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Mi vecina, mi maestra
Hetero: Primera vez- 2008-03-07 08:32:15
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La historia que voy a relatar a continuación, resulta ser la mas impresionante de mi vida, algo que, por increíble, nunca conté a nadie y que tan solo me atrevo a escribir para contrastar, con algo material, aquello que quedó en mi memoria como un sueño del que siempre tuve dudas de su realidad.

Yo me llamo Flavio y esta historia comienza con la muerte de mi padre, cuando yo aún no había cumplido los 18 años. Yo estaba estudiando COU y aún no tenía novia, siendo mi afición mas sobresaliente la de estudiar, ver la televisión en casa y salir los sábados y algún domingo con los amigos a echar nuestra partida de billar tomando una cerveza. Poco más.

Poco tiempo antes, aproximadamente seis u ocho meses atrás, se trasladaron a vivir al piso contiguo al nuestro, con el tabique del salón de por medio, que se prolongaba por el exterior la casa hasta la terraza que, lógicamente, tambien estaba unida a ellos por el mismo tabique, una familia que estaba llamada a ser la mas trascendental de mi vida, además de la mía propia, claro. Era frecuente asomarnos a la terraza y encontrar la cabeza de nuestros vecinos contemplando el paisaje común. Así de cercanas estaban nuestras viviendas.

La peculiaridad de esta familia radicaba en la importante diferencia de edad entre el esposo, funcionario –al parecer militar, aunque nunca lo confirmaron ni le vimos de uniforme- de 61 años y ella, ama de casa con poco mas de 35. Para él era su segundo matrimonio. Llevaban casados aproximadamente 5 años, como nos contaría posteriormente y, fruto del mismo, había una hija de 4 años que había comenzado a ir al colegio ese año. El, por su parte, ya tenía dos hijos mayores que vivían independientes del padre y procedentes del anterior matrimonio.

Desde un primer momento, ella se mostró muy cordial y amistosa con nosotros, visitándonos muchas tardes y trayendo siempre algo: pipas, pasteles, un embutido del pueblo fantástico… etc., y no paraba de hablar y reír mientras nos contaba sus historias siempre cargadas de humor, sobre su infancia o juventud en su pueblo de origen. La verdad es que al poco tiempo, ya resultaba tan familiar en casa que era raro no verla algún día.

Pues bien, tras la muerte de mi padre, mi madre cayó en una profunda depresión y, a pesar de su juventud, pues tan solo contaba con 44 años de edad, su aspecto se tornó envejecido y triste, mas aún si nos la imaginamos del profundo luto con que se vistió a partir de entonces.

Yo dejé mis estudios y unos tíos me colocaron en un banco, un trabajo excelente y con un sueldo mas que digno en aquella época. Comencé al año siguiente mis estudios universitarios, pero ya por la tarde, después del trabajo.

Por entonces, Fermina –así se llamaba- acudía a nuestra casa casi a diario, formando parte ya de la familia y siendo para mi madre un punto de apoyo fundamental. Siempre manteniendo el buen ánimo, conseguía en ocasiones, arrancarle alguna sonrisa. Ella preparaba nuestra comida muchos días, nos hacía la compra, incluso planchaba mis camisas cuando mi madre no tenía mucho ánimo. La recuerdo con su bata color verde o malva –sus colores favoritos-, que ajustaba a la cintura con un cinturón que no hacía sino marcar unas formas mas bien rollizas, pero exuberantes y que no me podían pasar inadvertidas a la edad que yo tenía. A pesar de no resultarme atractiva, su sensualidad atraía mi atención inevitablemente y no podía retirar los ojos cuando su braga dejaba traslucir su color o tamaño a través de la bata. Igualmente se me iban los ojos a través de su escote cuando descuidadamente, lo dejaba mas entreabierto de la cuenta y, sobre todo al servir la mesa, permitía una visión parcial aunque suficiente, para completar mi febril imaginación, mostrando parte de sus voluminosos senos que frecuentemente dejaban entrever un erecto pezón extraordinariamente sensual. En fin, yo trataba de evitar esos pensamientos pecaminosos hacia una mujer que tan solo hacía que ayudar a mi madre y darnos su mayor amistad, pero la edad no me permitía la castidad de pensamientos que yo hubiese querido en alguna ocasión.

Realmente yo no sabía si ella era consciente de la turbación que me causaba, pero actuaba con total normalidad en casa, ignorando mis pensamientos y descuidando ese recato que toda mujer muestra ante los hombres, sobre todo si le es desconocido. Ella actuaba con absoluta libertad y total confianza, como si estuviese en su propia casa. Pero, a decir verdad, a mí eso me molestaba un poco, pues parecía como si yo no le importase, como si yo no fuese hombre para ella.

En fin, los preámbulos acaban cuando mi madre, en una crisis de su tristeza, me dice que se marcha al pueblo unos días, con su madre, a ver si saliendo de casa se le pasa un poco la tristeza y, puesto que yo ya había terminado las clases, podría arreglarme solo perfectamente los ocho o diez días que ella estaría fuera. Por otra parte, Fermina me echaría una mano llegado el caso, comprándome el pan o acercándome algo de la comida que ella guisase en su casa. Pues nada, dicho y hecho. A los dos días partía desde Atocha y yo regresaba a casa, donde mi madre me había dejado la cena preparada. Sin mas, cené, vi un rato la televisión y me dormí profundamente. La verdad es que, durante el poco tiempo que tardé en dormirme, no pude pensar en otra cosa que en la posible visita de mi vecina, y fantaseé un poco con la posibilidad de tener una aventura con ella antes de dormir.

