ADVERTENCIA
Esta obra contiene escenas de sexo no consensuado, sadismo,
humillación, dominio y está orientada a lectores adultos. Si este tipo de
cosas no son de su agrado o de algún modo hieren su sensibilidad deje de leer
AHORA, después podría ser tarde. Por supuesto todas las escenas aquí narradas
son de absoluta ficción y es voluntad del autor que nunca lleguen a ser
reales. Cualquier comentario será bienvenido. (Absténganse de mandarme
ficheros adjuntos porque NUNCA los abro)
POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO
Por alguna razón, no quiso entrar directamente en casa.
Esperó a que Pedro se alejara antes de dar la vuelta y meterse en el café
Iniesta, justo bajo su apartamento. Necesitaba pensar, y allí se sentiría más
tranquila, a salvo del teléfono o de visitas inoportunas.
En el interior de la cafetería había un kiosco de prensa y
compró un par de revistas antes de tomar una mesa. Ellas le servirían de
distracción o de excusa si decidía quedarse un rato. Pidió un café y un
bizcocho como tantas otras tardes; la sirvió el mismo camarero de siempre con
ese gesto huraño tan propio de su gremio, tan pegado a la piel como el hastío.
Llevaba escritos en los ojos inagotables días de comandas, las caras borrosas
de todos sus clientes, pasados y futuros.
Infinitas veces se había aburrido en aquella misma mesa,
bebiendo a sorbos el café mientras deseaba que pasara "algo", algo que la
arrancara de lo corriente, que le diera a su vida un tinte de aventura. Se
sintió estúpida por recordar eso, la época en que aún ignoraba los abismos que
se abrían en la periferia de la normalidad. Ojeó las revistas que había
comprado al azar y notó con sorpresa que eran dos cómics eróticos, porno
blando, afortunadamente. Qué asco. Cada vez que disponía de unos segundos de
tranquilidad se le venían a la mente los sucesos de casa de Alberto, deseaba
morirse y desesperaba de que fuera a lograr nunca sacárselos de la memoria.
Aquello no había tenido nada que ver con el sexo, no al menos con lo que del
sexo ella conocía. Recordó la primera vez que hizo el amor y la huella de
decepción que le quedó después ¿Así que eso era todo? ¿Aquello era a lo que la
gente daba tanta importancia? No era que no hubiera llegado al orgasmo, no,
era el orgasmo mismo lo decepcionante. Era placentero, por supuesto, pero de
algún modo se sintió estafada.
Ahora, era la misma cafetería, con los mismos vecinos
mirando el partido de fútbol en el televisor y todo era distinto; aquel era el
futuro, la salida al mundo del trabajo, al mundo de los adultos, que llevaba
una eternidad esperando, y no se sentía nada feliz. Verdad era que había
tenido mala suerte, y lo que era peor: Había subestimado el odio que Jorge
sentía hacia ella, y hasta la inteligencia de Jorge. Si se hubiera negado al
chantaje desde el principio, si aquella primera noche no hubiera cedido a la
tentación de ir a Sevilla, ahora las cosas no estarían tan mal, sólo tendrían
contra ella lo de plagio, y con eso todavía se podría vivir... Le dio un
bocado al bizcocho con gesto de abandono. Ahora las cosas iban a ser mucho más
difíciles. Ya no cabía albergar la ilusión de que podría resolver aquello por
sí misma; descartado el parricidio, sólo le quedaba el remedio de la verdad.
No se imaginaba cómo iba a poder contarle todo a su padre, pero tendría que
hacerlo, con pelos y señales, antes de que se enterara por otros. Tenía que
contárselo aún a pesar del riesgo de que se muriera de la impresión,
necesitaba su ayuda y al menos merecía ese rasgo de sinceridad por su parte.
Por todos los caminos iba a matarlo, pero aquella se le antojaba la forma más
humana, la más veraz. De una cosa no cabía duda: La vida, tal y como la
conocía, como la deseaba, había acabado para ella.
Probablemente, no todo daba igual; no daba igual que Jorge
y Alberto continuaran exprimiéndola, pero en ese momento se sentía tan seca,
tan gastada, que sólo podía sentir la más absoluta indiferencia. Todos sus
futuros posibles le parecían teñidos por el desprecio, cuando no odio que
sentía hacia sí misma.
