SEMÁFORO EN ROJO
Éste relato es un sueño. Un sueño que no me
pertenece, pues fue el Señor de los Callejones Oscuros quien
me lo susurró al oído… yo humildemente traté solo de hacerlo
realidad.
Va por vuestra merced, sagaz Alatriste…
22:26 p.m., 26 de Julio de 2.004.
Me hierve la sangre cada vez que las veo allí abajo, paseando
su palmito acera arriba acera abajo con esos cuerpos tan envidiables, esa
hipnotizadora cadencia al caminar, la delicadeza de movimientos y la actitud tan
impasible que adoptan hacia quienes no reparan en ellas… aunque esos sean tan
pocos.
Son como diosas. Si, estoy segura de que si las diosas del
Olimpo decidieran descender a la tierra, adoptarían ese trabajo, al menos
durante un tiempo. Esas mujeres tienen luz propia. Y encima van tan lujosamente
vestidas, con esos trajes tan caros, tan arregladas, tan magníficamente
maquilladas… Y simplemente pasean solas, o en grupos de dos o tres, van de
escaparate en escaparate, se sientan en las lujosas terrazas de las cafeterías,
se cruzan de piernas (esculturales todas) y charlan, se cuentan sus historias…
pero me imagino que jamás revelarán sus secretos de belleza entre ellas mismas…
o las operaciones a las que se han sometido. Son como las actrices del Hollywood
dorado: magníficas, intachables. Se hacen respectar con solo mirarlas.
Me hierve la sangre cada vez que las veo porque siento
envidia. Es cierto que no sé cómo será su realidad; supongo que muy amable no ha
de ser, porque complacer a un desconocido en la cama no debe ser precisamente un
sueño dorado, pero ellas… es que se les ve tan bien, siempre tan espléndidas… da
la sensación de que todas las mañanas se levantan así. Se hace inconcebible
imaginárselas en un baño, aseándose o atendiendo a necesidades fisiológicas
(entre otras cosas, porque jamás las he visto comer).
Me hierve la sangre porque yo soy una mujer normal, común al
uso. No tengo un busto exuberante ni unas piernas kilométricas. Por la mañana,
cuando me levanto, estoy despeinada y mi aliento no es precisamente afrodisíaco.
Por las noches, antes de acostarme, tengo que echarme cremas hidratantes porque
mi piel, por si sola, no es de melocotón y jamás he conseguido ponerme unas
medias más de dos veces porque siempre acabo con carrerones en algún sitio. Y si
quiero comprarme un traje caro me veo obligada a ahorrar durante meses. Además
soy un desastre en la cocina y no sé bailar. Tengo que depilarme cada 2 ó 3
semanas y hago dieta rigurosa una vez al mes. Mis labios son de carne y piel,
mis dientes, de hueso, mi cabello no es más que células muertas y mis ojos no
son ni azul cielo ni verde esmeralda… en nada comparables a los labios de fresa,
los dientes de perla, los cabellos de seda y los ojos esmeralda o lapislázuli de
Ellas…
En invierno tengo frío y en verano calor. Y cuando me
resfrío, tengo mocos. Y mis amantes jamás me han regalado joyas desorbitadamente
caras o me han invitado a una cena romántica en un restaurante de lujo… y mucho
menos a pasar un par de noches en el Ritz o en el Palace después de una velada
en la ópera. No, a mí a lo sumo, un libro, una camisa bonita, un perfume más o
menos caro, flores, bombones o unas entradas para el teatro.
Encima suelo leer a Maitena más habitualmente de lo
que me gustaría.
Esa soy yo… a mil cien kilómetros, Ellas: Fantásticas diosas
de Olimpo, que viven en el séptimo cielo aristotélico mientras sueñan con un
Richard Gere que las mantenga de por vida… en tanto que yo solo me atrevo a
soñar con mi vecino del 5º y vivo en un apartamento de 90 m2 .
