Mi historia sexual, comenzó desde temprana edad. Ya no
recuerdo exactamente cuándo ni cómo, sin embargo aún tengo grabadas en mi mente,
las centenares de veces que, a partir de la edad de 6 o 7 años, me regocijé
espiando a cuanta dama estaba a mi alcance.
Hoy sonrío al rememorar aquellas peripecias atrevidas e
ingeniosas que creaba para cada ocasión, a fin de descubrir esos encantos
escondidos y disimulados entre sus ropas, y que dichas mujeres, misteriosamente
se obstinaban por mantener ocultos y guardados, como si se tratasen de secretos
arcanos de los cuales dependieran sus propias vidas.
En esa época no me importaba la edad, ni la condición física
o mi relación social o familiar respecto de mis víctimas femeninas.
Todas despertaban en mí, una insistente e insaciable
curiosidad.
Sí... reconozco que de chico era un "vouyer" desenfrenado.
Esa pasión morbosa por espiar me condicionaba incluso a
observar a mis hermanas mientras se bañaban, o cuando realizaban cualquier acto
que me permitía visualizar sus partes íntimas, las que... antes de aquella
época, tal vez me habían sido indiferentes.
A la edad de nueve años, creo que descubrí la
autosatisfacción, como único medio posible durante esa etapa, para aliviar mi
alocada y urgente explosión hormonal.
A los 13 años ya me consideraba todo un experto en el arte de
la masturbación, y paralelamente, también en la habilidad de curiosear
morbosamente al sexo opuesto.
Una facultad que había elaborado delicadamente y en la que me
perfeccionada día a día. Planificaba con detalle cada uno de los pasos a seguir,
y aunque disponía de escasos recursos técnicos, sin embargo... lograba
resultados asombrosos.
Era mi primer año de secundaria, y compartíamos las clases;
mitad alumnos varones y otra mitad de mujeres, las que me tenían casi todas, en
un estado permanente de alteración erótica.
Con una de ellas, había llegado a disfrutar de algunas breves
caricias sobre su uniforme escolar, y también sobre ciertas partes "permitidas"
de su piel.
Además, habíamos compartido muchos besos, aunque no muy
apasionados
En fin... esa era mi escasa experiencia sexual con contacto
real, acumulada hasta aquel momento.
Ese verano... me fui de vacaciones a la casa de mi hermana
mayor (ya casada y madre de dos bebés), para aprovechar con ellos, la pileta de
natación que habían inaugurado en su lujoso jardín.
La familia de mi hermana, estaba compuesta por ella y su
marido, su primer hijo de casi dos años, la bebita de apenas treinta días, y
durante esos tres meses veraniegos... yo.
Debido al gran trabajo que les ocasionaban, tanto el cuidado
de la inmensa residencia como los niños pequeños, recientemente habían
contratado a una empleada doméstica ("cama adentro"... es decir que,
prácticamente convivía con ellos, todos los días, salvo los domingos que era su
jornada de franco)
Se llamaba Ramona y tenía 17 años recién cumplidos.
Alta, morena, de cabello ondulado casi renegrido. Sus ojos
inmensos, de color miel y ligeramente rasgados.
Delgada, con senos menudos y delicados; sus formas finas y
esbeltas, quizás no fuesen las apropiadas para ser una modelo espectacular, sin
embargo a mí me fascinaron desde el primer segundo que la observé.
El día que la conocí, casi me caigo de espaldas.
Estaba sentada al borde de la piscina, tenía a mi sobrino en
su regazo, y para distraer al pequeño, agitaba el agua con su mano libre. El
niño, estaba molesto e irritado, probablemente sentía celos por la hermanita
recién nacida. Y en un arrebato colérico, con sus manotazos, arrancó de su
lugar, el sostén de la joven.
Ambos senos, liberados de la prenda, se mostraban erguidos y
marcados por un color blanquecino que diferenciaba notablemente a esa piel
sensible del resto, obviamente más curtida por el sol.
Con mucha paciencia y sin desesperarse, la muchacha, sujetó a
la criatura con ambas manos, lo sentó en un sillón de reposo vecino, y luego
atendió y corrigió la postura de su corpiño.
Toda la acción no se extendió más allá del medio minuto, pero
fue lo suficiente como para que, tanto mi cuñado como yo, posáramos nuestra
vista con gran interés en los atributos accidentalmente expuestos de Ramona.
Ella se sonrió con gracia, mostrando unos dientes casi
perfectos. Parecía no haberle dado ninguna importancia al hecho, y actuaba con
total sencillez.
El niño ya es un "precoz" seductor- comentó, riéndose.-
jejee-
Sí... Ramona, deberás tener cuidado de él...
jjajaaajjjaa... y de los otros dos "precoces" también- contestó mi hermana
mirando alternadamente a su esposo y a mí.
En fin... concluí que era una preciosura, una hermosa joven,
atractiva, simpática y muy vivaracha.
No podía apartar mi mirada de sus piernas, las que me
parecían un regalo de los dioses. Las tenía cubiertas por una fina vellosidad
aterciopelada, muy tenue y que brillaba majestuosamente con rayos de color
dorado frente la exposición del sol. Era como una ofrenda carnal e irreal
afortunadamente dispuesta ante mis ojos.
Una ilusión.
El frecuente uso de la pileta de natación por toda la
familia, me posibilitaba verla portando ese diminuto bikini que realzaba sus
formas. Y ya después de haber observado en detalle sus suaves curvas y su
excitante piel cobriza, pues no hacía otra cosa, que masturbarme varias veces al
día, elaborando rebuscadas fantasías con ella, e imaginándome el poco resto
escondido de sus pliegues de piel más íntimos y que aún desconocía.
A la tercera noche de mi estadía en la casa, me dirigí a la
pileta, para refrescarme.
Inocentemente había pensado, que quizás el agua fría podía
calmar mi constante sensación de acaloramiento.
Pero... ¡qué equivocación la mía!
Esa noche, estaba por convertirse en una de las más
sofocantes de toda mi vida.
Al volver de la piscina, mojado y tembloroso por el frío del
agua, me acerqué al cuarto donde se colgaba la ropa a ventilar, buscando una
toalla que había dejado allí durante la tarde. Necesitaba secarme o envolverme
con ropa seca, porque me sentía congelado. Casualmente, esa habitación era la
contigua al dormitorio de Ramona.
Desde donde estaba, pude observar, que la ventana de la joven
estaba iluminada, aunque la persiana interna (que estaba cerrada), no permitía
una visión total del interior desde donde yo me encontraba. Era mi oportunidad.
Enseguida me olvidé del frío. Y lo único que me importaba,
era verla.
Así que, acercándome y buscando entre las celosías un hueco
mayor, logré al fin dar con el objetivo ansiado.
Un reducido agujero pero bastante apto para mis intenciones,
producto de un tablón mal deslizado, me otorgó la visión más erótica que yo
recuerde haya tenido, en mi ya afiebrada adolescencia.
