El centro de control de la empresa
de seguridad que había sido contratada para vigilar el polígono
industrial estaba totalmente tranquilo en aquel atardecer de verano. Desde
una pequeña habitación en un extremo del complejo se controlaban
las cámaras de control remoto instaladas en las naves industriales
y las calles principales. Asimismo se recibian los partes de radio de los
vigilantes que por parejas hacían rondas en sus coches todo terreno.
Mediante un ordenador se accedía
a las bases de datos con información sobre cada una de las empresas,
el personal que trabajaba en ellas, sus sistemas de seguridad contra incendios,
fuga de gases y cualquier otra contingencia de accidente y se podía
hacer una primera evaluación de la situación de emergencia
para dar un informe a las unidades de bomberos que tuvieran que acceder
al lugar del posible siniestro.
- Base, aquí móvil
2. Vehículo Volkswagen Polo, azul metalizado, matrícula...
Comprueba y dame confirmación de si pertenece a alguien que trabaje
aquí y de qué empresa es. Lo conduce una mujer y no se ve
nadie más con ella.
- Roger, voy a consultar el ordenador.
Una transmisión rutinaria
de "móvil 2", un 4x4 con dos compañeros de servicio.
En este momento se encontraban, según los registros de movimiento,
parados en una esquina discreta de uno de los accesos desde el centro de
la ciudad al polígono.
La vigilante depositó el
micrófono en la horquilla de la emisora y giró su sillón
para enfrentar el ordenador. Accedió al menú principal y
entro en la base de datos de empresas. Inició una búsqueda
por matrículas registradas de vehículos de empleados. Algunos
gerentes opinaban que los robos podían estar planeados y organizados
por personas que conocían muy bien, demasiado bien, cada una de
las empresas del polígono. Por ello, y sin conocimiento de los trabajadores,
habían proporcionado un amplio informe que incluía direcciones,
teléfonos, fotografías, matrículas de vehículos
utilizados habitualmente, etc.
El filtro de pantalla devolvía
una imagen difuminada de su atractivo rostro. El pelo recogido en un moño,
no había que dejar un agarre fácil a un posible agresor.
Las cejas depiladas con esmero formando un fino arco. Los ojos se confundían
con el fondo oscuro de la pantalla. La nariz larga y recta. Los labios
ligeramente apretados, concentrada en el protocolo de acceso y las password,
sacando un poquito la punta de la lengua como era su costumbre cuando estaba
enfrascada en cualquier asunto.
El uniforme no hacía honor
a un cuerpo perfectamente modelado en el gimnasio, fibroso, como el de
un felino dispuesto siempre a pasar de la más relajada indolencia
a la acción rápida del combate tantas veces practicado en
las clases de artes marciales. Pero la ropa de trabajo era eso, prendas
destinadas a ser cómodas y permitir rápidos y amplios movimientos
en caso de necesidad.
A la cintura un amplio cinturón
de cuero con hebilla de seguridad, con un juego de esposas, spray paralizante,
walkie-talkie, una porra de madera de roble con el vástago en ángulo
recto que denotaba su origen oriental y la cartuchera, ahora vacía,
que normalmente alojaba un revolver cuando era tiempo de hacer rondas nocturnas.
Searching..., parpadeaba el ordenador...
Por fin apareció una fotografía
y una ficha que correspondía a una empleada del equipo de administración
de la empresa que tenía sus instalaciones en uno de los extremos
del polígono.
- Vaya, una enamorada del trabajo,
de las que piensan que la compañía es suya... iQué
vendrá a hacer a estas horas con el calor que hace...?
En la ficha comprobó que
sus ingresos no eran muy altos, así como su nivel de privilegios
dentro del organigrama no correspondía a alguien que tenga especiales
preocupaciones empresariales. Llevaba unos dos años trabajando allí.
Mientras cavilaba sobre estos datos se echó hacia atrás acariciando
con los dedos pulgares la hebilla metálica del cinturón en
un movimiento mecánico. La camisa mojada levemente de sudor por
el asfixiante calor del verano se pegó a su pecho. Abrió
un par de botones, ahuecó la camisa y sopló hacia el interior
para refrescarse.
- Maldito aire acondicionado, estropearse
precisamente hoy sábado...
