ADVERTENCIA
Esta obra contiene escenas de sexo no consensuado, sadismo,
humillación, dominio y está orientada a lectores adultos. Si este tipo de
cosas no son de su agrado o de algún modo hieren su sensibilidad deje de leer
AHORA, después podría ser tarde. Por supuesto todas las escenas aquí narradas
son de absoluta ficción y es voluntad del autor que nunca lleguen a ser
reales. Cualquier comentario será bienvenido. (Absténganse de mandarme
ficheros adjuntos porque NUNCA los abro)
POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO
¿Qué había pasado? Estaba tumbada bocarriba sobre una
superficie dura y parecía como si estuviera borracha o algo por el estilo. Ah,
sí, había bajado a la cafetería y se había tomado un par de güisquis ¿o habían
sido cuatro? De pronto sintió que una mano le levantaba una falda minúscula y
empezaba a tantearle el coño. Intentó volver a taparse pero apenas veía y era
incapaz de coordinar sus movimientos.
¾ Es increíble
¾ dijo alguien a lo lejos¾
, borracha perdida y empapada como un campo de arroz.
¾ Y mira qué tetas, qué pezones
¾ dijo otra voz¾ ; tiene
un polvazo de cagarse.
No hizo demasiado caso, concentrarse en algo le costaba un
esfuerzo ímprobo y las palabras se le fueron de la mente. Había empezado a
beber para tranquilizarse. Ver el contenido de la caja la había llevado al
borde de la histeria; había en ella un cortísimo traje de látex negro, unos
zapatos de tacón alto y un bolso, todo a juego. Una tarjeta manuscrita decía:
"Cortesía del Sr Sagasta". Pero ella no se lo puso, se fue a la cafetería,
recordaba claramente haber entrado al homenaje vestida de calle ¿por qué tenía
puesto ahora ese traje de látex? Se le ceñía a la piel y notaba fluir el sudor
por las partes de su cuerpo que cubría.
Otras manos le tiraron de arriba y dejaron sus tetas
completamente al aire. Enseguida notó que se las sobaban desde varios ángulos.
¾ Mira, brillantes y húmedas de
sudor ¾ dijo alguien¾ ;
los pezones abultaban bajo la goma.
Pero eso no era lo peor, lo peor sucedía abajo; le abrían
las piernas, le hacían adoptar distintas posturas mientras le pellizcaban las
nalgas. ¿Quién sería aquella gente? Se reían, charlaban entre ellos y hacían
comentarios a los que no se atrevía a prestar atención; las bragas, por
supuesto, ya no eran más que un vago recuerdo del pasado. De pronto, la voz de
Alberto se impuso sobre el murmullo y ella supo que lo que estaba diciendo le
concernía, que era importante, aunque le costara tanto trabajo concentrarse en
oírlo.
¾ Pues bien, yo creo que no vas
a tener ninguna duda. De un lado te espera afrontar un juicio por parricida,
que seguro perderás, y los treinta años de cárcel correspondientes, del otro
entrar en nuestro pequeño juego. Si entras, este es tu primer examen y dentro
de media hora puedes ser libre. ¿Qué decides?
No supo responder. Intentaba atender pero la cabeza se le
iba, tener tantas manos encima, toqueteándola, no ayudaba en nada. Ah, sí,
ahora volvía toda la escena. Había entrado al estudio y había encontrado allí,
sentados en sillas plegables, a los trabajadores a los que quiso despedir.
¡Eran nueve! Más Jorge y Alberto, naturalmente. ¿Cómo podía haber pasado eso
cuando las cosas parecían ir tan bien? Todos la miraban y Alberto la había
hecho sentarse junto a él en un sofá, sobre una especie de tarima. Estaba
asustadísima. Encajado el daño por lo del plagio o por la divulgación de las
extravagancias sexuales, ya no podían tener con qué chantajearla, pero... ¿y
si había algo más? Intentó tranquilizarse, probablemente se creían en
situación de seguir amenazándola, que no había superado sus anteriores miedos,
menudo chasco iban a llevarse; era verdad que podían herirla, pero sin sacar
de ello ningún beneficio, al menos no la clase de "beneficios" a la que
estaban acostumbrados. Había una pantalla de vídeo gigantesca colocada ante
ellos y donde todos podían verla, Alberto la encendió.