Ella se encontraba allí dentro, parcialmente desnuda,
probándose frente al espejo, una ropa que mi hermana le había regalado horas
antes.
La tan atractiva muchacha realizó ese acto voluptuoso casi
frente a mis narices, una y otra vez.
Lentamente se despojaba de los vestidos, y se quedaba en ropa
interior. Luego... se miraba al espejo, pasaba delicadamente sus manos por su
vientre plano mientras quedaba de perfil al cristal, también se agachaba o se
tocaba las nalgas o sus pechos, y acto seguido, se probaba otra prenda nueva.
Giraba graciosamente sobre sus delicados pies, tanto con la vestimenta
seleccionada o bien semidesnuda, y así me fue ofreciendo un espectáculo mucho
más perfecto del que yo había esperado.
Sus prendas interiores transparentes, admitían apreciar muy
sutilmente, la sensual oscuridad triangular del vello abundante de su pubis y
también los diminutos pezones que coronaban sus modestos y turgentes pechos. La
visión fue sensacional y en ese momento me pareció increíblemente fantástica.
Evidentemente, estaba sintiéndose muy satisfecha con su
cuerpo, y gozaba con la preciosa imagen reflejada de su parcial desnudez.
Su sonrisa casi inalterable, me demostró que así era.
Me sentía preso de un ardor y deseo nunca antes alcanzado
A pesar de que ya la había contemplado en bikini (que
curiosamente era más reducido que la ropa interior que tenía puesta), y también
había observado sus senos, gracias a mi sobrino... lo que seguramente más me
excitaba en ese momento, era el hecho que ella actuaba ingenuamente, con esa
total inocencia y espontánea naturalidad, que tan sólo aflora plenamente, en la
absoluta intimidad, sin la presencia de ningún testigo extraño o molesto.
Realizaba cómicos mohines con su cara, quizá exageradamente,
cuando alguno de los vestidos le quedaba muy holgado o era demasiado inadecuado
para ella.
Esas morisquetas, aún las recuerdo perfectamente, a pesar de
tener ahora... algo desdibujado o confuso, su rostro en mi memoria. Han
transcurrido 36 años desde aquel entonces, y hace 32 años que no nos vemos,
seguramente si nos encontrásemos en la calle, no nos reconoceríamos
inmediatamente.
En algunas ocasiones, sus caricias se detenían sobre su
montículo pélvico y hasta pude mirar cuando introdujo sus dedos en su orificio
más secreto, con un aparente agradable placer.
Esos sesenta minutos de libre y morbosa observación, me
produjeron una excitación tan feroz, que me vi obligado a masturbarme en dos
ocasiones allí mismo, frente a esa maravillosa ventana, y también después, en la
soledad de mi habitación, otras tres veces más, hasta saciar por completo mi
vehemente necesidad.
Bien... ya había encontrado una actividad placentera aunque
fatigante, para mis noches febriles.
Aquello se transformó en una rutina, una obsesión fija e
invariable. Esperaba el momento en que todos se dormían, y subrepticiamente,
llegaba sigiloso hasta esa fascinante abertura, para intentar espiarla. Era como
un ritual, al cual esperaba deseoso durante todo el día.
Recuerdo haber estado horas enteras en el mismo lugar,
aguardando en absoluta inmovilidad, alguna actividad, luz o sonido. Y la mayoría
de las veces, sin resultado alguno.
Creo que jamás, como esas noches... he escuchado tan
detenidamente, el ritmo palpitante de mi propio corazón, como único y fiel
acompañante nocturno.
Y en las pocas oportunidades que se repitieron esas dulces
imágenes, parecidas a las que me fueron ofrecidas aquella dichosa primera vez,
mis latidos se aceleraban al doble.
Y por supuesto, mis eyaculaciones al aire también.
Durante el horario diurno, mi relación con Ramona se
afianzaba cada vez más.
Comencé a ayudarle desinteresadamente con sus quehaceres
domésticos, y le explicaba algunos temas que ella desconocía y que yo ya había
aprendido recientemente en la enseñanza secundaria. Ramona no pudo acceder a
dicha instrucción, porque según me comentó, se vio obligada a trabajar desde muy
pequeña debido a la pobreza absoluta de su familia.
Sin embargo era muy curiosa, y se preocupaba por aprender.
Cosa que hacía muy rápida y eficazmente. Tenía una avidez extraordinaria por los
conocimientos humanísticos, y si hubiese estudiado, con toda certeza hoy sería,
tal vez historiadora, socióloga o antropóloga.
Era muy inteligente, y me producía mucha pena su falta de
estudios. Lo creía injusto y remediable, por eso mis enseñanzas se fueron
incrementando notablemente, a medida que mi alumna lo iba asimilando. Por otro
lado, cualquier pretexto que me acercara a ella era bueno, y enseñarle o
ayudarle, me causaba el mismo alegre entusiasmo. Lo único importante para mí,
era estar a su lado. Respirar el aire que ella exhalaba, emborracharme con su
aroma, y sentir el placentero deleite de un fugaz y no tan ocasional roce con su
cuerpo.
Eramos amigos casi inseparables. Claro... ella no podía
imaginarse lo que ocurría durante las noches, y muy pocas veces notó o se
preocupó por mi evidente estado de cansancio (debido a la falta de sueño y
también a los innumerables trances de placer sexual solitario que gozaba en su
nombre). Generalmente yo dormía un par de horas durante el mediodía, y de esa
forma, recuperaba en parte, mi gran gasto energético nocturno.
Soñaba con Ramona tanto de día como de noche, despierto o
dormido. Se estaba transformando para mí... en una manía. Padecía los síntomas
de una bárbara pero exquisita magia de enamoramiento.
Buen día Micky... ¿Cómo van los ánimos?... ¿Y tu gripe
de verano? -
Mal, pero contigo se me olvida todo, Ramona querida -
Jajaaaaaa... recién te levantas, y... ¿Ya empiezas a
seducir?-
Aún no me dijiste como te sientes.-
¿Y cómo?... Como un preso –
A ver... cuéntame acerca de eso...-
Pues me siento enloquecido, ilusionado, imaginándome un
mundo de fantasías-
¿Quieres hablarme de ellas?...-
No sé si deba.-
¿Pero... estás fantaseando con chicas?... ¿Qué? - su
pregunta era directa, frontal y oportuna.
¿Leíste el poema que te escribí anoche? – fue toda mi
respuesta. – Te lo dejé en tu mesa para que lo leyeras. -
Aún no, preferí esperarte para que lo leyéramos juntos.
–
Escribes bonito acerca de lo que te ocurre. – dijo
después de leer la poesía.
Me es difícil detallar mis emociones. Debe ser por
demás de difícil para cualquiera. -
No es tan difícil para ti. Eres muy hábil para
explorarte y hablar de ello. -
Pues no sé, últimamente, se han incorporado muchos
elementos a esta reciente sensación... ¿Se puede decir que es una
sensación?... La verdad, ni lo sé. -
Ahhh... los bellos juegos eróticos de la adolescencia.
