TESTIGO DE LA HERMOSURA III: LLEGA GONZALO
Pasamos la mañana del lunes entre la piscina y la sala de
juegos, ganando tiempo hasta que los padres de Jordi llegaran. A eso de las 12
se presentaron en el Hotel, hablaron con Sole y recogieron a su hijo para ir a
comer fuera. Fueron amables conmigo, pero se notaba que estaban afectados por
algún problema. Oriol y yo nos quedamos solos, hecho que el chico aprovechó para
mostrarse especialmente cariñoso y juguetón. Tuve que llamarle la atención un
par de veces por culpa de sus roces explícitamente voluptuosos, a lo que
respondió con una mueca de desencanto. Un poco antes de comer su madre mantuvo
un cambio de impresiones conmigo. Me dijo que estaba contenta de mi trabajo,
porque veía a su hijo muy feliz. Me preguntó qué tenía previsto para los días
siguientes, y me pilló desprevenido puesto que no había pensado nada. Improvisé
una propuesta sencilla: un trekking, o mejor, una ascensión al Aneto, el pico
más alto del Pirineo. Ignorante de lo que aquello significaba, la madre dio su
bendición, y el chaval no cabía de contento.
-¿De veras vamos a subir al Aneto?
-No, hombre. Para la ascensión hay que tener cierto nivel de
alpinismo. Hace falta ir bien equipado, porque parte de la ruta hasta el pico
transcurre por un glaciar y...
-A mí eso no me da miedo.
-Pero es que hay que andar por lo menos seis horas...
-¿Y qué?
-Es una cuesta muy dura. Hay más de mil quinientos metros de
desnivel...
-¿Dudas de mí? ¿Te crees que soy un niño?
-No, no eres un niño –lo tranquilicé mientras le acariciaba
el pelo y la nuca. –Pero si uno no está bien preparado puede resultar peligroso.
Dejamos la conversación y Oriol se fue a comer. Yo me quedé
un rato más en la piscina. Fue quizá mi sexto sentido el que motivó la
permanencia, esperando novedades. Me tomé una cerveza para calmar la sed, pero
el bochorno era insoportable. Un buen baño sin cansarse, un poco de buceo y...
cuando salí a la superficie noté una presencia extraña. No lo había visto
llegar, por lo cual fue una sorpresa completa. Era un chico bastante guapo,
delgado pero fuerte, pelo corto y sonrisa franca. Estaba sentado en el césped,
mirando hacia la piscina. Yo me quedé en la orilla observándolo. Por culpa del
sol cerraba los ojos, por lo que no pude ver de qué color eran, ni tampoco si me
miraba a mí o tenía la mirada perdida en algún punto del horizonte. Con el gesto
del descanso, apoyé mi rostro en los brazos, con el cuerpo sumergido, y me
dediqué a disfrutar del panorama. El chaval tenía unos dieciséis años, lucía un
bañador blanco de buena marca, no muy corto, pero sí con una pernera ancha.
Estaba sentado con los brazos hacia atrás y las piernas abiertas. Y lo mejor:
gracias a esa posición, por el espacio de la pernera aparecía un testículo,
grande, moreno, poco peludo. Un buen presagio, pensé. No resistí mucho tiempo en
esa perspectiva. Me estaba poniendo nervioso. Así que salí del agua, me sequé,
me coloqué las gafas de sol y me senté cerca de él, mirando de reojo las
bellezas que se me obsequiaban.
El muchacho continuaba en la misma posición, con las piernas
un poco más abiertas si cabe. Yo iba alternando la contemplación de sus nobles
partes con el estudio morfológico de su rostro. Pómulos manifiestos, buen color
de piel, cejas finas, labios marcados y un tic sabroso: se pasaba a menudo la
lengua, húmeda y traviesa, por la tímida abertura, lubricando sus labios resecos
por el calor. En una ocasión se ladeó un poco para agarrar una revista que tenía
aun lado y la abertura se ensanchó, dejando a la luz los dos huevos y un rabo
considerable, colgando hacia la derecha. Creo que no pude disimular mi contento,
porque cuando el chico se incorporó me miró y me dedicó una sonrisa, que yo
devolví instintivamente. Se pasó un rato hojeando la revista, tiempo que yo
ocupé para estudiarlo completamente. Su vientre, muy plano; sus hombros, anchos
y de clavículas muy marcadas; sus bíceps, recortados espontáneamente. Se cansó
pronto, y dándose cuenta de que yo seguía mirando en su dirección, me ofreció la
revista. La acepté. Se acercó para dármela, pero cuando imaginaba que iba a
comenzar una conversación, sin pensarlo dos veces se zambulló. Apenas tuve
tiempo de formarme una idea de la dureza de sus nalgas, esbozadas por la tela.
Tuve que cambiar la dirección de la mirada. El chico tenía muy buen estilo, pero
sólo nadaba en crawl. Cuando regresó a mis proximidades la tela blanca se le
pegaba en los muslos y en el paquete, que se anunciaba apetitoso.
-¿Te gustan los coches? –inquirió, con toda naturalidad.
Entendí la pregunta, pero no sabía a qué hacía referencia. El
gesto me delató.
-Lo digo por la revista. Ni siquiera la has mirado.
-Es verdad. Es que me apetecía más observar a la gente. Pero
sí, me gustan los coches.
-Ya noté que me observabas. ¿Te gusta cómo nado?
-Sí. Es decir, te faltan los demás estilos, ¿no? Por aquí hay
un chico que fue campeón de natación.
-Ya. ¿Y qué?
-Nada. Pues que nadas muy bien, pero se puede superar.
-Bueno.
Se hizo un silencio. Creo que no acerté muy bien la manera de
comenzar la conversación. El chico recogió la revista e hizo ademán de
marcharse.
-Oye, no te cabrees. Nadas muy bien. Ven, siéntate. ¿Cómo te
llamas?
-Gonzalo.
-¿De dónde eres? Yo diría que de Madrid.
-Sí. Bueno, de Majadahonda.
-Yo tengo un buen amigo en Majadahonda.
-¿Es como tú?
-¿A qué te refieres?
-Ya sabes. Si se interesa por los chicos.
-¿Yo me intereso por los chicos? ¿Y tú cómo supones eso?
-No me has quitado ojo de encima.