Se levantó y fue hacia la puerta sintiendo como el camarero
la seguía con la vista. Hasta hacía sólo un mes ella adoraba atraer ese tipo
de miradas llenas de impotencia y deseo; ahora también eso era distinto: las
temía como al abismo en que la estaban precipitando.
Tampoco entonces volvió a casa; temía quedarse a solas, el
curso que seguirían sus pensamientos; diluirse entre la gente le resultaba
mucho más apetecible. Dio un paseo hacia unos grandes almacenes y compró un
guardapolvo negro, de tela muy fina, que le llegaba hasta los pies. Desde la
mañana, varias veces había pensado que le hacía falta; si iba a usar mallas o
faldas cortas, esa sería la única manera de ocultar las botas. Intentó
obsesionarse con aquella minúscula obligación e ignorar que cumpliéndola no
habría hecho sino solucionar una parte ínfima de sus dificultades. Tan pronto
pagó a la cajera tuvo que rendirse a la evidencia de que el guardapolvo sólo
le serviría en exteriores; dentro de la empresa, por ejemplo, no tendría más
remedio que quitárselo.
De todos sus problemas era el tener que llevar las botas el
más inmediato. No podía permitir que su padre la viera así. Ya iba a ser
suficientemente difícil encontrar la manera de contarle lo que pasaba como
para que su atuendo viniera a precipitar las explicaciones. Era imperativo
hacer algo a ese respecto. Tan imbuida iba en sus pensamientos que recorrió
las calles como un alma en pena, y sólo volvió a la realidad cuando tuvo que
buscar en el bolso las llaves de su casa.
Nada de su apartamento la atraía, ninguno de los lujos que
había acumulado, ninguna de sus comodidades le aportaba una brizna de
optimismo. Alberto le había dicho en la fiesta que hubiera debido pedirle
permiso para dejar de usar las botas, que él se lo hubiera dado. Si
verdaderamente le hacía para mañana esa mínima concesión, quizás sus terrores
pudieran paliarse. No tenía nada que perder llamándolo. Sonaron varios tonos
antes de que su voz se dejara oír en el auricular.
¾ ¿Sí?
¾ Soy Silvia Setién...
¾ Vaya, Silvia, un inesperado
placer oírte ¾ sonó afable la voz de Alberto¾
. Dime ¿qué te ha hecho marcar mi teléfono? ¿Quieres quizás invitarme a salir?
Silvia no pudo dejar de captar la ironía que destilaban sus
palabras, pero hizo lo que pudo por ignorarla.
¾ De momento no se trata de eso
¾ respondió¾ . Sólo
quería pedirte permiso para no ponerme mañana las botas. Va a venir mi padre y
sería muy inconveniente para todos que me viera con ellas.
La línea quedó en silencio durante varios segundos que le
parecieron una eternidad.
¾ Oye ¿Sigues ahí?
¾ preguntó sin poder controlar la impaciencia.
¾ Sí, sí, estoy aquí, es que no
sé qué contestarte. En condiciones normales naturalmente te daría permiso,
pero en el club no las llevaste porque no te vino en gana, hoy apareces con
falda larga para que no se te vean, y pides mi consentimiento para no usarlas
mañana. Da la sensación de que no te estás tomando esto con la debida seriedad
y empiezo a temer que no vaya a llegar el día en que podamos olvidarnos todos
de una cosa tan sencilla.
Silvia protestó con vehemencia. Insistió en que no volvería
a poner objeciones ni a hacer ninguna clase de trampa; llevada por la
histeria, llegó incluso a disculparse por todos sus anteriores extravíos.
Aquello era algo excepcional. Si su padre la veía vestida como le exigían
enseguida sabría que sucedía algo extraño, volvería a ocupar la dirección, y
ellos perderían el enorme poder del que habían venido gozando.
Alberto no la interrumpió para nada, guardando un silencio
indiferente y ella, con los ojos húmedos, acabó por quedarse sin palabras,
ahogada en sus miserias.