 

 

Primer Acto:

A la mañana siguiente me desperté, como siempre, apurado de hora y tras mi apresurada ducha, me lancé a la calle sin tomar mi habitual café, pues no me daba la hora para más. Ya tomaría en la oficina si llegaba con tiempo.

La mañana pasó rápida con un trabajo excepcional y yo salí agotado pensando en la siesta que me esperaba. Tenía comida en el congelador y una magnífica tarde para descansar viendo mis programas favoritos. Era el mes de julio y mis vacaciones eran en Agosto. Mis amigos, que todavía estudiaban, ya se habían marchado de vacaciones y yo estaba prácticamente solo en el barrio, por lo que mis expectativas para esa tarde pasaban por una casera tarde de verano.

Cuando llegaba a mi casa acalorado, pensé en tomar una cerveza helada de las que tenía en el frigorífico y me acostaría. Ya comería algo luego. No hay prisa.

Pase directamente a la habitación a cambiarme y en calzoncillos salí hacia el baño a asearme un poco. No pensaba ponerme los habituales pijamas de pantalón corto de verano, pues solo en casa, no había motivo alguno de recato, como cuando está mi madre. Después de mi grata cerveza fresquita, tomada en el sofá del salón tumbado cuan largo, mis ojos empezaban a enturbiarse con el plomizo culebrón de la tele, pero mi debilidad era tal que no conseguía llevar mi mano al mando a distancia para cambiar de canal. No sé el tiempo que estuve sumido en ese sopor anterior al sueño, pero debieron ser escasos minutos, cuando sin haber oído sonar la cerradura de la puerta de la calle, apareció Fermina en el salón donde me encontraba tumbado dándome un susto de muerte.

Fb -"Coño, y yo en calzoncillos!!" Pensé incorporándome de un salto y cubriendo con mis manos mis atributos. Ni qué decir tiene que ella soltó una sonora carcajada y depositó sobre la mesita del salón una pequeña fuente de loza cubierta con un papel de aluminio.

Fr -¿Pero bueno, Flavio, es que aún tienes vergüenza de mí?. Vamos, vamos, parece mentira después del trato que tenemos. ¿Es que me ves a mí con vergüenza de vestir cómodamente cuando vengo a tu casa?. Bueno, déjate de payasadas y mira lo que te he traído para comer.

Destapó la fuente de comida y descubrió una apetitosa ensalada veraniega de frutas.

Fr –Como sé que te gusta la comida fría en este tiempo, te he preparado un buen plato de lo que he hecho para casa. Yo ya he comido, de modo que todo es para ti. Supongo que aún no habías comido, no?

FB –Nó, contesté tímidamente. Pero no tengo hambre aún. Pensaba dormir un rato.

Contesté confiando en que comprendiese la indirecta y se marchase diplomáticamente, y así poder sobreponerme del susto, dándome tiempo a ponerme mi pijama, al menos. Estaba claro que no podría disfrutar ni un solo día de la soledad.

Fr –Ni hablar!. Tú comes un poquito, al menos, como todos los días y luego, como todos los días, ya te echaras la siesta. Sé que no te has preparado la comida por pereza, pero aquí estoy yo para que no tengas que preocuparte de estas labores cuando llegas cansado del trabajo.

A todo esto yo seguía sin separar mis manos de mi entrepierna y acurrucado en el sofá evitando mi exhibición involuntaria… máxime si empezaba a confirmarse los primeros síntomas de dilatación que empezaba a presentar.

Ella fue a la cocina y me trajo un cubierto y servilletas; tambien un vaso de agua y una jarra. No pude evitar el probar un poco de lo que me servía para mostrarle mi agradecimiento y darle mi opinión acerca de lo suculento del plato, pero antes había cogido una servilleta para, disimuladamente, cubrirme mis zonas erógenas que ya mostraban un tamaño perceptible.

Ella se sentó frente a mí, en una silla, con lo que sus rodillas sobresalían de la pequeña mesa del salón, mostrando una generosa muestra de sus prietas piernas, con lo que, incluso la servilleta, podría quedarse pequeña para disimular mi estado de excitación. Yo bebía agua sin cesar, pues tenía la boca completamente reseca de la tensión que estaba sufriendo; ella, viendo que realmente no podía pasar un bocado, me aligeró la carga sugiriéndome:

Fr –Deja de comer y túmbate en el sofá a dormir tu siesta, que es lo que veo que estás deseando. Yo quitaré la mesa y recogeré la casa un poco.

Es cierto que me gustaba dormir un rato en el sofá. No irme a la cama, pues siendo de día, me parecía estar enfermo el acostarme. Yo le dije que era igual, pues ya se me había pasado el sueño. Todo por no mostrar en esa posición mi real estado de excitación, algo que ya era del todo evidente.

