Desde que con trece años tuve mi primera erección viendo un
comic de segunda mano, en el que la protagonista de una de aquellas truculentas
historias era una investigadora transexual; quien, entre caso y caso, se follaba
a todo tío macizo con el que se tropezaba; me han atraído morbosamente los
hombres vestidos de mujeres. En la soledad adolescente de mi cama, aferrado a mi
falo para no perder el rumbo, fantaseaba sobre los mil ocultos placeres que me
serían revelados el día que consiguiera encontrarme con alguno de aquellos
fenómenos de la naturaleza.
No obstante, siendo consciente de lo extravagante de mis
preferencias sexuales, guardé celosamente mi secreto. No podía compartirlas con
mis amigos y durante la adolescencia era muy difícil poder encontrar un objetivo
acorde con ellas. Los años, afortunadamente para mí, fueron pasando mientras yo
mataba el tiempo sacándole brillo a mi enano cabezón, tema en el que, si hubiese
habido reconocimiento oficial, habría sido doctor Honoris Causa por varias
universidades de ambos lados del océano.
Para satisfacer mi curiosidad, después de cumplir los
dieciséis, cuando se ponía el sol cogía mi MRX, bajaba de Sant Just y me
acercaba petardeando al campo del Barça, me escondía donde Dios me daba a
entender y, si tenía suerte, espiaba agazapado como follaban los travestidos o
como se la meneaban a una peña de gordos sebosos, para a continuación hacerme
una pajilla rápida y regresar a casa. Si no tenía suerte, lo más probable era
que acabase corriendo perseguido con patente hostilidad hacia mi persona por
algún chulo rumano malcarado o algún cliente agresivo que no comprendía mis
inclinaciones. Pero, si tenía verdadera mala suerte, delante de quien acababa
corriendo era la Guardia Urbana, lo que me acojonaba bastante más, no solo por
las hostias que me iban a propinar sino por las explicaciones que hubiera tenido
que dar.
Sin embargo, todo esto terminó cuando hace un par de años, al
terminar el primer curso en la universidad, mi familia, como premio, me regaló
quinientos euros para hacerle unos arreglillos a la moto, pero yo,
inmediatamente, supe que otro fin les daría. Esa misma noche, me armé de valor,
y en mi moto me fui a la Campo del Barça. Había decidido que aquella sería la
noche de mi bautizo.
Estuve un rato dando vueltas por ahí para tranquilizarme,
hacía calor y era muy agradable sentir correr el aire sobre la MRX. La avenida
era un río de luces de coches, frente a mí descendiendo las luces traseras
brillaban con un rojo intenso, en la dirección contraria, ascendiendo, de un
blanco cegador. A los lados se alineaban las travestís, pero era difícil
adivinarlas a través de la muralla de coches estacionados que intentaban hablar
con ellas.
De pronto, vi a una morenaza que estaba muy buena. Era una
negra alta; lucía una cabellera larga, color azabache, que lanzaba destellos
azulados bajo la fría luz de los fluorescentes urbanos; tenía unos pechos
enormes y un culo prieto, rotundo, curvilíneo, delicioso y excitante. Me detuve,
las manos me sudaban bajo los cubremanetas de plástico, me quité el casco y me
puse a hablar con ella intentando ocultar mi nerviosismo.
— ¿Cómo te llamas? —le pregunté, sin saber muy bien
como empezar.
— Carla… —me respondió, al tiempo que me miraba
sorprendida
— …Esto …bueno …¿De dónde eres? —insistí, todavía
planeando como encarar el tema de la contratación.
— Del Brasil… ¿Y tú? —volvió a responder con una
sonrisa amplia que me permitió admirar la admirable blancura de su dentadura,
que parecía pintada con Tipex.
— De Barcelona… Bueno, ¿Cuánto me costará pegar un polvo
contigo? —me atreví a decir.
— ¿Es la primera vez, no? —me preguntó ella a su vez
intuyendo con clarividencia que se las tenía que ver con pardillo primerizo.
— Sí —le respondí.
— Você é virgem? —insistió
— Sí, sí.. soy virgen
— Estou excitadíssima. Passei o dia de pau duro.... Así
que como me gustas te haré una rebajita. Te lo dejo en cincuenta euros —
agregó.
— ¿Dónde podemos ir? —le pregunté
— Súbeme en la moto y un par de calles más arriba hay un
parque público —respondió.
Cuando llegamos allí, me dijo que aparcara la moto. Ella
descabalgó, entró en el parque sin siquiera mirar si la seguía y se dirigió a
unos árboles que estaban cerca. Yo empitoné la moto y con el casco en la mano la
seguí.
Recuerdo vívidamente su cadencioso contoneo, como bamboleaba
su poderoso culo de jugadora de rugby bajo una minifalda imposiblemente corta.
Cuando llegamos, dejé el casco en el suelo, sobre la pinaza seca, y le di
cincuenta euros. Ella se quitó la camiseta que llevaba puesta y la mini,
quedándose tan solo con unas diminutas bragas lilas, ridículamente pequeñas
sobre sus formidables cuadriceps, y unos zapatos de tacón de aguja. Pude así
admirar libremente la hercúlea anatomía que mal podían disimular sus exiguas
ropas. Se acercó a mí me acarició con dulzura e hizo que me quitara la camisa
que llevaba. Al notar sus largas uñas pintadas de rojo deslizarse sobre mi
pecho, mi polla se puso tan dura como misil balístico intercontinental.
Carla me castigaba con unos lengüetazos mínimos sobre mis
tetillas, y me lamía el cuello con la devoción de una perra en celo. Yo ya
estaba completamente excitado y busqué la humedad de sus labios. Ella se negó y
siguió lamiéndome el pecho. Con una mano me abrió la bragueta y mi pene como un
resorte se disparó hacia el exterior. Yo nunca había sabido que tenía un buen
miembro, hasta que ella la cogió y me dijo:
— Es como una pala excavadora —lanzando un silbido
admirativo
— ¡O, Dios que placer! —pude responder yo únicamente,
al sentir sus dedos sobre miembro, tanto tiempo anhelante de aquel tipo de
contacto
—Querido, você está excitado, heim?— Y sin más, se
arrodilló y se la metió en la boca.
Apenas dos minutos y le tuve que avisar que me iba a correr.
Se levantó y mientras ella me hacía una paja me corrí en su mano, momento que
ella aprovechó para darme su lengua y morrearnos durante largo rato. Paramos al
oír un ruido de cristales rotos, pero se trataba únicamente de la habitual banda
de gitanos rumanos reventando una cabina telefónica en la linde del parque.
Afortunadamente no nos habían visto ocultos entre los árboles.
Aún no se muy bien porqué, pero me arrodillé sobre la pinaza
del parque urbano y rebusqué en su entrepierna, encontrando una serpiente negra
larga y delgada. La tomé con mano temblorosa y como ella me la metí en la boca y
empecé a mamársela. Carla, notando mi inexperiencia, me decía como tenía que
hacerlo. Estuve bastante rato mamando aquella verga que ya no cabía en mi boca.
Me levanté y la volví a besar en la boca.
— ¿Quieres follarme? —le pregunté
— Sí —respondió, al tiempo que sus manos se dirigieron
a mi culo
Nos volvimos a fundir en un beso y, poco a poco, me dio la
vuelta. Se arrodilló detrás de mí y sumergió líquidamente su tibia lengua en mi
culito, hasta entonces cerrado como culo de muñeca, haciéndome intuir las
bondades del paraíso. De su bolso cogió un tubo de crema y me lubricó el
contorno del ano.
