He tenido la suerte de nacer en una familia "bien". Bueno, lo
cierto es que siendo honestos, y habiendo que usar ese adjetivo popular referido
a una posición adinerada, yo diría, que he tenido la suerte de nacer en una
familia, muy pero que muy bien.
Los hechos que pasaré a relatar, acontecieron hace ya
bastantes años, y aun hoy, si bien con una vida plena en todos los sentidos, y
felizmente casado, no hay día que no repase en mi mente, cada segundo de aquel
momento en que franqueé las fronteras de la niñez, para convertirme,
tempranamente, en adulto.
Como mencioné anteriormente, tuve la dicha de nacer en una
familia bastante acaudalada y de gran linaje social económico en nuestro país.
Con las satisfacciones y desventajas de ser hijo único, crecí entre tutores,
amas, y servidumbre en general que procuraban arropar cada hueco que las
ausencias de unos padres demasiados ocupados con sus obligaciones laborales en
uno, y sociales en la otra, iban imprimiendo en mi crecimiento.
Pero quién más selló mi infancia fue Leonor. Leo no era
realmente parte del servicio, ella era la hija de una de las cocineras, y vivía
junto a su madre en nuestra casa. He de decir, que vivíamos en un gran caserón
tipo victoriano con muchas habitaciones, baños, grandes salones, un gran
comedor, y por supuesto, zona para la servidumbre, donde se alojaban todos
aquellos que trabajan en casa a cambio de sueldo, dieta y alojamiento.
Así que como Leo vivía y comía en casa, también debía
trabajar. Debido a su corta edad, tendría como 12 años, le asignaron la
responsabilidad de cuidarme, y fue de aquella manera que se convirtió en mi
niñera. Desde el día en que Leo asumió el encargo de cuidarme, en aquel mi
primer año de existencia, se convirtió en mi sombra para siembre. No me dejaba
nunca, y tuvo el privilegio de disfrutar los momentos importantes del
crecimiento de un niño, mis primeros balbuceos, mis primeros pasos,…
Leo era mi amiga, mi compañera de juego, mi protectora…. mi
madre…. lo cierto es que todos mis buenos recuerdos de aquellos años de infante
están plagados de imágenes de mi Tata Le, como la llamaba, a diferencia de muy
pocos datos a recordar sobre mis propios padres.
Pero todo comenzó a cambiar cuando cumplí 8 años. Leo no
siempre estaba conmigo. Y muchas veces me dejaba sólo con mis juguetes con la
promesa de que volvía "antes de un guiño de caballo.". Yo no entendía, comenzaba
a pensar que Leo ya no quería ser mi amiga, o que yo había hecho algo que la
había enfadado, y por eso me castigaba dejándome sólo, y cada vez, que volvía,
yo le preguntaba "- ¿Tata Le, he hecho algo malo?, ¿estás enfadada conmigo?." -
a lo que siempre respondía levantándome del suelo, y diciendo, - no mi niño,
¿Cómo voy a estar enfadado con mi cielo, si la vida es tan maravillosa?-
Poco tiempo después, caí enfermo, y estuve bastante en cama.
En todo este tiempo, me estuvo cuidando mi querida Leo, aunque eran muchas las
veces en que despertaba empapado de sudor por la fiebre, y me hallaba solo en la
habitación, si bien no obstante, un par de gritos reclamando a mi niñera, la
traía veloz con su eterna alegría "¿Qué le ocurre al niño de mi vida?"- siempre
me decía.
Y así fueron pasando días tras días, sin ninguna novedad,
salvo cierta vez, en que de nuevo despertaba tras una pesadilla fruto de las
fiebres, sudando, jadeando, y una vez más solo en mi lecho… "-Tata Le, …. Tata
Le……!, ¡Tata!, ¡Ven por favor!".. estuve insistiendo por un largo rato, hasta
que uno de los criados que pasaba por allí, puso en conocimiento de la Ama de
que yo lloraba, y que me hallaba solo. Mas tarde supe, que tras satisfacer mis
reclamaciones, la Ama como responsable de la servidumbre que se hallaba en casa,
se dispuso a hallar el paradero de Leo, que había desatendido su única
responsabilidad ni pedir permiso previo, encontrándola en la guardilla de la
casa, en postura comprometida sobre Juan, uno de los jóvenes criados.