Ni qué decir tiene que insistió acercándose a mí y empujándome suavemente, procuró tenderme en el sofá. Yo, ante la encrucijada, no pude por menos que forzar una caída sin deshacer mi posición fetal y dando una hábil vuelta de 180 grados, terminé acostado, mirando hacia el respaldo del sofá, algo que le provocó una risa amplia y picarona. Ella, con su mano sobre mi hombro forzando un giro de mi cabeza –que para orientarla hacia ella, me dijo:

Fr –A ver, Flavio, qué te pasa?. No puedo saberlo?. Crees que no lo sé?… Mira, tengo 35 años, estoy casada y tengo 2 hermanos mas pequeños que yo, a los cuales ayudé a criar a mi madre que sabes estaba enferma desde muy joven. Crees que puede asustarme lo que vea en ti??. Sé que no tienes novia, pero.. es posible que no hayas tenido con alguna amiga una experiencia relacionada con el sexo??

Mi corazón se salía del pecho. Mi pudor no me permitía ni respirar.

Llegado el momento de mostrar mi estado real, ella, lejos de aparentar turbación o pudor, se limitó a tranquilizarme diciéndome que mi reacción era del todo normal, máxime a mi edad, aunque le extrañaba y le agradaba pensar que ella, una anciana a mi lado, era el objeto de un deseo tan ardiente por parte de un chico joven que debía tener un montón de chicas guapas a mi alcance.

Yo, a duras penas, mantenía el tipo evitando la mirada directa a sus ojos, y ella, por fin, dirige su mano a mi pene, en la parte que sobresalía por el calzoncillo. Ahora sí recorrió un escalofrío mi cuerpo y mi reacción automática y refleja, fue el cubrirme de nuevo y retirar su mano. Traté de darme la vuelta contra el respaldo del sofá en donde estaba acostado, pero no me lo permitió. Bien es verdad que yo ofrecí poca resistencia, así es que de nuevo boca arriba y dando la máxima altura que había dado nunca en esa posición.

-Fr Vaya, esto va a dejar de crecer alguna vez? Dijo riendo.

-Fl No sé. Contesté completamente entrecortado y dándome cuenta de lo seca que tenía la boca. Quise acercarme el baso de agua incorporándome, pero ella no me dejó y se apresuró a dármelo, poniéndolo en mi boca. Me incorporé levemente y lo bebí con avidez de un trago. Ella me retiró el vaso y yo me recosté nuevamente.

-Fr. Cierra los ojos y descansa tranquilo… Me dijo.

Así lo hice y entonces fue cuando noté sus manos frescas sobre mi pecho que, deslizándolas suavemente hacia abajo y hacia los costados, me retiraron el calzoncillo en un segundo. Yo no sabía que hacer, pero la situación se tornaba negra del todo. ¡Dios mío! Qué querría hacer conmigo!. Impotente me dejé llevar y hacer y pronto centró toda su atención sobre mi pene y mis testículos, ahora al descubierto, que acariciaba suavemente.

-Fr ¿Te duelen? Me preguntó.

-Fl Quizá un poco,… contesté tratando de evitar que dejase lo que estaba haciendo, pues sentía un gran placer, superando el terror que me daba la situación y sus consecuencias.

-Fr Pues yo te lo quitaré y te daré un masaje que te dejará totalmente relajado. Ya verás. Tú déjate llevar y no digas nada.

-Fl Como quieras. Contesté completamente vencido.

Es innecesario explicar lo que sucedió a continuación. Comenzó a realizar una serie de movimientos rítmicos sobre mi miembro y mis testículos que, automáticamente hicieron subir mi nivel de excitación hasta el extremo de creer que estaba a punto de alcanzar un orgasmo total. No fue así; ella, controlando por mí, suspendía su labor momentáneamente y desplazaba sus caricias a mis piernas o mi pecho, propiciando que mi excitación bajase unos puntos y evitar el orgasmo tan rápido como se presentaba. Vuelta a las caricias en mis genitales y cuando creí que ya no podría aguantar mas, ella presionó sobre mi pene provocándome una inmediata bajada de erección a un nivel mas tolerable y evitando nuevamente el que alcanzase ese climax que ya ardía por lograr.

A pesar de todo, me gustaba el control, la forma y la suavidad de sus caricias. Jamás pensé que se podría alcanzar tal grado de perfección en estas artes. Yo alucinaba comprobando mi capacidad de control, aunque no fuese yo el autor de la técnica. No cabe duda que estaba aprendiendo.

-Fr Parece que tienes prisa, no?. Dijo sonriendo.

-Fl No sé… balbuceé. Abrí ligeramente los ojos para encontrarme con los suyos y rápidamente volví a cerrarlos tratando de alejarme de esa realidad aterradora y volver a mi aparente dulce sueño evadiéndome de responsabilidades y consecuencias que ahora trataba de alejar de mi pensamiento.

De nuevo vuelta a la faena y nuevos frotamientos con un tacto exquisito. Notaba su mano como envuelta en un paño de seda y su vaivén como la suave mecedora de un bebé. No tardé el levantar nuevamente mi ánimo hasta llegar al punto mas alto que había conseguido hasta entonces en mi vida, y cuando ya era un segundo el que faltaba para tocar el cielo, nuevamente Fermina retiene el efecto del orgasmo con otro apretón de mi glande que paralizó completamente el proceso. En esta ocasión creo que ella notó mi gesto de desagrado, pues me dijo inmediatamente que fuese paciente y fuerte, pues esto era parte de una enseñanza que nadie mas me daría y que agradecería toda mi vida.

