MIS VACACIONES EN EL CAMPO - 2
Al rato de vestirnos, mi tío me advirtió que, cuando
apareciera Mamá, seguramente preguntaría si él me había revisado, a lo cual
respondería que no.
-Para seguir divirtiéndonos todo el verano, debemos mentir un
poco -sonrió, guiñándome un ojo-. Vos seguime la corriente.
Desde luego, acepté. ¿Qué no haría yo para volver a sentir su
pija rozándome la lengua, los dientes y cada centímetro de mi cuerpo… Por sentir
los latidos de su verga en mi concha… Por saborear, una y otra vez, su leche
dentro de mi boca? Todo… absolutamente todo.
Cuando, por fin, mi madre vino a la piscina, la predicción de
Tío Esteban se cumplió al pie de la letra; por otra parte, era lógico que así
ocurriera. Sabiendo las reglas del juego, me dispuse a mentir.
-¿Por qué no quisiste desnudarte frente a tu tío? -me
preguntó, entre enojada y comprensiva-. Entiendo que ya tengas doce años, pero
debés considerar que Esteban es un médico y que sólo quiere cumplir con su labor
profesional, hija.
-¿Has visto? -me dijo él, firme pero amable-. Eso es
exactamente lo que yo te dije, Caro; lo recordás, ¿verdad?
-Sí -respondí, con una actitud ficticia y aniñada-… Pero es
que me da vergüenza. ¿Acaso nadie puede darse cuenta de cuánto crecí, en este
último año?
-Por supuesto -dijo mi tío y Mamá asintió, al escuchar la
segunda parte de su inocente afirmación-: estás bastante más alta que el año
pasado. Ya sé: supongo que no sólo habrás crecido en altura… A tu edad, es muy
normal. De más está decir que te comprendo, mi querida sobrina; es por ello que
voy a proponerte algo: ahora, vas, te quitás esa malla, te ponés ropa seca y
venís con nosotros a tomar un rico té, con torta de chocolate. Después, en tu
dormitorio y a puertas cerradas (con tu madre presente, si preferís), te
revisaré. ¿Te parece?
-Sí… pero sólo si está mi mamá -dije, en una actuación que
habría merecido el Oscar.
Tal como se planeó, esa tarde, alrededor de las seis,
Esteban, Mamá y yo nos encerramos en la habitación que él me había asignado. Yo
vestía una minifalda que cubría tres cuartas partes de mis muslos, una blusa
suelta, un par de mocasines y, desde luego, ropa interior, como una niña
decente.
-Bien -dijo mi tío-. ¿Preferís comenzar por los pies?
No hizo falta decir nada: simplemente, me senté en el borde
de la cama (que, "casualmente", era de dos plazas) y me descalcé. Eso no me
llevó ningún esfuerzo por fingir: no tuve que hacerlo. Aún la nena más recatada
se habría quitado los mocasines frente a su tío. Me revisó los pies y sólo
comentó que estaban perfectos. Por efectos de mi crecimiento, estaban algo más
grandes que el año anterior; pero fuera de ese detalle normal, nada.
Muy profesionalmente, tocó mis pantorrillas, rodillas y
muslos -la parte expuesta de ellos-, sin decir palabra. Luego, con tono grave,
me dijo:
-Lo siento, hija, pero debo comenzar con la parte que más te
disgusta: quitate la pollera, por favor.
Si Mamá no hubiese estado ahí, ya habría estado totalmente
desnuda, mamándole la pija y quién sabe cuántas cosas estaríamos por hacer; sólo
de imaginarlo, empecé a calentarme. Para tranquilizarme, me concentré en la
presencia de mi madre.
Me puse de pie y, simulando vergüenza, me quité la mini (ni
por asomo tan corta como las que yo me ponía, cuando mi mamá trabajaba y yo
salía con mis amigas… o sola).
Me pidió que, a fin de pasar el mal trance cuanto antes,
también me bajara las bombachas. Tomé mi tiempo para hacerlo, mirando a ambos
como preguntándoles "¿Debo?". Sus miradas se mantuvieron firmes, y de pronto, me
encontré sin ropa de la cintura para abajo. Ya que estaba fingiendo, me pareció
una buena idea quitarme todo, incluyendo el corpiño; después de todo, mi tío
siempre me revisaba así, aun en presencia de mi mamá… Y esta vez, se justificaba
más que nunca, dada la preocupación de ella por el tamaño de mis pechos. Cuando
terminé la tarea y cerciorándome de que mi madre estuviera distraída acomodando
mi ropa prolijamente en una silla, le eché una mirada maliciosa a Esteban, como
desafiándolo a que me tocara como lo había hecho hacía apenas unas horas. El
brillo lujurioso de sus ojos lo dijo todo: "Esperá que estemos solos y ya vas a
ver…".