Nada más terminar de decir esto, se sentó encarado a mí. Echó
las manos hacia atrás y abrió las piernas. El bañador, húmedo aún, dejó al
descubierto parte de su sexo obsequioso. Le miraba a la cara, pero mi vista se
desviaba hacia su atractivo aparato. Las gafas oscuras impedían que él lo
notara.
-Te crees muy listo.
-Lo soy. Pero no me has contestado.
-Mirar a una persona no significa sentir interés por ella.
-Excusas. Yo no veía tus ojos, pero tu rostro no se ha movido
en ningún momento. Cuando alguien observa alrededor mueve la cabeza, además de
los ojos.
-Está bien. Te observaba. Pero no te diré por qué. ¿Vas a
quedarte muchos días aquí?
-Dos semanas.
-Con quién has venido?
-Con mis padres. Son esos que están ahí. Los que miran.
Saluda.
Un hombre y una mujer absolutamente normales estaban sentados
en una mesa. Él leía un periódico de extrema derecha y parecía el abuelo de
Gonzalo. Ella examinaba una revista del corazón. Saludaron con la mano. Gonzalo
me desconcertaba. Inesperadamente cambió de tema.
-Oye, ¿tú conoces esta zona?
-Bastante bien. ¿Por qué?
-¿Qué deportes se pueden practicar?
-De todo. Sobretodo deportes de aventura: barranquismo,
hípica, tiro con arco... ráfting, aquí cerca... alpinismo...
-El tiro con arco es una mariconada.
Esperó a observar mi reacción a la palabra, supuestamente
ofensiva.
-Ya veo que eres muy macho. ¿Qué te gustaría hacer?
-No sé, escalada, barranquismo, alpinismo... algo más fuerte.
Dicen que aquí en el hotel se pueden contratar deportes y actividades.
-Yo conozco al responsable de las actividades para jóvenes.
Es un individuo simpático y competente. Escalada y alpinismo puedes practicar
con él...
-No me extrañaría que fueses tú.
-Premio. ¿Cómo lo has sabido?
-No sé... no pareces un cliente más. Te mueves con seguridad,
con aires... de chulo. Como si fueras el dueño.
-Vaya, tú también me has estado observando.
-Sí, te he visto con un niño. Muy guapo, por cierto. ¿Es tu
hijo?
Dijo esto último con un poco de malicia. Oriol podía ser
perfectamente mi hijo, si lo hubiera tenido a mis 16 años.
-No. Es un cliente. Bueno, su madre. Oye, ¿de veras te
parezco engreído?
-Un poco.
-Pues ya somos dos. Te ofendiste porque te dije que hay quien
nada mejor que tú.
-Sí, me cuesta aceptarlo. Es que soy muy bueno en todos los
deportes.
-Un auténtico atleta.
-¿Se me nota? –preguntó, forzando musculatura y observándose
sin ningún pudor.
-¿Te crees capaz de llegar a la cumbre del Aneto?
-Pues claro.
-Hay nieve, y un paso bastante complicado, justamente a
cincuenta metros de la cima.
-Más interesante.
-Te dejarán tus padres si monto una expedición?
-Claro que sí. Pero no creas que eso te va a servir para
acostarte conmigo.
-Eres muy descarado. A parte de un poco creído.
-Te aviso antes de que me tires los tejos. No te va a servir
de nada. Tengo que irme. Dime por qué me observabas.
-No. Mañana. O esta noche. ¿Juegas al billar?
-Soy muy bueno. No sé si rebajarme a jugar contigo.
-Eso se demuestra en la mesa.
-Dónde estás por la tarde?
-No sé. Por aquí, con el chavalillo.
-Tendré que venir a vigilarte. Hasta luego.
Gracias a Gonzalo empecé a plantearme seriamente la
posibilidad de ascender al Aneto. Le estuve dando vueltas durante la comida y,
dado que al principio de la tarde no vi a Oriol ni al recién llegado, decidí
emprender una exploración. Enfilé la carretera hacia el norte, pasé el Hospital,
dejé el coche al lado del río y en algo más de media hora me situé en el Refugio
de la Restanca. A esa hora tardía muchos alpinistas regresaban de sus
expediciones, algunos del Aneto, otros de la Maladeta. No me sorprendió el
aspecto dominguero y mal equipado de algunos de los que bajaban, cansados y
jadeantes, puesto que en los últimos años en verano el Aneto se ve tan
concurrido como un centro comercial, y su ascensión es asumida
irresponsablemente por personas que no cuentan con la preparación suficiente. En
vista del nivel general de los montañeros y de las respuestas que a mis
preguntas me ofrecieron algunos de ellos decidí que la excursión era posible. El
tiempo estaba de nuestra parte. Sólo faltaba convencer a los padres y a Jordi,
que aún no sabía nada.
De regreso al hotel un mensaje me indicó que mientras había
estado fuera de cobertura Germán me había llamado. Pensé que era mejor esperar
que lo hiciera de nuevo. Justo cuando aparcaba sonó el timbre.
-¿Dónde te metes?
-Eso tú, hace días que no me llamas.
-Es que no paro, Sóc. Aquí hay mucha marcha.
-Ya te lo dije. ¿Sigues intacto?
-Intacto, intacto... Te espero antes del día 1. No me
fallarás.
-Muy seguro estás tú de eso. Yo también he conocido a gente
interesante.
-Oye, estoy con un francés que está loco.
-¿Le gusta practicar el ídem?
-Pues claro. Me la está desgastando con tanta mamada.
-Pero tú no te quedas atrás.
-Y que lo digas. Es que tiene un monstruo entre las piernas.
¿Y cómo te entiendes con él?
-En inglés, y con la mirada. Aunque no creas que estoy todo
el rato con él. Nos hemos juntado un buen grupo. Incluso vienen chicas.
-Sigues escapándote por la noche?
-Ya no. Llegué a un acuerdo con mi madre. Me deja salir hasta
las tres.
-No está mal. Pero a esa hora en Lloret empieza la marcha.
-Aquí hay marcha a todas horas. Los alemanes a las doce ya
están como cubas. Yo me pego a ellos y bebo gratis.
-Ya. Lo típico: yo amigo, tú invitar, etc. Como van borrachos
se apuntan a un bombardeo.
-Más o menos. Oye, ¿sabes? Cuando hablo contigo
inconscientemente me toco el paquete. Me acabo de dar cuenta. ¿Por qué crees tú
que será eso?
-No sé. Telepatía, quizás. Yo estoy haciendo lo mismo.
