Había invitado a Valeria y Melissa para
que vinieran conmigo a Mar del Plata pero Melissa no podía por que estaba
preparando los últimos examenes de la facultad y Valeria empezaba en un nuevo
trabajo. Me acompañó y estuvo el fin de semana pero el domingo se volvía a la
Capital.
Llegamos un viernes por la mañana
temprano, viajamos toda la noche. Nos costó conseguir alojamiento pero al final
conseguimos en un hotelucho a cuatro cuadras de la playa.
Ni deshicimos el equipaje, sacamos los
trajes de baño y nos fuimos a la playa. Fuimos a la Bristol que como siempre,
estaba colmada. No nos preocupó porque a las dos nos gusta tomar sol caminando y
meternos al agua para refrescarnos. No somos de las que se tiran en la arena,
como un bife a la plancha, y se cocinan vuelta y vuelta.
Nos dimos cuenta que había dos chicos que
nos seguían. Eran bastante ricos pero parecían medios boludos por las cosas que
hacían. En realidad eso a mi no me interesaba mucho. El asunto es que estaban
bastante bien, pintaban como bien provistos, por el bulto que mostraba el slip y
para charlar de estupideces, tomar algo y echarse un polvito si cuadraba, eran
más que suficiente.
Nos dejamos atracar y al ratito había
confirmado que eran totalmente boludos, pero los bultos me seguían atrayendo.
Caminamos un rato, nos metímos al agua y
arreglamos para encontrarnos a la noche, para ir a comer gratis al restaurante
del tío de uno de ellos, los chicos no eran turístas, eran de Mar del Plata.
A la tarde dormimos para reponernos del
viaje y luego de merendar caminamos, o mejor dicho chocamos con gente, por la
peatonal.
A mi me encanta Mar del Plata , hacía un
tiempo que no venía, pero todos los veraneos de mi vida los había pasado allí.
A las nueve pasaron los chicos a buscarnos
por el hotel y nos hicimos esperar hasta las y media, sólo para hacernos las
interesantes. También nosotras estabamos actuando boludamente.
Comimos y tomamos muy bien. A medida que
el vino nos soltaba la lengua la conversación iba subiendo de tono. Ya
hablabamos abiertamente de pijas, conchas, orgasmos, mamadas y culeadas entre
otras cosas. La verdad es que nos divertimos, sobre todo cuando veíamos la cara
de lascivia y desesperación calenturienta que tenían nuestros acompañantes.
A los postres uno dijo:
–Bueno chicas, ¿que les parece si vamos a
casa a tomar un café? Después ustedes hacen un poco la torta, así entramos en
clima y para terminar… bruta garchada, ¿eh?
–Espera, ¿que dijiste? –saltó Valeria.
–Que ustedes juegan un poco juntas, una
mamadita, un 69, para ponernos a punto.
–Bueno, y cuando están bien a punto
ustedes dos se hacen la cambiadita ¿eh? –dije yo con aire irónico.
–¿Como?
–Si chicos, se garchan uno al otro y
después rotan.
–¿Pero vos estas en pedo? –dijo el otro.
–Tan en pedo como ustedes –le contesté.
–Pero raja que aca, loca –me dijo
–Con mucho gusto –le contesté levantandomé
de la mesa y agarrando de un brazo a Valeria.
–Esperen chicas, ¿que hacen? –dijo el de
la propuesta, tratando de contemporizar.
–Nos vamos, chau –le contesté.
–No, chicas, no se vayan. ¿Y nosotros que
hacemos solos?
–Hagansé la paja. –les contesté.
Salimos sin darnos vuelta y caminamos dos
cuadras en silencio. Cuando llegamos a la Rambla nos miramos y las dos nos
largamos a reir como locas.
–¿Pero viste vos, tremendos pelotudos? –me
dijo Valeria.
–Que desubicados, podrían haber sido más
sutiles.
–¿Que, si te lo decían de otra manera vos
hubieras hecho torta conmigo?
–Sí. De chocolate y dulce de leche, boluda
–le contesté y volvimos a cagarnos de risa.
La verdad, yo no tenía idea de lo que era
estar con una mujer, quizás si fuera otra persona, por curiosidad, me hubiera
prendido.
Pero se trataba de Valeria, mi amiga del
alma, con la que compartiamos todo, nos contabamos todo pero nunca nos habíamos
cambiado juntas.