¾ Bueno, pequeña, vamos a ver
qué tenemos aquí. Ahora te explicarás por qué te hemos hecho venir
¾ dijo mientras pulsaba el mando a distancia.
La gente del público miraba entre esperanzada y expectante.
La pantalla se iluminó y ella esperó ver la horrenda escena del chalet del
fotógrafo; pero no, fue mucho peor de lo que hubiera podido esperar: se vio a
sí misma rellenando las cápsulas con azúcar. Para colmo de males, sobre la
mesa tenía un un reloj-calendario, por lo que quedaban claros la fecha y la
hora.
Aquello la destrozó. Se sintió estúpida y, lo que era peor,
se le hizo patente que merecía todo lo que le estaba pasando. ¡Había intentado
matar a su padre! El maldito Quique la llamó en el momento más inoportuno y no
recordaba con claridad que había hecho con los tarros de pastillas; de todos
modos tampoco importaba, una cosa era clara: había matado al viejo ya fuera
con las pastillas o con el disgusto de las botas, el medio era indiferente.
Hasta entonces, en un acto de disciplina mental, había logrado evitar
planteárselo en esos términos. Se desmayó. Le echaron agua en la cara, la
reanimaron a lo justo para que escuchara a Alberto, su sugerencia de que haría
bien en volver a su despacho y cambiarse de ropa, en ponerse algo más cómodo y
acorde con su verdadera situación, eso si no quería ingresar en prisión dentro
de la próxima hora.
Había hecho el camino en volandas, sostenida por Juan y
Benito. Una vez allí la desnudaron sin contemplaciones y la metieron en el
interior del vestido de goma, sin sujetador ni bragas. Ella, borracha como
estaba, se había dejado hacer. Si al menos hubiera tenido la cordura de no
ligarse semejante trompa... La falda apenas le llegaba a las piernas y si
intentaba estirarla sus pezones rosados emergían inevitablemente por la parte
de arriba. Aunque lo peor eran los zapatos, el tacón era tan alto que tenía
que andar con los brazos extendidos para no caerse, con el culo hacia fuera y
sacando pecho. Un coro de risas saludó su regreso al estudio.
¾ Vamos, querida
¾ se dejó oír la voz de Alberto trayéndola de nuevo
a la realidad¾ , no te líes a divagar que no hay
para tanto, es una decisión sencilla. Además de aprobar este examen, o algún
otro futuro al que decidas presentarte, tienes otro camino para recuperar tu
libertad: Habrás de follarte a un mínimo de tresmil trescientos hombres en los
próximos tres años. No te asustes, son alrededor de tres tíos al día, fácil;
¿Qué son tres años comparados con los treinta de cárcel que te esperan de la
otra manera? Saldrías hecha una vieja.
Silvia no supo qué contestar, todas las opciones eran
igualmente horribles. Además, alguien le introdujo algo de plástico en el
coño, casi seguro un consolador, y no podía pensar con "eso" dentro. Varios
hombres le tocaban el clítoris a la vez que jugaban con el artilugio. Al
principio intentó resistirse, sacarse aquella vergüenza, pero tuvo que
desistir; para aquellos bestias sería un placer adicional doblegarla. Aparte
de eso era innegable que estaba muy caliente, que sentía la tentación de dejar
a su cuerpo hacer lo que le viniera en gana.
¾ ¿Y cómo sé que cumpliréis?
¾ Preguntó intentando ganar tiempo¾
¿Como sé que tras ese número de años o de hombres, o tras pasar el examen me
dejaréis libre?
