Sam estaba particularmente inquieta ese día… La noche
anterior, calurosa y pesada, la había dejado exhausta. Había dormido mal y, como
consecuencia, no estaba de muy buen humor.
Durante la jornada laboral – desde hace cinco años trabajaba
en el despacho de un conocido abogado- las tareas del día le habían resultado
especialmente insoportables.
Además, quien sabe si por la temperatura, por la humedad o
por la propia necesidad de evadirse, su mente vagaba hacia terrenos escabrosos.
En una palabra, estaba un tantito excitada…
Lo cierto es que hacía casi cuatro meses que no probaba
bocado… desde que rompió con aquel novio –Germán se llamaba- que tan buenas
noches de placer le había proporcionado y que, como contrapartida, tantas
mañanas de soledad y frio le había regalado. No le echaba de menos. No era eso.
Sólo añoraba su cuerpo, sus caricias… y esa sensación de sentirse acompañada tan
reconfortante… esa sensación de ser, aunque sea en una mínima parte, de alguien.
Sumida en sus pensamientos, dejó vagar la mirada por el
despacho. La luz entraba a raudales por los amplios ventanales. Todo era
conocido… Mejor dicho…¡muy conocido…! Allí estaba Pedro ensimismado en su
pantalla; Sarita –regordeta y campechana- como siempre chupando el lápiz para no
fumar; Chelo, con su melena lanzando destellos de color rojizo…
Sam centró su mirada, distraída, sobre esta última.
Ciertamente estaba guapa esa mañana. Había perdido algo de peso, aunque no le
sobraba mucho con anterioridad. Ultimamente lucía unos modelitos escandalosos.
Trajecillos en colores imposibles, con minifaldas de vértigo. La idea de Don
Ramón, el jefe, de colocar en el amplio despacho mesas transparentes, de algo
similar al cristal, había sido un acierto estético, pero era algo incómodo.
Digamos que las mesas eran un poco… improcedentes… si las secretarias iban con
faldas cortas. Por mucho que te concentraras en no separar las piernas, por
mucho que te centraras en que la falda no se subiera… tarde o temprano se
subían… y no había nada para tapar el espectáculo.
Chelo ocupaba la mesa de enfrente. Sam observó su melena –un
color precioso-; su rostro –bronceado y hermoso-; su pecho –sugerente tras la
tenue telilla de su camisa blanca… y, por debajo de la línea de cristal de su
escritorio, sus piernas. Largas y esbeltísimas. Con unos tobillos finos y
bonitos, unas pantorrillas muy sexys… y con unos muslos… Y allí comenzó todo.
Una experiencia que cambiaría su vida.
Sam se ruborizó. Su compañera hablaba por teléfono… y poco a
poco, los muslos se separaban… dejando ver, allá al fondo, el blanco confín de
su ropa interior.
Sam quiso mirar hacia otro lado. Intentó centrar la mirada en
su pantalla… "Caso tal… expediente cual…" Sus ojos volvieron a buscar la
entrepierna de su vecina… ¿Qué llevaba puesto? No era un tanga. Tampoco una
braguita al uso. Era blanca… de aspecto suave… ¿De seda? En ese momento, el
bolígrafo que Chelo manejaba en su mano izquierda bajó hacia el muslo.
Sobresaltada, Sam miró directamente a los ojos a su compañera. ¿Se había dado
cuenta? Parecía que no. Seguía hablando por teléfono y sus ojos verdes estaban
concentrados en su ordenador. El bolígrafo rascaba la suave piel del muslo
izquierdo, levantando un poquito más la faldita. En ese momento, se reclinó
sobre los cajones de su mesa para, seguramente, tomar algún documento. Al
hacerlo, abrió todavía más las piernas y Sam pudo conocer el secreto que la
inquietaba. Chelo llevaba una especie de pantaloncito, de seda, de esos muy
amplios en los muslos.
El movimiento provocó que, a los ojos de Sam, se hiciera un
pequeño milagro. Y es que vió algo más… Mucho más. Vió con claridad la ingle
izquierda, perfectamente depilada y el comienzo de unos labios carnosos,
insinuantes. Fue sólo un instante… pero una corriente eléctrica recorrió la
espalda de Sam. Quedó impresionada. No lo podía quitar de su cabeza. ¡Y con lo
excitable que estaba esa mañana! De hecho, sintió unas cosquillitas agradables
en su columna vertebral, en la base de sus riñones y, justo, en el centro de su
sexo.
Tenía que hacer algo. Estaba muy sofocada. Se levantó y, con
paso rápido y sin mirar atrás, se dirigió hacia el servicio. Se encerró en el
correspondiente a las chicas y se miró al espejo.
Sam no estaba nada mal. Gustaba a los hombres. Y los hombres
le gustaban a ella. De hecho le gustaba el sexo. Era habitual que, en sus noches
de soledad, se acariciara hasta obtener cálidos orgasmos. Abrió el grifo y se
mojó las manos. Sin dejar de observarse. Era cuestión de reconocerlo. Estaba
húmeda, excitada y sensible. Miró los muslos reflejados en el cristal, en el
límite de su falda azul de Chanel. Casi en un sueño, se secó las manos, dejó la
toalla en su lugar y, apenas con las yemas de sus dedos, se tocó los pechos por
encima de la ropa. Se estremeció. Notaba los pezones durísimos, a punto de
explotar. Se abrió, lentamente, los botones de la camisa. Descubrió su sujetador
semitransparente. Allí estan sus pezones. Los veía claramente, pugnando por
salir. Los apretó levemente. Otro escalofrío. La decisión estaba tomada. Con
manos ávidas, se subió la falda y apretó con la palma de su mano su vulva
expectante. Estaba muy caliente. Caliente y mojada. No quería esperar más. Con
la izquierda se apartó la prenda y con la derecha comenzó una masturbación
rápida y precisa. Al tocarse, se sorprendió de lo húmeda que estaba. Sus dedos
resbalaron sin obstáculo entre sus labios mayores y encontraron un clítoris
rojizo y cariñoso. Abrió la boca mientras la caricia se hacía cada vez más
rápida, más feroz. En su mente, la ingle de Chelo, el pecho de Chelo, la vagina
de Chelo… Le estorbaba su ropa interior y de un par de tirones, la sacó
arrojándola al suelo. Apoyó la pierne en el bidet e introdujo un dedo… No tuvo
tiempo de nada más. Mientras su cuerpo era sacudido por un orgasmo enorme,
intenso, convulsivo, Sam abrió los ojos, y se vió en el espejo. Con las piernas
abiertas, brillante su mano, su pecho oscilante, la camisa desabotonada…y el
silencio contenido. Hubiera querido gritar, pero no era posible. Jadeante, se
sentó en el inodoro. Con los ojos cerrados saboreaba el placer. Tenía la boca
seca y mucho calor. Cuando recuperó el pulso, se acercó al lavabo, se lavó las
manos y refrescó su rostro. Ahora se sentía culpable. ¡Increible! ¡Se había
comportado como una niña, masturbándose en el baño cerrado!
Sam movió la cabeza y buscó sus braguitas. Allí estaban,
justo dentro del cubo. ¡Qué puntería! Se agachó y, con dos deditos, las sacó de
allí. Estaban sucias, manchadas de vete a saber qué cosa… Estaba claro que no se
las podía poner de nuevo y, claro está, no llevaba otras de repuesto. Pensó con
rapidez. ¿Salir a comprar otras…? Era casi la hora de salir, no merecía la pena
y, además, tendría que dar explicaciones. Lo mejor era tener cuidado y no
despegar los muslos.
Además, la furtiva caricia en el retrete la había "calentado"
más si cabe y le apetecía sentirse sin ropa interior. Iba a ser una bonita
experiencia, especialmente porque nadie lo sabría excepto ella.
Arreglando su ropa y el pelo, salió del servicio y se
encaminó a su mesa.
Miró su reloj. Quedaba una hora. Allí estaba Chelo, sonrió:
¡si ella supiera lo que había hecho pensando en su cuerpo…! Sam estaba como ida,
fuera de si. Ciertamente –luego lo pensó muchas veces- lo que hizo a
continuación fue una verdadera locura. Seguía cachonda y excitada. Quería más.
Sentía su corazón galopando en el pecho cuando, poco a poco, abrió las piernas.
No mucho de momento. Fijó la mirada en su pantalla. Abrió las piernas un poco
más, y otro poco. Sentía su sexo desnudo, húmedo, levemente entreabierto.
¿Estaría mirando Chelo? Así lo deseaba. Alzó los ojos y miró hacia su compañera.
Allá estaba, tranquila, tecleando. No se había dado cuenta de nada. Sam suspiró
aliviada. ¡Qué locura!¡Vaya estupidez había hecho! ¡Menos mal que nadie lo había
observado!
A la hora de salir, Sam recogió sus pertenencias y tomó el
camino del ascensor.
- ¡Qué calor hace! - Sam dio un respingo y fue entonces
cuando advirtió que Chelo estaba a su izquierda. Le sonreía.
- Pues sí. Es insoportable. Creo que lloverá.
Seguramente. ¡Tengo sed! ¿Te apetece un refresco? Te invito
al bar de la esquina.
Pues, no se, tengo algo de prisa y voy sin auto…
Eso no es problema. Nos refrescamos y luego te acerco a tu
casa. Serán cinco munitos. ¿De acuerdo?
Está bien.
La presencia cercana de Chelo la turbaba. Era increible pues
hacía varios años que eran compañeras y jamás había pasado nada, entre ellas,
fuera de lo estrictamente laboral. Ni tan siquiera un mal pensamiento. Pidieron
una consumición y se sentaron un una mesa, en un rincón. Se estaba bien allí. El
aire acondicionado era una bendición.
¿Te puedo hacer una pregunta… un poco personal, Sam?
Claro – sonreí. No sabía la razón pero Sam la veía venir…-
pregunta lo que quieras.
¿Qué te ha pasado hoy?
¿A qué te refieres? – miraba su Coca-Cola, con miedo a que
viera la ansiedad en sus ojos.
Hoy ibas sin ropa interior.
Sintió que el corazón se paraba. ¡Le había visto! ¡Qué
vergüenza! ¡Qué pensaría de ella!. Buscó una excusa convincente.
Se me han manchado y no llevaba otras de repuesto…
¿Tienes el periodo…?
No, es un poco complicado de explicar… - sonrió de nuevo.
Sus nervios le hacían sudar.
Explícamelo…
Su mirada la taladraba. La invitaba a hablar.
Lo siento, pero no puedo.
Tan malo no será ¿no?
No, ciertamente estuvo bien. – Se calló de repente. ¡Había
hablado demasiado!.
Estoy segura de eso…
Su mano acarició la suya sobre la mesa. No dejaba de mirarla
al fondo de los ojos. Sam no sabía donde meterse. Seguía sudando.
Tienes un cuerpo precioso. Te lo habrán dicho muchas veces,
Sam…
¡Caray! No sé. El tuyo tambien es muy bonito.
¿Tú crees? Me gustó mucho lo que ví… Fue maravilloso. Me
gustaría pedirte… un favor –dudaba al hablar pero no apartaba sus pupilas - y
me gustaría que no me malinterpretaras… ¿Sería posible volver a ver tu sexo?
¡Dios mio!. No se lo esperaba. Sam esperaba una reconvención,
un reproche, una burla, pero no una solicitud así. Sintió otro escalofrío.
¿Que te lo enseñe…? ¿Qué dices?
Eso es. Sólo un poquito. No es nada malo.
Pero nos van a ver. Esto está lleno de gente. Además, me da
vergüenza…
Nadie te verá. Estás mirando hacia la pared y yo estoy
frente a ti. Bastará con que abras un poco las piernas. Nadie te verá, excepto
yo. Me hace mucha ilusión… ¡Por favor, Samanta! Hace mucho tiempo que nos
conocemos.
Lo pensó un momento. Bebió un sorbo de refresco. Allí estaba.
Frente a ella. No tenía salida, agradablemente atrapada… El corazón no latía…
galopaba. Lentamente, como en un sueño, se apartó de la mesa, retirando la silla
unos centímetros. Chelo ya no le miraba a los ojos… miraba los muslos. Sus ojos,
brillantes, no se perdían detalle. Y Sam se sintió bien. Muy bien. Y comenzó a
separar los muslos. Era un momento eléctrico, de una sensualidad indescriptible.
La faldita había subido muchos centímetros y el sexo, entreabierto, miraba de
frente a Chelo.
Lo tienes muy húmedo.
Será el calor – respondió torpemente.
Es precioso, cariño.
Disimuladamente, Sam metió la mano derecha por debajo del
muslo, sobre la silla. Sus dedos llegaron a la vagina y separó levemente los
labios. Miraba a Chelo mientras ésta devoraba con sus ojos su pubis, su
clítoris, sus labios…
No se cuanto duró aquello. Segundos o minutos. ¡Qué mas da!
