Mi sobrina, Una loba.
Todo ocurrió hace como cosa de dos meses, cuando mi hermana
me llamó para ver si mi sobrina podía pasar unos días en mi casa. Su idea es
aprovechar para que hiciera algún curso y luego se matriculara en un módulo de
FP o algo. Yo me llamo Eva, tengo treinta y tres años. Vivo en una ciudad de la
costa, sola, ya que estoy divorciada. No tengo hijos. Trabajo de ejecutiva, en
una empresa de telecomunicaciones. Soy rubia, de pelo largo y rizado. Mido 1,65
m., y peso 65 kilos. Soy una botella de coca cola. Mido 85-60-85. Tengo los ojos
marrones y almendrados y la cara redonda.
Interrogué a mi hermana. Yo soy madrina de Ursula, como se
llama mi sobrina. Me dijo que estaba pasando una etapa de salud mala, que estaba
nerviosa y que querían que cambiara de aires.
Mi sobrina llegó a los pocos días. Es una chica de diecisiete
años, muy linda, morena y alta. Mide tanto como yo. Es una señorita, en modales,
en forma de vestir. Tiene una elegancia natural. No quiero entreteneros con
detalles sin importancia. Sólo os diré que nos ajustamos tan bien, que le quité
la idea a mi hermana y mi cuñado de buscar un piso de estudiantes. Estaba
encantada de tenerla allí. No obstante, mi sobrina estaba triste. Parecía tener
una extraña enfermedad. Un mal de amores o algo parecido.
Mi hermana llamó, como hacía casi todos los días, pero esta
vez insistió en hablar conmigo.
-Mira, Eva...Te tengo que comentar; La niña, cuando vienen
estos días de luna llena, se pone muy nerviosa de noche. No hemos dado con la
clave. Yo te pido que tengas paciencia y la cuides, pero con cuidado, por que se
pone muy rara.-
-¡No será para tanto!-
- Lo mejor que puedes hacer, es desde hoy hasta pasado
mañana, darle un calmante. No es broma.-
No me tomé demasiado en serio las recomendaciones de mi
hermana y esa noche, se me olvidó darle e calmante a Ursula. Se fue temprano a
la cama, cosa que no solía hacer. Yo no tardé en acostarrme.
A cosa de las dos de la mañana, Me desperté un poco
sobresaltada. Ursula parecía llorar. Me acerqué a su cuarto y lo iluminé en
penumbra con la luz del pasillo. Se movía nerviosa, y gemía, como en una
pesadilla. La intenté despertar, pero no me era fácil. Me recosté a su lado y la
llamaba y la mecía ligeramente para sacarla de su soporífera pesadilla, pero no
despertaba. Abrió los ojos levemente y me miró con unos ojos brillantes. Al
verme pareció calmarse, pero me abrazó. Sólo de esa manera se calmó.
Estaba junto a ella, las dos en ligero camisón. Sentía el
calor de su cuerpo y su suavidad en mi piel. Me había agarrado de la cintura. Yo
la acariciaba en plan maternal. Ella puso su cara sobre mi pecho y yo, viendo
que se calmaba y segura de su inconsciencia, la retuve un buen rato. Cada vez,
Ursula se iba poniendo más cómoda. Inconscientemente adoptaba una postura que
era de lo más comprometida, pues había puesto su pierna sobre las mías y ahora
tenía colocada su mano sobre mi seno. Intenté moverme hacia un lado, pero al
hacerlo, se ponía rígida y me lo impedía, para volver a relajarse momentos
después.
Dormí a su lado, a duras penas. Me intenté levantar un par de
veces, pero me resultaba imposible. Sólo al amanecer conseguí apartarla de mí y
dirigirme a la cama.
Por la mañana la sondeé. Tenía mala cara pero parecía entera
y dispuesta a pasar el día sin más. No parecía acordarse de nada. Desde la
oficina llamé a su madre y le conté que se había puesto como si tuviera una
pesadilla muy grande. Su madre no se extrañó y me aconsejó de nuevo, que le
diera calmantes.
Esa noche, antes de la cena, le dije a Ursula que se tomara
un calmante que había colocado en la cocina, junto a un baso de leche. No me
negó que lo haría. Es más, me di cuenta que estaba acostumbrada a hacerlo. Mi
sobrina tiene diecisiete años. No se le puede pedir demasiada responsabilidad.
Cuando a las dos de la mañana, me levanté como el día anterior, por sus gemidos,
la encontré más fuera de sí que la noche anterior. Fui a la cocina, y me di
cuenta de que el calmante y la leche seguían en el mismo sitio, así que deduje
que se le había olvidado. Lo cogí y lo llevé a su cuarto.