Todo esto ocurrió sin novedades importantes, hasta finalizado
el primer mes.
El verano ya comenzaba a castigarnos con sus particulares
cualidades incluso mucho después de la retirada del sol.
Una noche, ya calurosa por demás, era insoportable la alta
temperatura, casi nadie podía dormir y tuve que demorar mi programa de
observación, porque encerrado en mi cuarto y a la expectativa, aún escuchaba
sonidos y movimientos en la casa.
Recién cuando el hogar se sumió en una completa calma y
quietud... entonces salí...
Me acerqué a esa adorada ventana, como quien se arrodilla
entregado frente a un altar. Con una sensación de plena idolatría y hechizo por
el nuevo culto que me tenía atrapado y completamente encandilado.
Como siempre... conservando el mayor de los silencios, y
descalzo para evitar ruidos inoportunos.
Esta vez, había una pequeña luz encendida. Por supuesto, yo
me conformaba contemplando cualquier cosa, y aunque no lograse una imagen nítida
de la recámara, lo mismo pegaba mi ojo expectante al agujerito en la persiana,
que ya era mi amigo y mi dispositivo ocular privado, como si se tratase de una
vieja cámara fotográfica conocida.
Su cama parecía en desorden, revuelta, pero estaba
abandonada... vacía.
El velador de su mesa proyectaba gigantescas sombras sobre
las paredes y me esforcé desesperadamente por encontrarla a ella entre esas
formas indeterminadas y confusas, pero no aparecía por ningún lado.
Ingenuamente supuse que estaría en el pequeño baño para su
uso privado.
Decidí esperarla, porque pensé que seguramente saldría del
baño casi desnuda, y no deseaba perderme ese manjar visual, que tan morbosamente
ansiaba.
¿Qué perdiste, Micky?- dijo una voz a mis espaldas.
Era Ramona, y por lo empapada que estaba, deduje que venía de
darse una zambullida en la pileta. El agua resbalaba sensualmente por su piel, y
ya había formado un gran charco en el piso, alrededor de sus gráciles pies
desnudos. Eso me indicaba, que ya hacía un buen rato que estaba detrás de mí.
Con mi cabeza casi gacha le miré atónito, porque aunque
vestía el bikini acostumbrado, ocultaba los menudos senos con sus brazos
cruzados sobre su pecho.
Yo tartamudeaba, no podía contestarle algo coherente. No
había previsto la posibilidad de ser descubierto, y carecía de una excusa
creíble.
No sabía que inventar, la adrenalina inundó vertiginosamente
mi torrente sanguíneo en escasos microsegundos, y las sensaciones mezcladas de
pánico, vergüenza y culpa, eran tan evidentes que hablaban por mí.
Seguramente mi cara estaba carente de algún color normal, y
quizá un gesto infantil de terror dominaba y adornaba esa blancura sobrenatural.
Había sido sorprendido con "las manos en la masa", de manera
sorpresiva y sin ninguna otra posibilidad de interpretación más, que la de estar
espiando de forma intencional.
Ya... vete a tu habitación. –
Es que... yo. Bueno, lo que ocurre es que... –
Sí... Bien, no me expliques.- dijo, mirándome como
amenazadora.
Déjame que te aclare... mira... yo estaba allí... y...
No diré nada a tu familia, pero vuelve a tu cama.-
Esa noche, no pude conciliar el sueño. Imaginaba la siguiente
mañana que me aguardaría, y no podía idear la manera de presentarme ante ella la
próxima vez.
También pensaba que a pesar de haberme dicho todo lo
contrario... mi familia se enteraría... y enfrentarlos sería un bochorno, una
tortura humillante.
Pero ninguna cosa ocurrió. Ella se comportó conmigo como si
nada hubiese sucedido.
Nuestras actividades se mantuvieron idénticamente, sin cambio
o modificación aparente. Sin embargo, yo sabía que no era así. Ramona, estaba
enterada que la había espiado. Y en algún momento ese conflicto surgiría.
Un mediodía de sábado, nos encontrábamos solos, porque el
resto de la familia habían ido a visitar a la madre de mi cuñado, que vivía en
su pueblo natal, a 400 Km. de distancia.
Esta noche empieza mi día franco. – me dijo -¿Y tú...
que harás?-
¿Yo?... Me quedaré aquí. Alguien tiene que darle de
comer a los perros, y regar el jardín.- respondí – Aparte, en casa de
mamá, me aburro. –
Estás loco. ¿Cómo te vas a quedar solo? –
¿Por qué?... ¿Qué tiene de malo?. Ramona... ¡ya soy
grande! - afirmé.
Para algunas cosas sí, y para otras no. Sólo tienes 13
años, y tu hermana me encargó que te envíe a la casa de tu madre. Así
que... te irás.-
Pronto cumpliré 14... ¿Y dime... para cuáles cosas aún
no soy grande?-
Jajajaaa... – rió – la otra noche, me demostraste que
estás en una etapa de crecimiento, pero todavía no eres tan maduro como tú
crees. Y aún te falta muuuucho camino por recorrer-
Eso de la otra noche, Ramona. Mira... te lo quise
explicar, pero no me dejaste... lo que pasó fue lo siguiente... -
balbuceé.
Te dije que no me expliques. Ya pasó, y no me molestó.
Lo que sí me molesta de verdad... es que me mientas.-
Nooooooo Ramona... te juro que no es como piensas... –
¿Ahhhh no? ¿Acaso te crees que no te vi... todas las
otras noches anteriores, espiándome?-
De haber sido posible, hubiera pedido que me enterraran allí
y en ese mismo momento, para no sentir la vergüenza atroz, que me golpeó mil
veces más fuerte, que la vez en la que fui descubierto "in fraganti" frente a su
ventana.
Al final de la conversación, tuve que confesarle con gran
dolor y una profunda turbación, que sí había ocurrido, tal como ella tan
hábilmente deducía.
Que efectivamente, la vigilaba por las noches, y lo hacía por
los motivos ocultos que ella ya había sospechado.
Me aclaró que había entendido la situación, y que no
necesitaba sentirme tan pudoroso, y que era un acto común y normal para un chico
de mi edad.
Sólo me había "pescado" un par de veces... así que me
tranquilicé.
Me calmaron sus palabras como un bálsamo animador.
Fue un gran alivio para mí, y después de esa conversación,
creo que terminé por enamorarme perdidamente de esa adorable mujer.
Permanecimos hablando durante toda la tarde, y casi hasta el
anochecer. Abordamos varios temas distintos, y dentro de esos temas, no faltaron
los eróticos, que terminamos por tratar con una total naturalidad y sinceridad.
