Lleváte mis húmedos y agradecidos ojos observándote en tu
lado de mi cama por la noche, mi inflado pecho por tu cercanía, mi sonrisa
enorme compitiéndole a la extraña felicidad de la Mona Lisa.
Lleváte mi humedad y mis fuegos... trofeos concretos de la
magia de tus caricias, de tus besos, de tus roces, de tus te amo a rajatablas,
de tus te odio a la espera de la reconciliación que siempre llegaba y que una
vez se perdió en su trayecto de retorno.
Lleváte mis manos, mi olor, mis miradas, mis te necesito y
mis no me satures envueltos luego de decirlos en un oscuro tul de
arrepentimiento, y guardálos entre tus ropas, en el fondo de tus valijas, en el
escondite secreto que me deja tu desmemoriada memoria.
Lleváte mi vana espera de ilusa mirada perdiéndose en el
horizonte que no supo más de vos, el hueco de mi cama que recuesta a tu ausencia
y le acaricia la mejilla a la nostalgia, el dentífrico aplastado a la mitad.
Lleváte esta profunda y ancha melancolía porque sé que no
vendrás como sé que no iré... tan iguales somos que la muerte nos llegará
esperando por el otro en vana espera como dije.
Llevála... arrojála en las orillas de algún arroyo de aguas
putrefactas perdido en medio de ningún sitio, al costado del camino que sueña
con vernos pasar, al borde del desfiladero en el que me arrojé una vez que te
perdí.
Lleváte todos mis temores, los dichos y los no dichos, cada
una de mis dudas que son seguridades sin sentido ya, saber que te amo como jamás
amé a ser alguno es dispararle al cielo para bajar una estrella sin herirla.
Lleváte todas y cada una de mis palabras, a los suspiros que
pensando en vos mi alma esputa, a esta manada de te extraño que se agolpan en
las puertas de mis ganas de volverte a ver.
Lleváte estas líneas, estrofas quebradas a la mitad, prosa de
sexta categoría llorando lágrimas de cartón desde la herida de muerte que un
adiós sin adiós le propinó, maldita poesía que es porque ya no somos y jamás
volveremos a ser.
Lleváte lo que quieras... yo me quedo con lo que fuímos.