¾ Mira, por lo que a mí
respecta, puedes venir vestida como te apetezca. Has pedido permiso y con eso
me vale. Pero a pesar de ello te sugiero que no hagas ningún cambio antes de
hablar con Jorge. Somos una democracia y no puedo tomar solo esa clase de
decisiones. Quede claro pues que te retiraría fulminantemente mi
consentimiento si intentaras rodear su voluntad. Deberías llamarlo y contarle
todo lo que me has contado a mí. Aunque no sé si lo cogerás en casa, creo que
esta noche planeaba salir.
Al otro lado del hilo, Alberto, que había sostenido la
conversación con micrófono y altavoces, pulsó el botón de colgar y exhaló una
sonora carcajada. Jorge había estado todo el tiempo con él, luchando por no
reírse. Los dos amigos se divirtieron largo rato imaginando a Silvia hecha un
mar de nervios, llamando sin parar a casa de Jorge, buscando desesperadamente
ese "permiso" que por supuesto nunca habría de llegarle.
*********************************************************
Disponer del guardapolvo fue providencial; hacía calor y
usar abrigos era incomodísimo. Se había visto obligada a tomar el autobús para
ir al trabajo, pues no había vuelto a recoger su coche. De no ser por el
guardapolvo habría ido luciendo las malditas botas y las mallas negras que se
había puesto bajo ellas; la pinta de puta que daba sin ropa larga habría
llamado la atención mucho más allá de lo soportable.
A pesar de haber evitado dar semejante espectáculo no se
sentía en absoluto tranquila. Por descontado, nadie ignoraba lo humillante que
era para ella andar colgada al teléfono antes de decidir qué prendas debía
ponerse. Había estado llamando a Jorge hasta las dos de la madrugada,
sintiendo como el miedo y la rabia se le enroscaban en el estómago. ¿Dónde
andaría metido el muy cabrón? Ya a esa hora empezó a sospechar que no iba a
encontrarlo y que había sido víctima de otra artimaña para mantenerla en vilo,
así que se echó a intentar dormir. Las ojeras que exhibía, así como sus
movimientos espasmódicos, evidenciaban que sólo lo había logrado a ratos
sueltos.
Llevaba en el bolso una falda azul que le llegaba hasta las
rodillas, por si lograba ver a Jorge, pero a esas alturas ya sabía que esa
precaución iba a serle absolutamente ociosa. Nada más llegar fue a buscarlo al
cuchitril en que lo tenía relegado, pero no estaba allí. Miró a su alrededor,
al continúo trasiego de sus empleados, y no halló simpatía en ninguna cara
como para atreverse a preguntar. Finalmente acudió a Pedro, por ser el único
al que se sentía capaz de dirigir la palabra; aunque también esto fue inútil,
no lo había visto por ninguna parte.
Por fin, desesperada, se dirigió a su propio despacho y se
atrincheró en él. Allí tendría que afrontar cualquier cosa que pasara. Sólo
una cosa tenía decidida: Si no lograba evitar que trascendiera su situación,
arrastraría a Alberto y Jorge en su caída, los haría quedar ante la gente como
los guarros criminales que eran. Podía llegar a ser muy persuasiva y su padre,
aún dolido y enfermo, iba a ser un formidable enemigo para esos dos. Ella
acabaría desheredada, enclaustrada en Villamela, pero ellos... Ellos
terminarían el la cárcel, y con sus fotos en todos los periódicos. Ni el más
demente de los empresarios volvería a ofrecerles jamás un contrato. Muy
pequeña compensación le resultaba, pero algo era algo.
