Era sábado, el día preferido de Adela. El día en que su
marido, junto con algunos compañeros de trabajo, jugaba soccer. Para la mayoría
de las mujeres, eso no es motivo de alegría. Para ella, era la más grande de
todas. Gracias a la afición de su esposo por el deporte de las patadas, ella
conoció una prenda que antes, sólo había visto por televisión: la media de
fútbol.
Desde niña, Adela desarrolló un gusto fuera de lo común por
los calcetines, y las variaciones de estos. Los encontraba extremadamente
atractivos. En lugar de ser adicta muñecas, como muchas de sus amiguitas, ella
coleccionaba todo tipo de calcetines. En su colección había de todos los colores
y texturas. Tal era su fijación por ese tipo de ropa, que los usaba como si
fueran guantes, en tiempo de frío. A sus padres les parecía un capricho, uno que
se marcharía junto con la niñez, así que nunca nadie intentó cambiarlo. A su
corta edad, aún no relacionaba su apego a las calcetas con el sexo, pero si
sabía que era algo extraño a los ojos de algunas personas. En ocasiones pensaba
que estaba loca. Ya tenía demasiado con sus propios reproches, como para haber
aguantado los de sus padres. El que ellos nunca le dijeran algo al respecto, fue
un alivio.
El tiempo pasó. La niña creció y entró a la adolescencia,
etapa donde generalmente se presenta, entre otras cosas, el despertar sexual.
Sus compañeras de colegio empezaban a tener novio. La alentaban para que ella
también lo hiciera. Y habría sido fácil conseguir uno; muchos chicos la rondaban
por su gran belleza. Para ella, los hombres no existían. Todas esas nuevas
sensaciones, todos esos cambios en su cuerpo, los compartía con sus calcetines.
Ya no los tenía a la vista de todos, como cuando era una niña, pero no se
deshizo de ellos. Los guardaba en el clóset, donde solemos guardar nuestros
esqueletos. Salían cuando se encontraba sola. Cuando podía gozarlos sin miedo a
ser juzgada de loca. Pero todo tiene un fin, y el de su colección llegó un fin
de semana. Un domingo por la mañana, los gustos de Adela evolucionaron.
Su padre se encontraba en una junta de trabajo, o al menos
eso fue lo que dijo. Su madre aprovechó para visitar a una vieja amiga. Antes de
salir, le pidió a su hija consentida, como si tuviera más, que lavara la poca
ropa que estaba en el cesto. En cuanto la puerta se cerró, Adela corrió al
patio. Quería ocuparse de la tarea que su madre le había asignado, para después
subir a su cuarto y pasar un rato con sus calcetas. Sacó la ropa sucia de la
canasta. Cuando estaba por meterla en la lavadora, un par de calcetines de su
padre cayó al suelo. La idea de usar la ropa de otros para sus juegos nunca
había pasado por su cabeza, pero esa era la oportunidad de hacerlo. Tomó las
prendas. Las llevó a su nariz, y respiró de manera profunda.
El olor que se guardaba en la tela, era una mezcla de sudor y
talco, muy diferente al aroma de los de su colección. La esencia que se
desprende de un par de calcetines, que pertenecen a un hombre adulto, y además
están sucios, no es precisamente un delicado perfume, pero para Adela era el
mejor de los olores. Sus pulmones se llenaron con él y de ahí pasó a todo su
cuerpo. De inmediato se sintió excitada. Sus pezones se notaban duros debajo de
la delgada bata de noche. Su entrepierna empezaba a humedecerse. La rapidez con
que su temperatura estaba subiendo, la sorprendió. Con las prendas de su
colección tardaba mucho más tiempo, en tener ese efecto.
Se puso uno de los calcetines de su padre como guante. El
otro no lo apartó de su nariz. Bajó su mano, cubierta por esa tela un poco
gastada, hasta su sexo. Recorrió hacia un lado sus pantaletas y empezó a
masturbarse. El fuerte aroma que seguía entrando por su nariz, la tenía como
loca. Su dedo entraba y salía de su raja con furia y velocidad, venciendo la
dificultad que era el hacerlo con un calcetín puesto. Su respiración se
aceleraba más y más. Gemía cada vez que aspiraba esa mezcla de sudor y talco.
Nunca se había sentido como aquella mañana. Todos los músculos de su cuerpo
estaban tensándose. Sentía mucho calor, sobre todo entre sus piernas. De
repente, todo le daba vueltas. Una explosión tuvo lugar en su concha, para luego
inundar toda su anatomía con su fuerza. Era un orgasmo, el primero de su corta
existencia.