Nos confesamos ciertas intimidades que ni siquiera a nuestras sombras les
habíamos confiado. Me contó que, hasta hacía muy poco tiempo, había tenido un
novio estable durante dos años, y que con él había aprendido los placeres de la
carne. Yo le comenté mis breves experiencias con mi amiga y compañera de
estudios, pero exagerando un poco los alcances a los que habíamos llegado
realmente; como para darme una mayor importancia.
Le manifesté que no amaba a esa chica.
¿Cómo son los besos de alguien que no amas?... –
preguntó curiosa.
Un beso de quien no amo, es como un halago de quien no
me quiere- dije después de pensarlo unos segundos, y agregué:
El halago, no necesita provenir de una persona
"calificada", para halagar. El beso que emociona, quizás tampoco precise
nacer únicamente de la persona amada.-
Una extraña complicidad se había generado entre los dos. Me
sentía extremadamente feliz, y por su apariencia, parecía que ella también.
Todas las ilusiones del mundo, acudieron a darse cita en mi ingenua mentalidad,
y hasta llegué a pensar en declararle mi amor en ese instante.
Al terminar la charla, después de mucho discutir, le convencí
que me permitiera quedarme solo en la casa, durante el día domingo. Así lo hizo,
y antes de la hora 20:00 se dirigió a la casa de sus padres, sin antes
detallarme cientos de recomendaciones de toda índole.
Ese domingo... me levanté temprano, acomodé todo el desorden,
tomé mucho sol, nadé un par de horas. Y como si fuera poco, regué el jardín y
hasta realicé torpemente algunas tareas de mantenimiento en la pileta, imitando
las que había visto hacer a mi cuñado. Al mediodía ya estaba rendido, sin
embargo aún me quedaron energías como para pensar en Ramona, y masturbarme
frenéticamente.
Al las 2 de la tarde, sentí el clásico ruido de llaves en la
puerta principal y pensé que mi familia regresaba antes de lo indicado.
Pero, me había equivocado... era Ramona.
Estaba más hermosa que nunca. Se había vestido y arreglado de
forma muy especial.
¡Qué lástima! – pensé - Está más linda que
nunca... Tal vez, ya está saliendo con algún nuevo novio-
Hola Micky... ¿Cómo te fue?... ¿Tuviste algún problema?
Hola preciosa.- le respondí mientras la besaba
tiernamente en la mejilla.
No, no, no tuve ningún problema- tartamudeé.
¿Te ocurre algo Micky?-
No Ramona, es que te veo tan linda, que me
impresionas.-
Jajaajjaa... Tú siempre tan exagerado.-
Y tú... ¿Para qué volviste hoy, acaso te olvidaste de
algo?- añadí.
No Micky, lo que pasa, es que estaba preocupada por ti,
y decidí regresar ahora.-
¡Pero... Ramona!, ya te dije... soy grande, y no
preciso de cuidados como un chico.-
Jejejejeeee, parece que nunca llegaremos a un acuerdo
con ese tema.- respondió.
Mira, estaba cocinando una tontería para mí... si
quieres almorzamos juntos y luego te acompaño nuevamente a tu casa o
adónde quieras.-
No... muchas gracias. Ya no deseo volver a mi casa.
Aparte, queda muy lejos, y tampoco me sentiría tranquila sabiendo que
retornarías solo.-
Juntos nos dispusimos a comer los repugnantes tallarines al
ajo, que de manera inepta, yo había preparado. Pero luego de dos o tres bocados,
Ramona cruzó los cubiertos sobre el plato, y disimuladamente lo alejó hacia el
centro de la mesa.
¿Te preparo otra cosa?... ¿Qué tal un sandwich?...
Reconozco que me quedaron un poco picantes.-
Jajaaaaa... ¿Sólo un poco?...- me dijo sonriendo,
mientras hizo el ademán de dirigir aire a su boca con la mano.
Nos reíamos por cualquier motivo, y aunque no pudimos
terminar siquiera nuestro primer plato, debe haber sido el almuerzo más
espléndido de mi juventud.
¿Qué te parece si abrimos una de las botellas de vino
que están guardadas en la bodega?-
¿Estas loco?... ¿Qué me diría tu hermana si se entera?-
No se enterará... será un secreto entre nosotros.-
No... no me parece bien.-
Ramona... el agua no nos calmará esta sed. Y sé que te
gusta ese vino, te vi cómo lo disfrutaste el otro día, durante la reunión
que hicieron el viernes pasado.-
Sí... es verdad, me gusta, pero insisto... no creo que
sea una buena idea.-
Al final, descorchamos el sabroso vino en cuestión, y tras
beber dos vasos cada uno, quedamos bastante alterados y bajo los efectos lógicos
del noble alcohol.
La confidencialidad, volvió a emerger en nuestra
conversación, las risas eran más frecuentes, y un brillo delator en nuestros
ojos, acusaba una borrachera incipiente que ya compartíamos con placer
desbocado.
Nuestras lenguas se soltaron, y cuando llegamos al tema de
"aquella" noche
Entonces, me animé a confesarle el profundo deseo que sentía
por ella.
No pareció asombrarse, su reacción fue increíble. Parecía
como que esperaba esa declaración.
Acto seguido, se incorporó de su silla, se acercó a mi lado y
tomándome por sorpresa, estampó sobre mis labios, el beso más sensual que hasta
ese momento de mi vida, me habían ofrecido. Envolví su cintura con mis brazos y
la atraje hacia mí. Con mucha delicadeza la senté sobre mis piernas, y torció su
tórax para quedar frente a frente, aún unidos por nuestras bocas.
Casi sin palabras mediante, iniciamos un juego de caricias y
besuqueos que estaban a punto de llevarme al paroxismo infinito. Un mundo de
sensaciones taladraba mi cerebro, con rítmicos estallidos de deliciosa
voluptuosidad. Jamás me había imaginado que mis fantasías podrían concretarse.
Al fin tenía a mi amada entre mis brazos, tan ávida y ansiosa como yo. Los
susurros que emitía, su respiración agitada, su lengua enloquecida, sus manos
explorando mi cuerpo, tan anhelantemente como yo hacía con el suyo, me
confirmaban que su ímpetu ardiente era similar al mío.
Nuestra excitación fue creciendo hasta límites
insospechables. Al fin alcancé a rozar sus pechos por sobre la suavidad de su
fina blusa, y comprobando que no rechazaba mis amorosos mimos cargados de
inflamación y deseo, intenté avanzar aún más dicha incursión. Con una gran carga
de timidez, desabroché los botones de su blusa, que me permitieron observar y
frotar suavemente el nacimiento de esos senos tan soñados en mis noches de
pasión solitaria.
Sentía el relieve de sus pezones en la palma de mi mano,
abarqué también el esplendor de cada pecho con una ambiciosa impaciencia.
Necesitaba besarlos, lamerlos, sentir esa especial tersura en mis labios. No me
alcanzaban ambas manos para satisfacer mi necesidad de incorporar inmediatamente
su piel a la mía. Quería fundirme en ella, unir cada poro mío con los suyos. Ya
no eran caricias, eran como expresiones incansables del fuego interior que, una
vez nacido en mis entrañas, requería una fuga inmediata en ese juego
incontrolable que mis manos y mi lengua ya no podían complacer.