-¿Delante de todo el mundo?
-No, estoy dentro del coche, en el parking del hotel.
-Pues mi francesito se está calentando. Se me nota el bulto.
Por cierto, ya no me hago pajas. Me las hace él con la boca.
-Lo raro es que no te pida que te des la vuelta.
-¿Con ese rabo de caballo? Ni loco me dejaría. Tú ya sabes
que soy estrechito.
-Yo diría que no tanto.
-Bueno, te dejo. Si no estuviese en la terraza de un bar éste
ya me la estaría comiendo. Mira, por ahí vienen mis amigas.
-¿Esas no te la quieren comer?
-También. A lo mejor me dejo. Desde que llegó el francés creo
que se imaginan algo, pero no se atreven a decir nada... y siguen acercándose.
Ah, por cierto, todo el mundo me echa dieciséis.
-No entienden. Los expertos sabemos que tienes catorce.
-Pues aquí no hay ningún "experto". Por supuesto, yo no les
he dicho mi edad real. No fuera que me marginaran por crío. Oye, voy a colgar.
No olvido lo de la semana pasado contigo. Fue definitivo.
-Gracias.
-Y me muero por repetirlo. Pero tendremos que buscar unos
servicios tan desiertos como aquellos.
-Te van los lugares públicos, ¿no?
-La posibilidad de que te pillen es definitiva. Y cómo te va
a ti?
-Un día de estos practicaré alpinismo. Subiré a la cima del
Aneto.
-Ah, muy bien. Nada más?
-No. La espelología la reservo para el mes de Agosto.
Se quedó un rato en silencio. Luego respondió.
-La espelología es lo de las cuevas, ¿no? Ya te he captado,
mamón. Bueno, la practicaremos juntos.
-Está bien.
-Ciao, colega. Au revoire!
-Vaya, el francés te ha enseñado algo más que sexo.
-Oui. –y al francés: "¿cómo has dicho?- À bientôt.
-À bientôt, mon ami.
Cuando entré en el hotel pasé por la sala de juegos. Espié
sin ser visto, y allí estaba Gonzalo jugando solo. Era realmente bueno. Pero
quería bajarle los humos. Yo no soy tan malo. La piscina ya estaba cerrada, pero
la terraza de bar estaba repleta de clientes. Asomé la cabeza y Jordi me llamó.
Estaba con sus padres.
-Estoy planeando subir al Aneto. ¿Te apetece?
-Pues claro. Ya he subido algunos picos: el Montseny, el
Puigmal...
-Yo de más joven también practiqué alpinismo –intervino su
padre. Antes el Aneto era otra cosa. El glaciar tenía por lo menos tres
kilómetros de largo. Este verano dicen que no llega a uno.
-Eso he escuchado. Y por ello pienso que no es ninguna
irresponsabilidad intentarlo con los chicos. Ni siquiera hará falta usar
crampones.
-Jordi –añadió el hombre, mirando a su hijo- tendrás que
comprarte el equipo. Necesitas unas buenas botas, que te mantengan el pie seco
aunque vayas por la nieve.
-¿Hay nieve?
-¿Y qué te crees que es un glaciar?
-Para cuándo has previsto la ascensión? –preguntó la madre.
-Para pasado mañana, si ustedes lo autorizan. Mañana
podríamos comprar el equipo necesario. Es una suerte que usted entienda de
materiales.
-No, si no te importa le doy dinero al chico y vas tú con él
de compras. ¿Irá también el pequeño?
-Creo que sí. Y otro chico de Madrid, algo mayor que Jordi.
Por cierto, creo que sería oportuno tomar un seguro de accidentes, por si acaso.
-Bien pensado.
-¿Has visto a Oriol? –pregunté a Jordi. –Tendría que hablar
con su madre.
-No, acabamos de llegar.
Dejé a los padres de mi ángel y él, como no, me siguió. Nos
quedamos en el vestíbulo. Entró mi hermana. Era su día libre, y lo había pasado
en Zaragoza. Nos dimos un beso caluroso. Me preguntó por los padres del chico,
por la madre del pequeño... Jordi se sorprendió un poco por la intimidad con que
nos tratábamos. No sabía que era mi hermana.
Oriol no tardó mucho. Cuando nos vio, pegó un salto y se
lanzó sobre el sofá. Me propinó, sin querer, un golpe en las piernas. Su madre
lo reprendió.
-¡Eres un alocado! ¡Pídele disculpas a este señor!
-No hace falta, señora, que somos colegas. ¿Verdad?
El chaval sonrió y me robó las gafas de sol.
-Por cierto, señora, había pensado intentar la ascensión al
Aneto pasado mañana. ¿Oriol tiene calzado apropiado?
-¿Qué tipo del calzado?
-Botas de montaña.
-No, pero se le pueden comprar. En Benasque he visto tiendas
de deporte. ¡Ay, pero mañana había pensado en apuntarme a una excursión a
Lourdes!
-No importa, si quiere se las compro yo.
-¡Que bien!
Sole cenó conmigo, y me di cuenta de que los padres de los
chicos observaban el detalle. Fue algo muy oportuno, porque mi hermana quería
hablarme de algo. No sabía cómo empezar.
-Mmmm..... Oye Sóc, yo nunca me he metido en tu vida, pero...
-Pero... ¿qué?
Yo ya sabía lo que la preocupaba.
-Yo no soy nadie para juzgar lo que hagas con esos chicos,
pero...
-No te preocupes. No tienes nada que temer.
-Se os ve muy unidos. Y no todo el mundo lo puede entender
como algo natural...
-Pues los padres no tienen ningún reparo.
-Puede. He pensado que como nadie sabe que somos hermanos,
puedo interpretar el papel de tu novia, o esposa, o lo que quieras...
-Eres genial!
-No sé si te fijaste cómo nos miraba Jordi cuando nos
abrazamos.
-No. Yo estaba de espaldas a él.
-Se quedó extrañado. Creo que te conviene guardar las
apariencias.
-No temas. Lo que hago con los chicos lo hago con todo el
cariño del mundo. No quiero lastimarlos. Ellos lo desean tanto como yo.
-Sí, ya se nota... Esto... Pero piensa que si pasa algo te
hundes tú y me hundes el hotel.
-No seas dramática. Está todo controlado. Pero acepto tu
comedia. Seremos novios. Voy a pedir una botella de cava para celebrarlo.