¾ Silvia, por Dios
¾ oyó decir a Alberto con fingida indignación¾
¿Te hemos mentido alguna vez? Pero bueno, reconozco que no lo sabrás, lo que
en cambio sí sabes es que, si no aceptas, la cinta que demuestra tu crimen
estará en el juzgado dentro de media hora. Además, este juego es emocionante
para nosotros porque tienes posibilidad de ganar; si no fuera así te
follaríamos unas cuántas veces y después no tardaríamos en aburrirnos, te
dejaríamos en paz . Tendrás que confiar en nuestra palabra.
Jorge no se perdía detalle a pesar de ser él quien manejaba
el consolador. Lo empujó hasta el fondo y contempló extasiado cómo el cuerpo
de Silvia se arqueaba para recibirlo a la vez que emitía un leve gemido;
estaba sucumbiendo al placer. Tenerla así era enervante, temblando sobre la
mesa giratoria bajo un bosque de manos, indecisa entre las lágrimas y el
orgasmo. La luz incidía sobre ella con tonos dulces y miraba a todas partes
con ojos espantados. ¿Vería? Varios centímetros del consolador quedaban fuera
y él, con dos dedos, lo movió hacia los lados; Silvia sollozó como una niña.
¡Qué maravillosa sensación poseer ese poder, producir ese efecto con sólo dos
dedos! Hacía rato que se moría de ganas de follarla. Su segunda entrada en el
estudio, enfundada en el minúsculo traje de látex y haciendo equilibrios le
había provocado una descomunal erección. La hubiera tumbado sobre la mesa de
inmediato, pero Alberto le había dicho que lo dejara al mando, que tenía
planes sorpresa y él ya sabía lo conveniente que era no obstruir los planes de
su amigo, así que se aguantó.
Silvia se sonrojó a todo lo largo de su anatomía. A pesar
de la borrachera, de los dos desmayos que había sufrido, parecía que la
realidad iba abriéndose paso a borbotones en su mente. Iba a volver a suceder,
la pesadilla estaba tomando forma, y ¿qué hacer si aquel trozo de plástico en
su sexo, aquella selva de dedos que la recorrían la excitaban
incontrolablemente? Hasta el dolor, hasta la humillación eran enemigos que la
incitaban a rendirse a ese perverso goce. Esta vez ni siquiera tenía el
eximente de estar drogada, unos pocos güisquis no eran justificación para lo
que estaba pasando. ¡Costaba tanto esfuerzo pensar! Tenía que contestarle a
Alberto si entraba o no en el "juego", si se presentaba al examen. ¿El examen,
qué examen? Ah, sí, había sido tremendo, si no estuviera tan cachonda se
quedaría pálida por el miedo; pero mejor no acordarse de eso, preferible hasta
rendirse al orgasmo antes que revivir el modo en que subió por segunda vez a
la tarima, con movimientos torpes, espasmódicos, intentando no enseñar lo poco
que ocultaba el traje. Qué horror, si no podía evitar recordarlo, si se iría a
la tumba llevándose indeleblemente grabados esos momentos.
Los gritos de la concurrencia, las risas habían sido
constantes: ¡Quítatelo, guarra! ¡Si te tenemos ya muy vista! y otras mil cosas
así le decían. Sabían lo que querían, habían ido a eso, pero hasta entonces no
se sintieron seguros de que ella era árbol caído y habían esperado afilando
las hachas. El sólo recuerdo de aquello la excitaba, pero aún fue peor,
Alberto la sentó a su lado y la obligó a ver entera la cinta de los abusos
sexuales, ¡la tenían grabada desde el principio! Tuvo que revivirlo todo ¡Qué
imbécil se sintió ofreciéndose a él aquel primer día! ¡Qué estúpida en el
momento en que en voz alta se atrevió a desafiarlo, a robarle las fotos! ¡La
habían grabado desde el primer momento y ello demostraba la solidez del
vínculo Jorge-Alberto, la minuciosidad con que aquello había sido planeado!
Parecía ya cómo si hiciera años de todo eso. Hacia allí donde mirara la
situación era de una dureza sobrenatural; si descruzaba las piernas enseñaba
el coño a diez espectadores sedientos, si respiraba hondo se le salían las
tetas de su funda de látex, y los comentarios arreciaban en crudeza: "Mírala,
mira como se corre; menudos pollazos que se está llevando; nunca supuse que la
hija del dueño fuera una cualquiera".
