Existen momentos que surgen insensatamente
del olvido disgregando la imagen
que nos hemos fabricado de nosotros mismos. Puede ser algo tan
insignificante como un olor o un sabor que hemos experimentado en el pasado.
Estos recuerdos dormidos emergen desde algún rincón nebuloso de
nuestra
memoria y nos confortan e iluminan nuestro camino como farolillos de
verbena. La historia que voy a contar tuvo lugar hace muchos, muchos años,
o
al menos eso me parece a mí. En aquella época aún estaba
realizando el
servicio militar. Recuerdo que era una noche de domingo y que había salido
a
cenar con unos amigos. Después tenía que coger el coche, recorrer
más de
trescientos kilómetros y presentarme en el cuartel antes del toque de
diana.
La cena fue muy agradable y al salir acompañé a la gente a tomar
una copa en
un local, entonces de moda, en la parte alta de la ciudad.
Teniendo que conducir más de tres horas en un SEAT 850 bastante tronado,
decidí que lo mejor sería retirarse temprano, así que arranqué
el coche y me
dirigí a la entrada de la autopista más cercana. Aún no
había recorrido ni
cien metros, cuando, en una calle residencial de uno de los barrios más
caros de Barcelona, encontré una doble fila de coches que circulaban
muy
despacio. No tenía más remedio que pasar por allí, supuse
que no podría
tardar mucho, me armé de paciencia y me situé detrás del
último coche. Había
avanzado apenas unos metros cuando advertí que a ambos lados de la calle
había unas chicas espectaculares, prácticamente desnudas charlando
con los
conductores de algunos coches. Sus faldas eran tan cortas que por poco se
agachasen podía ver sus culos perfectos. Me pareció extraño
tratándose de un
vecindario de tan alto nivel. De todas formas, era verano, había mucha
gente
de vacaciones y es posible que en aquel barrio no hubiese prácticamente
ningún vecino.
Observaba a las muchachas divertido cuando una de ellas me llamó la
atención. Era una mulata soberbia, estaba algo apartada de las otras
muchachas y la copa de un árbol la resguardaba de la luz de las farolas.
Al
pasar junto a ella la miré fijamente, ella miró hacia el interior
del coche,
pero no hizo ningún gesto por acercarme. Mi pulso se aceleró y
empecé a
experimentar un débil temblor nervioso. Continué circulando a
la misma
marcha lenta que hasta entonces, sin embargo, mi único pensamiento era
adivinar como dar la vuelta para volver a ver aquella mulata deslumbrante.
Al llegar al primer cruce, no dudé ni un instante, di la vuelta y volví
por
el mismo camino que había venido. Afortunadamente ella continuaba estando
allí. Desde más distancia pude observarla mejor. Sin duda era
una travestí,
aunque sería más preciso decir que sin duda era una diosa travestí.
Mi
corazón se atropelló todavía más y la tiritona de
manos apenas me permitía
sujetar el volante.
Cuando tuve la oportunidad de volver a dar la vuelta y circular por su lado
de la acera ya no podía pensar con claridad. Nunca en mi vida había
estado
tan excitado. Al situarme por segunda vez junto a ella, abrí la puerta
y la
invité a entrar. Supongo que ella intentaría llegar a algún
tipo de acuerdo
económico. La verdad es que no lo sé, aunque la oía hablar,
sus palabras no
tenían ningún significado para mí. Afirmé con la
cabeza, ella sonrió, entró
y me pidió que arrancase. Me condujo hasta una calle vecina, tan despoblada
como el resto del barrio. Bajé un poco la ventanilla y entonces la pude
ver
con tranquilidad. Era una verdadera preciosidad: su cabello resplandecía
bajo la luz directa de una farola, su cabeza perfecta descansaba sobre un
cuello bien torneado, y este se alzaba de unos hombros fornidos, todo el
conjunto emanaba una gracia extraña que me atraía. Tiempo después
me enteré
de su nombre, Marcela, y la llegaría a conocer un poco mejor.
En aquel momento me pareció que llevaba un perfume suave, pero quizá
tan
solo fuese el aroma de su piel mulata. Se giró hacía mi, sonrió
y me
preguntó que quería hacer. Yo no supe que responderle. Así
que ella me
preguntó si me gustaría chupársela. Aquella idea, que al
escucharla me
pareció algo extraña, mientras la miraba detenidamente, paso a
parecerme
absolutamente brillante. Marcela levantó un poco la falda descubriendo
la
gloria de muslos compactos y entonces, reventando unas braguitas
semitransparentes de encaje, pude adivinar con toda claridad el mayor pollón
que hubiese soñado en mi vida. Aún estando en reposo era tan aparatoso
que
aquella desdichada prenda no podía contenerlo, tendía la tela
hasta casi
desgarrarla, deformaba las gomas elásticas que lo aprisionaban y se escapaba
por los lados.
Había perdido el autocontrol y no podía resistirme, acerqué
mi mano y
acaricié aquella tela sufriente con mucha suavidad. Las yemas de mis
dedos
se sorprendieron con la húmeda calidez que despedía. Marcela se
aproximó
ligeramente y me besó, rozando apenas mis labios. Deposité la
mano encima de
su miembro y pude sentir como se movía, se enderezaba sin esfuerzo, apartaba
la braguita y se asomaba al exterior. Ella se acomodó en el asiento y
separó
un poco más las piernas. Bajé la cabeza y besé el extremo
de aquel pene
ingente. Su prepucio, de una piel increíblemente suave, literalmente
ardía,
despedía el calor de los rayos de sol en las playas de Brasil. Con sólo
aquel levísimo toque comenzó a aumentar de tamaño, hincharse
y estirarse.
