.
-Si, ya se lo dije- asentí no de muy buen modo.
La abstinencia ya estaba haciendo mella en mí.
Contando entonces con mi permiso, el ordenanza entra a la
oficina arrastrando consigo el carrito de la limpieza.
Entonces, mientras el tipo realizaba su trabajo, y, aunque la
pareja aquella que había incitado mis más aviesas fantasías estaba ya fuera de
mi campo visual, volví a meterme la mano bajo la falda para continuar con
aquello que había dejado inconcluso antes de la abrupta interrupción.
No sé cuánto tardó el ordenanza en darse cuenta que me estaba
pajeando ahí, delante suyo, pero cuándo lo hizo dejo todo lo que estaba haciendo
y acercándoseme por detrás, me susurró al oído:
-¿Quiere que le dé una mano?-
No respondí, tan solo me limite a asentir con un suspiro. No
fue necesario nada más, enseguida sentí sus ásperos y toscos dedos
introduciéndose en mi carne húmeda y anhelante.
Así, mientras él me pajeaba, me apoye contra su cuerpo,
frotando mi colita contra el abultado paquete que ya se había formado en su
entrepierna.
Estuvimos así un buen rato, su mano libre sobándome las tetas
por encima de la ropa, hasta que, caliente a mas no poder, me di la media vuelta
y enfrentándome con él, le dije:
-Quiero que sepa que esto no significa nada, es solo un
polvo-
-Totalmente de acuerdo- coincidió.
Sin nada mas que decir, me postré de cuclillas ante él y le
pele la pija, para chupársela con intenso frenesí.
Con una mano en la cintura y la otra acariciándome la cabeza,
el ordenanza suspiraba complacido, moviendo levemente su pelvis de atrás hacia
delante, acoplándose con los entusiastas movimientos que yo realizaba con mis
manos y con mi boca.
Siempre me ha gustado el sexo oral, y aunque me considero mas
que eficiente dando mamadas, esta era la primera vez que le tiraba la goma a un
perfecto extraño, alguien de quién no sabía ni siquiera el nombre.
Para cuándo estuvimos listos para la penetración, la sombra
de la culpa y el arrepentimiento se me cruzo por la cabeza.
Yo ya estaba completamente desnuda, apoyada contra el
escritorio, con mi culito bien alzado esperando la inminente clavada, y él
detrás de mí, la poronga al palo, dispuesto ya a ensartarme.
Entonces me di la vuelta, le apoye una mano en el pecho para
detenerlo y el dije:
-Espera, me parece que me equivoque, ya te la chupe, así que
porque no te vas y ..... –
-¡Dejate de joder!- exclamo y sin dejarme terminar me
arrinconó contra el escritorio, me empujó hacia delante y me la clavó toda
entera de una sola vez.
Para cuándo empezó a bombearme el arrepentimiento y la culpa
ya se habían disuelto por completo.
-¿Y, todavía queres que me vaya?- me preguntaba entre metida
y sacada.
-¡No ....... quedate y damela toda .......... ahhhhhhhhhh
............ siiiiiiiiiiiiii ............cogeme con todo!- brame al sentir su
pene duro y acerado perforándome hasta lo mas profundo.
Sobre el escritorio mis tetas, pequeñas aunque de pezones
firmes y puntiagudos, se agitaban compulsivamente al ritmo que el bravío
ordenanza marcaba desde atrás.
Los excitados gemidos y jadeos que escapaban profusamente de
mi garganta denotaban, con absoluta fidelidad, el inmenso placer que el
ordenanza me proporcionaba con cada ensarte.
Su pija era, sin duda alguna, mucho mas grande y gorda que la
de Gustavo y que de muchos de los amantes que tuve alguna vez.
La tenía durísima, caliente y resbaladiza, empapada con sus
espesos fluidos y los míos propios, tanto es así que cuándo cambio de agujero,
metiéndomela ahora por el culo, el ensarte resulto relativamente fácil y
confortable.
Acostumbrada como estoy a ser sodomizada, mi ojetito se
amoldó rápidamente a ese impresionante volumen que me taladraba hasta las
entrañas, machacándome los intestinos en una forma por demás vehemente y
certera.
Lo hicimos durante horas, en el escritorio, en el sillón, en
la alfombra, junto a la ventana.
El aguante del tipo parecía digno de un verdadero semental.
Si hasta perdí la cuenta de las veces que acabo.
Me acabo en el culo, en la concha, sobre las tetas, también
en mi cara, cubriéndome los lentes con una espesa capa de pura leche de macho.
Ya cuándo se hubo desagotado, vaciándose hasta la última
gota, se la volví a chupar, sorbiendo hasta el último resto de esperma que
pudiese haber quedado impregnado en tan férreo pijazo.
Ya era de madrugada cuándo nos separamos, él se vistió
rápidamente y con el carrito de la limpieza a cuestas se fue a proseguir con su
rutina diaria.
No me dijo nada, yo tampoco quería que me lo dijera.
Quedándome sola, todavía desnuda, prendí un cigarrillo y me
derrumbe en el sillón.
Estaba exhausta, empapada de leche y con mis orificios
dilatados al máximo de sus posibilidades, tanto es así que un poco mas de
abertura hubiese significado un rompimiento difícil, por no decir imposible de
solucionar.
Sabía muy bien que aquella había sido una experiencia que no
se correspondía con mi posición dentro de la empresa, hacerlo con un empleado de
la limpieza en horas de trabajo era poco menos que una locura, aún así no me
arrepentía de nada.
Quizás solo de no haber usado protección, pero, bueno, en
esos momentos soy de pensar mas con la concha que con la cabeza.
Además la había pasado tan bien que no quería arruinar el
disfrute preocupándome por situaciones que ya no tenían marcha atrás.
Bueno, este fue mi primer relato, cuéntenme que les pareció,
de acuerdo a la aceptación que tenga en la próxima les cuento como siguió mi
historia con el empleado de la limpieza