Mis manos jugaron con cada seno, incansables. Apreté
ligeramente las hermosas protuberancias pequeñas y endurecidas; que se asomaban
rebeldes en el centro la convexidad de su sujetador. Sentía mi pene embravecido
luchando contra su prisión de tela, y esforzándose inútilmente por escapar.
Notaba una gran cantidad de líquido preseminal fluyendo incontrolable dentro de
mis pantalones cortos, los cuales estaban a punto de estallar por la presión
ejercida desde adentro
Participaba completamente feliz de una lluvia de sensaciones
que, como corrientes contagiosas de placer, recorrieron todos mis sentidos y
cada partícula de mi ser, sobre todo allá, en la ingle y también donde la mano
de mi amada se solazaba jugando con mi nuca.
Auténticas, increíbles, extraordinarias sensaciones las que
descubrí esa noche y casi por primera vez.
Recuerdo también cuando mis manos palparon tímidamente la
piel de sus muslos; inquietante, dulce, y placenteramente fue mi mano izquierda
metiéndose debajo de la falda hasta llegar a sus bragas. Estaba habituado a no
sobrepasar dicho límite, impuesto anteriormente por mi compañera de clase. Y
dudaba si continuar o no, dicho avance. Temía una resistencia rígida y feroz,
parecida a la que aquella otra chica me tenía acostumbrado.
Mis dedos parecían enloquecidos. Recorrían sus muslos,
saltaban a su vientre y los laterales de sus nalgas, pero no me animaba siquiera
a rozar el sector hasta ahora "prohibido". Esperaba un guiño de aceptación de
parte de mi diosa.
Estos pensamientos no lograron frustrar ni entorpecer el goce
de sus besos y contestarlos con todo mi amor, y mi ser, con toda mi percepción
puesta en los labios que besaban y eran besados y en la danza enloquecida de
nuestras lenguas, que buscaban introducir todo su volumen en la cavidad del
otro, como serpientes furiosas y combativas. Ella, temblorosa encima de mí,
palpitante y trémula, nunca dejó de besarme, con modestia al principio, y de
manera salvaje al momento de sucederse las caricias. Nuestras bocas se lamían,
se mordían, se chupaban mucho... demasiado, los dientes se entrechocaban
accidentalmente y nuestras salivas con fuerte sabor a vino, pimienta y ajo, se
fusionaban, como un preludio que anticipaba un mayor intercambio de fluidos, que
no tardaría en suceder.
Necesitaba respirar, me asfixiaba. El calor era
impresionante, noté como mi semen bullía y la humedad de nuestra piel,
copiosamente fluía como un arroyo de aguas cristalinas. También quería hablarle,
decirle que la amaba. Aunque continuaba reprimiendo esa revelación, por temor a
arruinarlo todo. La separé cariñosamente, tomé su rostro con ambas manos y la
miré detenidamente. La pintura tan detallada y armoniosamente dispuesta, que
había lucido al llegar, ahora se encontraba como una mancha ridícula, esparcida
por todo su semblante.
En sus mejillas, había un abstracto collagge color negro proveniente de sus
pestañas, mezclado con una tonalidad roja que seguramente había estado cubriendo
sus labios; y ciertos azules o verdosos brillantes, aún permanecían
milagrosamente indemnes en sus párpados.
Acercando mi nariz a la suya, le pregunté sin pensar:
¿Te gustan mis besos, preciosa?.-
¡Claro, tontito!... ¿O crees que si no me gustaran,
seguiría besándote?-
Su obvia respuesta me hizo sentir el idiota más idiota del
planeta. Pero tal vez por esa inseguridad propia de mi inferior condición,
debido a mi edad... seguí consultándole:
¿Puedo acariciarte toda? –
Cariño... mejor no hables. Y deja que nuestros cuerpos
se manifiesten por sí mismos.-
Ramona, es que estoy desesperado, ya no resisto más. Me
siento morir.
Su respuesta fue concluyente. Tomó mi mano izquierda con una
suya, y la guió decididamente dirigiéndola hacia su vértice más ardiente. Abrió
un poco sus piernas, corrió hacia un costado sus bragas e introdujo mi mano con
la palma hacia arriba, entre esas piernas adorables. Mi mano, inquieta,
jugueteaba en territorio desconocido.
Allí mismo donde nacía su sexo y donde yo, desde ese preciso
instante, pretendía quedarme para toda mi la eternidad.
Era la primera vez en mi vida que tocaba los genitales de una
mujer.
Miles de veces lo había imaginado, pero jamás había
sospechado que dicho lugar pudiese emitir tanto calor y humedad.
Estaba sorprendido, mareado y un poco confundido.
Mi turbación ya era increíble, exploré con prisa aquella zona
de su cuerpo. Identifiqué cada parte aprendida en teoría. Reconocí los labios
mayores, los menores y su clítoris, y hasta logré introducir mi dedo índice en
su abertura. Sentía su flujo muy caliente, y la extraña suavidad de las paredes
interiores, como así también pude comprobar la hipersensibilidad que ella
acusaba en esa zona, tras el paso inexperto de mi dedo invasor. Era como
introducir el índice en un pote de mantequilla caliente. Una alucinación quizá.
No podía estar ocurriéndome a mí.
Ella gemía, retorcía todo su cuerpo, y su boca seca estaba
ansiosa por la mía, aún más que antes. Mientras me besaba, jadeaba, suspiraba y
se retorcía.
Mi goce ya era interminable. Había logrado mi máximo deseo, y
pretendía no separarme nunca más de ese ángel que aprisionaba mi mano entre sus
dos templos de carne, con mi dedo en su vulva hirviente, sus labios,
mordisqueando mi lengua, y sus brazos aferrándome con fuerza y efusión. Casi
todo mi ser deseaba penetrarla, no solamente en su vagina o en su boca.
Pretendía introducirme por completo en su organismo. Deliraba de placer, era
como una droga malsana, que deformaba mi realidad.
Sus movimientos rítmicos y convulsivos me indicaban la manera
precisa como debía acariciar el interior de su sexo. Cuando lo requería, ella
movía acompasadamente su pelvis y frotaba su clítoris contra mi pulgar. Mi dedo
más gordo no cesaba de encontrarse con esa diminuta protuberancia erecta que,
hasta ese momento, yo conocía sólo por su nombre y por los mitos que se
escuchaban alrededor de su importancia.
Se abrieron sin aviso, las puertas de su gloria personal del
placer, inesperada, y casi sublimemente. Se sofocaba, murmuraba palabras que no
comprendí, se apretó aún más contra mi pulgar y asfixiando mi pene con sus dedos
alargados por encima de mi ropa... explotó en una ola tormentosa de éxtasis
profundo.
Nunca antes había presenciado un acto semejante.