Llevaba un bonito sujetador gris
claro a juego con la braguita, un capricho cazado al vuelo en las rebajas
de julio de una marca que normalmente tenía precios que no se podía
permitir. Realzaba los pechos a la manera que había puesto de moda
el Wonderbra pero las copas eran más pequeñas de lo habitual,
de manera permitía una esplendida visión si llevaba un vestido
o camiseta escotados o una blusa un poco abierta. La piel entre ellos estaba
perlada de sudor. Volvió a soplar para aliviarse y cerró
un botón de la camisa.
Echó una ojeada a la dirección
de la mujer, - cerca de mi casa-, pensó, formando en su mente la
imagen del barrio. Y por fin fijó los ojos en la fotografía.
Vió un rostro que le pareció anodino a primera vista. Pero
luego le llamó la atención la boca de la chica y sus labios
carnosos. La foto era de estudio no de cabina automática, con un
buen control de luces. Los ojos eran de un tono verdoso, grandes y claros.
Si, era una muchacha bonita...
Cerró la base de datos y
giró de nuevo hacia las pantallas de vigilancia. Algunas de las
cámaras situadas en el interior de los locales estaban provistas
de detectores de movimiento que conectaban automáticamente la cámara
y situaban la imagen en los monitores.
Se veía el interior de una
nave de almacenamiento donde debía encontrarse en ese momento la
chica, con una tenue luz de atardecer entrando por las claraboyas. Al fondo,
en el segundo nivel una cristalera corrida que daba a las oficinas. Acertó
a ver a la muchacha inclinarse sobre el ordenador y conectarlo. Colgó
el bolso en un perchero y salió al pasillo. Volvió poco después
con algo en la mano que se llevó a la boca. - Quizá una lata
de refresco -, pensó.
Llevaba un vestido estampado, largo
y de mucho vuelo. Lo ahuecó por detrás para sentarse y se
abanicó con unos papeles. - iTampoco tiene aire acondicionado...?.
Como el asiento sea de piel sintética se te van a quedar pegados
los muslos, rió para sí.
Decidió enfocar mejor la
imagen y activar el zoom de la cámara. A casi un kilómetro
de alli el objetivo empezo a girar sobre su eje hasta rendir el máximo
de su longitud focal. Ahora la chica llenaba totalmente la pantalla del
monitor de vigilancia.
Parecía teclear y mirar la
pantalla, o sea que no estaba escribiendo ningún documento porque
hubiera tenido fija la vista en la mesa. La mano derecha se cerró
sobre el ratón y se veía como lo desplazaba.
- Quizá está conectada
a la red..., rumió para sí, empezando a sentir curiosidad.
Pasaron diez minutos y el panorama
no había cambiado. Atendió un par de llamadas por la emisora,
observó el cuadrante de servicios, anotando un cambio de posición
de uno de los coches y volvió a los monitores.
Y ahí comenzó la sorpresa,
porque la chica había dejado caer por los hombros el vestido de
tirantas, había puesto sus manos en forma de cuenco debajo de sus
pechos y estaba pellizcándose los pezones. Se quedó petrificada.
Inclinó su cuerpo hacia delante mirando con atención la pantalla
y de pronto volvió a ser consciente del sudor corriendo por su cuello
y por su espalda.
La chica seguía allí,
mirando la pantalla y acariciando sus pechos. De pronto su mano izquierda
empezó a descender y salió de plano. Ella echó el
zoom un poco atrás y alcanzó a ver como la mujer levantaba
el borde del vestido hasta la mitad de los muslos, separaba las piernas
e introducía una mano entre ellas. iY empezaba a masturbarse!. iAhí
mismo, delante del ordenador en una oficina vacía!.
La vigilante sintió un hormigueo
recorrerle todo el cuerpo. Era aficionada a las películas porno
aunque habitualmente no alquilara ninguna en el vídeo club, pero
muchas noches de viernes o sábado veía la del vídeo
comunitario o del Canal Plus durante el tiempo en que estuvo suscrita.
Las más de las veces se encendía tanto que terminaba masturbándose
en el salón, desnuda en el sofá, usando sus propios dedos,
introduciéndolos en su coñito, frotándo su clítoris.