— Ha..ha..ha...temos aqui um cabacinho...ui..vou adorar
meter os dedos em seu cuzinho —dijo
Un dedo, otro, hasta que logró introducirme tres dedos a la
vez. A mí me dolía, pero no decía nada tan solo cogía aire y lo soltaba muy
despacio. Me pidió que se la volviera a mamar. Cuando la tuvo en su pleno apogeo
me dio la vuelta de nuevo y me dijo:
— Echa el cuerpo un poco hacia delante.
Puso la punta de su descomunal "rey de bastos" en mi entrada
y apretó muy despacio.
— ¡Por la puta calavera de Caifás… me estás destrozando el
culo! —aullé rabioso de dolor
— Está bien, está bien, voy a parar, pero no la sacaré
para se te dilate bien el esfínter —respondió
Poco a poco siguió, aunque a mí me seguía doliendo. Después
de un rato que me pareció interminable, advertí como sus testículos rozaban mis
nalgas. Ella me susurró al oído:
— Ya la tienes toda dentro. Ahora me moveré muy despacio
para no lastimarte. Quero te ver gozar, amor. Cuanto más te lo follen, más
placer te dará que lo hagan y te correrás antes por el culo.
En cuestión de un par de minutos, el dolor desapareció y un
placer indescriptible me llenó por completo, tanto que ya no podía parar de
bramarle:
— ¡Fóllame! ¡Por Dios…! Me encanta tener toda tu polla
dentro mi culo… No pares… ahora no pares… Más fuerte… más fuerte… mucho más
fuerte.
Carla cada vez se excitaba más, clavándome sus uñas en mi
espalada y dándome palmadas en mis nalgas, mientras me decía:
— Goza meu amor que quero te matar de tanto gozo!
Yo estaba inmerso en un océano de placer que nunca hubiera
creído que pudiese existir. Empezó a anunciarme a que se corría por lo que sus
envites eran más fuertes hasta que sentí como su verga se hinchaba dentro del
anillo de mi esfínter anal y ella se corría con dos o tres contracciones
súbitas. Al poco me soltó y yo caí al suelo inmerso en un éxtasis místico.
Carla se sentó encima de mi camisa y me besó en la boca. Su
aliento, después de haber lamido mis hemorroides era parecido al de una hiena
con halitosis. Me acarició con sus largas uñas y se volvió a meter mi morcilla
en su boca. Aunque mi erección fue inmediata, le dije:
— Me encanta como la chupas, pero me he matado a pajas
soñando que un travestí como tú me desvirgaba el culo con la dulzura con que tú
lo has hecho. Esta ha sido para mí una noche perfecta.
Nos vestimos y salimos hacia la carretera. Cuando ya estaba
sentado en la moto, de nuevo me besó y me dijo:
— ¿Quieres pasar esta noche conmigo y con dos amigas más?
Vivo en un piso compartido.
— ¡Coño, por supuesto que sí! — le contesté.
— Entonces regresa a buscarme dentro de tres horas —me
ordenó.
Sacó de su bolso un consolador, y dándomelo me aconsejó:
— Vete a casa, métetelo con mucha crema que el esfínter
siga dilatado.
Me guardé el artilugio, arranqué la moto y me fui del lugar.
Antes de remontar hacia la Diagonal me entretuve dando una vuelta por las
cercanías. Inesperadamente entreví a otro mulato travestido, alto, de hombros
anchos y ya sin miedo alguno, paré y me puse a conversar con ella.
— ¿Cómo te llamas? –le pregunté
— Marcela —respondió
— Marcela, ¿Cuánto quieres por un completo? —pregunté,
esta vez con bastante más aplomo— ¿Eres activa? …quiero que me follen
—inquirí, pues quería volver a probarlo
— Sesenta euros —respondió, y al ver mi expresión de
desacuerdo, añadió— É que eu cobro, dos euros por cada centimetro que eu vou
enfiar no seu rabinho, paixao
Me reí de su ocurrencia, pero estuve de acuerdo. Subí a mi
nueva amiga en la moto a pesar de las protestas de los amortiguadores de gas que
llevaba montados. La llevé hasta el parque, tal y como había aprendido, aparqué,
volví a empitonar la moto y seguí a este nuevo travestí.
Marcela era más joven que Carla, tenía un par de glúteos
musculados, enjutos y fibrosos de corredora olímpica de mil quinientos metros;
una espalda amplia; unas piernas robustas, con unos muslos masivos y unos
gemelos abombados; el cabello teñido de rubio, o quizá fuera un peluca; y
delante de ella brincaban alegremente un par de descomunales tetazas.
Nos apartamos del camino y me dijo:
— Ahora dame los sesenta euros.
Le di su dinero y empezó a quitarse la poca ropa que llevaba.
Se quedó con mini tanga negro con encaje, que apenas podía esconder un tremendo
bulto en la entrepierna, y con unas botas negras de tacón que le llegaban por
encima de la rodilla. Me arrodillé y liberé su pene de la prisión de tela. Si
con Carla mi mano había temblado, ahora mi pulso era tan firme como el de un
ladrón de panderetas.
— Abre a boquinha… não engole ainda –sugirió ella
Así que yo me lo introduje en la boca y empecé a mamarlo.
Estaba semi erecta pero de improviso se puso a cien y aquello apenas me cabía en
la boca. La sopese con mis manos y pude vérsela en su máximo esplendor.
Tendría como veintiséis centímetros de largo y era grueso,
muy grueso. Ella me ordenó:
— Abre a boca que eu vou te dar o meu presente
Señalando que me lo metiera en la boca. Como me vio
dubitativo, añadió:
— Chupa meu pau!!!
Sin embargo, apenas me cabía la mitad, me rozaba en la
campañilla y me vinieron arcadas, por lo que empecé a darle largos lengüetazos.
En un momento dado, flexionando los abultados músculos de sus
extremidades superiores, me levantó en el aire con sus poderosos antebrazos de
Popeye, me desabrochó el pantalón y al igual que Carla me afirmó que yo también
iba muy bien armado. Me puso un condón y se la metió en la boca, haciéndome una
mamada fascinante, pues a la vez que la chupaba, me metía una par de sus largos
dedos en mi ano.
— Relaxa esse rabinho, deixa eu alargar ele um pouquinho
pra eu te comer bem gostoso, seu cuzinho é realmente virgem, to loquinha pra
tirar o seu cabacinho.
Paró, sacó de su bolso un condón y una crema. Me lubricó el
ano y me puso en posición. Sin miramientos me la metió de un solo golpe, por lo
que grité como un cerdo y le supliqué que la sacara, que me dolía mucho, pero
ella haciendo caso omiso de mis lamentos siguió follándome sin compasión, a la
vez que me insultaba, diciéndome:
— Isso puta, rebola no meu caralho, voce é meu agora, vai
dar pra mim direto, quero que voce seja meu cuzinho oficial!!
El dolor poco a poco despareció y empecé a sentir de nuevo un
exquisito placer, tanto que le dejé hacer todo lo que quiso, entonces preguntó:
— Você agüenta meu pau?
— Sí, sí, así… lléname el culo, cabrón —le respondí
Marcela me la clavaba con un ímpetu salvaje. Yo notaba como
sus testículos como se estrellaban contra mis nalgas. Yo por mi parte le
suplicaba:
— ¡Déjame saborear tu leche!
Como, quien paga, manda, cuando estaba a punto de correrse,
me la sacó, me agachó y me la metió en la boca de nuevo, preguntándome:
— Você quer o meu leite?
Asentí con la cabeza y, al poco, percibí en mi boca tres o
cuatro borbotones espesos y caldosos de lefa grumosa, que embuché gustosamente.
Seguí un buen rato mamándosela, tenía un sabor dulzón que me volvía loco.
