"¡Sara! – gritó la señorita – "¡Sara! Ven aquí, maldita
estúpida... ya te enseñaré yo... ¡ven inmediatamente te digo."
Sara sintió que se le erizaba el vello de todo su cuerpo. Los
gritos de la señorita no presagiaban nada bueno. La había pillado limpiando el
aseo. Como de costumbre la señorita se había cagado fuera del inodoro, en el
piso. Lo hacía a menudo, para que Sara tuviera que humillarse recogiendo sus
heces con las manos. Sara se limpió las manos a la carrera y salió escopeteada
hacia la habitación de su señorita.
"Me llamaba señorita? – murmuró miedosa Sara una vez en la
habitación."
Blanca estaba en camisón de dormir y en sus manos tenía una
de sus braguitas de algodón.
"Mira, imbécil... mira esta mancha – le dijo poniéndole la
parte de la braga manchada tan cerca de la cara que Sara pudo apreciar el insano
hedor a restos de flujo, orina y algunas heces – ¿Quieres decirme qué significa
esto?"
"Perdón señorita... me las dejaría ayer noche... lo siento
señorita..."
"¡Arrodíllate... arrodíllate y abre la boca... ábrela te
digo!"
Blanca introdujo sin ningún miramiento la sucia braga en la
boca abierta de Sara, con tal violencia que la pobre muchacha tuvo una arcada
que pudo controlar por los pelos.
¡PLAAAAAAAFFFFFFF! ¡PLAAAAAAAFFFFFFFF! – dos tremendas
bofetadas hicieron que Sara volteara la cara a uno y otro lado.
"A ver si así aprendes, cochina."
Blanca respiró agitadamente. Cada vez que pegaba o humillaba
a su criada sentía una excitación que la descontrolaba. Luego se sentó sobre su
cama deshecha y miró a la pobre Sara, arrodillada, con la sucia braga metida en
la boca, el rostro colorado de los bofetones y unas lágrimas surcándole las
mejillas.
"Ven aquí... acércate – le ordenó más calmada."
Sara se desplazó sobre sus rodillas hasta quedar a la altura
de las rodillas de la señorita.
Blanca se echó a reír.
"Mira que estás fea, toda calva y con esas dos coletas que te
ha dejado mamá, pero a decir verdad son de lo más práctico – diciendo eso dio un
tirón fuerte a una de las dos coletas que doña Adriana, para su comodidad a la
hora de castigar a la criadita, había hecho dejar en la cabeza de Sara después
de que la pelaran al cero."
¡MMMMMMMM! ¡MMMMMMMMM! – se quejó amargamente Sara que no
podía gritar por tener en la boca la sucia braga de la señorita cuando ésta
tironeó con malicia de la coleta.
"Has limpiado ya el aseo?"
Sara asintió con la cabeza mientras intentaba controlar unas
lagrimas que bailaban en sus ojos. Blanca cogió la punta de sus bragas que
sobresalía de la boca de la criada y tiró de ellas hasta sacarlas del todo. Sara
cerró y abrió las mandíbulas varias veces, para intentar restablecer la
normalidad en su rostro.
"Perdóneme señorita, se lo ruego, perdóneme... se me pasaría
de recogerlas... se lo ruego... perdóneme."
"Ya veremos. Venga, vísteme y esta tarde, cuando regrese
decidiré qué hago."
"Sí señorita."
Blanca solía dejar a la pobre Sara con la angustia de saber
qué decidiría sobre cómo castigarla. Humillarla y abofetearla como lo había
hecho ya la habían satisfecho lo suficiente, pero le gustaba dejarla con esa
angustia todo el día.
Sara tenía la obligación de recoger cada día la ropa interior
de la señorita y lavarla a mano. A la señorita no le gustaba encontrarse sus
prendas sucias en su habitación.
Mientras Blanca desayunaba en el comedor, Sara la atendió con
extrema solicitud, como intentando congraciarse con su voluble amita.
"Toma, come – le dijo Blanca al tiempo que arrojaba al suelo
un trozo de pan con restos de huevo."
"Gracias, gracias señorita – dijo Sara arrodillándose en el
suelo para recoger el miserable trozo de pan."
"No lo cojas con las manos."
"No señorita, claro, perdone – respondió sumisa Sara que
inclinó la cabeza hasta el suelo."
