Esta noche es especial.
Todo el mundo lo sabe y nadie sale de casa hoy.
Parece tontería creer en brujas pero cuando llega el día
señalado, los postigos y contraventanas se cierran, las cortinas se convierten
en muros, los edredones parece que protegen más. Y se cuentan historias entre
risas nerviosas, puesto que tras el susto todo el mundo teme que algo pase.
Porque esta noche es una de esas noches donde pasan cosas.
Quizás cosas es la mejor definición: vaga, imprecisa, a medio camino entre una
verdad dicha bajito y una mentira medio esbozada.
Yo no creo en estas cosas. Pero ese día estaba metida en mi
cama, leyendo un libro y acechando a cualquier nota discordante en la relativa
calma de las primeras horas de la madrugada.
La calma es relativa, porque en estas noches siempre hace
mucho frío y ulula por las callejuelas un viento descorazonador, que te hiela en
lo más hondo por abrigada que vayas. Que parece te entra en el alma y te quita
el calor de la vida.
Trataba yo de, estando sola, conjugar los fantasmas de la
oscuridad con una novela medio sarcástica medio humorística cuando me sobresaltó
un ruido.
- ¡Bamm!
Claramente era algo que golpeaba una ventana.
Pero yo me había asegurado, para evitarme sustos
innecesarios, de que todo estaba bien cerrado y no había nada que pudiera
producir ese ruido.
Traté por todos los medios de imaginar que no había oído
nada, que era mi imaginación febril la que se hacía ilusiones.
- ¡Bamm!
Podía indefinidamente hacerme la sorda. Nada iba a pasar
porque oyera un ruido. Pero no podía dormir. No podía leer. Sólo escuché el
ruido otra vez más, pero estaba intranquila pendiente de volver a oírlo, de
notar algo extraño.
- ¡Bamm!- sonó por cuarta vez, haciendo ya imposible el
ignorarlo.
No será nada, pensé para mis adentros. Mucha mitología pero
luego nunca es verdad. Así que me levanté a mirar que pasaba. El ruido parecía
venir del salón aunque no estaba segura. Me movía con precaución y con la
bombilla del techo encendida, fisgando con su luz entre las sombras, empujando a
sus inquilinos hacia rincones no iluminados, al acecho para reaparecer tan
pronto de apagara.
Cuando ya estaba casi convencida de volver a la cama, el
ruido me sobresaltó. Casi grité. Sonaba como si algo o alguien golpearan la
contraventana. Al ser ésta de metal sonaba muy fuerte y me sentí asustada.
Tras respirar profundo varias veces me acerqué allí y decidí
abrirla para ver que pasaba. Al hacerlo, noté como el frío helador me llegaba
hasta los huesos y el viento gemía por entrar en mi cálida morada. Pero no pude
encontrar nada que causara los golpes.
Casi con más miedo que antes volví a cerrar la ventana.
Noté entonces un ruido a mi espalda, como si alguien corriera
por la habitación. Me giré veloz, pero no pude ver nada, quizás la sombra de una
sombra. Nerviosa, me dirigí hacia mi cuarto. Antes de llegar, chisporroteó la
bombilla y dejó de funcionar.
Vaya coincidencia tan mala.
Me intenté guiar por la luz de mi habitación, pero las
sombras parecían tan amenazadoras que tras alguna vacilación traté de correr
hacia la seguridad de mi cama. Mi nerviosismo y la poca luz hicieron que
tropezara con la alfombra y cayera contra el suelo. Bueno, parecía la alfombra
pero al caer no había nada debajo de mí. Y la alfombra no debería haber estado
en ese lado del salón.
Al tratar de incorporarme noté como si un dedo con un toque
gélido se posara en mi nuca. Me giré deprisa, quedándome sentada en el suelo,
sin identificar nada entre las sombras.
Muy asustada y sin llegar a levantarme, traté de llegar al
pasillo sin dar la espalda al posible agresor. A trompicones conseguí ganar la
puerta, que cerré de golpe.
Tratando de recuperar el resuello, no sabía si lo vivido era
real o no. Tras pasar unos momentos me di cuenta de la situación y sonreí para
mi al pensar en lo idio...
- ¡Bamm!- sonó al chocar algo contra mi puerta.
Del salto aterricé en la cama, con tan mala suerte de que
arrastré la lamparita de la mesilla, arrancándola de la pared y dejándome a
oscuras. Cuando me volví me di cuenta de que, salvo sombras borrosas, no era
capaz de distinguir nada.
Desde mi posición traté de extender la mano para llegar al
interruptor de la pared. Me temblaban los dedos, producto del miedo, el frío y
la incertidumbre.