Cuando la cinta llegó al polvo con Jorge la gente pareció
alcanzar el paroxismo. Ella ni siquiera recordaba esa parte por hallarse bajo
el efecto de la pastilla. Verse a sí misma cortándose los pelos del coño, el
lento descenso de los mechones hasta el suelo fue una sorpresa devastadora. El
vídeo era tan abrumadoramente explícito que hubo momentos en los que casi
perdió la conciencia, pero la voz de Alberto, pausada, rebosando inteligencia
prevalecía sobre la vorágine: "¿Ves querida? ¿Crees que eso es una mamada? No
sabes follar. Esa es una parte de tu formación que has descuidado, es una
cuestión casi de cultura general, menos mal que cuentas con nosotros como
instructores".
Ella, a cada segundo creía morirse, intentaba no oír,
desviar la vista, pero, hechizada, seguía mirando a la pantalla. Y por fin
llegó lo que más temía: Su rostro en el televisor renunciando a toda protesta,
a todo derecho, suplicando ser forjada para el placer. Entre el público se
hizo un silencio sepulcral al llegar a esta parte, hipnotizados la miraron
correrse, observaron las sucesivas y múltiples penetraciones, hasta el momento
en que Jorge la agarró del pelo, le entregó las botas, y la cinta acabó. Fue
Alberto quien tras una espera eterna volvió a marcar el rumbo de las
operaciones:
"Hay una cosa que me inspira curiosidad
¾ dijo con tono campechano, poniéndose de pie¾
, no se te escapa que soy el artífice, el cerebro de todo esto ¿Qué sientes
hacia mí, Silvia?"
Estaba mareada, titubeó al responder, pero al final se oyó
a sí misma decir llena de rabia: "Miedo y odio, eso es lo que siento", Aún
seguía contraída, plegada en el sofá, mientras él la miraba desde arriba,
sonriente. El público casi contenía la respiración subyugado por la magia del
momento.
"Bien, es un buen principio, al menos eres sincera
¾ siguió Alberto con jovialidad¾
, miedo y odio, pero ¿no hay nada más?"
"Asco, me das un asco insufrible" ¾
añadió ella, llevada por la histeria. Hizo un movimiento brusco tras el cual
uno de sus pezones quedó fuera del látex; precipitadamente se apresuró a
cubrírselo.
"Lo del asco, querida, es casi una redundancia
¾ dijo él tomándole la cara entre las manos y
obligándola a mirarlo¾ . Sé que comprendes lo
difícil que es hacerle a alguien lo que yo te he hecho, forzar una voluntad,
conjuntar las apetencias de varias personas ¿Estás segura de que no sientes
hacia mí ninguna otra cosa? Profundiza en tus emociones."
Al principio se quedó confundida, pero luego llegó la
comprensión y supo que esta teñía su rostro de un rojo brillante:
"Dios, admiración, maldita admiración"
¾ Rugió con los ojos cuajados de lágrimas.
"¡Aahh, ya, me admiras! ¾
Exclamó Alberto casi pavoneándose, aunque guardando la compostura¾
Te encantaría estar en mi lugar ¿verdad? Dicen que la admiración es un
sentimiento muy próximo al amor, pero ahora soy yo el que no se atreve a saber
nada más. Anda, querida, ponte en esa mesa redonda, entre el público. Estoy
seguro de que estos amigos quieren conocerte mucho más íntimamente.