El trozo de pan había caído justo al lado del pequeño tacón
de uno de los escarpines que Blanca tenía apoyado en el suelo. Sara no llegaba
con los dientes por lo que tuvo que atraérselo con la lengua, para lo que tuvo
que rozar el zapato de su amita. En el mismo momento en que estaba a punto de
cogerlo con sus labios Blanca desplazó el pie y el tacón aplastó parcialmente el
trozo de pan. Sara tuvo que ir mordisqueando aquellas partes del pan que
sobresalían bajo el tacón del zapato de Blanca. El resto, el que quedó
aprisionado bajo el tacón se quedó allí. Ya se lo comería cuando la señorita se
levantara.
Antes de salir para el colegio, Blanca se hizo repasar los
zapatos con el cepillo impregnado de lanolina. Sara se los cepilló con extremo
cuidado. Los zapatos de la señorita brillaron excepcionalmente, como le gustaba
a ella que brillaran.
Cuando la señorita se marchó, Sara se fue a ver a Mavi, la
cocinera.
"Qué... te ha dado algo de comer? – le preguntó la negra a
Sara."
"Un miserable trozo de pan que me ha arrojado al suelo y
además lo ha pisado, con que imagínate..."
"Pues lamento comunicarte que antes de salir me ha dicho que
no te permita comer nada hasta que ella regrese... – Mavi puso cara de pena –
...lo siento pequeña, ya sabes que tengo que obedecer."
"Ya lo sé, Mavi, no te preocupes, aguantaré – contestó Sara."
"Y por cierto... es hora de que vayas a despertar a la
señora... ya tengo su desayuno preparado. Puedes llevártelo – dijo la negra
lanzando una mirada a la humeante bandeja repleta de exquisitos alimentos."
Sara cogió la bandeja y se encaminó a la habitación de la
señora. Empujó suavemente la puerta con el culo y entró.
"Buenos días señora... el desayuno señora..."
Sara dejó la bandeja sobre la mesilla de noche y corrió las
cortinas para que entrara la luz del día.
"Ummmm, qué hora es? – preguntó con voz pastosa la señora."
"Son las diez señora... su desayuno está preparado señora…"
Viendo que hacía la acción de incorporarse, Sara le colocó
una segunda almohada entre la espalda y el cabezal para que estuviera más
cómoda. Acto seguido se arrodilló a su lado y tomó la bandeja entre sus manos,
sosteniéndola a pulso. Doña Adriana comenzó a desayunar.
"Es increíble tener quien te traiga el desayuno a la cama, de
verdad que se te abre el apetito en un momento – comentó a la criada la señora."
"Si señora – se limitó a decir Sara consciente de que la
señora no pretendía entablar con ella ningún tipo de conversación si no tan solo
se limitaba a constatar un hecho."
"La señorita se ha marchado ya al colegio?"
"Sí señora."
"Y dime, te ha castigado ya esta mañana?"
"Pues sí... sí señora... – contestó dubitando – me ha pegado
porque me olvidé de recogerle anoche sus bragas... – hizo una pausa y doña
Adriana la miró inquisitivamente sin dejar de comer – también le ha dicho a Mavi
que no me deje comer nada hasta que ella regrese de la escuela."
"Vaya, vaya... no aprendes Sarita... por cierto, me has
limpiado los zapatos?"
Sara tragó saliva. Los zapatos de la señora... se había
olvidado... con todas las cosas que había pasado aquella mañana con la señorita
se había olvidado por completo de los zapatos de la señora.
"Esto... señora... verá usted..."
"Me los has limpiado o no?"
"No he tenido tiempo..."
¡PLAAAAAAAAAAAAAAAAAFFFFFFFFFF! Un tremendo bofetón hizo
voltear la cara de Sara a un lado. La bandeja del desayuno que seguía
sosteniendo a pulso en sus manos se tambaleó y por poco no se derrama el café.
"Si no has tenido tiempo te levantas una hora antes..."
"Perdóneme señora – gimoteó entre sollozos Sara – perdóneme,
no volverá a suceder..."
"Eres una maldita perezosa... Al próximo fallo, al próximo
error te envío de cabeza al correccional, entendido?"
"Ay señora... al correccional no señora... se lo suplico...
me esmeraré, no volveré a fallar señora pero al correccional no me envíe señora,
se lo ruego – volvió a gimotear la criadita, quien ya tenía los brazos
agarrotados del tiempo que llevaba aguantando a pulso la bandeja del desayuno de
la señora."
