Siempre me había interesado aquella mujer. Rubia, delgada,
pequeña de estatura y de una increíble generosidad en su delantera. No era sólo
por lo que me dejaban ver sus camisas, abiertas en los cuatro botones
superiores, o por las camisones sueltos que lucía con tanta frecuencia en
verano. La dimensión de sus pechos era una realidad que mis ojos ya habían visto
la desnudo en más de una ocasión cuando, de charla con mi progenitora, le
enseñaba sus tetas por cualquier consulta de tipo médico. La cuestión es que mi
vecina me marcó desde niño y el verla entrar en mi casa de mil formas y con todo
tipo de atuendos no hizo más que aumentar mis miradas hacia cualquier parte de
su cuerpo.
Fue en el verano del 92 cuando se separó de su marido por las
ostias que solía propinarle el muy cabrón. Los problemas le empezaron a llegar
al poco tiempo de la separación: persecuciones en coche, constantes llamadas
telefónicas que no guardaban más que una respiración intensa, cartas anónimas
con no muy bonitas palabras dedicadas a su persona, etc... El caso es que ella
cada día estaba un poco más asustada. Los comentarios y los miedos confesos a mi
madre acompañaban cada café en mi casa y en más de una ocasión las descubrí a
las dos ahogadas en lágrimas.
Fue por ese creciente miedo por lo que, una tarde, le hizo la
proposición.
"¿Por qué no dejas que Javi duerma en mi casa? Me
sentiría más segura y puede dormir en la cama de Marta, que ahora duerme
conmigo. Sólo una temporada, hasta que la cosa se tranquilice..."
La confianza hizo el resto y esa misma noche, después de
cenar mi madre me mandó a dormir a la casa de enfrente. Sólo iba a separarme de
mi casa un corto pasillo así que a nadie le importó y a mí, obviamente, mucho
menos. Sobre todo porque rápido descubrí las ventajas de las que disfrutaría.
Podía acostarme a la hora que quisiera, tenía un cuarto para mí solo y además
con televisión. Tardé poco en sacarle partido a la noche televisiva, sobre todo
los fines de semana. La verdad es que a mis 16 años cualquier cosa valía para
machacársela y el simple hecho de estar en un lugar "desconocido", con cierta
libertad para cambiar de canal a placer y con la mujer que levantaba
literalmente mis pasiones, me sentía en la gloria.
A veces, cuando iba a acostarse, pasaba y golpeaba la puerta
para decirme que no tardara en acostarme. Yo, con un empalme de caballo,
aprovechaba cuanto podía para mirar los movimientos de sus pechos desatados bajo
alguna camiseta grande y ancha que utilizaba a modo de camisón
Cada día le pedía al reloj que corriera. Contemplaba el sol
por mi ventana con la esperanza de que cayera y me enviara de nuevo a mi paraíso
particular.
No tardó mi musa en darse cuenta de mis "corredurías" y, en
lo que yo interpreté como un juego, entraba de improvisto sin llamar y me
pillaba realizando movimientos raros con el propósito de esconder a mi amigo
"Jonnie" dentro de mis calnzoncillos y de cambiar de canal. Pero ella se daba
cuenta de que yo no estaba viendo los dibujitos animados de Marta. Además, el
bulto en mis pantalones de verano (que eran más bien unos segundos calzoncillos)
era más que evidente, casi tanto como sus miradas. Creo que a ella empezaba a
excitarle tener en casa a un jovencito nada despreciable en plena edad del
levantamiento hormonal.
Empecé a pensar su interés por mí era algo "especial" cuando
la longitud de las camisetas que usaba para dormir empezó a acortarse. Pero salí
de dudas cuando llegué una noche a su casa, en la segunda semana de estancia
allí, y me la encontré con lo que ya no consideré un camisón sino una simple
camiseta de tirantas. La cuestión era que la camiseta apenas le llegaba a tapar
las bragas, y por los laterales se dejaba ver el nacimiento de dos tetas
blancas, grandes y con una rigidez asombrosa. A sus 35 años era una diosa.
Despertó a Marta que estaba en el sofá durmiendo y, como un
zombie, la niña se levantó, nos dio un beso a cada uno y se fue a la cama de su
madre. Creo que ni abrió los ojos de lo dormida que estaba.
"Javi, quédate aquí si quieres ver la tele, no me
importa" dijo mientras se levantaba.
Pensé que se iría directa a la cama así que acepté y me tiré
en el sofá con el mando en la mano dispuesto a cascármela a lo grande, así que,
tras un tiempo prudencial (esperando a que se durmiera) cambié de canal y empecé
a buscar una peli interesante con el mando en una mano y el rabo en la otra.
Cuando encontré lo que buscaba, dejé el mando y me dediqué de pleno a mi tarea.
"¿Qué haces, Javi?"
<Tierra trágame. >
"Eh... yooo..."
"No hace falta que me lo expliques. Vete a la cama y que
no vuelva a repetirse. Mañana hablaremos tú y yo."
Joder qué cagada... Me había pillado cascándomela y mañana
tocaría sermón por partida doble: mi vecina y mi madre. Se acabó el dormir en su
casa. Me fui a la cama sin levantar la mirada del suelo y ella se encargó de
apagar la tele. En la cama estuve la noche más larga de mi vida, sin dormir ni
un solo minuto y, lo que era aún más raro, sin pajearme. Tenía una mezcla muy
rara en el corazón de vergüenza, miedo y arrepentimiento, pero ya era tarde.
