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Repugnancia
Amor filial- 2008-05-08 00:05:10
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Repugnancia

Atardecía y el agobiante calor de ciudad de Panamá no se aplacaba. Hugo sudaba. Había cierta distancia desde la parada de autobús hasta la casa de Lucía, pero valía la pena caminar y sudar el camino recorrido. Es más, Hugo debía sentirse afortunado. No todos los adolescentes que trabajan como ayudante de supermercado tienen la suerte de levantarse a una chica del nivel social de Lucía. Siendo ella miembro de una de las familias más respetables de Panamá, el tenerla por novia era una fantasía hecha realidad.

Finalmente, Hugo llega a la casa de Lucía. No podía evitar contemplar el alto muro que rodeaba a la exótica casa, diseño de Don Gustavo, tío de Lucía y uno de los arquitectos de mayor renombre de Panamá y América Latina. Los papás de Lucía acabarían de una vez la relación entre los tortolitos de saber de su existencia; razón por la cual Hugo solía encontrarse con Lucía junto a la puerta este del jardín, donde difícilmente alguien podía percatarse de la escapada de Lucía.

Lucía…psss…Lucía – Llama en chico entre susurros a su novia, sin escuchar respuesta

Hugo se extraña de que Lucía no sea puntual; pues siempre lo es. Nota que la puerta está entreabierta. Su curiosidad es más fuerte que su prudencia y entra en el jardín. El corazón le late a mil. ¡Ay de él si lo sorprende uno de los empleados de la casa! Para sorpresa de nuestro joven amigo, no hay empleados a la vista. La casa se siente sola…vacía. Se escurre hasta una de las ventanas de la sala, y justo cuando va a asomarse lo sorprende un desgarrador grito. ¡Qué susto para Hugo! Indudablemente, fue Lucía quien gritó. Hugo se asoma nuevamente por la ventana y ve algo que lo deja petrificado: Lucía, desnuda, con las manos sobre el respaldar del sofá y con las piernas abiertas, y Don Gustavo, detrás de ella, sin camisa y con los pantalones abajo.

¡Tíooo, me duele! ¡Me arde mucho! – Gritaba Lucía, entre llantos

Don Gustavo estaba unido a Lucía por el culo de esta. Contuvo las protestas de la quinceañera con su gorda mano, y la sujetó por la cintura con la otra. Luego, inició el ritual rítmico, hurgando con su pene el ano de Lucía una y otra vez.

Hugo no sabía qué hacer. Un montón de sentimientos se apoderaron de él. Jamás pensó que llegaría a ver algo así. Se agachó y miró para todos lados pensando que alguien podía aparecer de repente, pero ni los empleados ni los papás de Lucía se hallaban en la casa. Nadie se hacía presente. Repentinamente pensó que era su deber acabar con ese acto. Su novia estaba siendo violada por un hombre de 55 años, calvo y barrigón. El tenía la obligación de defender a su novia. Armándose de valor y lleno de nervios, Hugo se levanta y justo cuando iba a gritar "¡Déjala en paz, desgraciado!", fue capturado por la expresión en el rostro de Don Gustavo: era maquiavélica, llena de lujuria y placer, como la de un animal salvaje satisfaciendo sus más bajos instintos, con mucho sudor en la cara. Por algún motivo, el morbo se apoderó de Hugo. Se sintió identificado con esas ansias de dominar y someter, con el placer de ultrajar a una mujer e imponer su superioridad de hombre. Cuidadosamente se agachó y desde el borde de la ventana se deleitó visualmente con la asquerosa escena.

Don Gustavo estaba tan sumido en el placer que no notó que el chico los observaba desde la ventana. Lucía cerraba los ojos con fuerza por el tortuoso dolor de perder la virginidad anal.
Al liberar su boca por un instante, Lucía suplicó entre llantos:

¡Tío, déjeme, que me duele mucho! ¡Ay, mi madre! ¡Me duele!