Repetí la misma operación que la noche anterior, pero era más
difícil aún despertarla. La llamaba para que se tomara el calmante y la leche,
pero era inútil. Abrió los ojos después de muchos intentos, pero esta vez no se
contentó con abrazarse a mi cintura.
Ursula me cogió de la muñeca. Yo me dejé llevar. Su mirada
era brillante y penetrante. Tiró de mi y me tumbó sobre la cama. Yo ya adivinaba
una noche como la anterior, en la que le serviría de almohada. Me equivoqué.
Ursula se puso encima mía, mirándome con tal fiereza, que me
sentía sobrecoger. Me cogió de ambas muñecas y puso mis brazos sobre mi cabeza,
mientras ella, a cuatro patas, colocaba una pierna entre las mías. Yo no
entendía lo que pretendía mi sobrina.
Entonces se tendió sobre mí y sentí su boca sobre mi cuello y
su mejilla junto a mi quijada. Me mordisqueaba, mientras sentía sus pechos
tiernos, rozarse con los míos, con nuestros camisones de por medio. A mí todo
esto me hacía sentir rarísima. Yo no tengo novio, pero cuando me de la gana, me
como una rosca. Yo no comprendía lo que ocurría. Nunca lo he hecho con chicas, y
ni me lo he imaginado. No me sentí excitada hasta que comencé a notar sus muslos
rozarse con los míos.
El camisón se fue arremolinando en nuestra cintura. Ursula me
besuqueaba fuera de sí y sus manos recorrían mi cuerpo. Yo no sabía como
reaccionar, pues sabía que no era ella, que estaba como la noche anterior,
inconsciente de sus actos. Decidí dejar que hiciera conmigo lo que quisiera, sin
participar.
Su muslo rozaba mi clítoris. Se refregaba conmigo con fuerza,
de la misma forma que yo sentía que ella refregaba su almeja contra mi pierna.
Yo no rehusaba el contacto, pero tampoco lo buscaba. Entendía lo que ella
buscaba. Me ponía cada vez más caliente, y la notaba a ella de la misma forma.
Presentía que se iba a correr. Me puse a cien cuando noté su mano dentro de mis
bragas, rozar mi clítoris, aunque lo hacía bruscamente, fruto de su estado.
De repente, Ursula se medio incorporó. Se puso sobre mi muslo
y comenzó a correrse de una forma descontrolada, desbocada. Gruñía como antes
gemía y se movía alocada pero rítmicamente, agarrándose la cabeza con las manos
y mesando su cabellera hacia atrás, hasta sacar de su interior su último gramo
de fuerza. Tras lo que se tumbó sobre mí.
Seguía medio rabiosa, pero se iba calmando poco a poco, entre
espasmo y espasmo. Yo, a pesar de que ahora tenía la palma de su mano colocada
sobre mis bragas, sobre mi sexo, me había quedado muy caliente. Me había quedado
a un segundo de correrme. Ella dormía, pero yo no lo conseguía. Me intenté
levantar pero ella clavaba sus uñas sobre mis caderas, sobre mis nalgas y no me
dejaba. Le di el calmante, pues después del ataque, y cuando llegaba la
madrugada, se fue normalizando y pude irme a mi cama.
Me pasé todo el día siguiente muy caliente. Deseaba
masturbarme, y estuve a punto de hacerlo en el servicio de la empresa. No sabía
que contarle a su madre cuando me llamó, así que le dije que todo había ido muy
bien. Me dijo que la noche siguiente era la propia de luna llena, que le diera
doble calmante. Me pareció una exageración.
Además, Yo vi ese día a mi sobrina bastante feliz. Parecía
que recuperaba la alegría de otras temporadas. Me pareció que un calmante era
suficiente, aunque eso sí. Le obligué a tomárselo delante mía.
Me dirigí a su cuarto antes de dormir. Estaba despierta. Me
dí cuenta de que no se había puesto el camisón. -¿No te pones el camisón?-
-No. Hoy no me apetece nada dormir con camisón...No se...Me
siento rara otra vez-
Yo confiaba en el efecto del calmante. A la una de la noche
sentí que Ursula se levantaba y encendía la luz del pasillo. Yo estaba
adormilada y pensaba que ella iba al servicio, pero sus pasos, con los pies
descalzos, se acercaban a mi cuarto. Encendí la luz de la mesilla y vi su figura
acechando cerca de la puerta. Se acercó poco a poco. Me asusté. Estaba desnuda.
Me miraba seriamente, con esa mirada de loca. Se acercó a mi cama
-¿Qué te pasa, Cariño?- Le dije.
Fue todo lo que pude decir antes de que me atacara. Se tiró
sobre mí y de un tirón en el escote me desgarró el camisón. Mis pechos
aparecieron libres y desnudos. Intenté taparme, pero me agarró de las muñecas.
