Un caso difícil
Capitulo III
Ana estaba totalmente desconcertada y su adrenalina se había
subido hasta las nubes. Pensaba en lo que le había dicho Carmen, en el rostro de
ella mientras se lo contaba. Miraba a los hombres delante de ella, veía las
sogas y las cosas que preparaban en sus manos y sus sensaciones eran de lo mas
extrañas. Su mente se negaba rotundamente a la situación. Deseaba huir de ahí
cuanto antes.... pero su cuerpo... era otra cosa. Sus piernas comenzaban a
apretarse una contra otra, su sexo se sentía húmedo y sus pezones comenzaban a
endurecerse.
-¡Tráiganla!- dijo uno de ellos finalmente
En cuclillas al lado de uno de los pesados sillón de su
living, el hombre terminaba de atar un montón de cuerdas que quedaban colgando
en todos lados. Llevada de los brazos, y aun arrastrada cuando sus pies se
resistían, Ana fue obligada por la fuerza a sentarse en el amplio sillón. Sus
pies fueron amarrados a las patas mientras que liberaban las esposas y sus manos
las amarraban sobre los apoyabrazos. Ana se retorcía y se resistía a dejarse
atar, pero era bien poco lo que podía hacer contra los tres hombres. Un par de
sogas cruzaron su abdomen y otras dos ataron sus rodillas abriéndolas a la
fuerza hasta pegarlas a los bordes del sillón. Ana sentía como sus piernas se
abrían sin remedio y hacía todo el esfuerzo que podía por cerrarlas, pero la
soga tirando de su piel amenazaba con lastimarla demasiado si se resistía.
Finalmente vio que no tenía sentido el esfuerzo, ellos eran mas, y mucho mas
fuertes que ella.
Los tres hombres se sentaron delante de ella. Podía verlos
observar su cuerpo y dentro de su mente adivinaba las oscuras intenciones que
tenían con ella. Cuando se hubo tranquilizado un rato y después de servirse un
par de copas y recorrer la casa de ella, uno de ellos se paró delante de ella.
-Vas a pasar una noche inolvidable Ana.- le dijo sonriéndole
mientras le acariciaba el cabello
De uno de sus bolsillos sacó un cuchillo plegable que abrió
de inmediato frente a los asustados ojos de ella. Con delicadeza y cuidando de
no lastimarla, se la pasaba por el cuello y por la mejilla. Lentamente fue
bajando hasta sus hombros, y de un solo tirón destrozó el bretel de su vestido.
Ana se asustó y su respiración se agitó muchísimo. Sin embargo, mirando a los
ojos del hombre, sabía que no tenia intenciones de hacerle daño... de hecho,
sabía las intenciones que tenía, y eso le provocaba una revolución de
sensaciones en su vientre que comenzaba a volverla loca.
Con la misma maestría con que había cortado ese bretel, el
hombre cortó el otro y comenzó a acariciar y besar sus hombros. Ella giraba la
cabeza tratando de estorbarle y de sacárselo de encima, pero no podía. Poco a
poco sus besos fueron logrando aflojarla un poco y sus manos lograban que ella
cerrara sus ojos. Cuando la vio un poco mas calmada, nuevamente con el cuchillo
en su mano, el hombre siguió con el siguiente paso. Tomando un poco de tela de
su vestido en su mano hundió su cuchillo hasta provocar un tajo en la tela que
se abrió paso de lado a lado de su pecho. Debajo de esa abertura se podía ver ya
el sostén blanco que tenía puesto. El hombre sonrió al verle la ropa interior y
deslizó la mano por dentro de la rotura de la tela acariciando su piel por
dentro. Ana respiraba entrecortada, sus ojos mirando la mano del hombre dentro
de ella. No podía hacer nada por evitarlo.