Echó un vistazo a la papelera y vio, casi con sorpresa, que
estaba vacía. La limpiadora tenía que haberse encargado de ella. Algo la
tranquilizó comprobar que no seguía allí la prueba de su tentación, pero
estaba demasiado confundida y a la vez casi lamentó perder la posibilidad de
perpetrar su crimen. No se le ocurría nada de lo que no fuera capaz por evitar
que abusos como los sucedidos en casa de Alberto volvieran a repetirse. Aún
notaba dentro de ella las dobles y triples penetraciones; aún el asco, el
desprecio hacia sí misma la inundaba cada vez que recordaba aquella
incontenible cadena de orgasmos, que veía su cara en el espejo, ida y cubierta
de esperma. Le entraban ganas de vomitar siempre que esas imágenes visitaban
su memoria. Algo así no podía volver a suceder, era demasiado descorazonador,
demasiado desconcertante ser traicionada incluso por su propio cuerpo. Desde
aquella noche, cada vez que se miraba a un espejo, tenía la aterradora
sensación de no reconocerse. Esas heridas no iban a cerrarse nunca, sobre todo
mientras tuviera que seguir cruzándose diariamente con el abominable club de
sus torturadores, mientras tuviera que soportar sus miradas lascivas, sus
sonrisas autosuficientes, y lo que era el colmo: hasta alguna que otra palmada
en el trasero. Los aborrecía tanto que se mataría para no verlos.
Un pequeño tumulto en el pasillo la sacó de su acceso de
rabia. Algo tenía que estar pasando. Se deslizó hacia la puerta y abrió sólo
una rendija, lo justo para ver a su padre, en su silla de ruedas, rodeado de
empleados que iban a saludarlo. Detrás estaba Jorge. Volvió a ponerse el
guardapolvo precipitadamente y se lo abrochó hasta las rodillas. Naturalmente
al viejo le extrañaría encontrarla vestida así, pero mejor era eso que
permitir que viera las botas. Se sentó en su sillón e intentó ensayar un gesto
aburrido.
No había pasado medio minuto cuando su padre, propulsado
por Jorge, entraba en el despacho. Temió desmayarse al oír la manera en que su
empleado la presentaba:
¾ Y aquí está Silvia, no creo
que nunca llegara a imaginar lo placentera que sería su estancia entre
nosotros...
¾ Déjate de ridiculeces y
desaparece. He venido a hablar con mi hija ¾ Chilló
el anciano, en un tono que no admitía réplica. Jorge se dio la vuelta y se
fue.
Silvia quería que se la tragara la tierra. Sabía a qué
había venido su padre y sabía que tenía que decirle la verdad, pero no quería
hacerlo en ese momento, no con tanta brusquedad. Había que esperar a que los
dos se calmaran, irlo preparando, antes de mostrarle la profundidad del abismo
al que se enfrentaba; la impresión podía matarlo. Lo mejor era intentar tomar
la iniciativa, huir hacia delante, y tratar de desviar su atención. Después lo
llevaría a casa, allí hablarían con más intimidad.
¾ No has debido venir, papá, y
menos con tu estado de salud y con estas prisas. Si ya te lo dije por
teléfono: No pasa nada, he iniciado una reforma algo más somera de lo que
tenía pensado, ese es todo el problema.
El viejo escupió el cebo sin ni siquiera prestarle
atención. Empujó con inusitada energía las ruedas de la silla y se acercó al
ventanal. La frente y la calva le brillaban de sudor.
¾ Quiero saber qué significa eso
¾ dijo con nerviosismo, señalando al cristal.
Silvia tardó en darse cuenta de que se refería al inmenso
cartel del ron instalado frente a la empresa. Se deshizo en protestas, juró y
perjuró que la modelo no era ella, debilitándose a cada palabra que decía.
¾ Pero ven aquí
¾ Rugió su padre¾ ¿Eres
capaz de decirme que esa no eres tú?
A pesar de haber estado evitando darse la vuelta, se
levantó de mala gana y miró al ventanal. En la cara del anciano se dibujó la
sorpresa.
¾ ¿Pero que demonios haces con
el abrigo puesto?
¾ Esto no es un abrigo, papá, es
un guardapolvo, y es muy fino ¾ respondió ella con
cansancio.
¾ Pues quítate el
guardaloquesea, aquí no te hace falta.
Una vez más las protestas de Silvia volvieron a ser
perfectamente inútiles. Segundos después, aterrorizada por los gritos del
viejo, estaba desabrochándose los botones y exhibiendo su vergüenza. Los ojos
de su padre la miraron con incredulidad. Alzó la mano señalándola e intentó
decirle algo aunque sólo profirió un gruñido gutural. Casi en el acto la
cabeza se le ladeó sobre el hombro y se quedó mirando sin ver la luz de la
mañana.