"Venga... dile a Mavi que tire estas sobras y ven
inmediatamente, tienes que vestirme."
Vestir a la señora era un suplicio. Sara se llevaba
innumerables pellizcos, bofetadas, tirones de pelo. Doña Adriana se sentía
orgullosa de su idea de rapar al cero a la criada y dejar dos coletas a los
lados que servían para tirar de ellas cuando quería mortificarla.
"Trae los zapatos que no me has limpiado, guarra – le ordenó
la señora que se había sentado en el silloncito giratorio que había frente al
tocador."
Sara cogió los brillosos zapatos de salón negros de la señora
de tacón mediano pero fino y se presentó delante de ella. Tenía los zapatos
entre sus manos, como si cuidara de un tesoro.
"A qué esperas...? Arrodíllate – le espetó – y pónmelos."
Sara se arrodilló, le sacó las zapatillas y le calzó los
zapatos. Los pies de la señora eran impresionantes, bellos, perfectos.
"Ahora te enseñaré a obedecer mis órdenes... pon una mano
extendida en el suelo."
Doña Adriana apoyó la suela de su zapato justo sobre las uñas
de la mano que Sara tenía apoyada en el suelo y poniéndose en pie comenzó a
pisársela.
"Ahora me limpiarás los zapatos con la lengua... empieza a
lamer, perezosa... ya te enseñaré yo."
Sara sintió un horrible dolor en los dedos, en las uñas. El
peso de la señora era considerable, era una mujer de estatura media y de formas
contundentes, una maciza vamos. Las lágrimas de dolor se agolparon a sus ojos y
se le nubló la vista. Tuvo que parpadear para zafarse de ellas y poder ver. Y
vio el zapato que la atormentaba. Sacó la lengua y comenzó a lamer la carísima
piel que tantas veces había tenido que lustrar. Esa mañana se había olvidado de
limpiarlos y ahora tenía que sufrir el dolor en su mano, en sus dedos, en las
uñas. El pie de la señora pisaba con fuerza, tanta que casi podía ver el
movimiento de sus dedos bajo la piel del zapato.
Cuando la señora retiró su pie las uñas de Sara estaban
amoratadas. El dolor se hizo más vivo cuando la sangre volvió a fluir hacia las
puntas de sus dedos.
"La otra mano, ponla en el suelo, que te falta el otro
zapato."
Sara terminó de limpiar los zapatos de la señora con le
lengua y al finalizar tenía los dedos prácticamente inservibles. El dolor en sus
uñas era intenso. Lloró en silencio cuando la señora la dejó un rato para ir a
hablar con Mavi.
Vaya mañanita. Primero la señorita, sus bragas, sin comer y
ahora la señora, sus zapatos, las uñas pulverizadas, y el día solo había
comenzado.
Sara era una muchachita de 14 años, una de las miles de niñas
pobres del interior del país que el estado recluía en horribles correccionales,
donde se suponía que se les daba una educación cristiana y aprendían un oficio.
Los correccionales de menores eran lugares horribles donde los más débiles
sucumbían a la ley del más fuerte. Por un precio determinado, las familias
pudientes podían rescatar a uno de esos niños que venían obligados en régimen de
criadazgo a cambio de casa, comida y educación.
Las niñas más débiles eran muy buscadas como criaditas y la
buena de Sara hacía ya unos pocos meses que había sido "comprada" por la señora.
A pesar del maltrato que recibía en esa casa, la sola mención de devolverla al
correccional provocaba en Sara un pánico visceral. Allí había pasado tres
horribles años, sufriendo humillaciones y torturas constantemente de manos de
unas carceleras sucias que no tenían el más mínimo atractivo sexual y que eran
unas sádicas viciosas.
La directora del correccional solía llevársela a sus
aposentos para que la asistiera como criada personal y siempre encontraba un
pretexto, una mota de polvo en sus botas, una arruga en uno de sus trajes, un
almohadón mal alineado para castigarla con suma crueldad. Solía golpearla con un
tubo de goma que tenía en el interior cable trenzado hasta que la hacía sangrar.
Luego se le orinaba encima.
Sara se preguntaba en que había cambiado su vida, pues en su
nuevo hogar también era maltratada y humillada, pero había una cosa que marcaba
una diferencia enorme, comenzaba a sentirse atraída por sus nuevas
maltratadoras, aunque lo mantuviese escondido en el fondo de su alma.