-Hmmm... tienen que probarla... esta suavecita la doctora...
es un muñeca..- se deleitaba el hombre apretando de vez en cuando los pechos de
Ana
Sin poder evitarlo, Ana sintió como sus pezones se empezaban
a endurecer con los toqueteos de esas manos. Se maldijo para adentro y rogó que
ninguno de ellos se diera cuenta. Preocupada por eso, no vio al segundo hombre
que se acercaba por su derecha y se ponía en cuclillas delante de ella.
-Linda hembra... - dijo sin ningún cuidado
Con su mano se apoyó sobre la rodilla de ella. Ella se
sobresaltó e hizo lo imposible por tratar de sacar su mano de ahí. Los dedos del
hombre acariciaban su pantorrilla y su rodilla con delicadeza. Ella se debatía
entre las manos de uno y del otro, pero su mirada se fijaba preocupada en el
borde de la falda de su vestido. Intentaba por enésima vez cerrar sus piernas,
pero solo lograba que la cuerda que sostenía su rodilla y su muslo, se marcara
aun mas fuerte en su piel. Peligrosamente los dedos del hombre se deslizaban
sobre su rodilla, acariciaban su atadura y ahora exploraban la suave piel de sus
muslos.
-¡¡Hmmmmfffff!!- se quejó ella al sentir los dedos que subían
por su muslo
-Parece que le gusta, Alejandro- le dijo el que tenia las
manos sobre los pechos de ella
-Si, ¿ pero cual de los dos le gusta mas?- bromeó
respondiéndole
-¿Que te gusta mas...? ¿Que te manoseen los pechos o que te
manoseen los muslos? - le preguntó José tomándola de la barbilla
Ana cerró los ojos y bajó la cabeza sintiéndose derrotada y
sabiendo que los dos jugaban con ella. Las manos de Alejandro seguían avanzando
por sus muslos y ya comenzaban a tocar el borde de la falda de su vestido.
Mientras tanto José se divertía acariciándole los pezones hasta ponérselos duros
como piedra.
-Te pusiste un vestido muy lindo Ana.... es una pena..- dijo
Alejandro
-Si, realmente una pena...- sonrió José
Sacando su cuchillo nuevamente, José cortó el borde de la
falda del vestido en un pequeño corte apenas visible. Ana temblaba. Cuando José
plegó y guardó nuevamente su cuchillo en el bolsillo trasero de su pantalón, Ana
lo miró con cara de pánico. Luego de eso, cada uno de ellos tomó un extremo de
la falda de ella y comenzó a dar fuertes tirones. El cuerpo de Ana se sacudía de
un lado al otro sin poder sostenerse, y la tela se iba rompiendo lentamente,
avanzando hacia el pubis de Ana. De vez en cuando los dos tiraban al unísono y
la tela se rompía mas velozmente aun. Pero en cuestión de minutos, el tajo ya
llegaba hasta el ombligo de ella.
Desesperada, Ana gemía y se retorcía en sus ataduras. Los muy
degenerados no solo habían destrozado su vestido, sino que también la habían
dejado expuesta e indefensa ante sus propios ojos. La devoraban con sus miradas
perversas y llenas de deseo. Las manos de Alejandro ahora acariciaban el muslo
con mas recorrido. Sus dedos recorrían sus suaves piernas desde la rodilla hasta
adentro, cada vez mas, cada vez mas cerca de su sexo. Ana miraba la mano y no
podía evitar sentir las manos estimulándola.
Tirando de diferentes parte, el vestido de Ana pronto fue
arrancado hasta la ultima hilacha de sobre el cuerpo de ella. Ahora si, estaba
casi desnuda delante de ellos. Solo se interponía su blanca y delicada ropa
interior entre sus partes mas púdicas y las oscuras intenciones de sus
atacantes.