Silvia corrió hacia el tubo de pastillas. No estaba ducha
en esos manejos, era Alicia la que se encargaba de cuidarlo. Le hizo tragar
una cápsula pero no pareció hacer ningún efecto y mientras ella iba por agua y
venía, se le antojó que su padre empezaba a amoratarse. Entonces tomó la
decisión: abandonó el despacho, salió al pasillo a pedir socorro.
LA CADENA
Alberto y Jorge se mantuvieron al margen. Se sentaron
juntos en uno de los últimos bancos de la capilla y se prepararon para
esperar. Villamela era un poblacho de una sola calle y todos sus habitantes
parecían haberse dado cita en el entierro. Habían hecho el viaje en el coche
de Alberto y llegado a lo justo para la Misa.
Al final las cosas se precipitaron y don Enrique llegó
cadáver al hospital. Silvia pareció sentirlo mucho y se ocupó de trasladar los
restos al pueblo. Ni Jorge ni Alberto eran demasiado aficionados a esa clase
de tinglados; habían visto miles de cadáveres como reporteros de guerra y no
comprendían la necesidad de tanta ritualidad. A pesar de ello habían ido, no
querían que nadie de su entorno pensara que se apartaban de lo normal.
Jorge, desde la muerte de don Enrique había estado un tanto
cabizbajo y muy próximo al remordimiento. Al verlo tan decaído Alberto le dio
un codazo y le susurró:
¾ Venga, hombre, no me digas que
no les queda precioso el luto a estas pueblerinas. Don Enrique estaba muy
mayor y muy enfermo, tenía que caer un día u otro.
Jorge le respondió con una media sonrisa que era
incorregible, y los dos se concentraron en la ceremonia. Como es habitual, el
cura se deshizo en alabanzas al muerto, reiteró las inevitables promesas de
vida eterna, y una media hora después estaba concluido el trámite.
El cementerio era bastante grande y antiguo. El pueblo
entero parecía estar más habitado por difuntos que por seres vivos. La misa
había tenido lugar en la propia capilla, no en la Iglesia, así que fue cosa de
un momento que el cortejo fúnebre se hallara ante el nicho. Alberto y Jorge
persistieron en su actitud de mantenerse apartados. A Silvia se la veía seria;
con gafas de sol y toda vestida de negro parecía una más de sus convecinas.
Alberto no dejó de anotar mentalmente que no llevaba puestas las botas fucsia.
Cumplida esa parte del ritual, ella y su hermana se
quedaron en la entrada para recibir los pésames protocolarios. Jorge observó
con sorpresa como Alberto se excedía en el consabido abrazo a Silvia y,
disimuladamente, le palpaba el trasero. Estuvo callado todo el viaje de
vuelta. Había visto infinidad de cadáveres, incluso alguna vez, en el frente,
se había visto obligado a matar, pero nunca antes había participado en la
muerte de alguien que conociera; eso para él sólo tenía un nombre: asesinato.
La palabra "asesino" le rondaba por la cabeza desde que vio la cara amoratada
del viejo. Tanto le aferraba el remordimiento que empezó a sentir un poco de
pena hacia Silvia; era evidente que todas sus maldades no la hacían merecedora
del castigo que le estaban infringiendo. Ahora que poseían un poder ilimitado
sobre ella no estaba seguro de querer usarlo.
Alberto, dándose cuenta de lo que sucedía, respetó su
silencio; excedió los límites de velocidad durante el regreso y, una vez en
Madrid, lo condujo directamente a su propio chalet. Había algo que quería
enseñarle. Jorge se dejó llevar como un muñeco, se sentó en el sofá y Alberto
tuvo hasta que moverle el café para que empezara a tomárselo.
¾ Escúchame bien
¾ le dijo¾ : Tú no
mataste a don Enrique. Al menos no nos consta que lo mataras. Tus intenciones
serían las que fueran, pero lo que hiciste no creo que tuviera ninguna
consecuencia.
¾ ¿Pero cómo? Fui yo quien
cambió las pastillas, yo quien convirtió un mal pensamiento de Silvia en un
crimen horrible; no se puede negar ese hecho.
¾ La realidad lo niega
¾ le respondió¾ .
Observa con atención éste vídeo.