Yo, sin comprender y sin que mi enfado se pasase, me dispuse a sufrir nuevamente la tortura de Fermina, hasta donde ella quisiese prolongarla.

Otra vez comienza su ritmo suave de caricias por toda la zona que ya estaba extraordinariamente sensibilizada y nuevamente mi erección alcanzó en segundos la plenitud. Después de unos breves segundos y pareciendo que esta vez estaba dispuesta a llevarme al orgasmo, pensé que sí nuevamente retrasaba el momento, está vez lo acabaría yo mismo. No podría aguantar mi corazón otro sobresalto como el anterior. Entre su ritmo cadencioso y mi expectativa sobre el final de este acto, mi concentración no era plena, lo que propició una prolongación adicional mas que placentera; ahora bien, el momento se acercaba y nuevamente perdía mi autocontrol…. Así unos momentos mas y … por fín, sí en esta ocasión y acelerando sus movimientos, me llevó al orgasmo mas extraordinario que podría imaginarme, hasta el punto de notar en la eyaculación, que el semen me llegaba hasta mi pecho izquierdo. Ella siguió y siguió exprimiendo el miembro hasta no dejar ni una gota dentro de él y yo retorciéndome de placer en cada espasmo disfrutaba del momento culminante… fue sencillamente la mejor masturbación de mi vida, en cuanto a cantidad y a calidad. Algo inigualable e inimaginable por mí hasta entonces. Aunque intenté hacerlo yo mismo, Fermina se levantó diligente, cogió una servilleta de papel de las que había sobre la mesa y se apresuró a limpiarme con todo cuidado sin decir una palabra… me dejó descansar y que asumiese la experiencia, observando atentamente como yo volvía a cerrar los ojos y girarme pudorosamente hacia el respaldo del sofá, tratando de evitar la desnudez que ahora se me antojaba vergonzosa.

Lo peor venía ahora.

Cuando ella se levantó y salió de la habitación, a mí me asaltaron todo tipo de pensamientos negros: su marido, mi madre, mi familia, mis estudios, mi trabajo, mis amigos… el escándalo! ¿Qué haría ahora? ¿Se lo contaría a alguien? Yo no quería volver a verla, confiaba en que aquí acabase todo, se olvidase de mí y se marchase a su casa. No quería volver a verla… Pero regresó a la habitación y de pié junto a mí, me preguntó:

Fr –Todo bien?.

Fl -Bueno, sí –mi boca apenas dejaba escapar el aliento. Estaba totalmente reseca de nuevo.

Fr –No parece que te haya gustado, no? O es que sigues igual de vergonzoso?.

Fl –No sé, respondí.

Fr –Pues mira, para que te relajes un poco, me he arreglado especialmente para conseguirlo. Mírame.

Segundo acto:

Dios!, no sé como pero se me pasó por la mente que aquello no había terminado y me aterrorizaba pensar que ella quisiese seguir con esta aventura. No quería mirar. Me temía lo peor… no me quedaba otro remedio. ¿Cómo decirle que ya no quería saber nada mas de aquello, sin ofenderla?… me giré, y allí estaba ella, esplendorosa, arreglado su pelo y se había vuelto a pintar los labios y los ojos –o me lo pareció a mí-. Pero, eso no era todo, se había desabrochado la bata verde –esa bata verde suya que tanto me gustaba- y abierta por el frente y sujeta a los lados por sus brazos en jarras, mostraba una lencería fina interior en color negro, que me convulsionó hasta hacerme abrir los ojos y la boca sin articular palabra alguna…

El sujetador se veía completamente, mostrando sus exuberantes senos que me parecieron a punto de reventar o de salirse de su funda; mas abajo, un liguero sujetando unas preciosas medias caladas, tambien negras, y debajo, una braga pequeña, tambien de lencería calada y dejando traslucir un vello púbico excitante en extremo.

Fr -¿No dices nada? ¿Es que no te gusta?.

Fl –Sí, está bien.

Fr –Solo bien?. Muy bien, contesté yo en voz cada vez mas baja y reseca.

Fr –Toma un poco de agua fresca y tranquilízate, hombre! Que no pasa nada!. Estas asustado… es eso?.

Fl –Sí mucho; contesté yo algo mas alto y repuesto en parte de mi sed.

Fr –Pues tu "cosita" no parece pensar como tú… o es que ella va aparte? Y rió

Instintivamente me cubrí con mis manos mi pene que, ahora lo veía, había vuelto a adquirir unas dimensiones mas que normales. Ella dejó caer la bata y acercándose al sofá, se volvió a sentar junto a mí, que me desplacé ligeramente para hacerle sitio. Su mano no titubeó y directamente retiró las mías de donde se encontraban y volvió a acariciar mi pene suavemente.

Fr –Hay que ver que potencia tienes! No me extraña con tu edad. Dijo, pareciendo hablar sola.

Yo me dejaba llevar y me deprimí totalmente no pudiendo evitar mis negros pensamientos. ¿Qué pasaría ahora?.