-Te va a gustar... ya vas a ver..- le decía uno de ellos al
oído desde atrás
Alejandro, desde adelante, acariciaba sus muslos en la parte
mas alta, muy cerca de su sexo, muy peligrosamente acercándose. Esta vez sus
dedos no se detuvieron. Los primeros roces fueron como descargas eléctricas en
el cuerpo de Ana. Apenas fugaces, parecían descuidados equívocos de la mano de
Alejandro, pero por la mirada de el, no lo eran. Premeditadamente la estaba
excitando. De repente sintió que los breteles de su sostén eran empujados por
dos manos que acariciaban sus hombros hacia sus brazos. Con delicadeza, desde
atrás de ella, José estaba desabrochando su sostén.
Sus dos pechos salieron al aire de inmediato. Firmes y
atractivos, con sus pezones bien duros y erectos, mostraban a sus dos agresores
que iban por el buen camino. Muy a pesar del deseo de Ana, su cuerpo la estaba
traicionando. Los muy desgraciados se iban a salir con la suya. Preocupada por
sus pechos, no prestó atención a la navaja de Alejandro, que con delicadeza
también, levantaba el elástico de su tanguita y comenzaba a cortarla.
Cuando la tela por fin cedió, Ana se dio cuenta de lo que
había hecho Alejandro y sus ojos se abrieron de par en par mirando hacia su
pubis. Las manos de José ya manoseaban sus pechos y acariciaban sus pezones
jugando con su dureza, entreteniéndose haciéndolos bailar entre sus dedos. De
vez en cuando los apretaba un poquito. Ana era atacada por dos flancos al mismo
tiempo, la mano de Alejandro recorría su cintura y jugaba con el vello púbico
que asomaba del lado derecho de su tanga, donde él ya había quitado el elástico.
De vez en cuando, algún dedo se metía debajo de la tela de lo que quedaba de su
prenda, acariciándola, jugando con su sexo sin tocarlo aun. Alejandro deslizó su
dedo por el elástico superior de la tanga y con un movimiento rápido cortó el
otro elástico también. Tomándose fuertemente de la parte delantera de la tanga,
comenzó a tirar de ella mientras la fregaba por el sexo de ella. Enrollando la
tela, la pasaba por sobre los labios de su sexo, abriéndolos poco a poco y
metiendo la tela dentro de ellos. Ana sentía muchísima vergüenza de que le
estuvieran tocando y jugando con esas zonas de su cuerpo, tan privadas para
ella, pero para su desgracia se dio cuenta de que se estaba mojando y excitando
cada vez mas.
Con la tanga en su mano, Alejandro sonreía pícaramente
mientras observaba el enrojecido rostro de Ana. luego de revisarla y olerla
varias veces la metió en su bolsillo. Nunca se había mostrado desnuda a un
desconocido. Nunca había sentido en su cuerpo tanta excitación, tanto calor que
le corría por dentro. El peligro la ponía muy excitada.
Alejandro se arrodilló delante de ella y con una sonrisa en
el rostro comenzó a besarla. Primero en el cuello, luego los hombros. Suavemente
su labios iban recorriendo toda la piel de ella. La respiración se le agitaba y
sus ojos se ponían brillosos. No podía quitar la vista de él. Observaba nerviosa
como su boca poco a poco besaba sus senos. Sus labios posándose sobre sus
redondos pechos, haciéndola vibrar con cada contacto. En cuanto él sacó su
lengua fuera y comenzó a lamerlos, ella abrió los ojos como desesperada. No
podía evitar sentir la sensación de la caliente y áspera lengua que le recorría
sus pechos. En cuanto la lengua tocó el pezón, ella se arqueó hacia atrás y sus
ojos se apretaron. Todo su cuerpo hervía.
-Como te gusta...- le dijo el al oído
Ella se enrojeció nuevamente, llena de vergüenza. Pero no
pudo evitar admitir que era cierto. Miró a los tres hombres a su alrededor y se
dio cuenta que la iban a violar. Harían con ella lo que se les antojase, y ella
no podría hacer nada para evitarlo. Quizás, hasta no deseaba evitarlo, pensó.