Bebimos y brindamos y nos dimos un par de besos en los
labios. La madre de Jordi le hizo una señal a su marido, y éste se volvió a
mirar. Quizá temían quedarse sin canguro. Sole controló a la madre del más
pequeño, que estaba en su campo visual. De reojo observé también a Gonzalo, que
había entrado con sus padres cinco minutos antes. Jordi hizo una rara mueca. Me
supo mal. Después de la cena nos trasladamos al bar. Mis amigos primitivos no
aparecieron, pero sí el madrileño, que con un gesto me señaló la mesa de billar
americano. Pero yo quería un billar tradicional, así que nos fuimos a la sala de
juegos. Allí estaban los dos niños, jugando a cartas. Se sorprendieron al verme
acompañado de otro chico. Aún no sabían nada.
-Gonzalo, perdona, pero no quiero que se sientan
arrinconados.
-Lo entiendo.
Me senté cinco minutos con ellos. Les propuse una reunión
preparatoria de la excursión para dentro de media hora y les expliqué que tenía
una cita con el nuevo para humillarlo en la mesa de billar. Hice las
presentaciones y cuando supieron que era de Madrid mostraron desencanto. Ya se
sabe la rivalidad que hay entre los catalanes y los de la capital de España.
Comenzamos la partida y al cabo de nada estaban los chicos
animándome. El chaval era realmente bueno, y pronto me hundió en el fango. Mis
animadores también se rindieron. Ganó limpiamente, pero no me gustó el gesto
triunfal del chico, un poco presuntuoso.
Nada más empezar la reunión noté que los chicos se caían mal.
Mis niños procuraban hablar en catalán para marginar al recién llegado, pero él
lo captaba todo, así que la preparación se hizo casi toda en esa lengua.
Hablamos del horario, del equipo, de alguna técnica... Respondí a todas las
preguntas y el clima mejoró algo, porque Gonzalo comprendió que estaba mejor
callado. Después pregunté a qué querían jugar y Oriol propuso el Monopoly, su
especialidad. La elección fue muy acertada. La versión era de las calles de
Barcelona, cosa que los menores consideraron ya un triunfo. Pero es que Oriol,
en un día de suerte, fue hundiendo poco a poco al madrileño hasta arruinarlo por
completo. No se lo tomó a mal, incluso cuando lo perdió todo se abrazó al
pequeño y alabó su espíritu especulativo. El niño se sorprendió por el abrazo, y
noté que aquello había producido un acercamiento. Pero Oriol estaba eufórico con
su capital y comenzó a hacer tonterías. Le propuso matrimonio a Jordi para
reunir fortunas, y pronto noté su pie que buscaba mi paquete. Ofreció un
préstamo a Gonzalo, que pudo recuperarse. El madrileño comenzó a llamar socio al
rubito y pronto todos formábamos un grupo compacto. Jordi observaba de cerca al
nuevo. Se fijaba en sus labios, en sus músculos, en sus hombros. Yo los
observaba a todos y estaba feliz.
Llegaba la hora de acostarse, pero nadie daba el primer paso.
Los niños temían que me quedase a solas con Gonzalo. No querían perder el
estatus conseguido. Al fin, me alcé de la mesa y propuse una hora para ir de
compras. Gonzalo dijo que no iría con nosotros. Ya tenía el equipo completo. Los
pequeños respiraron aliviados. Notaba que deseaban hacerme mil preguntas, así
que me escabullí hábilmente. El nuevo se despidió con un abrazo del pequeño y
con una palmada de Jordi. La rivalidad había desaparecido. Si sabíamos mantener
el fútbol alejado de nuestras conversaciones, habría paz.
Tendido en la cama le estaba dando vueltas a la nueva
dinámica de grupo desde que se había incorporado Gonzalo cuando llamaron a la
puerta. Podía ser cualquiera de los tres. Incluso Sole. Abrí. Era Oriol.
-¿Estas solo?
-Claro. ¿Con quién crees que podría estar?
-Con tu novia. ¿O es tu mujer?
-Si fuera mi mujer dormiríamos juntos, ¿no crees?
-¿Puedo entrar?
-No. Tu madre se puede despertar y...
-Mi madre no se despierta ni con un terremoto. Quiero estar
contigo.
-Está bien. Sólo un rato.
Me quedé solo en la puerta. Antes de darme tiempo a
reaccionar había entrado, se había desnudado completamente y se había metido en
la cama. Suspiré con resignación. Me metí en la cama y su mano buscó mi sexo y
comenzó a masturbar.
-No te cansas nunca, ¿no?
No respondió. Se inclinó y empezó a chupar. Se entretenía
marcando el territorio con la punta de la lengua. Seguía la forma del glande, se
detenía en el frenillo, tragaba lo que podía. Su pequeña mano contenía uno de
mis testículos. De pronto se detuvo.
-¿Sabes qué? Me gusta chupar.
-Ya lo había notado.
Y siguió con su trabajo. Su dulce lengua actuaba como un paño
suave que quisiera limpiarme a fondo los pliegues del cuerpo. Estaba totalmente
concentrado en su labor, y un sinfín de escalofríos me recorrían el espinazo. Me
estaba elevando a la gloria. Su respiración acompasada se escuchaba más fuerte
que los clásicos sonidos de la absorción. Se esforzaba en vano para contener
toda la carne, porque su garganta aún era pequeña. Noté que llevaba prisa, que
estaba acelerando los movimientos, así que tomé su rostro por la barbilla y le
miré a los ojos. Su cara deliciosa dibujaba una expresión pérfida mientras sus
ojos inquirían la razón del intermedio. Sacó su lengua puntiaguda y
provocativamente se lamió los labios, incitando al placer de besarlos. Lo hice.
Se acomodó contra mi pecho, agarrándome del brazo sin dejar de tocar mi polla.
Ahora respiraba sonoramente por la nariz, entregándose a un intercambio de
saliva casi enfermizo, de una urgencia incontenible. Su boca era exquisita,
menuda pero hospitalaria. Cada recodo fue profanado con la ayuda de su ápice que
me guiaba. Era un morreo entregado, efusivo, apasionado. ¿Era capaz, a pesar de
su tierna edad, de sentir el placer del cariño, de dar a ese beso el significado
profundo del amor?