De repente noté que se agachaba sobre mí y con fruición, comenzó a chupar y lamer mis genitales, algo que me espantó causándome, en un primer momento, una gran repugnancia, que enseguida fue sustituida por un intenso placer que desarmó cualquier intento de mi parte de evitar lo que estaba pasando. En un minuto había alcanzado tal grado de excitación, que mi pudor, vergüenza y miedos, pasaron a un segundísimo plazo, comenzando a encontrarme mas atrevido y dispuesto a pasar yo tambien a una posición mas activa y atacar por mi cuenta, por supuesto, todo ello sin el más mínimo control consciente, sino algo puramente instintivo y animal.

No pude evitar centrar mi atención sobre sus voluminosos senos, tratando de salvar los obstáculos que me separaban de ellos y poder tocarlos, lo cual no era fácil dada la posición de ella, pero no hubo mayor problema cuando ella, en un gesto de clara colaboración, cambió su posición para desplazar su cuerpo en dirección a mi cabeza, situando su parte inferior casi a la altura de mi cara, lo que atrajo mi atención y propició un cambio en mi interés inmediato lanzando mi mano hacia su entrepierna, gesto que ella inmediatamente rechazó y, sujetando mi mano, la desplazó hacia su pecho que aprovechó para soltar un pequeño prendedor delantero que soltó el sujetador dejando sus pechos al descubierto completamente… En fin, aquello era mas de lo que podía soportar y ella vio en mis primeros apretones que estaba a punto nuevamente de alcanzar el orgasmo, algo que no estaba dispuesta a que ocurriese. Nuevamente utilizó la técnica de la presión sobre mi pene, lo que provocó que la erección se redujese drásticamente y devolviéndome por un momento a aquella realidad, no sé si placentera o aterradora.

Yo seguí manoseando groseramente sus pechos y ella corrigió mis vulgares tocamientos asesorándome de cómo debía hacerlo para que resultase igual de agradable para la mujer. Yo comencé a acariciar dulcemente sus pezones que ella, en este pequeño descanso que me había dado, aprovechó para acercar a mi boca. Chupé y chupé cuanto pude y deseé, dejando para ella todo el control de la situación. Cuando le parecía bien rebajaba mi "tensión" propinándome un apretoncito en mi pene que permanecía erecto cada vez con mayor intensidad.

Mientras chupaba sus pezones traté de llevar mis manos en dos o tres ocasiones hasta su braga, algo que me prohibió radicalmente. En parte me tranquilizó, pensando que ella no tenía intención de pasar a mayores, pero que yo agradecí, en aquel momento, solo en parte.

Se alejó otra vez de mí y volcó de nuevo su atención sobre mi pene y testículos, los cuales volvió a lamer y, ayudada por la mano, controlaba mi nivel de excitación. Yo continué mi labor manual de acariciar sus pechos y pezones, unas veces con mayor o menor fuerza, pero tratando de atender a las explicaciones que me había dado anteriormente, aunque no siempre fuese fácil de controlar mis impulsos naturales. Unas veces me ceñía a sus pechos y otras le acariciaba su espalda, vientre, piernas… etc., todo, excepto su sexo. Hasta allí no me permitía acceder. Yo tampoco tenía valor para insistir.

Después de un rato de masaje agradable por todo mi cuerpo, la mayor parte con su lengua, lo cual bajó un poco mi tensión, se volvió a centrar sobre mis genitales y yo, recuperada su posición, volví a manosear sus senos con avidez. Al poco, ya me encontraba otra vez al borde del orgasmo, pero esta vez, ella aumentó la intensidad de su succión, ayudándose con sus manos para acariciar mis testículos al mismo tiempo. Yo me di cuenta que apretaba sus senos hasta hacerlos reventar, pero ella, en esta ocasión, me dejó hacer y, por fin, otro maravilloso orgasmo que me hizo retorcerme de gusto en el sofá. Cada latido de placer provocaba un apretón mas severo en su pecho, pero ella seguía ultimando su labor con total profesionalidad. Cuando quedé completamente exhausto, ella se levantó discretamente y se limpió. Fue entonces cuando recordé que posiblemente habría eyaculado en su boca… en ese momento la repugnancia volvió de nuevo a darme náuseas.

Si lo anterior había sido grave, lo de ahora no tenía calificativo. Si esto se llegase a saber, era hombre muerto. Su marido me mataría y sería rechazado por todo mi entorno social y familiar. Es posible que incluso me echasen del trabajo. Estaba completamente acobardado. Me levanté y me dirigí a mi habitación para vestirme y tratar de encontrar una táctica que permitiese que ella se fuese de mi casa sin ofenderla. Qué se me ocurriría?. La verdad es que me entraron ganas de salir de casa y airearme. Cogí mi reloj y ví que eran las….. 7:15!!! Increíble, llevaba aproximadamente 3 horas y media practicando el sexo con Fermina y no me había dado cuenta. Pensé que serían, como mucho, las 5 de la tarde!. La verdad es que estaba totalmente agotado. No me apetecía sino el dormir, dormir… en fin, ahora que todo había acabado, le diría a Fermina que salía a ver a mis amigos y volvería rápidamente para acostarme a dormir…. Mañana ya vería lo que hacía. Era tonto pensar que iba a psar algo, pues a la primera que no le interesaba que se supiese este asunto, era a ella. Por otra parte, tampoco había pasado nada irreparable. No había llegado a hacer el amor con ella, lo que hubiese sido terrible!. Así lo haría y … se acabó para siempre!!.