A las cuatro de la tarde regresó Blanca de la escuela. Blanca
tenía la misma edad que Sara y se sentía muy feliz de tener una criadita en
casa. Todas las familias de bien tenían una o más de esas niñas.
Cuando oyó que llamaban a la puerta, Sara corrió a abrir.
"Buenas tardes, señorita Blanca – dijo Sara que se hizo a un
lado."
Blanca no correspondió el saludo de la criada. Dejó caer los
libros al suelo y siguió andando. Luego dejó caer la rebeca también al suelo, le
encantaba que Sara tuviera que ir recogiendo sus cosas del suelo. Sara se iba
agachando y recogiendo cuanto la señorita tiraba y así la siguió hasta que ésta
entró en la cocina.
"Ha comido algo Sara? – le preguntó a Mavi."
"Oh, no... no señorita Blanca, tal y como usted ordenó. La
pequeña Sara está en ayunas, señorita."
"Bien, prepárame un refrigerio, coca cola y patatas fritas, y
que Sara me lo sirva en el salón."
"Sí señorita Blanca."
Mavi no era una criada del correccional como Sara, pero era
negra. Las negras necesitaban excelentes informes para poder trabajar y si la
despedían tendría graves problemas, por lo que era una presa fácil. No es que
recibiera un trato como el que podía recibir Sara, pero sí era tratada con
arrogancia y altivez a lo que ella correspondía con fidelidad, entrega y
sumisión. Tenía una tarde libre al mes que no hacía porque desde el primer día
la señora no le dio opción.
"Necesito que trabajes todos los días del año. No puedo
permitirme que hagas fiestas. Supongo que no te importará renunciar a tu tarde
libre mensual? – le planteó doña Adriana el primer día."
"Bueno... esto... yo..."
"Lo tomaré por un sí – resolvió doña Adriana sin darle la
menor opción."
Mavi no intentó contradecir a la señora y desde que comenzó a
trabajar para ella, de eso hacía ya diez años, no había tenido ni un solo día
libre. En el fondo ya no le importaba, sobre todo después de que la pequeña Sara
aterrizara en la casa. La criadita le daba pena, cierto, pero por comparación la
hacía sentirse superior, su presencia la ayudaba a mantener un status superior,
que en el caso de Sara era similar a la esclavitud.
Sara recogió las cosas de la señorita y regresó a la cocina
en busca de la bandeja de la merienda y se la llevó al salón. Blanca estaba
arrellanada en el sofá, viendo la tele.
"Puede saberse porqué no me has traído las zapatillas?
Acércate... y arrodíllate – le ordenó."
Sara se arrodilló, con la bandeja en las manos. Se había
olvidado de ir antes a por las zapatillas de la señorita. ¡Joder, qué fallo! –
pensó Sara maldiciéndose por su mala memoria. Vaya día llevaba la pobre, iba de
olvido en olvido y cada uno de ellos le había costado un montón de sufrimiento,
dolor, humillación y lágrimas.
¡AAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYY! – gritó Sarita cuando la señorita
la haló de una de las coletas y se la tironeó con saña.
"Dame la bandeja y tira para buscar mis zapatillas, estúpida
– le dijo tras soltarle la coleta."
Sara se fue llorando hacia la alcoba de la señorita y regresó
con sus zapatillas entre las manos. Volvió a arrodillarse ante Blanca, que la
miró con una sonrisa en los labios, le encantaba hacerla llorar. Blanca le
arrojó una patata al suelo, que fue a caer entre sus pies.
"Cómetela – le ordenó."
Cuando Sara iba a coger la patata Blanca le puso el pie
encima, sin pisarla. Sara miró a la señorita un instante y luego bajó la mirada
de nuevo a sus pies. Se oyó el crujido característico de una patata al ser
pisada. El salón negro de tacón bajo la trituró hasta casi pulverizarla. Blanca
retiró el pie y en el suelo había quedado un sinfín de pequeños trocitos de
patata machacados.
"He dicho que te la comas – volvió a ordenar Blanca."
Sara sabía que no le quedaba más remedio que lamer el suelo.
Se inclinó lo suficiente y sacando la lengua recogió la patata hecha añicos.
Aquella acción le recordó el correccional. Había una
carcelera que la hacía comer en el suelo, a sus pies e invariablemente le daba
una patada a su plato esparciéndose la apestosa comida por el suelo, entonces la
hacía que lo recogiese todo con la lengua.