Cuando la calma regresó a ella, Adela no quería soltar el
objeto, que desde ese momento, se convirtió en el blanco de sus afectos y
deseos. Lavó toda la ropa, excepto por ese par de calcetines. A ellos los guardó
en su clóset, junto con los tantos que almacenó durante su infancia. Tenía la
esperanza de que el particular aroma del par de su padre, se impregnara en todos
los demás. Con desilusión, unos días después, se dio cuenta de que no sucedió lo
que quería. Tiró a la basura, lo que tantos años fue como un tesoro para ella.
Ya no le veía el caso, a guardar prendas que no olieran como su última
adquisición. Para conseguir más, optó por hacer caso a las sugerencias de sus
amigas. Consiguió novio.
El afortunado fue Francisco, el gordo del salón. Nadie podía
creerlo, y las preguntas tratando de saber el porque, no dejaban de caer sobre
ella. "Tiene un gran corazón", fue siempre la respuesta de su parte a esas
interrogantes. La verdad es que lo eligió a él, porque las personas con sobre
peso suelen sudar más, pero no podía decirles eso a los curiosos e incrédulos.
De seguro la tacharían de pervertida, si llegaran a enterarse que lo único que
deseaba del ilusionado muchacho, eran sus calcetines.
Una noche, en el auto de su novio, a las afueras de la
ciudad, Adela perdió su virginidad. Francisco la había llevado a un lugar
apartado, según él, para "platicar a solas". Ella sabía perfectamente que eso no
era verdad, pero no le importó. Sabía que esa sería la oportunidad que había
estado esperando, para conseguir los calcetines del jovencito sin pasar por una
demente. Se estacionaron en medio del bosque. Se besaron y las manos de uno,
empezaron a explorar al otro. Las caricias fueron subiendo de tono. La ropa fue
cayendo al suelo. Adela se acostó en el pasto y abrió las piernas. Tomó los
calcetines del chico y los olió. Para él, fue una forma en que su novia le decía
que lo deseaba, así que no le dio mayor importancia. Se echó sobre ella, y la
penetró.
El muchacho estaba bastante desarrollado. De haber sido otra
mujer a quien estaba penetrando, seguramente habría escuchado gritos o llantos.
Adela ni gritó, ni lloró, es más, ni siquiera lo sintió. Ella estaba en otro
mundo, en el que sólo habitaba el aroma tan fuerte de los calcetines de su
novio. El talco no opacaba al sudor, como en el par de su padre, por lo que el
placer era mucho mayor. Casi cien kilogramos aplastándola contra el piso, un
pene entrando en su vagina, el sangrado por el rompimiento del himen, y el mete
y saca, pasaron desapercibidos para ella. En ese momento, nada más le importaba
respirar la esencia de aquel par de calcetines negros.
Inmersa en su fantasía, Adela no paraba de gemir. Arrancaba
el pasto con su mano, en un intento de desahogar el enrome placer que la
invadía. Francisco estaba feliz. El ver a su novia disfrutando de aquella
manera, le hacía creer que era el mejor amante del mundo. Mientras fijaba su
vista en el rostro de la muchacha, sintió que ésta apretaba con gran fuerza su
verga. Esos espasmos se debían al orgasmo que Adela experimentaba. Las paredes
vaginales, cerrándose sobre su falo, incrementaron su gozo. No tardó en venirse
dentro de su chica.
Cuando estaban vistiéndose para regresar a sus casas, ella le
pidió quedarse con sus calcetines. Él, con la idea de que los guardaría como
recuerdo de tan maravillosa noche, no se negó. Subieron al auto. Condujeron
hasta el centro de la ciudad. Francisco dejó a su novia en la puerta de su casa.
Se despidió sin saber, que sería la última noche que saldrían juntos. Adela
tenía pensado buscar otro hombre. Deseaba obtener unos calcetines con un olor
aún más fuerte, uno que la llenara por completo, que la atrapara y borrara de su
mente el querer más. Muchos hombres pasaron por sus piernas, y muchos calcetines
por su nariz, en su afán de encontrar al par perfecto. Cuando estudiaba
enfermería, conoció a Damián, un estudiante de derecho con un gran gusto por el
soccer. Cuando conoció las medias de fútbol, se enamoró de ellas, eran algo
diferente a todo lo que había tenido. Cuando las olió, se casó con el dueño. Por
fin, había encontrado al aroma de su vida.
Así pasaron varios años. En el transcurso de los mismos,
Adela se fue abriendo con su esposo. La convivencia diaria, y la gran calidad
humana de él, terminaron por enamorarla. Le tenía tanta confianza, que le
confesó su fijación por los calcetines, y sobre todo, por las medias de fútbol.
Le dijo como se masturbaba con ellas cuando él no estaba. A Damián le parecieron
extrañas las costumbres de su mujer, pero trató de entenderla. Poco a poco, fue
aceptándolas, hasta que complació a su esposa incorporándolas a sus encuentros
sexuales. Adela fue la persona más feliz del mundo, cuando su marido le dijo que
podían utilizar sus medias como un juguete sexual.