Tercer acto – y qué acto!-:

Si pensaba que todo podría quedar así, me equivoqué de lado a lado. Según salía de mi habitación, ya vestido de calle, Fermina se encuentra conmigo en el pasillo regresando del baño. Su atuendo seguía siendo el negro semitransparente de su liguero, su braga y las medias, Me dio un vuelco el corazón y dije, como tratando de disculparme:

Fl –Ah! Ola. Mira que me marcho a dar una vuelta con los amigos y a refrescarme un poco. Te importa?.

Fr –Pero qué dices, te vas a marchar sin ducharte? Ya estás ahora mismo desnudándote y al baño. No te preocupes que te ayudaré a darte un baño de primera!! Incluso, si quieres, me baño yo contigo… ¿No te dá un poco de morbo?? Yo también te dejaré que me bañes a mí. Vale?

Dios mío, nooo!! Pensé. Qué puedo hacer ahora. No tengo fuerzas ni para atarme los zapatos!. Me cogió de un brazo, me llevó a mi habitación, me desnudó y, casi a la fuerza, me arrastró hacia el baño!!.

Abrió los grifos y poniendo el agua mas bien caliente, llenó su superficie de gel de baño y añadió un perfume –supongo que de ella- que me dijo eran sales aromáticas muy beneficiosas para la piel. Mas que en mi piel, yo pensaba en mi pellejo, en como protegerlo de lo que se me venía encima. Abúlico por completo y ajeno a la realidad, me metí en el baño y … que sea lo que Dios quiera, pues lo que quería Fermina parecía claro: acabar conmigo. Yo me planteaba que se le habría ocurrido, pues en mis condiciones, no servía ni para pasarle la esponja por la espalda. Pero bueno, allá ella.

Entré en el baño, como digo, y me encontré mucho mejor; mas relajado bastante jabón y un aroma a rosas exquisito. Realmente me venía bien. Pensé en dormirme y se lo dije. Ella aprobó la idea (¡), para mi sorpresa. Cerré los ojos por sugerencia de ella y descansé unos minutos. Realmente tenía un sueño plomizo. No podía abrir los ojos.

Como no podía ser de otro modo, cumplió su amenaza de acompañarme en la bañera, dándome un sobresalto al notar sus pies fríos rozando mis piernas. No quise abrir los ojos por auténtica vergüenza que sentía. Me la imaginaba desnuda y me asustaba totalmente esa idea: yo, con mi vecina casada en el baño!! La verdad es que era una situación de película. Yo no recordaba a nadie que me hubiese contado algo parecido. A pesar de lo ajustado del espacio dentro de la bañera, consiguió enseguida acomodarse y con toda picardía, puso sus pies sobre mis genitales, acariciando dulcemente… es verdad que, en ésta ocasión, la erección no se produjo como ella esperaba, supongo.

Resulta evidente que mi estado ya no era ni de excitación, ni de decisión, ni de voluntad de ningún tipo. Si sabía lo que me esperaba, ni esperaba nada. Lo que pasase me daba casi igual. Estaba en un estado de semiletargo o embriaguez que no me permitían asumir responsabilidades. Tambien el miedo que me causó inicialmente la experiencia, se pasó dejando tan solo una preocupación para el mañana que yo veía muy lejano en ese momento.

Como digo, ni tenía curiosidad por mirar, ni interés alguno tampoco, por lo que no llegué a verla desnuda, tan solo de cintura para arriba que es lo que dejaba ver el nivel de agua y jabón de la bañera. O simplemente no quería saberlo, pues me temía que sería sometido a otra… violación; sí, se podría llamar así, creo, aunque aceptada con agrado en sus resultados inmediatos, pero no en sus consecuencias. Ella no me había dejado pensar ni decidir. Es igual. Las consecuencias serán mortales en cualquier caso; a ver quién cree que yo no tuve nada que ver!.

Fermina mantenía esa euforia habitual y mas en aquella tarde, que parecía estar hiperactiva. Pronto cogió la esponja y acercándose a mí comenzó a enjabonarme los brazos, el torax, la espalda y, bajo el agua, me pasaba la esponja por el resto del cuerpo, cuidando especialmente mis partes íntimas que estaban tan maltrechas. Al poco, me ofreció la esponja con la indicación de que siguiese su ejemplo, algo que comencé a hacer como un autómata. Le froté los brazos, el tronco hasta la cintura, la espalda, a la que accedía desde delante rodeándola con mis brazos y luego, bajo el agua, comencé por las piernas alargando intencionadamente el proceso para evitar llegar a su entrepierna. Ella se percató y me pidió que dejase la esponja y utilizase mis manos para esa zona, pues era muy sensible y la esponja era un tánto áspera de tacto…

Aquello fue definitivo. El contacto de mis dedos en su vagina, causó una especie de erupción de mi pene que ya asomaba cerca de cuatro dedos sobre el nivel del agua. Nuevamente y ante su carcajada, me avergoncé. Ella dijo:

Fr –Vaya, creí que habría muerto después del esfuerzo realizado, pero mis cálculos no me han fallado. Te sobra fuerza para la tercera lección de ésta tarde. Reconozco que eres un alumno muy aventajado. Sacarás una nota muy alta si el examen final lo superas con el mismo nivel que las dos pruebas anteriores.

Resultaba bastante evidente cual habría de ser esa prueba… final?. Lo que ya no estaba tan claro para mí era si sería capaz de sacar esa "nota alta" que Fermina decía.

