Este es el tercer capítulo de mi relato, abierto y
totalmente ficticio. Si te parece medianamente prometedor, por favor escríbeme y
dime qué te parece (si te mola el tono que lleva por ahora, si preferirías otro
rollo, qué esperas que pase, etc). Si te animas a escribirme, me comprometo a
continuar escribiendo. Si no, el relato se quedará sin terminar. Gracias.
III. ALEX, PARA SERVIRTE.
El lunes era mi primer día de trabajo al frente del club. Me
desperté muy pronto con un empalme acojonante. Me vestí y no podía ocultar el
bultazo en los vaqueros. Por la parte derecha del paquete descendía mi palo
duro, grueso y cabezón. Me excitó la idea de salir así a la calle, exhibiendo a
través del pantalón la forma poderosa de mi rabaco. Lo resguardé con mi abrigo
de la vista de mis padres (por entonces yo seguía viviendo con ellos, en la otra
punta de la ciudad), pero al salir de casa decidí que mi nueva vida empezaría
con mi pedazo de pollón provocador y desafiante por delante. Cerré la puerta y,
al entrar en el ascensor, me desabotoné el abrigo. Me gustó verme en el espejo
y, agarrándome los huevos, produje dos o tres gestos exageradamente obscenos.
Esa forma del paquete (la polla que baja paralela al muslo derecho por dentro de
los vaqueros) siempre me ha parecido muy impactante cuando la he visto en otros.
Una vez en la calle, comprobé que mi herramienta no pasaba desapercibida a
nadie. La gente que se cruzaba conmigo no se cortaba y me miraba el paquetazo
tanto tiempo como les era posible.
Cuando llegué a la puerta de entrada al club deportivo me
metí la mano en el bolsillo derecho y me palpé el capullo a través de la fina
tela. Lo noté liso y humedecido, la textura perfecta para que mis dedos lo
acariciaran suavemente. Saqué las llaves, abrí la puerta, encendí las luces y
desconecté las alarmas. Revisé que todo estuviera en orden, me senté en la silla
de la recepción y no tuve que esperar mucho a que llegaran los deportistas. En
seguida apareció el primer cliente. Instintivamente, me coloqué el nabo para
arriba, disimulando el grosor de mi paquete debajo del jersey. Era un tipo de
mediana edad (37 años, investigué después) que venía todas las mañanas a correr
dando vueltas al campo de fútbol, según me dijo. No era ni alto ni bajo, ni
gordo ni flaco, ni guapo ni feo, pero era un tío al fin y al cabo. Moreno y
peludo, venía con un discreto chándal azul que, desgraciadamente, no le marcaba
paquete.
-¿Está abierto? –preguntó mientras pasaba.
-Sí, acabo de abrir, pasa, eres el primero que llega esta
mañana. Soy el nuevo director del club, sobrino de los antiguos propietarios. Tú
eres...
-Andrés Jiménez Huerta. Vengo a correr todos los días –dijo
mientras me mostraba su carné de socio.
-Bien, vale. Pues ya conoces esto y las normas, todo sigue
igual. Espera que voy a abrirte la verja del campo, vamos para allá...
¿Necesitas cambiarte?
-No, bueno, dejar esto en el vestuario...
-Ah, a lo mejor está apagado todavía, un momento.
-Dejo esto donde sea, da igual.
-No, no. Está encendido. ¿Tienes taquilla?
-No, qué va.
-¿Quieres una o...?
-No, yo casi nunca me ducho aquí.
-De acuerdo, pues voy abriendo allí y cuando quieras sales.
Abrí los candados y el cerrojo de la verja. Hacía un día
fresquito y chispeaba un poco. Volví a la recepción y, en breves instantes, vi
que el tipo salía del vestuario dirigiéndose al campo por el pasillo
acristalado.
-Si necesitas algo, ya sabes.
-Gracias.
Después de dos minutos, y como todavía no venía nadie más, no
pude evitar la tentación de ir a observarle. Me acerqué a la entrada del
pasillo, desde donde divisé, a través del ventanal, que estaba haciendo
flexiones a lo lejos, en la otra punta del campo. En un acto reflejo, me dirigí
al vestuario y mis ojos se abrieron como platos al ver su mochila encima de un
banquillo. Lo siguiente me pareció un acto reprobable, pero no me resistí a
mirar qué había en aquella mochila. Abrí la cremallera y vislumbré que sólo
había unos cuantos libros y cuadernos. Nada de ropa usada ni de objetos íntimos.