"Mira en la suela, seguro que quedan restos – le dijo al
tiempo que estiraba la pierna y apoyando el tacón en el suelo le mostraba la
suela de su zapato."
Sara volvió a sacar la lengua y esta vez la pasó por la suela
del zapato de la señorita hasta dejarla limpia de restos de patata.
"Sácame los zapatos y acaríciame los pies, los tengo muy
cansados – le ordenó."
Le descalzó los escarpines a su señorita y ésta le puso los
pies sobre el regazo.
Sara notó enseguida un ligero olor a pies. Con las dos manos
comenzó a acariciarle los pies y sintió la mórbida calidez de las plantas de
Blanca. Tenía los pies un poco sudados, húmedos y calientes a la vez. Blanca
levantó uno de los pies y se lo acercó a la cara. Sara se concentró en acariciar
el pie que tenía sobre su regazo. Blanca apoyó el pie que había levantado sobre
el hombro de Sara. La criadita ahora sí sentía con fuerza el olor del pie que
tenía junto a su cara. Blanca lo movía hacia uno y otro lado hasta que le apoyó
los dedos en la mejilla.
Sara se ruborizó. Blanca jugaba con sus deditos y con las
uñas le rascaba la mejilla. Blanca desplazó ligeramente el pie hasta que la
planta se apoyó sobre el mentón de Sara y las yemas de los dedos sobre sus
labios. La señorita se acabó la coca cola y soltó un breve eructo.
"Bésalos – le dijo Blanca que tamborileó ligeramente los
dedos sobre los labios de Sara."
La criadita movió los labios varias veces, tímidamente.
"Acaríciame los dedos con la lengua."
Sara sacó la lengua y la pasó entre los dedos de la señorita.
Estaban tibios, eran carnosos y olían fuertemente.
A Blanca le encantaba humillar a su criada. Luego bajó el pie
que tenía en la cara de Sara y lo puso sobre su regazo, para que le diera masaje
con las manos y el otro pie lo subió de nuevo hasta su rostro. Le puso toda la
planta sobre la cara. Sara sintió de nuevo el fuerte olor del pie que aplastaba
ligeramente su nariz. Sin que se lo tuvieran que ordenar comenzó a besar la
planta a la vez que sacando la lengua le iba prodigando suaves lamidas.
"Te gusta como huelen mis pies, Sarita?"
Sara asintió. No le gustaba, pero temía que si lo confesaba
la señorita se enfadara con ella.
"Eres una sucia... mira que disfrutar con el olor de mis
pies... eres como una perra – la humilló –. Ponte a cuatro patas y conviértete
en un escabel – le ordenó."
Sara se puso a cuatro patas, se sentó sobre sus talones e
inclinó todo su cuerpo hasta que pareció un ovillo. Las zapatillas de Blanca
habían quedado junto a su rostro. La señorita le acercó con el pie sus
escarpines, dejándolos junto con las zapatillas. Luego estiró las piernas y
apoyó los pies sobre la espalda arqueada de Sara.
"Limpia bien los zapatos y las zapatillas, voy a ver un rato
la tele y a descansar – le ordenó."
Sara se pasó la siguiente hora en aquella incomoda posición,
con los pies de la señorita sobre su espalda y limpiándole con la lengua los
escarpines y las zapatillas que tenía en el suelo frente a su cara.
De las zapatillas había poco que limpiar. Se trataba de una
especie de sandalia destalonada, de pequeño tacón que solo tenía un par de
tirillas de cuero al final justo para sujetarse al pie.
"Límpiame bien las plantillas de la suela de las zapatillas –
le dijo Blanca que se había percatado que la criada había ido muy rápido en
limpiárselas –. Sobre todo allí donde se apoyan los dedos – le aclaró."
"Sí señorita."
En las plantillas de las sandalias se encontraban
perfectamente bosquejadas las huellas de los dedos que el roce y el uso habían
dibujado de manera indeleble. Sara pasó su lengua por esas señales que por el
uso continuado habían llegado a presentar un ligero relieve que podía detectarse
al tacto y que la lengua de Sara notó perfectamente.
Cuando consideró que sus zapatos y sus zapatillas estaban en
perfecto estado de revista, Blanca liberó de sus pies la espalda de Sara. La
mandó que la calzara las zapatillas y decidió inspeccionar su habitación.
"Vamos a ver si lo has hecho todo como es debido – dijo
Blanca mientras Sara acababa de calzarle las zapatillas – sigue a cuatro patas,
como un perrito – añadió Blanca."