Me pidió que le dejase muy limpia esa zona sensible, pero que debía frotar con mucha suavidad. Ella se relajó echando su cabeza hacia atrás y cerrando los ojos, lo cual me hizo sentirme mas libre en esa semiintimidad que me brindaba, quizá intencionadamente, Fermina.

Ya sin ataduras y sin la censura de sus ojos, me situé de rodillas en la bañera –ella abrió sus piernas para permitirme situarme con comodidad entre ellas- y, ora tocando sus pechos hermosos, ora tocando su sexo ardiente, pasé unos minutos enloquecedores. Mi pene había alcanzado una erección, si cabe, mas firme y tensa que las anteriores y estaba rabioso por colarse en aquel agujero que mis dedos ya habían violado. Me fijé en la expresión de ella y comprendí que estaba aún mas excitada que yo, pero no me atreví ni a hablar ni, mucho menos, a tomar la iniciativa de una acción de penetrarla sin su consentimiento, a pesar de que me hubiese resultado del todo imposible en aquella postura.

Ocasionalmente y para rebajar mi propia tensión, me frotaba yo mismo mi pene, creyendo que me haría eyacular sin concederme ninguna licencia más.

Ella, viendo mi estado, acercó su boca a mi pene y succionó intensamente, causándome un placer indescriptible. Estaría a 150 pulsaciones y pensé en la posibilidad de que me diese un infarto. Ella, a lo que yo entendía, estaba igual que yo. Al cabo de unos segundos, me pidió que yo hiciese lo mismo con ella y, lejos de sentir el asco que inicialmente vi en su conducta para conmigo, me pareció muy excitante la experiencia, teniendo en cuenta la higiene tan esmerada que nos habíamos procurado.

Me hizo sentarme de nuevo y ella se puso de rodillas sobre mí, avanzando hasta situarme su sexo a la altura de mi boca. Era la primera vez que lo veía y me pareció enorme. Esos labios enrojecidos y cubiertos de un vello pulcramente depilado, en forma de rombo, que me causó una sorpresa enorme. Yo no hice ninguna observación y me limité a enterrar mi cara entre sus formidables muslos, llevando mi lengua, de modo instintivo, a aquella cueva carnosa y jugosa y, lo que más me sorprendió, ardiente y sobre todo, palpitante; sí, sorprendentemente palpitante. Cuando acerqué mi lengua, lo primero que noté fue un calor extraordinario, pero también que parecía tener vida propia y moverse, como si absorbiese mi lengua en espasmos rítmicos. Esta sensación permitió distraer mi atención momentáneamente y rebajar mi nivel de excitación, lo que provocó un alargamiento del momento muy conveniente para no resultar demasiado rápido el final de esta sin igual experiencia. Yo ya era consciente de que era necesario prolongar en lo posible la situación. Mis dos orgasmos anteriores, evidentemente, también habían propiciado un autocontrol que, de otro modo, sería impensable. Yo no sabía donde iba a acabar aquello. Pensé que se conformaría con estas recíprocas masturbaciones sin llegar a hacer el amor plenamente, pero no era capaz entonces de adivinar sus intenciones.

Tras unos minutos en ésta labor y notando que su vagina estaba totalmente mojada y palpitante, ella me pidió salir del baño y que la siguiese, lo que hice en el acto. Me llevó a la cocina y tras beber sendos vasos de agua, me hizo seguirla hasta mi habitación, en donde se tumbó sobre mi cama, boca arriba, ofreciéndome todo su cuerpo a mi total discreción. Sin mediar palabra –por otra parte innecesaria-, me lancé sobre ella y la penetré tan profundamente que quedé asombrado de no alcanzar el final en ésta primera embestida. Mis movimientos tendían a ser rápidos y convulsivos, pero pronto ella puso su control indicándome como debía actuar para un mayor y prolongado placer. El escalofrío que sentí en el momento de la penetración que causó un placer desconocido, hasta el punto de pensar que había alcanzado el orgasmo en ese mismo instante, pero la dureza de mi verga me decía lo contrario. Ella, por su parte, lanzó un prolongado suspiro de placer apretando los dientes para controlar la emisión de sus quejidos, lo que solo consiguió en parte. Pronto volvió en sí y me dijo:

Fr –Mira Flavio, debes acompasar tus movimientos con los míos. Cuando retrocedas, debes frotar tu pene contra mi clítoris, muy suavemente; y luego, en la penetración posterior, tan profunda como puedas, de tal modo que vuelvas a rozar mi clítoris, pero eso sí, luego, dentro de mí, permaneces unos segundos, pues yo haré el resto del movimiento. Traté de adecuar mis movimientos a sus instrucciones, pero realmente no podría hacerlo de otro modo, pues con sus piernas, me abrazó a la altura de mis caderas limitando totalmente mis movimientos y dejando que me alejase de ella cuando ella me lo permitía con una posición mas relajada de sus piernas. Entonces yo retrocedía y volvía a penetrarla. En esa posición de penetración profunda, ella provocaba unos movimientos internos de su vagina increíbles, algo de lo que yo jamás había oído hablar. Parecía tener vida propia e independiente; sus movimientos rítmicos y acompasados a su respiración, me resultaban como procedentes de esas técnicas de relajación o autocontrol… en fin, no sabría como definir ese control del cuerpo del que yo no era capaz.