Cuando terminé me levanté. Ella me rogó:
— Me chupa os peitinhos... ¡Bésame las tetas! Eso me
vuelve loca
Me abalancé como un lobo hambriento sobre aquellas suculentas
esferas de cacao y con mi lengua recorrí muy despacio sus pezones, sólidos como
canicas, mientras ella estrujaba los míos. Yo estaba súper salido, por lo que le
dije:
— ¿Cuánto me costaría acostarme contigo?
— Olha gatinho , o programa é 100 € e eu sou o que você
quizer—me dijo.
— ¡Hecho! ¿Dónde vamos?
— A una pensión muy discreta que está en el centro, pero
luego me tienes que traer de nuevo aquí —me respondió cambiando al
castellano
Montó en mi moto al estilo amazona y nos dirigimos a la
pensión cruzando el tráfico y, de paso, provocando algunos accidentes cuando los
conductores de los coches que adelantaba veían el rabo de mi pasajera colgando
entre las piernas. Ella durante el camino no paraba de tocarme el pepino por
encima del pantalón. Por suerte para ambos, llegamos en un santiamén. La pensión
resultó que estaba realmente, en el centro, cerca de la calle dels Angels, en un
típico callejón del casco viejo de Barcelona; de esos tan llenos de sabor, que
si tuvieran techo serían una cloaca.
Al llegar, aparqué la moto y de la mano nos encaminamos al
portal de un edificio algo antiguo y arruinado. Antes de entrar me pidió que le
pagase. Lo hice y llamó al timbre. Pidió una habitación, la pagó, nos dieron
sábanas y dos toallas, cosa que no acabé de entender. La habitación que nos tocó
en suerte era una pocilga que olía a meados, pero tenía un lavabo y un bidet,
pero no water, así que me dirigí al lavabo comunal a vaciar mi vejiga. La comuna
parecía una piscina, el water y el lavabo estaban embozados y flotaba en este
último una sustancia viscosa e irisada muy del gusto de las moscas. Cuando
regresé a la habitación, puse el pasador en la puerta, Marcela me ordenó que me
desvistiera y así lo hice, por su parte, ella también se quitó la ropa
quedándose solo con sus botas.
Con la luz de la habitación, pude admirar su cuerpo entero y
noté un cosquilleo me recorría todo el cuerpo ante aquel émulo mulato de Arnold
Schwarzenegger con tetas: la larga melena teñida de rubio sobre su piel morena,
una boca y labios grandes y carnosos, descomunales pechos con unas aureolas muy
marcadas. Un fornido cuerpo de atleta sin un gramo grasa. Manos femeninas con
largas uñas pintadas de blanco. Una cintura divina. Un culo con dos hermosas
nalgas redondas de nadadora, elásticas y prestas y un rabo de impresión. Unas
piernas de acero pulido, largas y depiladas, lisas como la piel de una rana con
alopecia.
Extendimos las sábanas, nos lavamos y nos acostamos en la
cama. De su bolso sacó algunos condones y un bote de crema. Me hizo tumbarme
boca arriba y se ubicó encima de mí. Me empezó a palpar el pecho y a chuparme
las tetillas y los pezones, que rápidamente se pusieron como balas. Con su
lengua empezó a bajar por mi cuerpo, agarrándome la zanahoria con una mano. Le
dio un par de besitos y empezó a lamerla. Yo veía todo y me ponía muy cachondo.
A través de los tabiques se oían expectoraciones, jadeos y, esporádicamente,
unos pedos atronadores.
Marcela por su parte me miraba a los ojos, con una mirada
llena de morbosidad. Comencé a gemir, sintiendo como su lengua recorría mi falo.
Me preguntó:
— ¿Te gusta?
— Sí, me encanta… sigue… no pares…
— Quero meterla na tua bunda —me dijo
— ¿En dónde…? —pregunté yo
— En tu culo… na tua bunda— respondió.
Se retiro, cogió un condón, me lo puso y se sentó encima de
mí. Yo veía como le entraba y le salía.
El movimiento de su polla, enorme y oscura como una anaconda,
y como se la agarraba. Sus pechos se bamboleaban a la par. Y su lengua recorría
sus labios, haciéndome volver loco de placer. Le dije que estaba a punto de
correrme por lo que ella paró y se movió más despacio. Se la sacó y me mandó que
se la chupara. Me incorporé y como un poseso me la metí en la boca y empecé a
mamársela. Ella asió mi trabuco y también me lo lamió. Buscó su bote de
lubricante KY y se puso en los dedos.
Mientras se la chupaba empezó a clavarme los dedos en el ano.
Todo a la vez, yo se la chupaba, ella me la chupaba y me follaba con sus dedos.
Así estuvimos un buen rato. Paramos y de su bolso sacó algo parecido a una
pirámide en pequeño, pero de goma. Me hizo chapársela de nuevo y con mi culo a
su entera disposición, empezó a meterme ese "juguete" que ella llamaba
consolador.
Notaba con mi ano se abría y se cerraba. Y así durante un
buen rato. En un momento dado, Marcela se levantó y buscó algo en su bolso,
momento que yo aproveché para palparme el ano. ¡Increíble, lo tenía tan dilatado
que pude meterme cuatro dedos sin dolor alguno! De nuevo me la metí en la boca
mientras ella seguía con su "masaje" tan particular. Al cabo de diez minutos. Me
preguntó:
— ¿Querido, has probado alguna vez el fist fucking?
Yo le respondí que no sabía que era eso pero que estaba
dispuesto a dejarme hacer lo que fuera.
Ella se tumbó en la cama boca arriba y se puso un condón,
haciéndome sentar sobre su pene, el cual penetró sin problema alguno. Mientras
ella me follaba, yo le tocaba los orondos senos pellizcando sus pezones. Me di
la vuelta y seguí con el mete saca. A la vez me agarraba la tranca que estaba a
punto de reventar. No quería correrme, por ahora. Ella me detuvo y extrajo su
rígida palanca de cambios de mi ano.
Me puso a su derecha y me dijo que siguiera comiéndole el
pene. Al fin pude ver lo que buscaba en su bolso. Era un guante de látex, de los
que se usan en los hospitales. Se lo colocó y me buscó el ano. Se puso más crema
y empezó de nuevo a introducirme los dedos. Yo seguía mamándole la oscura y
nervuda tranca y ella sollozaba de placer, hasta que en un momento me dijo:
— ¿Te está gustando, putinha? Ya Tienes cuatro dedos
dentro del culo…
— Sí, por favor, sigue —le respondí
Poco después, me comunicó:
— Ya tienes los cinco dedos dentro, pero ahora debemos de
cambiar de postura.
Me puso boca arriba y me colocó la almohada debajo de las
nalgas, haciéndome subir y abrir las piernas. Se puso más crema y siguió
metiéndome los dedos. Lo hacía muy despacio. Hasta que sentí de nuevo dolor.
— ¡Hostias, cómo duele! —exclamé
— Respira profundamente que ya voy a hacerlo —fue su
respuesta
Cogí aire y lo hizo. Me metió su mano enguantada en mi ano y
volví a gritar. El dolor en pocos segundos despareció y de nuevo empecé a sentir
placer. Marcela no paraba de mover su mano en mi interior.
Primero muy despacio y rítmicamente, después pisando el
acelerador. La sacó y puso más aceite lubricante en mi ano, volviéndola a meter.
Yo estaba en el cielo, y sin poder remediarlo y sin tocarme me corrí de la forma
más feroz y bestial que conocía. Mi cuerpo empezó a tener espasmos mientras que
de mi pene emergía como un surtidor toda la lefa que tenía acumulada. Cuando
terminé, ella seguía con su mano en mis entrañas. Sacó el guante todo manchada
de excrementos y me preguntó:
— ¿Te ha gustado, cielo?
Le dije que si, que me había encantando. Se puso de nuevo
boca arriba y me conminó:
— ¡Agora, chupa a pica da Marcela!