En la habitación Blanca comprobó hasta el más nimio de los
detalles, que la almohada no presentara ninguna deformación, que las sábanas
estuvieran alineadas perfectamente, revisó su mesilla de noche, los vestidos de
su armario, sus muñecas... todo estaba perfecto, según sus propias
instrucciones. Abrió el zapatero y, oh sorpresa... una de sus botas de montar
estaba ligeramente desalineada con su par.
"Mira esta bota, burra, más que burra... cómo te tengo dicho
que tiene que estar mi calzado... di, cómo te tengo ordenado? – le gritó al
tiempo que le halaba de una de las coletas con tanta fuerza que casi levantó a
la criadita del suelo."
Sara rompió a llorar. El dolor era muy intenso. Incluso le
había hecho sangrar un poquito en la zona del cuero cabelludo.
"Dame la fusta, venga, enseguida."
Sara gimoteaba. Se fue a por la fusta que colgaba dentro del
mismo zapatero, junto a las botas que iban a causarle más sufrimiento.
"Cómo tienen que estar mis zapatos? – volvió a preguntar
Blanca blandiendo la temible fusta de equitación de manera amenazante."
"Perfectamente alineados, señorita – lloriqueó Sarita."
"Y cómo están mis botas? Eh? Cómo están mis botas?"
"No están perfectamente alineadas, señorita."
¡ZZZZZZIIIIIIIIIIIIIIIIIIIPPPPPPPPPPPPP -
SWWWWWWWAAAAACHHHHHH!
El silbido de la fusta al cortar el aire y el sonido sordo al
golpear el rostro de Sara. La niña lanzó un doloroso gemido tras el brutal
impacto.
"Perdóneme señorita, perdóneme..."
"Perdóneme, perdóneme... te pasas el día pidiendo que te
perdone... pero es que no te das cuenta de que eres torpe y necia? Que no
mereces otra cosa que castigos? Pero ya te enseñaré, ya... pon las manos en el
suelo, rápido – ordenó Blanca."
A Sara se le hizo un nudo en el estómago. Otra vez no. Por la
mañana la señora le había pisado las uñas de las manos y aún sentía dolor cuando
cogía algo. La señorita también iba a castigarla de la misma manera. Rompió a
llorar amargamente.
"Las uñas no señorita, se lo ruego... las uñas no... por
piedad... las uñas no – Blanca apenas podía entender las súplicas de Sara debido
al llanto profundo que se había adueñado de la chiquilla."
"Al suelo las manos, ponlas en el suelo, bien abiertas – se
reafirmó Blanca que experimentaba un placer especial viendo la angustia
apoderarse de su criadita."
Le gustaba castigarla y humillarla, pero lo que más la
excitaba era verla llorar a sus pies, suplicándole perdón, suplicándole que no
le hiciera daño. Y eso es lo que iba a hacerle, daño.
Sarita se arrojó a los pies de la señorita Blanca y se puso a
besarle los dedos que tan bonitos lucían. La señorita tenía unos pies perfectos,
preciosos, sus dedos de formas regulares estaban adornados con unas uñas
bellísimas, cuidadas, redondeadas, apenas sobresalían un milímetro de los dedos
y estaban perfectamente esmaltadas con un suave barniz transparente con una
delicada coloración rosada. Sara le besó los pies y se los lamió mientras seguía
intentando ablandar el corazón de su amita.
"No me pise amita... se lo suplico, las uñas no... la señora
me las ha pisado esta mañana y me duelen mucho..."
"Cállate y deja de babearme los pies. Obedece."
Sara se puso según le ordenaban, arrodillada con las manos
apoyadas en el suelo. La señorita puso un pie sobre las uñas de la mano
izquierda, sin pisar, solo apoyando el pie. Dio unos ligeros golpecitos con la
suela hasta que volvió a apoyar la sandalia en la mano de Sara. La criada
levantó la mirada. Tenía las mejillas hundidas de tanto llanto, los ojos rojos,
la mirada desesperada. Blanca le sostuvo la mirada con una sonrisa en el momento
en que se puso de pie sobre las dos manos de Sara. Un grito de dolor arrancó de
las entrañas de Sara. Blanca tenía los dos pies sobre las uñas de las manos de
la niña y se había puesto sobre sus puntas para mejor poder aplastarlas. Las
sandalias continuaban en el suelo pero sobre ellas Blanca se sostenía apenas con
los dedos de los pies. Los talones y las plantas quedaban al descubierto y los
dedos de los pies de Blanca se estaban quedando blancos de la fuerza que hacía.