Mi pene estaba a punto de estallar y ella lo sabía. Cada vez con mayor frecuencia paralizaba todo movimiento y se sujetaba fuertemente con sus piernas, evitando los míos. Yo enloquecía. Perdí por completo el control y, además, no deseaba controlarme, solo quería disparar mi semen en una eyaculación total, vaciarme totalmente… No podría hacerlo si ella no me lo permitía y parecía que quería prolongar la situación… cuanto? Sé que pasaron posiblemente 10 largos minutos de paradas y movimientos rítmicos intermitentes, pero cuando ella comenzó a convulsionarse y emitir unos quejidos de placer ininteligibles, el ritmo se fue acelerando, aunque siempre con su control, logrando su orgasmo antes que yo –al menos así me lo pareció-, y luego, rebajando de nuevo el ritmo, me llevó a mí, al cabo de otro largo minuto, posiblemente, a un orgasmo maravilloso, inigualable.. Debía aún quedar reservas en mis testículos, pues tras mi eyaculación, comenzó a sonar un ruido típico, como un chapoteo, que indicaba que sus jugos y los míos, así como la incipiente flaccidez de mi miembro, creaban esa armoniosa música celestial, cuya progresiva lentitud garantizaban que ambos habíamos llegado al cielo a estábamos aprovechando esos latidos intensos de un placer inigualable.

Nada de lo que me habían contado o visto en cine, o incluso ni en mis mas calenturientas fantasías eróticas, habían igualado esta experiencia. Me dejó reposar sobre ella dos o tres minutos mas, en el que su sudor y el mío se mezclaron con un olor a, no sé, sexo, sencillamente.

Fr –Bueno, que tal? Habías tenido otra experiencia similar?

Fl –Ni parecida. Contesté. ¿Qué va a pasar ahora? Pregunté.

Fr -¿A qué te refieres? ¿A un posible embarazo?

Fl –Si. La interrumpí.

Fr –Bueno, de eso no tienes por qué preocuparte, pues estoy operada desde el nacimiento de mi hija. Lo importante es el futuro de esta nueva relación. Comprenderás que ya nada será como antes, no?

Fl –No sé, supongo que no.

Fr –Me alegro que lo interpretes como yo, pues ya nunca podremos volver a ser amigos. Después de esto, no podría ya pasar sin disfrutar nuevamente de ésta experiencia… sí a ti tambien te lo parece, claro. Mi silencio y el color del que se me quedó la cara, fueron mi respuesta, que ella comprendió.

Aquello me cayó como una bomba, pues después del atracón que me había llevado esa tarde, me daban asco todas las mujeres del mundo, especialmente ésta, por sus circunstancias y las mías, claro.

Después de aquello, dejó de pasar unos días sin acercarse por mi casa, a pesar de que nos encontrábamos frecuentemente en la escalera, el ascensor, aunque se limitaba a saludarme, hasta que en una ocasión, en la que coincidí con ella y su marido en el ascensor y con una picardía descarada que me enrojeció, me pregunto:

Fr –Qué tal Flavio? Sigues solo en casa?. Si necesitas algo de mí, no tienes mas que pedirlo; yo no te he vuelto a visitar ni llevar comida, pues me dio la sensación de que lo último que te llevé, no te gustó demasiado, no?

Fl –No, que va, todo lo contrario. Acerté a contestar titubeando. Su marido intervino entonces diciendo:

Mr –Pero bueno, no habías quedado en llevarle la comida todos los días? Y por qué no lo haces?. Su madre se enfadará cuando regrese. Mañana mismo le llevas un plato de nuestra comida. De acuerdo?

Fr –Déjale, ya me avisará él cuando me necesite. Ya lo verás.

Dos días después de aquello pasé por su casa.

Fr –¡Hola Flavio! Cuanto tiempo sin verte. Querías algo?

Fl –Sí, contesté turbado y bajando la mirada.

Fr –Cojo la comida o, voy de momento, y luego comemos. Me preguntó sonriendo.

Fl –Vale, ven y luego ya veremos. Contesté yo también sonriendo.

Volviéndose hacia el interior de su casa, dijo en voz alta:

Fr –Paco, salgo un rato a casa de Flavio, a colocarle un poco la casa. Quizá tarde un rato.

Mr –Muy bien, no hay prisa. Hasta luego.

Fr –Hasta luego.

A partir de aquí nació una relación estable y altamente placentera para ambos, limitándose a aquellas ocasiones en que ambos, tambien, contábamos con tiempo para ello y las circunstancias nos lo permitían.

Otro día contaré algún que otro encuentro que se nos dio especialmente bien, pues la experiencia nos fue dando una técnica que os explicaré para vuestro propio provecho.

Solo añadir que cuando faltaban 6 u 8 días para el regreso de mi madre, Fermina, en un arrojo de descaro, se inventó una enfermedad mía que, al parecer me daba fiebre, y consiguió convencer a su marido de lo aconsejable que era quedarse conmigo por la noche durante 2 o 3 días, hasta haberme recuperado, pues en ese estado, podría pasarme cualquier cosa. Incluso me forzó para llamar al banco con el mismo cuento y durante 3 días, realmente no engañamos a nadie, pues yo tuve unas calenturas terribles…!.

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