Alberto pulsó el mando a distancia. Tenía preparada la
cinta desde antes de que salieran y pronto se vio en el televisor el despacho
vacío. Jorge intentó protestar, pero él le insistió en que mirara. Enseguida
apareció la muchacha, traía en la mano un tubo de Carditone, el que acababa de
comprar en la farmacia. Lo dejó sobre la mesa, abrió el cajón, y justo en ese
momento sonó el teléfono.
¾ ¿Ves? ¾
Indicó Alberto triunfalmente¾ Su cuerpo tapa los
dos tarros. Estaba muy nerviosa y además fue interrumpida. No hay manera de
saber qué tarro fue al cajón, ni cuál a la papelera. Aunque se hubiera
arrepentido de su intención de matar al viejo, perfectamente pudo equivocarse.
Si es así, tú le habrías concedido una oportunidad adicional de sobrevivir en
lugar de matarlo.
¾ Pero mi intención...
¾ empezó a decir Jorge.
¾ Pamemas ¾
Le interrumpió Alberto¾ . Si las intenciones se
juzgaran habría que ejecutar al planeta entero. Tú no planeaste un crimen, no
adulteraste las cápsulas, simplemente cambiaste de sitio un tubo de pastillas.
Y lo que es más: las consecuencias de esto podían ser igualmente magníficas
que mortales. No has hecho nada de lo que debas arrepentirte.
Jorge se quedó pensativo aunque algo más relajado. Estaba
empezando a aceptar los razonamientos de su amigo. No obstante, había algo que
todavía le daba vueltas en la cabeza.
¾ En ese caso ¿por qué me
sugeriste dar el cambiazo a los tarros?
Alberto se encogió de hombros. Había esperado no tener que
decirlo, pero ya no había más remedio:
¾ Te puse una prueba que has
superado con creces. Entiéndeme, hombre ¾ casi
gritó al ver que Jorge se echaba las manos a la cabeza¾
. Esto va a ser muy duro; vamos a arrojar a esa chica contra el mundo con las
piernas abiertas, vamos a colocar a un predador entre sus víctimas despojado
de sus garras; la van a reventar. Tenía que asegurarme de que eras lo bastante
despiadado. Te recuerdo que corremos riesgos; necesito poder confiar
totalmente en quien tengo a mi lado.
¾ ¿Tan necesario era ponerme en
semejante diatriba? ¿No me conoces lo suficiente?
¾ Pues sí, era así de necesario
¾ Reaccionó Alberto, algo achispado¾
. Yo no me juego el ir a la cárcel por un nimio coqueteo sádico; llego hasta
el final o no hago nada. De todas partes va a surgir gente con poder sobre
nuestra putita; cuando cae la gacela, come la manada entera de leones. Pero tú
no eres uno de ellos, estás a mí nivel y sólo mi poder sobre ella es
comparable al tuyo; puedes partirla, regalarla, ofrecerla, o pagar en carne un
capricho, igual que yo. No deberías extrañarte de que quisiera saber hasta
dónde estabas dispuesto a llegar.
¾ ¿Y he pasado la prueba?
¾ Preguntó Jorge con ironía.
¾ Claro que sí, hombre
¾ respondió Alberto con aparente franqueza¾
. Fuiste lo bastante fuerte para cometer un asesinato, aunque no lo
cometieras; y después has sido lo bastante bondadoso para arrepentirte. Con
ello no pruebas sino que eres un buen tipo. Lo de Silvia es nada más que un
experimento humano, un experimento apasionante y terrible que hemos de saber
llevar hasta su conclusión...
¾ Espera, espera un momento
¾ Interrumpió Jorge¾
¿Quieres decir que no tenías intención de provocar la muerte de don Enrique,
que no era conveniente para nosotros?
¾ Digamos que hemos tenido
suerte y las cosas han sucedido de una manera muy satisfactoria
¾ Contestó Alberto con voz afable¾
. Pero la muerte del viejo no era una de mis prioridades. Desde el momento en
que grabé a Silvia rellenando las pastillas estaba en el bote. La amenaza de
enseñarle la cinta a su padre, o a las autoridades, era de una consistencia
más que suficiente. Solo con eso ya podíamos obligarla a lo que quisiéramos
sin ninguna restricción. Aunque claro, ella siempre nos ofrece un poco más de
lo que le pedimos.