De nuevo a su derecha me la metí en la boca con verdaderas
ansias. Marcela me introdujo de nuevo la mano y se puso a follarme con ella. Me
anunció que se iba por lo que aceleré mi ritmo. Esta vez expulsó algunos litros
menos de esperma hirviente que, no obstante, seguía estando delicioso. Como
antes estuve un rato chupándosela hasta que ella me paró. Sacó la mano de mi
culo. Oí como se descorcha una botella de champán y me senté en la cama,
mientras seguía acariciándola. Se levantó y se sentó en el bidet a lavarse.
Cuando ella terminó, yo ocupé su sitio.
El agua me quemaba el ano pero me sentía satisfecho. Mientras
estaba secándome, Marcela me dio un poco de crema hidratante para que me la
esparciera en el ano. Me aconsejó que comprase más crema y que me la pusiera
durante unos días. Yo le dije que quería que mi ano siguiera dilatado, pero que
no sabía como hacerlo.
— Antes de llevarme a donde me has encontrado, me
acompañarás a un "sex shop" para decirte lo que tienes que comprar para que tu
ano esté siempre listo —me dijo
En la calle y de la mano, llegamos a uno que está en la calle
de l’Hospital. Entramos y dejé que ella pidiera. Pagué y salimos a la calle.
Cerca de la moto nos sentamos en un banco tapizado de cagadas y paloma donde
ella me explicó con paciencia como debía de utilizar los dildos y demás
parfernalia, despertando el interés de un vagabundo que dormitaba la borrachera
junto a nosotros. Deposité la bolsa en el maletín de la moto, arranqué y la
lleve de nuevo junto al Nou Camp. Me despedí de ella con un suave beso, me dio
su teléfono y quedé en volverla a llamar.
Después subí hasta donde me había encontrado a Carla y
después de esperar un rato, le devolví el consolador que me había prestado y
excusándome, explicándole que me habían llamado por teléfono, me despedí de ella
no sin antes tomar nota también el número de teléfono. Carla me dio un
apasionado morreo con lengua incluida. Sin más, me dirigí a la salida y me fui
para mi casa. Me di un baño relajante y me metí en la cama con mis nuevos
juguetes. Me puse lubricante y me metí un consolador.
Después de estar en mi habitación, casi sin salir,
dilatándome a tope mi ano, decidí llamar a Carla. Llamé al mediodía, sobre las
cuatro de la tarde. Me contestó una voz soñolienta y femenina, y pregunté por
Carla. A su vez me preguntaron de parte de quien. Tras un par de minutos de
espera se puso al aparato.
— Perdona si te despertado o molestado —me disculpé
— No pasa nada, no tiene importancia. Ya era hora de que
me levantase de la cama —respondió.
Sin más entre directo al grano y le dije:
— Quiero verte.
— ¿Cuándo? —me contestó ella
— Hoy por supuesto —repliqué—.
— ¿A mi sola o con mis amigas?
— Primero a ti sola y luego con quien quieras
—repliqué.
Me dio la dirección. Quedamos esa misma tarde en su casa.
Vivía en Les Corts, cerca de una parada de metro. Tenía que estar en su casa a
las nueve en punto. Nos despedimos y colgamos.
Volví a Sant Just, allí, de nuevo en mi habitación, me puse a
enredar con mis recién adquiridos juguetes. Para los dos más pequeños apenas
necesitaba crema lubricante, pero con los dos mayores la cosa era diferente,
pues aunque sí podía introducírmelos, tan solo me cabía la punta, y notaba que
mi ano necesitaba algo de ayuda.
Me penetré con el consolador mediano, y me lo estuve metiendo
y sacando durante una media hora, hasta que me corrí. Tal y como me había dicho
Marcela, podía dejarlo dentro de mí, siempre que me pusiera un slip para que no
se me saliera.
En la casa solo estaba nuestra sirvienta búlgara, que tenía
el mismo morbo que la comunión de Tintín, por lo que decidí pasar de pellizcarle
el culo, me puse el traje de baño y bajé a la piscina.
Me metí en el agua, me apoyé en el borde, y empecé de nuevo a
jugar con el consolador. La sensación era maravillosa, no solo por el roce del
consolador contra mi ano, sino por sentir el agua en mi esfínter. Me dije "esto
lo tengo que probar, pero con una buena salchicha caliente".
Salí y me puse a tomar un poco el sol. Sin darme cuenta me
dormí. Cuando desperté eran cerca de las seis. Subí a mi habitación, y me
preparé para mi "misión imposible". Veréis el consolador más grande, lo apoyé en
una silla y me unté el ano con gel. Me acerqué a la punta, y poco a poco empecé
a metérmelo.
Despacio sin prisas. Al principio todo iba muy bien, me quedo
insertado sin problemas pero al moverme el consolador no se quedaba quieto, por
lo que cogí un pegamento de contacto y lo pegue a la silla. Esperé un poquito, y
de nuevo me lo empecé a meter.
Ahora si que podía moverme sin problemas, el consolador
estaba bien pegado y yo gozaba como un loco, tenía mis brazos libres y podía
tocarme el resto de mi cuerpo sin problemas.
Después de un rato de estar follándome con el consolador, di
por terminada la sesión. La silla era plegable por lo que la guarde en mi
armario sin problemas. Me metí en el baño y me rapé al cero. Después me rasuré
los pelos de mis partes, y me metí en el baño. La entrepierna me picaba por lo
que decidí darme un poco de gel de aloe vera para calmarme el picor. Empecé a
vestirme. Ya sabía que ropa me iba a poner. Me puse unos calzoncillos Calvin
Klein que tienen un par de cintas traseras dejándote las nalgas sin cubrir. Un
pantalón vaquero súper roto. Unas zapatillas de deporte y una camiseta un poco
ajustada.
Me despedí de la sirvienta, y le dije que me iba a dar una
vuelta con unos amigos y que tal vez no vendría a dormir, para que se lo dijera
a mis padres. Ella respondió afirmativamente con la misma frialdad que un
guardia fronterizo en el telón de acero.
Serian las siete y media, aún tenía tiempo. Me fui a casa de
Quim, un amigo que no sabe nada, y le compré algo maría, porque el siempre tiene
canela fina. A las ocho me dirigí hacia casa de Carla. Llegué un poco pronto,
por lo que decidí darme una vuelta por el Campo del Barça. Casi en el mismo
sitio vi de nuevo a Marcela. Paré la moto y me puse a hablar con ella.
— ¡Vaya mierda de tarde! Fíjate la hora que es y aún no he
hecho nada. ¿Tú quieres hacer alguna cosa? Solo para ver si me estreno —me
dijo al abordarla
— Me gustaría ayudarte, pero no sé si llevo suficiente
dinero —le respondí, aunque era mentira, ya que llevaba cien euros en el
bolsillo
— ¿Cuánto tienes? —me preguntó.
— Apenas diez euros —mentí como un bellaco
— ¿Me regalas un cigarrillo?
— Sí, claro
Saqué mi paquete de Ducados y le di uno. Lo encendió y me
echó el humo en la cara, diciendo:
— Ven, deja ahí la moto y acompáñame.
Inmovilicé la moto y la seguí detrás de unos árboles. Me
dijo:
— Tengo ganas de correrme de una puta vez, llevo toda la
tarde pensando en pollas y voy a cien
Por lo que ni corto ni perezoso me incliné, extraje su pollón
y empecé a mamárselo con devoción mariana.
— Engula tudo… põe tudo na sua boquinha —me
ordenó
En un momento se puso tan duro como la cara de Aznar. Ella
mostró un condón, me lo dio y yo se lo puse con la boca, un poco torpe, pero se
lo puse. Me di la vuelta, me bajé el pantalón y le supliqué que me follara. En
cuanto advertí su polla en mi agujero, ella se quedó sorprendida:
— ¡Garoto, veo que me hiciste caso! ¡Ahora si lo tienes
como una verdadera putinha!
