SOY TODA PUTA…
Hola, me llamo Edith. Soy Venezolana o, como dice mi esposo,
soy "Penezolana". Porqué lo dira???. Tengo 39 años, cabello güero, ojos verdes,
considero que soy muy bonita. Soy bajita, de 1.56 mts. Dicen que está mal hablar
a favor de uno mismo pero, a manera de descripción, tendré que dar el justo
valor a lo que poseo.
Mis senos han cobrado, en los últimos 4 años, un maravilloso
aumento. Ya que hablo de aumento, les comentaré que siempre fui delgada pero,
desde ese tiempo, fui adquiriendo una maravillosa voluptuosidad. Creo que era
algo que se veía venir con la edad.
Mi cintura sigue siendo diminuta y, a partir del punto exacto
en donde pierde su nombre, mis medidas van aumentando considerablemente, dando
lugar a unas muy anchas y amplias caderas. En este punto no culparé a la edad.
Cuento con una deliciosa "Bitácora Sexual" que avala el crecimiento de mis
caderas. Se las debo a ellos…
Mis piernas siempre fueron muy bien torneadas y atractivas.
Siempre acostumbro usar pantymedias o medias, según el caso, evento u hombre…
Esto resalta aún más su atractivo. Hoy día, mi esposo me dice que tengo unos
ricos "piernones". Han enbarnecido pero dándoles un tinte de provocación
bastante sugerente.
Ahora llegaré a mi atractivo más codiciado y perseguido.
Hablo de mis nalgas. Son bastante grandes, redondas, duras, paraditas, deseables
y muy cogibles.
Con lo anteriormente relatado, podrán darse una idea de cómo
soy físicamente. Más delante les contaré cómo soy "por dentro"…
Llegué a vivir a México, específicamente a Cancún, ya hace 14
años. A muy temprana edad, mi sexualidad se despertó. El morbo que les causaba a
mis compañeros de escuela, a mis vecinos, a mis conocidos, fue un especial
detonante para descubrirme. Nunca me molestó esa situación, por el contrario, me
hacía sentir muy bien, me gustaba y me percataba de especiales sensaciones en mi
interior.
Mi "primera vez" llegó y, de ahí en adelante, lejos de querer
detenerme, deseaba probar más y más, deseaba alcanzar nuevas sensaciones y me
daba cuanta que cada hombre que me llevaba a la cama, me hacía despertar nuevas
olas de placer. Afortunadamente nunca tuve la necesidad de buscarlos yo, ellos
llegaban siempre, podría hasta hablar de asedio. Me gustaba.
Fue aquí en Cancún, en donde conocí al hombre que acabó por
explotar todo el volcán que llevaba yo dentro. Un hombre maduro, con mucha
experiencia. Él me enseñó a conocer cada milímetro de mi cuerpo, a reconocer
cada una de las diferentes sensaciones de inmenso placer. Él me sabía llevar,
conducir y explorar. Él me enseñó nuevas cosas, nuevos momentos, nuevos tiempos,
nuevos lugares, en fin, él hizo que el caudal de sexo que llevaba dentro, se
desbordara inconteniblemente y cada día, deseara más y más, sin límites.
Era un hombre casado y ya se estaban involucrando entre los
dos, situaciones y sentimientos que no podían ser. Llegó el día en que teníamos
que terminar. Mi maestro me lanzó a lo que podría llamar el "estrellato sexual".
No había pasado una semana de nuestro rompimiento y en cada
uno de esos días, mi cuerpo demandaba sexo. De inmediato tuve otro amante.
Simultáneamente tuve otro y luego otro y luego otro más. A pesar de esto, no me
consideraba ni me considero, una ninfómana. Mis necesidades no se centraba en la
penetración. Eran algo más, mucho más.
No niego que necesitaba sentirme penetrada y llena. Ni
dudarlo, pero deseaba sentir más que eso. Con el paso del tiempo y el ir
conociendo la "variedad" con la que la naturaleza dotó a mis amantes, descubrí
que tan importante era la manera el que lo supiesen usar, como el tamaño.
Diferentes opiniones femeninas hablan de que es preponderante
la sapiencia para usar su virilidad, sobre el tamaño de esta. Puedo estar de
acuerdo, pero hasta cierto punto. Por supuesto que disfrutaba de un amante con
interés de satisfacerme, de un experto amante, pero había una necesidad extra en
mí. Sabía perfectamente que algo que me causaba inmenso placer era sentirme
llena, colmada, totalmente dilatada.
