Nos despertamos tarde, alrededor de las once. Mejor dicho, me
despertó ella. Se había puesto de cuclillas sobre mi cara, con el coño abierto
sobre mi boca.
Buenos días cariñín.
Apenas abrí los ojos y tomé conciencia percibí un intenso
olor a coño.
Dime cielo: ¿huele bien?
Muy bien Marta. Huele a dueña de pocilga.
¿Tiene sed mi cerdito?
Ayer noche te ensuciaste el culo de dormida.
Ya lo sé. Me di cuenta en cuanto me desperté.
Estaba muy cerca cuando sucedió.
De eso no me acuerdo. Esperaba que me lo limpiaras.
Pues quítate de encima y voy a por una toalla húmeda.
No me refería a eso cerdo. Lámeme el culo. Límpiamelo con
la lengua.
Mi respuesta fue inmediata. Puse mis manos en sus nalgas, las
abrí todo lo que pude y le di un buen repaso con mi lengua.
La caca está seca querida.
Pues mejor... así tendrás que frotar más con la lengua.
Mi lengua seguía dando vueltas alrededor de su ojete. Su
gusto y su olor me enloquecían. Estaba empalmando de nuevo. Mi polla se
agrandaba por momentos.
¡Ay! Mi cielo. ¡Se te está poniendo dura! Sigue lamiendo
que tu dueña te va a dar un premio.
Noté como su ojete se humedecía. Un líquido caliente estaba
resbalando de su coño.
¿Ves mi cerdito como tu Marta te quiere mucho?. He meado
un poquito, solo un poquito. Para que te sea más fácil limpiarme la caquita.
Cielo quiero follarte.
Eso ni lo sueñes. Ahora no tengo ganas. ¿Ya has terminado
de limpiarme el culete? ¿Está reluciente? ¿No tengo bolitas de mierda
pegadas a los pelitos?. Vamos a levantarnos y a desayunar.
Se apartó de mi cara.
Vamos marranete que hay que ducharse, desayunar y salir
de paseo. Quiero que me saques a pasear.
En fin. Seguía ejerciendo un dominio absoluto. Sin violencia.
Sutil. Hábil. Pero yo había pasado a ser un objeto suyo, del que podía servirse
cuando quisiera y con la seguridad que estaría listo para ser usado.
Abandonamos la cama y fuimos al baño. Al entrar yo solté un
sonoro pedo. Tenía ganas de cagar, era lo normal de cada mañana.
¡Mira que eres guarro!
Lo siento Marta pero ya sabes que cada mañana al
levantarme...
Y se me escapó otro peor que el primero.
Hoy voy a dejarte usar el wc antes que yo. Porque te
quiero mucho, que sino... ¡Hay que ver como apesta!
Me senté en el wc y ella entró en la ducha.
Había empezado a hacer fuerza cuando corrió el cristal de la
mampara. Estaba desnuda con las piernas abiertas y acariciándose los pezones.
Todavía no había abierto el agua.
Mira, para que tengas algo en que pensar mientras cagas.
Un potente chorro de pis caía de entre sus piernas y a mi se
me volvía a levantar.
Cerró la mampara y soltó la ducha.
Era verdad, había mucho en que pensar. Y todo comenzaba a
partir de la película que había visto con María la semana pasada. Me estaba
saliendo un chorizo, duro, largo y de un olor intenso.
¡Joder cerdito querido! ¡Lo que debes estar soltando! Si
lo sé uso yo antes el inodoro. ¿A qué acierto? Estás pensando en María.
Era cierto. Estaba pensando en María.
María era una amiga de toda la vida. Habían sido amigas de
pequeñas, en el colegio, en la Universidad, y después de casarnos. Su marido era
Gabriel, un juez. La diferencia entre una y otra, las dos eran licenciadas en
derecho, estaba en que Marta era funcionaria por oposición y María se había
dedicado a sus labores.
Tenían la misma edad, las dos eran morenas, María tenía los
ojos negros y era de facciones más marcadas que Marta. Su aspecto era más recio,
no estaba gorda, pero si más rellena, tenía el culo y las tetas más grandes, la
cintura no era tan estrecha y los labios eran más... ¿cómo lo diría?... de
chupona. Si, los labios de María pregonaban: Son buenos para comerme una polla.
Otro sonoro pedo acompañó la caída del truño.
¡Hijo ni que hubieras sido tu quien comió la coliflor
ayer noche!