— ¡Dame por el culo! ¡Fóllame!... Lo necesito —le
supliqué agobiado por la necesidad
Empezó a moverse rápido mientras me nalgueaba, yo gemía:
— Soy tu putita. Mi culo estará abierto para ti siempre
que quieras
Ella, después de casi diez minutos de joderme, también empezó
a gemir. Me dijo que sé venía, por lo que me la saqué, le quité el condón y me
la metí en la boca. Enseguida percibí mi boca atiborrada de semen, que tragué,
relamiéndome lo que se escapaba entre las comisuras de mis labios. Ella dio por
terminada la sesión.
— Tengo que ponerme a trabajar —se despidió.
Me dio un beso y se despidió, diciéndome que no me olvidara
de llamarla. Yo me quedé entre los árboles, arreglándome y liándome un petardo
de maría.
Cuando estaba en plena fumata, la vi de nuevo en la lejanía.
Estaba hablando con otra travestí. Una enorme mulatona con una peluca rubia, de
formas desproporcionadas. Cerré los ojos y me desvarié unos instantes tratando
de imaginar a esa otra mulata penetrándome. Debía tener una pértiga interminable
colgando entre sus muslos superdesarrollados.
Miré el reloj: las ocho y veinte... aún me quedaba tiempo. A
mí me gusta llegar a todos los sitios puntualmente. Seguí disfrutando del mega
canuto que me había fabricado. De pronto vi como Marcela venía hacia mí
acompañada por la impresionante mulata. Llegaron hasta donde yo estaba y las
saludé. Marcela me pidió el porro, y se lo di. La otra se presentó:
— Olá como se chama ? —me preguntó
— José Antonio… —respondí
— Bianca da Silva
Nos dimos un beso en la mejilla y seguimos entre los tres
fumando el canuto. Preparé otro y lo encendí, pero esta vez se lo di primero a
Bianca. Me miró y me guiñó un ojo. No sé porque pero mi mano sé fue a su
entrepierna y empecé a tocarla por encima de la mini que llevaba. Ella se dejaba
hacer, no dejaba de parlotear con Marcela y de beneficiarse el porro. Me incliné
y le saqué el pistolón. Me quedé hipnotizado, aquello era enorme, monumental,
inhumano… y aún no estaba en erección. Empecé a hacerle una paja. Me acarició la
cabeza y sonrió al decir:
— ¡Esse é meu clitóris, amor ..!
No lo dudé y empecé a chupársela mientras ella chupaba el
canuto con la misma fruición sobre mi cabeza. Yo estaba alucinado, su pepino se
hacía más y más grande por segundos. Es difícil afirmarlo, porque quizá había
pillado un ceguerón de maría que me hacía ver la realidad distorsionada, pero
aquello debía de medir casi treinta centímetros. A mí, desde luego, no me cabía
en la boca, por más que quisiera. Así que me deleité en comerme su cabezota, que
ella sola ya era monumental. Bianca se arrimó al árbol, abrió más las negras
piernas y con una mano en mi cabeza, empezó a follarme la boca.
Mientras Marcela, tocaba los pechos de la recién llegada.
— Quiero follarte por el culo, a ver si es verdad lo que
me ha dicho mi amiga — me dijo Bianca.
Me di la vuelta y me bajé de nuevo los pantalones, dejando a
su entera disposición mis nalgas.
— ¡Bonito culo! Vamos a ver como es tu agujerito…
Y sin más apuntó a mi dilatado esfínter y empezó a
introducírmela.
— Fique bem quieto, relaxe que eu vou meter. nem adianta
tentar parar que eu nao vou parar enquanto minhas bolas não tocarem sua bundinha
Le hice caso y sin esfuerzo su polla ingresó en mi ano. No
del todo porque sentí como me tocaba algo por dentro. Empezó a follarme,
mientras yo me sujetaba en las caderas de Marcela, musitando:
— Quiero que me partas el culo…
Bianca, siempre atenta a mis ruegos, me la metió toda de un
golpe notando sus cojones golpearme las nalgas. Yo di un respingo y le dije que
me dolía.
— Qué bien putinha mía, tu pediste y yo te complací.
Cuando regreses a tu casa te dolerá ese culito de zorra y te acordarás de mí
–respondió ella
Pero, naturalmente, no me aparté, lo único que hice fue
suplicarle que fuera un poco más despacio. También esta vez me hizo caso y
siguió follándome con más lentitud. Sentía en todo mi cuerpo un placer enorme.
Aquello era el paraíso del profeta. Yo me solté de Marcela y
me arqueé un poco hacia Bianca. Entonces vi como las dos se daban la lengua y se
magreaban las tetas, unos senos ingentes. Se pellizcaban los pezones y se los
lamían. Bianca me estaba follando sin condón. Se lo dije pero me contestó que
ella estaba limpia, y yo, lo siento mucho, no deseaba sacarme aquello de mi
interior. De pronto me agarró más fuerte de mis caderas.
— Me voy a correr. ¡Hostias, qué bueno! —bramó a mis
espaldas
Yo seguía culeando y ella no paraba de nalguearme. Cuando
empecé a sentir como su rechoncho banano se hinchaba todavía más, me preparé y
le supliqué:
— ¡Dame toda su leche! Quiero sentirla dentro de mí.
Se corrió, por lo menos estuvo dos minutos corriéndose sin
parar mientras le devoraba la boca a su amiga. Me la sacó y me mandó que se la
limpiara. De nuevo en mi boca, chupé con mucho ardor aquella tremenda manga
pastelera, notando a un tiempo el sabor dulzón de su crema de leche y el amargo
de mis intestinos. Noté como de mi culo salía la leche de Bianca y como
resbalaba y goteaba como una catarata espesa por mis muslos.
Cuando acabé, Marcela me dio un pañuelo de papel y me limpié
lo mejor que pude. Me volví a vestir y unimos los tres nuestras lenguas en un
beso durante un par de minutos.
— Hoy quiero follarte en una cama —me dijo Bianca—
…Pero otro día no dejes de llamar a Marcela –continuó, guiñándole un ojo a
su amiga
— ¡Yo también quiero meterte ni mano! —añadió.
Y, sin más, se fueron de allí, dejándome con un placer
exquisito y con el rabo pétreo ya que aún no me había corrido. Miré el reloj y
vi que solo faltaban diez minutos para las nueve. Salí de los árboles, desenlacé
la moto y salí zumbando el taco hacia casa de Carla.
Estaba llamando al interfono a las nueve en punto. Ella misma
me respondió y me pidió que subiera. Subí hasta el segundo piso, donde ella
vivía. La puerta estaba abierta, entré y la llamé. Me contestó desde el otro
extremo de la casa rogándome que entrara y me acomodase en el salón. Me senté en
un sillón. La sala estaba vacía. Por fin apareció en la puerta. Estaba de
escándalo. Llevaba un tanga blanco con encaje de hilo dental, con ligueros y
medias, todo en color blanco. Unos zapatos de tacón de aguja también blancos,
que se abrochaban con unos cintas que le llegaban hasta por debajo de las
rodillas. Un sujetador que dejaba al aire sus bonitos pechos y por encima una
especie de tul blanco transparente.
— ¡Pareces una diosa! —exclamé— ¡Estas muy bonita!
— ¿Te gusto? —preguntó.
— Sí… y mucho.
— ¿Quieres beber algo?
— Una birra, por favor.
Se fue hacia la cocina y oí como preparaba algo. Al rato
traía en una pequeña bandeja dos vasos de birra y un cuenco con un poco de maní.
Se sentó en el sofá, cruzando sus largas piernas y me dijo:
— ¡Ven siéntate acá!
