Soy una chica de 30 años y vivo en el sureste español. Puedo
decir que mi vida comenzó cuando acepté mi condición sexual. Hasta entonces todo
había consistido en descubrir en qué consistían unos sentimientos que no
cuadraban en el entorno en el que había sido educada. Todo se aclaró dentro de
mí con 20 años, y empecé a disfrutar de esa nueva etapa de mi vida.
En mi vida, de momento, han existido dos grandes amores, pero
el primero es el que marca. Es el que te enfrenta a nuevas emociones y
sinsabores.
Mi primer amor fue una compañera de la universidad.
Llevábamos tres años compartiendo todo lo que comparten dos amigas, hasta que
las cosas cambiaron. Yo ya tenía clara mi condición sexual, pero ella no sabía
lo que quería. Ella vivía en un mundo irreal, imaginario, donde las cosas no
implicaban responsabilidad alguna.
Un fin de semana de invierno, fuimos a casa de mis padres,
para pasarlo con mis amigos de siempre, con los que crecí antes de marcharme a
estudiar a la universidad. Y todo ocurrió la primera noche. Mi madre nos colocó
en el cuarto que tenía dos camas pequeñas. Cada una se acostó en una y
comenzamos a hablar de qué bien nos lo habíamos pasado con mis amigos. Uno de
mis amigos le "echó los tejos" y se dieron unos cuantos besos. Empezó a contarme
lo que había sentido con el chico y no le había gustado nada. Fue entonces
cuando me confesó que había otra persona a la que le habría gustado besar, y que
era yo. Me puse muy nerviosa, porque yo ya hacía tiempo que estaba enamorada de
ella, pero siempre había respetado que era mi amiga y nunca le sugerí nada sobre
mis sentimientos. Entonces se cambió de cama, y se metió en la mía. Siguió
diciendo que deseaba besarme más que nada en el mundo. Éramos dos novatas en
cuestiones relacionadas con el sexo, porque nunca habíamos estado con otra
mujer.
Y por fin llegó el primer beso. Cómo lo recordaré mientras
viva. Se puso encima de mí, las dos llevábamos puestos los pijamas de invierno,
y pasó su mano por detrás de mí cabeza para acercar mi cara a la suya. Esa
determinación hizo que mi corazón empezara a latir como nunca lo había hecho.
Sentí sus labios contra los míos, con una dulzura que jamás pensé que podría
sentirse. Subí a tocar el cielo varias veces. Estuvimos bastante rato
descubriendo nuestras bocas de forma apasionada. De la emoción situé mi boca en
su cuello y lo mordí con impaciencia. Eso hizo que sus movimientos aceleraran
nuestro ritmo y en ese ritmo, nuestras piernas iban rozando de manera
intermitente nuestra entrepierna, la cual sentía totalmente húmeda a través del
pijama. Nos encontrábamos fundidas en un abrazo de sensaciones recién
descubiertas. Al rato, sus labios también buscaron mi cuello de manera
desesperada, y hubo ocasiones en que sus mordiscos me producían dolor, pero
mezclado con placer.
Perdimos la noción del tiempo e incluso se me olvidó que mis
padres y hermanos dormían en las habitaciones contiguas. Entonces nuestras manos
se adivinaron ansiosas de explorar nuestros cuerpos. Metí una mano debajo de su
blusa y busqué sus grandes pechos. Siempre tuvo complejo de tener un pecho que
destacase tanto en su figura. Era delgada, esbelta, con una larga melena rubia y
unos ojos muy oscuros, que en ocasiones, al mirarlos, te perdías en su misterio.
Estuve bastante rato en esa zona, hasta que se pusieron ambos pezones, tan duros
que los sentía como rocas, cuando se apretaban contra los míos. Me coloqué
encima de ella y apreté ,mi muslo contra su entrepierna. Empecé a moverme tan
fuerte que la oía jadear en mi odio. Cómo me puso descubrir que el placer era
mutuo, que las dos estábamos alcanzando el orgasmo simplemente con el roce de
nuestros muslos en movimiento. Mientras, nuestras bocas no paraban de buscarse
en furtivos besos, hasta que el ritmo se aceleró de tal forma, que las mantas
que nos cubrían cayeron al suelo. Cuando estábamos a punto de llegar al orgasmo,
la oí decir, en un leve susurro, mi nombre, lo que hizo que me viniese un
orgasmo, el cual no era físico, si no una mezcla de placer, emoción, confianza,
ansiedad, amor...Noté como se corrió, cuando me abrazó tan fuerte, que por poco
me hizo perder la respiración por segundos. Me desplomé a su lado, y quedamos
abrazadas descubriendo nuestra mirada a través de la oscuridad. Creo que esa fue
la primera vez que sonreí de verdad.
Al rato quedamos dormidas, agotadas de las emociones vividas,
y sin necesidad de decir una palabra de lo que había pasado.
A las 7 de la mañana, me desperté porque sentí que el cuerpo
me dolía de tener una mala postura, ya que la cama era muy pequeña para las dos
y le pedí que se fuese a la otra cama. Y nos volvimos a dormir. Menos mal que se
cambió, porque a la hora abrió la puerta mi hermana pequeña buscándome para
jugar. Le dije que no había dormido bien y que jugaríamos más tarde.
Nos levantamos casi para la hora de la comida, y mi madre nos
preguntó que a qué hora habíamos vuelto de la calle, porque teníamos cara de
cansadas. Nos miramos y sonreímos.
Cuando fui al cuarto de baño a ducharme, descubrí que tenía
el cuello lleno de marcas oscuras. Tuve que pasar el resto del fin de semana con
pañuelos alrededor del cuello.
Fue a partir de ese fin de semana, cuando mi vida empezó a
tener un sentido, que no había tenido hasta entonces. Había nacido para amar a
aquella mujer por el resto de mis días.
Desde entonces, nuestros futuros encuentros estuvieron
cargados de sensualidad y pasión porque fuimos descubriendo nuestros cuerpos
poco a poco, pero eso ya será contenido de otro relato...
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