Con apenas unos roces a las zonas "prohibidas" de mi cuerpo
-que según Mamá, incluían la parte superior de mis muslos-, mi tío le mostró la
"perfecta proporción" del cuerpo de su hija.
-Fijate, Laura -explicó, sólo señalándolos, como si yo fuera
una foto tamaño natural o, en el mejor de los casos, un maniquí de yeso-: las
areolas y los pezones tienen el tamaño exacto para el volumen de sus senos. Si
fueran más pequeños o exageradamente grandes, entonces deberías preocuparte;
pero te reitero, hermanita: toda esta región está perfecta. En cuanto a la zona
púbica, veo algunos vellos. Pero vos ya sabés lo que pienso de esos pelos: lo
único que hacen es molestar… para la higiene, más que nada; si vos estuvieras de
acuerdo, yo mismo se los afeitaría, pero conociendo la actitud pudorosa de Caro,
sugiero que lo hagas vos.
-¿Y vos, qué decís, hijita? -me preguntó Mamá-. ¿Te
molestaría afeitarte allí abajo?
-No sé -dije, encogiéndome de hombros y suponiendo que sería
el final de mi actuación, por el momento-… Si el tío dice que es lo mejor, él es
el médico, ¿verdad? -finalicé, asumiendo una actitud madura que me serviría para
el futuro inmediato.
-De verdad que estás creciendo; y no sólo tu cuerpo, sino tu
mente, que es lo más importante -me dijo ella, abrazándome; luego, alcanzándome
toda mi ropa, me ordenó, suavemente-: vení, vamos a mi cuarto: allí te voy a
afeitar.
Cuando mi mamá terminó su meticulosa y delicada tarea, me
anunció que, a pedido de Tío Esteban, ellos dos saldrían a cenar, esa noche,
para celebrar el Año Nuevo, y que, por recomendación de él mismo, no entraría en
mi dormitorio para arroparme.
-Como le dije a tu tío, para mí siempre seguirás siendo mi
bebita; pero él tiene razón: tu actitud adulta de hoy, me ha demostrado que ya
merecés un poco más de privacidad, cosa que me has estado pidiendo desde hace
tiempo y que no he querido darte, por considerar que eras demasiado chica; pero…
como vos dijiste esta tarde: si el tío dice que es lo mejor, él es el médico; de
modo que esta noche no me esperes despierta. Es más: no entraré para nada.
Un rato después de la cena y de la salida de mis dos
familiares, resolví ir a ducharme, preparándome para la sorpresa que Esteban, en
una conversación íntima conmigo, me había anunciado.
-Hoy, conocerás a Ariel: es un joven de veinticinco años que
se dedica a la jardinería y a conducir mi auto, cuando necesito chofer. Es el
hermano de Mariana, mi empleada; ella también es muy joven y estoy seguro de que
serán muy buenas amigas… íntimas, me atrevería a predecir. De todas formas,
Ariel se te presentará para ofrecerte cualquier cosa que necesites. ¿Un consejo?
Aprovechalo.
Salí del baño envuelta en una toalla y me topé con un
muchacho alto, morocho, bronceado hasta donde podía verse, atlético que sólo
vestía un vaquero recortado, convertido en un pantalón corto. ¡Qué hombre!
-Vos debés ser Ariel -especulé, cerrando la puerta del baño
tras de mí.
-Efectivamente -respondió, con voz grave, profunda y
natural-. Yo soy Ariel; y vos debes ser Carito…
-¿Quién? -reaccioné, desconcertada.
-Carito -respondió, con naturalidad, mientras comenzaba a
acariciarme un brazo-: ¿acaso no te llamás Carola?
-Sí -contesté, derritiéndome.
-Pues, entonces, ¿me vas a permitir que te llame Carito?
-dijo, pasando su otra mano por mi muslo derecho y subiendo, sin intención de
detenerse hasta mis nalgas… por lo menos.
-Te permito lo que quieras, pero, por favor, no te detengas.
Ahí mismo, en el pasillo, me quitó la toalla y yo, ansiosa,
le bajé la bragueta, dándome cuenta de que, debajo del pantalón, no vestía nada.