Jamás olvidaría la jocosa malicia de su mirada, su
despreocupado gesto al señalarle la mesa con una mano, mientras con la otra
sujetaba el teléfono móvil. ¿Qué hacer? Todos la miraban sonrientes mientras
comentaban guarrerías entre ellos. Eran sus empleados, eran los mismos hombres
ante los que llevaba pavoneándose desde que era adolescente, no podía ser que
fuera a suceder eso. Sólo había un camino. Obligó a sus piernas a levantarla,
descendió de la tarima y se acercó tambaleándose, titubeaba, de un lado la
cárcel, del otro la más terrible ruina moral que imaginar pudiera. Miró en su
derredor: caras sonrientes por todas partes, ni el más leve rastro de
compasión en ninguna mirada, sólo deseo a punto de ser satisfecho, su caída
era una fiesta. La tapa era de gélido cristal ¿Se rompería? Cuando apoyó la
nalga un escalofrío la atravesó, pero se dejó caer entera, bocarriba. Había
matado a su padre y merecía cualquier cosa que le sucediera, no valía la pena
luchar. La tapa era pequeña y giró levemente por el impulso. Nada más podía
tener apoyadas la cintura y la espalda, tanto el culo como los hombros
quedaban fuera del cristal. Intentó resistir, pero pronto su cabeza cayó hacia
atrás, hacia el suelo, justo entonces la invadió la negrura, se la tragó el
segundo desmayo.
Pluff. Se oyó un silbido y un golpe sordo, al tiempo que se
estremecía de dolor. Era Jorge que, tras dejar el consolador al cuidado de
otro, le había dado un fustazo en las costillas.
¾ Despabila, zorra, que te están
preguntando.
El golpe terminó de despertarla. Ahora sabía por qué estaba
allí y cómo había llegado a esa situación. Alguien le había acabado de quitar
el traje y nada más conservaba los zapatos por toda vestimenta. Un cambiante
mundo de piernas llenaba su campo de visión; en su deambular, a veces le
pisaban los cabellos.
¾ Vamos, cariño
¾ dijo Alberto calmadamente muy cerca de ella¾
, no deseo que se te haga daño pero necesito saber si juegas o no para saber
si debo explicarte las reglas. ¿Qué eliges treinta años de cárcel o iniciar un
Master de tres como folladora? Esas son tus opciones. Honestamente creo que no
deberías tener dudas.
A Silvia le era casi imposible hablar en aquella postura,
con tanta gente sobándole los pechos y el consolador irradiando olas de placer
hacia todo su cuerpo. Qué ignominia, estaba contorsionándose sobre la mesa
ante los ojos de todos.
¾ El Master, elijo el Master
¾ Jadeó con un esfuerzo supremo.
Todavía no había terminado de decirlo cuando alguien la
agarró por la nuca y le introdujo la polla en la boca. Se atragantó, tosió,
pero como pudo empezó a chuparla.
¾ Vale, de acuerdo
¾ sonó la voz fría de Alberto sin dejar traslucir
el menor signo de triunfo¾ . Entonces, como alumna,
tendrás que adoptar una nueva identidad, te llamarás "M". Ocho horas dormirás,
ocho horas serás Silvia Setién, y ocho horas serás M. ¿Aceptas?
Dios, no podía creer lo que estaba oyendo ¡Pretendían
convertirla en una puta durante ocho horas diarias! Pero del otro lado la
cárcel, no era capaz de negarse pero mucho menos de decir que sí, sobre todo
con aquello en su boca. Lejos de apartarse, el hombre empezó a empujar hacia
su garganta.
¾ Jí, acuepfto
¾ Borbotó ella.
¾ A pesar de que no estoy seguro
de entenderte interpretaré eso como un sí ¾
continuó Alberto¾ . A partir de este momento
cualquiera de tus nueve profesores tienen sobre ti un poder absoluto que
radica en la cinta incriminatoria. Obedecerás escrupulosamente sus órdenes
pues todas y cada una de ellas gozan de la aprobación de la Jefatura de
Estudios. ¿Aceptas?
Uff, hacía semanas que temía verse sometida a algo parecido
a aquello, pero la realidad estaba desbordando sus peores pronósticos. No
podía pensar, el consolador no dejaba de moverse, y para colmo tenía la
certeza de que la repugnante escena estaba siendo grabada con todos los medios
de un estudio tan bueno como el suyo. ¡Y ahora tener que estar siempre
disponible para aquellos nueve energúmenos! Al menos parecía que estaba
empezando a superar la vergüenza: esta vez, con polla y todo se limitó a
asentir con la cabeza.