Fue todo un escándalo. El joven fue despedido de inmediato, y
ella, en honor al tiempo que llevaban en casa, tanto ella como su madre, fue
duramente recriminada por mis padres, y avisada de que nunca más debía suceder
de algo similar, o se vería en la calle, ella y su madre.
No obstante, su madre, por si acaso no había encajado bien
las palabras de los Señores en su hija, se encargó de dar una somanta de palos,
que como decía ella "-la palabra con sangre entra mejor.-".
Pasó el tiempo, yo me recuperé y todo volvió a ser como
antes. Bueno, casi como antes, la alegría que caracterizaba a Leo había
desaparecido. No era la Leo de siempre, muchas veces la veía llorar a
escondidas, y otras, aunque le hablaba y hacía como que me oía, yo sabía que
estaba en otro lugar, quizás al lado del joven Juan, quizás lo quería de veras.
Al tiempo, contaba yo con 12 años y Leo 23 aproximadamente.
Todo seguía más o menos igual que estos años atrás. Yo ya estaba con mis
estudios, aunque con un Tutor particular, en casa, como los hijos de las buenas
familias, y en ese tiempo lectivo, Leo ayudaba con las tareas de la cocina junto
a su madre.
Yo aunque todavía era muy joven, había comenzado a
experimentar ciertos cambios en mi cuerpo, vellos en ciertas partes, y un
miembro bastante dotado, lo que me convertía en un niño muy, pero que muy
precoz. Por otro lado, a esa edad, los cambios en Leo eran más que evidente, era
una muchacha alta, con un cuerpo muy bien formado, y unos pechos mas que
decentes. Pechos que solían resaltar más aun si cabe, cada noche cuando venía a
darme las buenas noches en camisón de dormir. Cada vez, que se agachaba hacia mí
para darme un beso en la frente, me ponía esos dos tremendos pechos sobre mi
cara, y me tenía que contener al máximo, si no quería que mi miembro se turbara
en demasía, cosa que me avergonzaba de gran manera.
Yo a esta altura ya había descubierto el sexo. Era frecuente,
que en el servicio hubiesen matrimonios, en los cuales ellas eran consignadas a
la cocina, y ellos a ser mayordomos, por lo que había ciertas habitaciones
destinadas a estos, separadas de las habitaciones para solteros, para que
pudieran hacer vida marital sin molestar a nadie.
Yo gustaba en ciertas noches de deslizarme por la casa hasta
la habitación de estos primeros, buscando la visión de dos cuerpos copulando
hasta el éxtasis… en especial la de Alfredo y Clara, uno de los matrimonios más
recientes que habían llegado a casa. El era mayor que ella, por lo menos tendría
45 años, en contraste a los 30 que podría tener ella. Aunque el era más atlético
que su esposa, que era más bien rellenita. Les gustaba hacerlo como los
animales, ella a cuatro patas y el metiendo y sacando por detrás, en ese agujero
embutido por la carne… eran incansable, podían estar así mas de cuarenta
minutos… y siempre al final, ella se daba la vuelta, y se metía su pene en la
boca, y la chupaba hasta que el le soltaba su leche en la boca… entonces el se
levantaba, y yo corría hacía arriba, cerrando primero los centímetros de puerta
que abría, suficientes para que pudiera ver la escena, y me desfogaba, me
desfogaba hasta reventar, hasta que me mareaba, con abundante leche derramada
sobre la sabana, y un gran pene que parece pretender estallas en cualquier
momento… y eso se repetía prácticamente todas las semanas.
Por el día, pasaba cada instante anhelando pasar un rato al
lado de mi Tata Le. En el tiempo de estudio, era una odisea el centrarme en la
aritmética, y no pensar en el cuerpo de aquella que llevaba años cuidándome,
aunque no siempre lo conseguía, y era todo un reto, el disimular el tremendo
bulto que aparecía en mis pantalones.
