Marta se Escapa de Casa
Marta estaba harta de su madre. Desde que murió su padre, dos
meses antes, su madre se había vuelto una sargento con sus tres hijas. No les
dejaba hacer nada y les reñía por cualquier cosa. Marta era la menor de las
tres, tenía dieciseis años, sus hermanas eran de diecinueve y veinte años. Al
ser la más revoltosa de las tres Marta había sido castigada muy a menudo e
incluso llegó a recibir algún sopapo de su severa madre. Por eso aquella noche
se escapó de casa, con la intención de no volver nunca.
Mientras las demás dormían, Marta cogió todos sus ahorros,
llenó una mochila con lo indispensable y se abrigó bien. Caía una tremenda
tormenta que hizo dudar a la chica. Pero pensó que ahora o nunca y se lanzó a la
aventura. Entre truenos y rayos, en pocos metros se hundió con la lluvia de
arriba a abajo. Su abundante ropa de abrigo nada pudo hacer contra la humedad y
Marta empezó a estornudar. Al salir del pueblo daba pena verla, toda mojada y
con toda la pinta de caer enferma de un momento a otro. Se adentró en una oscura
carretera, pero ahí empezó a sentirse débil. No era un catarro cualquiera, el
frío y la lluvia la habían llevado a una situación de salud penosa. Apenas veía,
tenía frío, se mareaba, tosía y no tenía fuerzas para andar. Se cayó al suelo
junto a una casita. Marta pudo ver que era la casa de los Ramírez, un matrimonio
sin hijos, muy amigo de su familia. Se tuvo que rendir y a duras penas tocó el
timbre de los Ramírez.
Al matrimonio le sobresaltó el timbre a esas horas. Se
levantaron de la cama y al abrir la puerta vieron a Marta tirada frente a ellos.
El aspecto de la chica era horrible, la metieron en casa y el señor Ramírez fue
a preparar una infusión caliente. La señora tumbó a Marta en el sofá. La chica
sabía que había montado una buena, ya no había marcha atrás. La señora Ramírez
la puso en bragas, a Marta ya no le importaba nada, se encontraba muy mal.
Después sintió el agradable calor de varias mantas. Todo le daba vueltas, el
atento señor Ramírez le acercó la taza de infusión a la boca. Pero nada más
probarla se levantó a toda prisa. Sin embargo las piernas no le respondieron y
cayó al suelo. Así que Marta empezó a vomitar en la alfombra. Después también
vomitó en una palangana que a sus amigos les dió tiempo de sobra de acercarle,
pues Marta se pasó cinco minutos vomitando. Al parar la envolvieron en mantas y
la llevaron en coche a su casa.
En casa, la madre de Marta se puso hecha una furia. Con ayuda
de la señora Ramírez, la madre puso el camisón a su hija y le metió el
termómetro en la boca. Marta se durmió y cuando su madre le quitó el termómetro
casi ni se dió cuenta, aunque oyó el grito de su madre al ver la alta fiebre.
Algo más tarde notó que su madre la destapaba y Marta vió que le iban a poner un
supositorio. La madre le levantó el camisón y le deslizo las bragas hasta
quitárselas. Marta se quedó con el culo al aire y pronto notó que le separaban
las nalgas y el frío supositorio se deslizó por su ano hasta entrar entero.
Luego, para impulsarlo, su madre le metió el dedo entero por el culo. Al
terminar, Marta recibió un pequeño azote. Fue suave pero notó la rabia de su
madre; por eso, cuando su madre le dijo "al bajarte la fiebre te daré tu
merecido", Marta supuso que la azotaría. Luego se durmió.
Tres días después Marta seguía en la cama pero apenas tenía
fiebre. Sus hermanas estaban terminando la cena y su madre entró al cuarto.
Destapó a Marta y la llevó estirando del brazo hasta la cocina. Marta apareció
frente a sus hermanas, en camisón. Su madre la obligó a tumbarse en una silla, y
se dirigió a sus otras dos hijas:
- Ahora aprenderéis todas una lección. Mirad a vuestra
hermana- la madre cogió un cinturón de cuero y levantó el camisón a Marta. Desde
que le pusieron el supositorio no llevaba bragas, así que apareció el culo
desnudo. Sin más contemplaciones, Marta empezó a recibir una fuerte azotaina. El
cinturón le hacía mucho daño al impactar contra el culo al aire, más aún
teniendo en cuenta que la chica estaba débil. Sin descanso los cinturonazos se
sucedían, fuertes y golpeando toda la superficie del culo. Silbaban en el
silencio de la cocina. Marta estaba blanca del susto y la enfermedad, excepto su
trasero, rojo de los azotes. Recibió veinte azotes seguidos, luego la madre
descansó un poco y le dió otros diez. Al terminar Marta se tuvo que quitar el
camisón, y con sólo el sujetador puesto se arrodilló de cara a la pared, como
continuación del castigo.
-¿Qué habéis aprendido?- preguntó la madre a la hija mayor.
Pero ésta también estaba harta de su madre y llena de rabia le contestó que así
nada se podía aprender. La madre, visiblemente enfurecida, le agarró y a pesar
de tener veinte años la hija mayor también recibió sus azotes. Se bajó los
pantalones hasta las rodillas y recibió cinco cinturonazos sobre las bragas.
Después su madre le bajó también las bragas y sobre el culo al aire recibió
otros cinco azotes. Se puso junto a Marta de rodillas. Mientras, la hermana que
quedaba fue interrogada:
-¿Qué lección has aprendido?
- Pues... que si nos portamos mal nos azotarás- contestó con
miedo.
- ¿Y te parece justo?
- Sí, claro- mintió, pero alcanzó el objetivo que sus
hermanas no habían conseguido: Evitar una severa azotaina en el culo.
FIN