Un día, conocí a un amante dotado como ninguno de los
anteriores. Por su posición socio-política y ahora ya casado, solamente
mencionaré sus iniciales: CC. Su virilidad era increíblemente gruesa, sumamente
ancha. De lo largo también aportaba una dimensión que rebasaba el estándar de lo
"normal" pero era su grueso lo que lo hacía único, muy especial. El solo
descubrir lo que portaba, me hizo estremecer. Mis sentidos ya estaban para esa
hora sumamente exaltados pero, al ver esa inmensa dimensión, mi cuerpo reconocía
una entrega muy especial.
Así fue. Desde el momento mismo en que él hacía expertamente
las maniobras para lograr vencer la elasticidad de los músculos de mi intimidad,
lograba que yo alcanzara un intenso orgasmo. Poco a poco, fue abarcando más, fue
distendiéndome más, fue lográndome más, hasta que su cuerpo y el mió fueron uno
mismo. Yo estaba extasiada como nunca.
Permaneció dentro de mí por largos pero deliciosos momentos,
para darme el suficiente tiempo de adaptarme a su tamaño. Cuando mi intimidad
estuvo lista, ella misma le urgió a comenzar con tan memorable "faena sexual".
Mi amante detectó que él era el primero en dilatarme de esa forma y, así mismo,
detecto que me había convertido en adicta a él, a su virilidad.
Eso lo llevó a brindarme una excepcional aventura de sexo.
Sus penetraciones se hicieron cada vez más fuertes. Mi intimidad lo necesitaba
así. Era algo "nuevo" para mí y era algo de lo que ya jamás podría prescindir.
Cada día que nos podíamos ver y escaparnos a tener sexo, él
me lo hacía de una manera que me confirmaba y le confirmaba, que mi cuerpo le
pertenecía, que su virilidad había provocado una fuerte adicción en mí, era
único, yo lo sabía y sentía. Él también.
Recuerdo muy bien y, ahora mismo creo sentir lo que CC dejaba
en mí por días. Tomaré el dicho de que "hasta el andar me cambiaba". Por la
dificultad que yo presentaba para caminar, después de esas "deliciosas jornadas
de sexo" con CC, era evidente que me habían dado una fuerte y salvaje dosis de
sexo. Para mi amante, el verme caminar así, era engrandecer su ego y era una
deliciosa invitación a volverme a dejar así.
Otra dos grandes "bondades sexuales" de CC, es que era
sumamente aguantador, podía permanecer penetrándome en todas posiciones por
horas, era incansable y no terminaba nunca. Otra de estas "virtudes", es que
siempre estaba muy bien "cargado", siempre que explotaba dentro de mí, colmaba
mi intimidad, se desbordaba su caliente fluido. Aún después de haber explotado
ya en mí, la siguiente, las siguientes eran igual de intensas y abundantes que
la primera.
Siempre me ha gustado que terminen dentro de mí, es algo que
es imprescindible como un excitante y magnífico final, después de haberme
llevado a alcanzar el placer absoluto.
Al tiempo que fui su amante, tuve otros hombres que me
llevaban a su cama. Podría encontrarme con alargamientos deliciosos que gozaba y
disfrutaba también a lo máximo pero yo ya distinguía mi preferencia por lo
grueso, más que por lo largo.
Desgraciadamente, esa relación también terminó. Yo seguí
ampliando mi "Bitácora Sexual" pero siempre añorando encontrar a alguien con
idéntica amplitud. Hubo que pasar más de un año, para que conociera a Dagoberto.
En cuanto me conoció, supe que le atraía sobremanera y a mí
no me era indiferente. En la primera invitación, acabé con él en el cuarto de un
bonito hotel de la zona hotelera. Después de todos los preliminares y prólogos
íntimos, llegamos al punto de la desnudez. Él se encargó de desvestirme, yo le
ayudé muy poco porque su urgencia por hacerme suya lo llevó a arrancarse sus
ropas.
Cuando su virilidad quedó al descubierto, frente a mí,
desafiante y anhelando penetrarme, tuve una fuerte sacudida electrificada. Su
virilidad era aún más gruesa que la de CC. Era inaceptable para el sentido de la
vista pero, mi intimidad, deseaba aceptarla totalmente. CC ya había dejado mis
músculos acostumbrados a recibir ese tamaño pero ahora me enfrentaba a "algo"
más ancho. Deseaba con urgencia esa "nueva" sensación que pondría a prueba la
elasticidad, en grado máximo, de los músculos de mi intimidad.