A veces incluso usaba un consolador que guardaba en un cajón del
armario. Lo lamía en toda su extensión como si fuera una
polla, remedando las felaciones en la pantalla del televisor. Lo pasaba
lentamente por su sexo entreabierto, llenando el látex con su flujo.
Accionaba el mecanismo a pilas y dejaba ronronear la enorme polla de plástico
sobre su clítoris. Respiraba profundamente y dejaba el aparato en
posición y con sus manos estrujaba sus pechos, describía
círculos sobre sus pezones.
Después lo ponía de
pie sobre un cojín en el sofá. Lo enfilaba a su coñito,
separaba los labios con ambas manos y se dejaba descender encima de él
hasta clavárselo en su totalidad. Sus caderas se movían levemente
al principio pero cuando la excitación llegaba a un punto determinado
se disparaban por si solas, sin control ninguno por su parte. Metía
un dedo en su boca y lo chupaba, lo humedecía con su saliva para
masturbar furiosamente su clítoris a continuación. Sentía
la textura de la tapicería en su culo cuando se sentaba abriendo
las piernas al máximo, y a veces llegaba a introducirse un dedo
por el ano, solo un par de centímetros, notando una sensación
entre dolorosa y agradable, aunque en ocasiones sintiera una infantil e
injustificada vergüenza por estar gozando de esa zona erógena
que algunos consideraban "sucia". Ella, sin embargo, se confesaba
a si misma que deseaba ser penetrada también analmente, aunque nunca
había probado con un hombre de verdad, solo con ese remedo de polla
sintética en un día de especial calentura y normalmente con
sus dedos.
Y lo que tenía en este momento
ante sus ojos era prácticamente una película porno, amateur,
pero con el morbo de lo improvisado, sin cuerpos esculturales ni silicona
a mansalva. Una chica de pechos muy apetecibles estaba metiendo una mano
por sus bragas y se estaba masturbando ante el ordenador de su oficina.
El vestido estaba ya caido hasta la cintura y había puesto ambas
manos en su entrepierna. Seguramente estaba metiendo sus dedos en forma
de cuña en su coñito. Pero cuando ya sintió que empezaba
de verdad a humedecerse, y no de sudor, fue cuando vio a la chica, en el
monitor de vigilancia, tomar un abrecartas del cubilete de bolígrafos
e introducirse el mango en el coño. Toda una sensación la
que debió experimentar al tocar su interior las cachas de madera
y frio metal. Casi podía imaginar, por empatía y por experiencia
de masturbación con diversos objetos, como estaría de caliente
la chica de la oficina, como debía estar resbalando en su coñito
el pesado mango, el morbo de empujarlo por la hoja, entrando hasta sentir
que llegaba al fondo, resbaladizo, cubierto de flujo, las piernas abiertas
y temblorosas.
Ella misma deseo masturbarse y apretó
instintivamente los muslos percibiendo la respuesta lujuriosa que llegaba
de entre sus piernas.
La chica de la oficina tenía
la cabeza echada atrás y ya no miraba la pantalla. Había
subido un pie sobre la mesa para abrir mejor sus piernas y se notaba que
respiraba entrecortadamente. De pronto una serie de rápidos espasmos
le hicieron saltar casi en la silla. Pareció hundirse más
profundamente el abrecartas y de pronto se quedo inmóvil, como si
hubiera hecho un suicidio ritual japonés.
Unos intantes después se
sacó el objeto y lo tiró encima de la mesa, pero falló
y cayó al suelo. Dejo deslizarse un brazo por sus piernas y se acarició
los pechos con indolencia, disfrutando de la laxitud que le invadía
después del orgasmo...
- Base, aquí móvil
3, iqué pasa que no contestas?, bramó el altavoz de la emisora.
- Oprimió el botón
del micro sin dejar de mirar la pantalla e intentando que su respiración
y su voz no delataran su agitación interior.
- Móvil 3, Base. Estaba comprobando
los monitores, ihay alguna novedad?
Y continuó el parloteo del
altavoz contando un par de chistes e iniciando una conversación
intrascendente.
Y la vigilante empezó a formarse
una idea en la cabeza minetras desconectaba la cámara... Continuará...
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