Sara gritó y gritó hasta desgañitarse.
"No querías babearme los pies? Pues hazlo ahora, bésamelos,
venga estúpida, bésame los dedos de los pies mientras te piso – ordenó exultante
Blanca."
Blanca permaneció un minuto de puntillas y después bajó los
pies hasta entrar en contacto con las zapatillas pero sin dejar de pisar las
uñas de las manos de Sara. Sara lloraba intensamente pero se postró en el suelo
para poder besar los fantásticos deditos de los pies de su ama, esos que tanto
dolor le estaban ocasionando. Los besó y los besó cien veces, sacó la lengua y
la pasó sobre sus brillantes uñas, cubrió de besos los empeines y llegó con la
lengua hasta los talones, sin dejar de besar los lados de los pies. Incluso
metió la lengua entre sus plantas y las plantillas de sus sandalias.
Cuando Blanca se sentó en el borde de su cama, aflojó
considerablemente la presión en las uñas de Sara, pero no retiró sus pies. Dejó
que la niña siguiera humillándose a sus pies. Levantó ligeramente los dedos para
que Sara pasara su lengua entre las yemas y la plantilla de las zapatillas. Jugó
a aplastarle la lengua con los dedos, atrapándosela cuando le estaba lamiendo
las huellas de las plantillas.
Finalmente Blanca levantó sus pies y liberó las manos de
Sara. La niña las retiró y se las miró. Las tenía moradas, la sangre comenzaba a
llegar a las puntas de sus dedos, tanto tiempo aplastadas y ahora el dolor se
redoblaba en su intensidad.
Blanca se recostó en la cama y abrió las piernas. Golpeó
ligeramente con su mano entre los muslos en una clara orden a su criada. Sara se
irguió sobre sus rodillas y colocó su carita extenuada por las lágrimas sobre el
espacio de la cama que quedaba entre los muslos abiertos de su patroncita, a
escasas pulgadas de su vulva. Blanca se arremangó la corta falda y mostró su
hermosa vulva desnuda y palpitante. Parecía la boca de un ogro peludo que
tuviera la cabeza ladeada. Blanca colocó su mano en la cabeza de Sara y la
atrajo hacia sí con cuidado. Sara se dejó llevar. El olor a hembra excitada le
llegó claramente a sus narices y un calor húmedo la sofocó cuando rozó los
muslos de su ama.
"Venga... si me trabajas bien el coño a lo mejor te perdono y
esta noche te dejo dormir en el suelo... tenía previsto hacer que pasaras la
noche en vela... ya sabes, para castigar tu incompetencia – le susurró."
Sara se empleó a fondo. Besó con sumo cuidado cada uno de los
pliegues de la vulva de Blanca. Los besaba y a continuación sacaba la lengua
para lanzar una delicada lamida que tenía la virtud de hacer estremecerse a
Blanca. Poco a poco fue enterrando su cara en aquella gruta del placer que por
momentos se iba lubrificando, se iba humedeciendo. Su nariz se apretó contra la
parte superior de los labios donde encontró el botoncito del placer y lo fue
aplastando con delicadeza mientras su lengua entraba y salía con decisión, como
si de una serpiente se tratara, arrastrando a su paso todos los jugos y flujos
que el organismo de su ama iba produciendo sin parar.
Blanca alcanzó varios orgasmos, uno tras otro. Gimió
voluptuosamente y se agarró a las coletas y las orejas de Sara para dirigirla
hacia aquellas partes de su vulva que más precisaban de su lengua.
Sara tenía varios desgarros allí donde nacían sus coletas y
sintió dolor al ser agarrada de ellas. Lloró en silencio, mezclando sus lágrimas
con los fluidos vaginales que le embadurnaron el rostro. Cuando Blanca se sintió
satisfecha empujó la cara de Sara hacia abajo y luego le puso los pies sobre el
vientre. Se quedó dormida durante más de media hora, tiempo en el que Sara se
dedicó a recordar que en el correccional también era obligada a satisfacer a
varias de las carceleras del modo en que lo había hecho con su actual amita.