Yo sentía por él una enorme ternura, mezcla de admiración por
su carácter proyectado y risueño y de comprensión por su curiosidad insaciable
de sexo. Volvió a tragar delicadamente, como si de una respuesta a mis
pensamientos se tratara. Le agarré las piernas y lo obligué a rotar sobre mi
sexo. No quiso abandonar la mamada por nada del mundo. Pronto tuve su firme
ariete en mi boca, fresco y rígido, suave y disciplinado. El perfume embriagador
de los momentos excelsos me envolvía, y mi corazón latía con brío como si de
algo peligroso se tratara. Pronto el niño empezó a ceder. Nunca abandonó mi
polla, pero la intensidad de sus lamidas iba disminuyendo proporcionalmente a la
energía de las mías. Su miembro resplandeciente circulaba por mi garganta como
si fuera su casa, y sus huevos esponjosos eran el festín de mi lengua, que los
rodeaba y halagaba. Comenzó a gemir. Pensé que de un momento a otro soltaría una
de sus ocurrencias, pero no, estaba serio, circunspecto. Mis manos contenían sus
nalgas tiernas y firmes, y un dedo atrevido inició la exploración. Su agujero,
tan suave y dúctil, parecía querer tragarme. Sólo un rato duró esa exploración,
porque la dulzura de las fibras en ese espacio divino me empujó a saborearlo.
Con las manos separé las dos cúpulas que esconden el tesoro, y mi lengua, ávida
de las más altas empresas, dibujó círculos alrededor del monumento. Oriol ya no
chupaba. Se había quedado como muerto, agarrado a mi polla húmeda como si fuera
un salvavidas. Gemía y balbuceaba palabras sin sentido. Me imaginaba su rostro
crispado por el placer, ojos cerrados, lengua suelta y adormecida. Dios, su culo
era uno de los más sabrosos de mi vida. Era un auténtico lujo, una hazaña
extraordinaria, una aventura increíble saborear esa hendidura grácil y laxa,
dispuesta a contener. Estaba a punto de correrme sin apenas haberme tocado. La
mano del niño me apretaba sin llegar a rodear mi asta. El ritmo de sus gemidos
se acrecentaba hasta que, inesperadamente, se separó de mi. Antes de levantar la
cabeza para ver qué pasaba noté una humedad en el glande.
-¿Qué haces?
-Quiero follar.
-Ni hablar. Eres demasiado joven.
-No soy tan joven. Ya me corro.
-Me da igual. Nada de follar.
Pero no tuve tiempo de negarme. Antes de terminar la frase
noté la sedosidad del primer tramo del recto de Oriol. Su esfínter se había
abierto sin dificultad ninguna, sin una queja, sin un suspiro. Mi cabeza estaba
iniciando la exploración. Y mis sentidos estaban tan excitados que fue imposible
negarme. Lo arranqué con suavidad.
-Quita.
Alargué el brazo y encontré el tubo. Él me miraba satisfecho,
victorioso, desafiante. Estaba a punto de sentarse en el asiento del placer.
Esperaba pacientemente.
-Está fría.
Y milímetro a milímetro entré dentro de él. Una mueca de
molestia dejó paso a un gesto de satisfacción. Las entrañas del chaval me daban
la bienvenida, se hacían más suaves para mí, me recibían con generosidad y goce.
Con las manos le indiqué que se alzara y se volviera a sentar. Se sorprendió un
poco por la sensación, pero al cabo de un minuto estaba cabalgando serenamente
sobre mí, con los ojos cerrados, concentrada toda su sensibilidad alrededor de
su ano. Yo nunca había conocido tanta suavidad, así que tenía que hacer
esfuerzos para no venirme aún. Los dos sudábamos, irradiando nuestro calor por
la noche fogosa de Julio. Me dediqué a observarlo. Sus manos se apoyaban en mi
pecho. Sus brazos parecían más fuertes, tensos y macizos. Sus pectorales,
insinuados por una pequeña curva. Sus pezones, morados, brillantes, erectos. Sus
hombros poderosos, su cuello fuerte, su barbilla tan viril, sus labios tan
carnosos... Ese pelo tan claro, esos reflejos plateados, pálidos, refulgentes...
Esa boca insaciable, encierro de sexos y compositora de genialidades...
-Si Dios existe, se parece a ti.
Abrió los ojos un momento, sonrió y los cerró de nuevo. Y
quise devorar esa sonrisa. Lo agarré por los hombros y lo acerqué. Su boca ya
estaba en mi boca, y mi empuje y su vaivén se compenetraban para trasladarnos al
paraíso. Refrendé la humedad de la lengua, busqué besar más profundo, al mismo
tiempo que penetraba más a fondo. Su pecho sobre el mío, su piel tan tierna y
cálida me obsequiaba mil sensaciones más. Su interior se entregaba, se
prodigaba, se convertía en un mar de navegación apacible. Mi polla quería
reventar, enloquecida por el homenaje, disuelta entre cortinajes de terciopelo.
Me corrí gritando como un loco con la boca obturada por un beso enloquecedor,
casi mordiendo la lengua del niño, acoplando los espasmos a una respiración
forzada. Fueron unos instantes, pero parecieron horas. Horas de ensueño,
abrazado al chaval, testigo de una hermosura que se entregaba resuelta,
testimonio de un placer gratuito y espontáneo, sincero y limpio.
Oriol se incorporó, clavándose todo mi sexo de nuevo. Su
tierna polla apuntaba a mi boca. Me recordó la escena en el pantano, cuando la
puntería me ofreció su primer sabor. Estaba masturbándose, y yo no quería
dejarlo solo. Agarré su suave estaca, me humedecí los dedos en saliva y le mojé
el capullo. Recogí sus huevos con la otra mano y empecé a cascar. Me miraba
juguetón, con el ceño fruncido, concentrado en buscar su momento sin dejar de
cabalgar. Me incorporé un poco y solté sus pelotas para colocar una almohada
bajo mi espalda. Así, sin dejar de follar su delicado culo, acerqué la cara
tanto como pude a su polla. Al poco un surtidor incontrolable me mojó la cara y
me llenó la boca. No fue una lechada abundante, pero sí muy sabrosa, imagen del
encanto de una primera vez.
Un emblemático beso selló nuestro cariño. Sin dejar su ánimo
juguetón, Oriol estaba más trascendente, más juicioso. Apenas dijo nada. Sólo
sonreía. Hasta que volvió a ser el mismo.
-Me estoy meando.