Jorge se quedó cabizbajo. Le había molestado lo de la
prueba, pero no era eso lo que le preocupaba. En caliente, reconocía que le
encantaba hacerle faenas a Silvia, pero pasada la excitación se le hacía obvio
que no tenía ningún derecho a ello y que aquello estaba yendo bastante más
allá de un mero ajuste de cuentas. Las cosas se estaban yendo de madre y él se
temía a sí mismo, temía al Jorge que no sabía pararse, al que hacía unos días
molió a fustazos la espalda de esa pobre hija de puta.
¾ ¿No deberíamos dejar esto? Me
asusta. No lo que le suceda a ella, lo que nos pase a nosotros, el que nos
convirtamos en unos individuos implacables, crueles como bestias. ¿Qué pasará
cuando ella ya no esté, cuando la hallamos destruido? ¿Seremos capaces de
retomar sin más nuestras vidas normales? Te confieso que esto empieza a darme
miedo.
¾ Venga, hombre, el entierro te
ha dejado propenso al sentimentalismo. ¿Ahora eres tú el que piensa a largo
plazo? No lo vamos a dejar, ¿y sabes por qué? Porque me matarías si te lo
sugiriera. Esto te atrae tanto como a mí o quizá más. Hemos ido demasiado
lejos y es demasiado divertido seguir adelante. Esto es salirse de lo
corriente, aventurarse en lo desconocido, pero sin oír el silbido de las balas
sobre tu cabeza. ¿Miedo a lo que esta experiencia haga de nosotros, miedo a
cambiar? A nuestra edad ya no se cambia ni a cañonazos ¾
recalcó con un gesto de prepotencia¾ , y en todo
caso, ninguno de los dos perderíamos una oportunidad de hacerlo por nada del
mundo; sé eso gracias a la prueba.
Jorge asintió. Se daba cuenta de que su amigo tenía razón.
No quería, no podía detenerse. Aún a pesar de ello rompió una lanza por el
papel compasivo que había involuntariamente adoptado.
¾ ¿Pero y Silvia? ¿No te da
lástima lo que va a sufrir?
¾ Eh, eh, un momento
¾ respondió Alberto con desenvoltura¾
. Silvia va a sufrir exactamente lo mismo que otros varios millones de mujeres
en este mismo momento. Y no te olvides de sus increíbles orgasmos, se derrite
de gusto cada vez que la tocamos. ¿Se puede decir con rigor que sufre? Dentro
de la sinfonía de dolor y placer que es el mundo ¿por qué tienes que atender a
sus padecimientos y no al regocijo de quienes la usen? ¿Con qué derecho vas a
negarle a los feos, a los desdichados, ese cuerpo que los recibiría entre
orgasmos y vómitos? ¿De verdad crees que el tormento de Silvia puede
compararse a tanto éxtasis? Ten en cuenta su rebeldía impotente, su belleza,
su absoluta indefensión; es imposible que hayas olvidado lo que fue para ti
tirártela por primera vez. Aquí no hay discusión: Ya tenía las raíces podridas
cuando la conocimos ¿hay algo más hermoso que doblegar el tallo de esa flor y
obligarla a besar el fango?
Jorge no pudo evitar empezar a reírse. Era verdad que no
había nada más sugestivo que mirarla correrse mientras le mamaba la polla ¡con
el odio que sentía hacia ellos! Cada cual tiene sus capacidades y Silvia había
nacido para revolcarse por una cama y hacer gozar a muchos hombres. Había que
permitirle cumplir su destino.
¾ Sí, sí, ríete
¾ dijo Alberto¾ . Los
dos sabemos que la lástima no es más que la pimienta que da sabor a este plato
y lo hace exquisito. Si no fuera por ese pellizco de lástima, incluso de asco,
putearla carecería de sentido. Pero no hay que pasarse con el condimento, no
hay que excederse, a menos que queramos echar perder el guiso.
¾ Desde luego que eres la leche
¾ dijo Jorge entre carcajadas¾
. Es una pena que no seamos maricones.
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