El agua de la ducha seguía cayendo y chocando con la mampara.
¿Cómo crees que son las relaciones de María con Gabriel?
Me preguntó.
Otro pegote empezó a salir de mi culo.
No lo sé. Normales supongo.
¿A que llamas normales?
Ploffff. El pegote cayo en el agua.
Como las nuestras hasta la semana pasada.
¿Ah, y ahora no son normales?
Tengo la impresión de que esto va a ser lo normal a
partir de ahora.
Tienes razón. Mi cerdito es inteligente.
Otro pedito y la ultima bolita de mierda abandonaron mi
ojete.
¿Quieres que te cuente como son las relaciones entre
María y Gabriel?
Había cogido un trozo de papel y me estaba limpiando.
Me encantaría que lo hicieras.
Salió de la ducha. Cogió una toalla y me dijo:
Mira que eres guarro cagando. Dúchate mientras me seco y
me arreglo y luego preparas el desayuno. Quiero salir a dar un paseo. Si me
gusta el desayuno te lo cuento.
Yo estaba en la cocina. Había preparado café con leche, unas
tostadas con mantequilla y confitura y me había esmerado poniendo la mesa para
que el desayuno fuera atractivo. Iba vestido con unos pantalones vaqueros y un
polo, terminaba de poner las servilletas cuando entró ella.
Unos pantalones de lino blanco trasparentaban sus nalgas y
una blusita beig también de lino dejaba ver sus pezones erectos por el roce,
rodeados de una aureola marrón de tamaño razonable. Unas sandalias de tiritas y
tacón alto mostraban sus pies. Se había pintado las uñas de color rojo. Esas
aureolas siempre me habían hechizado. ¡Estaba preciosa!
Te habrás puesto bragas por lo menos...
Claro, un tanguita color carne. Hoy es suficiente que los
vecinos me vean las tetillas.
No has olvidado detalle, el color rojo te sienta fenómeno
con las sandalias.
Recuérdalo siempre: la dueña de la pocilga no es el cerdo
que habita en ella.
Esa frase volvió a ponerme en mi sitio.
Comió el desayuno con fruición. Hacía tiempo que no la veía
comer con tanto gusto. Se dio cuenta que la miraba. Sonrió. Esas sonrisas me
desconcertaban.
Prepara un café cielo, fumamos un cigarrillo y nos vamos.
Enseguida mi dueña. ¿Vas a hablarme de Maria?
Claro.
Salimos a la calle y nos dirigimos hacía el centro del
pueblo. Era una villa pequeña, habitada por los payeses de siempre y últimamente
por los nuevos ricos, por así decirlo, como nosotros.
No habló hasta que llegamos al paseo principal. Donde se
reunían los domingos los vecinos, sentados en las terrazas de los tres o cuatro
bares que se repartían por su recorrido. Los conocidos nos saludaban y por
supuesto... la miraban.
¿Sabes que María es una chica muy caliente?
No, ¿porqué iba a saberlo? Eso tu, que para algo es tu
amiga.
Pues resulta que Gabriel no respondía. Al menos como ella
hubiera deseado. Hace unos meses incluso estuvieron a punto de separarse.
No lo sabía.
Él llevaba películas guarras a casa a escondidas de
María. Una vez que se hallaba ausente María puso una en el dvd.
¿Y?
Era una película en la que varias chicas hacían sus
necesidades y un tío se relamía de gusto.
Buenos días. Se había cruzado un conocido. Menuda mirada
le pegó a mi mujer.
¿Y todo eso que tiene que ver con tu nueva actitud?
Lo que no sabía Gabriel era que María, en los últimos
cursos de bachiller hizo lo mismo con dos chicos.
¿Cómo que hizo lo mismo con dos chicos?
Sí. Fue un día que fuimos de excursión. Estábamos en un
bosque, era la hora de merendar y me pidió que la acompañara para hacer
caquita. Nos adentramos un poco en los matorrales y nos bajamos las
braguitas. Estábamos riéndonos y discutiendo cual de las dos haría la cagada
más grande, cuando aparecieron dos compañeros. Yo me asusté y me subí las
bragas enseguida. Pero María con una sangre fría que no esperaba le dijo a
uno: ¿Qué has venido a verme el culo? Los chicos estaban callados, creo que
no esperaban encontrarnos. Pero ya sabes lo burra que es María a veces. Ni
corta ni perezosa se giró con el culo hacía ellos, se levantó un poco para
dejar de estar en cuclillas y quedar con las piernas y la cintura dobladas y
comenzó a mear al tiempo que un choricillo hizo su aparición. Yo me marche
avergonzada. Luego al vernos de nuevo le pregunté que había pasado. "Nada
extraordinario, me los he follado a los dos, por cierto que hay que ver como
han follado los hijoputas".