Un día llegué a una conclusión, no pararía hasta poder hincar
a una mujer. Y ¿quién sería mi objetivo?, pues por cercanía, lo intentaría como
mi Tata Le. Me llevé tiempo meditando sobre el plan definitivo que me llevará a
poseer a mi querida Leo, y mientras, le proponía juegos que facilitaran nuestro
contacto mutuo, como hacernos cosquillas, etc… momentos en los que aprovechaba
en meter mano hasta donde pudiera, encubierto de inocentes juegos y en mi corta
edad, que de seguro no la hacía sospechar de nada.
Pasaron algunos días más, y yo seguía pensando en el
siniestro plan. Hasta que un día se me abrieron las puertas del cielo. Yo andaba
vagando por la casa, meditando en los pormenores del plan que casi tenía
trazado, cuando oí unos golpes en una de las despensas. Era domingo, y por eso
la casa estaba prácticamente vacía, ya que solía ser el dia libre de casi toda
la servidumbre, así que me extrañó el ruido en esas dependencias.
Sigilosamente fui acercándome a la puerta de madera que se
hallaba entreabierta, los golpes eran continuos, acompañados de unos ruidos
sordos, casi apagados. Intenté mirar por la rejilla que la puerta ofrecía, pero
era un mal ángulo de visión, y habría de abrir más la puerta. Así que armándome
de valor, abrí la puerta de para en par, y me quedé petrificado. Los ojos de
Leo, mi Leo, mi Tata, se posaron sobre los míos, mientras ella estaba subida en
una mesa al fondo, con las piernas abierta, y entre ellas, de espalda hacia mi,
un hombre, metiendo, sacando, estaba desnudo, y Leo le clavaba las uñas en la
espalda, fruto de la tensión del acto, el jadeaban, y decia en voz baja, si,
si…. Ella estaba como en éxtasis, al principio había creido que su mirada se
cruzaba con la mia, pero ahora me daba cuenta de que miraba al vacio,... y
jadeaban, al compás de los saltos sobre la mesa que producía los golpes que me
habían alertado…
Yo me disponía a salir, cuando al darme la vuelta, me fije en
la ropa que estaba en el suelo, no era ropa de mayordomo, más bien, no era ropa
de ninguna servidumbre,… en ese momento, el hombre embestiá con una fuerza
final, corriendose en ella, mientras ella pegaba un grito que me hizo mirar
sobresaltado, viendo que aquel hombre con el rostro ahora de lado, era, ¡Mi
propio padre!.... Salí corriendo hacía mi habitación, produciendo tan
escandalera, que de seguro sorprendería sobresaltando a los amantes… quizás me
hubieran visto… quizás.. pero me daba igual, me tiré en la cama llorando,
traicionado, … con mi propio padre… como si ella ya fuese mia.
Aquello me enervó mucho más, y afirmo en gran manera sobre el
asunto que llevaba entre manos. Ahora si que sería mía, por despecho.
Baje a cenar con cierto temor, no sabía si mi padre me había
visto, así que bajé como tal cosa, y me senté a comer como siempre. Mi padre
estaba tranquilo, como cualquier noche, lo que me llevó a la conclusión de que
quizás ni escucharan los pasos de mi huida. Terminé de cenar, y una vez más,
pedí permiso para retirarme a mi habitación, y así me fui a la cama.
Los segundos se me hacían horas, y los minutos eternidades,
no sabía si ella iría a darme las buenas noches como era habitual, pero ¿Por qué
no?, ellos no habían visto nada, no sabían nada, no había pasado nada…. Así que
esperé a que era llegara, como cada noche.