Precisamente por eso, no alcanzo a comprender cómo es que
aquel hombre me pudo confundir con una de Ellas. La verdad es que aquella mañana
me arregle mucho, me puse mi mejor traje (uno de Armani que me costó más de una
hambruna) y me maquillé mucho y fui la tarde de antes a la peluquería porque
aquel día tenía una reunión muy importante en la empresa, pero… tanto como para
ser como una de Ellas… el caso es que al salir del edificio a eso de media
tarde, al finalizar mi jornada, fui a cruzar la calle para coger mi coche cuando
se puso el semáforo en rojo y tuve que esperar. Entonces un impresionante Audi
A8 negro con los cristales ahumados paró intempestivamente sobre el paso de
cebra. Eso no tenía nada de extraordinario, ya que al cabo del día pasan coches
tan lujosos o más que ese, desde luego, pero mi sorpresa se produjo cuando se
bajó la ventanilla más cercana a mi y oí, con toda claridad un…
"¿Cuánto?"
… que me cortó el aliento como un cuchillo un pedazo de
mantequilla, lento, pero implacable.
Dejé caer los papelorios que llevaba en los brazos y
tímidamente, mientras los recogía, susurré un casi inaudible…
"120…
Bien, suba".
Y la puerta se abrió como por argucias del destino ante mis
narices. Me incorporé y miré rápidamente a los lados, más que por miedo a que
algún conocido me descubriera en tales negociaciones, para asegurarme de que
realmente aquel tipo se estaba dirigiendo a mí...
Entré.
"Se vende usted cara…"
Sonreí, nerviosa y sin dejar de mirarme las rodillas. 120 €
era la primera cifra que se me había ocurrido… a no ser que… él pensara que me
refería a 120 mil!?? ¡Imposible!!, ¡¡cómo iba a ser eso…!!
Supongo que no hace falta que le pida discreción,
especialmente por ese precio. Tenga cuidado. Mi jefe no se anda con tonterías.
¿Entendido?
Dios… fue ahí cuando me pregunté dónde demonios me había
metido. Me imaginé que si le decía que todo aquello había sido un error… de
seguro no saldría del todo ilesa. No con aquel tipo, con esa pinta de matón a
sueldo que traía. Le miré furtivamente. Era una mole humana. Las gafas oscuras
eran impenetrables. El pulso de mi corazón era tan violento que de seguro tanto
él como el chofer lo podían oír y encima el miedo me estaba perforando el
estómago. Tuve ganas de echarme a llorar, pero algo me dijo que de nada me
serviría. Nada dentro del habitáculo de aquel coche era amable, sino frío,
impersonal… todo de color negro cuero y crema. Afuera la cosa cambiaba. Las
madres paseaban a sus hijos, jóvenes parejas salían de los restaurantes - más de
una langosta habría pasado a mejor vida en las pasadas horas - o entraban en las
joyerías, y los trajeados banqueros charlaban animadamente entre sí mientras
observaban cuidadosamente a Ellas, a las diosas, que coquetas, concientes de ser
su centro de atención, seguían paseando acera arriba acera abajo.
De pronto me parecieron autómatas representando la realidad
cotidiana del mundo que me rodeaba. Una profunda sensación de irrealidad. ¿Qué
sabían esas personas de mí? ¿Qué podían saber de mí ni de nadie? Aquel era el
escaparate de una vida que no me pertenecía. Yo solo soy uno de los lacayos de
un gran magnate de las finanzas que tiene establecida su mayor empresa en este
barrio, nada más.
La pesada tensión que se había ido formando en el coche había
enrarecido el aire. Estaba medio mareada, y pensé que si tardábamos demasiado en
llegar, esa angustia se haría dolorosamente real… dejé de mirar a través del
cristal y eché la cabeza hacia atrás. Me dolía el pecho, los nervios estaban
acabando con mi paciencia. ¿Por qué nadie decía nada? ¿Adonde íbamos? Tomarme
por una prostituta de lujo… vaya vista la del maromo. Claro que también cabía la
posibilidad de que me hubieran estado espiando y… ¡hum! Demasiadas tardes de
domingo tragándome una tras otra, películas sin sentido solo para llenar la
cabeza de pájaros de colores. ¡¡ Ahora iba a resultar que yo estaba destinada a
ser la nueva "pretty woman"!!. Qué pena: Ni aquel coche era una calabaza tirada
por ratones ni yo era la pulcra y débil hermana pequeña que se deja amilanar por
las malvadas hermanastras.