¾ Bien, querida, ya estamos
terminando ¾ volvió a dejarse oír la misma voz
imperturbable de siempre¾ . Jamás rechazarás a
ningún hombre que se te acerque, a ninguno; si lo hace en horas en que seas
Silvia te citarás con él para cuando seas M. Alguien que desea aprender a
follar debe aprovechar cualquier ocasión de practicar ¿Aceptas?
Aquello fue demasiado. Silvia no pudo responder, el hombre
le sujetaba la cabeza fuertemente mientras sus movimientos se hacían cada vez
más nerviosos. Se vio venir lo que iba a suceder aunque no había nada que
pudiera hacer por evitarlo; muy pronto su boca se llenó de un fluido viscoso.
¾ Acepto, acepto, acepto
¾ Masculló, expulsando al aire gotas de semen que
volvieron a caer como nieve sobre su cara. Ella ya aceptaba cualquier cosa.
¾ Sea pues ¾
dijo Alberto, esta vez con retintín¾ . Acabas de
formalizar la matrícula; te doy la bienvenida. Hablemos ahora de los criterios
de evaluación, horarios lectivos y otros pormenores. Este examen, por ser el
primero, es obligatorio; no te creo capacitada para aprobarlo, pero es bueno
que sepas con lo que te enfrentas. Tendrás una convocatoria al mes, que podrás
solicitar o no según desees, aunque con cada suspenso un nuevo miembro
ingresará en el claustro de profesores. Te sugiero que no catees muchas veces,
pronto seremos diez y no creo que quieras que ese número crezca. También
mensualmente tendrás que pasar un control, habrás de estar dentro de la media
correspondiente a los tres años, es decir, que haberte cepillado a noventa
tíos, si no lo has hecho, la cinta llegará fulminantemente al juzgado
acompañada de una nota explicativa. ¿Lo entiendes?
¾ Entiendo.
Silvia entendía perfectamente. ¡Noventa tíos al mes! ¡Nueve
amos absolutos (además de Jorge y Alberto) y un examen tras el cual serían
diez! Eso sólo tenía un significado: follar, follar, follar, sin descanso, con
cualquiera; ¡qué horror! De todos modos estaba tan caliente que parecía como
si eso fuera una cosa lejana, como si faltara mucho para que tuviera que salir
a cazar hombres. Tenía los pezones erectos, la aureola dilatada y hasta se
movía rítmicamente sobre las manos que cuidaban del consolador empapándolas
con sus jugos. Las palabras se le escaparon sin que tuviera tiempo de
racionalizarlas:
¾ Por favor, por favor, os lo
suplico, dejadme al menos descansar.
Jorge tuvo una de sus inspiraciones. Se acercó a ella, la
agarró del pelo y le dijo:
¾ Mira, zorra, si de verdad esto
te resulta desagradable, si aspiras a que alguna vez te tratemos como a una
mujer normal, lo primero que deberías hacer es dejar de comportarte como una
perra en celo. No sé si te das cuenta de que así de cachonda tus noes suenan a
"por favor dame un pollazo". Espero que por lo menos demuestres un mínimo
autocontrol y que tengas la vergüenza de no correrte. No te corras hasta que
yo te de permiso, como ya te supondrás los castigos corporales son de uso
común en esta escuela.
Silvia intentó serenarse, luchar contra el pánico e ignorar
los vaivenes del maldito trozo de plástico. Si al menos fuera un pene de
verdad estaría más dentro de lo normal, de lo asumible; llegar al orgasmo por
culpa de esa mierda era infinitamente más humillante. Repentinamente, oyó una
especie de tintineo y sintió un brazo deslizándose bajo su cintura, le habían
colocado alguna especie de cadena finísima por encima de las caderas, muy
ceñida; también, y esto pudo verlo, le pusieron una gargantilla de cuero negro
que, por todo adorno, llevaba prendida una campanita plateada.
