Este relato lo escribí hace tiempo, pero creo que merece la
pena corregirlo ligeramente ahora. Todos/as aprenderéis algo.
Retórica y dialéctica
Durante una temporada estuvimos saliendo, incluso llegamos a
vivir juntos, Marta y yo. Mi nombre es Pablo. De esto hace ya tres años. Marta
es una mujer que rondará la treintena en estos momentos. De 1,68 de estatura,
piernas largas, quizás un pelín gruesas de rodilla hacia abajo, pero con muslos
y nalgas duritas y cuidadas, de un tacto que cuando colocaba la mano en sus
muslos, la reacción en mi pene era automática. Era lo que se denomina principio
de acción y reacción: manoseo de muslo, endurecimiento de polla.
Tetas importantes, neumáticas de alta presión, y muy
sensibles, pezones marrones oscuros, siempre salientes y resultona de cara.
Dientes grandes y robustos, labios finos, ojos tirando a pequeñajos y cabello
fuerte y grueso. Me gustaba agarrarla por la cintura, estrecha,
superestrecha...mmmm, pero con los huesos cubiertos con una fina capa de
músculo, a la que seguía unas caderas amplias, sin exageraciones, donde uno se
podía agarrar cómodamente cuando se producía un ataque por la retaguardia. En
fin que daba gusto verla.
Me encantaba el triángulo de aire que formaban sus muslos y
su pubis: amplio, exento, que permitía alcanzar cualquier punto de su anatomía
pubiana desde cualquier posición. ¡Joder, que ricura!.
Lo que quiero contar hoy es una excursión de fin de semana
que hicimos a Segovia, ciudad impresionante por sus vestigios romanos,
románicos, góticos y un aire, sobre todo el de madrugada, limpio, puro,
transparente, que para los que vivimos en una ciudad como Madrid, casi hasta nos
duele al respirar.
Salimos de Madrid el viernes por la tarde, yo conducía, ella
ocupaba el asiento del acompañante. La noche anterior me acosté temprano, porque
ella había quedado a cenar, por causa de su trabajo, con un ciudadano japonés,
representante de no sé que empresa. Iba contándome el desarrollo de la cena: que
si el restaurante era de los caros, que si la carne era muy buena, que si el
precio un poco alto, que si el ambiente muy bueno, etc. etc. Al parecer el
japonesito, a los postres, le puso la mano en el muslo, ella protestó. El
explicó, como disculpa, le dijeron que era normal que las españolas se fueran a
acostar con los hombres que las invitaban a cenar y había querido tomarse un
anticipo.
Siguió contándome, a todo esto yo ya estaba jodido pero a
punto de reventar, que luego la llevó a su apartamento, donde había una jacussi
y todo. Que se tomaron una copa y luego la llevó a su casa. La traducción que
yo, inconscientemente hacía, era que Marta se lo había tirado seguro, pero el
asunto no debió tener mayor trascendencia porque creo que no volvió a salir con
él. ¡Se iba a perder Marta una oportunidad como esa para saber como follan los
japoneses!. ¡Ni de coña!. ¡¡Anda que le costaba mucho trabajo bajarse las bragas
(cuando las llevaba) y abrirse de piernas donde fuera!!. Y os preguntaréis...
¿Por qué no te confesó la verdad? Pues porque yo como la mayoría de los tíos
somos unos gilipollas, sufrimos cuando nuestras parejas se toman ciertas
libertades, y a veces nos ponemos insoportables. ¡¡No pasa nadaaaa... no se
desgastan!!.
Sigamos... así transcurrió el viaje hasta el hotel que había
reservado.
Yo con una especie de mal rollo por el tema de Marta y el
puto japonés, pero no era cosa de fastidiar un fin de semana con la mujer que me
gustaba por una cosa que ya no tenía remedio, por lo que decidí creerme su
versión.