Nos duchamos juntos, y sus manos y su boca tampoco
descansaron. Lo sequé con suma ternura, besándolo de vez en cuando. Ya seco, se
lanzó sobre la cama y comenzó a saltar.
-¡Ya he follado, ya he follado, ya he follado!
-¡Silencio! ¡Son más de las dos!
Y lo repitió una docena de veces, ahora mucho más suave:
-¡He follado, he follado, he follado!
-Ya eres un hombre.
-Ya. Y mañana te follo yo a ti.
-Ni lo sueñes.
Tomándolo de la cintura lo derribé. Le hice cosquillas y se
zarandeaba incontrolado. Luchando por liberarse me colocó el culo en plena cara.
Lo lamí lúdicamente.
-¡Chúpame más!
Nuevamente tomé el manjar que se me ofrecía. Se confirmó que
su suavidad era insuperable. Sin embargo con una corrida había tenido bastante.
-Oye, ¿y Gonzalo?
-Gonzalo, ¿qué?
-Está bueno cantidad.
-Te gustó cuanto te abrazaba, ¿eh?
-¿Te lo has follado?
-No.
-¿Y a Jordi?
-Tampoco.
-¿Seguro?
-Seguro.
-Entonces es que soy especial para ti.
-Si tú lo dices...
-Yo te quiero. Llévame a vivir contigo. El novio que se ha
echado mi madre es un imbécil. Adóptame.
-Ojalá pudiera. Pero no se puede adoptar a un amante.
-¿Soy tu amante?
-Mmmmm.
-Dime, ¿soy tu amante?
-Vamos a dormir. A las siete te quiero en pie. ¿Tienes la
llave?
Se levantó y se sentó en mi estómago. Me entró pánico.
Imaginé que quería volver a empezar.
-¿Soy tu amante, o no?
-¿Qué me dijiste el otro día?
-Que tenías tres novios.
-Pues eso.
-Pues ahora somos cuatro. Y la mujer esa...
-Se llama Sole. Duérmete.
Se quedó un rato pensativo pero terminó durmiéndose. Su
respiración desmayada indicaba abandono. Dormido era, si cabe, más bello. Yo, en
cambio, inicié mi velada de reflexión. Si abrazado a un chico se siente una paz
interior enorme, ¿por qué no puedo descansar apaciblemente?
Ir de tiendas con los chavales fue sumamente divertido. Las
continuas e inesperadas ocurrencias de Oriol nos hacían sonreír, y Jordi se
mostraba cada vez mas suelto y comunicativo. Les compré una botas de alpinismo
mejores incluso que las mías, y cuando se las probaron, preguntaron con qué ropa
debían complementar el equipo de montañismo. Les expliqué que los alpinitas
tradicionales usan pantalones de tipo italiano hasta debajo de la rodilla, pero
que los más jóvenes gustan de lucir mallas muy ajustadas y llenas de colorido.
Quisieron probarlas. Entraron los dos en un probador y pronto se percibieron
risitas cómplices. Yo escuchaba desde fuera, atento a cualquier eventualidad
excitante, que por lógica intervención de Oriol no debía tardar. Un cuchicheo
precedió a la solicitud de mi presencia. Entré en el probador y estaban los dos
agachados y con el culo al aire, en un clásico calvo infantil. Cuando solté mi
carcajada Oriol se volvió para enseñarme su enésima erección y se subió las
mallas hasta casi las tetillas, con lo cual el tejido tenso apuntó un paquete
enormemente atractivo. Jordi lo imitó. No paraban de reír, y yo me sentía feliz
con ellos y sus travesuras sexuales. Pero Oriol se empezaba a animar más y más,
y no tardó en pegar su boca al bulto de su compañero, que también había crecido
lo suyo. El siguiente paso fue alargar la mano hasta mi entrepierna, que
lógicamente quería participar en la fiesta. No lo permití. En la tienda estaban
demasiado atentos a nuestros movimientos.
Las mallas fueron mi regalo para ese par de diablos que me
alegraban la vida. Hechas las compras, nos dirigimos a un paraje solitario. Me
había excitado bastante, y los chicos lo estaban más que yo. Tomé un camino
rural y paré el coche bajo una sombra, bastante oculto. Me quedé en silencio.
Los niños no sabían qué sucedía, así que estaban a la expectativa.
-¿Qué pasa, Sóc?
-Nada. Estaba pensando que sois extraordinarios. Como unos
ángeles caídos del cielo.
-Yo soy un ángel, pero Oriol es un diablillo –afirmó Jordi.
-No. Los dos sois ángeles. Sois espontáneos, alegres,
desenvueltos, sinceros. Sois mis angelitos.
-Oye, ¿los ángeles follan con Dios? –preguntó Oriol con su
falsa ingenuidad.
Nos reímos un rato y se hizo de nuevo el silencio. Jordi
apoyó su cabeza en mi hombro y yo empecé a acariciarle el muslo. Llevaba unos
pantalones cortos deportivos que me permitían llegar hasta la costura de su ropa
interior. Oriol, desde el asiento de atrás, seguía la escena con respeto. Busqué
la mirada de Jordi, que encontré vidriosa y tierna. Separó la cabeza de mi
hombro y acercó su rostro al mío. La delicada crema de su boca me invadió en un
beso sereno y plácido. Oriol no dijo nada. Sólo noté su manita en el cuello e
imaginé que Jordi también la debía notar. Mi mano estaba ya agarrando la polla
firme del chico, que suspiraba acompasadamente. Pegué mi boca a su oído y
pronuncié las palabras mágicas:
-Te quiero.
-Yo también.
-Eh, ¿y yo qué?
El cuerpo ligero del niño pasó del asiento de atrás a la
parte delantera del vehículo. Se tendió sobre nosotros, con los pantalones
bajados, sujetándose a mi cuello para no clavarse el cambio de marchas. Su polla
deliciosa se ofrecía a pocos centímetros de la boca, pero Jordi llegó antes. Le
estaba engullendo los huevos con voracidad, y a mí me dejaba la parte más
suculenta. Lamí y babeé un buen rato, hasta que el niño se movió de forma
sospechosa. Levanté la cabeza y noté que se estaba acomodando para sentarse
sobre la palanca.
-No hagas eso.
-¿Por qué no? Sabe rico.
-No deja de ser un pedazo de plástico. Los pedazos de carne
son mucho mejores.
-Pues, ¿ a qué esperamos?