¾ Ah, olvidé contártelo
¾ oyó otra vez la voz de Alberto¾
, eso que te hemos puesto es un cinturón de cascabeles; a partir de ahora
siempre lo llevarás, de hecho tiene un candadito y no vamos a darte la llave.
Bien, en los exámenes siempre empezaremos a follarte cuatro de nosotros, pero
por cada minuto completo que estén sonando los cascabeles uno se retirará;
esto pretende combatir tu tendencia a la holganza. Aunque claro, tu actitud
tampoco debe evolucionar hacia una brusquedad excesiva, por ello la campanilla
que llevas al cuello no ha de tintinear, por cada vez que lo haga un compañero
se añadirá al grupo de jodedores. Como sin duda habrás supuesto, el examen
concluye cuando hayas logrado quedarte sola (en cuyo caso habrás aprobado) o
cuando eyacule el último instructor; queremos que estés tranquila, tampoco en
esa circunstancia tendrás ningún problema, el mes siguiente podrás gozar de
otra oportunidad para ser libre.
No podía ser; el lenguaje le recordaba la época de la
facultad, o incluso la del instituto; aquello no podía estar refiriéndose a...
No podía ser que ella fuera ponerse a aprender a... Obligada, había dicho que
sí pero ¿se podía aprender eso? ¿Había nacido ella tan puta como para estar
así de caliente? Una polla empezó a empujar contra su culo y no necesitó que
le explicaran que el examen había comenzado; intentó tomárselo con frialdad,
no abandonarse al miedo para que la calentura no aumentara; era sólo un pene,
se dijo, nada más que un pene. Otro se abrió de pronto camino entre sus labios
y ella lo aceptó resignada, comenzó a chupar, al tiempo que notaba al primero
completamente dentro, haciéndole daño; fuera quien fuera su propietario
parecía querer metérsela hasta el almuerzo. Justo entonces se acordó de los
cascabeles, si no conseguía hacerlos sonar no echaría a nadie e iban a estar
jodiéndola toda la noche, hizo cuanto pudo por enviar su cuerpo sobre la
polla.
¾ Mírala, qué buena está la muy
puta ¾ le oyó decir a alguien¾
, tintinea como una pandereta.
Ese tipo de comentarios le resultaban desoladores, pero
estaba demasiado ocupada para atenderlos; los estímulos eran demasiado
diversos, manos por todas partes, culo y boca ocupados, y hasta el odioso
consolador insertándosele rígido en el coño. Sólo podía sentir
fragmentariamente, allí dónde con mayor dureza fuera tratada. Lo peor de todo
era no estar segura de hasta qué punto aquello era desagradable, sentir cómo,
a pesar de sus esfuerzos, en su interior iba abriéndose paso el orgasmo,
decidido e imparable. Aquello era una batalla perdida, seguir a ese ritmo y no
correrse era sencillamente imposible; pero todavía quedaba una posibilidad: si
conseguía que no se le notara, si su cara permanecía helada, indiferente, y no
emitía ningún sonido ¿quién podría sospechar lo que sucedía en su interior?
Era arriesgado, claro que lo era ¿pero qué remedio le quedaba? Cualquier cosa
menos darles semejante gusto, además de permitir a Jorge que la castigara.
Justo entonces sintió un roce en su cuello, y la campanilla emitió un tañido
alegre.
¾ Que venga el quinto
¾ dijo alguien a su lado.
¾ ¿El quinto? ¿Qué he hecho mal?
¾ Preguntó con voz lastimera.
Enseguida Alberto, con tono neutro, le ofreció la
respuesta:
¾ Ah, mil disculpas. Olvidé
mencionarte una regla: Cualquiera de tus instructores está en su derecho de
hacer sonar la campanita si su polla es desatendida durante más de un minuto.