Estaba embelesado por ser... no sólo testigo, sino también
partícipe. Es más, no lo creía. Pensé que era un sueño, no podía ser real.
Suspiró largamente, me miró a los ojos, se sonrió y cayó con
su cuerpo laxo sobre mi pecho. El placer la había agotado. Pensé que eso era
todo, pero otra vez me equivocaba. En realidad, ignoraba las numerosas sorpresas
que esta muchacha casi perfecta, me tenía reservadas.
Pronto, comenzaron otra vez los besos y caricias, aunque
había retirado mi mano de su sexo cansado o irritado. No lo supe con certeza.
Al abrazarla, mis dedos de esa mano, se acercaron a mi cara
por detrás de su espalda. Los olí, curioso por la viscosidad que chorreaban y
que había logrado arrebatar de sus profundidades, como un ladrón improvisado.
Percibí un perfume salado, fuerte y picante; similar al que yo había olfateado
en las bragas de mis hermanas, que a escondidas, y del cesto de la ropa sucia,
solía secuestrar en mi casa por escasos minutos.
Me embriagué con ese aroma tan peculiar, que enardecía aún
más, mi deseo con potencia increíble. Saqué mi lengua y probé su sabor. Fue una
delicia salada, un licor o elixir celestial.
Absolutamente todo de esa mujer me tenía atrapado. Ya no
tenía escape posible, deseaba acompañarla por el resto de mi vida.
Se acomodó de manera tal, que le posibilitaba acceder a mi
miembro inflamado y aún angustiosamente encerrado dentro de mi traje de baño.
Abrió la cremallera plástica, y lo quitó de su encierro tan
cruel. Me dolían los testículos, y mi pene tan apretado pudo al fin ser liberado
Su mano derecha, la más investigadora, caminó sobre el tronco
de mi falo. Acarició mis pocos pelos e introdujo sus dedos entre mis muslos como
buscando separarlos; entendí y los separé con gusto, con una luminosa sonrisa de
feliz complacencia, precisamente esperando que sus dedos recorrieran la bolsa de
mis testículos. Así lo hizo. Acarició la zona mansamente y a pesar de estar
completamente mojado por mis líquidos, luego se agachó, lamió, atrapó y besó mi
glande, hasta que notó que mi urgencia era la soberana.
Pronto las ropas estuvieron de más. Casi con violencia, nos
las arrancamos uno al otro
Sin preguntarme siquiera, se sentó sobre mí, colocó sus
piernas exageradamente abiertas a mis costados, y guió mi órgano viril, erecto
en su máximo esplendor, hacia la entrada de su vagina.
Con una presión imperceptible, el glande ingresó fácilmente,
y todo el resto fue engullido por esa hambrienta boca vertical; resbalando en la
cremosa humedad caliente y exagerada, allí acumulada.
La sensación era indescriptible. El calor, el roce con sus
paredes estrechas y untuosas, el ir y venir de sus movimientos pélvicos, el
choque de nuestros pubis, entremezclando nuestra vellosidad y jugos. Me
extasiaba también, con la imagen de sus pequeños senos bailoteando al compás de
su ritmo veloz. Lo sublimé a tal punto que supuse sería el paso previo a la
muerte. Como lo más puro, sagrado y etéreo y a la vez animal.
No duré mucho tiempo dentro de ella. El baile erótico tan
ágil, me había transportado hasta un nivel de excitación más allá de lo
soportable. Mi inexperiencia, y la gran urgencia contenida, me hizo explotar en
una abundancia de rayos luminosos. Una tempestad eléctrica recorrió mi columna,
depositando toda la fuerza del poderoso huracán en un solo punto.
Mis testículos y mi pene estaban en ebullición, y
salvajemente eyaculé como un volcán ingobernable. Ella continuaba su baile
enloquecido, y segundos después, también se partió en mil pedazos, gozando una
vez más la consagración de su placer, con espasmos y contracciones que
presionaban firmemente mi miembro con sus músculos vaginales. Era una vagina
agradecida, que abrazaba y también abrasaba, a su amante usurpador.
Y el palpitar vaginal, creí, era una demostración asombrosa
de afecto y complacencia. Sentí un bienestar maravilloso.
Mi erección mantuvo su firmeza durante breves segundos, y
luego fue mermando, hasta que una vez blando y escurridizo, se salió de su tan
preciosa celda.
Lamí su rostro, su cuello, sus pezones y cada parte de su
piel a la que podía acceder con mis labios. Me miró con sus enormes ojazos
seductores entrecerrados.
Ayyyy Micky. ¡No sabes cuánto te necesitaba! –
¿Y yo preciosa?... ni te lo imaginas.-
Cariño... para ser virgen, te arreglaste bastante
bien.-
Gracias amor. Eres un encanto.-
En ese momento, desde su vulva brotó ruidoso, un espeso
chorro de esperma y flujo, cayendo sobre mis piernas. También comenzó a
escaparse aire desde el recóndito túnel, hecho que nos produjo gracia y una risa
incontenible, porque el sonido simulaba perfectamente a la flatulencia similar,
que normalmente se fuga por el ano.
Sin embargo nada de esto me produjo asco o repulsión. Creo
que mientras sostuvimos nuestra relación amorosa, (que duró cuatro años
posteriores) jamás sentí rechazo por ninguna de sus excreciones, o sus olores,
ni siquiera en los casos considerados como repugnantes (según el criterio de
quienes se lo he comentado).
Se dirigió al baño, quería higienizarse, y yo hice lo mismo.
En la ducha, volvimos a acariciarnos. La sola imagen de su
desnudez, me provocaba un deseo permanente, imposible de ocultar.
Nos enjabonamos mutuamente, continuamos la sesión de besos
desenfrenados. Quería repetir la penetración que tanto me había agradado. Era mi
único objetivo. Lo intenté, acomodando su cuerpo contra los azulejos de la
pared, de forma que su entrepierna quedase expuesta a las embestidas
precipitadas de mi pene. Pero me tranquilizó, y me solicitó que esperase, que ya
tendríamos todo el tiempo del mundo.
Tu familia regresará el miércoles o jueves. – murmuró -
¿Sabes las veces que podemos hacer el amor, durante ese tiempo? –
Aún no puedo creerlo. Te juro que te deseaba más que a
mi propia vida.-
Lo sé, cariño. Lo sé. Pero debo enseñarte algunas
cositas, para mejorar aún más nuestro placer. –
¿Qué cositas?-
Pues varias... no te diré que no he gozado. Mentiría si
dijera eso. Pero deberé mostrarte ciertos aspectos que satisfacen a las
mujeres, y con tanta rapidez, no pude ni siquiera mencionártelas.
¿Comprendes? –
Sí, claro preciosa. Soy todo oídos. Dime... ¿Qué debo
hacerte?-
No... no. Así no. Lo entenderás mucho mejor en la cama.