Maravillosamente, no solo él puso a prueba mi elasticidad,
también me hizo derrochar increíbles manifestaciones de resistencia. Me
penetraba y cabalgaba con fuerza inaudita. Segura estoy, que desde que vio mis
ojos cuando descubrí su tamaño, supo perfectamente que me tendría en la más
completa entrega. Así fue, Dagoberto lograba hacerme sentir nuevamente lo que CC
me había hecho descubrir y todavía más.
Era una verdadera lástima que Dagoberto no viviese aquí en
Cancún y solamente viniera cada quince días en que tenía que visitar mi oficina
por motivos de trabajo. Aclaro, visitaba mi oficina por motivos propios de su
trabajo pero, en realidad, él podría mandar a alguien más. Él venía a verme, a
hacerme al amor. Desde esa noche en que me hizo el amor tan deliciosa y
salvajemente y que logró que lo deseara como pocas veces había sentido,
Dagoberto, yo esperaba ansiosa su nueva visita.
Cuando venía, mi cuerpo me obligaba a pedir la tarde para
aprovechar al máximo su estancia en este lugar. Como él prestaba sus servicios
profesionales a más Empresas, se quedaba varios días. Todas esas tardes y
noches, la pasábamos en su habitación en las más deliciosas entregas sexuales.
Nuevamente, esas sensaciones de dolor y placer a la vez,
permanecían en mí por varios días después de haberme entregado a Dagoberto.
Caminaba con dificultad y sentía mi intimidad llena, era como si trajera su
virilidad dentro de mí todo el día.
Mi excepcional amante se iba y yo continuaba "degustando"
nuevos hombres o recibiendo de nueva cuenta a los que se habían quedado
prendados de mí, de mi cuerpo.
Ya que toco este tema, en justicia voy a hablar ahora de mis
cualidades. Obviamente, la experiencia en el arte del sexo que yo había
adquirido, sumada a la "extensa" lista de hombres que habían apoyado para ello,
me hacían el colocarme en un sitio privilegiado sobre muchas mujeres. Sabía
perfectamente todo lo que podía yo hacer, inventar, reinventar y crear en la
cama para satisfacer a mis amantes.
Aunado a esto, y dicho por todos y cada uno de los que me han
"probado" y tenido, el calor de mi intimidad es muy elevado, inusual, fuera del
común, sumamente alto, quemante. Esa "cualidad" en mí, lograba sembrar en todos
mis amantes una deliciosa adicción por mi intimidad. Nunca antes, hasta ese
momento y nunca después, habían sentido que su virilidad fuese "quemada" de la
manera en que mi intimidad lo hacía. Querían más, regresaban por más, no podían
prescindir de mi cuerpo.
Los años pasaban, el número de hombres que me llevaban a la
cama aumentaba y yo ya había llegado al grado de no solo esperar una "atenta
invitación sexual", mi cuerpo me ordenaba a pedirlas yo misma. Ellos me llevaban
a la cama pero tuve también que reconocer que a algunos, yo los llevé a la cama.
En ese tiempo, conocí al que hoy es mi esposo, Alberto. Me
parecía un hombre arrogante, petulante, engreído. Ocupaba una alta posición
dentro de reconocida y prestigiada cadena hotelera. Una amiga mutua fue quien
nos presentó. Independientemente de esos aspectos que me parecían malos, no
niego que me encantaba encontrármelo en alguna reunión en que fuéramos
convocados ambos.
Notaba su especial interés por atenderme. De hecho, nuestra
amiga me confesó que yo le gustaba mucho, que le atraía, que me deseaba. Esas
circunstancias no me parecían anormales. Modestia a parte, siempre pasaba lo
mismo en todos los hombres que me conocían.
Nos encontrábamos escasamente una vez al mes pero yo
disfrutaba mucho de su compañía y, algo extraño para su forma de ser tan dura,
parca y seria, cuando estaba en alguna reunión, Alberto se transformaba y era
muy simpático, hacía bromas por todo y tenía unas ocurrencias que me encantaban.
