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Pacto con mi yerno
Sexo con maduras-
2008-03-07 09:15:00
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Un muchacho hace un curioso pacto con la madre de su novia:
tomarla a ella y respetar hasta la mayoría de edad la virginidad de su hija.
Conoció a Karina cuando tenía 17 años en una fiesta de instituto. Era una chica
del primer curso, con 14 años, morena, bajita todavía y con unos meloncitos
bastante desarrollados para su edad. Iba con unas chicas a las que yo conocía y
no le fue difícil acercarse a ella y bailar con ella. Entre los dos surgió
rápidamente el amor como un flechazo. Bailaron y la acompañó hasta la casa. No
le costó darle la mano y despedirse de ella con un beso.
Se obsesionó por ella. Sus amigos no tardaron en notar que estaba enamorado y se
metían con él, pero a él no le importaba. Le pidió salir el sábado...Y ella
¡Aceptó!¡Qué maravilla! Todo fue sobre ruedas el sábado. En el cine se dieron el
primer beso en la boca. No tardaron en darse el segundo y el tercero.
Tal vez influído por sus amigos, deseó unos días después darse con ella una
buena escapada, para lo cuál eligío otra fiesta de instituto que celebraba otra
clase. Se sentaron los dos en esa zona oscura donde se sientan todas las
parejas. No tardaron en emocionarse.
Ella se dejaba coger el culo, incluso por debajo de la falda y los senos. Todo
iba sobre la seda. Pero cuando le fue a meter mano entre las piernas, Karina se
negó en rotundo. Se puso bravo, porque lo dejó a dos velas.
Lo intenté muchas veces pero ella era muy reacia. La única solución que veía era
llegar a casa y masturbarse. Y así lo hacía.
Un día lo invitó a merendar a mi casa antes de salir. Allí me conoció, a la
madre de su novia, y ¡vaya madre!. Toda la sensualidad que le faltaba a Karina
la tenía yo, Haydeé su madre que tenía 32 años, era castaña, con el pelo rizado
y corto. Un tipazo fenomenal, de cintura estrecha y culo ancho y bien formado.
Mis tetas eran de un tamaño que comparándolos con los de mi hija eran
descomunales, pero muy bien puestos, porque yo era muy deportista, como pudo
comprobar el al recibirlos en un maillot negro de hacer aeróbic que dejaba ver
mi espléndido cuerpo Yo era muy simpática y encantadora, y le sonreía
pícaramente. Me abalanzé un poco sobre el para servirle un café y pudiera ver mi
escote infinito.
Quizás por eso, cuando pilló a mi hija a solas, se empeñó más que nunca en
terminar de cogerle el chocho de una vez y le pedía que ella le cogiera la verga
a el. Se negaba. Al final accedió a cogerle la verga, pero yo el no le podía
tocar la vagina. Yo, su madre se lo había dicho desde siempre, seguramente
debido a mi propia experiencia. Al final accedió a masturbarlo, para lo que
eligieron un callejón que conocían. Como era invierno, se taparía con el abrigo
por si las moscas.
Karina estaba inquieta y debido a su poca experiencia le daba con tal fuerza que
era imposible no sentir dolor, así que él pidió que lo dejaran. Ella se enfadó.
El también. La acompañó a mi casa sin decir una palabra y se despidieron
fríamente.
No pasó nada. El pasó la noche sin dormir, y ella la debió pasar llorando. Por
otra parte, el se masturbó para quitarse la calentura, pero no pude dejar de
pensar en Haydeé, la madre, a la hora de hacerlo (según me lo dijo el). Karina
lo llamó a primera hora de la mañana, sin duda influida por mi, su madre. Lo
invitó a que la recogiera por la tarde, y el accedió por que estaba muy
enamorado de ella. Al llegar la tarde, se encontró que Karina no se había
arreglado todavía pues yo ocupaba el baño. Yo salí a recibirle con una toalla
liada, lo que aprovechó Karina para ducharse y vestirse.
Yo empezé a decirle que Karina me había contado todo. Yo no se lo reprochaba,
pero le pedía paciencia. Le advirtí que si dejaba embarazada a mi hija, le
cortaría los huevos. Mi hija era aún muy joven, le decía. El lo estaba pasando
fatal, pero luego le hize un ofrecimiento que lo dejó de piedra... Si quería
sexo, podía tenerme a mi, a condición de dejar tranquila a mi hija. En esto que
terminó de salir mi hija del baño y yo le dije en voz baja que le llamaría.