La mano de Alejandro deslizándose por debajo de su cuerpo y
acariciando su sexo la hizo volver a la realidad. Sus dedos estaban acariciando
los labios de su vagina, y su cuerpo reaccionaba humedeciéndose sin control.
Delicadamente la acariciaba y la iba abriendo. Su sexo destilaba jugos y sus
piernas temblaban con las caricias.
De atrás de Alejandro, José le alcanzó en su otra mano algo
pequeño con un cable que ella no supo bien qué era. Aun cuando se lo mostró a
los ojos, Ana no pudo distinguir de qué se trataba. Era una especie de plástico
blanco, con forma cilíndrica y apenas un centímetro y medio de diámetro y cuatro
de largo. Tenia los extremos redondeados y un cable saliendo de uno de ellos. En
ese momento Alejandro quitó su mano húmeda de debajo de ella y volvió con el
aparatito en su mano.
Con suaves movimientos volvió a abrir sus labios, y esta vez,
para sorpresa de Ana, deslizó un dedo dentro de ella. Cuando la hubo lubricado
bien, quitó su dedo y en su lugar hundió el aparatito.
-Vamos a comenzar con la tarea de relajación.- dijo él
Delante de ella, entre sus piernas, un control con botones y
perillas, se unía al cable que salía de abajo de ella. Ana miraba sin entender
de qué se trataba, pero temiendo algo. En cuanto Alejandro giró un par de
controles, sus temores se hicieron realidad. Muy dentro de su sexo, ese
aparatito comenzaba a vibrar dulcemente. La primera reacción de ella fue un
grito, que fue ahogado por la mordaza. Luego, casi de inmediato, sus ojos se
abrieron como platos y sus manos se crisparon tomándose del apoyabrazos del
sillón. Su cabeza giraba a un lado y al otro negándose, como suplicando que le
quitaran eso. Todo su cuerpo hervía en esa hoguera de sensaciones que comenzaba
a encenderse en su sexo.
Riendo, los dos hombres se sentaron delante de ella, y
aceptando las copas que traía el otro hombre. Por como lo llamaban y cómo lo
trataban, parecía ser el mas importante de ellos. Lo llamaban Gustavo, y hasta
ahora no la había tocado, pero en sus ojos podía ver la lujuria y el deseo que
explotaban dentro de él.
Retorciéndose en sus sensaciones y con los ojos húmedos por
lo que estaba sintiendo dentro de su cuerpo, Ana tuvo que soportar las sonrisas,
los comentarios y las charlas de los hombres sentados delante de ella mientras
bebían sus whisky, servidos de su propio bar. De vez en cuando, alguno de ellos
se acercaba y le manoseaba sus pechos, apretaba suavemente su pezón y apoyaba el
frió vaso sobre él, jugando con los sentidos de ella. Totalmente indefensa, Ana
se concentraba en poder sentir el dolor en el pezón. Quizás eso pudiese frenar
ese infierno de sensaciones placenteras que la estaba enloqueciendo. Pero por
mas que se concentraba, esa suave presión en su pezón, y hasta el frío de los
hielos, le provocaban sensaciones muy contrarias a las que ella esperaba. No lo
podía creer. Cuanto mas apretaban ellos sus pezones, mas se excitaba ella. Se
miraba el pecho y por momentos deseaba que le apretaran mas fuerte aun.