Y sin embargo antes de llegar a la pared, noté algo.
Asustada retiré la mano instintivamente y traté de protegerme
ante la llegada de un golpe, un grito, algo, proveniente de lo que fuera que
había tocado. Pero no fue así. Nada cambió. Sólo la terrible sensación de frío
que persistía en la punta de mis dedos, como si hubiera tocado nieve.
Pasaron unos minutos de absoluta calma y silencio. Ante la
ausencia de datos de peligro decidí intentar nuevamente encender la luz. Me
acerqué en la cama y conseguí llegar al interruptor. Al mirar descubrí que a mi
lado en la cama no había nada.
Me giré para inspeccionar la habitación y de nuevo noté un
escalofrío empezando en mi nuca y bajando por la espalda, que me acalambró las
piernas, como si me hubieran golpeado con una barra de hielo.
- Si prefieres dejaré que tengas la luz encendida.
Una voz de ultratumba, grave, profunda, sin ninguna muestra
de sentimiento, resonó a mi espalda. Casi me caigo de la cama del respingo.
Al mirar no pude ver nada, apenas una especie de sombra sobre
la sombra, confusa.
Mi miedo era absoluto, era incapaz de moverme siquiera.
- Estás asustada, ¿verdad? Siempre es así.
Inequívocamente la voz venía de la sombra, donde claramente
era imposible que hubiera nadie o nada. O eso parecía.
- Extiende la mano.
El miedo me tiene paralizado, pero siento como si en vez de
una simple frase fuese una orden directamente dictada a mi cerebro, casi sin
poder creerlo extiendo mi mano. El frío me atenaza de nuevo, como si sumergiera
la mano en un río del deshielo primaveral.
A medida que el frío va subiendo por mi brazo, mis ojos no
acaban de creer lo que ocurre. La sombra va tomando consistencia y se adivina
una preciosa mujer, de piel pálida y cabellos oscuros, con los ojos color malva
y los labios de un color amoratado oscuro que no es posible reproducir con
ningún pintalabios.
Me tiemble la mano. Pero es por el intenso frío que siento.
El resto de mi tiembla, pero de puro miedo.
- ¿Mejor ahora?
¿Mejor? ¿Mejor? No creo que sepa responder adecuadamente a
eso.
- Si si si si no f-f-fuera que estoy cagada de miedo…
Menuda tontería de frase. En medio del pánico apenas soy
capaz de articular las palabras y mucho menos de intentar hilar un pensamiento
más coherente.
- Entonces, ¿eso significa qué no te gusto?
Joder que pregunta. La verdad es que mi vista vuelve a
posarse en ella y me doy cuenta que su forma ya es más consistente. Es la mujer
más maravillosa que he contemplado nunca. Su piel es pálida, casi translúcida,
parece más de un cuento de hadas que real. De un cuento de brujas, dice una
vocecilla en mi interior.
Su pelo negro es sedoso y le cae haciendo graciosos bucles
sobre un cuello perfecto, que parece de cisne, erguido y delicado, y sobre unos
hombros suaves aunque con aspecto de albergar mucha fuerza en su interior.
Y no puedo evitar seguir mirando. Alcanzo a ver unos pechos
impresionantes, del tamaño de dos granadas y prometiendo un sabor al menos igual
de dulce que cuando éstas están maduras. Su terso abdomen conduce a un ombligo
redondo y pequeño, que pide a gritos ser lamido en profundidad. Su cintura se
estrecha peligrosamente, haciendo casi difícil entender que pueda sostener al
tronco. Pero vuelve a ensancharse al llegar a sus caderas, redondas pero sin un
ápice de grasa, en cuyo centro asoma una escasa cantidad de vello negro rizado
recortado, que hace de alfombra roja hacia un clítoris grande sin ser excesivo y
el comienzo de unos labios mayores que prometen algo más. Apenas puedo ver sus
piernas, que son bien torneadas y de piel lisa y suave, rematadas en unos pies
preciosos.
No tiene ninguna imperfección. No tiene lunares, ni granitos,
ni ningún vello excepto en el pubis. No tiene cicatrices ni marcas, ni siquiera
alguna estría o un arañazo. Es tan perfecta que no puede ser real.
Aunque resulte increíble, se combinaba en mí un miedo atroz
con una gran excitación, pues semejante mujer desnuda era imposible que no me
estimulara. Bueno, no sé, eso imaginé, pues nunca me había sentido excitada por
otra mujer. Y, como casi todo mi cuerpo en esa noche, una terrible humedad se
empezó a apoderar de mi braguita, pues duermo sin pijama, sólo una camiseta y la
ropa interior.