Me levanté del sillón y me acomodé a su lado. Bebimos de
nuestros respectivos vasos e hicimos un brindis.
— ¡Por ti! —dijo ella.
— ¡No por los dos! —exclamé yo.
Le ofrecí un cigarrillo y le di fuego. Yo la miraba y casi no
podía creérmelo. ¡Vaya mujer que tenía a mi lado! Le acaricié el muslo que
quedaba más a la vista y con un dedo le toque un pezón. Me miró y cerró los
ojos. Se acercó buscando mi boca, nos besamos entrelazando nuestras lenguas.
Mientras nuestros labios no paraban de besarse, nuestras manos corrían locas por
nuestros cuerpos. Metía sus largas manos en mi pecho y acariciaba mis tetillas.
Yo por mi parte no dejaba de tocarle por detrás de la nuca y de sobarle a
conciencia la teta derecha. Poco a poco fui bajando y le mimé su entrepierna.
Ella paró y me dijo:
— Hum...taradinho...você me quer?
— Claro —le respondí yo
— Mesmo sabendo que sou boneca?
— Claro
Me quitó la camiseta y empezó a chuparme con su lengua todo
mi pecho. Dejé de tocarle la teta y abriendo su tul me dispuse a chuparle sus
grandes pezones y a darle pequeños mordisquitos que hacían que empezara a gemir.
Me cogió de la cabeza y nuevamente nos besamos.
Se levantó y dándome la mano la seguí. Llegamos a una
habitación abrió la puerta, pasé y ella cerro tras de mí. Caímos a la cama
abrazados y ahí desembocó todo nuestro ardor. Sentados en la cama y de frente
empecé a quitarle el tul y el sujetador. Con ambas manos sopesé sus pechos y
metí mi cabeza entre ellos. Mi lengua no daba abasto.
Ella se tumbó en la cama, y yo poniéndome a su lado izquierdo
la empecé a acariciar y a besarle aquel sorprendente cuerpo. Lentamente le bajé
el tanga, descubriendo la manga de riego que me había desvirgado. La introduje
en mi boca y se la mamé muy despacio, deleitándome como si fuera un caramelo.
— ¡O, querido, qué bien lo haces! —me decía— ¡Sigue
así, no pares, putinha!
Ya con la polla erecta, mis movimientos cada vez eran más
rápidos. Me sentía muy bien con aquel chupete en mi boca. Alargué una mano y le
introduje dos dedos en la boca, que ella lamió. Los saqué y le toque su pezón
hasta ponérselo bien duro. Me detuve y la admiré. Era como una diosa de ébano.
Con su melena negra, sus pechos, dos esferas descomunales, sus piernas duras y
musculadas, y la ropa que llevaba, acompañando a un pene que me enloquecía, en
un perfecto cuerpo de mujer. La besé de nuevo y empezó a quitarme los jeans y
las zapatillas.
— ¡Me enloquece como hueles, meu garoto!
— ¡O, qué coqueto! —exclamó riendo cuando descubrió mi
calzón.
Empezó a tocarme por encima de la tela, aunque no hacia falta
porque yo estaba como una moto de salido. Cuándo me desnudó del todo cogió mi
falo y se lo tragó, ¡del todo! Mis ojos no podían creer lo que veían pero así
era. Mi capullo rozaba con sus amígdalas y la sensación nueva para mi, me
gustaba tanto que la pedí que parase, pues quería saber como lo hacia. Me
explicó que tenía que ponerme tumbado en la cama y que ella me la metería en mi
boca poniéndose por detrás de mi cabeza. Al principio me costo acostumbrarme,
pero lo logro y por fin pude introducirme todo su pene en mi boca. Ella se echó
sobre mi cuerpo y comenzamos con un rico sesenta y nueve.
Mientras estábamos dedicándonos a estudiar los secretos de la
aritmética y pasar del sesenta y nueve al setenta, distinguí como se abría la
puerta y aparecía una travestí de piel muy negra, color carbón, vestida solo con
unas botas de vinilo rojo de tacón.
— Posso participar? —preguntó educadamente
— Claro que pode —le respondió Carla
— Que bom, querida —respondió ella a su vez
Le alargué mi mano y se unió a nosotros. Tenía unos pechos
muy duros pero no eran tan grandes como los de Carla y, a pesar de un físico de
culturista, su polla tampoco parecía como la de aquella aunque estaba
morcillona. Ya encima de la cama, se puso acariciar el culo de su amiga, y a
lamérselo. Los suspiros de Carla pronto empezaron a sonar en la habitación.
La amiga empezó a meterle un dedo por su ano, mientras seguía
acariciándole las nalgas. Nosotros paramos de hacer el sesenta y nueve
— José Antonio, te presento a Jacinta… Jacinta, este es
José Antonio –nos presentó
La recién llegada sacó su dedo del ano de mi amiga, me dio la
mano y nos besamos cortésmente, a continuación se incorporó plenamente a nuestra
sesión de sexo recreativo. Carla me preguntó:
— ¿Quieres algo especial?
— Sí, ¡Quiero follarme a Jacinta mientras tú me follas a
mí! —yo le contesté
Como locos nos empezamos de nuevo a meter mano, yo le mamaba
el culo gustoso a Jacinta y ésta se lo chupaba a Carla. Ésta, por su parte,
enterraba tres dedos en mi ano hambriento. Era el goce sublime. Paramos y
Jacinta buscó un bote de crema lubricante KY que untó en su ano y en mi chorizo.
Me lo pasó a mí y yo me puse un poco en mi agujero, a sabiendas de que no lo iba
a necesitar. Carla, se puso un poco sobre su picha. Jacinta se colocó a cuatro
patas y me mostró su apetitoso agujero separándose las nalgas con las manos,
mientras me decía:
— Põe em mim também, eu quero sentir esse pau.
Yo sé la metí de una sola vez y empecé a moverme. Carla se
puso tras de mí, y tras decir:
— Vamos fazer um trenzinho, eu no seu e você no dela...
Me la introdujo. Aquel tren era simplemente maravilloso, pues
mientras yo me follaba a Jacinta, Carla me follaba a mí. Los frenéticos envites
de Carla y a través de mi pija iban a parar contra los glúteos de bailarina de
Jacinta que no paraba de gemir y vociferar:
— Quero, enche minha bunda de leite quente!
No tardé mucho en correrme, vaciando, como se me pedía, todo
el lácteo contenido de mis testículos dentro del culo de Jacinta, que lo recibió
culeando más rápidamente. Como yo ya me había ido, cambiamos las posiciones.
Jacinta me follaba a mí y Carla se follaba a su amiga.
Aquello duró alrededor de diez minutos más. A un lado de la habitación había un
espejo, no muy grande pero lo suficiente como para poder vernos los tres
mientras follábamos. Recibí la segunda corrida de mi vida dentro de mi culo
mientras que Carla también eyaculó en el ano de Jacinta. Nos desacoplamos y
rápidamente me puse debajo del ano de Jacinta para chuparle el aceitoso hilillo
semen que resbalaba por su rico y oscuro agujero de chocolate. A su vez Carla
hizo lo mismo conmigo. Cuando acabamos, nos quedamos los tres abrazados y
sudorosos encima de la cama. Nadie decía nada, tan solo nos acariciábamos y de
vez en cuando buscábamos la boca de uno u otro. Al final, Carla me preguntó:
— Gostou lindinho..?
— ¡¡¡Ha sido de puta madre!!! —respondí entusiasmado
Nos levantamos pasado un rato y nos fuimos a duchar de uno en
uno, ya que la ducha era muy pequeña. Carla me invito a quedarme a cenar.
Mientras ella se fue a preparar algo a la cocina, nos quedamos solos en el baño
Jacinta y yo.