Sara era consciente de que su vida estaba al servicio
exclusivo de las que eran sus dueñas. Que su suerte dependía exclusivamente del
capricho de éstas. La humillaban y la maltrataban constantemente, pero así y
todo daba gracias cada día de haber abandonado el correccional y lo había hecho
gracias a doña Adriana. Evidentemente la había escogido a ella porque los
informes de las carceleras decían que se trataba de una muchachita dócil y
sumisa, maleable y fácil de dominar, pero prefería ser dominada, maleada, usada,
castigada y humillada por doña Adriana y por su hija antes que por las odiosas
carceleras del correccional. Cada día la golpeaban, la usaban sexualmente, la
humillaban. La directora había llegado a cagársele en la cara porque había
dudado a la hora de limpiar las letrinas que usaban sus compañeras de
cautiverio, que eran tan guarras como las carceleras. En el fondo, y no tan en
el fondo, Sara se sentía mucho mejor con su nueva vida, con sus nuevas amas.
Cuando Blanca se despertó de su reparadora siesta se puso a
estudiar. Mandó a Sara al suelo, bajo el escritorio, para que le besara los
pies.
"Me ayuda mucho a concentrarme si mientras estudio me vas
besando los pies, Sara. Si apruebo seguro que será gracias a ti. Sigue
lamiéndome entre los dedos... uhmmm... sí... sigue... sigue..."
Tras la hora de estudio de la señorita, que Sara se pasó
besándole los pies, llegó la señora. Doña Adriana la llamó para que la ayudara a
cambiarse de ropa y para que le diera un relajante masaje en los pies antes de
ponerle las zapatillas.
Los pies de doña Adriana también eran perfectos, algo más
gruesos que los de su hija Blanca, pero armoniosos, blancos, bien cuidados, con
las uñas más largas de lo que las llevaba la señorita Blanca pero perfectamente
cuidadas y el esmalte que lucía era de un rojo brillante que la subyugaba cuando
seguía su movimiento con la mirada.
Mavi avisó a la señora de que la cena estaría lista en un
cuarto de hora. Doña Adriana mandó a Sara que la calzara.
"Ven... vamos al aseo... tengo ganas de cagar, hoy he tenido
una comida importante y estoy a punto de reventar – le explicó a Sara mientras
le calzaba las sandalias de estar por casa."
Una vez en el aseo doña Adriana ordenó a Sara que se colocara
detrás de ella.
"Arrodíllate detrás de mí y pon las manos juntas, formando un
cuenco – le ordenó."
La señora se acuclilló lo justo para que su culo quedara
justo encima de las manos de Sara. Se agarró a la tapa del inodoro para hacer
fuerza y soltó un pedo tremendo, tanto que la ventosidad golpeó el rostro de
Sara, quien se llenó del nauseabundo olor con absoluta resignación. Momentos
después se pudo oír claramente el sordo ruido de las tripas de la señora en
movimiento. Sara vio la roseta del ano dilatarse y emerger la punta de un enorme
cagarro. El zurullo se fue abriendo paso lentamente ante la horrorizada mirada
de Sara.
"No muevas las manos de sitio. Si cae aunque solo sea una
migaja al suelo te corto una oreja – la amenazó la señora."
Segundos después el enorme cilindro de heces entraba en
contacto con el cuenco que formaban las manos de Sara. La muchacha reprimió una
arcada cuando notó las fétidas heces enrollándose lentamente en sus manos. El
zurullo, descomunal, acabó de salir por entero del ano de la señora y acabó
totalmente enrollado en las manos de Sara, humeante y apestoso.
Doña Adriana se levantó un poco y separándose las nalgas con
las manos acercó el ano a la cara de Sara.
"Límpiame con la lengua – le ordenó."
Sara se sintió desmayar. Pero sabía que no podía hacer otra
cosa que complacer a su ama. Con las manos todavía aguantando el humeante
zurullo acercó la cara al estriado agujero del culo de la señora y sacando la
lengua se lo limpió. Reprimió de nuevo una arcada que a punto estuvo de
triunfar.
"Buena chica... buena chica... – dijo la señora tras
incorporarse y acariciar la cabecita de Sara que seguía de rodillas con el
inmundo tesoro de su ama entre las manos."
Doña Adriana salió del baño y antes de cerrar la puerta tras
de sí le dijo:
"Esta es tu cena de hoy. Buen provecho y después lávate
bien... no me gustaría tener que castigarte por marrana."
Sara se quedó allí, mirando su cena. Una lágrima, otra más,
volvió a escurrírsele mejilla abajo. Cualquier cosa antes que volver al
correcional.