Me quedé mirando al techo del coche tratando de mantener la
compostura y de pensar con claridad en mi situación. No me fijé por dónde
íbamos. Mal hecho. Pero el caso es que para cuando quise darme cuenta, ya
estábamos en una urbanización de lujo que está a las afueras de la ciudad. El
coche se aproximó a un palacete bordeado por un considerable muro de casi dos
metros y en el frontal de la casa, había un jardín del que malamente pude
disfrutar –breve simulacro del Paraíso a la luz del atardecer, con varios sauces
llorones y cientos de rosales -, porque al parecer llevábamos prisa. No metimos
en un macro-garaje, donde si no conté cuatro coches aparte del nuestro, no conté
ninguno. El chofer salió para abrirme la puerta y ayudarme a salir. El tipejo
que había estado sentado a mi lado, simplemente desapareció y gracias a los
hados, no he vuelto a verle desde entonces.
Una criada – vestía como tal - me esperaba en una puerta
lateral. Era una mujer mayor. Me saludó con una inclinación de cabeza pero no me
miró, lo que me hizo pensar que tal vez le avergonzara mi presencia. No
obstante, aquel gesto despertó en mí una inusitada ternura que contribuyó a
calmar mis maltrechos nervios. Me condujo hasta un pequeño saloncito finamente
decorado por una serie de grabados costumbristas que decoraban las paredes y que
vagamente recordaban a las pinturas oscuras de Goya y desapareció, aún sin
atreverse a mirarme.
Esperé en el saloncito como una media hora hasta que aquella
mujer regresó de nuevo. Me alargó una bata de seda de un incierto color malva y
me indicó dónde podía arreglarme… era una puerta auxiliar que daba a un cuarto
de baño casi tan grande como mi propia casa. Lo visualicé por encima para
hacerme una idea, entré, ella cerró la puerta a mis espaldas y nuevamente me vi
sola. Me aproximé al espejo más cercano y observé mi imagen durante unos
segundos. El maquillaje estaba bien, pero mi expresión era casi de terror. Me
quité el traje, que dejé doblado sobre un taburete antiguo (tenía el asiento
tapizado en terciopelo granate y ribeteado con hilo de oro), y me puse el batín
sobre la ropa interior. El maletín lo apoyé discretamente a un lado. No contenía
nada importante, gracias a Dios. Volví a mirarme en el espejo y esta vez me
devolvió una imagen de mí misma más amable, más dulce, como de andar por casa,
pero recién maquillada. Me retoqué un poco la sombra de ojos, los labios.
Pero estaba sola. Por eso no me atreví a mirarme directamente
a los ojos.
Yo también era un autómata a fin de cuentas.
****
¿Se puede…?
Adelante…
Me quedé parada en el umbral como un pasmarote. Desde luego
no comprendo qué hacen Ellas para tener tanto desparpajo en momentos así.
Ponte cómoda, por favor… pero colócate frente a mí.
Era un hombre mayor, calculé que de unos 50 años más o menos.
Era muy alto y espigado, con la tez muy morena, pero lo que más me impactó fue
su pelo, completamente blanco y largo hasta casi rozarle los hombros. Me gustó
al instante… tenía un gesto altivo, y sin embargo tranquilizador, como si no le
tuviera miedo a nada, era el aspecto de un hombre hecho a sí mismo que se
preocupa de quienes le rodean. Protector, que no paternal. Sus ojos azul oscuro
denotaban una mirada franca. Unos ojos vivos, astutos, exquisitamente sensuales.
Llevaba un batín como el mío, pero el suyo era verde oscuro y no le llegaba
humillantemente poco más que debajo del culo, como a mí.
Me senté en el borde de la cama. Él estaba en la ventana, y
su imagen me llegaba a contraluz.
¿Cuál es tu nombre?
Natalia – mentí-.
Natalia. ¿Sabes que tu santa fue una mártir cordobesa?
Algo había oído – volví a mentir-.
Me alegra. Bien, entonces yo voy a ser Aurelio, ¿qué te
parece? Aurelio, como el marido de la mártir…
Bien, señor.
