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Mi dulce sorpresa
Amor filial- 2008-07-26 00:05:13
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Mi dulce sorpresa

 

Ese día me escapé de la chamba, estaba aburrido y deprimido, mi matrimonio no había resultado lo que esperaba, mi mujer resultó un tanto déspota y se la pasaba mejor con sus amigas y su familia.

Por mi parte, no tenía a nadie a quien acudir, me casé enamorado de mi mujer y no me importó que tuviera una hija de un matrimonio anterior. Traté de remediar las cosas, pero después de tres años las cosas estaban en picada. Esa vez me dediqué a pensar en la que me esperaba con el divorcio mientras me tomaba unos insípidos whiskys.

De pronto.

¡Rayos, debo llegar a la casa!

Apenas llegue a tiempo para cambiar de turno con mi esposa, que ya se iba a trabajar, hasta el día siguiente.

Cuando se fue, apurada y enojada como siempre, me metí a tomar un baño caliente y salí en bata a ver un rato la tele.

Me dispuse a mirar el noticiero acompañado de otra copa.

¡Papi!- sonó la tierna voz de mi hija.

Chispas, tres años y no me acostumbro a tener una hija de siete años-pensé

¿Que quieres nena?

Tengo sed papi-respondió su vocecita.

Pobrecilla, ella era mi compañera de desgracia, su madre la relegaba tras sus amistades y su trabajo de doctora, tal vez hasta yo estaba antes que ella en la mente de su madre.

Le tendí los brazos con una sonrisa.

Me correspondió la sonrisa y se refugió en mi pecho.

La llevé a tomar un vaso de leche a la cocina y después la cargué hasta su cama.

Olguita era linda, tenía unos ojazos negros que acentuaban más la inocente expresión de su rostro.

Su naricilla breve y sus labios que formaban una fresita roja le daban una belleza angelical aunque era de una talla más grande de lo común.

En ese instante me di cuenta de que ella sería mi amiga en la desgracia y que no podría dejarla sola.

Le conté una historia para que durmiera tranquila y sin sentirlo me dormí junto a ella.

Fue por el licor, un rato más tarde, me desperté abrazado a ella, y ella a mí.

Con cuidado la dejé sola y me fui a mi habitación, en donde me dispuse a dormir.

Pero antes, recordé que no había tenido sexo desde hacía varios días y, resignado, me dispuse a buscar consuelo en mi mano.

Resultaba ridículo tener que hacerlo pero, no me atraía para nada ir a buscar consuelo en otros brazos, y las de paga no me gustan para nada.

Y, ahí, en la obscuridad de mi cuarto, empecé a trabajar a mi amigo.

Empecé lentamente, con cuidado para prolongar la masturbación lo más que pudiese, y, con los ojos cerrados, no note que mi nena se había despertado y me había ido a buscar.

¿Qué haces papi?-preguntó

Ahogando un grito de sorpresa y pena dije:

Nada hija, me rasco porque algo me picó.-

A mi también me pica la espalda-dijo

¿Me rascas papi?-agregó.

Si hija, acércate y te rasco.-le respondí con un suspiro.

Le rasque la espalda y la mandé a su cuarto.

¿No quieres que yo te rasque también? Preguntó antes de salir.

No hija, gracias.-

Ni modos, de vuelta a empezar con manuela.

Otra vez, con calma empecé a tocarme.

Nuevamente empecé el antiguo rito de la masturbación.

Y nuevamente la vocecilla:

¿Te sigue picando?-

Si, mi cielo, me pica- respondí sumiso.

Pero la erección no se me bajó como la otra vez, ahora estaba adolorido de tenerla.

¿Te rasco papito?-insistió

No se que se fundió en mi cabeza pero:

Si nena, ráscame-dije mientras yo mismo me sorprendí al decirlo.

Con resolución, mi hija se acercó y me observó la entrepierna.

¿Te pica tu pipí?-

Si hija ahí me pica-

Y se puso a rascar a los lados, entre mis vellos.

Te pica porque tienes pelos acá-me aseguró, con toda su ingenuidad.

Yo, estaba francamente en las nubes y no cesaba de pedirle que me rasque más arriba o a un lado.

Ya me cansé- me dijo.

Con voz temblorosa le dije:

Me sigue picando, tal vez si chupas ahí donde me pica se acabe la comezón-

No se de donde me salió la malicia para decir eso, pero su tierna boca, sin dudarlo besó con una inmensa suavidad mi glande y le dio unas tímidas chupadas.

Fue suficiente, apenas tuve tiempo de apartar su boquita de mi pene y de interponer mi mano para evitar que los chorros de semen la salpicaran.

Fue una experiencia única.

Con la mano limpia, alejé su carita de mi entrepierna y, cuando pude hablar otra vez, le dije:

Gracias nena, ahora si me ha dejado de picar.

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