Entramos en la habitación, estábamos un poco cansados, nos
dimos una ducha y los dos desnuditos nos tumbamos en la cama. Comencé a
acariciarle las tetas, las tomaba con mis manos y apretándolas le pasé la lengua
por la punta de los pezones, apreté sus pezones entre mis labios, utilicé mis
dientes para darle mordiscos suaves en los pezones.
Ella gemía ligeramente mientras se sujetaba al cabecero de la
cama con sus manos. Después seguí lamiendo su cuerpo y dejándole un rastro de
saliva por todo él. ¡¡Que piel tenía!!.. suave, pero tersa, daba gusto
acariciarla y lamerla. Hasta que llegué a su coño.
Yo sabía que cuando se masturbaba, porque la había visto como
se lo hacía, se acariciaba a entre los labios exteriores y los interiores. En
esa parte tan sensible, por lo poco que se utiliza, de piel finísima... y le
gustaba hacérselo con los dedos mojados de saliva... o sea que mi lengua debería
ser un buen sucedáneo, y allí le ataqué yo; al principio con suavidad y luego
cada vez más rápidamente, con mi lengua inicialmente y después con los dedos,
previamente lubricados con los jugos de su vagina. Metí la cabeza entre sus
piernas y estuve comiéndole con los labios humedecidos, pasándolos unas veces
juntos a lo largo de su raja, y otras separados, metiéndole la lengua,
explorando todos sus recónditos huecos a los que podía acceder hasta que sus
piernas empezaron a temblar apretando mi cabeza. Lanzó un gemido que casi me
hace correr, y se quedó paralizada unos instantes. Luego me agarró de los pelos
y me lamió la cara llena de sus jugos. Me sonrió y se sentó en la cama,
colocándome boca arriba.
Mi polla estaba al máximo, cuando la agarró con sus manos y
comenzó a subir y bajar el prepucio. De vez en cuando dejaba caer saliva sobre
el pene. Yo me dejaba hacer.... me estiré en la cama y me dispuse a disfrutar,
viéndola y sintiéndola.
Al cabo de un rato se metió mi polla en la boca, pero me dí
cuenta que el tacto con su boca era suave, muy suave. No había dientes que
descuidadamente tropezaran con la sensible piel del glande. Me fijé que sus
dientes estaban cubiertos por sus labios, y sus carrillos estaban como
absorbidos hacia el interior de su boca, que además estaba llena de saliva
generada por ella. ¡Así que mi polla solo rozaba con sus labios, carrillos y
paladar!. Imaginaos el placer que sentía...... la sensibilidad de mi polla
crecía ante cada introducción en su boca. La notaba a punto de estallar, a punto
de explotar y romperse en mil trozos. Recuerdo haberme incorporado en la cama
como proyectado por un resorte, lanzar un gemido salvaje y volver a caer
postrado, abandonándome al placer que sentía. Marta me miraba de reojo
observando mis reacciones, pero sin parar. Seguía engullendo mi polla que
inexplicablemente adquirió un tamaño desconocido para mí....... y exploté,
exploté, gritando salvajemente, en su boca que seguía rodeando mi polla. Marta
se quedó quieta cuando sintió mi caldito. Sin separarse conseguí tranquilizarme
al cabo de un rato. Allí seguía ella, quietecita, con mi polla en su boca
tragándose todo. Un instante pasó su lengua por el glande y solté un aullido de
dolor... o de placer, es difícil distinguirlo.
¡¡Que mamada!! Nunca, nunca me lo hicieron igual, ni sentí la
sensación de salto al vacío como aquel día. Se lo dije .."Marta, creo que ha
sido la mejor mamada que me han hecho". Fue como si te torturasen estando
atado... Impresionante....
Aquel fin de semana comenzó así, y aunque solo duró dos días
y medio tuvo bastante más que contar.
Si lees esto Marta, que lo sepas, te echo de menos muchas
veces, echo de menos tu coño, tu culito que tantas veces follé durante horas, y
echo de menos tu boca...mmmmm.
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