Karina tenía un horario que la obligaba a quedarse en la clase una hora más que
el algunas días. Yo lo llamé en este horario y le recordé lo "pactado". No tuvo
más remedio que venir, por que era una ofensa a su hombría no ir y porque no
dejaba de pensar en aquella mujer de 32 años.
Lo recibí en una bata. Le pedí que pasara y le sirví un refresco de cola, con un
poco de ron. Me senté a su lado y me puse a hablarle. El estaba tan tenso que me
respondía tartamudeando. Así sentada le enseñaba un muslo exquisito, y me veía
hasta el ombligo. De repente, le abrí la bragueta y le desabroché el cinturón, y
le saqué la verga. No tardé en masturbarlo escuchando una voz que le arrullaba y
unas manos hábiles que lo ordeñaban. No le manché la ropa porque tuve la
precaución de protegerla con una servilleta.
Respetó desde ese día a su novia, tal y como le pedía yo, su suegra.
Apreciaba en mi a la joven mujer idealista, todo lo contrario de lo que le llevó
a ver a la madre de su novia a los pocos días. Yo le recibí con un camisón.
Volví a repetir la operación de la tarde anterior, pero el estaba más decidido,
así que comenzó a besarme en la boca mientras yo le sacaba la verga. Mi boca era
más carnosa que la de mi hija, pero mi lengua era más experta, se la metí entre
sus labios y busque su propia lengua.
Me desabroché los botones del camisón y tomó mis senos calientes y enormes, y
comenzó a juguetear con mis pezones, que estaban duros.
Se corrió sin quererlo, manchando esta vez la camisa y los pantalones. Le limpié
como pude las manchas, con agua. Fue una situación comprometida, pues Karina
estaba al llegar, pero afortunadamente, el abrigo lo disimulaba todo.
Cuando fue a ver a la madre de Karina por tercera vez, le aseguré que no
volvería a pasar lo del día anterior, y así fue. Volví a repetir la operación
del día anterior, con el mismo camisón. Lo empezaba a sentir muy excitado,
cuando de repente, bajo la cabeza hacia su ingle y ¡Zas!¡Me la metí en la boca!.
El nunca había sentido tanto placer. No pudo tocarme las tetas con tanto gusto,
pero sus manos empujaban mi cabeza de arriba a abajo. Me la comí toda. Me
incorporé rápido para ir al baño, seguramente el pensó que para escupirlo. Me
seguía y pudo ver que no llevaba bragas debajo del camisón. Había una mancha de
humedad que lo hizo pensar que su suegra era menos dura de lo que parecía.
Me estuve comiendo el coco toda la semana. Era muy egoísta. Debía darle a el
algún tipo de satisfacción. Por eso, cuando volvió a verme a la semana
siguiente, le recibí en bata. El no se sentó en el sofá, sino que se acercó a mi
y comenzó a besuquearme, arrancándome la bata de un tirón. Allí estaba yo,
desnuda. Con unos pezones de color chocolate del tamaño de un caramelo. Esta
vez, llevaba bragas. Se puso a comerme los pezones y plantó mi mano entre sus
piernas. Tras ceder yo brevemente, tuvimos una lucha por ver quién llevaba la
iniciativa. Acabamos sentados el en el sofá y yo, de rodillas, sobre el,
comiéndome la polla. Me estiraba del pelo, como queriendo creer que era él el
que llevaba la iniciativa. No dejaba de frotar su pierna contra mi vagina. Se
corrió en mi boca, y yo me lo tragué todo de nuevo. Se abrazó contra mi cuerpo,
y me repetía que era muy mala.
Me impedió que me vistiera y estuvo observándome largo tiempo, observando mis
senos, mis caderas, mis muslos, mis nalgas que asomaban en mis bragas escotadas.
Me acerqué a el, cuando se lo pedí y hundió su cara entre mis muslos, y pudo
oler el perfume de mi sexo que se mezclaba con el de mi ropa.