Nuestras respectivas prendas quedaron tiradas y, desnudos, ingresamos en mi
habitación, donde encendí el velador. Al volverme hacia él, pudo apreciar mis
tetas en toda su magnitud.
-Pe... pero tu tío dijo que tenías doce años -tartamudeó, con
ojos desorbitados.
-Y tengo doce años, pero me desarrollé "un poquito" más que
la mayoría de las chicas de mi edad.
-Carito, ¡sos espectacular!
Diciendo esto, se recostó sobre la cama (¿recuerdan que era
doble?) y comenzó a acariciarse la verga.
-¿Me permitís? -interrogué, poniéndome de rodillas.
Me recliné hacia adelante; mis tetas rozaron sus piernas y,
con una mano, tomé su gigantesco pedazo de carne, comenzando a pajearlo.
-Meteme un dedo en el culo -me pidió, jadeando de placer.
-Uno no será suficiente -dije, decididamente seductora, con
mi voz de nenita-: tengo dedos de nenita, así que voy a meterte dos… o tres.
Le introduje tres, lo más profundo que pude y gimió. Luego
quise experimentar para aumentar el gozo de ambos: me puse su verga en la boca y
empecé a mover la cabeza hacia arriba y hacia abajo. ¡Lo pajeaba con los
labios…! ¡Qué experiencia!
Ariel estaba por reventar, pero se contuvo. Cambiamos de
posición: se incorporó; yo seguía haciéndole la paja, pero más lentamente, para
que aún no llegara; él me subió a la cama y empezó a chuparme las tetas,
mientras con una mano, metía dos dedos en mi concha. Luego, babeándose,
descendió a mi cuquita que lamió, metiendo la lengua, luego, como si fuera una
poronga. Acabé dentro de su boca y, por suerte, ahora me tocaba a mí. Volví a
tomar su verga y aceleré el ritmo de mi mano. Abrí la boca y él apuntó con
excelente puntería: su leche cayó sobre mi lengua, deseosa de aquel manjar.
Después, para no desperdiciar nada, pasé mis dedos sobre su glande, a fin de que
nada quedara ahí y desparramé el semen sobre mis tetas.
-Escupí un poco de crema y untátela sobre los pezones y las
areolas -dijo, volviendo a tener una erección increíble.
Escupí dos globos grandes de semen sobre la palma de mi mano
izquierda y, mojando el dedo índice derecho en aquella suave y espesa mezcla de
leche y saliva, lo unté donde él me había indicado: para él fue una visión
excepcional y para mí, una sensación que me fascinó, excitándome, mientras
terminaba de tragar ese líquido fenomenal.
-Haceme la paja, Carito -me pidió, ofreciéndome la pija con
la mano-: me encanta mirar cuando me la hacen… Y más aún, cuando quien me la
hace tiene manos de niña, como vos.
Le di el gusto… o tal vez, deba decir "nos di el
gusto". Masajear semejante bicho hacía que me excitara hasta límites que jamás
había imaginado. Casi sin darme cuenta, comencé a frotarme el clítoris y a
suspirar y gemir como lo que era: una putita de doce años.
-Ay, Carito: ¡sos de otro mundo! -exclamó, gozando de cada
momento-. Montame un poco y luego, volvé a la posición en la que estás ahora.
Nuevamente, obedecí. Sostuve su pija perpendicular al
anhelante orificio caliente de mi concha y me la introduje. ¡No podía creer que
estaba logrando tanto placer! Y, pese a ser compartido, era mío… ¡Mío, por
entero…!
Cuando lo desmonté, volví a masturbarlo y probé otra
variante: al subir la mano, no soltaba la piel y lo hacía a tal altura que su
glande volvía a introducirse dentro de ella, y al bajar, la llevaba hasta donde
debía abrir tres de los cinco dedos para que los dos que aún la sostenían (el
índice y el pulgar), tocaran su vientre. Después de cinco o seis bombeadas con
este sistema, logré la suficiente agilidad y seguridad para hacerlo más rápido;
casi hacia el final, el ritmo fue frenético y más excitante para los dos. Cuando
acabó, lo hizo enteramente en mis tetas.
-Me hiciste la paja como nadie nunca antes -suspiró, mientras
él mismo se encargaba de esparcir la leche por toda la inmensidad mis tetas-:
¡sos una diosa, Carito!
Después de dormir alrededor de media hora, volvimos al
ataque: él quería quitarme la virginidad del culo, intención que me excitó al
máximo… Pero de eso y más, hablaremos en la próxima.
Continuará