La cerré después de medio minuto y volví a la recepción. Debía de ser el típico
tío que ha decidido tarde ponerse a estudiar; estaría haciendo los cursos para
mayores de 25 o algo así. Me acerqué otra vez al pasillo y lo vi otra vez allá a
lo lejos, todavía con sus flexiones.
Poco después entró otro tío, mayor que el anterior. Por lo
poco que le vi y hablamos, parecía aún menos interesante que el primero. Llevaba
un chándal verde y amarillo fosforito realmente horrible. No le deberían dejar
salir a la calle así, dolían los ojos sólo mirándole. Venía a lo mismo que el
otro, pero ni siquiera llevaba mochila. No pasa nada, me dije, ya vendrán los
buenos. Desde la recepción silenciosa me llegaba el ruido que hacía el hombre en
los vestuarios. Oí que se sonó los mocos, que abrió el grifo de un lavabo y que
tiró dos veces de la cadena antes de salir al campo. Me dio un poco de asco.
Para entonces ya se me había puesto la polla floja. Pero no podía dejar de
tocarme las pelotas detrás del mostrador.
Justo cuando este tío se iba para el campo con su chándal de
todo a cien, entró un tercer deportista. Éste ya me gustó más. Era un chico de
unos 30 años, alto, guapillo, con el pelo un poco despeinado (juraría que venía
de la cama directamente). Llevaba un chándal de algodón de color gris, el típico
chándal muy currado de hace ocho o nueve inviernos. Se le marcaba un paquetillo
muy apetecible. Supuse que se le habría bajado del todo el empalme matutino
(sólo se apreciaba un pequeño semicírculo un poco salido en la zona del paquete:
eso debía de ser su capullo) pero me fijé en una machilla diminuta que había en
alguna parte indefinida de la pernera, cerca de la bolilla del capullo. Se
acercó al mostrador, ocultando así su paquete de mi vista. Ahora sólo le veía de
cintura para arriba. Como yo tardaba en encontrar su ficha de socio, él empezó a
curiosear en los tablones de anuncios y se acercó a la pared de enfrente atraído
por uno de los mensajes. Subí la vista y lo observé de espaldas. Tenía un culo
bonito, pero la franja superior se la tapaba el plumas que llevaba. En una mano
llevaba cogida una mochila bastante tocha. La abrió, se puso a buscar algo en
ella que parecía no encontrar (un boli o un papel, pensé) y finalmente se agachó
hasta ponerse en cuclillas para tantear mejor dentro de su bolsa.
Yo seguía mirándole (con disimulo, por si se giraba de
repente). Constaté que su culo, apretado en la tela del pantalón, quedaba a
pocos centímetros del suelo. Concretamente, el agujero de su culo estaba casi a
ras de las baldosas. En ese momento, me imaginé a mí mismo yendo hacia él y
agarrándole las pelotas por detrás, pesándoselas con mi mano. Le diría: "Buenas
pelotas, chaval". Pero obviamente no lo hice. Me conformé con seguir mirándole.
Me fijé en sus zapas casi destrozadas que, flexionadas, le sostenían en
cuclillas. De vez en cuando carraspeaba y se atusaba el pelo. Encontró el boli,
lo estuvo probando en un papel y parecía que no funcionaba. Estuvo dándole
aliento, ahí agachado, un buen rato (me dio envidia ese boli). Justo cuando iba
a ofrecerle mi lápiz, su boli respondió y él dejó la mochila en el suelo
incorporándose para anotar lo que le interesaba. Cuando terminó siguió mirando
ese tablón, y durante unos segundos se rascó la raja del culo, estirándose de
los gayumbos. Mi polla reaccionó y se alegró profundamente.
-Aquí está tu ficha, por fin -le dije-. Juan Pedro Lázaro,
taquilla 28.
-El mismo.
-Alex, el nuevo propietario.
-Encantado –dijo acercándome su mano.
-Si necesitas algo, ya sabes.
-Gracias –dijo, y se fue hacia el vestuario. La cosa empezaba
a animarse...