El le contaba a sus amigos lo que pasaba conmigo como si sucediera con mi hija,
su novia. Un chico le enseñó una revista en la que un hombre, antes de meterle
la verga le comía el chocho a una mujer, así como Haydeé,su suegra. Su obsesión
fue el comerme el chocho a su suegra, aunque pensaba que al final le daría asco.
Cuando le llamé por teléfono en la víspera de nuestra cita no se anduvo por
contemplaciones y le dije directamente que quería comerme el coño.
Le pedí entonces que se afeitara. Piénsese que con sus diecisiete años, más que
bigote tenía pelusa.
Cuando llegó, yo estaba haciendo deporte. Estaba un poco sudada. Tenía un
pantaloncito que dejaba asomar mis muslos y una camiseta muy ceñida. Me besó en
la boca, como había empezado a hacer cuando iba allí y no estaba mi hija. Sin
muchos miramientos le dije que se quitara los pantalones y la ropa. Se quedó en
calzoncillos, camiseta y calcetines. Le miré de reojo, y con cierto sarcasmo, y
comenzé a desnudarme. Me quité la camiseta y quedaron al descubierto mis melones
sudorosos. Luego me bajé los pantalones y las bragas. Tenía una mata enorme de
pelo. Vine al salón y se senté en el sofá. Se acercó a mi y se puse de rodillas,
a comerme las tetas. Mi cuerpo estaba pringoso y olía un poco a sudor. No le
importaba. tenía ganas de esta mujer.
No sabía cómo comerme la vagina, pero yo, intuyéndolo me abrí de piernas.
colocando mis pies sobre sus hombros. Ante el se me abría todo el sexo, cubierto
de bosque, y en medio, una raya despejada como una pista de aterrizaje en plena
selva. Lamió aquella grieta a la par que saboreaba su olor perfumado. Yo le
enseñé dónde tenía que chupetear para conseguir que mi sexo se humedeciera, pues
contenía mi clítoris entre sus dedos mientras yo empujaba suavemente la cabeza
contra él.
Por primera vez me vió excitarme y perder el control, y sobre todo, al comprobar
en su expresión contrariada que se había corrido. Yo comenze a moverme
rítmicamente mientras me cautivaba la cabeza que restregaba contra mi grieta
mientras me repetía" amor, amor, amor".
Por vez primera olló canturrear a la madre de su novia, mientras se componía y
le intentaba lavar los calzoncillos. Se acercó a mi, que estaba con sólo las
bragas puestas. El se había empalmado con sólo verlme y me exigía, más que
pedirme, que me la comiera otra vez. Se tumbó en el suelo y esperaba que yo me
echara sobre el, empezando por los pies, pero se equivocó. Venía a gatas desde
su cabeza. Pasé mi cara, luego mis tetas melonudas y por último planté mi
vientre delante suyo. Luego me agache contra el y comenzó a sentir cómo le
trasteaba su picha, mientras comenzó a percibir de nuevo el perfumado olor de mi
sexo. Esta vez me tragué el poco semen con que pudo recompensarme.
Nos descuidamos un poco y llegó Karina mientras nos vestíamos. El se vistió
rápidamente en el lavabo, mientras yo, su madre, me componía rápidamente con una
bata. Karina no sospechó nada. Yo le hizo creer que lo había invitado a comer
ese día, porque sí.
Pero ese día fue especial porque él descubrió el orgasmo femenino.
Descubrí que podía conseguir que una mujer de 32 años como yo, Haydeé se
convulsionara de placer. Desde ese día ya no fue nada igual.
Llegaba y se sentaba en el sillón, mientras yo venía de rodillas a comerme su
verga. El entonces me agarraba los melones, y me acariciaba con fuerza, y me
pellizcaba tiernamente los pezones. Luego yo me tumbaba, y el se comía el
chocho, pero no tardó en penetrarme con los dedos. Entonces el ya estaba tan
excitado que volvía a correrse. La alfombra se llenó pronto de manchas más bien
sospechosas.
Les conté todo esto a sus amigos, haciéndoles creer que era Karina la que se
corría, y sus amigos lo tachaban de poco hombre, porque decían que lo que tenía
que hacer era cogerla de una vez,"A ver si te la follas de una vez" no paraban
de repetirle. El les decía que no lo haría hasta que ella no cumpliera la
mayoría de edad.
Cesaron en sus burlas, pero bien sabía yo que esa excusa de la mayoría de edad
no le servía para la madre.