Apenas bastó una mirada para que me arrodillara y me pusiera
a mamarle su pija. En poco tiempo se endureció como una columna de hormigón. Me
di la vuelta y le pedí que me la metiera. Ella se sentó en la taza del excusado
y me dijo:
— Siéntate encima de mí
Me introduje su polla y empecé a cabalgar como un poseso
mientras le lamía los pechos. Las uñas de Jacinta me arañaban la espalada y
nuestras bocas en un momento se juntaron para no volverse a separar hasta que
ella me gruñó que se iba a correr. Me levanté y me metí su polla en la boca,
tragándome todo de lo que ella salía. Me incorporé y la besé.
— ¡Métete en la pileta! —me ordenó repentinamente. Y
continuó— ¡Ponte de rodillas!
Me imaginaba lo que iba a hacer por lo que abrí la boca y me
acerqué a su verga ya flácida.
— Toma chuva dourada! —exclamó
De repente, ella empezó a orinar y yo como podía recogía todo
el orín y lo tragaba con desesperación. Mucho de él cayó por mi cara y mi
cuerpo. Pero lo que pude alcanzar lo saboreé y me lo tragué, como si fuera el
don más preciado. Me di una nueva ducha y salí del baño.
Carla había preparado unas croquetas congeladas y patatas
fritas. Nos sentamos los tres desnudos en la mesa y dimos buena cuenta de la
comida. Después ayudé a recoger la mesa y me ofrecí a lavar los platos. Eran
cerca de las doce.
— Me tengo que prepara para ir a trabajar —informó
Jacinta
Nos quedamos solos Carla y yo en el salón, desnudos. Lié un
canuto algo cargadito y ella yo nos pusimos a fumar y hablar de mil y una cosas.
Hacia la una y media de la madrugada, oímos ruidos de llaves
en la puerta, por lo que nos tapamos con unos cojines. La luz del recibidor se
iluminó y aparecieron en la puerta del salón dos nuevas amigas de Carla: Sabrina
y Ricarda. La última parecía bastante perturbada y tenía el vestido roto.
Después de tomarse una manzanilla y más calmada nos contó lo
que había pasado. Una hueste de travestís nuevas de aspecto vampiresco se había
trasladado a su zona, por lo que Ricarda les llamó la atención y les dijo que
allí no podía estar. Las nuevas en vez de amilanarse telefonearon a alguien y al
cabo de diez minutos apareció una horda de gitanos rumanos que se liaron a
hostias con Ricarda, por lo que tuvo que irse de la zona en cuestión, buscar a
Sabrina y pedirle que la acompañara a casa.
Carla, después de oír el relato, se enfadó mucho.
— ¡Esto no va a quedar así! ¡Se va a enterar la puta esa
de quién somos nosotras! —vociferó
Cogió el móvil, marcó un número con rapidez y se puso a
hablar con un tal Manolo, explicándole lo que había pasado. Quedo con él en la
casa en media hora. Yo seguía desnudo y con el cojín encima de mí. Carla se fue
a la habitación y se vistió. Salió con unos jeans y una camiseta.
— Bajo a esperar a Manolo a la calle… —afirmó
recogiendo su bolso. Me dio un beso y se fue. Me quedé solo con Sabrina y
Ricarda.
— Yo necesito relajarme —dijo Ricarda yéndose hacia su
cuarto.
Yo fui a la habitación de Carla y me puse los pantalones.
Salí de nuevo al salón y me puse a hacerme un porro de hierba jamaicana que me
había traído un colega.
— Voy a buscar a Ricarda —dijo Sabrina.
Unos minutos después volvieron a salir las dos, Ricarda
llevaba un chaleco de cuero negro ajustado y unas braguitas del mismo color. Su
compañera, por su parte, se puso una camisa de camuflaje que ocultaba un poco su
amplio tórax y sus superdesarrollazos deltoides que yo supuse fruto del cultivo
del físico e imaginé que ella sería fiel seguidora de métodos de desarrollo
corporal por correspondencia y compradora de ballestas, gomas y ruedecitas para
hacer gimnasia. Compartimos el porro entre los tres y charlamos un rato.
— Me puedes hacer uno para mí, quiero darme una ducha y
fumármelo después tranquilamente –me pidió Ricarda
— Claro –respondí, poniéndome manos a la obra
Se lo lié y ella se lo llevó, dejándonos solos a Sabrina y a
mí. Ésta se sentó a mi lado para terminar el canuto anterior y me preguntó:
— ¿Tú eres amigo de Carla?
— Sí, algo más que amigo –le dije guiñándole un ojo–
y también conozco a Jacinta.
— Pero, ¿eres cliente? —insistió
— No, no soy cliente
Como parecía muy interesada en saber que hacia allí, le conté
todo lo que había pasado con pelos y señales. Noté que se turbaba con mi relato
pero yo quería esperar su primer paso.
— Lo que ha hecho Carla no es normal. Es la primera vez
que ha traído a un chico a casa —me confesó y continuó— Lo que sí le
gusta es comportarse de manera muy activa… Todas nosotras ya hemos follado con
ella. Ninguna ha podido resitirse a meterse el pene de Carla. Al mismo tiempo es
muy cariñosa y dulce en la cama y follar con ella es un placer especial.
Sabrina cada vez estaba más cerca de mí, hasta que noté como
relajaba su cuello encima de mi hombro y me acariciaba la cara con una mano. Yo
la pregunté:
— ¿Y contigo follar también es un placer?
Busqué su boca y la empecé a morrear. Le metí la mano por
debajo de la camisa y encontré unos pechitos muy pequeños.
— Hace muy poco que estoy con un tratamiento de hormonas.
Pero yo también soy toda una mujer —me dijo
— ¡No lo dudo! —respondí— Vayamos a tu habitación
—le pedí.
— Duermo en la misma que Ricarda. ¿Te importa?
—respondió
— ¡No, claro que no!
— La única que tiene habitación propia es Carla y con cama
de matrimonio. Yo la comparto con Ricarda. Y Jacinta lo hace con una chica que
ahora está en Madrid —me explicó
Nos metimos en la habitación y cerramos la puerta. Ricarda
aun seguía en la ducha. Yo me senté en una cama y ella se arrodilló y me abrió
la bragueta empezando a comerse mi polla, que en poco tiempo estaba más dura que
el caparazón de las tortugas Ninja.
Me gustaba como la chupaba. Nos subimos a la cama y tras
quitarnos la ropa busqué su pene. Este era minúsculo, con unos testículos
enanos, pero me lo metí en la boca. Mientras estábamos en pleno sesenta y nueva,
Ricarda abrió la puerta y nos pilló. No dijo nada, tan solo se quitó la camiseta
y las bragas y se sentó en su cama mirándonos y tocándose su polla. El pene de
Sabrina creció muy poco, por más que se lo chupe y chupe. Ella me dijo:
— Soy solo pasiva, lo que me encanta es disfrutar de una
buena polla dentro del culo.
— ¿Cómo la mía? —le pregunté.
— ¡Sí, como la tuya! —me contestó.
— Pues a mí, me gusta correrme con la polla dentro de
un buen culo. Es una sensación total, el ano se contrae y me aprieta la polla,
es como si me la chupara hacia dentro —añadí
Me recosté sobre la cama para que Sabrina me pudiera lamer
mejor mi polla. Era una experta lamedora.
— ¡Coño! ¡La chupas como los propios ángeles! —le
comenté admirado
— ¡Es mi pasión comer pollas! —me aseguró.
Mientras Ricarda seguía masturbándose, pude contemplarla
mejor. Tenía unos pechos parecidos a los de Jacinta pero era un poco más gruesa
y su polla era mediana. Con mi mano la invité a que se uniera al festín. Se puso
en pie y se sentó a mi lado, uniéndose a la comida que Sabrina me estaba
haciendo.