Con el dedo aparte la tela para acabar de liberarlo. Formé un anillo
ceñido
con los labios, rodeando la punta, y los deslicé con toda la dulzura
de que
fui capaz, introduciéndome la polla en la boca.
Recuerdo perfectamente aquel primer encuentro con su sabor: era delicioso,
excitante, cálido, sutilmente salado. A medida que apartaba el prepucio
con
los labios apareció la tersa y delicada piel del capullo que se deslizó
sobre mi lengua con suavidad. Con el dedo que apartaba la tela pude percibir
que la polla de Marcela continuaba hinchándose sin interrupción,
era una
serpiente desenroscándose perezosa al sol. Comencé, con mucha
lentitud a
subir y bajar, envolviendo dentro de la boca aquel obelisco inflamado. Una y
otra vez, con cada uno de los recorridos notaba como aumentaba su rigidez.
En muy poco tiempo tomó la consistencia de una barra de acero y el capullo
quedo completamente descubierto. Con la lengua rodeé la cabeza del miembro
y
entonces pude escuchar un levísimo gemido de Marcela. Me dediqué
a pasear la
lengua en círculos, con mimo sobre la sensible piel que forma el alero
del
capullo, como si se tratase una gustosa bola de helado que se deshiciese al
contacto líquido y tibio de mi lengua.
Después de deleitarme disfrutando de aquellos primeros movimientos de
reconocimiento deslicé la lengua sobre el agujerito de la cabeza. Sorbí
con
deleite una pequeña gotita que se había formado. Lo abrí
con mucho cuidado y
apoyé con dulzura la lengua en el aquella pequeña abertura. Escuché
un nuevo
gemido. Marcela comenzó a acariciar mi nuca al tiempo que repetía:
"así,
así, muy bien papaíto". Volví a rodear la polla con
mis labios e intenté
introducírmela entera, pero fue completamente imposible, cuando aún
quedaba
una porción considerable noté que si avanzaba un milímetro
me ahogaría.
Apoyé los dedos en el extremo libre de aquella columna de carne morena,
al
final pude sentir sus testículos que esperaban prietos como una bola
de
billar bajo la suave tela de la braguita. Empecé a subir y bajar mi boca
alrededor del tronco incandescente. Me cautivó tanto la sensación
de su pene
resbalando dentro de mi boca, colmándola por completo, que estuve repasando
el movimiento, dejándome follar por la boca, hasta que me di cuenta de
que
su polla estaba iniciando una pequeña serie de convulsiones.
Me separé un momento y la miré. Marcela estaba sudando, tenía
las mejillas
encendidas y entre los labios jugosos entreabiertos asomaba la punta
lustrosa de su lengua. En el mismo momento, ella también me miró
y sonrió.
Hablando en su simpático castellano con acento brasileño me dijo:
"papaíto
me estás haciendo disfrutar, pero me va a venir enseguida". Me introduje
un
dedo en la boca, humedeciéndolo, y lo coloqué en la cabeza, envolví
su
prepucio por encima, cubriéndolo y después, moví el dedo
imperceptiblemente
en movimientos curvos. Ella descansaba apoyada en el reposacabezas del
asiento, acerqué mi boca a la suya y la besé. Ella respondió
a mi beso, sus
labios se separaron. Su lengua se movía rápidamente y con maestría
y pude
beber el líquido embriagador de su saliva. Mientras tanto una de mis
manos
continuaba el masaje sobre el prepucio y la otra acariciaba sus testículos,
apretándolos con ternura, estirando su piel, arañando su piel
arrugada.
Ella bajó totalmente el respaldo de su asiento, ofreciéndome todas
las
facilidades para poder disfrutando de su polla divina. Así que me aproximé
y
comencé a pasar la lengua a lo largo de toda de su longitud, desde el
capullo hasta los huevos mientras que una mano acompañaba el movimiento
por
el lado inferior fluyendo con suavidad sobre mi saliva. Después la volví
a
tomar con los labios, la levanté ligeramente para que me fuese más
cómodo e
inicié nuevamente el movimiento de sube-baja pero haciendo un poco más
de
presión con la lengua y los labios. Con la mano cogí sus cojones
y, al mismo
tiempo que mi boca subía y bajaba, los apretaba y aflojaba la presión.
En
seguida, y sin dar ningún aviso previo, sentí unas convulsiones
y mi boca se
llenó de un líquido hirviente, denso, ligeramente salino. Brotó
en tal
cantidad que pensé que me iba a atragantar. Lo mantuve en la boca, mientras
ella continuaba bombeando cada vez con menos potencia. Unos momentos después
dejé que esos fascinantes y calientes néctares goteasen desde
mi boca y
resbalasen por su polla. A medida que perdía consistencia, continué
chupando
su polla con su leche.
Marcela se levantó y me dio unas toallitas de papel con las que me limpié
la
boca y la cara. Ella, mientras tanto, secó su pollón, después
me volvió a
besar en los labios, devolvió su asiento a la posición vertical
y comenzó la
difícil tarea de volver a embutir toda la magnificencia de su trompa
dentro
de la prisión de aquellas exiguas braguitas. Le pregunté si quería
que la
volviese a dejar en la calle donde la había recogido, pero me dijo que
por
esa noche ya tenía suficiente, me pidió que la llevase a su casa.
En el
viaje se mostró simpática y ocurrente, con una forma de ser, que,
a lo largo
de los años, y en sucesivos encuentros me cautivaría.