Y creo que Valeria pensaba lo mismo.
Caminamos hasta Punta Iglesias y volvimos
a acostarnos.
–Lastima, la verdad es que eran medios
boludos, pero estaban buenos. –fue lo último que dije antes de dormirme.
Esas cosas que tiene el clima en Mar del
Plata, el sábado amaneció lloviendo. Se nos frustró la playa.
Tantos veranos había pasado en esa hermosa
ciudad, totalmente reprimida y temerosa de mi padre, que ahora no estaba
dispuesta a perder ni un minuto de disfrutarla en libertad.
Valeria no quería salir, pero la convencí.
Nos pusimos nuestra peor ropa y salimos a caminar. Después de una hora volvimos
al hotel totalmente empapadas y convencidas de que no era un día para pasear.
Comimos algo y nos fuimos a dormir la siesta.
Cuando nos despertamos, a eso de las 4 y
media, ya no llovía y el cielo se había abierto totalmente. Salimos a caminar.
La Rambla estaba llena de gente como nosotras que quería aprovechar aunque sea
lo que quedaba de la tarde.
Llegamos al negocio de Havanna y entramos
a tomar un café y comer unos alfajores, Valeria es adicta a los de dulce de
lecho y yo a los de chocolate.
En la mesa de al lado había un señor de
unos 40 años, bastante aparente y cuidadosamente vestido.
–Que ciudad maravillosa e insolente –dijo
con marcado acento español.
Como estaba sólo y no tenía aspecto de
loco, supuse que se estaba dirigiendo a nosotras.
–¿Por que lo dice? –le pregunte.
–Por que es totalmente arbitraria, fijese
usted, que en cinco minutos puede cambiar totalmente de clima. Pasa del calor al
frio sin importarle nada de la gente. Yo hace 4 meses que estoy en ella y es
como si viviera simultáneamente en el caribe y el polo norte.
Seguimos filosofando sobre el variable
clima y otras cosas. Nos enteramos que era de Madrid, trabajaba en la Telefónica
de España y lo habían trasladado a la Argentina como supervisor. Había estado 5
meses en la casa central de capital, y ahora desde hace 4 meses estaba radicado
en la Ciudad Feliz.
Se pasó a nuestra mesa y seguimos
charlando animadamente. Tomamos varios cafés más y cuando nos quisimos acordar,
ya era de noche.
–Supongo que aceptareis mi invitación a
cenar.
–Por supuesto, Joaquín –respondí
presurosa. La verdad que el galaico me caía muy bien, tenía una conversación muy
agradable y toda la gracia que tienen los españoles para hablar.
–Yo te agradezco, pero me voy a ir a
acostar, no me siento muy bien. La mojadura de esta mañana me resfrió.
–¡¡Pero coño!! Una buena paella regada
con buen vino, y el resfrío a joder. Vaños niña, ya vas a ver que te vas a
mejorar.
No hubo caso, no logró convencerla. La
verdad que se la veía mal. Además estaba preocupada por que el lunes se debía
presentar en el nuevo empleo, y no quería empezar con parte de enferma.
Compramos unos analgésicos, la llevamos al
hotel.
Le encargué a Doña Rosa, la dueña que le
preparara un té y que le echara un vistazo.
–Quedate tanquila, anda a cenar que yo me
ocupo.
Fuimos a uno de los restaurantes del
puerto, del que Joaquín era habitué porque todo el mundo lo saludaba y lo
llamaba por su nombre.
Nos comimos una sensacional paella
acompañada con buen vino.
Salimos satisfechos y chispeantes con
rumbo a mi hotel… pero terminamos en su departamento.
En el camino, estiró la mano para hacer un
cambió y terminó apoyandolá en mi pierna. Como no dije nada siguió subiendo con
dirección a la concha. Cuando sus dedos llegaron a destino paró el auto.
Estabamos por Cabo Corrientes. Nos besamos
metiendonos las lenguas profundamente, intercambiando salivas. Sus dedos
expertos seguían la labor entre mis piernas. Tuve un orgasmo. Estaba tan
caliente que me decían ¡pija! en voz alta y acababa.
Le manotié la poronga, y estaba bien dura.
Se la saqué, me incliné sobre él y se la empecé a chupar. Puso el coche en
marcha a paso de hombre, por si algún policía se le ocurría interrumpir la
mamada. Se la chupé con ganas y me dí cuenta que estaba por acabar porque volvió
a detener el coche.