Tenía una fuerza de loca. Yo sólo decía -¡No! ¡No!- Era inútil. Puso sus labios
en uno de mis pezones y comenzó a chupeteármelos. Yo me revolvía, pero ella, me
dominaba con su fuerza.
Apartó su boca de mi pezón, pero sólo para coger entre sus
labios una parte sustancial de mi pecho y apretarlo. Gemí de dolor y placer,
mientras ella descendía por mi vientre, buscando mi sexo. Me soltó para terminar
de rajar mi camisón y luego desgarrar mis bragas de un fuerte tirón. Sentía su
cuerpo sobre mis muslos y yo intentaba golpearla con las rodillas, pero era en
vano.
Abrió mis piernas de un tirón, y rápidamente puso su boca
sobre mi clítoris. Empujé con mis manos sobre su cabeza para alejarla, pero sólo
sirvió para que me las agarrara, pasando las suyas por debajo de mis muslos y
tomándomelas por las muñecas. Me hincó las uñas y yo bajé, asustada y dolorida,
mi oposición. Sentía su boca en mi sexo. Me hacía maravillas. Era brusca,
ciertamente, pero esa falta de respeto me excitaba. En un momento consiguió
obtener de mí lo que yo había estado procurando y soñando toda la jornada.
No podía dejar de pensar que Ursula era mi sobrina y que era
mi primera experiencia lésbica. Aquello me hacía disimular, no ser libre en
principio. Intenté disimular mi orgasmo, pero ahora me doy cuenta que si ella no
era consciente, sólo me lo disimulaba a mí misma. Me intentaba engañar.
Pensé que quizás había acabado la noche, pero Ursula se
incorporó, me miró aún con esa cara de loca y vino de rodillas hasta mí. Dejó mi
cuerpo entre sus piernas mientras avanzaba, mientras llevaba su sexo a mi boca.
Me intenté revelar, pero volvió a demostrar su fuerza. Se sentó sobre mis
clavículas y tomó mi cara con sus dos manos, y luego, se colocó encima de mi
cara.
Su sexo me olía a picante, a almizcle. Su raja me resultaba
deliciosamente suave. Lamí su clítoris mientras ella presionaba su sexo contra
mi cara. Yo sólo podía cooperar, y puse mis manos sobre sus muslos, mientras
ella metía sus dedos por mi cabellera y tiraba de mi cabeza hacia ella.
Sus movimientos se hicieron rítmicos, rociando mis labios con
los flujos de su sexo. Sentía mi barbilla clavarse entre sus nalgas y de vez en
cuando, sus dedos electrizaban con el roce de sus uñas, mis pezones.
De repente se dio la vuelta. Quedamos haciendo un sesenta y
nueve. Ahora era mi nariz la que, si no tenía cuidado, se incrustaba en su
coñito. Yo lamía, mientras que empecé a notar que agarraba mis nalgas con sus
manos, y en lugar de comerme de nuevo la raja, se dedicaba a darme bocados en la
parte baja de mis nalgas. Me hacía daño, pero me gustaba. Cada vez los bocados
eran peores y yo me afanaba en hacer que se corriera.
De repente, las convulsiones la superaron y comenzó a
estirarse, como si el contacto de mi lengua le diera calambre. Yo me vengaba con
mi lengua de la dolorosa sensación que me producían sus bocados. El último
bocado me hizo gemir y gritar. -¡AAAAyyyyy!- Un grito que se mezcló con sus
gemidos de gata en celo.
Pensé de nuevo que todo había acabado, pero me volví a
equivocar. Ursula, casi sin descansar, fue a gatas a la parte baja de la cama, y
allí, se tumbó y metió su pierna entre las mías. Me sentía incrédula e
impotente. Vino hacia mí y me hizo sentir su sexo húmedo en el mío. Me agarró de
los tobillos y me obligó a permanecer así, coño contra coño.
Volvió a moverse buscando un nuevo orgasmo. Jadeaba y se
movía, mientras empezó a jugar con su pié, que acariciaba mis pechos
bruscamente. Era un pié chiquitito de dedos muy graciosos. Ella misma comenzó a
lamer los dedos de mi pié, así que cuando lo puso en mi cara, yo se lo chupeteé
también. Lo hacía no por que quisiera participar en su juego, sino por que
participando acabaría lo antes posible.
Pero su intención no era esa. Sacó su pie de mi boca y
presionó contra mi cara de forma que caí sobre la cama. Entonces puso su pié
sobre mis clavículas y me obligó a quedarme así, mirando al techo mientras ella
me follaba, coño contra coño.