¡Joder con María! No sabía yo eso.
Ni tenías porque saberlo. La cuestión es que dada la
delicada situación con Gabriel, se lo ocurrió que quizás funcionara con él.
¡Y funcionó! ¡Vaya si funcionó!
Naturalmente a ti se te ocurrió ¿Por qué no va a
funcionar con Miguel?
Pues sí. Pensaba que nuestras relaciones se estaban
volviendo algo monótonas. El otro día me mostró una de las películas de su
marido al tiempo que me lo contaba todo. Para serte sincera, el episodio del
bosque era algo que al recordarlo siempre me excitaba y acababa haciéndome
un dedito.
¡Vaya con Martita!
Decidí que aquello me gustaba, claro que no podía
soltártelo a bocajarro. Te hubieras negado. Tenía que hacerlo por etapas.
Primero un vestido sexy en una ocasión adecuada (el día que salimos a cenar
con ellos por ejemplo) luego el pequeño cambio a la hora de follar por la
mañana (hacer que me follaras y me comieras el coño sin mear), una semanita
de descanso teniéndote en ascuas y por fin un plato un poco más fuerte (ayer
por la noche) ¡Hay que ver lo bien que reaccionaste! Y sobre todo advertí
que a mí me gustaba, me gustaba mucho. Además advertí que me gustaba
dominar. Y si podía dominarte, tenerte caliente a jornada completa, siendo
la dueña de la pocilga y tú el cerdito obediente, era como sacar la
primitiva. Debes reconocer que estoy a punto de sacar la primitiva, bote
incluido.
Asentí. Tenía razón en todo lo que había dicho.
Por eso te dije que iban a cambiar muchas cosas entre
nosotros. Justo es reconocer que cuando lo dije todavía no estaba muy
segura.
¿La sexualidad entre María y Gabriel es como la nuestra
ahora?
Sí
Nadie lo hubiera dicho. Ella no se exhibe como tu.
¿Te crees tú eso? Ella fue la que me insinuó como
empezar. Lo que pasa es que con nosotros siempre se han mostrado muy
modositos. Un día de estos los invitamos a cenar.
¡No seas burra! ¿A ti te gustan las mujeres? A mí los
tíos no.
Mira por donde, me gustan. También era algo que había
permanecido aletargado. ¡La de veces que María y yo nos hemos pajeado
juntas! No te preocupes. Al principio invitamos a María. Gabriel llegará con
el tiempo. Cuando tu quieras. Tu dueña no quiere forzar demasiado la maquina
y como a mí me gustan las tías no hay problema.
Deberíamos regresar a casa Marta. Es tarde.
Sí, y yo tengo ganas de hacer de vientre, que tú esta
mañana no me has dejado.
Aquella ultima frase hizo que estallara un relámpago en mi
interior.
Por fin llegamos a casa. Entramos en el recibidor.
Miguel... Tengo muchas ganas no sé si podré aguantarme.
Corre al baño de aquí abajo.
No quiero correr.
Sus pantalones de lino comenzaron a mojarse y luego a teñirse
de marrón. Una pasta marrón hizo su aparición entre las nalgas, y un olor a
mierda invadió el recibidor.
Acabo de cagarme y mearme Miguel. ¿Te apetece follarme?
Le baje los pantalones. Aparte la tirita del tanga de entre
sus nalgas sucias. Ella dobló la cintura. Volvió a abrir las piernas. Un poco de
caca cayó en el suelo. Apoyó los codos en el mueble que tenemos allí.
Vamos cerdo, folla a tu dueña.
Mi polla ya había saltado de los pantalones. Le abrí las
nalgas todo lo que pude y le metí la pija por el culo. Estaba caliente. Le
acaricié las tetas. También estaban calientes. Le miré la nuca. Me pareció
preciosa. Vi como dejaba caer la cabeza al cabo de unos pocos envites de mi pene
y note unas sacudidas pequeñitas, pero largas alrededor del mismo. Algo así
como... Tac...tac...tac…ttttaaaacccc...tac.tac.tac...taaaacccc. Se había
corrido. Y yo también. Me había vuelto a correr como un cerdo.