Ya había desistido de mis ilusiones cuando me disponía a
apagar mi lámpara, cuando dos golpes sonaron levemente en la puerta de mi
habitación. Su entrada era como fantástica aparición, con ese camisón satén, los
pechos casi asomando por la apertura de algunos botones sin abrochar, y ese pelo
negro, rizado, cayendo sobre el blanco inmaculado…. – buenas noches mi niño, que
descanses y tengas buenos sueños- me dijo como siempre, y cuando se vino a
acercar a darme el tierno beso como cada noche, le dije, -os he visto esta
tarde- . Ella paró en seco, y comenzó a respirar apresuradamente, podía oir los
latidos de su corazón como tambores lejanos.
- ¿Qué dices mi niño? Pregunto disimuladamente. - Que os he
visto esta tarde, a ti y a mi padre.- contesté firmemente.
Ella se sentó sobre la cama. Su rostro se confundía con el
camisón por la blancura de ambos, y cerraba los ojos, como intentando asimilar
la situación. Poco a poco, comenzaba a abrir la boca, buscando las palabras
apropiadas.
-¿Sabes que pasaría si dijeras algo?- comenzó pausadamente. –
Jaime – era la primera vez me llamaba por mi nombre de pilas. –no es por mi,
sabes que mi madre es muy mayor, ¿Dónde iba a encontrar trabajo? , - Comenzaba a
sollozar.
-Pero con mi padre… insistí. Lo cierto es que lo que más me
dolía era que hubiese sido con mi padre. Eso traicionaba la complicidad de la
que siempre habíamos gozado, yo que la tenía en más estima que a mis propios
padres….
Comenzó a llorar apoyando su cabeza sobre sus piernas, y
cuando se quiso levantar para marcharse, la sujete del brazo. –Espera, quieres
que guarde silencio, tienes que hacer una cosa por mi – le dije, si mirarla a a
cara. – ¿Qué cosa?- preguntó entre sollozos. En ese momento, me destapé de la
corcha que me cubría sobre la cama, y quitándome la almohada que me había puesto
para disimular, hizo aparición de mi gran miembro, erecto como un hasta, listo
para funcionar…
Leo pego un gran salto, levantándose de golpe. No se si por
la impresión de la situación o de la aparición de ese gran pene. -¿Qué te cree
que haces? Me reprocho, con cara como de asco. -¿Quieres que no cuente nada?,
aquí tienes, todo tuyo- conteste con firmeza, amenazante. Se lo pensó varios
segundos, sin apartar la vista de mi pene erecto, se apoyo en la pared,
meditando, quizás analizando los pros y los contras.
- Esta bien – dijo mientras acercándose se sentó sobre la
cama. Agarro el pene con una mano, y lentamente se la metió en su boca. Comenzó
a chuparla suavemente, por supuesto, era consciente de que aunque muy bien
dotado, aun era un niño, y de seguro neófito en las cuestiones sexuales.
Masajeaba los huevos, mientras con la lengua jugaba con el pene erecto, a punto
de estallar…. Y o no me lo podía creer, el corazón latía como cañonazos, y en
esa posición, busque su culo, firme, lo acaricié, primero sobre el camisón,
luego, fui bajando hasta meter mi mano por debajo de el.
Conseguí llegar con mi mano a su concha, y poco a poco
comencé a acariciárselo por encima de de las braguitas. Leo, cada vez aceleraba
mas con su boca, a la vez que comenzaba a mover su cuerpo, presa de las caricias
que le estaba realizando. – Cómeme mi coño- me dijo. -¿Qué?- contesté sin
entender... así que sin mediar más palabra, se bajo las bragas, y poniendose de
pie sobre la cama, sobre mi, se sento plantándome su enorme concha sobre mi
cara… - ¡Cómeme mi coño! – me grito – Me quedé absorto por unos momentos, no
sabía que debía hacer, tenía su gran concha sobre olir, con un peculiar olor,
humedo, así que saqué mi lengua, y se la metí entre las rajitas… -ahhhhhhhhhhh-
grito. Yo segúi haciendo eso cada vez más rapido, pasando mi lengua por cada
rincón, a la vez que ella se movía jadeando, disfrutando, jadeando…. a la vez
que le lamia su concha, le cojía el culo, apretando, acariciandoselo… el pene
estaba en riesgo de explosión… las venas se marcaban como queriendo salir,
entonces Leo, sin decir nada, se posición sobre mi pene, y bajandose lentamente
se la metió, hasta dentro. –Si…Si….. SI….. esto es tremendo!!!:… -decía mientras
daba saltos, con un mete saca, que parecía que le iba a llegar a la garganta….