Solamente había una incógnita: porqué si yo le encantaba y me
deseaba, nunca me decía nada, ni siquiera una sutil insinuación. Yo pensaba que
eso obedecía a que era casada y con un hijo. Otra posibilidad era que, como en
todo Cancún yo tenía cierta "fama", pues eso alejaba a Alberto y no quería
involucrarse con una "mujer fácil y de moral distraída", por decirlo de la
manera más refinada.
Los años pasaron, yo por mi parte me acostaba con quien yo
quería menos él, menos Alberto. En un diciembre, otra amiga mutua y compañera en
el mismo hotel en donde trabajaba Alberto, me invitó a la posada de ese hotel.
Ahí nos encontramos. Esa noche fue totalmente diferente a todas las otras
ocasiones en que nos encontramos.
Esa noche Alberto era otro, esa noche me abordó con la
intención de que pasara yo a ser de su propiedad. Cuando terminó la fiesta y
después de todo lo inusual que viví a su lado, me retiré con la amiga que me
había invitado. Yo no quería eso. Para cerrar con broche de oro, esa noche debió
de haber quedado enmarcada por deliciosas horas de placer a su lado, en un
cuarto de hotel.
No fue así, cada uno partió por su lado. Pasó toda una semana
y yo no supe nada de él. Era totalmente extraño que un hombre que me sabía presa
fácil y me deseara, no me llamara para invitarme a hacer el amor.
Una mañana, estando en mi oficina, sonó el teléfono y era
Alberto. Me invitó a comer. Disfruté mucho su compañía pero, nuevamente, me dejó
en mi oficina y partió.
Era inaudito. Así, pasamos y vivimos muchas invitaciones
juntos hasta que una quedó remarcada por una rosa roja. Eso era el principio de
algo que no ya no se podía detener. Esa misma noche, acabamos en la cama.
Desde ese día, los dos supimos que permaneceríamos juntos por
el resto de nuestras vidas. Los detalles que ese hombre tenía conmigo eran
únicos. Nunca antes, nadie los tuvo y yo sabía que nadie los podría tener más
que Alberto. Todo era como un cuento de hadas, era toda una novela de amor.
Esa escenografía era perfecta pero yo sabía que yo no era
nada más corazón y sentimientos, también era cuerpo y esa parte de mí,
predominaba y se rendía ante el sexo.
Estaba frente al más grande dilema jamás imaginado en mi
vida. Había encontrado a un hombre que me llenaba completamente en lo
sentimental, que sabía perfectamente explotar cada uno de mis puntos débiles,
sentimentalmente hablando, sabía hacerme alcanzar el cielo con todas y cada una
de sus palabras, detalles y actos, se portaba conmigo estupendamente, me apoyaba
en todo, en lo profesional y con mi complicada familia. Era el hombre soñado por
cualquier mujer.
Todo eso estaba bien pero, para mi desgracia, todas y cada
una de esas magníficas cosas positivas, eran diametralmente opuestas a mis
expectativas y necesidades sexuales, a las necesidades de una mujer tan
temperamental y ardiente como yo.
Yo necesitaba a un hombre que me llenara completamente
también en lo sexual. que supiera perfectamente explotar cada uno de mis puntos
erógenos, que supiera hacerme alcanzar el cielo con el placer más intenso y que
también tuviera todas las otras virtudes de Alberto.
Ese "ejemplo" de hombre tenía tres fatales defectos: el
primero, su virilidad alcanza, en su máximo punto de excitación, los 13
centímetros de largo, aunque, en lo grueso, está bastante bien dotado. El
segundo, carece de toda experiencia sexual y de interés por todo lo que envuelve
a un encuentro sexual hombre-mujer. No sabe hacer nada con lo que tiene. El
tercero, los preliminares y el prólogo para el sexo, duran escasos 3 minutos.
Una vez habiendo alcanzado la máxima erección, tiene que penetrarme de inmediato
para evitar perderla y, una vez dentro de mí, tan solo logra el "máximo" de dos
minutos del necesario vaivén, para explotar dentro de mi intimidad, la cual,
para colmo es ínfima.
Mi desilusión es inmensa, alcanza a perturbar otras
situaciones de mi vida. Como dicen, y dicen muy bien, una mujer insatisfecha
sexualmente, es un problema en todo. También, como bien dicen, una mujer bien
atendida en la cama, es un huracán en todo lo que haga en su vida. A mí se me
manifestaba el enorme problema que tenía con Alberto.