Me llenó la boca con su acabada, que me
tragué totalmente. Se la seguí mamando hasta la última gota.
Cuando se repuso gritó:
–¡¡Coño, joder niña, que mamada!!
Arrancó y en dos minutos estabamos en su
departamento, un hermoso semipiso con vista a la Plaza Colón.
Nos desnudamos desaforadamente y
comenzamos a toquetearnos. Se lanzó a mis tetas llenandose la boca, primero con
una y luego con la otra hasta dejarme los pezones rosados y parados.
Note que tenía un poco de pancita, pero
ahora también note el tamaño de su verga. Debía estar cerca de los 20 cm. Parada
como la tenía aparentaba más.
Nos trenzamos en un 69 que me hizo gozar
hasta que le llené la boca con mi flujo. Estabamos tirados sobre la mullida
alfombra del living, por la ventana del balcón entraba la luz de la luna que
dibujaba más las redondeces de mi cuerpo.
Con su pija bien húmeda por mi saliba y
sus lubricantes me puso de rodillas y desde atrás me la clavó integra en la
concha. Era tan cálida y dura que luego de un orgasmo sentí la necesidad de
tenerla en el culo.
Me la metió en cuanto se lo pedí y comenzó
un acompasado bombeo que duró casi media hora. Yo acababa, acababa y el no daba
la sensación de que pensara en hacerlo.
–Niña, me dejas que te acabe en la cara?
–Dale gallego –le dije ansiosa de sentir
su chorro golpeandomé el rostro.
Me la sacó del culo y comenzó a pajearse
estuvo un rato largo refregandoselá mientras yo le acariciaba las bolas hasta
que salió el primer chorro que me hizo cerrar los ojos. Los demás borbotones
bañaron mi cara y mi pelo.
Joaquín era de esos hombres que tienen
tanta producción de semen que nunca terminan de acabar.
Aún con los ojos cerrados sentí que
apoyaba la punta de su pija en mi boca para que se la limpiara.
Me alcanzó una toalla para que me limpiara
la leche de la cara, cosa que logré, pero el pelo me quedó todo pegoteado.
–Joaquín, ¿vamos a la cama? –le pregunté
porque estaba rendida y quería descansar, antes de empezar de nuevo la acción.
–No niña, porque se va a despertar mi
mujer y no estoy de animo para lidiar con las dos.
Me quedé helada, una fría sensación me fué
subiendo por la espalda a medida que lo escuchaba.
–¿Está tu mujer?
–Si, durmiendo, al menos eso creo. –fue
hasta una puerta, la abrió con suavidad mirando adentro, volvió su cara hacia mí
y asintió con la cabeza.
Yo había recobrado en parte mi presencia.
–Llevame hasta el hotel
–Pero niña, si recién comienza la
diversión.
–Si Joaquín y todo esta muy lindo, pero
sinceramente no puedo hacer nada sabiendo que tu mujer esta durmiendo a tres
pasos. Yo creí estabas solo, que no eras casado.
–Casado, y felizmente casado, la Lupe es
una mujer fantástica. Me gustaría que la conocieras.
–Si Joaquín, otro día. Dale, llevame al
hotel.
–Te tomo la palabra, quizás podamos
organizar algo divertido los tres.
Nos vestimos volando y sólo cuando estuve
sentada en el coche, recobré la normalidad de mis pulsaciones.
En el viaje me contó que son un matrimonio
liberal, que cada uno tiene lo suyo y que a ambos les encantan los intercambios,
los tríos y todo lo que le de sabor y diversión al sexo.
Cuando entré al hotel traté de que nadie
me viera con el pelo almidonado. Por suerte el empleado de la noche no estaba
visible.
Entre en el cuarto y Valeria al verme así
me preguntó:
–¿Que te pasó?
Le conté todo con detalles y reconozco,
con cierto morbo. Cuando terminé me dijo:
–Que cosa más loca y excitante, me hiciste
subir la temperatura.
–Bueno, vos me pediste que te contara.
Date una ducha o hacete una pajita. Yo me voy a bañar para sacarme el pegote,
tengo leche hasta en la oreja.
Me dí una buena ducha y cuando salí,
Valeria estaba dormida, seguro, había optado por la paja.