Es la primera vez que te lo hacen por el culo, ¿ah? – pregunta jadeante Don Gustavo

¡Tío, por favor!

¡Respóndeme, putita!

¡Sí, aayyy, es la primera vez! ¡Ahhh!

Excitado al saber que era el primero en romperle el culo, Don Gustavo arremetía con más fuerza y violencia. Hugo se sintió humillado al escuchar la respuesta de Lucía. Habían sido novios por más de un año y ella siempre le negó el culo. Pero al ver cómo las nalgas de ambos vibraban cada vez que Don Gustavo hacía los empujes, los huevos del viejo golpeando el bajo vientre de la chiquilla, la sangre que corría desde el ano de Lucía hasta los calzoncillos de Don Gustavo, el vaivén de las hermosas tetas, cómo Don Gustavo paseaba su mano por las gruesas nalgas y muslos de Lucía; olvidó ese detalle, y siguió disfrutando visualmente.

¡Ja! ¡Sabía que el auebao de tu novio no te había roto el culo! ¡Lo sabía! – celebraba Don Gustavo - Sí, sé que te encuentras con un pelado que no tiene donde caerse muerto. ¿Qué diría mi hermana si se entera de que su linda hijita se ve con un perro sin dinero?

¡No,tío! ¡Ay, ay! ¡No le diga nada a mi…ahhh… a mi mamá!

¡Entonces, aguántame!

¡Tío, ya déjeme!

¿Quieres que tu mamá y tu papá sepan de él?

¡Ay!, ¡No, por favor,no! ¡Ay!

¡Bien! Entonces, ¡toma esto!, ¡y esto¡, ¡y esto!

Don Gustavo volvió a tapar la boca de Lucía y arremetía con tanta fuerza que la yugular parecía que se le reventaría del esfuerzo. Ya hacía tiempo que Hugo se estaba masturbando. Se sentía culpable por no hacer nada por Lucía, pero el morbo era más fuerte que cualquier otro pensamiento que Hugo pudiera tener.

Súbitamente, Don Gustavo volteó a Lucía y la obligó a hincarse. La pinga de Don Gustavo permanecía incólume, tesa, y desafiante, frente a la cara de Lucía.

¡Chúpame!

¡Ya basta, tío, por favor!

¡Chúpame, o ya verás!

Don Gustavo levantó la mano y le dio una bofetada a las tiernas mejillas de la niña. Asustada, Lucía obedeció, insertando el miembro viril en su boca. El viejo tomó las manos de Lucía y las llevó hasta sus nalgas, de modo que Lucía se apoyara en las nalgas de él durante la mamada. Hugo se excitó tanto al ver aquello, que no pudo más, y eyaculó grandes cantidades de semen sobre la pared. En medio del cansancio de la eyaculación, Hugo contempló a Lucía saboreando el pene de Don Gustavo, mientras éste último gemía y suspiraba por el placer. Finalmente, Lucía sintió el chorro de semen caliente que Don Gustavo bombeó dentro de su boca. Como era de esperar, la obligó a tragarse toda la leche, y a limpiarle el pene con la lengua.

Don Gustavo se vistió, y le advirtió a su sobrina, mientras ella lloraba avergonzada y humillada:

¡Ay de ti si le dices a alguien lo que pasó entre nosotros! Te juro por tus papás que te mato - levantó la mano en ademán amenazante - Además, no podrás andar por la calle, pues todos sabrán que fuiste usada. No permitirán que entres al Club Unión, nadie irá a tus fiestas en la casa de Punta Barco, todos te verán como la puta que eres. ¡Estas advertida!

Lucía lloraba y lloraba. Hugo no sabía si retirarse o esperar a que Don Gustavo se fuera. El ímpetu juvenil lo aventuró a correr hasta la puerta por donde entró. De hecho, Hugo corrió por un par de cuadras hasta que se calmó.

Al poco tiempo, Hugo y Lucía rompieron, pero el recuerdo de lo ocurrido perduraría en el muchacho por el resto de su vida.

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