Quiero hacer una aclaración: cuando conocía a un hombre y me
entregaba a él, no terminaba mis otras relaciones, continuaba con ellas porque
sabía que lo único que esos amantes significaban para mí era placer sexual y
nada más. Lo único que veía y buscaba en ellos era tener sexo. El hombre de mi
vida no había llegado todavía.
Por ello, cuando empecé mi relación con Alberto, no dejé a
mis otros amantes. Aún ocupando y abarcando todo mi tiempo, buscaba
ingeniármelas para escaparme y perderme de Alberto para acostarme con otros
hombres. No sabía el fin que iba a tener mi relación con él y además, siendo un
hombre casado y con un hijo, nunca pensé en que se quedaría conmigo.
Conforme lo conocía más y él me colmaba en lo sentimental, de
"un todo", en el más estricto sentido de la palabra, yo sabía que estaba
viviendo una encrucijada. Por un lado, era el hombre perfecto, el hombre que
siempre soñé, el hombre ideal, el hombre que todas las mujeres me envidiarían.
Por el otro, sexualmente estaba perdido y yo con él.
Mis escapadas para encontrarme con otros hombres se daban ya,
obligadamente, más frecuentes. Cada vez que tenía relaciones sexuales con
Alberto, él me dejaba ardiendo y eso mismo me entregaba a los brazos, al cuerpo,
a la virilidad de otros hombres.
Así, con el transcurrir del tiempo, pude ir salvando las
situaciones de presión y las sorteaba con mayor ligereza, de tal manera que
Alberto no se daba cuenta de que mantenía contacto y me acostaba con otros
hombres.
De alguna manera, y no como disculpa, puedo sostener que el
mismo Alberto me orillaba a necesitar de otros hombres, a necesitar de otras
virilidades, a necesitar sexo fuera de nuestra relación, de nuestra cama.
La vida que llevábamos juntos, fue ocasionando problemas en
su matrimonio hasta que llegó el día en que la esposa lo dejó. Alberto se quedó
conmigo.
A su lado, vivía cosas que nunca antes había vivido con otro
hombre. Ironías o contradicciones????. Alberto era sumamente ardiente y le
enloquecía todo lo que fuera sexo. Lo imaginaba pero no lo practicaba.
Increíble!!!.
Mi personalidad, mi manera de ser, mi temperamento, mi
sexualidad, mi personalidad, mi sensualidad y mi cuerpo, eran una inmensa fuente
de inspiración para él. Todo, absolutamente todo lo más erótico y morboso, se
podía practicar conmigo.
Una de las más arraigadas aficiones de Alberto, es la
lencería, las medias en especial y los zapatos de tacón muy alto. Yo era su
"modelo" perfecto para que él pudiera tener eso y lucírselo de maravilla. Mi
"ajuar íntimo" cambió por completo. Siempre he usado tangas y pantymedias la
mayoría del tiempo. De pronto, las tangas fueron micro-tangas, las pantymedias
salieron de mi inventario para dar paso a las medias y ligueros, mis
acostumbradas minifaldas y minivestidos, se convirtieron en microfaldas y
microvestidos. Los escotes eran más pronunciados, las transparencias tomaban
fuerte preferencia.
A mí me encanta, me fascinaba ese cambio que Alberto había
impuesto en mí. Digo impuesto porque se convirtió en un código de vestir para
mí, pero era algo que me encantaba usar, me sentía más sensual que antes, me
sentía más ardiente, me sentía más provocativa. Ni qué decir de Alberto. A él lo
volvía loco cada "modelito" nuevo y lo disfrutaba, me disfrutaba infinitamente.
No les parece totalmente inconcebible todo esto???. Teniendo
esa inclinación tan erótica, tan excitante, tan deliciosa y siendo tan pésimo
amante, aunque fuese armado, dotado tan minúsculamente???.
A Alberto le enloquecía que me vistiera muy sexy, sensual,
provocativa, cada vez que salíamos a la calle. Le excita mucho el lucirme y que
todos los hombres me deseen. Me hacía quitarme la falda cuando llegábamos a mi
casa para que me bajara caminando por todo el andador en medias, me pedía que no
usara brassiere para que mis senos y pezones se notaran perfectamente. En fin,
tenía una creatividad bastante prolífica para todo esto, pero en la cama era
nulidad absoluta.