En ese momento, recordé a las escenas tantas veces observadas
en la clandestinidad… -Leo por detrás, quiero por detrás. – le dije. – Si mi
amor por detrás- dijo mientras se levantaba, y se ponía sobre la cama a cuatro
patas. Yo me incorporé, y poniéndome por detrás, quise embestir por el único
agujero que veía en ese momento... –No, cariño por ahí n…aaaaaaaaaaaaaayyyyyy-
grito de una vez. Yo que no entendí el porque de lo que decía, comencé a empujar
con ímpetu… y el lamento del principio, se convirtió en más jadeos, mas
movimientos, y mas "si mi amor, dame mas de tu tranco"…. Cuando llevábamos como
10 minutos así, se reincorporó, y sentándome sobre la cama, se sentó sobre mí, y
de nuevo, comenzó a votar, a galopar, jadeando, sudando,… entonces algo se
agolpó en mi pene, y se liberó de sopetón, como una manguera que suelta un
chorro a presión…. Toda la leche se derramo dentro de ella, suavemente me retire
de dicha posición, rendido cai sobre la cama. Leo, se acercó, y abrazándome me
dio un calido beso sobre mis labios… - ¿sabes?, ya no serás más un niño, ya eres
un hombre. – me dijo suavemente y me quedé dormido.
Al día siguiente me levanté tarde. Rosa, una de las criadas
me despertó de golpe al abrir las ventanas de para en par. – Arriba señorito,
que hay que ventilar esta habitación, ¡aquí huele a hombre!- dijo, mientras yo
me levantaba de un salto… - si Rosa, a que quieres que huela, si aquí lo que hay
es un hombre.-
En los días siguientes no pude ver mucho a Leo. Estaba de
exámenes y debía pasar bastante tiempo estudiando. Un día, mi madre entro en mi
habitación y me dijo – Hijo, ya eres mayor y creo que ya podemos prescindir de
una niñera, ¿no crees tu? - Aunque yo ya sabía que estaba todo decidido, había
oido en la cocina, que mi madre había descubierto a Leo y a mi padre en una de
sus reuniones secretas, y la había puesto de patitas a la calle, junto a su
madre. Y aunque lloré y pataleé para que la readmitiesen, mi madre había tomado
la determinación de ser firme en este asunto.
Pasaron los años, y fui a la universidad. Alli conocí a una
chica de la que me enamoré. Me casé con ella, y hoy en día, yo sucedo a mi padre
en la estirpe social económica. Por lo que no me puedo quejar, aunque nunca
olvidaré aquella noche que pasé de ser un niño a ser un hombre.
*****
Hace algunos días, acompañaba a mi familia por un paseo por
el parque, cuando una preciosa mujer se me acerco para vender un clavel. Aun que
su rostro estaba bastante desmejorado, aquellos ojos, me recordaron a alguien de
mi pasado… Ella se quedó mirándome, fija, … y tras unos segundos, reaccionaba
diciéndome – un clavel señor- a lo que yo asentía dándole una moneda, sin poder
desviar la mirada sobre sus ojos… -muchas gracias señor- dijo mientras se daba
la vuelta y llamaba a su hijo que estaba detrás corriendo portando un gran cesto
de claveles…-Vamos Jaime, que ya está bien por hoy mi niño - dijo mientras
proseguía su camino, seguido por su hijo, yo la seguía con la mirada, absorto…
-Que te ocurre Jaime- la voz de mi amada esposa que me regresaba a la realidad –
Nada, nada, creí reconocer a alguién de mi niñez- y esa fue la última vez que vi
a aquella que cambió mi vida, y por lo que vi, a quién también se la cambié yo…