Ven, déjame secarte y vamos a mi habitación -
Su pelo mojado, la redondez de sus nalgas, a las que casi no
había acariciado, el bamboleo de sus caderas. Sus piernas perfectas
sincronizadas en una marcha casi nupcial. Esta visión de su parte trasera me
llevó maniatado atrás del lujurioso vaivén de sus pasos, como un apéndice más en
su cuerpo.
Llegué casi hipnotizado hasta sus blancas sábanas.
Ningún hecho, por más significativo o importante que hubiese
ocurrido, hubiera podido separarme de ella en ese momento.
Aunque la ciudad completa se hubiese incendiado, yo hubiera
permanecido allí, hasta que las llamas hubiesen quemado mi carne.
Estaba más excitado que antes. Al llegar, la tumbé
rápidamente sobre la cama e intenté subirme encima de ella, con el fin de
penetrarla. Pero... otra vez me lo impidió.
Estás muy apurado, cariño. Y las mujeres tenemos otros
tiempos –
¿A qué te refieres Ramona? Explícame, por favor.-
Mira... yo tengo una particularidad especial. Me gusta
sentir varios orgasmos antes del coito. ¿Entiendes?... deberás hacer un
pequeño esfuerzo conmigo.-
No, no entiendo. ¿Acaso no te hice justamente eso, con
mis dedos hace unos minutos? –
Sí, cariño. Sí. Pero no es del todo suficiente para
mí.-
Esa noche, me enseño sus maneras. No todas, porque con el
tiempo fueron apareciendo algunas otras nuevas.
Su mayor goce, lo obtenía mediante el sexo oral. La había
visto gozar dos orgasmos maravillosos en la primera sesión apresurada que
tuvimos en el comedor. Pero no habían sido casi nada comparados con los que
experimentó, al enseñarme como debía estimularla con mi boca.
Sus convulsiones eran mucho más acentuadas, gritaba hasta
aullar, parecía una enferma espasmódica, y tampoco tenía límites. Creo que perdí
la cuenta de la cantidad de veces que llegó al clímax mayor.
Al principio, me enseñó como debía provocar su piel, sin
atacar directamente su vulva. Con suaves caricias de mis labios y mi lengua,
comenzando por su cuello, rostro, labios, senos y vientre. Luego sus piernas,
culo, pies... absolutamente toda su epidermis, sin dejar un solo milímetro sin
escudriñar.
Al terminar esa agotadora tarea, recién comenzaba la más
importante, que era la acción sobre su vagina.
Muy sutilmente en el inicio, besaba las partes que me
indicaba. Como por ejemplo: su monte de venus superpoblado por caprichosos rulos
oscuros, o la sensible zona entre su ano y su canal vaginal, los muslos
internos. Su pubis era angelical, y sus pliegues más íntimos me transportaban a
mundos extraños, habitados por antiguos seres primitivos... millones de años
atrás, donde quizás, gracias a dichos sabores y aromas, toda la humanidad
actual, basa su propia existencia.
En ese sector, podía quedarme horas enteras. Si me lo hubiese
pedido, hasta hubiera vivido eternamente lamiendo su entrepierna.
Sólo al final, me dedicaba a su clítoris. Primero debía
aguardar a que éste saliera de su capullo natural de piel, sin estímulo directo.
Luego... una vez que se asomaba a mi encuentro... entonces sí, lamía,
succionaba, besaba, chupaba y volvía a lamer ese botoncito mágico, con una
fruición espectacular, hasta que sus sacudidas me indicaban que estaba
aproximándose a una nueva meseta de estallidos. Yo variaba el ritmo de mis
lamidas según su voluntad.
Allí... ¡sííííííííí!... Ahí... Ahí mismo.-
Espera... espera... sííí... más arriba... ¡Esooooooooo!
Síííí, amor.-
¡Qué lindo me lo haces!... Mmmmmmhhhhhhhhh... Síííííí-
Ahora suave, suave, mi vida... suavecito.
Eso... mi vida... ¡esoooooooooooo!-
Bien... sííííí... sigue así... Asííííí-
No te detengas... ¡sigueeeeeeeee!... ¡sigueeeeeeeeeee
asííííí!-
Más rápido Micky... más rápido amor. ¡Síííííí!...
¡Así!...-
Ahhhhhhhhhgggggggggg... ¡Dios míoooooo!-
Generalmente, para ese momento, mi excitación ya no tenía
nombre. Sin embargo soportaba pacientemente esos ejercicios sexuales, como un
búfalo atado a un pesado aparejo, resoplando agitada y furiosamente, mientras
ella repetía sus orgasmos incontables, y con igual energía. Era incansable.
Verdaderamente, me costaba admitir que una persona pudiera sobrevivir luego de
tanto placer.
A su pedido, le introducía mis dedos en su vagina, en su ano
o en su boca, según me lo solicitaba. Acaricié miles de veces sus senos con mis
manos o mi lengua, según la ocasión.
Me adiestró a localizar una zona muy erógena (el ahora tan
famoso punto "G"), y ya no me costaba ningún trabajo encontrarlo de inmediato.
Para ello metía dos de mis dedos en su vagina, orientando las yemas hacia
arriba, y al llegar a la zona rugosa, buscaba y exploraba en ese reducido
sector, ella me señalaba el sitio exacto donde rozar y estimular, para
provocarle unas sensaciones que fue incapaz de describirme.
Cuando ella observaba que ya casi no le quedaban más fuerzas,
ahorraba una última para satisfacerme a mí. Cosa que yo le agradecía de
inmediato, porque mi necesidad, comúnmente en esos momentos, era de extremada
exigencia.
Sin embargo, también me aleccionó en el arte de la
penetración.
Cuando yo no podía controlar mis urgentes impulsos
eyaculatorios, se retiraba velozmente, presionaba y asfixiaba el glande de mi
miembro, y de esa forma, lograba detenerme como por arte de magia. Al cabo de
unos segundos, volvíamos a una violenta o bien delicada introducción de mi pene,
dependiendo ambas modalidades de ciertos aspectos, que yo aún no entendía
perfectamente.
Estaba confundido en casi todo, pero mi fascinación era tal
que; sin pensarlo, hubiera dado mi vida por ella.
Estaba en un limbo desconocido. Saturado de sexo, amor y
lujuria. Asombro y admiración. Dolor y placer. Espera y exuberancia.
Descubrí con esta mujer, los laberintos más complejos de la
líbido. Recorrí caminos asombrosos, inusuales para un chico de 13 años en
aquellas épocas.
Siempre hice todo cuanto me pidió. Jamás me opuse a nada. Al
contrario, con el tiempo aprendí, que mi único placer consistía en darle placer,
y saturarla con ello.
Esa actitud me otorgaba un aparente y considerable poder
sobre Ramona, que me enorgullecía, aunque era otra fantasía más de mi parte.
La realidad era muy diferente... ella me tenía completamente
a su merced.
Yo me sentía pletórico, multiplicado hasta el infinito, había
superado de forma exagerada, cualquier expectativa.