Sobre las 7:30, arto de estar dando vueltas en la cama, me
levanté y me acerqué al escritorio de Marta, encendí la tele y me puse la
Nintendo. Era domingo y en mi casa todos estarían dormidos, así que me puse a
jugar. 15 minutos después la sentí a ella caminar por el pasillo de la casa. No
quise ni siquiera darme la vuelta hacia la puerta o levantarme para ver dónde
estaba, no quería enfrentarme a ella después de lo de anoche.
Pero ella sí quería.
"No te des la vuelta, quédate como estás. Voy a hacer
algo de lo que quizás me arrepienta, pero necesito hacerlo..."
Dicho y hecho: yo ni moverme. Sentí cómo se acercaba a la
silla donde yo estaba, posó sus manos en mis hombros y tras el escalofrío
inicial de sentir piel con piel, empezó a bajar hacia mi pecho. Dio la vuelta a
la silla giratoria y el mando de la consola cayó. La visión era increíble: unas
bragas negras era lo único que cubría su piel. Sus pies descalzos soportaban el
peso de una mujer con atributos desarrollados al máximo. Sus pechos colgaban
grandes y redondeados pero firmes y desafiantes a las leyes de sir Isaac Newton,
cada uno adornado por una gran aureola de un tono marrón, claro que contrastaba
con la blancura del resto de su piel, y por un pezón erecto que avisaba de su
excitación. La camiseta que los resguardaba la noche antes colgaba de su mano
derecha, pero cayó pronto y como esas dos amadas y deseadas tetas se acercaban a
mí en un movimiento descendente que llevó a mi musa a colocarse de rodillas
frente a mí.
Sin separar nuestras miradas y sin que nuestros labios
rompieran aquel placentero silencio, sus manos se acercaron a mi entrepierna y
yo torpemente respondí levantándome levemente de mi asiento cuando entendí que
pretendía quitarme los pantalones. Cuando estuvo hecho, acercó su cabeza a mí y
reposó su mejilla izquierda sobre mi polla. Nunca imaginé mayor suavidad. El
calor que noté empezó a darle vida a mi virilidad y a sacarme a mí de lo que
creí que era un sueño. Ella lo notó. Deslizó sus manos por mis piernas hasta
llegar hasta donde antes estaba su cabeza y empezó a acariciar suavemente el
tronco... la cúspide... los huevos... Cerré los ojos abrumado por el placer que
sentía al ser acariciado de aquella forma por primera vez por una hembra y dejé
que mi cabeza cayera hacia atrás.
"Mírame."
Su boca entreabierta y su mirada le daban un aspecto de
ternura que jamás había notado antes en ella. Y los movimientos se aceleraban.
Me pajeaba despacio y con suavidad. Sabía lo que estaba haciendo, y por el hecho
de ser yo quien recibía sus caricias creo que le aplicaba a la paja un especial
cariño. Bajaba y subía ambas manos presionando con firmeza. Y rozaba con la
punta de sus dedos el capullo embadurnado de líquidos preseminales. El brillo de
mi polla se asemejaba al de sus labios y, como el perro que atiende a la llamada
de su amo, su boca acudió a mi llamada y se inclinó para meter de una vez la
rigidez de 16 centímetros de carne joven.
Nada puede describir el calor de su boca. Jugaba con su
lengua a la vez que chupaba. No se limitaba a acariciarme la polla con sus
labios sino que realmente succionaba, parecía que intentaba sacar de mí la vida
que le faltaba. El movimiento que antes hacían sus manos lo hacía ahora su
cabeza y yo, agarrado a los apoyabrazos de la silla, recibía la mejor y más
maravillosa mamada que me han hecho hasta hoy.
No duraría mucho tiempo así y los escalofríos que recorrían
mi cuerpo me avisaban de que su trabajo estaba a punto de concluir. Poco a poco,
intenté separar su cabeza de mí pero, quizás intuyendo lo que se aproximaba,
ella apartó mis manos y aceleró el ritmo y la intensidad de sus movimientos,
mientras me bombeaba la polla a ritmo entre su boca y su mano derecha. Me hice
consciente de mis gemidos y de pronto... exploté. Con su cabeza en mi regazo,
mamaba y mamaba a cada contracción de mi pene. Mi fuerza se derramaba poco a
poco en su garganta a la vez que el calor de su boca me la devolvía con creces.
Cuando ya pasaron los últimos espasmos mantuvo su boca
abrazando mi pene y acabó pasando su lengua por la punta para recibir las
últimas gotas de semen. Acabó. Esperó unos segundos con la cabeza agachada sobre
mí y podía sentir discontinuidad de su respiración sobre mi pene. Lentamente
levantó la cabeza. Volvió a mirarme.
"No digas nada, por favor. Vete a casa."
Obediente como acostumbro a ser y atónito por lo que acababa
de vivir me levanté mientras ella misma me subía los pantalones. Me miró a los
ojos y sonrió tímidamente. Yo, como un gilipollas, sólo supe caminar por el
corredor hacia la puerta para marcharme a casa... pero era domingo... y aún era
temprano...