-¿Dónde lo hacemos Gus?- preguntó Alejandro
-¡¡Acá arriba de la mesa!!- sugirió José excitadísimo
-Podría ser... - admitió Gus
-Pero creo que tengo algo mejor.- agregó
-Uds. vayan preparándola...- les dijo
-Si jefe.- le dijeron sonriendo los dos
De adentro de un maletín, sacaron cinco piezas de cuero
negro. Se acercaron a Ana, que traspiraba como nunca y los miraba con ojos
nublados de las sensaciones. Ellos siguieron jugando con los pechos, los
pezones, el cuerpo entero de ella. Esta vez algunas manos recorrían sus muslos,
e inclusive Ana sintió como con sus dedos jugaban y apretaban suavemente su
clítoris. Su respiración se agitó mas aun. Su cuerpo era una bomba de tiempo a
punto de estallar. No podía detenerse. Su rostro, rojo de vergüenza no admitía
como podía estar en esas condiciones frente a tres desconocidos que la estaban
abusando.. pero ... era mas fuerte que ella.
-Me parece que la damita esta a punto de estallar.- dijo
sonriendo José mientras se observaba los dedos chorreando jugos que acababa de
sacar de abajo del sexo de ella
-Vamos doctora... yo se que Ud puede..- le murmuró al oído
Alejandro
Ana deseaba gritar. Quería insultarlo, quería pedir que se
detuvieran... quería parar... ¿o no lo quería ya?. De repente, sus ojos se
cerraron bien apretados y un largo y agudo grito se escuchó detrás de la
mordaza. Todo el cuerpo de ella temblaba y tiraba de las cuerdas mientras el
sillón la mantenía inmóvil. Ana sintió como su volcán estallaba por dentro, como
su cuerpo llegaba al clímax y su mente voló por unos segundos fuera de ella. La
vibración en su sexo no se apagaba, las caricias de los dos hombres parecían mas
descaradas aun, y aun cuando abrió nuevamente los ojos, el orgasmo continuaba
devastándola. Descontrolada totalmente, sin poder hacer nada por evitarlo, tuvo
uno de los orgasmos mas largos e intensos de su vida. Con lagrimas en los ojos
miraba a los hombres suplicándoles que le quitaran el vibrador.
Ellos la observaban, y por varias experiencias anteriores,
sabían perfectamente lo que ella estaba pidiendo. Sin embargo, y para disfrutar
mas del momento, se hacían los desentendidos.
-¡¡Ahh... !! Querés que te saquemos el vibrador...- dijo José
haciéndose el sorprendido
Ana asintió con la cabeza mientras lo miraba con ojos mezcla
de suplica y cansancio.
-Si, te lo vamos a sacar... - dijo José
-Pero antes... decime... ¿tuviste un orgasmo? ¿Verdad?-
agregó
Ana sintió que su rostro se ponía rojo de vergüenza. Claro
que había tenido un orgasmo. Pero ... admitirlo delante de sus dos abusadores,
eso era algo que la ponía muy mal...
Por un rato se resistió a admitirlo. Pero en cuanto Alejandro
tomó el control del vibrador y subió un poco la velocidad, su sexo sensibilizado
por el reciente orgasmo comenzó nuevamente a excitarse. Desesperada, y viendo
que esos hombres no tenían límite con ella, con los ojos abiertos como platos,
asintió con la cabeza.
-Bueno.. Entonces... ¿vas a contestar?- le preguntó Alejandro
Ana asintió con la cabeza
-Decinos... ¿tuviste un orgasmo?- le volvió a preguntar.
Ana enrojeció su rostro y nuevamente asintió con la cabeza
-Bien... yo dije que la doctora también era una rica
mujercita.- rió él
-Y te gustó ¿cierto?- le preguntó José
Ana lo miró a los ojos y una lágrima cayó por su rostro Le
dolía admitirlo, pero era el orgasmo mas fuerte que había tenido en muchísimo
tiempo. Lo miró suplicándole que no la torturara mas y le asintió con la cabeza.
-Eso es... la doctora tuvo un orgasmo de película... y eso
que todavía no la tocamos.- rió José
-¿No querías saber lo que le pasó a Carmen... ja ja ja ?- rió
José mientras apagaba el aparato sin quitárselo
-Ahora Ana... te vamos a poner la ropa que vas a usar en el
resto de la noche.- le anunció Alejandro