Un día fue a mi casa y cuando comenzabamos el ritual de la mamada, me cogió del
cuello y me tiró con suavidad contra la alfombra.
Entonces hizo por ponerse encima mio. Yo lo rehusé. Después de un leve forcejeo
que no fue más allá, le achaqué que sin preservativos, nada. Así que se tuve que
conformar con la mamada.
Pero para vengarme, al final de la mamada, me pegué un bocadito que yo pensaba
que lo había capado.
No tardó en ir a una farmacia a comprar los preservativos. Se puso de todos los
colores ante aquella chica que despachaba, pero podía más el deseo de
comportarse como un hombre que la vergüenza.
Cuando los compró, le asaltó la idea de sorprenderme, así que por primera vez en
su vida hizo novillos, y se dirigió aquella mañana a la casa de su novia, que
estaría en el colegio. Llamó a la puerta dos veces y le recibí yo totalmente
somnolienta. Me sorprendió de vermele aquí temprano.
Confieso que por un momento se puso celoso con sólo pensar que me podía
descubrir con algún hombre que hubiera conocido, lo cual como luego comprobó
sobre la marcha era falso, pero a pesar de ello, fingió celos mientras yo le
aseguraba que no me había acostado con ningún hombre en semanas. Llevaba puesto
el camisón con el que tantas veces le había recibido, debajo del que había unas
bragas sólamente. No sé que le pasó que se transformó.
Me llamó puta, mientras de un tirón me desgarraba el camisón. Esta actitud suya
me asustó al principio, pero entonces descubrió una sonrisa y una mirada entre
perdida que sólo demostraba satisfacción. Me agarró de la cintura y me tomó
contra su boca.
Yo oponía una tibia resistencia. Sus labios me mordieron el pezón con una falta
de respeto que me sorprendía hasta mí. Yo le repetía "No, corazón, no, no...".
Mi camisón desgarrado cayó por su propio peso, y me ordenó "Quítate las bragas.
zorra, Hoy vas a follar conmigo de una vez".
Yo me quité las bragas. Entonces el se quitó la ropa mientras yo le miraba
temerosa, y sacó la caja de preservativos, todavía con el papel del envoltorio
de la farmacia. Yo me reí.
El se puso colorado, pero yo para no cortarlo me callé rápidamente.
Se fue a colocar el preservativo, pero se lo iba a poner al revés.
Yo intervine para hacerle ver que se lo estaba poniendo mal. Me ofreció a
ponérselo yo misma. Con sólo el tacto de mis dedos delgados, y oler la
proximidad de mi cuerpo se corrió.
Le pesó como nunca su eyaculación precoz. Yo, siempre comprensiva, le calmo y le
preparo un desayuno. Luego, yo me duchó, mientras el reflexionaba sobre su
problema. De repente me olle cantar y sólo con imaginarme se empalma. Se asoma
al baño, y allí estaba yo bajo el chorro de la ducha. No dudó en esperar a que
yo saliera y cuando salí con la toalla alrededor del cuerpo, volvió a atacarme
con la misma violencia que antes, pero sin gastar esfuerzos en palabras.
Me desnudó al quitarle la toalla. Me lleva a mi dormitorio y me empujé contra la
cama. Mi pelo húmedo se extendía entre las sábanas. Mu cuerpo rezumaba el olor
del jabón recién frotado. Esta vez se puso el mismo el preservativo. Yo lo
esperaba con las piernas abiertas. Su pelvis empujó venciendo las sucesivas
estrecheces.
Como se había corrido antes, esta vez tuvo que trabajar de lo lindo entre las
piernas de la mujer para conseguir correrse, mientras yo, con mis piernas
enlazadas detrás de el, aguantaba las embestidas, y las recibía valientemente.
Nos corrimos y quedamos así, el uno encima del otro.
Ese día, yo comenzé a tratarle como a un hijo, incapaz de negarle cualquier
capricho. El por su parte, respetó mi parte del pacto, respetando a Karina hasta
los dieciocho años. La verdad es que, entre la madre y la hija, se quedó
culiando con la madre.
Mi marido nunca se dió cuenta porque nunca estaba en la casa y yo siempre tuve
que terminar culiando con mis yernos para que no desvirgaran a mi hija
Haydeé Vallejos |
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