Silvia se desesperó ¿Podían seguir las cosas
indefinidamente endureciéndose? ¿no iba a terminar aquello nunca? ¡Ahora eran
cinco! Y lo que era peor, tenía que ocuparse de ellos simultáneamente además
de evitar el orgasmo. Intentó orientarse en el bosque de piernas pero en ese
momento sólo veía unos testículos. Buscó a tientas un par de pollas y empezó a
acariciarlas, le estaban follando la boca, el culo, y ella sabía que alguien
alrededor de la mesa, ese quinto al que no tenía con qué atender, iba pronto a
tocar la campanilla. Quiso solicitar que la follaran también por el coño, pero
no encontró forma de pronunciar palabra. El orgasmo reventó finalmente por
todos los poros de su piel, la recorrió desde los dedos de los pies hasta la
raíz del cabello y ella intentó someterse a él, dejarlo pasar dulcemente sin
que aflorara ninguna manifestación externa. Aguantó, se retorció, creyó
explotar de gusto con la cara inexpresiva y los vencidos labios abiertos, pero
era inútil, sus esfuerzos por contenerlo lo hacían crecer más y más, sin final
ni medida.
¾ Aaaaaaaagh
¾ explotó estentóreo su grito a lo largo del estudio.
En el acto sintió la fusta de Jorge machacándole el cuerpo,
la cara, los pechos; se estremeció sin poder evitarlo y la campanilla tintineó
como en unas siniestras Navidades de lujuria; siete, ocho, nueve, diez, ya
estaban todos. Era evidente que Jorge prefería golpearla y el dolor hacía más
degradante, más intenso e irreductible el orgasmo; ya nada lo podía parar,
parecía que fuera a sacudirla eternamente hasta que se muriera. Semen, semen
por todas partes, en los ojos, en la boca, semen escociendo sobre el rosa de
las magulladuras, chorreándole del culo en el que se introducía una nueva
polla. Poco a poco se fue retirando la marea, los tíos la fueron dejando con
sonrisas y gruñidos satisfechos, hasta que sólo quedó la mordedura de la
fusta, el dolor por única compañía. Inconscientemente, tomó el consolador ella
misma y empezó a empujarlo dentro de su vagina.
¾ Pero qué puta eres, es
increíble ¾ Oyó decir a Jorge.
Él era el único que quedaba, él, que la penetró por la boca
hasta embutir los testículos contra sus labios.
¾ Me encanta ver como se te
deforman los cachetes ¾ volvió a oír a Jorge¾
, tu cara de perra completamente entregada, me encanta el bulto que mi polla
crea en tu garganta, y por eso te aprieto, te ahogo, me masturbo a través de
tu cuello, dentro de ti.
Silvia escuchó esto sin respiración, al borde de la
inconsciencia y resbaló hacia la noche. Cuando despertó estaba sola, sobre la
mesa, pringosa de sudor y esperma. A su alrededor todavía sonaban palabras
sueltas, despedidas de los últimos rezagados y ella cerró los ojos, se hizo la
dormida para que la dejaran en paz. Algo de poco peso cayó sobre su vientre y
dio un respingo. A su lado sonó la voz de Alberto.
¾ Lo prometido es deuda, niña;
ahí tienes la cinta de vídeo con todas tus correrías, por si te apetece
masturbarte. El consolador también te lo damos de recuerdo, intenta tenerlo
siempre a mano. Para que veas que somos generosos consideraremos que ya te has
follado a once, es decir, que tienes tres días libres. Empezarás a mitad de
semana a hacer la carrera, en la Casa de Campo.
No contestó, ladeó la cabeza y se quedó mirando al vacío.
Probablemente las cosas acabarían por suceder cómo él decía, pero prefería no
pensarlo. En sólo un rato su vida había dado un vuelco; el futuro era para
ella un túnel sombrío plagado de trampas, un túnel sin otra luz que la de ese
éxtasis malsano al que cada vez sucumbía con más facilidad. Ya no cabía pensar
que aquello era una mala racha, le quedaban tres años de estudios si no
lograba aprobar, y aún no le habían hablado de las asignaturas. Esperaría a
que todos se fueran antes de levantarse, de examinar su cuerpo e intentar
reunir los pedazos de sí misma.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO