Romina (antes Román, cuando era un hombre), es una especie de
"gurú" de la calle Montera en cuanto al travestismo, transformismo y
transexualidad, tres "estados", según dice, en el proceso mágico del cambio del
propio sexo. Dice a su corrillo de alumnos/as que es un proceso delicado, largo
la mayoría de las veces y sin retorno. Es una metamorfosis sexual, de la larva
masculina, tosca, zafia y grosera, a la femenina mariposa, grácil, sublime,
exquisita muestra de belleza y perfección.
Curiosamente su propia transformación no comenzó por ninguno
de esos estados, sino que fue un accidente sexual. La única novia que tuvo, una
hermosa muchacha llamada Rebeca, lo inició en el mundo de los juegos eróticos
más o menos perversos. Todo era bastante ligth: exhibicionismo, voyerismo, y
algo de sadomaso. En una ocasión Rebeca, algo bebida y bastante harta de los
halagos que Román le decía, le dijo:
- No soy tan guapa, pero sé pintarme y vestirme lo
suficientemente bien como para excitar a los chicos. -
Dicho esto le empezó a hacer una felación. Román se quedó
pensativo. Era un gran amante de la belleza, y las palabras de Rebeca le
hicieron meditar en la posibilidad de moldear su cuerpo y apariencia para
hacerlos irresistibles. Pero cuando le comentó esta idea a Rebeca, ella
contestó:
No te dejaría. Si fueras más guapo, ¿quién me asegura que
no sería otra quien te la chupara ahora, una más guapa o más rica? Además, los
chicos no contáis con armas como las de las mujeres. -
Román siguió pensando en eso unos días, y al final decidió
"disfrazarse" de mujer y ver qué aspecto tenía. Quería estar bello, pero no para
gustar a las chicas, pues Rebeca lo había advertido de no hacerlo, sino para
complacer su ego. Y una tarde compró un montón de prendas de mujer: pantalones
ajustados, falda, sandalias, blusas,... y otro montón de cosméticos femeninos.
Pero no compró lencería de ninguna clase porque, ¿para qué? Nadie lo iba a ver
desnudo. Frente al espejo se probó las diferentes prendas. Las blusas le
marcaban demasiado los pectorales y le daban un aspecto demasiado "gay", los
pantalones atormentaban su paquete y las sandalias, como eran de plataforma,
hacían trizas su sentido del equilibrio. Tendría que ponerse la falda para
evitar incomodidades erectiles. Lo hizo, pero los pelos de las piernas le daban
más aspecto de bárbaro escocés que de chica pija. Desilusionado se pintó la
cara. Cuando se miró al espejo, casi le da un soponcio. Reflejaba un payaso con
los labios sangrientos y los ojos amoratados. Definitivamente no era capaz de
travestirse él sólo. Necesitaba ayuda "profesional".
Esa misma noche fue a casa de Rebeca y le suplicó que le
echara una mano. Rebeca no se lo podía creer: su novio le estaba pidiendo que le
maquillara y vistiera. Pensó que se trataba de una broma, que en algún momento
saltaría sobre ella para darse un revolcón entre los afeites y trapitos, así que
accedió con una sonrisa. Y cuando quiso darse cuenta había depilado al quejica
de Román, piernas, pecho y brazos, lo había vestido con un vestido de fiesta de
su madre y le había maquillado toda la cara.
¿Qué tal estoy? –
Al mirarlo, Rebeca creía ver a una de sus amigas, con las que
tantas veces jugaba a los "esteticistas". Pero esta amiga tenía un rabo bien
gordo entre las piernas. No sabía por qué, pero la situación le daba cierto
morbo.
Ven, mírate en el espejo. –
Román casi lloró de alegría al verse tan bella, tan femenina.
Hizo posturitas para ver el vuelo de la tela sobre su sensibilizada piel, puso
morritos y provocó al imaginario espectador con guiños de ojos. Y lo hizo muy
bien, como una experta en la seducción, porque no se le cayó el rímel ni se le
corrió el maquillaje. El problema seguí estando en los pechos y los zapatos.
Toma, ponte esto de relleno. –
Rebeca le pasó unas pelotas de papel higiénico enrolladas que
Román puso sobre sus pectorales. Luego se descalzó y, libre de la tiranía de los
tacones, desfilo para su novia, que le silbaba y piropeaba al pasar con tanto
arte y encanto. Román, muy agradecido, le echó esa noche a Rebeca el mejor polvo
que ella recordaría, eso sí, con un chico vestido de hembra.
Pero Román quería ir más lejos, mucho más. Dedicó días
enteros a aprender a andar con los tacones y plataformas, de modo natural,
felino, insinuante. Además, se decidió a comprar lencería. No se atrevió, de lo
emocionado que estaba, a probársela en su casa, y quedó con Rebeca para que le
diera su opinión.
Te tengo una sorpresa. – le dijo.
¿Sí? ¿Qué es? –
Espera unos minutos, por favor. –
Se encerró en el cuarto de baño y allí se vistió y maquilló
sin ayuda. Rebeca pegó la oreja a la puerta, pero no logró oír la seda
deslizarse sobre las piernas de su novio. Cuando salió, estaba de nuevo
travestido.
Vaya, te ha gustado esto de vestirte de chica, ¿eh? –
¡Sí! Ahora me siento perfectaa...o, quiero decir. Pero
espera, que queda lo mejor...–
Le pidió que se sentase y disfrutase del espectáculo. Un
striptease, para ser exactos. Empezó por los botones de la blusa, uno a uno.
Luego la cremallera de la falda. La dejó caer al mismo tiempo que abría de par
en par la camisa. Ante los perplejos ojos de Rebeca Román se quedó en bragas.
Bueno, en bragas, camisón, liguero y medias, todo de seda y de un color rosa
bastante pálido. Se quedó de piedra. Pensó que Román estaba delirando y tosió
nerviosa. A todo esto Román, expectante, con una sonrisa incansable en los
labios pintados de carmín fuego, mantenía silencio.
Estás... No sé...-
Rebeca se fijó en los pechos, hundidos, falsos, y en el
miembro, excitado detrás de las braguitas. Al final no pudo aguantar más y dijo,
muy seria:
Ridículo...-
La sonrisa de Román se borró. No podía creer lo que acababa
de oír. Si hubiera tenido tiempo mientras corría a por el abrigo y se marchaba
de la casa de su novia para no volver más, se habría pellizcado para saber si
estaba soñando. Si era así, era la más terrible pesadilla que nunca hubiera
tenido. Tanto que lo mantuvo en casa, lloroso, durante todo un mes.
Salió después de este tiempo por consejo de un amigo. Éste le
recomendó ir de marcha el viernes para olvidar el mal trago de la separación de
Rebeca (de la causa, evidentemente, no se llegó a enterar nunca). Y así lo hizo,
aunque a desgana. Recorrió unos cuantos bares insulsos hasta dar con un
agradable garito con mesas y espectáculo. Pidió un martini solo y esperó. Un
escalofrío le recorrió la espalda cuando anunciaron que el espectáculo aquella
noche consistiría en una performance de Drag Queens. De sopetón invadieron la
sala uno docena o más de "reinonas" drag, todas ellas vestidas a la última, con
botas de plataformas, tops de vértigo, purpurina y pelucas teñidas. Dando agudos
gritos ese coro de bacantes provocó durante diez minutos al público, sentándose
en las rodillas de los hombres y poniéndose mimosas. La gente colaboraba con el
show, pero Román rezaba para que ninguna se fijara en él. No sabría cómo iba a
reaccionar teniendo tan cerca lo que él deseaba en el fondo ser.
¡Hola cariño! ¿Me puedo sentar? –
Temblando, Román alzó la mirada y vio a la más espectacular
Drag de las que allí estaban. Metro noventa, labios inmensos, peluca azul
eléctrico y unas interminables plataformas. Sin esperar respuesta, se sentó
encima y frotó su culo contra el pubis de Román. Seguramente notó que lo había
puesto cachondo, porque se puso realmente pesada con el pobre chico. Le
acariciaba el pelo, le susurraba cochinadas al oído y le sobaba casi todo lo que
pillaba a su alcance. Y Román sólo sonreía, incapaz de reaccionar, feliz en el
fondo.
Bueno, chato, ahora tengo que actuar. Luego te comeré lo
que ya sabes. Te lo promete Dina. –
Y se fue al escenario con las demás después de darle un
sonoro beso en la mejilla.
Sobre las plataformas vertiginosas, todas las drags
escenificaron una coreografía perfecta, morbosa, picante y no excesivamente
chabacana. Chillaban con voces afeminadas, se rozaban los pechos y simulaban (ó
no) besos de tornillo entre ellas. El colorido de toda la escena fue fantástico,
y Román quedó muy impresionado de lo que eran capaces de hacer las reinas de la
noche. En secreto, sin que nadie lo viese, se masturbó mirándolas. Deseaba ser
una más y que todo el público la mirase. Pensando en eso se corrió.
Tal y como prometió, Dina Caniche, la drag que se había
sentado en sus muslos antes de la función, volvió a su lado al terminar ésta. Y
lo primero que vio fue un diminuto charco de semen en el asiento.
Vaya, esto no estaba aquí antes, cariño. –
¡Oh! ¡Qué vergüenza! –
Dina, deteniendo con suavidad el además de Román, que se
disponía a limpiar su propia manchada, pasó los dedos por encima, recogiéndola.
Dejó que se deslizara antes de devorarlo, golosa. El chico quedó muy impactado,
pero no dijo nada. Dina paladeó la lefa como si de un vino se tratase,
comentando su calidad, su textura y, por supuesto su sabor.
No está nada mal. Y créeme, porque tengo experiencia en el
tema. –
No lo dudo. –
No pudo decir nada más, porque Dina se abalanzó encima suyo y
lo besó, pasándole su propia leche. Al principio sintió sorpresa, pero después
le gustó y consintió en que Dina le comiera los morritos.