-Oriol, no siempre se puedes estar follando, ¿vale?
-No lo entiendo. ¿Por qué no?
-Porque follar no lo es todo –intervino Jordi.
-Eso lo dices tú, que aún no lo has probado.
Por el silencio subsiguiente el chico entendió que aquello no
debería haberlo dicho. Pero Jordi respondió al fin:
-Ya me llegará el momento.
-Cuando tú quieras –aseveré.
Abracé al pequeño y le dije seriamente pero al mismo tiempo
con ternura:
-Efectivamente, follar no lo es todo.
Él respondió girando la cabeza y amorrándose a mi paquete.
Sin ningún pudor me bajó la cremallera y apareció la cabeza de mi sexo saludando
alegremente. Se la tragó al instante. Él marcaba el ritmo y nosotros le
seguíamos. Jordi no tardó en comerse su sexo, siempre a punto. Yo, con una mano
acariciaba el cuello del solícito mayor y con la otra buscaba la hendidura del
placer del pequeño. Un buen rato permanecimos en esa posición, hasta que
inesperadamente Oriol se movió y con la rodilla tocó el botón de la radio, que
se puso en marcha inmediatamente. Sonó el brindis de la Traviata,
magistralmente interpretado. Al instante reconocí la voz.
-Es la Victoria de los Ángeles. Es impecable, ¡qué buen
gusto!
Jordi me miró e asintió con la cabeza. Oriol soltó el
caramelo que chupaba y preguntó:
-¿Y qué hemos ganado?
La ocurrencia hizo reír a Jordi, que abandonó su dedicación a
la polla del niño. No podía parar de reír, y cuando nuestras miradas se cruzaban
me contagiaba. Oriol nunca dejaría de sorprendernos.
Se terminó el brindis y comenzó Casta Diva. El nadador
escuchaba con atención, disfrutando de la música mientras acariciaba casi
inconscientemente la delicada polla de su amigo. Era todo candidez y
sensibilidad. Oriol seguía chupando ajeno a todo.
-¿Te gusta la ópera?
-No sé. Lo poco que he escuchado me ha parecido genial.
-Pues en Cataluña están los mejores cantantes del mundo:
además de Victoria de los Ángeles, la Caballé, Carreras... sin olvidar al
insuperable Jaume Aragall.
-¿Es mejor que Pavarotti?
-El mismo Pavarotti reconoce la superioridad del catalán.
Nadie comunica como él, nadie se entrega como él, es capaz de provocarte
escalofríos con su extraordinaria expresividad...
-¿Tienes algún compacto?
-Busca en la guantera. Creo que hay una selección donde
Aragall canta Nessun dorma. Ahí. Ese.
Y así fue como el amor ardoroso de Calaf se convirtió
en la banda sonora de nuestro cariño. Oriol no intervino en la conversación;
seguía devorando con hambre mi miembro. Yo lo sentía lamer, pero mi deseo estaba
más bien relajado, y aunque sentía inexcusablemente el placer de la boca del
niño, la sensibilidad de Jordi me atraía más. Era un chico abierto a todo, ávido
de emociones, tierno y apasionado. Me preguntó qué decía el tenor, qué mensaje
comunicaba aquella melodía excitante. Le conté la historia de Turandot y
su maldad y desde aquel momento cuando el aria se terminaba la ponía de nuevo.
Quedó cautivado por las magistrales notas de Puccini, y yo por su ánimo
impresionable, su ardor neófito, su espíritu inquieto. Besé con profunda ternura
el rostro del chaval, pero hasta mis besos resultaban inútiles: la música le
envolvía para transportarlo a otro lugar donde los demás sobrábamos.
Llegando al hotel Jordi se pegó a mí como una lapa. Le había
prometido que podría ver el dvd de la grabación de Tosca, y cuando le conté el
argumento supe que la devoraría entera. Pero preferí situarlo en el conflicto y
empezar al final del segundo acto, que es más asequible. A Oriol no se le habían
calmado sus ganas de chupar, y a mí no me molestaba que se saciara. Pero el
mayor estaba concentrado en la acción, y llegado a E lucevan le stelle
sus ojos se llenaron de lágrimas. Estaba conmovido, y cuando lo abracé me
devolvió el abrazo, sin apartar los ojos de la pantalla, esperando la muerte
injusta de Cavaradossi y Tosca. Caído el telón, buscó de nuevo la
desesperación del tenor para degustarla, y sus ojos se humedecieron otra vez de
sentimiento y sensibilidad. Sin lugar a dudas, esas lágrimas fueron
determinantes para enamorarme locamente del chico.
En la cena los padres de los tres menores satisficieron sus
curiosidades. Todo estaba previsto y notaba su confianza en mí. Indiqué que la
hora de salida sería a las cinco de la madrugada, y tanto la madre del pequeño
como los padres de Jordi vieron inconvenientes. La madre de Oriol propuso que
los chicos durmieran conmigo para estar a punto a la hora prevista, pero yo me
opuse. Sole se cruzó justo en ese momento y todos entendieron por qué. Entonces
Gonzalo se adelantó y planteó que podían dormir con él. Disponía de una
habitación doble, pero sólo ocupaba una cama. La idea entusiasmó a todos,
sobretodo a Oriol, que no pudo esconder una chispa de picardía en la mirada.
A las cinco y diez minutos los chicos salían del dormitorio
de Gonzalo. Llevaban cara de sueño, pero estaban dispuestos. Tomamos mi coche.
El mayor se sentó a mi lado y Oriol y Jordi ocuparon los asientos traseros.
-¿Sabes? –comentó Gonzalo casi sin darme tiempo a arrancar-
tus amigos son unos guarros. Sobretodo el rubito. Se han pasado la noche
tocándose y chupándose. Y el pequeñajo ha asaltado mi cama tres veces. Dice que
me la quería comer. Lo eché y le pegué una buena zurra, pero creo que aún se
excitó más.
En la parte de atrás Oriol se reía, pero el traqueteo y el
cansancio provocaron que pronto se quedara dormido, igual que Jordi. Por el
espejo los veía abrazados uno sobre otro. En el trayecto Gonzalo me contó todos
los detalles. Se diría que disfrutaba haciéndolo. No censuró en ningún momento
la actitud infantil y provocativa de los muchachos. Me encantaba que la
consideraba natural, aunque me dejó bien claro que no la compartía y que no
había cedido ni un centímetro de terreno en la lucha por su integridad.