Entre avergonzada y asustada volví mi mirada a ella. Sus
ojos, sus ojos son increíbles. Ese color malva no puede ser natural pero veo lo
suficiente como para darme cuenta de que no tiene lentillas. Y ofrecen una
imagen contradictoria, una lascivia intensa y un frío atroz.
- Creo que sí te gusto.
¿Qué se supone que puedo contestar? Creo que nada, así que es
lo que hago, continúo mirándola, atrapada, sin saber en el fondo si deseo
despertar de esta pesadilla.
- La verdad es que sería una pena estando aquí y gustándote
que no aprovecháramos el momento.
- Y-yo n-no s-sé…
- Muy bonito eso de deletrear pero hace difícil entenderte.
- Te-te-tengo miedo… y frío… y más miedo.
De verdad que estoy asustada, porque me comporto como un
tonta. Una sonrisa aparece en sus labios, insinuándose, burlona, juguetona.
- Quítate la ropa.
No tengo suficiente capacidad para decir que no, ni siquiera
para intentar resistirme. Si no fuera porque he oído sus palabras juraría que es
mi propio cerebro el que ha dado la orden. Una vez sin ropa veo que,
extrañamente, a pesar de sentir frío mis pezones están enhiestos, como queriendo
desmarcarse del resto del cuerpo tembloroso que lo respalda.
- La verdad es que me gustas más sin ella. Y es evidente que
yo te gusto a ti. No tienes en qué esconderlo.
Maravillada, observo como el miedo intenso parece exacerbar
mi libido, como si lo único que me fuera a anclar a la vida, con la fuerza del
instinto, fuera el sexo. No me apetece esconder mi excitación porque es lo único
que encuentro real en esta pesadilla.
Se acerca a mí, mirándome fijamente, como incitándome a que
me rebele, a que la aparte, a que la rechace. Y soy completamente incapaz. Me
besa suavemente, dándome una combinación de dulce sabor y frío glaciar. Juega
con mis labios y yo la dejo hacer, atónita de la sorpresa que me causan unos
besos tan deliciosos y al mismo tiempo tan heladores.
Desciende hacia mi cuello y lo contornea con sus labios. Es
fácil saber por donde ha pasado, porque se combina una sensación electrizante
con un frío característico, que parece limitado sólo a las zonas donde me ha
besado.
Toma mis pechos con sus manos y los acaricia, los manipula
mientras que sus dedos juegan con mis pezones y alternativamente se los mete en
la boca, succionando, mordiéndolos, produciendo una deliciosa mezcla de dolor y
excitación. Además el frío me pone la piel de gallina pero hace que mis tetas se
pongan más duras y mis pezones duelan casi con sólo rozarlos.
- E-eres preciosa- consigo decir.
- Lo sé. Y aunque no lo supiera, sólo mirar tus ojos y ver
como responde tu cuerpo ya me lo estarían diciendo. Pero me alegra que me lo
digas.
- ¿Q-qué o q-quién eres t-t-tú?
- ¿Importa?- respondió. De repente noté que su mano se abría
paso entre mis piernas, como un torrente de agua helada, agarrando mi clítoris
entre sus dedos y comenzando a acariciarlo, arriba y abajo, como si fuera un
pene y me masturbara.
Nunca me habían hecho nada así y a pesar del frío que me
transmitía, noté una tremenda oleada de calor. Pero, extrañamente, el calor
parecía ir de mi cuerpo a mi clítoris, en lugar de ser al revés, como si toda mi
energía fuera hacia allí para contrarrestar el intenso frío y poder seguir
gozando de ese contacto.
- N-no, no si no p-paras
Esta vez la voz me tiembla de la tremenda excitación. Me
recuesto hacia atrás, apoyándome entre la almohada y la pared. Esta está fría,
pera nada comparado con ese delicioso frío que hay entre mis piernas. Continúa
frotándome pero con la otra mano va algo más abajo y empieza a separar los
labios de mi vagina. Es imposible no notar que se mojan nada más acercarse pues
la humedad de la misma es enorme, creo que nunca había estado tan excitada por
nada ni por nadie.
Su dedo índice penetra en mi interior y noto en mi palpitante
coñito como resbala al introducirse buscando penetrarme por completo. Siento un
ligero dolor pero el frío parece hacer de anestésico, de manera que apenas le
doy importancia aunque mi excitación se desborda, jadeo un par de veces, lo que
hace que me mire de nuevo, divertida y creo que también excitada.