No me trates así, por Dios… me hace sentir incómodo.
Como quieras…
¿Quieres tomar algo…?
Y así empezó una larga perorata sobre los beneficios del
vino… que al menos duró media hora, sin exagerar. Después se quedó en silencio,
mirándome atentamente a los ojos.
¿Estás más tranquila?
Tiene usted…
… de tú…
Tienes mucha psicología. Si, me siento mejor. Es ese tipo, el
que me recogió, me puso un poco nerviosa.
Empatía, diría yo. Y si te refieres a Paco…, si es un poco
brusco. Pero es un buen hombre.
Le miré, sin saber qué decir, y le sonreí.
No llevas mucho tiempo en esto.
No, no es eso… es que nunca había estado con un hombre… así.
Frunció el ceño y me di cuenta de que estaba metiendo la
pata.
Quiero decir, bueno, estoy cohibida, nerviosa, no sé…
Cuidado, Natalia… está prohibido enamorarse.
El corazón me dio un vuelco. Como un fogonazo de luz, me vino
a la mente mi situación y por un instante me acobardé. Sentí un molesto picor en
los ojos y tuve que levantar la cara hacia el techo para no echarme a llorar. De
repente todo se había vuelto gris, triste. El vino era insípido y las rosas eran
de plástico malo. Estúpida. Estúpida. Estúpida.
Desde luego que no soy de ese tipo de mujeres… - le miré de
soslayo, con los ojos entreabiertos y una sonrisa pícara en los labios.
Eso espero.
Cruel. No es que el vino fuera insípido, sino de amarga vid.
Me recliné hacia atrás sin llegar a tumbarme, con los brazos
extendidos a ambos lados de mi cuerpo, y puse un pie en el borde de la cama para
mostrarle un pequeño triángulo de mi tanga negro. Me obligué a sentirme segura
de mí misma, de tratar de controlar la situación en la medida de lo posible, así
que le miré con aires desafiantes, dispuesta a no ceder ni un ápice.
Fui extrañamente consciente de mi talón rozando la parte
inferior de mi nalga derecha.
No reaccionó.
Me abrí un poco más de piernas.
Entonces dejó pausadamente la copa de vino sobre la mesa y se
acercó a mí. Me cogió de la rodilla de la pierna que tenía extendida y la dobló
colocándola sobre el filo de la cama. Ahora sí que estaba mostrándole toda una
perspectiva de mi sexo rasurado y cubierto malamente por el tanga. Me miró.
Siempre buscáis lo mismo. Eres una zorra como las demás.
Te equivocas, pero eres libre de pensar lo que quieras. Tú
pagas, así que tú mandas, ordenas y dispones. No hay más.
No me respondió; pero ojalá lo hubiera hecho, porque hay
silencios que te pueden resquebrajar por dentro. Silencios que pueden echar por
tierra tus credos, tus deseos, tus virtudes. Silencios que te pueden convertir
en un ser dependiente de quien los profieren. Silencios que te arrastran a la
nada, al vacío, a la no-voluntad.
Y yo sentí odio hacia aquellos ojos azules que me miraban en
silencio.
Simplemente se limitó a romperme la tira derecha del tanga
como si fuera un junco quebradizo, descubriendo mi sexo, completamente abierto y
brillante de fluidos. Sé que al fin y al cabo solo era un trozo de tela, pero
ese gesto me impresionó mucho.
Como las demás… - dijo mientras descendía hasta mi sexo- , no
lo olvides.
Debí revelarme. Debí darle un empujón y quitármelo de encima.
Debí salir huyendo. Pero al sentir su aliento entre mis muslos, su pelo tan
blanco, ni lacio ni ondulado, cayendo hacia adelante y rozándome la piel… sus
manos enormes sujetándome las rodillas, que yo sentía ya temblorosas, la forma
tan desesperadamente lenta de acercarse a mi, como un lobo que observa el
interior de la presa para ver dónde va a hincar el diente, qué pliegue será el
más sabroso, el más dulce o el más salado.