Sus gemidos me asustaban y me excitaban, Su movimiento contra
mí, me provocaban de nuevo el deseo, mientras su pié ahora me magreaba los
pechos. Una respiración más fuerte que las demás, un movimiento más lento que
los otros, y después un maremoto. Mi sobrina me llenaba el sexo de sus flujos,
mientras disfrutaba de su orgasmo, mientras yo me quedaba a dos velas, de nuevo
más caliente
Esta vez, incluso agradecí a Ursula que no dejara acabar la
noche. Después de un momento moviéndose en la cama, y regalarme un fuerte bocado
en la pantorrilla, se puso a cuatro patas. No me miró. Simplemente movió mis
piernas y consiguió que yo me diera la vuelta.
La miré de medio lado. Tiró de mi pelo y me obligó a ponerme
a cuatro patas. Sentí su vientre en mis nalgas unos instantes y de nuevo, el
inagotable movimiento. No duró mucho, pues entonces, metió mi mano por mi
vientre hasta mi sexo y se tiró sobre mí.
Ella cayó encima mía. Seguí sintiendo su vientre en mis
nalgas, más aún, su humedad. Su mano me estimulaba el clítoris y se escurría
dentro de mí. Un dedos, dos dedos se hundían y provocaban que me moviera. Su
otra mano agarraba mi cabellera y controlaba mi nuca. Sentía una furia nueva en
ella, una respiración sobreexcitada mientras yo misma me movía, buscando el
calor de su vientre. Sus dedos se movían dentro de mí y hacían que hincara las
rodillas y que le clavara las nalgas en su vientre, mientras ella misma se
rozaba conmigo al mismo ritmo. Sentía su boca lamer mi nuca y mi espalda y
clavar sus dientes entre el cuello y la clavícula. Pensaba que seguro que me
dejaba más de una marca.
Me corrí como una loca, reprimiendo mis chillidos, que aún
así llenaban el ambiente. Busqué con más tesón el calor de su vientre, pero no
obtuve la respuesta que deseaba, aunque ella seguía moviéndose contra mi cuerpo
extenuado y pegado al colchón, agarrando mis pechos con determinación.
Al cabo de un rato, se tumbó a mi lado. Incrédula la miré al
ver que buscaba de nuevo mi sexo con su mano. Puso su pierna entre las mías y
empezó a masturbarme con sus dedos mientras ella hacía lo mismo con su otra
mano. Su boca buscaba mi cuello y lo mordisqueaba con insistencia. Sus dedos se
introducían dentro de mí con osadía, profundamente y en masa. Al menos tres
dedos se llenaban de mi flujo. Sus movimientos volvieron junto a los míos. Su
cara bajó hasta mis pechos para obsequiarme con numerosos bocados que me hacían
mucho daño, pero que no eclipsaban el placer de sus dedos en mi sexo, e incluso
sentí como se apoderaba de mis labios con los suyos.
Me corrí al notar que ella misma lo hacía. Me corrí ya sin
remilgos. Gemí de placer mientras ella, ahora, sustituía la furia anterior por
un sin fin de caricias, de roces armónicos, de gemidos melodiosos.
Era muy tarde. Estaba en mi cama y se había quedado
definitivamente dormida. Yo no se lo que debía hacer. No pensaba tampoco en
echarla de la cama. Me puse unas bragas, nos tapé a las dos y la abracé, y pasé
el resto de la noche pegado a ella, sintiendo su respiración sosegada.
A la mañana siguiente, me levanté antes que ella. Cuando se
levantó, y apareció, solamente atinó a decir -¿Otra vez me he pasado de cama?.-
-¡Si! ¡Pero no te preocupes!...¿Es que te ocurre muchas veces
esto?-
-No, muchas veces no...Me pasó hace un mes, que me pasé a la
cama de mi Juan...Se asustó mucho...Creo... Yo no me acuerdo de nada de lo que
me sucedió.-
Me imagine al pobre de Juan, su hermano, de trece años,
quitándosela de encima a duras penas a esa gata enfurecida. Comprendí la
angustia de mi hermana y sus deseos de apartarla, de que buscara nuevos aires.
Vi en el espejo, mientras me arreglaba, la marca de sus
dientes en mi cuello, y con ella, el recuerdo de la noche, con una sensación
placentera y de protección hacia mi sobrina. Estuve contando las marcas de sus
bocados, en las clavículas, en los pechos. A través de dos espejos, miré la
marca en mi nuca y luego, en la parte baja de mis nalgas. Algunas, aún me dolían
levemente. Mi preocupación fue como disimular estas marcas para que no
murmuraran en la oficina. Por mi parte, me sentía como nueva.
Empecé a comprender que era mejor tener a Ursula a mi lado
que en casa de su familia. No le conté nada de esto a mi hermana. Le dije que
respondió muy bien al tratamiento de dos calmantes. EL caso es que desde que mi
sobrina lo hizo conmigo, la noto más feliz. Yo creo que es mejor no reprimir su
etapa de luna llena. No sé... A mí la verdad no me disgustó nada de nada en el
fondo.
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