- Te está encantando.
- S-sí, me g-gusta. Es mi p-p-primera vez…s-sólo tengo 18
años…
- Lo sé, no es casual. Aunque te has masturbado alguna vez
¿verdad?
- N-no…
- ¡Ah claro! Así que meterse en el coño el vibrador de tu
hermana cuando aún vivía aquí contigo era… déjame adivinarlo… ¿terapia?
- ¿C-como…?
- Sé eso y mucho más. Sé que esto te gusta- y al decirlo noté
como entra un segundo dedo, ampliando el área de roce y haciendo jadear otra
vez. Lo sabe, sabe de mí, y sabe lo que me gusta. Vaya si lo sabe.
Tras un rato de maravilloso masaje de repente noto que los
dedos empiezan a salir. Cada vez estoy más helada pero no quiero que se aleje de
mí, me resisto a que me abandone.
- N-no po-por favor s-si-sigue- alcanzó a decir con voz
lastimera, ronca por la excitación.
Me sonríe de nuevo, mirándome entera, resbalando con sus ojos
por mi cuerpo.
- Tú lo has pedido.
Y, no sé de donde sale, me enseña una barra transparente,
como un pene grande, que parece hecho de puro hielo. Se me abren los ojos al
verlo, me apetece mucho aunque nunca he tenido nada tan grande en mi interior.
Con una sonrisa maravillosa baja sus manos hasta la altura de
sus caderas. No sé cómo, pero de repente está fijo entre sus piernas, como si
siempre hubiera tenido ese pene ahí. Se acerca a mí, me besa y me separa los
muslos con una mano mientras que con la otra guía su pene hacia mi interior.
El frío es muy intenso, mis pies parecen sin vida y noto
extraños cosquilleos en mis dedos. Poco a poco se va acercando a mí mientras que
me va penetrando, introduciéndose en mi vagina, llenándome por completo, casi a
punto de reventarme.
Mis ojos se llenan de lágrimas, mientras que un placer muy
intenso me atenaza todo el cuerpo, agarrándose a mi cada vez más insensible
espalda.
No contenta con estar dentro, comienza a moverse trazando
círculos y ochos con sus caderas, estimulando todos los puntos de mi vagina,
deslizando el hielo en mi interior. Y noto su frescor en contraste con el
intenso calor de mi vagina, parece un horno, a medida que noto como mi
temperatura va descendiendo y todo mi calor se concentra alrededor de ese pene
que me embiste, con más fuera en cada empujón, cada vez más rápido.
Se recuesta sobre mí y sigue empujando, noto sus pechos sobre
los míos, mis acalambradas manos tratan de agarrarlos y los estrujo, con
violencia, como queriendo hacer saltar sus pezones oscuros. Me besa y le
devuelvo el beso, con intensidad, notando que mi lengua poco a poco se va
quedando insensible a medida que juega con la suya.
La sensación de su piel suave sobre la mía es increíble, mi
excitación es mayúscula, no puedo evitar empezar a gemir lo que la alienta más,
me empuja con más fuerza, parece que me va a romper. Me rozo con sus pechos, me
besa el cuello y noto su pene entrando una y otra vez en mi interior, siempre
más fuerte, siempre más rápido.
El frío se adueña de todo mi cuerpo, casi apenas me puedo
mover. Toda mi conciencia está volcada en mi vagina, el único punto que sigue
manteniendo calor. Y noto como, en la distancia, comienzo a gritar y ella jadea
encima de mí, siento que me corro y que ella lo hace al mismo tiempo aunque no
sé como explicarlo. Los últimos gritos se confunden con gemidos.
Mi conciencia va desapareciendo al tiempo que los últimos
resquicios de calor se van evaporando de mi vagina mientras ella saca su pene de
mi interior. Todo mi cuerpo está insensible ahora, sin calor ninguno, incapaz de
moverse. Disfrutando del placer a medida que voy cayendo en un sopor progresivo.
Alcanzo a oír que me habla pero me parece ya muy lejos, como
en otro mundo, como en otra vida.
- Nadie consigue llegar nunca hasta el final… gracias.
Ya no oigo nada, no siento frío, tampoco calor, estoy fuera
de mi cuerpo, sólo queda una chispa de placer que se va apagando, poco a poco,
deshaciéndose. Y no siento nada. Y me duermo…
- Pobrecilla, tan joven.
- Sí, la verdad, la vida tiene estas cosas.
- ¿Y ya se sabe lo que pasó?
- Sí, y es muy curioso. Estaba en su cama, dentro de la casa.
Y sin embargo dice el forense que murió… de frío.