Me lamió brevemente el perímetro cuyo centro se establece en
el clítoris y respiró sobre él. Verle entre mis piernas, moviéndose furtivo, me
pareció la mejor imagen que había visto jamás. Seguramente habría estado con
cientos de mujeres… y por un instante pensé en cómo serían ellas, las "otras",
y se me formó un nudo en la garganta, y volví a tener miedo, a sentirme pequeña
y frágil.
Hundió la cara en mí, abriendo con la lengua las cortinas
rosadas de mi sexo, entregándose a mi interior, hurgando, estimulando y
chupando… Oí mis propios jadeos y pensé en la criada, imaginándomela
escandalizada detrás de la puerta, escuchándonos, viéndonos a través de alguna
posible rendija que solo ella conociera, apreciando cómo su jefe se alimentaba
de mi clítoris como si de allí pudiera manar el néctar más puro. Mi cuerpo
hervía, danzaba al ritmo de sus movimientos, me estremecía sin poder evitarlo,
envuelta en un océano palpitante, cálido, plagado de vorágines. Él me paso los
brazos por la espalda y me tumbó sobre la cama. Me dio tiempo a abrir los ojos y
comprobar a través de las cristaleras que estaba atardeciendo porque ésa ara la
única luz que había. No importaba. Ya nada importaba, porque la palanca de la
compleja maquinaria se había accionado y ahora, más que nunca, ya no había
marcha atrás.
Fue subiendo beso a beso por mi vientre, me lamió los
costados, me mordió los bordes del precipicio que formaban mis costillas y,
bordeando mis senos, ignorando mis pezones, alcanzó mi cuello: mi talón de
Aquiles. Si ya me estaba abandonando, aquello fue el culmen. Fue como si todos
los nervios de mi cuerpo se hubieran concentrado en los escasos milímetros de
piel besados.
TODOS los nervios.
¡Y de qué me hubiera servido pedirle clemencia! Encima sentí
cómo trataba de entreabrirme los labios para meterme dos dedos. Eso me
desconcertó, pero al saborearlos comprendí que se trataba de mis propios jugos…
nunca los había probado y no sé si debería admitirlo, pero eso me llevó casi al
delirio. Una oleada de calor ascendió desde mi bajo vientre… Fue entonces cuando
me besó, como si supiera de mi calor y quisiera apresarlo con los labios. Sin
embargo fue la única vez que lo hizo. Sus suaves labios olían a sexo y sabían a
vino y a tabaco. Le abracé por el cuello mientras nos fundíamos en aquel cálido
beso; y mientras su lengua inspeccionaba cada recodo de mi boca, sus manos
hacían lo propio un poco más abajo, en mis pechos, pellizcándome los pezones
hasta que me hizo proferir ahogados gemidos de dolor. Y el calor, ¡hacía un
calor insoportable!. Le quité el batín y lo lancé a ciegas creo que a mi
derecha, porque fue precisamente con esa mano, la derecha, con la que inicié mi
propia exploración hacia su sexo. Mis dedos descubrieron su pene grueso, en una
muy avanzada erección, con sus testículos felizmente apoyados sobre mi bajo
vientre. Los acaricié con toda la delicadeza que me permitieron las ansias,
tirándole de vez en cuando del vello púbico, hasta que sentí que ya no podría
aguantar más. El deseo se había convertido en necesidad.
Pero él ya tenía sus propios planes. Se separó de mí,
tumbándose de espaldas y cogiéndome de la nuca, me condujo hacia su enhiesta
verga, que se alzaba gorda y orgullosa de sí misma ante mí, como si se tratara
del ídolo pagano por excelencia y yo fuera la sacerdotisa de honor. Le sujeté
con ambas manos la base, abarcando también sus testículos para poder admirarlo
en toda su extensión, peor como él no me soltó de la nuca ("vino de amarga
vid…") no pude deleitarme con aquella imagen divina durante más tiempo.
Lo primero que hice fue aspirar su olor. Hundí la nariz entre
el hueco que hay entre la base del pene y los testículos, para luego ascender
hasta el glande, acariciándole con solo la punta de la nariz cada centímetro de
piel, sosteniendo en el hueco de mi mano sus huevos cargados, que no tardé en
introducirme en la boca para sentir la fragilidad de sus formas ovaladas. Él me
tiró del pelo, supongo que en un acto reflejo, pero como solo era suposición, en
castigo coloqué mi dedo índice en donde calculé que estaría el perineo y apreté
varias veces, suave, pero firmemente. Su reacción no se hizo esperar… se le
tensó el cuerpo y se retorcía mientras trataba de apartar mi mano de allí, amén
de estar insultándome hasta que se le quebró la voz.