Es muy tierno. Me gustaría tocarlo. Olerlo. Debe tener un
perfume muy sensual.
Sam cerró bruscamente las piernas. Sacó la mano y encenció un
cigarro. El olor de su sexo impregnaba sus dedos.
¿Eres lesbiana? .- preguntó con firmeza.
Soy… omnívora…
¿Te van los hombres y las mujeres?
Naturalmente. ¿Y tú?
No… bueno, no lo se. Hasta hoy nunca me había fijado en una
mujer…
¿Te has fijado en mi?
Pues sí. No se que me pasa hoy. Estoy atontada…
¿Cuándo te has fijado?
Estaba lanzada. No era momento de tener miedo a las palabras.
Sam lo sabía.
Hoy llevas una falda muy corta.
¡Ah, –Chelo rió con franqueza- es eso…! ¿Y que has visto
que te ha gustado tanto?
Tu ropa interior. ¿Qué llevas?
¿Te refieres a esto…?
Y Chelo tambien abrió sus muslos. Allí estaba ese
pantaloncito. Sam lo miró solo un momento. Le azoraba.
¡Míralo! ¿Te gusta lo que ves?
Sam no respondió. Miraba el cenicero y el humo de su cigarro.
Contéstame. ¿Te gusta lo que ves?
Si- la voz de Sam era apenas audible.
¿Quieres que me lo quite para ti?
Chelo no esperó respuesta. Se levantó con rapidez, tomó a Sam
de la mano y la condujo hacia los servicios. Entraron juntas. La única cabina
estaba ocupada. Esperaron simulando que se arreglaban el pelo. Cuando quedaron
solas, Chelo empujó a una acalorada Sam hacia dentro de la cabina y cerró el
seguro. Se apartó todo lo que el pequeño cubículo permitía y se soltó el cierre
de la falda. La seda de su boxer hirió los ojos de Sam.
¡Quítamelo! – ordenó Chelo.
Sam obedeció. Se agachó frente a Chelo y, tirando de los
bordes inferiores de la prenda, comenzó a bajar, lento, lento, lento, el trocito
de seda. Vió el ombligo, la tripita… pero no llegaban los vellos públicos… En su
lugar, ante sus ojos asombrados apareció un sexo totalmente depilado, sin un
solo pelo. Rodeado de piel muy suave, con unos labios carnosos. La braguita cayó
sobre la falda, en los tobillos.
Chelo se dio la vuelta se flexionó y mostró a Sam una visión
perfecta de su ano, sus nalgas y la vagina. Suavemente, se separó los labios. El
clítoris era pequeño, pero estaba muy erecto. Chelo comenzó a acariciarse,
llevando, despacio, la yema de su dedo meñique arriba y abajo, atrapando
hilillos de humedad. Jadeaba levemente.
Sam no pudo resistir más y,en cuclillas, con la espalda
apoyada en la puerta y las faldas en la cintura, comenzó también a masturbarse.
Quería abrir las piernas hasta partirse por en medio. Chelo la miraba por debajo
de su brazo izquierdo, que la sujetaba a la pared. El orgasmo le llegó antes a
ésta última. Mientras Sam seguía, cada vez más abierta, frotándose con lujuría,
su compañera de juegos arqueó su espalda, apretó las nalgas y los muslos para
capturar sus dedos y, con un gemido largo y excitante se dejó ir… Apenas un
segundo después, y todavía sin recuperar, se acercó a Sam. Levantándose la
camisa y el sujetador le mostró sus pechos, coronados con un pezón pequeño,
regordete… Fue demasiado para Sam… Su orgasmo fue demoledor. Cerró los muslos y
gritó. Primero fuerte. Luego más despacito. Después se quejó suave, apenas
gemiditos. La frente sobre sus rodillas, su mano en el sexo. La luz le hacía
daño.
Cuando salieron del retrete, iban de la mano. Salieron de la
cafetería sin hablar. Hacían falta pocas palabras. Tenían mucho tiempo para
decirse cosas. Saboreaban el momento. Subieron al auto de Chelo. Abrieron las
ventanillas y , mientras la brisa les arremolinaba el cabello, se sonrieron,
cómplices y felices.
Queda mucho por contar… pero eso, queridos lectores, será
para otra ocasión.
Espero que les haya gustado esta historia. Está basada en
hechos reales, con alguna licencia. Me gustaría conocer su opinión. Si les
complace, habrá más.