Comenzamos la ascensión y pronto se configuró el orden
natural de las cosas: Gonzalo delante, abriendo camino, demostrándonos y
demostrándose que tenía capacidad de jefe de expedición. Se orientaba bastante
bien y sólo me consultaba cuando el camino se difuminaba. Se había vestido con
una camiseta de manga corta y unos pantalones de loneta muy cortos, como de
camuflaje. Cuando separaba mucho las piernas se podía comprobar que no llevaba
ropa interior. Si las perneras hubieran sido un poco anchas, su polla apetitosa
o sus dulces huevos hubieran visitado el aire libre. Jordi le seguía de muy
cerca, como si fuera a aprovechar el menor descuido para adelantarlo, hecho que
nunca se produjo. Una camiseta muy estrecha y las mallas multicolor formaban su
indumentaria. Oriol continuaba la marcha, a unos pasos de distancia, mirando
atrás de vez en cuando. Al bajar del coche se había puesto una sudadera porque
tenía frío, pero sus mallas de tonos amarillos se adaptaban a su culo perfecto,
que me enseñaba de vez en cuando forzando la elasticidad de la licra. Para mí la
ascensión fue muy dura, no por problemas deportivos, sino por las constantes
presencias de aquellos tres culos preciosos ante mi. Si me preguntan en ese
momento cuál de los tres hubiese preferido, no habría sabido qué responder.
Llegamos al Portillón en unas tres horas. Buen tiempo para
ser principiantes. Desde allí les mostré el resto de la ruta y les conté los
peligros que podíamos encontrar. Otros alpinistas nos acompañaban ya, pero cada
cual iba a su ritmo. Les expliqué la dificultad del último paso, el llamado
Puente de Mahoma, y la excitación y la incredulidad se apoderó de los
aventureros. Pero Oriol tenía otras dudas.
-Y cuando lleguemos a la cima, ¿qué hacemos?
-Pues nos abrazamos para felicitarnos del éxito de la
expedición y contemplamos la inmensidad de la naturaleza.
-¿Sólo nos abrazamos? ¿Nada más?
-Sí, te está esperando una puta para comértela –intervino
Gonzalo.
-¿Para qué quiero yo una puta? Las tías no saben comerla. Me
lo dijo Julián.
-¿Quién es Julián?
-Un amigo.
-Un día nos tendrás que contar más detalles sobre tus amigos
–indiqué sin mucho convencimiento.
Recorrimos el glaciar con el sol calentándonos. El camino
estaba marcado y no encerraba ningún peligro. Pronto los chicos se despojaron de
sus camisetas, y aunque les advertí de la eventualidad de quemaduras a esas
altitudes, no me hicieron caso. En una parada a medio camino comimos algunos
frutos secos y chocolate. Gonzalo llevaba bebidas isotónicas y nos invitó. Al
agacharse para recogerlas de su pequeña mochila mis niños se dieron cuenta de
que no llevaba ropa interior: se le veía parte de un escroto y el comienzo del
ano, sonrosado y lampiño como su pecho. Jordi me hizo un gesto y Oriol se repasó
los labios con la lengua para indicarnos qué le apetecería hacerle al madrileño.
El último tramo fue un poco más laborioso. Algunos alpinistas
se encordaban, pero yo creí que era innecesario. Aunque la nieve estaba bastante
helada, la multitud de excursionistas que pasaba cada día por allí había dejado
tallados en el hielo unos escalones muy fáciles de trepar. Ordené a Gonzalo que
esperara antes de cruzar el Puente de Mahoma, que ya estaba cerca. Me miró
conformado, indicándome que aceptaba mi autoridad.
El Puente de Mahoma es una cresta de unos cincuenta metros de
largo que llega hasta el propio pico. Varios cientos de metros de caída casi
vertical conforman sus lados. Mucha gente no va suficientemente preparada o coge
miedo para cruzarla, de modo que no completan la ascensión. Cuando nosotros
llegamos había unas diez personas esperando a que uno de ellos colocara una
cuerda de protección. A mi siempre me ha he parecido superflua si uno es
precavido y si no hace viento, así que me puse delante y vigilé cómo Gonzalo
cruzaba, valiéndose de las cuatro extremidades. En cuanto estuve seguro de que
el chico era responsable y cuidadoso, ayudé a Jordi, que avanzaba con
convencimiento. Oriol despreció mi ayuda, pero noté que me quería cerca. En dos
minutos estábamos los cuatro junto a la cruz de aluminio y la Virgen del Pilar.
El abrazo triunfal surgió espontáneo entre los cuatro, pero poco después Oriol
se acercó a la cruz y, con un gesto teatral gritó a los cuatro vientos:
-"E avanti a lui, tremava tutta Roma"
Jordi y yo nos miramos. Eran las palabras de Tosca
después de haber matado a Scarpia. El jovencito se las había aprendido
sin siquiera estar atento a la proyección de la ópera, en un momento en que mi
sexo era su juguete. Consciente de la admiración que despertaba, buscó mi mirada
y se me lanzó directamente a la boca. Pensé que esa forma de celebrar nuestro
éxito también era válida, así que entregué toda mi pasión a ese morreo
inesperado. Como siempre, la lengua casi camaleónica del niño buscó conseguir
otro triunfo. Jordi me besó después. Su boca estaba tan deliciosa como siempre,
pero su cuerpo parecía tembloroso. No era el frío. Era la emoción. Su
sensibilidad a flor de piel aparecía siempre en esos momentos de tensión
extrema. Gonzalo se quedó unos pasos alejado, como dudando si esperar su turno o
disimular. Finalmente se acercó. No queriendo forzarlo a más, le tendí la mano.
Pero me sorprendió con un abrazo muy tierno y acercando sus labios a los míos.
No hubo invasión de territorio ajeno, pero sus labios saboreados por primera vez
me supieron a gloria. Mientras tanto, los cachorros se estaban morreando con
entusiasmo. Cuando terminaron, el madrileño besó a Jordi también en los labios,
de manera fugaz, y se acercó al pequeño que lo esperaba sobre unas rocas. El
beso duró poco, y el comentario del mayor llegó claro a pesar del viento:
-¡Serás guarro!. ¡No sólo intentas meterme la lengua, sino
también el dedo en el culo!
La sonrisa maquiavélica del rubito era el mayor espectáculo
de la naturaleza desbordante que nos rodeaba.
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