Román le pidió una cita a Dina, que aceptó gustosa. En el bar
donde quedaron había otras drags con sus novias o novios. Dina, después de
saludarlos, se sentó junto a su admirador.
Muy bien, peque. Ya estamos los dos aquí. –
Sí. Verás, el otro día quería preguntarte una osa, pero...
–
¡Vaya! Qué guapo has venido hoy. El otro día, en el
espectáculo, me pareciste más bien mustio y gris. –
Lo creas ó no lo que tengo que decirte está en relación con
mi aspecto. –
¿Ah sí? Tú dirás, nene. –
Quiero estar tan hermoso como tú. –
¿Estás de broma? ¿Me estás diciendo que quieres ser una
drag?
No es eso. Pero me he travestido en otras ocasiones y me
siento más bello, más atractivo..-
Y quieres que yo te enseñe los secretos de este mundillo,
¿no? –
Sí, exacto. –
Dina examinó a su extraña pareja un momento. Le vino a la
memoria el grato recuerdo del primer día que se disfrazó de chica. Román le
pedía que le ayudase en lo mismo que había cambiado su vida de forma definitiva.
¿Y había sido Dina feliz desde entonces? Sí, lo había sido. No iba, por tanto, a
arruinarle la ida al chaval el que le transformase.
Está bien, acepto. –
De la emoción y la alegría, Román saltó sobre ella y la
cubrió de besos.
Fueron largos los días que emplearon en educar los modales,
el tono de la voz, la apariencia y hasta el más mínimo detalle de Román, todo
encaminado a convertirlo en una perfecta damisela travesti. Se pasaban las
tardes probándose ropa en centros comerciales y sexshops especializadas en ropa
para la práctica del transformismo. Pero todos los esfuerzos y sacrificios
dieron su fruto el día en que Román, completamente travestido y maquillado, fue
abordado por un muchacho en un bar de copas. Loco de contento volvió a casa.
Dina lo estaba esperando.
¡Me han pedido salir hoy! ¡Lo he logrado! –
Muy bien, Romina, estoy muy satisfecha de ti. Has sido una
alumna maravillosa. –
¿Romina? –
Sí, será tu nombre de guerra. Te acabo de bautizar con él.
–
Romina estaba radiante: todos sus sueños se estaban
cumpliendo. Comenzó a llorar.
Oye, cariño, ¿por qué lloras? –
De felicidad, ¡snifff! –
No seas tonta. Esto sólo acaba de empezar. Te falta por
vivir lo mejor. –
Se abrazaron como buenas amigas. Y el abrazo se convirtió en
beso. Y el beso dio paso a que se empezaran a sobar. Romina preguntó, entre
jadeos:
¡MMmmmm! Dime... ¿soy hermosa ahora? –
Hermosa es poco... Eres perfecta. –
Pues entonces, hazme sentir la mujer más feliz de la
tierra. –
Dina comenzó a bajar, abriéndose paso a través de las
provocativas ropas de Romina. Le desabrochó el liguero y le retiró las bragas.
De inmediato surgió la más tremenda polla que nunca se viese en el mundo. Y sin
poder dar crédito a lo que veía, Dina exclamó:
¡Oh, que encantos ocultan tu perfección! –
Se la besó, primero la punta, luego todo el glande. Romina
suspiraba con cada lametón. Pronto se correría.
¿Probarás otra vez mi esencia? –
¡Sí! ¡Dámela! –
Y la boca se le llenó de semen.
Muy bien, amiga. Ahora yo te daré lo que te mereces. –
Trátame como a una puerca en celo. –
Tranquila, que te vas a sentir toda una mujer. –
Le hizo ponerse a cuatro patas y se colocó detrás. Levantó la
minifalda de Romina y le puso su erecto pene en la boca del pozo negro.
Toma, querida. Os llenaré por detrás. –
Dolió, pero sólo cuando se la metió. Una vez dentro le
parecía estar en la gloria. Pidió sentirla más adentro, que le penetrase hasta
el límite. Dina no se hizo de rogar y le metió el pene hasta que sus testículos
tocaron las nalgas depiladas de Romina. El sudor y algo de liquido seminal
escurrían por los muslos sedosos hasta las medias de rejilla. Dina frotaba sus
piernas contra las de Romina mientras con las manos sostenía las copas del
sostén.
¿Disfrutas? –
Romina no pudo contestar. Sólo conseguía apartar de vez en
cuando la larga peluca morena de sus ojos pintados. Y tenía que sujetarse al
cabecero de la cama para evitar que las embestidas de Dina la derribasen de la
cama. Los guantes de satén azul se le caían por los codos con el vaivén. Pero
¿quién piensa en los guantes cuando le están sodomizando? Cuando Dina se corrió
en su ano, las dos cayeron sobre el colchón, agotadas.
Gracias, Dina. Me has hecho la chica más dichosa. –