Mientras otras parejas hacían uso de aceites, látigos,
muñecos y demás artículos, ellos recurrían a sus medias. Casi lo hacían a
diario, pero era el sábado cuando Adela lo disfrutaba más, porque ese día el
olor estaba fresco. Damián regresaba a las cuatro a casa, luego de terminarse el
partido. Entraba a la casa bañado en sudor. Sus medias apestaban más que
cualquier otro día.
Ese día era sábado. Adela había tomado un baño de burbujas,
como solía hacerlo cada que su marido salía a jugar soccer. Se pasaba más de una
hora metida en la bañera. Cuando finalmente salía, subía a su cuarto. Se
acostaba en la cama, desnuda, a esperar a su esposo. Faltaba muy poco para que
él llegara; eran las tres con cincuenta. Los siguientes diez minutos le parecían
eternos. No era hasta que escuchaba el motor del coche, que se calmaba. Después
oía el sonido de las llaves, su temperatura comenzaba a subir. Los pasos de
Damián, subiendo las escaleras, la excitaban un poco más. Cuando él entraba al
cuarto, usando simplemente sus medias de fútbol, ella era ya un volcán.
Damián se acercó a la cama. Brincó al colchón y se paró
frente a su esposa, mostrándole su enorme erección, detalle en el que ella ni
reparó. Con su pie izquierdo, recorrió lentamente todo el cuerpo de Adela. Se
detuvo en su entrepierna, acariciando los labios con el dedo gordo. Ella parecía
una fuente, estaba en verdad excitada. Pasaron varios minutos antes de que
Damián, cambiara su técnica de estimulación.
Adela mordía las almohadas, el placer concentrado en su sexo
era cada vez más fuerte. Su marido se quitó las medias. Con una de ellas, como
si se tratara de un condón, envolvió su palpitante y endurecida verga, tratando
de que la tela no quedara abultada, y haciendo un nudo en la base de su miembro.
La otra se la puso de guante. Fue su mano la que continuó acariciando el cuerpo
de su mejor, en lugar de su pie. Mientras que con sus dedos apretaba los pezones
de Adela, que le dolían de lo caliente que se encontraba, con su polla, cubierta
por la media, rozaba la entrada de su mojada cueva.
Cuando Damián subió su mano al rostro de su esposa, ella le
quitó la media con los dientes. De inmediato la llevó a su nariz. Adela
respiraba con desesperación, como si quisiera robarle a la tela, hasta el último
rastro de su olor, y reemplazar con el su sangre. Su marido se hincó entre sus
piernas, separándolas lo más que estas lo permitían. Colocó la punta de su falo
en la entrada de la vagina. Ese era el momento más difícil de todos. Era muy
complicada la penetración usando una media como condón. Empujó con todas sus
fuerzas. Después de un buen rato de fallidos intentos, estaba por introducir el
glande.
El continuó roce de la rigidez de las medias sobre su concha,
y el fortísimo aroma a sudor entrando por su nariz, hicieron que Adela alcanzara
un intenso orgasmo. Los espasmos de su mujer, y los abundantes chorros de jugos
que ésta expulso, coincidieron con el momento en que por poco la penetraba. El
poco terreno que la verga de Damián había ganado, no sirvió de nada, su mujer la
sacó con sus contracciones. El rostro y las expresiones de Adela eran de un
placer absoluto, las de Damián, eran de frustración y cansancio.
Su esposa aún no terminaba de disfrutar el clímax, y Damián
ya se había encerrado en el baño. Se quitó la media que llevaba puesta sobre su
pene. Se masturbó con rabia, con toda la que le provocaba cada encuentro con
Adela. Manchó las paredes con su semen, con una de esas corridas que
ejemplifican, que eyaculación y orgasmo no son lo mismo. Limpió el desorden que
había hecho. Entró al cuarto. Su mujer estaba aún sobre la cama, masturbándose
con su media. Se vino de nuevo, para caer dormida después.
Adela se quedó dormida poco menos de una hora. Cuando
despertó, la media que había usado para masturbarse ya no estaba. No era lo
único que faltaba en aquella habitación. La puerta del clóset estaba abierta, y
dentro de él, el espacio que ocupaba la ropa de su esposo y una maleta, estaba
vacío. Sobre el buró había una nota de despedida. Era de Damián. En ella, le
explicaba que por más que la comprendiera, se había hartado de vivir con alguien
que le daba más amor a una prenda sin vida, que a él. Decía que ante la negativa
de ella por ver a un psicólogo, no tenía más opción que marcharse. Adela tiró la
nota y corrió al baño. Ahí encontró el par de medias de fútbol, que tanto la
habían hecho gozar hacía poco tiempo. Suspiro aliviada. Por un momento, de
imaginar que su marido se las podría haber llevado, el mundo se le vino encima.
Las abrazó con todas sus fuerzas. Una sonrisa se dibujó en su rostro.