Ese cambio en mí fue notorio también para "otros". Mis
amantes lo notaron también y me asediaban con mayor frecuencia. Me deseaban más
y más y todo esto me llevaba a caer en sus brazos y a desear que explotaran todo
lo que Alberto sembraba en mí y no era capaz de extraer él. Yo era como una
caldera que le aumentaban el calor y no la desfogaban y tenía que buscar, por mi
parte, un escape por donde fuera y yo lo buscaba con quien fuera.
De hecho, en una de esas ocasiones en que entré caminando a
mi casa en medias, liguero, tanga y zapatos, uno de los vecinos me vio. A la
mañana siguiente, a sabiendas de que Alberto no estaba, fue a la casa y me dijo
directamente: ayer te vi cuando llegaron y hubiera deseado ir yo a tu lado y
hacerte el amor. Esas palabras bastaron para que, jalándolo de la mano, lo
llevara hasta la recámara, hasta la cama en donde dormíamos Alberto y yo, y me
hiciera el amor toda la mañana, mientras Alberto estaba en su trabajo. No fue la
primera y última. Teniéndolo ahí mismo, lo aproveché todos los días hasta que
nos cambiamos y ya luego nos veíamos con dificultad.
Al día de hoy, continúo teniendo amantes, ya llevamos 7 años
juntos Alberto y yo. Cada uno de esos 84 meses y de esos 2520 días, le he tenido
que ser infiel. Esta sumatoria es perfecta, matemáticamente hablando, pero
podría restarle algunos días en que no le he sido infiel, concediéndole un 10%
de descuento, en que por causas de fuerza mayor me he visto en la triste
necesidad de reprimir mis necesidades sexuales.
Si hiciéramos la diferenciación entre prostituta y puta,
resultaría que yo tendría que aceptar que soy una puta, que soy muy puta, que
soy toda puta. Prostituta nunca he sido porque nunca nadie ha pagado mis
"favores sexuales" y eso que ha habido algunos que, ante mi desprecio y negativa
a acostarme con ellos, han utilizado su chequera a manera de convencimiento pero
sin haber obtenido un resultado favorable, sin haberme obtenido a mí.
En una ocasión, hace ya tres años, me fui con una amiga a
Veracruz y, de ahí, me iría a visitar a Puebla a otra amiga. Alberto fue el que
más me motivó a tomar esas vacaciones y cómo se lo he agradecido.
En Veracruz, como estábamos en la casa de los papás de mi
amiga, no tuve mucha oportunidad de tener mis "escapaditas" pero no me iba a ir
de ese puerto sin dejar huella. El primo de mi amiga, de tan solo 23 años, me
tenía fascinada y un día, Fabiola me dijo: enséñale todo lo que sabes hacer en
la cama, le encantas y te desea. No lo pensé ni un segundo. Esa misma noche,
inventamos que teníamos una "lunada" y me fui con él a enseñarle todo lo bueno
del sexo con una mujer madura.
Después de dos semanas de estar en Veracruz, me fui a la casa
de Marcela, mi amiga de Puebla. Ahí sí que me la pasé excelente. Me invitó una
amiga de ella, también muy ardiente, a ir a una feria del mole, cerca de Puebla.
En el hotelito en donde nos quedamos, conocimos a tres muchachos, de esos
"juniors" que nada más andan en busca de aventuras. Pues nos encontramos en el
tiempo y lugar justo.
Una noche, tocaron en mi habitación y eran ellos tres. Esa
noche y hasta el medio día del siguiente día, los cuatro no salimos de la cama.
Me hicieron el amor entre los cuatro. Luego se turnaban, hacían todo por no
dejar mi intimidad vacía ni un segundo. Maravillosa juventud, qué aguante, qué
fuerza, qué ímpetu, qué creatividad y qué virilidades me tocaron…
Esas son algunas de las veces que he sido infiel a mi esposo.
Sería imposible el contarlas todas. En alguna ocasión escribiré, con lujo de
detalle, alguna infidelidad que valga la pena quede en los estandartes de esta
página.
Tengo sexo con varios hombres pero son los que yo deseo y
quiero entre mis piernas. Lo hago por placer, por satisfacción sexual, por
necesidad hormonal y corporal. Nunca involucro sentimiento, porque esos son
exclusivos de mi esposo, de Alberto.
Si esto me hace ser una puta, lo acepto, soy una puta y me
encanta serlo.