Y su pene…creo que una de las imágenes más hermosas de la
naturaleza es un pene erecto, en todo su esplendor, con le glande reluciente, la
piel tensa y las venas a punto de estallar, un pene latente y con unos
testículos contraídos, bien cargados de blanquecino semen agridulce… La mí
brevemente el glande antes de introducírmelo poco a poco en la boca,
acariciándole la rugosa base de la cabeza, haciendo girar mi lengua alrededor de
ella, jugueteando con su orificio urinario en un vano intento de meterle la
punta de mi propia lengua… Siempre he tenido el capricho absurdo de hacer eso,
porque esa pequeña rajita parece una boca desdentada.
Pero no había llegado a la mitad de aquella polla (superior
al concepto de pene) que tanto me estaba costando poder abarcar con los labios,
cuando estalló. Sentí de pronto un chorro de semen entrar directamente a mi
garganta, que no me atragantó de puro milagro, así que para los siguientes supe
andar más lista y pude saborear aquel adorado y espeso líquido hasta que no me
quedó ni una sola gota por lamer.
Cuando acabé con mi deliciosa tarea me arrodillé sobre la
cama con las piernas abiertas y con las manos apoyadas sobre los muslos y le
hice un gesto felino de estar relamiéndome los bigotes. Él me sonrió
desfallecido. Estaba medio incorporado sobre los almohadones y se acariciada el
bajo vientre, rozándose el vello canoso de su pelvis.
Lo siento…
Mm.… ¿¡por qué!? ¡si ha sido fantástico!... Proteínas
animales…
Si, una suerte que no seas vegetariana.
Me acerqué a él riendo como una niña. Me acogió entre sus
brazos y nos quedamos dormidos casi enseguida… en silencio, supongo que él
pensando en nada y yo agradeciendo que aquel semáforo se hubiera puesto en rojo.
****
La primera en despertar fui yo. Al menos eso creo. Quiero
decir que él estaba dormido en el momento que yo desperté, pero sobre la mesa
había un objeto que antes no había visto, así que di por sentado que había sido
él quien lo había colocado ahí. Me costaba imaginar que alguien hubiera entrado
para dejarlo. Nos hubiera visto totalmente desnudos allí, sobre la cama, yo
acurrucada sobre su pecho y él en su gesto de abandono… no sé, no lo concebí.
La criada… el armario empotrado que me llevó hasta allí…
Me levanté cuidadosamente, para no despertarle y me dirigí a
la mesa. Se trataba de un maletín, sobre el cual había una nota…
"Nos volveremos a ver, Natalia… aún me debes el
placer que no he podido corresponderte hoy".
Abrí el maletín. Estaba lleno de billetes de 50 euros, en
varios montones. ¿Cuánto dinero podría haber allí… mil, dos mil, doce mil… lo
suficiente para pagar la hipoteca de mí casa, un coche nuevo?
Sin embargo cerré el maletín con tristeza. Estaba a punto de
echarme a llorar. Lo que había pasado allí esa misma noche… me parecía tan
triste recibir dinero a cambio de todo lo que sentí, que…
Al salir, me encontré a Paco esperando mientras se fumaba un
cigarrillo.
¿Ya?
Si…
Muy bien. Suba al coche.
Recorrimos el camino inverso sin hablar y me dejaron de nuevo
en la misma calle donde me habían recogido horas antes, justo sobre la acera del
lado contrario al que yo hubiera llegado de no ser por aquel maldito semáforo en
rojo… y me pregunté, mientras veía cómo se alejaba el coche calle abajo, si
realmente todo había ocurrido… o si es que solo se trataba de un frágil susurro,
percibido casi por casualidad… en la acera de enfrente, Ellas continuaban
paseando, acera arriba, acera abajo…pero ya no sentí cómo me hervía la sangre en
las venas.
Aliena del Valle.-