En esos cuatro días de eminente felicidad, literalmente
vivimos en la cama. Casi no salíamos de ella, salvo para los casos de extrema
obligación.
Con estupor, llegué a contabilizar 31 veces, en las que yo
había eyaculado. Pero de verdad me fue imposible enumerar sus orgasmos. Aún
conservo esa ridícula manía de contabilizar o llevar registros numéricos en mi
mente, de las cosas más insólitas.
Rendidos y exhaustos, nos dormíamos enlazados a pesar del
calor, por breves intervalos, para comenzar nuevamente ante la menor o más sutil
insinuación de parte del otro. Fuimos dos máquinas del amor. Sincronizamos
perfectamente nuestros ímpetus, y recuerdo un solo caso en el que me faltó el
vigor necesario para complacerla. Absolutamente todo estaba intrínsecamente
dispuesto para deleitarnos mutuamente.
El día martes, me sorprendió otra vez. En el instante en que
mi excitación ya era arrolladora, se dio vuelta como lo había hecho otras veces.
Apoyó manos y rodillas sobre el colchón, y se acomodó como a mí tanto me
agradaba. Pero en vez de pedirme una penetración normal; levantando bien en alto
su cola, me suplicó que le introdujera mi pene en su recto. Yo estaba
maravillado, absorto y cautivado por la imagen de sus dos aberturas a mi total
disposición. El aro rosado de su ano, rodeado de pliegues de color café, era un
secreto ya descubierto por mis dedos y mi lengua, pero esa iba a ser la primera
vez que lo intentaría con mi órgano sexual. Nos acomodamos, le unté crema
humectante según me indicó, y le hice los masajes previos conforme a su guía.
Cuando ya creíamos que estaba bastante dilatado me incorporé
detrás, presioné la punta en la abertura y sentí como ese aro musculoso comenzó
a ceder, aunque no mucho.
Me costó horadar el esfínter, pero cuando mi glande atravesó
la primera barrera anillar, el resto lo hizo sin ninguna dificultad.
El vaivén del mete y saca, se fue haciendo mas acelerado. Y
comprobé que gracias a las prácticas anteriores, podía controlar mi eyaculación
casi a voluntad.
Mientras yo me entretenía con su conducto excretor, ella
estimulaba su clítoris con una de sus manos, por debajo de su vientre. Sentí
cuando tuvo uno, dos, tres y más orgasmos seguidos.
Demoré a propósito mi final. Me pedía a gritos que acabase.
Ella ya se encontraba al borde de la extenuación física y
mental, pero no me detuve, y al contrario, continué impulsándome en dicho
apretado canal, que me proporcionaba sensaciones majestuosas.
Sus dedos, se movían furiosamente entre sus piernas, y lo
único que yo lamentaba, era no poder observar su expresión de gozo, que era como
un regalo para mi nueva condición de hombre. Con ella aprendí que lo único que
me interesaba del sexo, era proporcionarle a mi amada, el máximo deleite y
satisfacción posibles. Y que gracias a eso, mi placer también estaba asegurado.
Ramona estaba llegando a uno de los "grandes". Así los
llamaba.
Se estaba generando un orgasmo de tal magnitud, que incluso,
a veces hasta le daban temor, según me había manifestado.
Yo ya había presenciado algunos grandes, pero éste fue
brutal.
Desde su garganta comenzaron a surgir extraños sonidos, como
guturales o animales. Su cabeza, se apoyaba sobre una y otra mejilla, con
movimientos intermitentes muy veloces; de verdad, los giros de su cuello eran
inusitados, violentos... casi peligrosos.
Todo su cuerpo estaba recibiendo andanadas eléctricas, se
contorsionaba, presionaba su culo contra mi cadera y para aumentar el
enclavamiento aparecieron prontas sus manos, las que tomaron una nalga cada una,
y abrieron el canal al máximo posible.
Su esfínter se cerraba cuando yo pretendía extraer mi
miembro, hecho que me producía cierto dolor, y se relajaba permisivo ante una
nueva embestida.
Juntos, alcanzamos una aceleración bestial, era lacerante,
punzante. En sus profundidades, mi cabeza se encontraba con un duro objeto, que
supuse serían excrementos dispuestos a ser expulsados prontamente.
Sus gemidos se transformaron en alaridos, escuché su garganta
como asfixiada por burbujas de su propia saliva y al fin, se relajó. Sentí de
golpe... una total distensión de todos sus músculos, y desde su vagina emergió
un grueso chorro de líquido caliente y espeso, que empapó mi escroto, mis
piernas y la cama.
Se ha orinado- pensé
Debe ser orina... ¿Qué otra cosa podría ser?...
De pronto, sentí que se desplomaba. Como una muñequita de
trapo sin vida, se dejó caer sobre la cama, arrastrándome atrás de ella. Yo
estaba conectado a su vida, sus entrañas eran mías, y no había nada en el mundo
que pudiera detener mi avance.
Seguí moviéndome en su interior, golpeé varias veces más mis
testículos contra su vulva inflamada, hasta que sentí un chorro de esperma
ardiente que creí brotar desde mi columna vertebral. Como un poseso... me hundí
aún más en su interior, y descargué mi asalto final.
Ya no era solamente placer. Algo más se había incorporado en
mi persona.
Ella estaba casi desfallecida, y al retirarme, de su ano
surgió un manantial de semen, crema, sangre y heces, unidas en una amalgama
indefinida de color marrón, que salpicó mi vientre, y cayó sobre las sábanas.
Habíamos llegado a cierto límite desconocido, y me asustó
reconocerlo.
A pesar del reducido tamaño de mi miembro eréctil, había
conseguido dañar sin quererlo, algún tejido interno de su recto. Limpié como
pude su cuerpo tan manchado, me higienicé, retiré todas las sábanas, que estaban
ya más que sucias, y le apliqué en su vulva y su trasero, una crema que usábamos
para la inflamación dérmica de la bebita. Temblaba todo mi
cuerpo, pero sobretodo, las piernas, las cuales casi no me respondieron con
total normalidad, hasta pasadas dos horas más.
Ella actuaba como entregada. Desde ese día, nos pertenecimos
uno al otro, regidos por un pacto mórbido que todavía ignorábamos.
Al día siguiente, aún se sentía dolorida en ambos canales.
Pero ello no le obstaculizó a satisfacer mis deseos con su boca. Hacia la tarde,
aún le dolía el ano, pero su ranura vaginal estaba recuperada, y logramos hacer
el amor, aunque muy apaciblemente.
Mi amor... algo te ocurre. Creo que te lastimé otra
vez. –
¿Por qué lo dices, Micky?... No me duele... en
absoluto. Es más, pensaba buscarte nuevamente dentro de unos minutos.-
Es que cuando fui al baño a orinar, me encontré el pene
con restos de sangre. Y ya verifiqué que no es mía.-
¡Ahhhhhhhh!... no tontuelo. Lo que ocurre, es que
empecé a menstruar. Pero no te preocupes, si te d