Con mi mano derecha le acaricié el pene y empecé a
masturbarla. Mientras una se la tragaba, la otra me lamía los huevos y
viceversa. Dejé de tocarle el pene a Ricarda y puse mi mano en su culo.
Introduje un par de dedos y empecé a follarla con ellos. A Sabrina también le
introduje un par de dedos en su acogedor y cálido ano y empecé a moverlos. Las
dos culeaban como hembras en celo, hasta que Sabrina paró de mamar, me pidió que
le pusiera saliva en el ano y se puso a cuatro patas, mostrándome la oscuridad
insondable que conducía a su recto, invitación que no pude rechazar. Se la
inserté de un solo leñazo, moviéndome como una bestia en celo.
Ricarda, se arrodilló detrás de mí, empezó a lamerme el ano y
me metió un dedo que hizo danzar con sublime maestría en mi interior,
alegrándome la próstata. Sabrina se dio la vuelta y colocó sus piernas en mis
hombros y de nuevo se la metí.
— ¡Así cariño, metela toda! ¡Así la siento toda en mi
cola!
Y empezó a jadear y gemir. Ricarda se puso en pie y de un
cajón cogió un consolador que se lo metió y mientras se follaba con él nos
acariciaba y chupaba a los dos. No pude resistir mucho y le dije que me iba
— ¡En mi culo no! ¡Hazlo en mi boca!
La saqué y de nuevo Sabrina se la embutió en la boca. Cuando
empecé a eyacular la sacó y la compartió la calenturienta bebida con Ricarda,
mientras yo recogía el consolador y se lo introducía de nuevo a esta última.
Terminé y caí rendido en la cama. Ellas hicieron otro tanto.
Al rato escuchamos la ridícula cantinela de un teléfono
móvil. Era Carla que decía que iba a tardar un poco y que me dijeran que no me
fuera, que volvía en unos minutos.
Volví a ducharme, me sequé y me fui a la habitación de Carla.
Me metí en la cama. Mi intención era esperarla despierto pero al final me dormí.
La sentí cerca de mí un rato después. Me abrazó y nos quedamos plácidamente
dormidos.
Unos meses después, hacia finales de noviembre, Carla y yo,
determinamos, embarcarnos en una aventura comercial nueva. Ella ya estaba
cansada de trabajar en el Nou Camp y yo hacía un mes que había empezado de nuevo
las clases, por lo que con el dinero que yo tenía y con la plata que ella había
reunido, decidimos, cambiar de aires. Ella dejó el piso de Les Corts y su
trabajo en la zona y después de buscar bastante encontramos un piso en la calle
de les Ramalleres.
Era un piso muy antiguo, pero enorme: siete habitaciones, más
un salón espacioso, tres cuartos de baños en bastante mal estado y una terraza
minúscula, que después de unas reformas también se convirtió a su vez en la
octava habitación. Decoramos con mucho esmero y delicadeza el nuevo lugar. Basta
decir que sus antiguas compañeras de piso no quisieron venirse con nosotros y
que se quedaron en la zona de trabajo ya mencionado. Nuestra intención era hacer
de ese piso nuevo, nuestro lugar para vivir y el negocio para seguir con la
profesión de Carla, puesto que como ella siempre dice:
— Yo soy puta de los pies a la cabeza y jamás dejaré de
serlo. Me gusta mucho mamar, que me la metan y meterla.
Lo primero y más importante era encontrar a quien se quisiera
venir a trabajar con nosotros. Y no fue tarea difícil. Una noche y en mi moto
nueva, llegamos a la zona de Wellington en busca de las nuevas inquilinas. Había
unas cuantas travestís pero dos de ellas nos llamaron la atención por su
espectacular cuerpo. Nos acercamos a las mismas y les ofrecimos la posibilidad
de trabajar con nosotros. Se llamaban Angélica Rodrigues y Susana Soares. Eran
también brasileñas, y, tanto activas como pasivas. Negras, altas, delgadas, con
un buen par de senos cada una y culo respingón, capaz de hacer las delicias de
cualquier hombre. Quedamos con ellas en el piso al día siguiente. Pero nos
faltaba otra más, puesto que la idea era que hubiera por lo menos tres
travestís. Nos paramos en un bar para tomar un café y pensar como tenía que ser
el tercer travestido.
— Sin ninguna duda, amor mío, mulata y bien dotada, para
que sea un equipo homogéneo —afirmó Carla
— Yo conozco a una que creo que te va a encantar
—respondí yo, ni corto ni perezoso.
Después de tomar las consumiciones nos dirigimos a la Campo
del Barça en busca de Bianca.
La encontramos rápidamente y nos pusimos a hablar con ella.
Yo le hice un par de guiños con los ojos para que no me descubriera, cosa que
entendió a la perfección y en un momento estábamos los tres intentando resolver,
que ella fuera nuestra tercera "trabajadora". Bianca no se hizo mucho de rogar
pero nos impuso una condición, acababa de llegar y estaba caliente como una gata
en celo.
— Necesito que alguien me la mame, porque así me quedaré
más relajada.
Yo, tal vez porque conocía de sobras el pollón de Bianca y
porque tenía unas ganas locas de comer huevo, fui hacia ella
— No, ahora quiero ver cómo se las comes a tu amiga
—dijo Bianca
Carla puso cara de extrañeza, pero enseguida pude observar en
sus ojos que no iba a poner ninguna traba en la condición de su nueva amiga. Nos
metimos un poco entre los árboles, y Carla desabrochándose la cazadora de cuero
que llevaba y dejando al aire sus excelsos pechos de ébano se agachó, y rebusco
en la entrepierna de Bianca. No le costó mucho sacar el enorme huevo de la
mulata y menos aún empezar a darle una mamada espectacular. Y la defino así,
porque era una delicia ver como Carla se tragaba la enorme polla de Bianca y
como esta de inmediato se puso a gemir, como una loca.
En poco tiempo el mástil de Bianca ya estaba totalmente
erecto y más duro que los empastes de Hulk y aún así Carla no paraba de chupar y
lamerlo de arriba abajo. Yo me puse a tocarle las tetas a Bianca y a apretarle
los pezones. Con una mano le apretaba uno de sus pechos y con la otra mojada en
su saliva le buscaba el culo. Cuando la encontré le empecé a meter dos de mis
dedos. Enseguida noté como entraban y salían sin problemas por lo que me dispuse
a meterle otros dos más. Bianca no paraba de gemir de placer mientras que
insultaba a Carla diciéndole:
— ¡Sigue putinha, sigue! ¡mama mi huevo!
Carla no decía nada. Tampoco podía con esa monstruosa polla
dentro de su boca.
Bianca hizo levantarse a Carla y buscando su boca las dos
empezaron a besarse como poseídas. Yo por mi parte ocupe el lugar que había
dejado Carla, mientras seguía con mis cuatro dedos en su cola, moviéndolos sin
parar. Con la mano que me quedaba libre me desabroché el pantalón y me lubriqué
mi ano. Saqué los dedos del ano de Bianca y me puse entre las dos, con mi culo
en pompa para recibir la grandiosa polla aquella mulata. Mientras Bianca y
Carla, no dejaban de meterse mano entre las chichis, de estrujarse los pezones y
besarse.
Cuando mi pareja se dio cuenta de lo que pretendía, me hizo a
un lado, ocupando ella mi lugar. Se quitó los pantalones que llevaba, que
cayeron al suelo, se aparto la tanga a un lado y con un poco de su saliva se
lubrico su hoyo. Le cogió el huevo a Bianca y sin contemplaciones se la metió,
hasta el fondo, empezando a culear de una manera descomunal.
Bajó su cabeza hasta mi pene